LOS GIRASOLES III


Madrid, junio de 1991

—¿Te apetece algo de beber?

La música en la discoteca estaba tan alta que Clara apenas podía oír lo que Marga le estaba diciendo. De hecho, su amiga tuvo que repetirle la pregunta dos veces antes de que Clara le comunicara que quería agua. Ya se había tomado un par de cubatas, pero lo que tenía a esas alturas de la noche era muchísima sed. Llevaban un buen rato en aquel sitio, hacía muchísimo calor y no habían dejado de bailar ni un solo segundo, así que era normal que Clara estuviera sedienta. Marga, eso sí, la miró con cara rara cuando le pidió el agua, aunque le dio el recado a Baldo sin poner objeciones. Vio como el hombre asentía antes de perderse en aquel mar de gente en dirección a la barra.

—¿Y bien? —Marga no tardó ni un microsegundo en gritarle la pregunta al oído—. ¿A qué está buenísimo?

Clara soltó una risita. Ciertamente Baldo era un tipo muy guapo. Alto, fuerte, de pelo y ojos oscuros y facciones varoniles. De hecho, era tan guapo que se le antojaba un tanto insulto, demasiado perfecto como para sentirse atraída por él. Quizá Baldo hubiera estado mejor en alguna revista repleta de modelos masculinos o convertido en escultura inmortal. Como conversador no era gran cosa y, aunque Clara no dudaba que el chico tuviera otros atributos de los que únicamente disfrutaría Marga, estaba convencida de que aquel tipo no sería el último amante de su amiga. La cuestión era cuánto tiempo tardaría en romper con él.

—Es guapísimo, sí —Gritó Clara mientras se movía al son de la música—. Y parece majo.

—¿Verdad que sí? Ya sabía yo que te iba a gustar.

Marga dijo algo más, pero en mitad de aquel escándalo Clara no logró entenderla. Conscientes de que una conversación normal era algo imposible en aquel ambiente, las jóvenes brujas intercambiaron una mirada cómplice y siguieron bailando. Baldo no tardó en regresar, repartiendo bebidas y sonriendo seductoramente a su nueva novia. Sin duda alguna ese tipo debía tener una lista de conquistas tan larga como la de Marga. Los dos tortolitos se dieron un beso y se abrazaron y Clara supo que empezaba a sobrar. Por supuesto que su amiga no se lo diría, pero seguramente pronto tendría ganas de irse a retozar por ahí con su flamante tío bueno y a ella no le apetecía para nada estar en medio. Se quedaría un poco más, el tiempo suficiente para beberse la botellita de agua, y le diría a Marga que era hora de volver a casa.

Diez minutos después, Clara le echó un vistazo a su reloj y decidió que era hora de irse. Sus acompañantes estaban cada vez más acaramelados y ella empezaba a sentirse un tanto incómoda. Le dio un golpecito a Marga en el hombro para llamar su atención y le dijo que se marchaba. Aunque su amiga procuró mostrarse contrariada, era obvio que no le importaba demasiado quedarse a solas con su querido Baldo. Ya se imaginaba cómo iban a terminar la noche.

—¿Quieres que te acompañemos? —Inquirió Baldo. Era evidente que quería ser amable pero que no le apetecía nada largarse de allí.

—No hace falta. Cogeré un taxi.

Baldo se encogió de hombros y Marga le guiñó un ojo y se despidió de ella. Parecía ser consciente de que Clara no iba a coger ningún taxi, sino que buscaría un lugar privado en el que desaparecerse.

Se sintió bastante aliviada cuando logró salir de la discoteca. A Clara no le gustaba demasiado pasar calor. Sobrellevaba mejor el frío. En invierno, cuando cerraba la tienda y volvía a casa, le encantaba envolverse en una manta y acurrucarse en el sofá para tomarse un café y leer. Aquello era mil veces mejor que las agobiantes temperaturas estivales que convertían el barrio mágico en un pequeño infierno.

Una vez en la calle, Clara echó un vistazo a su alrededor. Sabía que un par de calles más abajo había un callejón lo suficientemente oscuro y poco transitado como para que nadie la descubriera en plena desaparición. Se disponía a ir hacia allí cuando la voz de un hombre sonó a su derecha.

—¿Tienes fuego?

Clara lo miró. Era un tipo algo más alto que ella que vestía ropa de diseño y tenía el pelo castaño un tanto alborotado. Quizá no fuera tan guapo como Baldo, pero a la joven bruja lo encontró indudablemente atractivo. Sostenía un cigarro con dos dedos de la mano izquierda y le sonreía amablemente, aunque había cierto brillo malicioso en su mirada. Clara entornó los ojos. No sabía lo que quería ese tipo, pero no pensaba quedarse a averiguarlo.

—Lo siento. No fumo.

—Haces bien. El tabaco es una porquería —Y dicho eso, el hombre partió el cigarrillo en dos y lo tiró al suelo—. En realidad yo tampoco fumo. No demasiado, al menos.

El tipo seguía sonriendo y mirándola de esa forma. Clara debería haber largado así, sin más, pero empezó a sentir cierta curiosidad.

—Entonces. ¿Por qué me has pedido fuego?

—Porque no se me ha ocurrido otra forma más original de empezar a hablar contigo. Ligar no es lo mío.

—¿No?

—Te he visto antes, dentro —El tipo señaló la discoteca—. Estaba preparándome mentalmente para invitarte a una copa cuando te largaste. Tuve que actuar deprisa, no podía dejar que te escaparas.

—Ya veo.

El cerebro de Clara le dijo que se diera media vuelta de una vez y retomara su camino, pero sus ojos seguían fijos en aquel hombre. Había algo en él que le resultaba muy atrayente. Quizá se debiera al par de copas que se había tomado, pero el cuerpo de Clara decidió que no iría a ninguna parte. Tenía que averiguar cómo terminaba aquello.

—Entonces. ¿Qué me dices? ¿Quieres tomarte algo conmigo?

Esas palabras prometían algo más que un par de bebidas compartidas y Clara, que nunca había sido muy amiga del aquí te pillo, aquí te mato, dudó por primera vez en su vida. Prefería las relaciones estables, pero había algo en aquel hombre que le resultaba irresistible. Le hubiera encantado aceptar la invitación, pero recuperó la razón en el último momento.

—Ya me iba. Quizá otro día.

Clara pensó que insistiría, pero el tipo aceptó el rechazo con bastante aplomo.

—Te tomo la palabra —Se hizo a un lado e inclinó la cabeza a modo de despedida—. Hasta pronto.

Clara alzó una mano y se alejó calle abajo. En ese momento se arrepentía de haber perdido la oportunidad de conocer a alguien interesante, pero estaba segura de que no tardaría en olvidarse del incidente.


Ricardo observó cómo chica se marchaba y lamentó el reciente fracaso. Desde que la había visto meneándose en la pista de baile había pensado que tenía un polvazo. Incluso había creído que era una de esas muggles facilonas que caían rendidas a sus pies con solo un par de sonrisas, pero el bomboncito rubio no había sucumbido a sus encantos. Era una lástima. Debido a su trabajo, a Ricardo no solían faltarle chicas con las que irse a la cama, pero ya estaba harto de ellas. Lo único que buscaban era que les hicieran regalos caros y las trataran como a princesitas tontas durante un tiempo. Sabía que estaba mal pensar que eran pequeñas fulanas porque después de todo él mismo disfrutaba de ellas, pero era la opinión que tenía de esas chicas. Ricardo prefería conquistar mujeres que no supieran nada de él, chicas que le permitieran probarse a sí mismo. Y ciertamente esa noche había fracasado, pero ya obtendría más éxito en otra ocasión.

Llevarse a la rubia a la cama hubiera puesto el broche de oro a una noche bastante agradable. Era verdad que Loren no era el alma de la fiesta, pero la salida había merecido la pena sólo para ver cómo el bueno de Paco procuraba intimar con madame Villenueve. Increíblemente habían desaparecido un par de horas antes pese a la manifiesta torpeza del desdichado falsificador. Ricardo había terminado a solas con Loren, que se había pasado todo el rato de pie junto a la barra y sin mover ni un solo músculo. Ricardo quiso animarlo para que se pusiera a bailar, pero la mirada hosca que recibió le hizo desistir. Entonces había decidido buscar otras posibilidades y, tras examinar detenidamente a media docena de chicas, había elegido a la rubia. Había estado un buen rato fantaseando con cosas que podría hacerle una vez a solas y había terminado con un serio problema que resolvió un rato más tarde, ya de regreso a casa.

A Ricardo le gustaban las mujeres, pero desde siempre había procurado mantener las distancias con ellas. Estaban bien para pasar el rato, pero no quería compromisos de ningún tipo. Era lo suficientemente inteligente como para saber que tener una pareja formal traería consigo ciertos riesgos que no estaba dispuesto a asumir. A un hombre como Ricardo no le faltaban los enemigos y se sentía muy cómodo sin estar sentimentalmente ligado a nadie. Sabía que el peligro le rondaba prácticamente las veinticuatro horas del día y podía vivir con ello, pero no quería poner en riesgo a nadie más. Enamorarse supondría una debilidad y Ricardo siempre se había cuidado mucho de no hacerlo. Pero el sexo era diferente al amor y de eso nunca se había privado. Tenía cierta facilidad para conquistar a las mujeres y se aprovechaba de ello. Por desgracia, tendría que esperar.

Después de ofrecerse un poco de consuelo, se quedó dormido. Normalmente sus sueños eran un tanto inquietos. Ricardo casi nunca recordaba sus pesadillas, pero por lo menos tres veces por semana se despertaba jadeando, sudando y con el corazón latiéndole a mil por hora. Y no era para menos. Cuando estaba despierto podía mantener a su conciencia a raya, pero el subconsciente era sabio y le recordaba una y otra vez que había cosas que no eran correctas. Ricardo no era un monstruo y se negaba a sobrepasar ciertos límites, pero procuraba no dejarse avasallar por los remordimientos. Había hecho cosas malas, cierto, pero nunca había actuado de forma gratuita. Cada una de sus acciones tenía un fin y hacer daño por el simple hecho de hacerlo no era su objetivo principal. Prefería agotar todas sus opciones antes de recurrir a ciertos métodos.

Por suerte esa noche fue de las tranquilas. Estaba cansado y un poco achispado y eso le ayudó a dormir de un tirón. Como era habitual, se despertó temprano y tomó la decisión de que iba a dedicar el día a no hacer nada. Se tomaría un buen desayuno en La Floriana porque hacía mucho tiempo que no iba por allí y le encantaban el chocolate con churros que servían. Podría haber invitado a Loren, pero supuso que el hombre estaría ocupado con sus propios asuntos y no le molestó. Ricardo confiaba en el buen hacer de aquel mago, pero no sabía demasiadas cosas sobre él. Loren era un tipo muy reservado. Procedía de una familia de magos con un par de siglos de antigüedad mágica y tenía dos hermanos viviendo en alguna parte de centro peninsular. No estaba casado, no tenía hijos y, al igual que el propio Ricardo, no pensaba formar una familia, ni a corto ni a largo plazo. En ocasiones Ricardo deseaba saber un poco más, pero tenía la sensación de que Loren no le contaría nada, así que no hacía preguntas.

Cuando Ricardo llegó al barrio mágico había bastante gente disfrutando de aquella soleada mañana de junio. A Ricardo le gustaba observar a la gente. Su padre le había dicho alguna vez que uno podía aprender mucho de los demás contemplándolos en silencio, pero en esa ocasión no deseaba obtener ninguna clase de información. Simplemente disfrutaba viendo a familias normales haciendo cosas habituales. Sentado en la barra de La Floriana, saboreó con gusto los churros que uno de los yernos de la dueña le había servido y echó un vistazo a su alrededor. Sobre todo había padres desayunando con sus hijos, pero Ricardo notó cómo el corazón le daba un vuelco cuando vio a la rubia de la noche anterior. No había esperado encontrársela en el barrio mágico, pero se dijo que era algo bueno. Quizá podría tener una segunda oportunidad con ella porque, aunque no fuese una muggle facilona, seguía siendo una chica de muy buen ver.

Estaba sentada en una mesa junto a la ventana, charlando con una chica de su misma edad. Ricardo recordaba vagamente haberla visto abrazada a un tipo bastante alto, pero casi no le prestó atención. Una vocecita en su interior le dijo que lo mejor que podía hacer era quedarse justo donde estaba y olvidarse de lo ocurrido la noche de antes, pero Ricardo casi nunca le hacía caso a esa vocecita. Así pues, apuró su desayuno sin quitarles ojo a las dos chicas y finalmente se acercó a ellas. Compuso su mejor sonrisa y se dirigió directamente a la belleza rubia.

—No esperaba que fuéramos a encontrarnos tan pronto.

La chica lo miró y se llevó un pequeño sobresalto. Ricardo sintió la mirada interrogante de su compañera y, una vez más, no le hizo caso.

—Yo tampoco —La chica había tardado un poco en contestar, sin duda demasiado sorprendida como para decir algo más coherente.

—¿Os conocéis?

La chica miró a su amiga y otra vez miró a Ricardo y asintió de una forma un tanto dubitativa.

—Nos vimos anoche a la salida de la discoteca.

—¡Oh, qué bien! Yo soy Marga.

Y la tal Marga se levantó como un resorte y le plantó dos besos en las mejillas.

—Ricardo —Se presentó. No dejaba de mirar a la otra mujer, que se había puesto en pie y se disponía a presentarse a su vez.

—Soy Clara.

Clara. Bonito nombre. Ricardo le puso la mano en la cintura mientras le besaba las mejillas y se encargó de acariciarla discretamente. Fue un gesto sutil, pero Clara se dio cuenta y lo miró con cara rara.

—No sabía que fueras un mago.

—No es algo que uno vaya diciendo por ahí. ¿No crees? —Y guiñó un ojo, consiguiendo que se pusiera más roja que un tomate—. Se nos quedó un asunto pendiente. ¿Te apetece que nos tomemos un par de copas esta noche?

—Yo…

Clara se veía dispuesta a ponerle cualquier excusa, pero la tal Marga intervino demostrando que debía ser toda una caradura.

—¡Por supuesto que quiere! Podríais quedar en la Abadía 51. ¿No?

—Me parece una idea estupenda —Ricardo agradeció la ayuda de Marga y habló antes de que la otra chica objetara algo—. ¿A las nueve te viene bien?

—Pues…

—Le parece perfecto. Allí estará.

Ricardo tuvo la sensación de que a Clara le apetecía muchísimo cargarse a su acompañante y contuvo una carcajada. A él también le hubiera mosqueado bastante que alguien le pusiera en un aprieto como aquel, pero por fortuna no estaba en la situación de Clara. Confirmó que esa misma noche tendrían una cita y se fue sintiéndose bastante animado. El panorama se presentaba bastante alentador.


—Te odio.

—Ya. Por eso te estás poniendo de punta en blanco, porque no te apetece nada salir con Ricardo.

—Eres una metomentodo, Marga. Como algo salga mal esta noche te vas a enterar.

—¿Qué va a salir mal, mujer? Vas a tomarte un par de cervezas con un mago atractivo. Cualquiera estaría encantada de encontrarse en su situación.

—No tengo tiempo para relaciones…

—¡Vamos, Clara! Sólo es una cita, no tienes que casarte con él. Tú sólo sal por ahí, diviértete y llévatelo a la cama.

—¡Marga!

—¿Qué? A veces eres muy aburrida, tía. No digo que tengas que acostarte con todos los tipos que conozcas, pero echar una cana al aire de vez en cuando te vendrá bien. ¿Cuándo fue la última vez que tuviste novio?

Clara frunció el ceño y decidió que continuar con esa conversación le supondría un gasto innecesario de energía. A pesar de ser como hermanas, Marga y ella veían la vida de maneras muy distintas. Estaba bastante enfadada con su amiga por lo que había hecho en La Floriana, pero en el fondo no lamentaba tener la oportunidad de salir con Ricardo. Era un tipo atractivo, parecía agradable y era un mago. Salir una o dos veces con él no le supondría ningún problema y quizá hasta se divertiría. La parte de ir un paso más allá no la atraía demasiado, pero tampoco pensaba cerrarle las puertas a nada.

Una hora después, Clara estaba esperando en la puerta de la Abadía 51. Marga tenía razón al decir que se había puesto de punta en blanco. Definitivamente ella no había buscado aquella cita, pero ya que estaba metida en faena tenía que asegurarse de que todo salía bien. Miró el reloj para asegurarse de que Ricardo no se retrasaba y se preguntó si no sería mejor que le diera plantón.

—Hola, Clara.

No lo había visto venir, así que dio un respingo y giró la cabeza para mirarlo. Estaba aún más guapo que por la mañana y su aspecto sólo podía definirse con una palabra: pulcro. El traje le sentaba como un guante, cada pelo de su cabeza parecía estar en su sitio y olía bastante bien. Había dejado un par de botones de la camisa sin abrochar y a Clara le gustó. Despertó algo en su interior que procuraba mantener adormecido todo el tiempo y le sonrió. A juzgar por la mirada de Ricardo, el hombre pretendía seducirla y Clara supo que no podría hacer gran cosa para resistirse. Quizá Marga no daba tan malos consejos después de todo.

—Hola.

Una vez más, Ricardo le puso la mano en la cintura mientras le daba dos besos en las mejillas, pero en esa ocasión la mano permaneció ahí durante bastante más tiempo. Y no fue desagradable ni incómodo, sino todo lo contrario.

—¿Entramos? Hay un tipo en concreto de cerveza que quiero que pruebes. Te va a encantar.

La Abadía 51 estaba atestada de gente. Ricardo consiguió encontrar una mesa en la que acomodarse y dejó a Clara sola mientras iba en busca de las bebidas. Clara lo observó detenidamente, descubriendo con cierta sorpresa que sus ojos cobraban vida propia y se plantaban indiscretamente en el trasero del pobre Ricardo. Y era un trasero de lo más interesante, redondito y respingón. Clara se removió mientras notaba cómo la cara le ardía y suspiró. Hacía tiempo que no le pasaban esas cosas y le estaba costando bastante asumirlas. Por suerte, Ricardo no le dio la espalda durante demasiado tiempo y Clara se sintió mucho más cómoda mirándole a la cara.

—¿Vas mucho por el mundo muggle? —Le preguntó el hombre en cuanto empezaron a beber.

—Bastante. Me gusta mucho el ambiente.

—Las discotecas están muy bien para un rato, pero me dan dolor de cabeza.

—Sé lo que quieres decir.

—Me ha sorprendido un poco encontrarte esta mañana. Ni me imaginé que fueras una bruja.

—Tú mismo lo dijiste, no es algo que uno vaya contando por ahí.

—Sí —Ricardo sonrió—. Hay que tener mucho cuidado con eso. No todos los muggles se tomarían igual ser conscientes de algo así.

—Me lo vas a decir a mí —Clara suspiró, recordando a sus padres—. Y a veces es duro no poder decirles la verdad a tus amigos, pero no es difícil acostumbrarse a esta clase de vida.

—¿Eres de primera generación? —Clara asintió.

—Mi amiga Marga también. Nos conocimos en la escuela de magia. ¿Y tú?

—Mitad y mitad. Mi madre era bruja y mi padre muggle.

—¡Oh!

Clara pensó que aquella conversación no les estaba llevando a ningún sitio, aunque la estaba ayudando a calmarse un poco. Ricardo siguió hablando.

—¿Trabajas en el mundo mágico?

—La tienda de calderos es mía.

—¿En serio?

—Me quedé con ella hace poco tiempo y aún estoy intentando cogerle el tranquillo al mundo empresarial, pero voy tirando. El antiguo dueño tenía una clientela bastante fiel y no la he perdido.

—Si necesitas que te eche una mano estaré encantado de ayudar. Tengo algunos negocios aquí y allá.

A Clara no le asombró saber eso. A juzgar por su forma de vestir y por el reloj que adornaba su muñeca, Ricardo debía ganar bastante dinero.

—Muchas gracias, aunque por el momento me estoy apañando bastante bien. Una calderería no es tan difícil de llevar.

—Todos los negocios tienen sus problemas, pero no creo que debamos ponernos a hablar sobre números ahora mismo. ¿No? Estamos aquí para divertirnos.

A Clara no le apetecía ponerse a pensar en sus problemas laborales, así que asintió y le dio un trago a la cerveza. Fue entonces cuando los ojos de Ricardo se llenaron de un brillo extraño. Clara se acababa de dar cuenta de que eran de un curioso color gris y se dijo que eran bonitos. Y de mirada intensa.

—¿Puedo ser honesto contigo? —Clara asintió con curiosidad—. Estamos aquí sentados, charlando como un par de carcamales, y te aseguro que no era esto lo que pretendía cuando te pedí fuego anoche.

—¿Y qué pretendías? —La joven supo que iba a decir cualquier burrada antes de que hablara y sintió un extraño deseo por escucharla.

—Llevarte a mi casa y…

Clara retuvo el aire en los pulmones y sintió un agradable hormigueo invadiendo todo su cuerpo. Por suerte había decidido no cerrar ninguna puerta porque la proposición de Ricardo se le hacía irresistible, pero aún así decidió bromear un poco.

—¿Jugar al MagiTrivial?

Ricardo la miró con absoluta seriedad y luego soltó una risotada que fue directa a la entrepierna de Clara. ¡Dios! ¿Cuánto tiempo hacía que no se sentía así, tan animal? Clara nunca hacía cosas como aquella, pero había algo en ese hombre que la llevaba directa a perder la razón. Era pasión pura y dura y decidió que no quería negarse a ella. Especialmente cuando Ricardo se levantó y la agarró de la muñeca.

—Venga. Nos desaparecemos en la calle.

—No.

—¿No?

—Mi casa está aquí al lado.

Ricardo, que había parecido momentáneamente alarmado, sonrió como un depredador que acababa de dar caza a su presa y la siguió a través de las calles del barrio mágico hasta la tienda de calderos. Clara tenía cierta sensación de irrealidad y algo le dijo que en algún momento podría arrepentirse de aquello, pero lo único que quería era esa noche era sucumbir al deseo.