Ambos muchachos solo se quedaron viendo, sus ojos estaban cansados de tener que observar cómo los demás eran felices estando de pareja, ¿y a ellos que les faltaba para poder alcanzar esa gloria? .
Exacto, casi nada.
Los dedos de Sam intervinieron en la mano de Lincoln, se estrecharon con suma rapidez y se acariciaron. A pesar de que Sam no se aplicaba ningún tipo de barniz en las uñas, sus manos se veían hermosas, un tanto quemadas por el sol, pero hermosas, cosa la cual al joven de cabellos blancos le gustaba.
—Sabes, creo que tengo unos lentes en mi cuarto, déjame traerlos —le pidió la rubia mientras le pasaba su mano por encima de los cabellos.
—Está bien Sam —el chico dejó que la mayor saliese de sus brazos, y por error vio las completas y marcadas caderas de la rubia.
Casi se le salía la sangre por la nariz cuando vio aquello tan pronto. Se veía tan redondo, tan suave, sin duda alguna le prendía la simple idea de cabalgarlo con hambre y brío, ese mismo que podría tener a los 25 años con una mujer, estando más "maduro". Su rostro, y en especial sus pómulos revelaron su inocencia y su pronta vergüenza por verla. Sam descalza atravesó toda la habitación, hasta llegar a la de ella y hallar el objeto que antes mencionó.
—Linky, ya los encontré —festejó muy feliz, mientras iba directo a él, y lo abrazaba por detrás y con sus manos tapaba su mirada.
—Ay, Sam —hiperventiló Lincoln, con unos cuantos de sus latidos yendo rápido—. No hagas eso.
—¿Por qué? —su voz se escucha muy cuestionable—. Puedo hacerlo, en especial porque eres algo bajito.
—Sí puedes. Solo me asustaste —la respuesta del albino sonaba irritada y fuerte, al igual que el calor de sus mejillas se hacía cada vez más fuerte—. Solo, me sorprendiste con eso.
—No hay problema mi albino —le dice Sam en una forma dulce y llena de ternura—. Mira, me pondré los lentes.
Aquel objetó invadió su nariz y quedó clavada en la misma, los acomodó hacia el fondo para que no se le cayeran de la forma más sin gracia existente, y al fin, Sam Sharp estaba con aquellos lentes de broma. Sus labios rojos hicieron un puchero. Al igual que Lincoln, y casi se volvían a besar por instinto, era casi imposible sentir esa fuerte atracción, al igual que aquella necesidad de sentir los labios del otro acariciándose.
—¿Cómo me veo, mi hermoso albino? —preguntó ella, mientras el muchachito se recostaba en su hombro.
—Lindísima Sam, lindísima —el chico presentía que algo se aproximaba para sus interiores. Algo de lo cual conocía su desenlace: enamoramiento.
—Sabes, pienso ahora todo con claridad, debí usar lentes para atraer más al chico que me gustaba —admitía Sam aquel pequeño pero tal vez garrafal error.
—Ay Sam —se quejaba Lincoln.
—Je je je, ay Lincoln, eres muy especial, ¿lo sabes verdad? —le preguntó la rubia, la cual veía la cabeza del chico refugiarse en la parte más alta de su busto, no le importó demasiado porque sabía que lo hacía sin malas intenciones.
—Claro que lo sé, y hacerte sentir igual a ti es uno de mis propósitos —le aclaró el muchacho, mientras le quitaba los lentes, y se los colocaba. Sam aprovechó el momento para peinarle de forma ondulada su blanco cabello.
—Tan lindo que te ves —alagó Sam, con una amplia sonrisa y un enorme sonrojo en su rostro. Al igual que su príncipe albo.
—Igual tú mi hermosa niña —Lincoln Loud decidió seguir el juego, pensando que así olvidaría lo que en sus interiores tanto aquejaba: un romance.
No pudieron controlarse más y se volvieron a besar, se escuchó a la perfección el sonido del roce de sus labios, de sus caricias, del cariño que se apoderó de ellos de un momento a otro. Incluso podían enamorarse y desenamorarse 3 veces al día con el "última vez: a las..."
Pero el última vez parecía no importarles demasiado para esta ocasión. Lo que les importa ahora era que la madre de la mayor se despertase de la cruda que se había echado encima la noche anterior y los sacara a ambos a patadas del lugar. Pero si eso también ocurría, correrían juntos.
Lincoln no resistió demasiado que digamos. Su respiración se cortaba, se volvía pausada y algo débil con aquellos hermosos y carnosos labios rosados dificultándole un acto vital. Aunque daría lo que fuera porque esos mismos labios lo besaran por el resto de sus días, o por lo menos en el tiempo que durasen juntos. El pantalón suave de Sam se deslizó sin querer en aquella caricia, dejando ver un poco de su apretada y extremadamente sensual braga de color celeste. Claro que el albino estaba concentrado en seguir los besos, no en desnudarla.
Hasta que por fin algo de aire circuló por sus cosas nasales hasta llegar a sus pulmones, algo de paz y de lucidez llegó a su mente, pero fue solo un instante de tranquilidad, ya que al ver ligeramente lo que Sam ocultaba en sus prendas, se enrojeció, hasta se le salió levemente la sangre de la nariz.
—Amm, Linc, ¿Estás bien? —la pregunta de la chica de ojos celestes sonaba demasiado preocupada.
—Sí Sam, solo es.. ay... ¿Cómo decirlo? —el chico ni hablar podía de lo nervioso que estaba.
De inmediato la atmósfera del lugar se llenó de cierta incomodidad que no era sana. Sam al observar su pantalón algo abajo, no se preocupó ni en lo más mínimo.
—Ah, eso, ja ja ja ja ja ja —liberó su risa, mientras las mangas de aquella prenda tapaban casi por completo sus pies—. Ay... Lincoln Loud, espérame un poco ¿Sí? —aquella respuesta sonó de lo más gracioso del mundo, de inmediato llegó a su mente que sin dudas el albo jugueteaba en las noches pensando en ella.
—Sam, creo que deberías de subirte el pantalón ¿no crees? —se tapaba la nariz por el sangrado repentino, y la sugerencia se le hizo de hecho estúpida.
—Loud Loud Loud —suspiró—. Realmente pensaba andar por la casa en ropa interior, pero tuve que quedarme en pijama, porque sabía que algo como esto ocurriría.
—Oh vaya... Es que no estoy acostumbrado a esto, y la verdad es que yo apen —su voz fue cortada al momento en el que Sam llevó su mano a su boca y le sembró un beso tierno, claro, un tanto pesado y fuerte.
Sí, su mano encima de sus labios.
—¿Sabes algo? Debes de ser aventado Linc, así no lograrás demasiada en el amor.
—Ya te dije que una vez lo hice así y no salió bien —explicó Lincoln con una pequeña tristeza.
—Ella que se quede en el pasado. ¿Sí? Debes de vivir el presente mi conejo, no quiero ver qué aún sufras por alguna tipa mocosa que no supo valorarte, eres mucho para ella, y no te merece.
—¿Entonces qué puedo hacer? —le preguntó con algo de tristeza.
—Por el momento debes de estar tranquilo albino.
—No me ayuda mucho eso, pero, bueno, gracias —el muchachito pudo volver a tener compostura. Y suspiró.
—¿Cuál gracias? ¡Encuérate! —habló Sam de forma enojada.
—¿Qué? —preguntó asustado el chico de cabellos blancos.
Sam se rió de forma festiva y burlona, le agradaba que el chico cayera asustado en su broma de muy mal gusto, claro, no quería hacerlo con cizaña. Pero algo cambió dentro del chico, de pronto empezó a reírse también, mientras acompañaba a la chica en sus carcajadas. Y caía encima de su cuerpo.
Los dos se movían como gusanos, no podían evitarlo sin alguna duda. En una parte muy interna de los sentimientos del muchacho, su corazón palpitaba, y le decía que a lo mejor se arriesgara con ella, de todos modos, observaba que todo lo tomaba en broma o por lo menos le veía un lado chistoso a su tragedia llamada vida. Mantenía esa sonrisa, esa misma que lo dejó boquiabierto un día al ver sus antiguas fotos de perfil.
En su mente pensó lo siguiente:
"Al llegar a casa voy a imprimir esa foto, definitivamente".
Culminaron las risas. Los dos se vieron, los ojos brillaron, estrellas fugaces las cuales no se observaban todos los días. Los ojos de Sam se miraban mucho más claros y más celestes que de costumbre. Y claro, los castaños de Lincoln, por desgracia se veían más oscuros, pero de todas formas parecían chocolates, de esos que simplemente dejaban con deseo de más.
Algo brotó en sus vientres, como si estuviesen malos del estómago, o como si estuviesen tendiendo el más fuerte y agotador orgasmo de sus vidas. Lincoln ya debilitado se dejó llevar un poco por sus instintos y por las caricias que había deseado hacerle a esa chica, haciendo que su mano viajara hacia arriba en el abdomen de la muchacha, ella quiso gemir al sentir aquella suave y pequeña mano recorrer ese lugar.
—Amm, Linc, ¿qué quieres hacer? —su cuestionante sonó titubeante, ya que su rostro estaba hirviendo y su voz no podía conectar las palabras.
—Nada, pensé que te gustaría esto —seguía el oji castaño tocando esa suave partecita de la rubia.
La boca del chico se acercó peligrosamente hacia el vientre de Sam, estado muy cerca de darle un suave beso, ese mismo se contrajo por el miedo y los nervios, no sabía lo increíbles y hermosas que eran las caricias allí.
Hasta que por fin los labios rojizos de Lincoln depositaron un suave beso allí. Haciendo que Sam se estremeciera desde las piernas pasando por su espalda y culminando en su cabeza. Hasta que sus mejillas se enrojecieron y sus ojos se aguadaron.
—Lincoln... —susurró la de ojos celestes.
—¿te gusta?
—Sí, pero... Ah... ¿No es algo rápido esto? —su pregunta era muy cierta, no podía estarle besando partes de su cuerpo solo porque sí.
—Bueno, está bien —Lincoln paró sus caricias—. ¿Te gustaría salir a caminar un poco?
—Claro Linky, me encantaría —la muchacha trató de levantarse pero la cabeza albina que se refugiaba en su pecho no la dejaba.
—Oh. Espera.
Momentos después ya pudieron sentarse como debían en aquel viejo sofá, algo rasgado de los lados por las garras de más chico de la casa, el gato que ahora se acercaba a su dueña y se subía en sus muslos.
—Mira, mi niño vino por ti —tomó al gato de la cintura y lo acercó a él, y arrastrando la voz le dijo: —te voy a aruñaaaaaaaaaaaaarrrrrrrrr.
—¿Aruñarme tú pequeño? Sí lo creo —acarciba la pancita del animal que le empezó a ronronear.
—Bueno, salgamos que estar en esta prisión es una porquería, aparte que es deprimente —sugirió Sam animada, que se levantaba del sillón.
—Está bien —Lincoln Loud se quedó viendo como la chica se iba, y el gato se le acercaba—. Hey amigo, eres lindo.
"Meow"
—Eres tan lindo —cargaba al gato y lo veía.
El felino le puso una pata en la nariz.
—Parece que le agradas Linc —dijo Sam, vestida.
Llevaba puesto un hermoso traje de color rojo, y una diadema con una flor de poliéster del mismo tinte. Además de aquellos lentes sin graduación que hacían que sus ojos se vieran más grandes y hermosos.
—Ya es hora Lincoln Loud.
—B...b..bueno Sam —dijo el chico, dejando ir al gato, mientras tomaba su mano, y comenzaban a salir de la sala.
