El albino juntaba todo lo necesario de alimentos para llevárselos a Sam, todo lo que fuese de cocción rápida, sin resongar. Hasta su padre le preguntó si realmente se dedicaría a la cocina o iba hacer el almuerzo, pero en todas las opciones el albino negó. Se tuvo que idear una excusa perfecta para sustraer todo eso de la alacena, así que se le ocurrió pronunciar la idea de que iban a ser para la caridad.
—Es algo muy noble de tu parte Lincoln —le felicitó su madre, acariciándole los cabellos-. Me alegra que te preocupes por el prójimo.
—No es nada má, iré a dejar esto a la iglesiairé a dejar esto a la iglesia, ya que hay una recolección de víveres para enviarlos a algún lugar, y después regresó, aunque estoy pensando si me quedo en el almacén a buscar un nuevo micrófono.
—¿para qué querrías un micrófono? -le preguntó su padre confundido.
—Lo necesito... Para las entrevistas, y para la grabación de un pequeño clip que nos pidieron en la escuela; nada más —volvió a mentir el chico, su nerviosismo muy notorio era, en especial por aquellas inexplicables gotas de sudor recorriendo su frente.
El nuevo micrófono le serviría para grabar con mejor calidad el audio para sus videos, ya que por un comentario en un directo que había hecho la semana pasada, le dijeron que el audio se escuchaba fatal, distorsionado, tapado, y rompe oídos. Así que debía hacer algo ya.
—Bueno, espero y tengas el dinero suficiente para adquirirlo, porque ahora no tengo ni un céntimo para darte —se disculpó el castaño, que pasaba en la esponja sobre un plato de porcelana.
—No tengas problema papá, he ahorrado lo suficiente para que al fin lo compre yo solo —dijo el albino, metiendo el último sobre de comida en medio de su mochila. La tomó de una manga y se la colocó en la espalda—. Bien en una hora y media vuelvo.
—Pero Lincoln, la iglesia está a media hora de aquí.
—Les dije lo del micro, no me voy a perder. ¿Okey?
—Está bien hijo.
El albino llegó a la puerta y se despidió de los que se hallaban presentes en la sala agitando su mano y voz. La otra la llevó al picaporte de la puerta, para girarlo y al fin poder ver la libertad, al estar afuera, vio el cielo celeste, su corazón se llenó de una paz y alegría inmensa, más por saber que iba a ocurrir un encuentro con Sam, más alegre no se podía encontrar. Dio los primeros pasos en las gradas de su casa, tropezándose con el segundo escalón, su pie se fue de lado, y se dobló con poca suavidad el tobillo, haciendo que gritara.
—Vamos, no es tiempo para errores.
Se enderezó a lo bruto, para lo demostrar dolor, colocó sus manos en las mangas de la mochila, sin antes ver el reloj en las muñeca de su mano que le indicaba las 10 de la mañana con 16 minutos y 36 segundos. Sin pensarlo, se predispuso a caminar.
Ya llegando al final de la ciudad, descubrió que la ubicación de la casa de su amiga Sam quedaba en un barrio sumamente pobre, hasta la bolsa de basura que quedaba allí se estaba degradando, era inaceptable que el gobierno local no se pusiera a pensar en reiteradas veces en el arreglo de ese barrio de plebe. Tuvo que sacar su teléfono inventar en gps la ubicación que había buscado, incluso, le sacó el anuncio de que se encontraba muy cerca de su destino. Sin pensarlo dos veces decidió enviarle un mensaje a la rubia de ojos celestes.
Hey, Sam, ya llegué.
Visto.
No existió algo más duro que eso.
Tuvo que ignorar aquello, guardar el aparato en su bolsillo y ver las casas con la pintura sucia, llegando al extremo de que incluso la azul de una no se podía percibir o diferenciar por el negro de la mugre. Vio a sus lados, y siguió con su pequeña caminata.
Caminar por ese terreno, le recordó a una escena de Maze Runner. Era tan idéntico aquel desolado y casi abandonando lugar. No se le sería impactante encontrarse con un drogadicto refugiándose detrás de una caja con desechos farmacéuticos. Además que encontró uno que otro casquillo de bala en el suelo, por lo tanto que se trataba de la zona oscura de Royal Woods.
Continuó la caminata, hasta escuchar que su teléfono emitía una notificación.
Has llegado a tu destino.
Lincoln vio una casa de color blanco enfrente suyo. La puerta era de metal, y un extrañísimo color negro. Al ver la dirección, se percató de que esa era la residencia de la rubia. Sin pensarlo dos veces, tocó el timbre.
Ding Dong.
Se quedó esperando durante unos minutos para que Sam saliera a su encuentro, solo encontró una bolsa de frituras en la puerta, la sacó con el pie, y vio la puerta abrirse. Su corazón se volvió loco, nuevamente veía la figura de Sam, su hermosa piel blanca y sus ojos celestes, hasta que la voz le llamó su atención.
—¿Lincoln? ¡Viniste! —ella chucheó contentísima, su rostro reflejaba el alivio de una agonía pura—. ¡Estoy tan feliz!
—Te dije que no te iba a fallar.
Se abrazaron con sumo cariño, aunque el albino tuvo que colocarse de puntillas para poder alcanzar el cuello de la rubia, quién le superaba una cabeza en altura. Casi sus labios se cruzaron, pero no les importó este gesto, parecía más importarle a ambos el abrazo. Sam sentía su alma llena de vida y de gozo, su albino, su mejor amigo albino estaba enfrente suyo.
—Estoy tan feliz, pasa, está algo desordenado y sucio... Pero... Es parte de esto, de mi vida —se disculpaba de antemano la muchacha ante el desorden descomunal y desproporcionado de su casa.
—Tranquila Sam, yo entiendo por lo que pasas. Hasta yo me sentiría igual con esta situación —comprendía Lincoln.
—Bueno, gracias por entender amigo —dijo la muchacha, siguiendo su caminar a la cocina.
El chico observaba las paredes sucias, algunas manchas eran provocadas por comida, otras por la longevidad que mantenía esta casa, y otras debido a las vomitadas de la madre de Sam por el exceso del alcohol. Y tuvo que toparse casualmente con una prenda femenina erótica en el suelo, la ignoró pero al mismo tiempo le llenó de inseguridad y vergüenza, aunque lo negara. Veía a Sam cubierta por su pijama de color celeste de nubes, se veía tierna, hermosa, y más por marcar levemente su ropa interior. Sus caderas se mostraban apetitosas, sin duda alguna el albino sintió aquello elevarse por un momento, debió ocultarlo.
—¿Y qué traes allí? -le cuestionó Sam.
Lo mal pensó.
—Traje lo necesario. Pan, salchichas, galletas —recitaba nervioso el muchacho.
—Bueno, yo no tengo casi nada, excepto que quieras un tazón de croquetas de mi gato —ofrecía el alimento del animal doméstico.
—Con miel estarían deliciosas —siguió el juego el joven Loud.
—No en serio. Tienen un sabor a cartón mojado pero a mí me gustó, jaja —reía la chica, llevando sus manos hacia su vientre cubierto por una camiseta de color blanco. La cual dejaba ver una parte de sus atributos femeninos.
—Yo solo he comido sandwich con chucrut. ¡Amo el chucrut! —habló el muchacho con una sonrisa amplia conservada en sus finos labios.
—¿Te gusta el chucrut? —le preguntó Sam impresionada.
—Oh claro. Si quiero ser feliz que alguien me de chucrut —respondió a la cuestionante—; no sé cómo es que hay gente que lo odia o que no le gusta, si es lo máximo.
—Por mi parte soy alérgica a la col y al repollo, no puedo ni siquiera olerlos porque me dan unos ataques impresionantes.
—Ay Sam, y yo que planeaba darte uno de mis sándwiches, pero con lo que me estás diciendo es mejor que me lo devore camino a casa, y dime, ¿no ha ocurrido nada malo con tu madre hasta ahora?
—Pues, mientras dormía me imagino que se emborrachó. Es una viva mierda eso Linky, en serio, soportarla es el sinónimo de adquirir el infierno en modo premium y gratuito —Sam reflejó una molestia y enojo enorme—. Ya estoy cansada. Fue demasiado lo que me hizo ella.
—¿Hubo alguna razón para que ella fuese así? —preguntó el albino preocupado.
Sam respiró profundamente, y cerraba sus ojos. Al exhalar Lincoln Loud esperó lo peor.
—Mi padre murió en un accidente de avión. Hasta el momento me han dicho que fueron por fallas en las turbinas; bueno, mi madre al enterarse de que ese vuelo colapsó, se volvió loca, apenas tenía 5 años, y mi hermanito acababa de nacer. Ella se mantuvo o quiso fingir ser fuerte para no verme llorar, pero era imposible, mi padre era algo de mí —explicó ella. Al final de eso su voz se empezó a fracturar—. Era un gran tipo el viejo, ya no está conmigo, y por si eso fuera poco, a mi hermanito le detectaron leucemia, falleció al poco tiempo. No sabes lo devastada que estábamos ambas.
—Ay no...
—Mi mamá no aguantó demasiado, para ese entonces ya tenía 8 años. Veía que se la pasaba llorando, llegaba del trabajo sumamente exhausta, renunció. Nos mudábamos constantemente, un día estaba en California, el otro en Nueva York, al siguente en Nueva Orleans, y un tiempo después decidió quedarse un año en Canadá. Por eso es que no hice amigos, estuve cerrada en una increíble depresión, intenté suicidarme varias veces pero pensé en mi mamá. No podía hacerle pasar otro sufrimiento por el que deba ser la causa de su muerte, y parejas, pues, he tenido una, solo jugó Conmigo, y no no es para que me tengas lástima Loud, solo te lo cuento porque es necesario, y ni llorar me hará tener la vida especial y única que tuve. Nada lo hará de hecho —culminó el relato.
—Siento demasiado lo que pasó con tu familia Sam, en serio. No sabía que iba a hacerte recordar todo esto, en serio lo lamento —dio su sincera disculpa el chico.
—No es necesario hacerlo Lincoln, mira, es algo que pasa, por desgracia es una ruleta rusa, y a mi familia le tocó desmoronarse desde su base —dijo ella con un tono levemente cansado y lastimado. Le dolía aceptar todo eso.
—Bueno Sam.
Hubo un pequeño e incómodo silencio, claro que no afectó mucho debido a la rápida interacción que se debían tener.
—¿Quieres algo especial para desayunar? —preguntó el chico.
La de cabellos dorados sonrió ante la cuestionante del Albo.
—Bueno, un pan quemado sería lo ideal, pero no hay tostadora ni pan.
—Hablo en serio.
—Bien, hazme un huevo estrellado.
—Como ordenes.
Por un instante tuvo que pensar que mantener esa estúpida sonrisa iba a hacer cambiar esa atmósfera de tristeza, soledad e infornunio en la que vivía Sam. Qué ingenuo. La muchacha estaba sentada en una silla a la par de la mesa, mientras veía a su gatito pasar, con una serie de bramidos y alaridos, los cuales eran un llamado a su dueña. San tuvo la bondad de recoger al gato y ponerlo en sus piernas, mientras que el animal contento le ronroneaba con mucha felicidad.
—Hey Linc, mira a mi gato. Se llama Danny.
—Aww, qué lindo, yo también tengo un gato, se llama Cliff, y le encanta arañar cosas, en especial mis brazos —le explicaba el albino, dejaba el sartén de lado y le mostraba la última cortada que el felino le había dado—. ¿Ves? Es casi una bestia.
—Ay, lo peor es que esos zarpazos son enconosos, cuesta demasiado la recuperación de ellos, por suerte este niño no me ha hecho eso, aparte de sentarse en mi cara —decía mientas le jugaba su cola.
Sam tocó el brazo de Lincoln, aún tenía la marca de las garras del gato. Después Danny se le lanzó a él para que lo acariciara. Él entendió que el gato quería lanzarse para aruñarlo, pero comprendió que solo deseaba que lo cargara. Le acarició su cabecita, era muy suave, y su pelaje Pardo era único.
—Es un nene hermoso, ¿Quién es un nene hermoso? ¿Ah? ¿Quién es un nene hermoso? —le hablaba Lincoln Loud al gato.
Meow.
La onomatopeya del felino indicó al albino el estado del mismo, muy feliz con su presencia, el mismo animal notaba cuando su dueña o demás personas que estuviesen a su alrededor se hallaban en un estado de felicidad inmensa o pura. Se quedó el el regazo del joven por unos minutos, ronroneaba.
—Terminaré el desayuno, tú cuida a mi pequeñín —le dijo Sam mientras se levantaba y se dirigía a la estufa.
—Me está mordiendo la camisa —alegó Lincoln.
—Él así es, una buena parte de mi ropa está mordida y o arañada por él, es un muchachito bien travieso, pero lo quiero —respondió Sam con una sonrisa.
—Eso veo Sam.
Al final quedaron los desayunos terminados. Los dos tuvieron que sentarse en la misma silla, Sam del lado derecho, Lincoln del izquierdo, nunca uno encima del otro, ¿Qué clase de error iba a ser ése? Además, sus mejillas estaban enrojecidas por la timidez y por el nerviosismo que los unía y al mismo tiempo los alejaba. Quisieron estar un poco más únicos, pero la silla no daba para más.
—Oye Lincoln, te quedó rico el desayuno —elogió la muchacha el trabajo y esfuerzo del generoso y tierno gesto del albo.
—Muchas gracias —agradeció.
—Serías un gran chef si te lo propusieras —dijo la rubia con una sonrisa suave y tierna.
—Bueno, es producto de que mi padre me mete a la cocina una vez a la semana, me enseña todo lo que hace en ese momento, y me dice cómo se prepara, creo que sí tengo potencial.
—Claro que lo tienes. Yo solo sé que el cereal va antes de la leche —lanzó Sam su argumento.
—Te equivocas Sam Sharp. Va primero el tazón donde pondrás el cereal y la leche —le corrigió Lincoln, con su personalidad de chat.
—Ay, cierto, que ilusa, jeje.
Ambos unieron miradas, los ojos brillaron, con una sonrisa tranquila mantuvieron el juego vivo por unos segundos, después pudieron haber roto el momento, pero por algo, no lo hicieron, Lincoln dejó el plato en la mesa, Sam le siguió, y los dos pudieron sentir un alivio en sus mentes, pero algo revolverse en sus estómagos, los dos buscaron sus manos y las llevaron a las del otro, por primera vez las sintieron, las dos ocultaban una capa de sudor la cual dejaba ver lo nerviosos que estaban, sus rostros, quisieran o no, reflejaban algo esperado. Como si estuviesen esperando el roce suave, tímido y mentalmente desgarrador de sus extremidades. Ahora sentían un nudo en la garganta.
—Lincoln... Con lo que me comentaste ayer, ¿has dado tu primer beso? —le cuestionó la joven.
—Sí, ya lo he dado, pero, uff, que desastroso fue, ya te imaginarás lo torpe que fui, el miedo que mantenía dentro y lo encarcelados que estaban mis sentimientos al hacerlo, simplemente fue un error épico —le contó el chico su experiencia—. Parece chiste pero es anécdota.
—El de todos fue así Linc, hasta el mío, fue muy, ah, en ese caso asqueroso.
—Comprendo.
Los dos no pudieron evitar verse. Aunque sus miradas reflejaran la mayor tristeza del mundo, había una pequeña chispita en sus interiores brotar, esa misma que no habían sentido desde hace demasiado tiempo con alguien, esa misma que les provocaba desvelos, y aveces excitación. Fue algo que no habían pedido. Más valía no haber iniciado en eso.
Sin algún cruce de palabras, los dos cerraron los ojos,.y como si fuese por magnetismo, se empezaron a acercar, a sentirse más cerca del cielo por así decirlo. Si ellos no se equivocaban y resultaba ser cierto, enamorarse tardaba 4 minutos. Y todo ocurría con los ojos o con un simple recuerdo inexistente que el cerebro trabajaba.
Se estaban insertando en un mundo desconocido, en un espacio de sus vidas que debían encontrar.
Los dedos de ambos se entrelazaron. Sus alientos comenzaron a acalorarse, de repente los pechos de ambos se sintieron cerca, y hasta escucharon el latido de sus corazones por lo silencioso que era. Lincoln inhaló el olor a sudor femenino de Sam, sabía rancio, aunque la mezcla con un perfume suave le daba un toque especial, aquel que sintió un día de verano.
Sam por su parte llegó a sentir un poco la mezcla del sabor de los labios de Lincoln, un olor algo fuerte debido a la comida que hace un momento decidieron consumir. Aún así, hubo algo en él que le llamó su atención, al abrir con ligereza sus ojos observó unos labios rojizos, que bien podían indicar virginidad bucal, los deseó. Así de sencillo.
—L...l.. Lincoln —lo llamó la rubia.
—¿Sí? —contestó a su llamado.
Un jadeo resonó cerca, los dos podían sentir algo acercarse a sus frentes, algo que le brindaría un gran apoyo o incluso su autodestrucción. Sam no podía ver sus acciones. Lincoln tampoco. Sus labios estaban a milímetros de tocarse. Y sus ojos sintieron la necesidad de expulsar unas lágrimas, pero no lo contuvieron, sintieron la descarga de miles de emociones en un instante cuando sus labios por fin se unieron. Ambos se asustaron de repente, aquel instinto de miedo a lo desconocido los protegió, más no del beso que se estaban dando. Los dos con los cosquilleos y temblores siguieron las caricias por unos segundos, aunque se mantuvieran en la misma posición y sus labios ni siquiera se moviesen.
Al terminar, solo pudieron sentir el agotamiento que algo más fuerte les pudo haber provocado sus interiores, lo cierto era que fue mágico, ya que por unos momentos olvidaron todo, por unos momentos sintieron que ingresaron al cielo, por unos momentos los problemas parecían ser juguete.
Se vieron, el sonrojo de sus mejillas aumentó considerablemente, hasta el punto de pensar que era una irritación extrema. Los dos no evitaron voltear sus miradas por la vergüenza.
—¿Qué hicimos? —preguntó Lincoln.
—Es muy obvio —le contestó la chica. Mientras tomaba de las mejillas a Lincoln y volvía a sembrarle un beso cariñoso, ahora sí movieron un poco sus labios para incrementar la pasión.
—Mmh —chucheó el albino mientras seguía la caricia.
Con mucho cuidado, Sam optó por darle una pequeña mordidita al labio superior del albino, hasta que el gimió ahogado. De inmediato tuvieron que romper el beso, y él llegó su mano al labio, para darle un masaje que provocó un sangrado inmediato.
—¿Por qué hiciste eso? —preguntó el chico con una expresión de dolor en su rostro.
—Me dejé llevar Linc, no era mi intención hacerte daño —dijo la chica, con algo de pena.
—Tranquila, no es nada —dijo el muchacho—. Solo trataré de no chupar la herida por error, no quiero que se me hinche el labio.
—¿Se te hincha? ¿Es por dentro?
—Sí, es por dentro Sam. Me ha pasado tantas veces que incluso ya sé su cura, eso sí, aparece cada vez que me muerdo, no es una bacteria si es lo que estás pensando.
—Bueno, perdón por hacer eso, no... No sé que fue lo que pasó, solo sé que lo hice, y ya estuvo —decía con algo de pensar en sus frases.
—Me gustó Sam.
La chica sonrió.
