REGALO DE REYES
Sí, lo sé, debería retomar "Los Girasoles" pero le prometí a Sorg un regalito para empezar el año y aquí está. Espero que te guste.
Picos de Europa. 6 de Enero de 2012
A Darío le encantaba la casa que su padre tenía en algún lugar de los Picos de Europa, oculta a ojos de los muggles y protegida por un montón de hechizos que la convertían en inexpugnable. Ricardo Vallejo la había construido cuando Darío era muy pequeño y la convirtió en todo un fortín mágico porque durante algún tiempo los mortífagos de lord Voldemort, aquel mago oscuro de Inglaterra, habían estado siguiéndole los pasos. Al parecer no les hizo demasiada gracia que un mestizo español se dedicara a sacar sangresucias de Inglaterra y lo convirtieron en su objetivo. La casa sirvió para esconder a Darío cuando las cosas se pusieron feas. Tanto era así que durante unos meses llegó a estar protegida por un encantamiento Fidelio. En la actualidad, la mayoría de protecciones eran innecesarias, pero seguían en pie.
A Darío eso no le importaba. No quería que los montañeros muggles se aparecieran por la casa en busca de refugio y definitivamente no le apetecía que los brujos, ya fueran amigos o enemigos de su padre, anduvieran dando vueltas por allí. A Darío le gustaba la casa porque era solo para su padre y para él y porque no existía un sitio mejor al que ir a estudiar cuando necesitaba silencio del de verdad.
El joven brujo pasaba la mayor parte del tiempo en casa de su madre. Cuando empezó sus estudios en Coimbra pensó en alquilar algún piso que le permitiera un poco de independencia, pero desechó la idea porque a sus diecisiete años dicha independencia no le agradó demasiado. Le resultaba infinitamente más cómodo seguir al lado de su familia, sobre todo de los cuidados solícitos de su madre, y se conformó con pasar largos días de estudio solitario en el viejo apartamento de su progenitora, ubicado justo sobre la tienda de calderos.
Así pues, aunque Darío vivía casi siempre en Toledo, también pasaba temporadas junto a su padre. De niño, Ricardo Vallejo prácticamente lo secuestraba un fin de semana sí y otro también. La residencia oficial de su padre estaba en Madrid, pero Darío conocía como la palma de su mano las otras viviendas que el hombre tenía repartidas por varios sitios. A Darío le había parecido un poco exagerado tener tantas casas y Ricardo había terminado por vender las que menos utilizaba, pero aquella no estaba a la venta. Era sagrada.
Darío suspiró. Aunque era el Día de Reyes, se había levantado a las ocho de la mañana para ponerse a estudiar. En unos pocos días tendría que exponer en clase el trabajo que había hecho sobre Moltó S.L. y quería repasarlo bien para asegurarse de que todo estaba correcto. Su visita a los laboratorios de Valencia había sido muy fructífera; la información que Jaime Vilamaior le había entregado le fue de gran ayuda y Darío estaba seguro de que sacaría muy buena nota. Además, había aprendido mucho de la forma de trabajar de los Moltó y a esas alturas sentía mucha curiosidad por conocerlos un poco mejor. Y no porque Isabel Fernández de Lama le hubiera llamado tan poderosamente la atención. No señor.
Darío recordó los sucesos acaecidos en la finca mágica Quinta la Regaleira un par de días antes y no pudo contener una sonrisa. No tenía problema a la hora de reconocer que los nervios le habían traicionado un poquito y se había comportado como un crío asustado. A Darío le gustaba pensar que ya estaba hecho todo un hombretón, pero a veces se sentía como un niño. Cuando se dio cuenta de que Amelia se le había perdido, lo único que quiso fue que su madre estuviera allí para ayudarle a encontrar a su pobre hermanita, pero por suerte eso no había sido necesario. Fue Isabel la que le echó una mano, la que asumió el rol de adulta y la que dio con Amelia. Gracias a ella todo salió bien por más que Darío se hubiera llevado cierto regusto amargo de su visita a la Quinta. No sólo por lo ocurrido con su hermana, sino porque se dio cuenta de que la curiosidad que Isabel le despertaba no estaba del todo bien.
Darío no estaba muy seguro de lo que sentía por Isabel. Era demasiado jovencita para que un chico de casi veinte años pusiera sus ojos en ella, pero ciertamente le había llamado la atención. Era una chiquilla muy guapa y seguramente se convertiría en una mujer despampanante y una parte de Darío se había preguntado qué pasaría si coincidieran más a menudo. Podrían verse en el barrio mágico, quedar para tomarse algo, salir juntos. Por suerte, recuperó la cordura rápidamente, en cuanto vio a aquel chaval dándole la mano para ayudarla a levantarse. Darío se dio cuenta de que no sería justo para ella interferir de esa manera en su vida. Isabel era una cría, una adolescente, y necesitaba hacer las cosas que todos hacían a esas edades. Estudiar, divertirse, tener su primer novio. En definitiva, crecer. Darío sabía que jamás se arrepentiría de haber decidido que se alejaría de ella. Quizá en el futuro tuvieran otra oportunidad, pero por el momento permanecería apartado.
Y se centraría en el bendito trabajo. No le hacía ninguna gracia ser el primero en exponer. Se sentía como un conejillo de indias o, peor aún, como un desgraciado corderito al que llevan directo al matadero. El chico era consciente de que su trabajo estaba muy bien hecho. Había dedicado mucho tiempo y esfuerzo para dar lo mejor de sí, pero no podía evitar sentirse inseguro. Siempre se sentía así los días anteriores a algún examen o entrega de trabajos y tendía a volverse un poco paranoico. En alguna ocasión incluso tuvo la tentación de eliminar su labor anterior y empezar desde cero pero, al igual que le ocurrió con el tema de Isabel, al final recuperaba la razón.
Justo en ese momento llamaron a la puerta. Darío se llevó un pequeño sobresalto y sólo tuvo tiempo de darse media vuelta antes de que su padre entrara a la habitación.
—Ya estás levantado —Dijo el hombre con cierta sorpresa. Ricardo había ido hasta allí para sacar de la cama al chaval, pero obviamente no era necesario.
—Quiero repasar unas cosas del trabajo, así que he madrugado.
—¿Lo has terminado ya?
—Eso creo. Hay un par de puntos que no sé si cambiar.
—¿Has desayunado?
Darío miró el reloj. Eran las once y media. El tiempo se le había pasado volando y, aunque hasta entonces no se había dado cuenta de que tenía hambre, sus tripas eligieron ese momento para protestar.
—Vístete y péinate un poco, anda. Te espero abajo.
Darío siguió las instrucciones de su padre. Seguramente le esperaba con un suculento desayuno y con su regalo de Reyes. La noche anterior habían dejado los paquetitos colocados bajo el árbol del salón. A Darío le parecía una tontería tener que esperar hasta por la mañana puesto que en casa ya no había niños, pero Ricardo insistió. Si había unas fiestas que el hombre disfrutara enormemente eran las navideñas. Seguía al pie de la letra todas y cada una de las tradiciones y por nada del mundo rompería ni una sola de ellas.
Efectivamente, cuando Darío llegó a la cocina su padre ya tenía la mesa puesta. Por norma general, cuando iban a esa casa los Cattermole les acompañaban. Los tíos Reginald y Mary trabajaban para su padre desde hacía un montón de años y vivían en la casa de Madrid, formando parte activa de la familia Vallejo, pero en esa ocasión no fueron con ellos. Padre e hijo iban a pasar un par de días solos.
—Así que has hecho una pequeña investigación sobre Moltó S.L. —Comentó su padre como si nada. Darío sonrió. La verdad era que había esperado esa pregunta mucho antes.
—El otro día estuve en Valencia. Me atendió Jaime Vilamaior, el hijo de esa mujer que te ayudó.
—Sara Amatriaín.
Durante un instante, Ricardo Vallejo pareció estar muy lejos de esa habitación. Darío lo notó y se sintió intrigado.
—¿Por qué pones esa cara, papá?
—¿Qué cara?
—No sé —Darío se encogió de hombros—. Cada vez que te hablo de ella te pones un poco raro.
Ricardo no contestó. Había muchas cosas de las que no le gustaba hablar y Sara era una de ellas. Siempre se sentía estúpido cuando la recordaba. Su vida podría haber sido mucho mejor de haber aceptado su ayuda, pero había sido un tonto y un orgulloso y lo había echado todo a perder. Y Darío no necesitaba saber nada de eso de la misma forma que no necesitaba saber muchas otras cosas. Le gustaba ser honesto con su hijo, pero era consciente de que el chico sufriría muchísimo si supiera todo.
—El señor Vilamaior me dio un libro —Darío siguió hablando—. Creo que me lo he dejado en casa, pero había una foto de Sara. Llevaba puesta una túnica tradicional con un broche en forma de tres hojas de roble. Debía ser de magia antigua y de tradición. ¿Sabes de cuál?
—Me temo que no, pero quizá tu madre pueda decirte algo más. Tengo entendido que coincidió con el tal Jaime en los campamentos de verano.
—¿En serio? —Ricardo asintió—. ¿Mamá también conoció a Sara?
—Es posible. Supongo que el señor Vilamaior recibiría la visita de sus padres durante los campamentos. Es posible que tu madre la viera alguna vez.
Darío no pudo evitar acordarse de sus abuelos. Los padres de Jaime Vilamaior seguramente habrían ido a verle a los campamentos muchísimas veces, pero Clara Muñoz no había recibido la visita de sus progenitores jamás. Aunque últimamente la abuela Carmina iba por casa más a menudo, habida cuenta de lo que había pasado con el primito Juan, Darío era incapaz de valorar sus intentos por acercarse a él. Tantos años de desprecios le dolían en el alma y una vez más la bilis le subió por la garganta. Odiaba sentirse así porque sus abuelos no se merecían ni uno solo de sus pensamientos, pero era tan tonto como su madre, capaz de aguantar todo lo que se le viniera encima.
—También me encontré con el señor Ferré —Darío retomó el tema inicial—. Y es mucho más simpático cuando no está en terreno hostil.
—¿Sí? ¿Y desde cuando mi despacho es terreno hostil, chico?
—Más de uno piensa que lo es, papá —Darío se rió—. Eso seguro.
—No seas insolente, niño.
—No es insolencia, es la verdad —Ricardo le dirigió una falsa mirada de pocos amigos y Darío dio un respingo—. ¡Oh! Y también me enteré de un cotilleo. José Ignacio Pizarro, el abuelo del amiguito de Amelia, acaba de ser papá.
—¡Oh! —A pesar de ser todo un brujo adulto, Ricardo no pudo dejar de sorprenderse por la noticia.
—A mí también me sonó un poco raro, pero esas cosas pasan con las brujas de magia antigua. ¿No? Seguramente que una hija de muggles no creerá que es posible ser madre cuando se tienen ciertas edades, pero es lógico. Si los magos vivimos más años, el ciclo vital debe ser diferente. Si envejeciéramos al mismo ritmo que los muggles, al cumplir los cien años daríamos asquito. ¿No?
Ricardo alzó las cejas, aún tratando de asimilar lo que acababa de oír. Él era un brujo joven y no se le pasaba por la cabeza la idea de repetir paternidad porque en cierta forma se veía demasiado mayor para ello. Claro que primero tendría que encontrar a alguien con quien compartir la experiencia y realmente no estaba por la labor. El matrimonio y el tener hijo nunca habían sido una de sus prioridades. Reconocía que la llegada de Darío le había pillado por sorpresa y, aunque jamás se arrepentiría de haberlo tenido, Ricardo no quería más hijos. No los necesitaba.
—Es un razonamiento muy profundo, Darío. Ahora sé qué clase de educación estás recibiendo. ¿Dar asquito?
Darío se río de nuevo. El desayuno continuó entre bromas y finalmente llegó el momento de los regalos. Tan solo había dos paquetitos debajo del árbol. Darío no pudo evitar sentarse en el suelo. Ignoró a su padre cuando puso los ojos en blanco y comenzó a rasgar el papel de su regalo con la emoción y los nervios de un niño pequeño. Cuando vio las llaves, se levantó de un salto y miró a su padre con incredulidad.
—¿Una moto?
—Tu madre tendrá que matar a alguien. Pero sí, una moto.
—¡Oh! ¡Muchas gracias, Reyes Magos!
Darío no le dio ningún abrazo a su padre por más que deseara hacerlo. Le encantaba volar en escoba, desaparecerse e incluso utilizar la red glú muy de tarde en tarde, pero lo que más quería desde hacía un par de años era tener una moto. Su madre siempre se había opuesto porque aseguraba que era muy peligroso. Darío había prometido cientos de veces que tendría cuidado, que siempre utilizaría el casco, que no iría demasiado deprisa y que pondría un montón de hechizos de seguridad para evitar darse un tortazo, pero no había obtenido resultados positivos hasta ahora. Ignoraba si había sido sólo cosa de su padre o si su madre también había participado, pero no importaba. Se moría de ganas por ponerle las manos encima a su regalo de Reyes.
—Está en Madrid. Es posible que en casa de tu madre hayan dejado el casco, pero procura parecer sorprendido cuando lo veas. ¿Vale?
Darío asintió, absolutamente extasiado. Decidió que era momento de tranquilizarse un poco y observó a su padre mientras terminaba de abrir su propio regalo. Era un libro sobre Nigromancia. Ricardo había mencionado su interés por el tema durante las vacaciones de verano y a Darío le había costado un par de meses dar con uno que fuera realmente bueno.
—Está en alemán —Comentó el hombre con el ceño fruncido.
—Le he aplicado un hechizo traductor buenísimo. Me costó un poco pillarle el tranquillo, pero no tienes que preocuparte por nada. Sólo tienes que leer. Y prometer que no intentarás abrir la puerta del infierno o algo similar.
—¡Vaya, hombre! —Ricardo chasqueó la lengua—. Me has pillado.
Amelia estaba extasiada. El día seis de enero era uno de sus favoritos por un motivo en concreto: los regalos. Cuando era más pequeñita siempre se disgustaba porque Papá Noel no le dejaba nada en Navidad, pero con el tiempo había aprendido que la espera merecía la pena porque los Reyes Magos eran muy pero que muy generosos.
Esa mañana no sabía muy bien qué agarrar primero. El abrigo y las botas que sus padres le regalaron habían pasado a un segundo plano, aunque pensaba estrenarlos en cuanto tuviera ocasión. Omar Bennasar, el viejo amigo de su padre, le había hecho llegar otro libro; Amelia no era una fanática absoluta de la lectura, pero el señor Bennasar tenía muy buen gusto a la hora de elegir sus regalos y la niña siempre terminaba inmersa en sus libros. Sin embargo, en ese momento no quería ponerse a leer. Se debatía entre probar el nuevo juego de ordenador que le había regalado el tío Ricardo o colocarse los patines de Darío y salir a hacer el loco por ahí.
Sus padres la miraban desde el sofá. Al parecer se habían regalado el uno al otro un viaje a París y se irían el siguiente fin de semana. Amelia no tendría más remedio que quedarse en casa del tío Ricardo y la idea le resultaba bastante atrayente porque el tío Ricardo era un hombre muy divertido. Contaba unas historias impresionantes y le dejaba hacer cualquier clase de burrada mágica que se le pasara por la cabeza.
—¿Te apetece un chocolate en La Floriana? —Preguntó Clara al ver su indecisión. Los Cattermole y la abuela Carmina también habían enviado regalos para los chicos, pero no eran juguetes y Amelia los hizo a un lado. Seguramente la niña estaba ansiosa por ponerse a jugar, pero tenía todo el día para hacerlo y a ella le apetecía darse una vuelta por el barrio mágico. Le encantaba el ambiente que se respiraba en días como aquel.
—Vale.
Diez minutos después, los tres miembros de la familia volaban rumbo a Madrid. Amelia iba montada con su padre, disfrutando mucho del viaje. Siempre se había considerado muy buena con la escoba, pero cuando se trataba de trayectos más o menos largos no se le permitía volar sola. De todas formas, a Amelia le gustaba admirar el paisaje, fijarse en lo pequeñito que era todo desde ahí arriba y sonreír al pensar en que los muggles no podían verlos. A veces era un poco raro darse cuenta de que un montón de gente no sabía que existía la magia. Para ella era lo más normal del mundo, pero para gente como los padres de su mamá era rarísimo. Y desagradable.
Amelia sabía que no todos los muggles que tenían hijos brujos eran como sus abuelos maternos. De hecho, en el colegio y en los campamentos de verano había conocido a un montón de magos de primera generación y la mayoría de ellos se llevaba muy bien con sus familias, pero su madre no había tenido esa suerte. Los mayores consideraban que era demasiado pequeña para explicarle según qué cosas, pero Darío no se mordía la lengua a la hora de criticar a sus abuelos. Era comentarios sueltos, frases amargas a las que Amelia no prestó atención hasta muy poco tiempo antes, pero que estaban ahí.
Amelia quería muchísimo a Darío. Era el mejor hermano mayor del mundo y la consentía más que sus padres y el tío Ricardo juntos, pero también tenía sus cosas. Porque cuando Darío Vallejo odiaba, odiaba de verdad. Y nadie en el mundo podría decir que sentía por sus abuelos ni un mínimo de afecto. Amelia también había crecido apartada de ellos. De hecho, al abuelo sólo lo había visto una vez en su vida y no le cayó muy bien, pero la niña no sentía nada. Su lejanía no la entristecía, ni la enfadaba ni le producía nada que no fuera indiferencia. Para su mente era sencillo de entender. No quería a los abuelos, no le importaban en lo más mínimo y ni siquiera los regalos de la abuela y sus palabras amables podían cambiar eso. El cariño de los nietos no podía comprarse y la abuela Carmina no se lo había ganado.
Amelia dejó de pensar en esas cosas cuando llegaron al barrio mágico. Muchos compañeros del cole iban allí en contadas ocasiones, pero Amelia había crecido por esas calles. Su madre era la dueña de la tienda de calderos y la niña conocía a todos los comerciantes, incluida la vieja Floriana. La mujer, ataviada con su inmaculado mandil blanco y con su característico moño, los recibió con una sonrisa en cuanto pusieron un pie en la chocolatería. Aunque el local estaba a rebosar de gente, la bruja se las apañó para buscarles una mesa y les felicitó amablemente el año.
—Ya veo que los Reyes te han traído un abrigo. Estás muy guapa.
—Gracias —Amelia nunca podría entender cómo era posible que esa mujer supiera tantas cosas.
—Y tu hermano al fin tiene lo que quería.
Amelia vio como su madre daba un respingo y su voz sonó un tanto ansiosa cuando habló. Clara creía en las dotes adivinatorias de Floriana y confiaba ciegamente en su palabra.
—No nos llevaremos ningún disgusto por eso. ¿Verdad?
—Darío es un chico muy responsable. Yo estaría tranquila.
Clara ignoraba si Floriana había visto el futuro o no, pero se sintió mucho más tranquila. A Ricardo le había costado muchísimo convencerla para comprarle la moto. Clara consideraba que eran muy peligrosas. Decenas de muggles morían al año por su causa y no quería ni pensar en la posibilidad de que su hijo tuviera un accidente, pero Ricardo supo ser persuasivo. Primero le recordó que Darío no era de los que iban haciendo el bestia por ahí, luego le aseguró que darse un golpetazo era prácticamente imposible con los hechizos de seguridad y por último dijo que nadie tenía problemas con que Darío volara en escoba. ¿Acaso no era más peligroso deslizarse por el aire a cientos de metros de distancia del suelo? A Clara seguía sin hacerle ninguna gracia, pero al final cedió y dejó que Ricardo le comprara la dichosa moto. Consideraba que hubiera sido mucho mejor ir directos a por el coche, pero lo que hizo fue conseguirle el mejor casco del mercado.
—En cuanto vea a Darío le pediré que me dé una vuelta con su moto nueva –Aseguró Amelia.
—¿Qué? Ni hablar.
—¿Por qué?
—Pues porque no. Las motos no son juguetes y no quiero que os partáis la crisma por ahí.
A Clara no le hizo ni pizca de gracia escuchar la sonrisita de John. Al igual que Ricardo, su marido consideraba que exageraba bastante con el tema de la moto. Clara le dirigió una mirada de pocos amigos y le ignoró para pedir tres chocolates y una buena cantidad de buñuelos. Los tres tenían bastante hambre y la comida en La Floriana estaba tan deliciosa como siempre, así que no tardaron en dar buena cuenta de todo.
Mientras desayunaban, Amelia se olvidó del asunto de la moto y fue contando todas las veces en que alguien saludaba a su madre. Tener una tienda la convertía en una persona bastante conocida y la gente le felicitaba constantemente el año. Amelia no tenía muy claro lo que quería ser de mayor, pero seguir el ejemplo materno no le parecía una mala idea. Sabía todo lo que uno tenía que saber sobre calderos y estaba segura de que alguna vez podría ser una buena sustituta de su madre. Le gustaba estar con ella en la tienda y, aunque ordenar y limpiar le resultaba aburridísimo, nunca se cansaba de oírla hablar. Quizá para el resto de niños del universo la historia del caldero de peltre fuera un rollazo, pero a Amelia le encantaba.
Cuando media hora después salieron de La Floriana, sus padres decidieron dar un tranquilo paseo. Amelia se arrepintió de no haber llevado los patines porque había muchos niños jugando con sus nuevas adquisiciones y le dio un poco de envidia. Entonces, justo cuando estaba a punto de protestar, vio a su amiguito Alberto y sonrió ampliamente.
La última vez que estuvo con él no fue una experiencia muy agradable. Se había llevado un susto tremendo en aquel horrible pozo y se le habían quitado las ganas de volver a Quinta la Regaleira. Cuando a Darío se le ocurrió la idea de conocer la finca, le había asegurado que se lo iban a pasar en grande. Aquel sitio era algo mítico entre los brujitos de la península y Darío, que nunca tuvo ocasión de ir cuando era niño, no dudó a la hora de llevar a su hermanita. Amelia se había divertido un montón durante un buen rato, pero quedarse atrapada en ese sitio frío y oscuro no le gustó nada. Por suerte Alberto había estado con ella y quiso tranquilizarla y Amelia se alegraba mucho de volver a verlo.
Alberto venía con su familia al completo. Amelia había conocido a sus padres y a sus hermanas cuando Carla tuvo su camada de pequeños y coloridos puffskins. Pufo, la mascota de Alberto, era el padre de las adorables criaturitas. Amelia quería ir a saludar a Alberto, pero fue su padre quién se adelantó. John había reconocido a Cecilia y a Alberto y se dirigió a ellos con una sonrisa amable. Aún recordaba la cara que se le había quedado a la señora Pizarro cuando le habló del embarazo de Carla. Le sorprendió muchísimo que Pufo hubiera aprovechado tan bien los pocos minutos que estuvo a solas con Carla. A decir verdad, el propio John estaba sorprendido por sus dotes amatorias.
Amelia escuchó como los adultos se saludaban y empezaban a hablar sobre Pongo, el curioso puffskin amarillo y con manchitas rosas que le había tocado en suerte a la familia de Alberto. Al parecer, se lo había quedado una prima de su amigo. La niña, que se llamaba Anna y vivía en Italia, estaba encantadísima con su nueva mascota y Amelia la entendía perfectamente. A ella le hubiera encantado poder quedarse con los hijitos de Carla, pero sus padres no quisieron. Decían que tener tantos puffskins era un follón y al final los llevaron a la tienda de animales. Allí les habían prometido que quedarían en buenas manos, pero a Amelia no se le terminaba de pasar el disgusto. Le daba mucha pena por Carla, aunque a decir verdad ella no parecía estar pasándolo muy mal. Había cuidado con mimo a las crías mientras éstas no eran más que unas canicas peludas y pequeñitas, pero en cuanto crecieron un poco aceptó que su destino era vivir lejos de su lado.
Harta de las charlas de los mayores, Amelia se acercó a Alberto y le preguntó qué le habían traído los Reyes. Durante un rato estuvieron hablando sobre sus nuevos regalos y pronto surgió el tema de lo ocurrido en Quinta la Regaleira.
—¿Ya se te ha pasado el susto? —Le preguntó Alberto. Amelia asintió—. No era para tanto. La puerta se atasca y al final siempre nos rescatan.
—Pero yo no sabía eso. Era la primera vez que iba allí.
—¿En serio?
—Me llevó mi hermano. Él tampoco había estado antes.
—Pero si todo el mundo ha ido allí alguna vez.
—Pues nosotros no. Y mis padres tampoco.
—¿Tampoco? —Alberto parecía no dar crédito a esa revelación.
—Mi padre es de Inglaterra. Vino aquí cuando era muy mayor. Y mi madre es hija de muggles y sus padres nunca la llevaron.
—¡Oh! Pues vaya rollo. Es un sitio genial.
—No sé —Amelia se encogió de hombros—. No me gustó quedarme atrapada en el pozo.
—Ya verás como la próxima vez te lo pasas mejor.
Si es que había una próxima vez, porque Amelia no pensaba volver allí ni en un millón de años. Se disponía a replicar cuando Cecilia, la madre de Alberto, los interrumpió.
—Amelia. Isabel nos ha dicho que el otro día te llevaste un buen sobresalto en el Pozo del Destino —La niña asintió, ansiosa porque dejaran de recordarle tan traumática experiencia—. Es normal que te asustaras si fue tu primera vez.
—Ya.
—Alberto debió explicarte que la puerta se atasca.
—Pero si se lo… —La protesta infantil se vio interrumpida por los ojos grises de Cecilia Pizarro.
—¿Te gustaría venirte a merendar a casa mañana por la tarde?
Amelia dio un respingo, sorprendida por la inesperada invitación. Buscó con la mirada la aprobación paterna y le alegró ver que su madre le sonreía. La verdad era que Alberto le caía muy bien y no le importaría para nada pasar toda una tarde jugando con él. Por eso asintió enérgicamente, consciente de que se iba a divertir tanto que pronto los acontecimientos de Quinta la Regaleira quedarían olvidados en el pasado.
—Hola, mamá.
Clara aceptó de buen grado el beso que su hijo acababa de darle y siguió sumida en el trabajo. Había sido una faena que aquella carga de calderos llegara justo el sábado por la tarde, pero los tipos de la fábrica habían sufrido un par de percances y le habían adelantado la mercancía. En cualquier otra circunstancia a Clara no le hubiera importado porque lo que realmente le ponía de los nervios eran los retrasos, pero estaba un poco molesta porque había pensado en tomarse la tarde del sábado libre y al final tendría que pasarla en la tienda, organizando cajas y actualizando el inventario. Por fortuna, John le estaba echando una mano y podrían terminar a una hora bastante decente.
El problema era Amelia. A eso de las cuatro John la había llevado hasta Madrid para que la niña pasara unas cuantas horas en casa de Alberto Fernández de Lama, pero tendrían que ir a recogerla y Clara no quería tener que interrumpir el trabajo. Por suerte, Darío acababa de llegar. El chico había pasado unos días con su padre y acababa de volver a Madrid. Estaba tan sonriente que casi daba miedo. ¡Maldita moto!
—Estáis un poco liados. ¿No?
—Ya ves —Clara echó un vistazo a su desastroso alrededor—. ¿Te has pasado por casa?
—Sí.
—Y has visto tu regalo.
Darío alzó un brazo a modo de respuesta. Tenía el casco para la moto colgado del codo. Clara había estado tan concentrada que ni siquiera se había dado cuenta cuando el chico entró a la tienda.
—Es una pasada. Muchas gracias.
—Espero no tener que arrepentirme.
—Voy a acercarme a casa de papá a por la moto. Pienso estrenarla esta misma tarde.
La cara de Clara no podía expresar mayor disgusto.
—Ten mucho cuidado.
—No te preocupes, mamá, no me va a pasar nada —Darío dio un paso dubitativo a su derecha— ¿Os ayudo?
—Con dos pares de manos toqueteándolo todo tengo bastante, gracias. Pero podrías ir a recoger a tu hermana un poco más tarde.
—¿Dónde está?
—En casa de su amigo Alberto. Sus padres la han invitado a merendar por el disgusto del otro día.
Darío asintió. Estaba convencido de que Amelia estaba perfectamente, pero sería bueno para ella pasar tiempo con el pequeño Alberto. Era evidente que se llevaban muy bien. Darío sintió algo raro cuando se dio cuenta de que al ir a recogerla podría encontrarse con Isabel. Quería mantenerse al margen, pero de momento no se lo estaban poniendo fácil.
—Menudo susto se llevó la pobre. No creo que quiera volver a la Quinta nunca más.
—Dentro de un par de semanas ni se acordará, ya lo verás.
—Es un sitio divertido e interesante siempre y cuando no te quedes encerrado en ningún sitio.
—Quizá arreglen la puerta.
—No lo creo. Lleva un montón de años estropeada y ya es una tradición que se atasque.
—Tendríamos que habernos informado de esas cosas antes de ir, pero ya no tiene arreglo —Clara suspiró—. Entonces. ¿Qué me dices? ¿Vas a recogerla?
—Claro que sí.
Clara le sonrió a modo de agradecimiento e hizo algunas anotaciones en una libreta. Pensó que Darío se iría en seguida en busca de su moto, pero lo que hizo fue sentarse y mirarla con curiosidad.
—Sabes que he hecho un trabajo sobre Moltó, S.L. ¿Verdad? —Darío cambió de tema.
—Sí.
—Pues resulta que el otro día me reuní con Jaime Vilamaior. Papá dice que os conocisteis en los campamentos de verano. ¿Es cierto?
—Nacimos el mismo año y compartíamos clases, sí.
—¿Tienes mucho trato con él?
Clara dejó el cuaderno sobre la mesa y le prestó un poco más de atención a su hijo. Podía escuchar a John trajinando en la trastienda y, aunque en realidad no tenía mucho tiempo para ponerse a charlar, no le pareció buena idea dejar a Darío con la palabra en la boca. No tenía ni idea de lo que quería el chico, pero era obvio que tenía que decirle algo.
—Sólo fuimos compañeros de estudios. Jaime salió algún tiempo con Marga, pero nosotros nunca fuimos demasiado amigos.
—¿Con Marga? —A Darío le sorprendió esa revelación. Si bien era cierto que la tía de su madre era un poco picaflor y aún no se había decidido a sentar cabeza, le costaba mucho esfuerzo imaginársela saliendo con un hombre como Jaime. Tenía cierto aire gamberro, especialmente cuando le habló sobre sus años de estudiante, pero le había parecido alguien muy serio y no le pegaba con Marga para nada.
—Jaime era un chico muy guapo y estaba hecho todo un rompecorazones. Creo que todas las brujas de mi edad estuvimos enamoradas de él alguna vez y Marga se llevó el gato al agua durante algún tiempo.
—¿A ti también te gustaba? —Darío estaba tan alucinado que empezaba a descentrarse.
—Como ya te he dicho era un chico muy guapo. Además tenía mucho carisma y era un brujo poderoso. El sueño de cualquier jovencita.
—Ya, claro.
—¿A qué viene este interrogatorio, Darío?
—Últimamente he coincidido con alguno de sus familiares y me ha parecido curioso, sólo eso.
—El mundo mágico no es demasiado grande. Y la familia Moltó es muy extensa.
Darío asintió y reflexionó un instante antes de seguir hablando.
—Son de magia antigua. ¿Verdad? —Clara seguía sin entender a dónde quería ir a parar, así que se limitó a asentir—. Tengo entendido que las chicas de magia antigua son diferentes para ciertas cosas —Darío carraspeó, meditó un instante sobre lo que estaba diciendo y al final se levantó con algo de brusquedad—. ¿Sabes qué? Mejor lo hablamos luego. Voy a casa de papá. Me muero por probar la moto.
—Claro, vete —Clara, algo confundida por el comportamiento de su hijo, garabateó algo en una hoja de la libreta y se la tendió al chico—. Esta es la dirección de los padres de Alberto. No llegues tarde y ni se te ocurra ir a buscar a tu hermana con la moto. ¿Me has entendido?
—Vale, mamá.
Darío le dio un beso de despedida y salió pitando de la tienda. Clara se quedó muy quieta un instante, preguntándose a qué se debía ese repentino interés por la magia antigua, y terminó por acordarse de lo ligón que había sido Jaime Vilamaior en sus años mozos. Con gusto hubiera caído rendida a sus pies, pero Marga se le adelantó y luego llegaron Ricardo y Darío y su vida dio un giro de ciento ochenta grados. Giro que nunca dejaría de satisfacerla, por supuesto.
Por su parte, Darío se apareció en casa de su padre directamente desde el barrio mágico. La magia antigua y de tradición nunca le había llamado tanto la atención como desde el momento en que empezó a tratar con los diferentes miembros de la familia Moltó. El chico podría haber obtenido unas buenísimas calificaciones en sus exámenes de magia y ser muy diestro con la varita, pero había cosas que escapaban por completo a su entendimiento. Sentía muchísima curiosidad por saber más del tema y había pensado que su madre le sería de ayuda, pero no había elegido el mejor día para preguntar. Había abandonado la charla consciente de lo que hacía, pero quería retomarla más pronto que tarde.
Lo primero que hizo cuando llegó a la casa paterna fue ir directo al garaje. Los Cattermole no estaban por ninguna parte y Darío supuso que habrían quedado con sus hijos para pasar el día. El chico pensó en llamar a Alf para darse juntos una vuelta con la moto, pero conociendo a su primo como lo conocía lo más seguro era que le hiciera llegar tarde para recoger a Amelia. La gente decía que los ingleses eran secos, fríos y estirados, pero eso era porque no conocían a Alf. Estaba como una cabra, no tenía vergüenza y no solía preocuparse por lo que los demás pudieran pensar de él. Darío se lo pasaba genial con él, pero a veces necesitaba descansar. Alfred Cattermole era entusiasta y agotador.
Se aprovechó de su soledad para dar unos cuantos saltos victoriosos al ver la moto. Al fin, después de tanto insistir, había conseguido cumplir uno de sus sueños. Ya se imaginaba llegando a la facultad muggle a lomos de esa maravilla. Sólo Dios sabía lo mucho que iba a ligar gracias a ese regalito.
Ligar. Darío sonrió. Ahora que había decidido que su interés por Isabel no le convenía en absoluto, imaginarse a otra chica subida en la parte de atrás de la moto le resultaba muy agradable. Ya había tenido algunas novias en el pasado. No fueron relaciones serias y en realidad no necesitaba tener nada formal por el momento, pero siempre era agradable poder besar y abrazar a una chica. Quizá podría convencer a Alf para darse un garbeo por el ModMag esa noche. Hacía casi un mes que no iban por allí y ya le iba apeteciendo.
En cualquier caso pospondría la llamada. Durante un par de horas se dedicó a acariciar la moto, a examinar cada uno de sus rincones y a comprobar que no tenía ni un solo arañazo. Era una preciosidad color gris metalizado con un motor muy potente y unas ruedas que prácticamente relucían de nuevas. Después de un rato, Darío se decidió a probarla. Fue genial darse un par de vueltas alrededor de la casa y cuando la devolvió al garaje se prometió que el día siguiente le daría la primera paliza. Menos mal que el mes de enero estaba siendo soleado; así disfrutaría aún más del paseo.
Cuando llegó la hora de ir a por Amelia, agarró la escoba y se presentó en el barrio de Alberto en un pispas. Buscó algún sitio discreto en el que aterrizar y retirarse los hechizos de camuflaje y caminó a buen paso hacia el edificio. Era un barrio agradable y Darío localizó a su hermana jugando en un parquecito en compañía de un puñado de niños muggles. Parecía estar pasándoselo en grande y no era consciente de que empezaba a anochecer. Su madre había sido clara en ese sentido: nada de quedarse con Alberto después de que se hiciera de noche.
Darío sabía que no iba a ser fácil arrancarla de allí. Amelia era una niña bastante terca cuando se lo proponía y no le iba a hacer ninguna gracia que interrumpieran sus juegos. Darío empezó a desarrollar mentalmente una estrategia mientras la observaba y no tardó nada en llegar al lugar en el que se encontraban los niños. Buscó con la mirada a los padres de Alberto, pero únicamente vio a una pareja ya entrada en años vigilando a los pequeños. Los saludó cordialmente y se disponía a llamar a Amelia cuando la niña lo vio y empezó a correr hacia él.
—¡Hola, Darío! Estoy jugando con Alberto.
—Ya lo sé.
—Hemos merendado en su casa y después sus abuelos nos han traído al parque —Amelia señaló a la pareja de antes—. Me lo estoy pasando muy bien.
—Me alegro, pero tenemos que irnos a casa.
—¡Jope, Darío! Déjame cinco minutitos más. Estamos jugando al fútbol y vamos ganando.
Darío tuvo que transigir. Amelia se alejó dando saltitos, loca de alegría.
—Es una niña muy simpática —Le dijo la mujer que era la abuela de Alberto—. Y se ha portado muy bien durante toda la tarde.
—Estoy seguro de que Alberto querrá invitarla más a menudo —Comentó el hombre. A continuación, los dos se presentaron. Se llamaban José María e Isabel. Darío hizo lo propio, diciéndoles que era el hermano de Amelia y que había ido a recogerla.
—Tal vez Alberto quiera venir a casa alguna vez. Vivimos en Toledo.
—Cecilia ha comentado que tu padre le dio clases a Alberto.
—En realidad John es mi padrastro.
—¡Oh, disculpa!
—No pasa nada. Me llevo muy bien con él. Lo conozco desde que tenía cinco años y en realidad es como un segundo padre. En ese sentido soy afortunado.
—Cecilia dice que era un buen profesor —Dijo la mujer—. Nosotros no tenemos mucha idea de cómo son esos descontroles mágicos, pero ir a esa escuela le hizo a Alberto mucho bien.
Después de escuchar esas palabras, Darío comprendió que aquel matrimonio era totalmente muggle. Al igual que él mismo, Isabel y Alberto tenían abuelos que carecían por completo de magia, pero la situación de uno y otro era muy diferente. Mientras que los abuelos de Isabel estaban encantados de vigilar a su nieto brujo, los abuelos de Darío se hubieran horrorizado ante esa posibilidad. Una vez más, el chico sintió algo amargo en la garganta y tuvo que agitar la cabeza para no pensar en ello.
—Es un niño muy nervioso y por eso tenía tantos problemas de control, pero ahora está mucho mejor —José María miró a su nieto y Darío vio que se sentía orgulloso de él. Orgulloso.
—En la escuela hay muy buenos profesionales. Y creo que ahora mismo están ayudando a su hermana pequeña.
—A Cristina, sí. Es una brujita muy poderosa —La mujer sonrió e intercambió una mirada con su marido—. Demasiado poderosa.
—Es como una superdotada para la magia.
Durante los siguientes diez minutos, los abuelos de Alberto no dejaron de hablar sobre sus nietos. El hecho de que fueran brujos parecía ser lo menos importante para ellos. Como buenos abuelos, presumían de las dotes mágicas de los niños. De hecho, parecían aliviados al poder hablar sobre el tema con alguien, pero también comentaron cosas más comunes, cosas que cualquier niño podría hacer por el simple hecho de ser eso, niños.
Cuando Darío consiguió llevarse a Amelia ya era casi de noche y el regusto amargo de antes era aún peor. Había conocido a los abuelos muggles de unos niños mágicos y resultaron ser tan diferentes de sus propios abuelos que lo único que tenía era ganas de echarse a llorar. ¿Por qué él no tuvo unos abuelos normales? ¿Por qué tuvieron que rechazar a su madre y fueron incapaces de comprender que, aunque fuera una bruja, Clara Muñoz seguía siendo su hija? ¿Acaso había sido culpa suya? ¿No se habría esforzado lo suficiente para ser un buen nieto? ¿No había sabido ganarse su cariño?
Darío se sentía demasiado abrumado por todo como para hablar con su madre. Una vez llegaron a Toledo, llamó a Alf con la esperanza de que una noche loca en el ModMag le hiciera sentir mejor. Y si no era así, que les dieran a sus abuelos. Era consciente de que no se merecían otra cosa, pero soñar con lo que podría haber pasado aún era gratis.
Hola a todos. Feliz Año Nuevo, que los Reyes (o Papá Noel) os hayan traído muchas cosas y que paséis un buen año.
Me ha costado un poquito más de la cuenta terminarlo, pero aquí está el regalito, Sorg. Había pensado en continuar con la conversación sobre magia antigua entre Darío y su madre, pero creo que te voy a lanzar el guante. Estoy convencida de que tú lo harás infinitamente mejor que yo y ya lo tenías en mente, así que te la cedo para cuando te apetezca ;)
Quiero darle las gracias a E-L por su review. La verdad es que estoy un poco cansada de leer siempre la misma clase de fics, así que cuando descubrí la expansión de Sorg me sentí inmediatamente cautivada. Me ha costado mucho tiempo decidirme, pero al final me he subido al carro y no podría estar disfrutando más ni queriendo. Supongo que aún tengo muchas cosas que perfilar de esta serie de personajes, pero tengo un montón de ideas y las iré dejando caer cuando el muso y el (escaso) tiempo libre me lo permitan. En cualquier caso, muchas gracias por leer y por dejarme tu comentario. Y sí, me encanta nadar contracorriente; no voy a renunciar a ello nunca;)
Pues nada. Hasta aquí los especiales navideños. A ver si poco a poco voy retornando a la normalidad y sigo con "Los Girasoles", que si no hasta yo misma voy a terminar perdiendo el hilo.
Besos.
¡Oh! Y el botoncito de ahí abajo no muerde ni nada, así que sentíos libres de dejar un review ^^.
