LOS GIRASOLES II
Madrid, junio de 1991
—He conocido a alguien.
Clara alzó una ceja y pensó que no le extrañaba nada. Marga Vázquez, su amiga de la infancia, tenía una gran capacidad para conocer hombres. Se enamoraba de ellos en cuestión de segundos y se desenamoraba con la misma rapidez. Apenas hacía tres meses que lo había dejado con su último novio, un brujo muy guapo y miembro de una importante familia mágica, y todo parecía indicar que el disgusto ya se le había pasado. Clara recordaba que la pobre Marga se había sentido devastada durante casi una semana, pero después había recuperado la sonrisa y las ganas de divertirse.
—¿En serio? ¿De quién se trata esta vez?
—Es un muggle. Se llama Baldo y es el hombre más guapo que he visto en mi vida.
—¿Ése no era Jaime? —Preguntó con sorna, recordando que Marga siempre admiró muchísimo la más que evidente belleza de su antiguo novio. Le conocieron cuando eran pequeñas, durante los campamentos mágicos de verano. Jaime había ido a su mismo curso y, aunque nunca se relacionaron demasiado, Marga no pudo evitar estar muy colgada de él. De hecho, todas las chicas lo habían estado en algún momento, Clara incluida. Cuando Marga se había encontrado con él en Valencia y la invitó a tomarse unas cañas, se emocionó tanto que estuvo a punto de caerse de la escoba durante el viaje de regreso a Madrid.
—Sí, bueno —Marga chasqueó la lengua—. Eso pensaba yo, pero deberías ver a Baldo. Trabaja en televisión. Es realizador o algo así.
Clara sabía por experiencia que Marga nunca prestaba mucha atención a los hombres cuando le hablaban de su trabajo. A pesar de que la adolescencia había quedado atrás mucho tiempo antes, Marga no había madurado demasiado para según qué cosas. Era una persona un tanto superficial y alocada y no acostumbraba a tomarse nada demasiado en serio, algo que sacaba de quicio a Clara porque una cosa era ser una persona optimista y otra bien distinta ser una inconsciente. En cualquier caso, confiaba en que Marga encontrara algún día a alguien que la ayudara convertirse en adulta y sentar cabeza en el terreno sentimental. Y es que Marga no era así de atolondrada en todos los aspectos de su vida; cuando se trataba de trabajo, era la persona más responsable del mundo. La joven era funcionaria en el área de asuntos sociales del Ministerio de Magia y estaba harta de ver desgracias un día sí y un día también. Por eso Clara en cierta forma entendía que se comportara de aquella manera cuando abandonaba el Ministerio; con un trabajo como el suyo, desconectar era la única manera de no perder la cabeza.
—Hemos salido juntos un par de veces y es un hombre encantador —Marga seguía hablando—. Me gustaría presentártelo. Podríamos quedar el sábado por la noche. ¿Te apetece?
—¿El sábado? —Clara recordó que precisamente ese día tendría bastante jaleo en la tienda de calderos que regentaba desde hacía unos meses—. No creo que pueda. Recibo un pedido bastante grande y tendré que quedarme hasta tarde a organizarlo todo.
—Tú y tu obsesión por el orden —Marga puso los ojos en blanco, acostumbrada a lo que ella consideraba una de las grandes excentricidades de su amiga—. Te ayudaré, pero después tienes que venirte conmigo.
—¡Vaya! —Clara soltó un silbidito—. Debes ir muy en serio con él si te ofreces voluntaria para echarme una mano en la tienda.
Trabajar codo con codo con Clara podía llegar a ser una auténtica locura. En alguna ocasión se había preguntado si no sufriría alguna clase de trastorno obsesivo-compulsivo porque lo suyo con la limpieza y el orden no era algo normal. Había sido víctima de numerosas bromas por culpa de ese asunto y Marga siempre salía huyendo cuando Clara parecía estar a punto de pedirle ayuda. No era una mala amiga ni nada de eso, pero sabía perfectamente que una limpieza general bajo las órdenes de esa mujer terminaba irremediablemente en pelea. Y se apreciaban demasiado mutuamente como para poner en riesgo su amistad, mucho menos por un par de motitas de polvo y un cojín mal colocado.
—No sé si es el definitivo, pero sí que estoy dispuesta a hacer el sacrificio con tal de que compruebes por ti misma lo bueno que está. Te quedarás con la boca abierta, ya verás —Marga suspiró teatralmente—. Si hasta podría ser una estrella de cine si quisiera.
Clara puso los ojos en blanco y negó imperceptiblemente con la cabeza. Ni por un segundo había dudado de la palabra de su amiga. Sin duda, Marga estaba más que convencida de que su novio muggle era el hombre más maravilloso sobre la faz de la tierra. Si alguien le diera la idea, no dudaría a la hora de presentar al tal Baldo ante su familia y seguramente se comprometería con él y llevaría a cabo una boda exprés. Pero la cuestión no era esa, sino averiguar cuánto le duraría el encaprichamiento esa vez.
—Está bien. Saldré con vosotros.
—¡Oh, genial! —Marga se movió con nerviosismo—. Podría preguntarle si tiene algún amigo disponible. ¿Quieres? Y podrás darte por satisfecha si es la mitad de guapo que Baldo.
—No, Marga. Te prohíbo que hagas eso. No quiero que me organices una cita a ciegas.
—¿Por qué? Tú no tienes tiempo para buscar novio y yo sí que puedo ocuparme de esos asuntos. Fíate de mi criterio.
—¿Te recuerdo lo que pasó la última vez?
Había sido un desastre. En aquel entonces Marga salía con Borja, un empleado de mantenimiento del Ministerio. Era un tipo agradable y con la cabeza bien amueblada y, para no variar, bastante guapo. A Clara le había caído bien y Marga insistió en que saliera con uno de sus amigos. Puesto que Borja parecía ser un chico normal y corriente, Clara aceptó creyendo que pasaría un buen rato. No fue así. Cosme, su cita a ciegas, era tan guapo como Borja pero distaba mucho de ser normal. Había empezado a hacer el entrenamiento para convertirse en auror, pero durante las pruebas finales había sufrido alguna clase de trauma y era un tipo absolutamente paranoico. Se pasó toda la noche asegurando que alguien le perseguía y que la mitad de las desgracias que ocurrían en el mundo eran fruto de alguna conspiración. Al final de la velada acusó a Clara de ser una espía de la Confederación Internacional de Magos. Dijo algo sobre ser encerrado en Azkaban, la horrenda prisión de los magos ingleses, y se fue corriendo antes de que Clara pudiera decirle que no era una espía. Desde entonces se había negado a quedar con desconocidos y no iba a cambiar de opinión por nada del mundo.
—Vale, como quieras. Reconozco que lo de Cosme no salió bien, pero podrías darme otra oportunidad. ¿No? La mayoría de los chicos no están locos. ¿Sabes?
—Prefiero no correr el riesgo. Además, y aunque te resulte difícil de creer, ahora mismo no estoy para conocer hombres.
—¿Qué? —Marga no daba crédito a lo que oía—. ¿Por qué?
—Pues porque estoy liadísima con la tienda, lo sabes bien. Lo que menos necesito es complicarme la vida con un novio.
—Pero si los novios no complican la vida. La hacen mucho más fácil. Y placentera —Marga le guiñó un ojo y Clara sonrió—. No le cierres las puertas al amor. Cuando menos te lo esperes conocerás a tu príncipe azul.
—Eso no significa mucho viniendo de una persona que encuentra a su príncipe azul cada tres o cuatro meses.
—¿Qué quieres que te diga? Soy una chica con suerte.
—Y una boba también —Clara miró el reloj y comprobó que era hora de volver a la tienda. Había quedado con Marga para tomarse un café en La Floriana y el tiempo se les había pasado volando—. Te espero el sábado a primera hora de la tarde. Si no vienes, yo no iré a ninguna parte.
—Allí estaré. ¿Cuándo te he fallado yo a ti?
Clara podía afirmar que nunca. Había conocido a Marga en el Magisterium de Magia de Badajoz cuando ambas tenían siete años y no se habían separado desde entonces. Las dos eran brujas de primera generación, vivían en pueblos pequeños y habían causado cierta conmoción en el seno familiar por aquello de haber nacido siendo poseedoras del don de poder canalizar la magia. Marga había sido su mejor apoyo porque, mientras que los señores Vázquez aceptaron la condición de su hija con fascinación y alegría, los padres de Clara fueron incapaces de verle el lado positivo al asunto. Durante prácticamente toda su vida Clara se había sentido como una extraña dentro de su propia casa. Su padre, que siempre había sido un hombre serio, callado y muy poco dado a las muestras de afecto, se volvió mucho más frío y distante con ella de lo que ya venía siendo habitual. Su hermana prácticamente había dejado de hablarle y siempre la había tratado como a un bicho raro. Y su madre, la única que aún seguía en contacto con ella, comenzó a hacer diferencias entre sus dos hijas y Clara nunca fue la favorita, por supuesto.
Ante ese panorama, Marga y su familia resultaron ser un auténtico oasis de paz y cariño. Los Vázquez se ganaban la vida con la agricultura y la ganadería. Eran gentes de campo, humildes y trabajadoras, y Clara enseguida se sintió como en casa. Marga tenía dos hermanos mayores y ninguno de ellos resultó ser mago, así que sus padres estaban contentos porque la niña pudiera compartir sus juegos con alguien de su condición. Aunque querían a Marga, había montones de cosas relacionadas con ella que no entendían y sobre las que no podían hablar. Clara, en cambio, sí que podía hacerlo. Crecieron juntas, como hermanas, y cuando terminaron sus estudios básicos viajaron a Madrid a buscarse la vida. Habían compartido piso en el mundo muggle durante bastante tiempo, hasta que Clara compró la tienda de calderos y decidió mudarse al apartamento ubicado sobre ella. Le había ofrecido a Marga la posibilidad de irse con ella, pero a la joven le encantaba su vida tal y como estaba. Seguían viéndose prácticamente todos los días, se confiaban todos sus secretos y seguían apoyándose tanto o más como cuando eran pequeñas y no tenían ni idea de lo que supondría para ellas formar parte de la fascinante comunidad mágica.
—Aquí está el último.
Paco Martínez colocó el cuadro sobre el atril y dio dos pasos atrás hasta ponerse a la misma altura que Loren e intercambiar una mirada satisfecha con el gigantón. Ambos observaron cómo Ricardo se acercaba al cuadro y lo observaba detenidamente. Les había llevado unos cuantos meses traer todas las obras a España, pero esa mañana el trabajo había sido finalmente completado.
Ricardo Vallejo estaba muy contento. Cualquier duda que pudiera haber surgido sobre el éxito de aquel robo se había disipado en el mes de abril, cuando la policía holandesa encontró el furgón abandonado con las copias de los cuadros de Van Gogh. Sabía que aún estaban buscando a los dos ladrones muggles que lograron llevarse las pinturas del museo de Ámsterdam, pero nada parecía indicar que fueran a dar con ellos. No tenían demasiadas pistas y los hilos de los que tirar eran prácticamente inexistentes. Además, el hecho de que los cuadros hubieran sido hallados sin ninguna clase de desperfectos no alimentaba sus ganas de atrapar a los ladrones. Seguramente en unos meses más zanjarían el asunto o se dedicarían a él con muy poco entusiasmo. El robo había sido un pequeño susto con final feliz y punto.
Por suerte para Ricardo, el robo fue más que un pequeño susto. Durante esos meses se había encargado de entrar en contacto con algunos posibles compradores y ya estaba negociando la venta de diez cuadros. Tal y como dijo Paco aquel día de abril, eran inmensamente ricos. Tanto que incluso se estaba planteando la posibilidad de quedarse con alguna de esas preciosas pinturas. "Los Girasoles" le resultaba ciertamente tentador. Aunque ya tenía prácticamente cerrada la venta con un brujo de origen chino afincado en los Estados Unidos, se estaba planteando muy seriamente la posibilidad de no llevar a cabo el trato.
Ricardo era un hombre ambicioso. Cuando era niño nunca tuvo demasiadas cosas y de adulto no podía evitar anhelar todo aquello de lo que había carecido. Por eso no dudaba a la hora de disfrutar de todo el lujo y confort que estaba a su alcance. De niño miserable había pasado a hombre multimillonario y no escatimaba en gastos. Quizá no había conseguido su dinero legalmente, pero nadie podría acusarle jamás de no habérselo ganado a pulso. Había recorrido un largo camino y se merecía disfrutar de sus logros personales. Y si le apetecía quedarse "Los Girasoles" para colgarlo en el dormitorio principal de alguna de las casas que tenía repartidas por la geografía peninsular, nadie podría impedírselo.
—¿Madame Villenueve está en la ciudad? —Preguntó Ricardo sin mirar a sus acompañantes.
—Se ha quedado en el hotel. Quería venirse conmigo, pero le dije que era mejor que esperara allí.
—Bien. Nos reuniremos con ella en breve para hacerle llegar su parte. Se la ha ganado.
Paco asintió. Ricardo podría confiar en el talento, la discreción y la lealtad de Sonja Villenueve, pero era evidente que no la quería husmeando por una de sus propiedades. Ricardo se había comprado aquella casa un par de años antes, después de convertirse en el socio mayoritario de un hotel muggle de la ciudad. La fortuna que fue amasando con el paso del tiempo era bastante complicada de ocultar y poco a poco iba invirtiendo dinero en negocios tanto muggles como mágicos. Cada vez había más gente interesada en sus actividades y tener a los aurores pisándole los talones ya era lo suficientemente desagradable como para que los empleados de Hacienda empezaran a molestarle. Por ese motivo había comenzado a blanquear dinero. Tenía que hacerse con un nombre en el mundo empresarial y relajar el celo que las autoridades ejercían sobre él para poder seguir dedicándose a lo suyo con tranquilidad.
—Además, me apetece celebrar el éxito del plan —Ricardo se alejó del último cuadro y, esa vez sí, encaró a sus compañeros—. ¿Os apetece salir este sábado?
Paco y Loren intercambiaron una mirada extraña, como si no dieran crédito a las palabras de su jefe.
—¿Salir? —Paco se aseguró de haber oído bien.
—Sí. Salir.
—¿Te refieres a cenar por ahí y después ir a alguna discoteca y cosas así?
Ricardo puso los ojos en blanco y fulminó con la mirada a Paco. A pesar de que hablaba como un auténtico carcamal, el brujo no era tan viejo. Tendría aproximadamente unos cuarenta años, era de estatura media y poseedor de una prominente barriga fabricada a base de beber cerveza. Cuando Ricardo le conoció ya estaba calvo y usaba gafas y, aunque durante la década de los ochenta había lucido un bigote bastante horrendo, había terminado por sustituirlo por una barba canosa que le sentaba mucho mejor. A Paco nunca le habían gustado los sitios atestados de gente, pero después del éxito obtenido con el tema de los cuadros todos se merecían correrse una buena juerga.
—Sí, Martínez, me refiero a eso. Y no pongas esa cara, hombre, que no pretendo torturarte.
—Claro, claro —Paco carraspeó—. ¿Quieres invitar a madame Villenueve?
—Nos ha sido de mucha ayuda, por supuesto que quiero invitarla.
Paco frunció el ceño y asintió. Después de un instante de reflexión, volvió a hablar.
—Entonces debería informarla. ¿No crees? —Ricardo asintió y Paco señaló la puerta—. Pues yo… La llamaré ahora mismo.
Después de un leve titubeo, Paco se fue. Loren, que estaba inmóvil y con cara de palo, negó con la cabeza y se cruzó de brazos. Siempre había dicho que Paco era un hombrecillo un tanto ridículo y Ricardo no podía dejar de darle la razón. Era un genio de la falsificación y tenía un talento innato para las transformaciones, pero nunca fue demasiado bueno relacionándose con los demás, especialmente si se trataba de mujeres. Ricardo no recordaba que hubiera tenido novia alguna vez y no era de extrañar porque siempre tartamudeaba como un idiota cuando empezaba a intimar con cualquier espécimen del género femenino. Tan solo parecía haberse encontrado cómodo con madame Villenueve, pero eso sólo se debía a que la veía como a una experta colega, no como a una mujer propiamente dicho. En cualquier caso, Ricardo no lo convirtió en su colaborador para que demostrara ser un galán apasionado, sino para que le ayudara con asuntos como el de los cuadros y en los últimos tiempos había cumplido con creces.
—Reconozco que tenía mis reservar cuando se te ocurrió la idea —La voz de Loren resonó con fuerza en la estancia. Era obvio que quería hablar sobre cosas más importantes que una salida nocturna—. Aún me sorprende que haya salido tan bien. Ha sido demasiado fácil.
—Las cosas no tienen por qué ser siempre complicadas —Ricardo suspiró y miró "Los Girasoles" con anhelo—. Estoy pensando en quedármelo.
Loren frunció el ceño y, lejos de apoyarle, negó efusivamente con la cabeza.
—Sólo te traería problemas. Tendrías que mantenerlo oculto a la vista de todo el mundo. Es un cuadro fácilmente reconocible. Hasta el más idiota del mundo sabe cómo es.
—No habría que esconder nada. Se supone que está en Ámsterdam. La gente simplemente pensaría que es una reproducción.
—Es una estupidez arriesgarse tanto por un trozo de lienzo viejo.
—Son "Los Girasoles", Lorenzo, no un trozo de lienzo viejo.
—Para el caso es lo mismo. Además, el trato con el señor Kwok está casi cerrado. Es un hombre con mucho carácter y se enfadará un montón si ahora te echas para atrás.
—Creo que podré lidiar con Kwok sin demasiados problemas.
—Ya sabes cómo son los chinos con los negocios, no le hará ninguna gracia.
—El señor Kwok es estadounidense, no chino. Y estás exagerando —Ricardo no podía dejar de mirar el cuadro, sus deseos más egoístas pulsando con fuerza en su interior—. Además, he sido yo el que se ha jugado el cuello para conseguir todas estas pinturas. Tengo más derecho que nadie a quedarme con ellas.
Loren suspiró. Tan solo era unos pocos años mayor que Ricardo, pero a veces le gustaba dárselas de hombre sabio. Cuando el jovencito Ricardo Vallejo comenzó a introducirse en el submundo del crimen mágico, Loren fue uno de los primeros hombres a los que conoció. Al principio no se llevaron nada bien porque eran algo así como rivales, pero con el tiempo habían aprendido a respetarse porque compartían una moral bastante parecida. Loren, que durante una buena parte de los ochenta fue el perro de presa de un traficante de pociones alucinógenas y drogas muggles, no toleraba la manía que tenía su jefe de cargarse a todo el mundo, casi como si disfrutara con ello. Ricardo, joven, impetuoso y muy ambicioso, tenía claro que nunca iba a permitirse esa clase de comportamientos y, aunque le costó un puñado de años, Loren terminó por unirse a él y a su causa. Resultaba mucho más cómodo y menos traumático estar al lado de Ricardo Vallejo que junto a su antiguo jefe.
El problema que tenía Ricardo era que acostumbraba a dejar al descubierto sus debilidades. Había sido un niño necesitado de muchas cosas y ahora era un hombre bastante caprichoso. Si se le antojaba comprarse algo, lo que fuera, lo hacía y punto. Y si se le había metido entre ceja y ceja que iba a quedarse con "Los Girasoles", se lo quedaría.
—Decidiste que las venderías todas. Es mejor no desviarse del plan original y lo sabes bien.
—La tentación es demasiado fuerte, Loren. No es fácil renunciar a tanta belleza.
Ricardo era un cursi y un loco y Loren se negó a darle la razón. Conocía lo suficiente a su amigo como para saber que no cambiaría de opinión por nada del mundo, pero le quedaba el consuelo de saber que lo había intentado. Estaba convencido de que si Ricardo se quedaba con "Los Girasoles" sólo tendrían problemas, pero lo único que podía hacer era permanecer alerta. Como siempre.
Sorg, me he tomado la libertad de convertir a la amiga de Clara en uno de los ligues de Jaime. Ha sido una absoluta coincidencia que precisamente hoy publicaras la segunda parte del minific que le has dedicado en UMU y mucho me temo que por el año 91 aún no había depurado mucho la técnica de presentarle los ligues a los amigos. Era joven e inexperto :P
Espero poder seguir con la continuación del minific pronto, aunque ahora mismo ando un poco liada terminando un reto que tengo que entregar para el día 25. Además, voy a insistir con lo de los reviews. ¿Nadie tiene nada que decir? :(
Besetes y hasta pronto.
