La puerta de metal de la vieja casa azotó con fuerza, siendo casi obvia la salida de los dos de la misma. Y Sam solo le quedó pensar de que su madre le regañaría al volver a casa, sus zapatos estaban algo sucios por el mal cuidado que le daba a sus cosas. O por el simple hecho de que la casa era demasiado sucia y vieja que la misma ensuciaba todo.
—Sam, eres tan resplandeciente —dijo el albino con una suma sonrisa en sus labios.
—Muchas gracias Lincoln, y tú muy tierno de hecho —la chica rió suavemente ante las palabras de Lincoln.
—Oh vaya —habló el muchachito, sonrojado.
—Bueno, tú eres el guía, tú decides a dónde vamos a ir —dijo Sam mientras daba unos pasos y lo rodeaba.
—Estaría el muelle, pero queda demasiado lejos y no creo que nos de tiempo de llegar hasta allá.
—¿El muelle? ... No me gustaría, no me trae muy buenos recuerdos ir al muelle —dijo Sam con algo de molestia.
—Oh ya entiendo, ¿Qué tal al parque —sugirió el muchacho, alzando su pequeño dedo índice.
—Me parece bien, ¡Vamos Lincoln! —Sam animada tomó la mano del albino de cierta forma brusca, pero el simple roce de sus pieles fue suave.
Lincoln se fue tropezando torpemente mientras intentaba correr al mismo tiempo de Sam, incluso lanzó un pequeño gritó al doblarse el tobillo en un agujero de aquella deteriorada calle repleta de bolsas de basura
—¡Ay! —se quejó el albino, soltándose de la mano de Sam.
—Linky, ¿Qué pasó? —preguntó la chica, parando de golpe.
—Me duele el tobillo —la voz del albino sonó adolorida, cansada y hasta el momento chillona.
—No tuve que obligarte a correr conejito —con decepción habló Sam.
—Tranqula, no es tu culpa de que mis tobillos sean de princesa —se hizo un masaje en aquella área, un tanto preocupado, ya que de chico se había fracturado de pequeño al caer de las escaleras.
—Solo espero y nada te halla pasado —se preocupó de más Sam.
Siguió con su revisión, solo se hallaba rojizo ese espacio de su piel, así que no habría problema en avanzar.
—No me pasó nada. Estoy bien —se levantaba del suelo mientras limpiaba el revés de su pantalón—. Continuemos Sam.
—Perfecto mi tierno albino.
Ambos siguieron caminando con aquel sol caliente, que quemaba la piel en cuestión de minutos. Sam llevó hacia su frente la mano derecha, cubriéndose los ojos levemente. Llevaba de la mano al albo, lo cual resultaba muy tierno desde muchos ángulos, el problema acá es que más de alguno sospechaba de malas cosas, en especial de que Sam le sacaba 2 cabezas a Lincoln de altura. Incluso un dependiente de una abarroteria cercana tomó el teléfono de planta para llamar a la policía o algo por el estilo. Para todos era demasiado extraño.
Muy extraño.
Mientras tanto, Lincoln se hallaba en su nube de sentimientos encontrados y que le costaba sacar a la luz. Sus pensamientos se refugiaban en aquella atmósfera de protección y de cariño que el mismo creaba en su subconsciente. Se imaginó dando vueltas con Sam tomados de la mano en alguna carretera, también corriendo en la pradera hacia el atardecer como si fuese el viejo oeste, otra, donde se hallaban caminando tranquilamente en la playa en la noche, escuchando el suave golpe de las olas del mar en la costa mientras la luna blanca bañaba el agua con su resplandor.
Las pequeñas cosas que el pensaba. Tan dulces y del mismo modo tan hirientes, en el modo más pesimista posible existía la probabilidad de que no ocurriese nada en el futuro, uno en el cual se tendría que estar consolando de una manera poco saludable, o frustrado sentimentalmente.
Se sacudió la cabeza al momento que la voz de Sam tronó en sus oídos.
—Lincoln —lo seguía llamando, le sacudió el brazo para que le prestase atención— ¡Lincoln! .
—¿Q.. qué ocurre Sam? —preguntó el albino saliendo de ese mundo de fantasía que malformaba.
—¡Casi te atropellan! ¿En qué estabas pensando! —preguntó alterada la rubia, mientras se tocaba el pecho, respirando rápido mientras la adrenalina regresaba a su vientre.
—¿Me iban a atropellar? —la pregunta de Lincoln Loud sonó crédula.
—Sí —la respuesta de la chica salió cansada, triste y algo fría—. Me asustaste Linc, en serio, de no ser porque estaba allí no sé qué te hubiera pasado.
—Perdón Sam, no quería hacer eso, no sé qué me pasa, solo sentí que me elevaba, y.. bah, ya no importa —suspiró el albino, y dirigió su vista al cielo.
—Bueno, no es tu culpa, tranquilo, solo sé más precavido, no quiero que nada te pase, menos ahora que tu tobillo está lastimado —dijo Sam, acariciando aquella suave y tibia mano.
Lincoln sólo pensó en lo que lo que aquellos sentimientos podían hacerle, teniendo repercusiones bastante fuertes.
Llegando al centro de la ciudad, se vieron, las cosas estaban más tranquilas, relajadas, y aún tomados de la mano tuvieron la osadía de darse un beso cariñoso en frente de un montón de gente mayor que los veía con cierta repulsión y desprecio, incluso pensaron cosas malas acerca de la familia concurrida de la ciudad, los Loud, tildando en especial a Rita y a Lynn como malos padres, inculcándole aquellos malos "hábitos" a su hijo varón de tener pareja antes de los 18 o por lo menos salir con alguien un tanto mayor. Una señora les gritó que pararan, ya que eso no le gustaba a la iglesia, por el arco del triunfo se pasaron ese comentario absurdo y soso, ya que incluso con mayor gozo sus labios chocaron y disfrutaron del momento.
Había padres de familia cubriéndole los ojos a los chiquillos de sus núcleos, quienes confundidos preguntaban qué estaba haciendo la pareja, como si fuese algo del otro mundo o si fuese un pecado mortal, excusaban que eran cosas de "gente mayor".
—¿Por qué esa gente nos ve así? —preguntó Lincoln, con el aliento tibio en la mejilla de su chica.
—Ah, son varios que aún no entienden lo que es en verdad lo que sentimos —aclaró aquella duda.
—Pero esa vieja solo nos insultó, que nos íbamos a ir al infierno —la voz de Lincoln se oyó molesta y hasta cierto punto temerosa.
—Que diga lo que se le antoje, no me interesa su fanatismo religioso ni mucho menos su opinión —Sam se mostró indiferente ante la posición de aquella señora, e incluso, estaba decidida a sacarle el dedo medio si le volvía a decir otra cosa de esas—. Lo mejor será avanzar Linc, ¿Okey?
—Okey Sam.
Al fin estaban llegando al centro de la ciudad, el calor era inaguantable, el sentimiento de sentirse pegosteoso no se podía pasar por alto, Así que Sam agitó la blusa que traía aquel vestido para liberarse un poco del calor. Lincoln sentía algo de cansancio por el calor, al igual que mucha sed.
—Linc, debemos de ir por un helado —propuso Sam, viéndole correr una gota de sudor en su frente.
—Claro, estoy que me muero del calor —agitado habló Lincoln, mientras jadeaba como perro.
Sam le acarició la frente, que se encontraba palpando, y cubierta de una capa de húmedo y algo repulsivo sudor. Aunque no le dio demasiada importancia a esto, a más de alguno se le ha de haber revuelto el estómago. Al retirar su mano de ese lugar, aún restregó las gotas sobrantes que yacían en su blanquita mano, a pesar de tener esa consistencia líquida estaba caliente.
—Solo espero y no sufras de un golpe de calor Linc -pidió la rubia como petición.
—Tranquila, varias veces el auto familiar se ha quedado varado en los días calurosos y hemos tenido que empujarlo entre todos, a excepción de Lola que piensa que es su carroza del desfile de las Rosas —explicaba el albino aquellas experiencias que lo dejaron agotado y sin ánimos que querer salir de nuevo a una reunión familiar en vancilla.
—Oh vaya, jamás pensé que eso ocurriría contigo —habló la chica algo impresionada.
Claro, en sus alocados pensamientos se imaginó al albino empujando el montón de chatarra de los 60 (llamada panel familiar), con los músculos marcándose a su máxima expresión, los abdominales sudando y siendo golpeados por el sol, los bíceps marcando las venas y el sol dejando ver toda la máxima masculinidad que alguien podría poseer. Para esto, Sam se hallaba sonrojada, delirando, producto igual del calor que había.
—Hey, Sam, Sam, ¡Sam! —Lincoln le llamaba, para la última, se escuchó a la perfección su voz chillona de puberto, lo que le hizo entrar en razón al instante.
—Ay, lo que quiero son tus brazos marcados —contestó rápido, sin vacilar.
—¿Eh? —se confundió Lincoln al oír eso, ¿O acaso él también estaba delirando?—. Sam no estamos en un gimnasio, ¡estamos en la heladera y hay una gran fila detrás de nosotros! —refunfuñó el chico, alzando los brazos.
—Ups, lo siento.
—Bien, ¿Quieres helado de fresa o de vainilla? —le preguntó el chico.
—Quiero uno de vainilla —respondió Sam algo apenada.
Al momento que salieron ellos de aquella pequeña heladería, los restantes en la fila festejaron su salida, diciendo que al fin se habían decidido qué hacer con sus vidas, Lincoln en parte se sentía algo molesto por las actitudes egoístas y groseras de la gentuza, y en otra algo triste por haberle alzado la voz a su acompañante solo por estar en las nubes.
—Lamento eso —Lincoln dispuesto a arreglar esos detalles abrió la conversación.
—Tranquilo Lincoln —dijo Sam dándole una lamida a su helado—. Es mi culpa, no sé qué pensaba, a veces me cuesta un poco poner atención a las cosas que me rodean -lo tomó de la mano, mientras sus dedos tibios se intercalaban en los suyos.
—Perdóname por haberte alzado la voz, no fue algo que yo quisiera hacer —la vocecita del chico se oyó entristecida.
—Te perdono Linc, de todos modos, ya pasó, ya está hecho todo, no podemos hacer nada, que ellos disfruten su mugroso lugar en la puta fila de espera, si eso es lo que quieren —dijo Sam reflexionando aquello.
—Jeje, okey —se rió el albino, debía tomarle las cosas buenas a esa pequeña mala experiencia en caja—. Por cierto, ¿Te gusta tu helado?
—Sí, de niña me han encantado los helados —una sonriente Sam le vio.
—Tenemos otra cosa más en común —festejó Lincoln con una sonrisa.
Era imposible sentir esa atracción.
La caminata siguió y siguió, ambos chicos aún seguían tomados de las manos, no tenían por el momento un rumbo exacto, incluso Sam se olvidó que tenía tareas, que su gato se podía hallar a merced de su mamá. Respiró hondo y profundo, y vio los broches que llevaba Lincoln en su mochila. Unos de color azul reluciente, otros de color blanco, eran unos tantos los cuales le regalaban. Aparte, tenía un botón con lo que parecía tener era la palomita de verificación de Instagram.
—Linky, ¿De dónde sacaste ese botón? —preguntó la chica, jugando con aquel objeto que se sujetaba a la manga de la mochila.
—Ah, ese lo mandé a hacer el día de ayer por la noche, y en la mañana me lo fueron a dejar —dijo el chico con una sonrisa—. Es para conmemorar el primer día con mi verificación de cuenta oficial de Instagram por mis fotos.
—Me alegro bastante Lincoln, esas fotos que sacaste se ven demasiado hermosas, lo que no he chechado es tu canal, ¿Tienes algo que sea divertido allí? —preguntó Sam.
—Los gameplays y los blogs con Clyde. Y uno que otro tutorial de cómo tener apps de paga sin tener que pagar —aclaró abriendo ligeramente los brazos—. Realmente solo quería abrir ese canal para subir un vídeo penoso de mis hermanas, que terminó mal.
—¿Cómo los vídeos de Caberga? —le preguntó Sam casi riendo.
—Algo así, pero mis hermanas me odiaron por subir ese vídeo y obvio tenía que borrarlo, no iba a humillarlas y arruinarles la vida con eso —la experiencia era relatada con mucha pena, ya que casi le provocó su exilio de la casa.
—Entiendo Linky.
Llegando al otro parque de Royal Woods, los chicos encontraron a varios infantes corriendo de un lado a otro con sus cometas, otros con sus amigos jugando en el pasto, y a padres de familia felices sentados en las bancas de ese mismo lugar observando que sus hijos no se lastimaran tropezándose con algún otro crío por allí.
Ahora era turno de Lincoln en llevar la ilusión a otro plano existencial: imaginó a su hijo o hija corriendo en el parque, sonriente de andar de arriba para abajo con algún peluche en mano, y de tener a unos padres tan amorosos como ellos. En esta fantasía las manos de Lincoln tenían sujetadas las de Sam, y en la derecha de cada uno llevaban el anillo de casamiento, uno de alto prestigio.
Lo que eran las ilusiones. Mundos tan hermosos que pueden llegar a ser tan inconcebibles y dolorosos.
—Ya me estoy cansando de caminar por todos lados —dijo la chica, colocando su espalda un poco encorvada.
—Bueno, veamos dónde sentarnos —suguirió el chico, sonriéndole.
Entrando al parque se dieron cuenta que muchas de las bancas estaban ocupadas, y otros tenían basura encima.
—Bueno, tenemos que sentarnos cerca de algún árbol Sam —dijo el muchacho, mientras acariciaba la mano de la chica.
—Conozco uno especial, queda allí —señaló la chica sonriendo —. Jugaba mucho en ese árbol de niña, y prometí llevar a ese árbol a la persona que más quisiera en ese momento, y eres el primero en llegar Lincoln.
El albino se sorprendió por la confesión de la rubia, ella desde niña había pensado con ese momento tan lleno de felicidad y emoción. Y él de niño se comía los mocos y jugaba carritos como cualquier niño.
—Bueno vamos —un Lincoln Loud alegre corrió con cuidado hacia el bosquejo que estaba en ese lugar— ¿Cuál de todos es Sam?
—Es ese que está detrás de ti —señalaba Sam con su dedo el árbol, era uno que estaba echando muchas hojas.
—Vaya, es muy grande —habló el muchacho pasando su mano por la corteza del mismo, estaba árida, tal textura también sacaba pequeñas astillas—. Y se nota que está algo viejo.
—Un poco, que yo me recuerde había un columpio artesanal, pero ya tengo mucho tiempo que no llegar por acá, apenas y el año anterior salía por las tareas tan estresantes que tenía —aclaraba Sam mientras veía el árbol, se sentó al borde del mismo, y le dio palmadas al suelo—. Ven Linky.
El chico se sentó a su lado, y abrazó sus piernas, mientras Sam tomaba el revés del faldón del vestido y lo ocupaba para tapar sus pantorrillas. No quería que algún señor se le quedase viendo mientras ella exponía sus interiores de forma indirecta. Con un suspiro dirigió su mirada hacía el chico.
—¿Sería prematuro decirnos te amo? —preguntó la rubia, cruzando en forma de x sus piernas para una mejor protección de su cuerpo.
—Podemos internarlo Sam —los ojos de Lincoln brillaron como diamantes de la misma felicidad. Su corazoncito empezó a latir con una fuerza y rapidez enorme por ese momento.
—Bien, solo que ya tengo tiempo sin haber tenido algo amoroso, ni ligues, ni enamorados, ni mucho menos esos "ganados" y puede sonar demasiado seco o cortante —dijo Sam desconfiada de si misma, ya no sabía si esto iba a bien o a mal.
—No importa, podemos endulzarlo.
No existía "Puedes" o "Puedo". Era podemos. Englobando que podían ser uno solo, que luchando juntos hombro con hombro, aceptando sus defectos y amando las cosas del otro sin forzarlo (o por lo menos respetándolas) se podía llegar lejos, hacer lo imposible, posible. Hacer que esos días de sus vidas fueran los mejores.
Los corazones de ambos iban rápido, sintiendo las emociones revoloteando en sus vientres. La tensión de fortificó, pero debían sobreponerse.
Sus manos llegaron a temblar. Incluso sintieron que sus lenguas se congelaban ante el hecho.
Tuvieron que relajarse, a pesar de que sus estómagos se revolvían por la adrenalina.
El momento había llegado, prematuro, pero había llegado.
Respiraron, la primera en hablar sería Sam.
—Te amo Lincoln
—También te amo Sam.
La chica se tapó la boca de la mera impresión que ella misma se hacía, se sonrojó, no lo podía creer. Había articulado con sus labios la palabra mágica en toda relación. A pesar de que ella se sintió sola e incapaz de decirlo, se sintió mejor, incluso emocionada al momento que Lincoln se acercó a ella y la besó con todo el cariño que había en el mundo. Siguiendo el beso, dejaron llevar que todo fuera tranquilo. La humedad de sus bocas, la temperatura excelente de sus labios, la suavidad de los mismos e incluso la excitación que recorrió sus cuerpos por unos minutos acompañados de una descarga de electricidad interna que, los sensibilizó.
Mágico, único, en especial el dulce gusto de helado que consumieron con anterioridad.
Al romper el beso, se vieron. Y al verse, se abrazaron.
—Lo hicimos, ¡Lo hicimos! —festejó alegre el chico.
—Si Lincoln, estoy tan feliz.
Ahora Sam recordó su promesa:
"Cuando sea mayor, traeré acá a este gran árbol al amor de mi vida, al chico que amaré sin alguna excusa o pretexto"
