A CASA POR NAVIDAD

Antes de seguir con la historia de "Los Girasoles" he decidido introducir un capítulo con un ambiente más navideño para conmemorar las fechas en las que estamos. Feliz Navidad para todos y ojalá que lo estéis pasando bien.


Toledo, 25 de diciembre de 2008

—¿Por qué no ha venido Papá Noel? He sido buena tooodo el año.

Amelia había hecho esa pregunta al menos una docena de veces desde que se levantó a las nueve de la mañana. Había corrido a toda prisa hasta el árbol de Navidad que tenían instalado en el salón de casa para descubrir que no había ni un solo regalo a sus pies. La niña estaba claramente decepcionada, pero hacía años que sus padres hablaron del tema y decidieron que, puesto que tanto Amelia como Darío se estaban criando en España, únicamente recibirían regalos el día de Reyes. Ciertamente John, mago inglés de pura cepa, había tenido que resistir la tentación de dejar caer algo en Navidad, pero comprendía que el acuerdo que tenía con su esposa era lo mejor. Estaba bien tener regalos para los niños, pero con una vez al año era más que suficiente.

—Ya sabes que a casa sólo vienen los Reyes Magos, cariño —Clara habló con infinita paciencia, agachándose un poco para apartarle a la niña el pelo de la cara.

—Pero me he portado muy bien, mamá. Y papá siempre dice que a él le llevaba regalos Papá Noel.

—Eso es porque papá creció en Inglaterra y es Papá Noel quien se encarga de repartir los regalos allí. A España siempre vienen los Reyes.

—Pues a mi amiga María sí que le lleva cosas Papá Noel. Y además falta mucho tiempo para que vengan los Reyes.

—Lo siento, Amelia, pero tendrás que esperar.

La niña se cruzó de brazos, enfurruñada, y fue a sentarse al sofá con cara de sumo fastidio. Quería dejar muy claro que toda aquella situación le parecía muy injusta y deseaba que sus padres se replantearan aquello de llamar a Papá Noel en lugar de a los Reyes Magos. ¿Por qué tenían que tardar tanto en llegar? Ellos eran tres, así que se suponía que debían ser más rápidos a la hora de repartir los regalos. ¿Verdad? Pues no. Ahora tendría que esperar muchos más días antes de poder jugar con su nueva muñeca. Para entonces las vacaciones de Navidad casi se habrían acabado y no tendría nada de tiempo para disfrutar de sus nuevas adquisiciones y eso le fastidiaba muchísimo.

Clara agitó la cabeza con condescendencia, puso los dibujos animados en la televisión y fue directa a la cocina para prepararle el desayuno a Darío, que se acababa de levantar y tenía cara de muerto viviente. La noche anterior había salido de marcha con sus amigos por el Toledo muggle y regresó a casa a las tantas. Al principio Clara no había querido dejarle ir, pero Darío estaba a punto de cumplir los diecisiete años, había sacado unas notas buenísimas y era un chaval muy responsable, así que darle un poco de libertad no estaría del todo mal. Seguramente se habría bebido un par de copas más de la cuenta, pero regresó a casa con puntualidad británica y aparentemente sin meterse en líos.

Darío estaba sentado frente a la mesa de la cocina, sosteniéndose la cabeza con ambas manos y víctima de una resaca de campeonato. Si lo de emborracharse fuese una constante para el chico, Clara hubiera estado encantada de dejarle con su sufrimiento, pero esa mañana decidió apiadarse de él.

—Le he añadido un poco de poción para la resaca —Le dijo mientras le entregaba una taza de café—. Bébetelo todo y enseguida te encontrarás mejor.

Darío gruñó pero obedeció la orden sin chistar. Apenas un par de minutos después se sentía como nuevo y miraba a su madre con sorpresa.

—¿Quién te ha dado la poción? —Inquirió, consciente de que en casa era imposible encontrar esa clase de sustancias. John había tenido ciertos problemas con el alcohol en el pasado y nunca tenían bebidas alcohólicas y mucho menos pociones para contrarrestar los efectos de una buena borrachera.

—Tu padre comentó que podrías necesitarla y dejó un par de viales.

Clara se encogió de hombros con la sensación de ser una madre extremadamente comprensiva. Ella sólo había vuelto borracha a casa una vez, cuando tenía quince años. Eran las fiestas de su pueblo y se lo había estado pasando de lo lindo con sus amigos muggles, pero cuando su padre la vio en aquel estado le arreó un bofetón de los que marcan época y la castigó sin salir de su habitación durante el resto del verano. Clara pensó entonces que se merecía el castigo, pero con los años había ido comprendiendo que su padre realmente nunca había necesitado motivos reales para castigarla. Odiaba pensar en ello, pero aquel hombre nunca fue un verdadero padre para ella, especialmente después de que se enterara de que era una bruja. En cualquier caso, Clara deseaba ser mejor madre para sus hijos de lo que los suyos fueron alguna vez para ella.

—Bien por papá —Musitó Darío mientras procedía a untarle mantequilla a una tostada—. ¿Vendrá a comer?

—No. Ha quedado con unos amigos.

Darío asintió. No hacía falta que su madre le explicara que Ricardo Vallejo pasaría el día de Navidad en compañía de sus antiguos socios. El brujo aún mantenía el contacto con hombres como Loren o Paco Martínez, pero sólo se veían unas pocas veces al año. Ricardo había hecho grandes esfuerzos para conseguir cambiar de vida y se arrepentía de muchas de las cosas que había hecho, pero no renegaba de quién era y mucho menos de sus antiguos amigos. Clara lo entendía, pero no quería que Darío formara parte de aquello.

—Vamos a ir al parque. ¿Te apetece venir?

—Vale. El aire fresco me hará bien para terminar de despejarme.

—Ya. ¿Una noche movidita?

—No sabes cuánto. Alf se pilló un pedo de campeonato. Casi no podía tenerse en pie.

—¿Y por qué no se vino contigo a casa?

—El tío vino a por él. Y no veas la bronca que le echó al pobre. Aunque no creo que Alfie se enterara de nada, la verdad.

—¿Y tú, Darío? ¿Tampoco podías sostenerte en pie?

—Bueno —El chico pareció ligeramente avergonzado—. La verdad es que me puse bastante contento, pero nada comparado con Alf.

—Entiendo —Clara le dio una palmadita en la espalda al chico y se dispuso a abandonar la cocina—. Termina de desayunar y vístete. Queremos irnos en media hora.

—Claro, mamá.

Clara regresó al salón. Amelia estaba justo donde la había dejado, absorta en los dibujos y mucho menos enfadada que unos minutos antes. Era una niña muy guapa, rubísima y con muchas dificultades para contener la magia. John afirmaba que eso se debía únicamente a que era muy inquieta. En alguna ocasión se habían planteado la posibilidad de inscribirla en la escuela especial en la que trabajaba John. El hombre daba clases de control de magia para niños que tenían problemas con sus estallidos involuntarios y Amelia era una candidata perfecta. Sin embargo, John insistía en tratarla en casa y de momento iban tirando para delante con más o menos fortuna.

Clara se quedó mirándola sin poder evitar acordarse de su familia. Como cada año, había invitado a sus padres y a su hermana a celebrar la Navidad todos juntos y, como cada año, ellos habían rechazado la invitación. Aunque Clara pretendía fingir que no le importaba, la verdad era que aquel rechazo sistemático le arañaba dolorosamente el corazón. Seguramente no tenía ningún motivo para seguir queriendo a esa gente, pero no podía evitar hacerlo. Cada vez que su madre se mostraba lo suficientemente generosa como para ir a visitarles, Clara prácticamente daba saltos de alegría. Y aunque ni su padre ni su hermana daban muestras de interesarse por ella, Clara no se cansaba de preguntar por los dos. Así fue como se enteró de que su hermana Lourdes estaba casada y tenía tres hijos a los que no conocía, que uno de ellos ya tenía su propia familia y que otro vivía en Madrid, a muy pocos kilómetros de su propia casa.

Clara tragó saliva. La amargura siempre se hacía presente cuando pensaba en los Muñoz. A lo largo de su vida había buscado con desesperación su aprobación, pero algo cambió para siempre el día que nació Darío. Nadie había ido a visitarla al hospital, ni siquiera su madre. Su hijo podría haberse muerto y ni a sus padres ni a su hermana les había importado y sólo por eso Clara decidió que daba igual contar o no con su apoyo. Por supuesto que la distancia emocional dolía. Era lo suficientemente tonta como para sufrir por ello el resto de su vida, pero ahora tenía a sus hijos, a John y a un buen puñado de grandes amigos y ya no les necesitaba tanto como antes.

—Hace un frío que pela.

La voz de John la sacó de sus cavilaciones. Su marido bajaba por la escalera, vestido con un sencillo jersey beige y unos pantalones de pana marrones. John siempre había sido un hombre guapo y atractivo y la madurez únicamente había acentuado ambos rasgos. Clara bien podría jurar que cada día estaba más enamorada de él y nunca se cansaba de recordar el día que lo conoció. En aquel entonces no se había llevado una buena impresión porque los amigos de Ricardo normalmente no le caían nada bien, pero John pronto había demostrado que era un hombre con el que merecía la pena estar.

—¿Seguro que tu hija quiere salir?

—Y Darío también se ha apuntado.

—Y yo que tenía la esperanza de que cambiara de idea.

—Se ha llevado un disgusto tremendo porque Papá Noel no le ha traído regalos. Si no la llevamos a dar una vuelta se pondrá insoportable el resto del día.

—No puedes negar que la niña ha sacado el genio de su madre.

—¡Oye!

Clara le dio a John un golpecito juguetón en el hombro y el hombre se rió con ganas. En realidad sí que era verdad que Amelia había heredado una buena parte del carácter de su madre y solía enfadarse con relativa facilidad, pero esos enfados no le duraban casi nada de tiempo. Era una niña alegre y despreocupada, mucho menos tímida que su hermano cuando era pequeño. Y bastante más desordenada y despistada.

—¿Por qué no veis juntos los dibujos un rato? Voy a arreglarme.

—Claro. Encantado.

John le dio un beso en los labios y entró al salón. Esa vez fue Clara la que desapareció escaleras arriba. Con un solo golpe de varita organizó la habitación de Amelia e hizo la cama y después fue directa al cuarto de baño para darse una ducha y adecentarse un poco. Las mañanas en esa casa solían ser una locura incluso en los días festivos y, aunque todo el mundo colaboraba, la limpieza doméstica no era demasiado agradable. Pero en Navidad no habría nada de eso. En las fechas más especiales sólo se ordenaba un poco por encima y el resto del tiempo se dedicaba únicamente al disfrute personal.

Mientras Clara se arreglaba, en la planta inferior John disfrutaba de la compañía de su hija. Amelia estaba atentísima a la televisión y apenas le prestaba atención, pero a su padre no le hacía falta que lo hiciera. Se conformaba con pasarle un brazo por los hombros y sentirla a su lado. John había tenido una vida bastante agitada y la paternidad nunca fue uno de sus objetivos vitales. Cuando decidió hacerse auror únicamente podía pensar en luchar en contra de los mortífagos y cuando huyó de Inglaterra pasó demasiado tiempo en la cuerda floja como para plantearse la posibilidad de rodearse de niños. Por suerte había conocido a Clara; ella terminó de darle la estabilidad que tanto tiempo llevaba buscando y formó junto a él una familia. John no podía pedir nada más. Era un hombre completamente feliz y nunca había disfrutado tanto de las Navidades como en aquellos últimos años.

Darío pasó brevemente por el salón para darle los buenos días y anunció que él también iba a vestirse. John había oído llegar al chico la noche anterior, había visto que estaba borracho y se había preparado para meterlo en la cama en caso de que fuese necesario, pero Darío se las arregló bastante bien él solo. John temió que Clara fuera a enfadarse con él por llegar en ese estado, pero al parecer se lo había tomado todo con bastante diplomacia porque no cabía duda de que le había dado a Darío la poción que Ricardo les entregara la noche anterior. Sabedor de los problemas que el alcohol podía acarrearle a las personas, se oponía con rotundidad a que Darío consumiera esa clase de bebidas, pero también era consciente de que el chico tenía la cabeza muy bien asentada sobre los hombros y le parecía injusto que Clara fuera a regañarle por emborracharse en Nochebuena. Por suerte para todos la sangre no había llegado al río y nada indicaba que fuera a hacerlo en un futuro próximo. Además, John se alegraba muchísimo de que Darío quisiera acompañarles al parque. Amelia adoraba a su hermano mayor y el chico, a pesar de estar en una edad complicada, no perdía la ocasión de pasar tiempo junto a la niña. No tenía problemas a la hora de jugar con ella como si también fuese un crío y más de una vez lo había descubierto prestándole su varita y dándole instrucciones para hacer magia.

Darío regresó al salón en cinco minutos y se puso a ver la tele también. No era de extrañar que, aunque Clara hubiera subido antes a bañarse, el chico la hubiera ganado. Clara era una mujer después de todo. Y una mujer bastante coqueta a la que le gustaba ponerse de punta en blanco incluso cuando sólo iban llevar al parque a Amelia para que agotara una buena parte de su energía infantil. Seguramente Darío jugaría con ella al pilla pilla y John únicamente tendría que dedicar la mañana a abrazar a su mujer. El panorama no podría ser más alentador. Sin embargo, nada salió como John esperaba porque justo en ese momento llamaron al timbre.

El hombre sólo necesitó intercambiar una mirada con Darío para indicarle al chico que tendría que abrir la puerta sí o sí. Como buen adolescente que era, el chaval suspiró con frustración y se quejó entre dientes, pero obedeció la orden muda de su padrastro. Y ojalá no lo hubiera hecho, porque ahora tenía frente a sus ojos a la abuela Carmina.

En realidad sólo era una forma de llamarla, porque Darío realmente no la consideraba como tal. Esa mujer sólo ejercía como abuela tres o cuatro veces al año y nunca había sido demasiado cariñosa ni se había interesado demasiado por la vida de Darío y de su hermana, especialmente en todo lo referente a la magia. Darío suponía que debía quererla porque era la madre de su madre, pero lo único que sabía de esa mujer era que por su culpa su madre lo había pasado fatal cuando era niña y que ahora que de adulta no le hacía demasiado caso. Una semana antes, su madre se había tomado la molestia de llamar a la abuela para invitarla a cenar en Nochebuena y había estado a punto de llorar otra vez. ¿Cómo iba a querer Darío a su abuela? ¿Por qué demonios tenía que quererla si hasta el siempre regio señor Bennasar era mucho más amable con Amelia y con él que esa mujer?

A pesar de que la visita no le hacía ninguna gracia, Darío compuso una sonrisa de circunstancias y logró ser medianamente agradable. Sus padres le habían enseñado a ser educado y, aunque sus abuelos se pensaran que los brujos eran un atajo de bestias sin modales, nunca se cansaba de hacer gala ello ante Carmina Parra. La abuela de Darío era una mujer de casi setenta años, delgada, rubia y con los ojos oscuros. Todo el mundo decía que Clara se parecía un montón a su madre cuando era joven y a Darío no podría interesarle menos comprobarlo. Lo único que quería hacer era averiguar a qué se debía esa visita inesperada, porque estaba seguro de que si la abuela se había tomado la molestia de viajar hasta Toledo debía querer algo de su madre. La muy caradura.

—Abuela.

—Feliz Navidad, hijo —Carmina le sonrió y le dio un par de besos en las mejillas—. ¿Cómo estás, Darío?

—Bien. ¿Y usted?

Darío se hizo a un lado para dejar que la mujer entrara en casa. Hubiera preferido cerrarle la puerta en las narices y olvidarse de que estaba allí fuera, esperando, pero sin duda eso no estaría muy bien visto.

—Bien, hijo, bien —Carmina miró a su alrededor. La primera vez que vio la casa frunció el ceño notablemente. Seguramente se debía a que estaba ubicada en el Toledo mágico y todo el mundo sabía lo mucho que la disgustaban esas cosas. Darío consideraba que había sido un error mostrarle la forma de entrar al barrio mágico sin la ayuda de un mago porque eso significaba visitas inesperadas y a destiempo —. ¿Y tu madre?

—Está arriba. ¿Quiere que la llame? —Darío prácticamente estaba subiendo la escalera. Cuanto antes hablara con su madre, antes les dejaría a todos en paz.

—No hace falta. ¿Dónde está tu hermana?

—Viendo la tele. ¿Quiere verla?

—Por supuesto.

Darío suspiró y la guió hasta el salón. John estaba de pie; sin duda se dirigía al recibidor para interesarse por las visitas, pero en cuanto vio a Carmina se quedó quieto y se puso a la defensiva. Al bueno de Doc tampoco le caían demasiado bien sus suegros. No soportaba la forma en que siempre habían tratado a Clara y nunca había hecho el esfuerzo de comprenderles. ¿Qué había sido duro para ellos descubrir que su hija era una bruja? Bien, sus propios padres también habían sido muggles y jamás le habían dado de lado. Por normal general John era un tipo bastante diplomático, pero nunca se había esforzado demasiado por disimular la poca simpatía que Carmina le provocaba. Y en cuanto a Amelia, la niña sólo había visto a su abuela una veintena de veces a lo largo de su vida, un tercio de ellas cuando era un bebé, así que no podía decirse que le tuviera demasiado aprecio a la mujer.

—Mirad quién ha venido —Anunció Darío.

John frunció levemente el ceño, pero decidió ejercer de buen anfitrión y se adelantó para estrechar la mano de su suegra.

—Doña Carmina. ¿Cómo está usted?

—Hola, señor Doe —La abuela tampoco saludó con entusiasmo a su yerno. Lo que hizo fue centrarse en Amelia. Era su única nieta y sentía cierto cariño especial hacia ella—. Pero. ¿Qué tenemos aquí? ¡Qué niña más guapa!

Amelia dejó de prestar atención a los dibujos y miró de reojo a su abuela. No movió ni un músculo y mucho menos se arrojó a sus brazos para comérsela a besos como haría cualquier nieto normal y corriente.

—¿No vas a saludar a la yaya? —Inquirió Carmina con una sonrisa. La contundente respuesta de Amelia la dejó bastante cortada.

—No.

—Pues si no me das un beso no te daré el aguinaldo —Sentenció Carmina disimulando la decepción que para ella suponía el que Amelia fuese tan agria con ella. Esperaba que la promesa de un billete de cincuenta euros fuera suficiente para convencer a la niña de que la obsequiara con un beso, pero Amelia era terca.

—Me da igual.

Darío encontraba la situación de lo más divertida y ni siquiera le importaba que la abuela no le hubiera dado a él también el aguinaldo. Suponía que era demasiado mayor para esas cosas, aunque no recordaba haber recibido ni regalos ni dinero por parte de su abuela jamás. Ni en Navidades, ni en sus cumpleaños ni nunca. Sin duda, la mujer tenía otros tres nietos varones de los que disfrutar, así que Darío no debía significar demasiado para ella. Pero Amelia era una niña y parecía querer ganársela con chantajes. Suerte que a su hermanita no le interesara demasiado eso de recibir dinero de los adultos. Prefería las muñecas. Y con diferencia. Por desgracia, John no podía dejar que su hija fuera tan desagradable y maleducada e intervino.

—Amelia, dale un beso a tu abuela y felicítale la Navidad, anda.

La niña puso morritos y consideró que la mañana empeoraba por momentos. Primero no había regalos de Papá Noel y ahora tenía que besar a esa señora. Pues vaya plan. Lo que ella quería era ir al parque y jugar con Darío y con sus padres hasta que las tripas le rugieran de hambre. A pesar de su disconformidad, el tono de papá no admitía réplica y se vio obligada a levantarse para dejar que la abuela le llenara la cara de babas. Aceptó sus cincuenta euros con un gesto veloz y se preguntó cuándo se irían. Porque iban a marcharse. ¿Cierto?

—Mira qué alta estás —Le dijo la abuela mientras la cogía por los hombros y la examinaba detenidamente—. Has crecido un montón desde la última vez que te vi.

Había sido en la Semana Santa de ese mismo año. Clara había insistido en ir a ver las procesiones que se celebraban todos los años en su pueblo y John y Amelia tuvieron que irse con ella. La visita a casa de sus padres fue muy breve, pero ya entonces Carmina demostró cierto interés por Amelia. Interés que al final había quedado en nada, a juzgar por todo el tiempo transcurrido sin dar señales de vida. Al menos había tenido la decencia de llamarla por su cumpleaños, algo que con Darío no ocurrió.

—¿Qué tal el cole? —Carmina miró John—. Porque va a la escuela normal. ¿Verdad?

—Sí, señora. Todos los niños mágicos asisten a colegios muggles —Tanto John como Clara le habían explicado aquello varias veces, pero la mujer no se daba por enterada—. No empezará a aprender magia hasta dentro de un par de años.

—Ya —Carmina decidió ignorar el comentario acerca de la magia—. ¿Has sacado buenas notas, cariño?

Amelia, que luchaba por volver a concentrarse en los dibujos animados, asintió con desgana y prácticamente le dio la espalda. Carmina se dio cuenta de que la pequeña no estaba muy comunicativa esa mañana y miró a Darío. El chico vestía como ese atajo de gandules e inútiles que vagaban a todas horas por las calles de su pueblo. Hasta tenía ese aire raro que Clara había tenido de más pequeña. Pero Carmina no estaba allí para criticar su hija, sino para conversar tranquilamente con ella.

—¿Qué tal llevas tú los estudios, Darío?

A Carmina no le gustaba ni un pelo el padre del chico. ¿En qué había estado pensando su hija cuando se enredó con ese delincuente? Aunque John Doe era un tipo de lo más antipático, al menos era un hombre honrado, algo que ese Ricardo nunca había sido. Cada vez que hablaba con Clara, la mujer esperaba que le diera malas noticias relacionadas con Darío. Carmina estaba convencida de que más tarde o más temprano el chaval seguiría los pasos de su padre y por eso procuraba no tratarle demasiado. Le auguraba un futuro muy oscuro, pero hubiera sido un gesto muy feo no interesarse por sus notas después de preguntarle a Amelia.

—Muy bien, abuela.

—Me alegro —Aunque Carmina realmente no sabía si se alegraba o no—. Eso es lo que tenéis que hacer los jóvenes. Estudiar, y no ir por ahí haciendo fechorías.

—Yo no hago fechorías —Replicó Darío. Sonaba bastante ofendido.

—Claro que no. Pero dime, hijo. ¿Cómo está tu padre?

Ahí estaba la pregunta que Darío llevaba un buen rato esperando y que Carmina no quería tener que hacer. ¿Para qué se molestaba en fingir interés por su padre si no lo soportaba? Seguramente hasta se alegraba cuando le pasaban cosas malas, así que Darío no entendía el paripé. Estaba deseando que llegara su madre para poner fin a la conversación. A esas alturas, Amelia estaba absolutamente concentrada en la televisión y su padre y su hermano se encontraban muy incómodos. Por suerte, Carmina no parecía estar disfrutando mucho más que ellos.

—Muy bien. Anoche vino a cenar a casa.

—¿En serio? —Aquel era otro buen motivo para no aceptar las invitaciones anuales de Clara—. Dale recuerdos de mi parte. ¿Quieres?

—Seguro que se alegra de tener noticias suyas, abuela.

¡Oh, sí! Ricardo Vallejo iba a dar saltos de alegría. Aunque Clara siempre se sentiría muy dolida por la actitud de su madre cuando nació Darío, con el tiempo sus sentimientos se habían ido apaciguando, pero los de Ricardo no. Él jamás perdonaría a Carmina por haber dejado a Clara sola en semejante trance. Y la odiaba de verdad, como nadie más podría hacerlo nunca.

—Seguro que sí.

A Carmina ya no se le ocurría nada más que decir y perfectamente podría haberse marchado si asuntos muy serios no la hubieran llevado hasta Madrid. Por fortuna para todos, Clara llegó en ese momento. Traía consigo el abrigo, el gorro, los guantes y la bufanda de Amelia y sonreía ampliamente hasta que vio a su progenitora.

—¡Mamá! —Exclamó con evidente sorpresa. Carmina se acercó a ella para besarle las mejillas—. No sabía que venías.

—¿Cómo estás, hija? —Clara no tuvo tiempo de responder—. He estado charlando con los niños mientras te esperaba —Bueno, era una forma de decirlo—. Tengo entendido que han sacado buenas notas.

—Sí. Los dos van muy bien en el colegio. Los profesores están muy contentos con sus progresos.

—Me alegro mucho —Carmina miró el abrigo—. ¿Vais a salir?

—Íbamos a llevar a Amelia al parque, pero ahora que estás aquí nos quedaremos.

A pesar de estar pendiente de la tele, Amelia escuchó perfectamente esa última afirmación y protestó. Por suerte, la abuela Carmina parecía tener ciertos planes que únicamente implicaban a su madre.

—No me gustaría que la niña se quedara sin jugar por mi culpa. ¿Por qué no se van ellos tres y tú y yo nos quedamos aquí, charlando?

Clara alzó una ceja. Obviamente su madre quería decirle algo y quería decírselo a solas. John la miró como si estuviera dispuesto a quedarse junto a ella pasara lo que pasara, pero su presencia no sería necesaria. Además, sentía muchísima curiosidad por saber qué era aquello que preocupaba tanto a su madre como para hacerla viajar hasta Toledo el día de Navidad. Con John o Darío presentes, Carmina se cerraría en banda y no habría manera de enterarse de nada.

—Me parece buena idea. ¿Podrás con los chicos tú solo? —Clara le guiñó un ojo a su marido. Carmina no se dio cuenta del gesto cómplice, pero John sonrió.

—Haré cuanto esté en mi mano para mantenerlos controlados —John tomó las prendas de abrigo de brazos de su mujer. No necesitó llamar a Amelia; la niña ya estaba a su lado, esperando ansiosa para irse. Le fastidiaba un poco que mamá al final no pudiera venir, pero lo importante era que aún podía contar con la compañía de Darío para jugar sin descanso—. Volveremos para la hora de comer.

Clara despidió a John y a los niños y después invitó a su madre a acomodarse en el salón. Le ofreció una taza de café que Carmina aceptó habida cuenta del frío reinante en el exterior, y después se sentó junto a ella para escuchar aquello que tuviera que decirle. Pero antes de eso, hizo las preguntas de rigor.

—¿Cómo están papá y Lourdes?

—Muy bien. He dejado a tu padre durmiendo la borrachera de anoche y a tu hermana ejerciendo de enfermera.

—Ya veo —Clara sabía que tenía que callarse, pero no pudo hacerlo—. Podríais venir alguna Nochebuena a Toledo. Tú, papá y Lourdes y su familia. Ya sabes que seréis bienvenidos.

A juzgar por el recibimiento que el señor Doe y los niños le habían dispensado esa mañana, lo dudaba mucho.

—A ellos no les gusta estar rodeados de cosas raras, Clara.

—Se llama magia —Clara intentó tragarse la amargura, pero tampoco pudo—. Y te aseguro que nadie haría un solo hechizo mientras ellos estuvieran aquí. Sólo se trata de pasar las Navidades todos juntos.

—He intentado hablar con ellos, pero ya sabes como son.

—Tal vez no lo hayas intentado lo suficiente. O tal vez el problema no sea la magia, sino mis hijos y yo. ¿Es eso?

—Clara, por favor. ¿Cuántas veces vamos darle vueltas a lo mismo?

—Las que hagan falta, mamá.

Normalmente esa clase de conversaciones terminaban en agrias disputas, pero Carmina no dejaba de pensar en que tenía un objetivo que cumplir y no regresaría a casa sin haberlo logrado. Por eso suavizó su expresión cuanto pudo y palmeó una de las manos de su hija.

—Es Navidad y no quiero que nos disgustemos. ¿Sí? Vamos a dejarlo aquí.

Clara apretó los dientes. Era evidente que no quería dejar nada, pero terminó cediendo a los deseos de su madre.

—¿Vas a comer con nosotros? —Pese a todos los desplantes previos, había cierta esperanza en la voz de Clara al preguntar aquello. Esperanza que Carmina se encargó de hacer desaparecer.

—En realidad me gustaría volverme al pueblo esta misma mañana. Todas las Navidades tu padre y yo organizamos unas partidas de cartas después de comer y no puedo faltar.

Genial. Las malditas cartas eran más importantes que su hija y sus nietos.

—Si tienes tanta prisa. ¿Por qué estás aquí?

—Porque me lo ha pedido Alfonso, tu sobrino mayor.

Aunque Clara no conocía personalmente al chico, sabía bastantes cosas sobre él. Tenía veintitrés años, físicamente era igual que su abuelo y ayudaba a su padre con el negocio familiar. Siempre había sido el hijo perfecto hasta que dejó embarazada a la novia, dándoles a sus progenitores el disgusto del siglo. Por supuesto que se había casado y todo parecía indicar que disfrutaba de una familia ideal y sin problemas. Clara no tenía ni idea de lo que el chico podría querer de ella y sintió muchísima curiosidad.

—¿Y para qué haría mi sobrino algo así?

Carmina suspiró. Le costó un poco de esfuerzo echar mano del bolso y rebuscar algo en su interior, pero cuando lo hizo le mostró a Clara la fotografía de un bebé regordete.

—Éste es Juan. Nació hace un año. ¿Te acuerdas? —Clara asintió—. Su padre está preocupado por él. A su alrededor pasan cosas raras y creemos que puede… —A Carmina parecía costarle un gran esfuerzo terminar la frase—. Ser cómo tú.

—¿Creéis que el niño es un mago?

—Alfonso intentó hablar con tu hermana, pero Lourdes no quiere oír ni una palabra respecto a la magia, así que vino a mí —Carmina suspiró—. Es algo que venía notando desde hace un par de meses, pero no terminé de creérmelo hasta que Alfonso no me lo explicó todo. El pobrecito está hecho un lío. No sabe qué pensar sobre la magia y no tiene ni idea de cómo actuar, así que pensamos que tú podrías ayudar.

—¿Yo?

—No me irás a negar que tienes experiencia en el tema. ¿Verdad?

Clara suspiró. Podría decirle a su madre que se fuera por donde había venido y olvidarse del tema. Después de todo, su hermana Lourdes siempre fue muy cruel con ella. La insultaba y humillaba y Clara había llegado a odiarla muchísimo cuando eran pequeñas. Lo que sentía por ella en la actualidad era algo extraño y amargo en lo que no acostumbraba a pensar demasiado. Sería irónico si su nieto mayor resultaba ser un mago, una especie de castigo cósmico por todo el dolor que le había causado a Clara en el pasado. Pero no se trataba de Lourdes, sino de un bebé de apenas un año que podría llegar a sufrir exactamente las mismas cosas que ella padeció en su infancia.

—¿A qué cosas raras te refieres, mamá?

—Bueno —La mujer suspiró e intentó hacer memoria—. Alfonso dice que su cunita ha amanecido más de una mañana repleta de muñecos de peluche o que algunas veces el pelo del niño crece más de lo normal. También es muy posible que lo haya visto levitar en un par de ocasiones, aunque no está muy seguro de ello. Pero lo que terminó de convencerme fue algo que ocurrió anoche.

Clara escuchaba con atención. Recordó que Amelia había empezado a dar muestras de su magia cuando solo tenía ocho meses. Clara estaba bañándola y la niña quería tener consigo el mordedor que se había convertido en su juguete favorito. Primero había llorado un poco, pero como su madre estaba muy ocupada adecentándola, Amelia actuó por su cuenta y en menos de un segundo el mordedor se materializó en sus pequeñas manitas. Clara se llevó una gran alegría y no dudó en ir a buscar a John al colegio. Fue un día inolvidable para toda la familia, uno de esos días que no se olvidan jamás. De la misma forma que no podía olvidar la primera vez de Darío. El niño ya tenía más de dos años y estaba con su madre en la tienda de calderos, enredando. En su caso fue una cuestión de supervivencia, pues en medio de sus juegos hizo caer una pila de cajas que Clara aún no había tenido tiempo de organizar. El pequeño Darío podría haber quedado sepultado entre toda esa mercancía, pero su magia creó un escudo protector y no se hizo ni un solo rasguño. Clara había llorado en esa ocasión, entre feliz y aliviada, y Ricardo le había comprado al chiquillo un montón de juguetes como premio. Aunque la mujer estaba encantada de rememorar todo aquello, lo único que parecía importar esa mañana eran los estallidos de magia involuntaria del bebé de su desconocido sobrino Alfonso.

—¿Te acuerdas de la cabeza de venado que tenemos en la chimenea de casa? —Clara asintió. Su padre era un cazador consumado y le tenía muchísimo cariño a esa cabeza disecada porque pertenecía al primer animal que logró atrapar—. Pues bien, al pobre Juanito le da muchísimo miedo. Cada vez que la ve monta un berrinche, pero lo de anoche fue demasiado. Hizo desaparecer la cabeza.

—¿En serio?

—Y tuve la impresión de que no fue un accidente, como pasaba cuando eras pequeña. El niño se quedó mirando el trofeo y ¡Puff! Desapareció.

—Entiendo —Clara contuvo las ganas de echarse a reír—. ¿Y por casualidad ha aparecido por algún lado?

—No, y tu padre está que echa chispas —Carmina agitó la cabeza, abatida—. Fue un shock tremendo para todos. A Alfonso ya se le han acabado las excusas para intentar tranquilizar a su mujer y hasta tu hermana está empezando a aceptar que le ha salido un nieto brujo. ¿Tú qué piensas?

—Pues que, efectivamente, el niño es un mago.

Carmina se quedó callada e inmóvil durante unos segundos y después pareció a punto de echarse a llorar. Las palabras que pronunció a continuación le salieron del alma.

—¡Ay, hija! ¡Qué desgracia!

Clara debería haberse sentido indignada e insultada, pero ya estaba más que acostumbrada a esa clase de comentarios. Lo sentía por su sobrino-nieto, porque era una criatura indefensa e inocente que iba a sufrir en manos de aquellos que debían cuidarle. Clara deseaba que no fuese así, pero conocía a su hermana y sabía que a Lourdes no le iba a hacer ninguna gracia que le constataran lo que ya sospechaba. Bien era cierto que el pequeño Juan era responsabilidad de sus padres y siempre cabía la posibilidad de que ellos no se parecieran en nada a Lourdes, pero Clara temía por el niño y, aunque era pronto para pensar en ello, su instinto maternal le hizo plantearse la posibilidad de quedarse con el pequeñajo en caso de ser necesario.

—¿Has venido hasta aquí sólo para que confirmara tus sospechas? —Preguntó, ignorando por completo el último comentario de su madre—. Porque con una llamada telefónica hubiera sido suficiente.

—Tal vez, pero Alfonso y yo creímos que lo mejor sería hablarlo personalmente. Le gustaría mucho poder hablar contigo.

—¿En serio?

—Necesita que le expliques muchas cosas, Clara. Soy consciente ni que tu padre ni tu hermana ni yo hemos sido buenos contigo, pero Alfonso y Juanito no tienen la culpa de nada. Tu sobrino es un buen hombre y se preocupa por su hijo. Sólo quiere que le guíes y le enseñes a ser el padre de un pequeño brujo —Carmina suspiró y por primera vez pareció sentirse un poco culpable por las cosas que hizo en el pasado—. A mí eso nunca se me dio bien y no creo que pueda darle ni un solo consejo útil.

Clara suspiró. Nuevamente sintió la amargura quemándole la garganta, pero no pudo negarse. No hubiera sido justo.

—Dile que me llame —Dijo con rotundidad—. Que me diga cuando quiere venir a casa para que hablemos.

—Muchas gracias, hija —Carmina le dio un golpecito suave en el brazo—. Sabía que lo entenderías.

Porque era idiota. Total e irremediablemente estúpida. No importaba cuántos desplantes le hicieran; ella siempre estaba dispuesta a volver al lado de los suyos. Incluso cuando era evidente que su madre se preocupaba más por su nieto Alfonso que por su hija.

—Pero te voy a advertir una cosa, mamá —Clara hablaba totalmente en serio. Sonaba casi amenazante—. No consentiré que tratéis mal a ese niño. Llegaré hasta donde haga falta para impedir que le hagáis daño.

Carmina se sintió dolida. Era duro que tu propia hija te creyera capaz de maltratar a un bebé, pero entendía a Clara. Durante muchos años había ido sembrando las simientes de la desconfianza en su hija y ahora recogía los frutos. A veces le gustaría poder volver atrás y portarse mejor con ella, cambiar algunas cosas que podrían resultar incluso imperdonables y ser una madre mejor, pero ya era tarde. Quizá porque no echaba de menos a Clara tan a menudo como debería, quizá porque el tiempo las había separado para siempre, no se veía con fuerzas de intentar estrechar lazos. Había muchas cosas que no le gustaban de Clara y de la vida que llevaba y sabía que con lo que tenían en ese momento era más que suficiente.

—Las amenazas no son necesarias, hija. Alfonso cuidará bien de su hijo, sea o no sea un mago.

—Eso espero.

Carmina se puso en pie. Ya había hecho lo que tenía que hacer y le esperaba un largo camino de vuelta a casa.

—Me voy ya. Hablaré con Alfonso en cuanto llegue a casa. No tardará en llamarte.

Clara podría haber insistido en que comiera con ellos, pero sería inútil. Despidió a su madre con la misma frialdad con la que la había recibido y luego decidió reunirse con las únicas personas a las que realmente necesitaba para ser feliz.

John y los niños no habían ido muy lejos. Estaban en el parque ubicado justo al lado de casa, en el barrio mágico. Había mucha más gente disfrutando de aquella mañana de Navidad. Aunque la noche anterior no había nevado, todo estaba cubierto por un manto blanco gracias a la magia. Su madre podría decir lo que quisiera, pero no había nada mejor que aquello.

Amelia y Darío estaban haciendo un muñeco de nieve. La niña fue la primera en verla y no tardó en saludarla efusivamente con ambas manos. Después fue Darío quién le alzó un brazo y le sonrió, invitándola sin palabras a unirse al juego. Pero no era eso lo que quería. Clara localizó a John sentado en un banco y se acercó hasta él con la sonrisa bailando en sus labios.

—¿Cómo puedes estar ahí tan tranquilo con el frío que hace?

—Hechizo calefactor.

—¡Oh! —Clara se sentó a su lado y John la abrazó con fuerza, consciente de que su mujer necesitaba ciertos mimos después de cada encuentro con su progenitora—. Definitivamente es un gran hechizo. De los mejores.—Disfruta de él mientras puedas. Tus hijos quieren enfrentarse a nosotros en una guerra de bolas de nieve. Me temo que empezarán a atacar en cuanto terminen con el muñeco.

—Entonces tendremos que estar preparados para defendernos.

John asintió y le dio un beso en la sien. Cuando habló, su voz sonó mucho más seria.

—¿Tu madre se ha ido ya?

—Ha declinado mi invitación para comer. Otra vez.

—¿Y qué quería?

—Hacerme saber que la justicia divina existe —Clara se puso en pie al ver que sus hijos se acercaban a ellos con intenciones poco honrosas—. Me temo que los niños nos declararán la guerra antes de terminar el muñeco.

—No te preocupes, querida. Les ganaremos.

Unos segundos después, los cuatro miembros de la familia Doe estaban inmersos en una cruenta guerra con bolas de nieve. Clara había pensado que se sentiría triste y enfadada después de la visita de su madre, pero nada más lejos de la realidad. En cuanto se reunió con los suyos en el parque comprendió que no necesitaba nada más.


¡FELIZ NAVIDAD!

Llego con unos días de retraso, pero más vale tarde que nunca. A este paso os felicitaré el año nuevo el día de Reyes :P. En fin, espero que os haya gustado el capi. Sólo quiero pedir reviews. Incluso podéis pedirme cositas y todo. Seréis escuchados con muchísima atención. Pues nada, a darle al botoncito de más abajo. Besetes.