LOS GIRASOLES IV
Madrid, junio de 1991. Una semana después.
-Tenemos la reunión con De la Dueña el martes a las once y media. He reservado para comer en el Warlock a las tres -Loren frunció el ceño-. Ricardo. ¿Me estás escuchando? ¡Ricardo!
Obviamente no le estaba haciendo ningún caso. Ricardo Vallejo agitó la cabeza y miró a su compañero con ligera sorpresa, como si acabara de darse cuenta de que estaba allí.
-¿Sé puede saber qué te pasa? Estamos en mitad de un negocio muy importante y tú ahí, pensando en las musarañas.
-Tienes razón -Ricardo suspiró e hizo un esfuerzo para centrarse en toda la documentación que había sobre la mesa-. Me hablabas de De la Dueña.
Loren puso los ojos en blanco y señaló la fotografía mágica de un tipo gordo y calvo que devoraba con ansia un gran filete de carne. Aunque Ricardo había pasado toda la mañana absolutamente despistado, sabía que Víctor De la Dueña era el único mago español que estaba interesado en adquirir uno de los cuadros de Van Gogh sustraídos en Ámsterdam. De la Dueña era un coleccionista de arte un tanto obsesionado por tener lo mejor de lo mejor y poco preocupado por los métodos que hubiera que utilizar para conseguirlo.
-Te decía que he quedado con él el martes por la mañana y que después vas a invitarlo a comer. ¿Te parece bien?
-Sí, claro -Ricardo apartó los ojos de la foto-. ¿Habéis hablado de dinero?
-De la Dueña prefiere tratar esos asuntos directamente contigo, aunque no creo que se ponga a regatear. Mencionó algo sobre que no tiene ningún Van Gogh y que está dispuesto a hacer cualquier cosa para conseguirlo.
Ricardo cabeceó. Seguramente aquel iba a ser un negocio rápido y fácil de llevar a cabo. De la Dueña trataba a menudo con tratantes de obras de arte poco honrados, pero estaba lejos de ser un delincuente curtido. Estaría dispuesto a pagar lo que fuese para llevarse su precioso cuadro a casa. Aún así, Ricardo dedicaría el resto de la tarde a repasar su informe para asegurarse de que era de fiar.
-Muchas gracias, Loren.
-Ya -Loren guardó silencio y reflexionó un instante antes de seguir hablando-. No sé si te habrás dado cuenta, pero si no hubiera sido por mí lo de De la Dueña se habría ido al traste. ¿Andas metido en algo que yo no sepa?
Ricardo alzó las cejas con incredulidad y cuando respondió lo hizo con algo de brusquedad.
-Te agradezco que me hayas echado un cable durante esta semana, pero no recuerdo en qué momento acordamos que yo debo darte explicaciones a ti -Loren frunció aún más el ceño y no protestó. Ricardo lo conocía perfectamente y sabía que esa respuesta le había molestado bastante. Y puesto que no tenía ninguna necesidad de discutir con su hombre de confianza justo cuando estaban metidos en un negocio de gran calibre, suavizó un poco su tono de voz al hablar de nuevo-. De todas formas, lo que me preocupa es un asunto personal.
-Entiendo -Loren no se veía muy convencido y Ricardo no pudo evitar comentarle algo más. Por supuesto que no tenía que rendirle cuentas a ese hombre, pero Loren era lo más parecido a un amigo que tenía y a él le hacía falta hablar con alguien.
-Es una mujer.
-¿Te preocupa una mujer? -Espetó Loren tras un par de segundos de duda. Ricardo asintió-. Ninguna mujer te ha quitado el sueño antes.
-Pues ésta sí lo ha hecho.
-¿Estás saliendo con ella en plan formal?
-En realidad sólo nos hemos acostado. Una vez -Ricardo se encogió de hombros. Recordó cómo el cuerpo de Clara se estremecía bajo el suyo aquella noche de hacía una semana y sintió un leve tirón en los pantalones. Había sido una experiencia agradable, pero podría haberlo sido aún más si Clara no se empeñara en inundar sus pensamientos a cada momento.
-¿Y dices que te preocupa?
-No puedo quitármela de la cabeza.
-¿Y eso te supone un problema? -Loren no daba crédito-. ¿Sabes dónde vive? -Ricardo asintió-. Entonces tiene fácil solución. Ve a su casa y llévatela a la cama todas las veces que quieras, hasta que te aburras de ella.
Ricardo soltó un bufido, aunque no pudo evitar considerar el consejo de Loren. Realmente el hombre no andaba demasiado sobrado de sensibilidad.
-Si se tratara sólo de sexo todo sería mucho más fácil, pero creo que en esta ocasión es diferente -Ricardo suspiró, temeroso de reconocer en voz alta lo que sentía por si eso lo volvía más real-. Creo que Clara me gusta.
Loren lo observó con ojos inescrutables durante bastante tiempo. A Ricardo le ponía nervioso cuando se comportaba así y quiso instarle a decir algo. Esperaba que fuera capaz de darle algún buen consejo que le sirviera para eliminar todo lo que estaba empezando a sentir por aquella mujer. Ni siquiera sabía a qué se debía esa especie de obsesión que estaba desarrollando. Apenas había visto a Clara un par de veces y casi no habían hablado. Aunque el sexo había sido muy bueno, no había motivos para que Ricardo no pudiera dejar de pensar en ella. Nunca antes le había pasado con nadie, pero lo que más quería en ese momento era conocer un poco mejor a Clara, averiguar cosas sobre su vida e invitarla a cenar a un lugar bonito. ¿Se estaba convirtiendo en un estúpido romanticón y no se había dado cuenta?
-Parecemos un par de críos hablando sobre gilipolleces -Dijo Loren al fin y Ricardo comprendió que de momento no habría consejos-. Lo que tienes que hacer es centrarte. ¿Crees que podrás hacerlo sin mí?
-¿Tengo que recordarte quién está al mando? -Loren alzó las cejas y se encogió de hombros.
-Voy a pasar la noche fuera de Madrid y no estoy muy seguro de que en tu estado vayas a ser capaz de sobrevivir. Incluso estando al mando.
Ricardo soltó una risita y negó con la cabeza. Supuestamente Loren era un subalterno, aunque la mayor parte del tiempo dejaba mucho que desear. Acostumbraba a responder de forma brusca y algunos opinaban que no trataba con demasiado respeto a Ricardo. Pero no era así. Loren era totalmente digno de confianza. Un bruto y un poco maleducado en ocasiones, pero absolutamente leal.
-No me digas que tú también tienes una mujer a la que visitar -Loren lo miró de mala manera y Ricardo quiso fastidiarle un poco-. ¿Un hombre quizá?
-En realidad es una niña -A Ricardo le sorprendió esa afirmación porque Loren nunca, jamás, hablaba sobre su vida privada. Ese día debía sentirse muy generoso-. Mi sobrina. Nació el viernes y quiero conocerla.
-No sabía que tuvieras una sobrina. Enhorabuena, supongo.
-Son cuatro en realidad -Ricardo entornó los ojos y Loren siguió hablando-. Sobrinos. Tengo cuatro sobrinos.
-Vaya. ¿Y por qué no me lo habías dicho antes?
-Pues porque no es de tu incumbencia, Ricardo -Aunque Loren habló con suavidad, se le notaba convencido de sus palabras. Si le había hablado de sus sobrinos era porque así lo había querido, pero Ricardo sabía que no merecía la pena hacer preguntas que se quedarían sin respuesta. Si Loren deseaba contarle cosas, lo haría y ya está.
-Puedes irte cuando quieras. Te aseguro que sobreviviré una tarde sin tu compañía.
-¿Eso crees? ¿Incluso cuando el señor Kwon está empezando a enfadarse contigo?
Ricardo recordó a aquel hombre y sintió cierta incomodidad que le hizo removerse en su asiento. El señor Kwon insistía en que quería comprarle "Los Girasoles" y se negaba a entender que por el momento no estaban a la venta. Ricardo aún no había decidido si se quedaría con el cuadro o no, así que quería tenerlo a buen recaudo hasta que supiera lo que iba a hacer.
-El señor Kwon es un hombre obstinado con el que puedo lidiar perfectamente. Vete tranquilo.
Loren tardó un instante en encogerse de hombros. Después, se aseguró de tener la varita bien guardada y se despidió de Ricardo con algo de brusquedad. No pidió permiso antes de desaparecerse en mitad del despacho. En cuanto se esfumó, Ricardo pensó que el hombre tenía razón cuando afirmaba que estaba despistado y decidió solucionar sus problemas cuanto antes.
Aunque supuestamente los domingos eran para descansar, Clara llevaba todo el día encerrada en la tienda de calderos. Le gustaba su trabajo, por eso se había quedado con el negocio, pero odiaba hacer números. Le resultaba tedioso y agobiante y, aunque le hubiera encantado realizar esa labor sólo una vez al mes, desde el principio decidió que ajustaría las cuentas todas las semanas. Unas cuentas que, para no variar, no cuadraban demasiado bien.
El problema no era que las ventas hubieran disminuido después del traspaso, sino el préstamo que Clara había pedido para poder comprar la tienda. Con el dinero que obtenía ganaba para cubrir gastos holgadamente y pagarle al banco, pero apenas le quedaba dinero para vivir. Tenía unos ahorros intocables que la estaban ayudando a mantenerse, pero no sabía cuánto tiempo podría soportar la situación. En los momentos de más desesperación, Clara se arrepentía de la compra de la tienda, pero casi siempre estaba pensando en cómo solucionarlo todo. Obviamente necesitaba vender más calderos o encontrar un proveedor más barato, pero ambas cosas se presentaban complicadas porque sus clientes potenciales eran limitados y porque no le gustaba la idea de bajar la calidad de sus productos. ¿Qué hacer entonces?
Clara se llevó las manos a la cabeza y se masajeó las sienes. Empezaba a darle jaqueca. Faltaba poco más de una hora para que se hiciera de noche y la joven bruja podía escuchar el jaleo procedente del barrio mágico. Quizá pasar un rato al aire libre no le vendría nada mal, olvidarse por un rato de las cuentas de la tienda y dedicar el resto del día a descansar de verdad. Seguramente su mente se vería asaltada por otra serie de preocupaciones, pero al menos no tendrían nada que ver con temas económicos. Así pues, Clara guardó los libros de cuentas y cogió su bolso por si más tarde decía tomarse una cerveza a la Abadía 51. Podría haberse puesto en contacto con Marga o con cualquier otra de sus amigas, pero en realidad le apetecía estar sola.
Tal y como se había imaginado, un gran bullicio reinaba en el barrio mágico. Clara se sintió reconfortada en cuanto el aire puro inundó sus pulmones y la magia acarició ligeramente su piel. Sí. Adoraba esa sensación y podía perfectamente perderse en ella durante largos minutos. Avanzó con calma entre la gente, observando a todo el mundo y sintiendo un poco de envida porque la mayoría de ellos se veían muy relajados, libres de preocupaciones.
-Hola, Clara.
La voz la sobresaltó. No había esperando encontrarse a Ricardo y no sabía si se alegraba o no. Durante aquella última semana había pensado en él en bastantes ocasiones y no había sido capaz de saber cómo se sentía respecto a lo que había pasado entre ellos el domingo anterior. Se sentía un poco avergonzada por haber actuado tan impulsivamente y se había repetido hasta la extenuación que no volvería a hacer nada parecido, pero no se arrepentía. Ricardo era un amante más que decente y se lo habían pasado en grande. Quizá sacar los pies del tiesto de vez en cuando no fuera tan malo.
-¡Ricardo! -Clara quiso preguntarle qué hacía allí, pero Ricardo habló un tanto atropelladamente.
-¿Tenías que ir a algún sitio? Me gustaría hablar contigo.
Clara entornó los ojos. Cuando Ricardo se había ido de su casa después de hacer el amor, Clara había pensado que no volvería a verle nunca más. Parecía la clase de hombre que tenía una amante en cada puerto y Clara no esperaba que se pusiera en contacto con ella y esas palabras la sorprendieron muchísimo.
-Iba a dar un paseo. ¿Pasa algo?
-No -Ricardo parecía un poco nervioso, como si no supiera por dónde empezar-. ¿Paseamos juntos?
Tras decir eso, echó a andar. Clara caminó a su lado, preguntándose qué querría exactamente. Aunque Ricardo parecía ser bastante capaz de llevarse a cualquier mujer a la cama, no se le veía demasiado ducho en cómo manejar las relaciones después de esa primera vez. Finalmente optó por ser honesto.
-El domingo pasado sólo estaba interesado en acostarme contigo -Soltó de sopetón, consiguiendo que Clara se sintiera rara-. La verdad es que no pensaba que fuera a gustarme tanto estar contigo.
-¿Me estás diciendo que quieres repetir? -Preguntó Clara con los ojos entornados.
-No -Ricardo habló con contundencia y rectificó inmediatamente-. Bueno, no le haría ascos a una segunda vez, pero no me refiero a eso. Me gustaría que nos conociéramos un poco mejor.
Ricardo no era la clase de hombre que se andaba por las ramas, eso estaba claro. Clara detuvo sus pasos y reflexionó sobre lo que le estaba pidiendo. ¿Quería ella conocer mejor a Ricardo? Ni siquiera conocía su apellido, pero seguía pareciéndole alguien interesante, la clase de hombre que guardaba un montón de sorpresas en su interior. Clara no sabía a dónde podría llevarles estrechar su prácticamente inexistente relación, y en realidad no estaba para perder el tiempo con los asuntos personales, pero cuando miró a Ricardo a los ojos supo que tampoco quería renunciar a él.
-Te invito a una cerveza y hablamos. ¿Vale?
Ricardo sonrió y asintió rápidamente. Tres horas después, ya iban por la quinta cerveza, habían pedido unos pinchitos para cenar y se reían a carcajadas. Habían estado hablando sobre un montón de cosas y, aunque por el momento no habían entrado al terreno personal, Clara supo que cuando lo hicieran la cosa sólo mejoraría. Salir con Ricardo Vallejo, porque al fin se habían dicho sus nombres completos, iba a ser una experiencia muy interesante.
