Capítulo 1
Finales y comienzos
Empezó a llover a la una de la madrugada y a tronar a las dos, pero todos estaban demasiado borrachos para apreciarlo. Nadie fue consciente de la tormenta hasta las tres, cuando un rayo derribó uno de los tendidos de alta tensión del centro de Miyagi, dejando la mitad de la prefectura sumida en la oscuridad.
En ese momento, mientras las farolas se apagaban al unísono y los bares de la zona escupían los últimos clientes, Hinata y Kageyama huían de la fiesta de graduación, corriendo desde el salón de actos donde todos bailaban y bebían, en dirección al gimnasio, con la lluvia empapando sus uniformes y encharcándoles las zapatillas.
—¡Date prisa, Bakayama! —gritó Hinata, clavándole un codo en las costillas. Kageyama bufó, dándole un rodillazo suave en el muslo mientras intentaba encontrar la llave en el manojo que le habían arrebatado a un Yamaguchi muy perjudicado por el vodka con lima—. Prueba con la roja.
—¿Por qué?
—Siempre es la roja en las pelis.
Kageyama sacudió el pelo, frunciendo el ceño. El agua de la lluvia le escurría tras las orejas y sobre la nariz, goteándole hasta los labios. Se pasó la lengua por ellos, concentrado. Hinata le dio otro codazo, fijándose en cómo seleccionaba la llave azul, ignorando sus recomendaciones. La giró en la cerradura y empujó la puerta con fuerza, abriéndola a la primera. Luego se giró hacia él con una sonrisa perversa.
—Y con esta llevo ciento treinta victorias —dijo, mostrándole los dientes. Hinata le empujó dentro del gimnasio, sacudiéndose como un perro mojado. No se veía nada y la luz parecía dispuesta a no volver jamás. Odiaba la oscuridad, el elemento natural de los fantasmas y las cosas que trepan por las paredes y las niñas que salen de los pozos, pero las palmas de las manos le ardían de ganas. Necesitaba golpear una pelota, y lo necesitaba ya.
—¡No flipes! Esto no cuenta.
—Por supuesto que cuenta.
Hinata resopló, dirigiéndose hacia el cuarto del club. Palpó la pared con la esperanza de activar la luz de emergencia antes de que un tentáculo siniestro le agarrase el brazo, pero no sucedió nada. Sacó el móvil del bolsillo y comprobó que estaba sin batería. Se apoyó en el marco, girándose hacia la oscuridad, donde intuía a lo lejos la silueta de Kageyama desplegando la red de vóley.
—¿Puedes venir? Necesito la linterna de tu móvil—. Kageyama se aproximó, manipulando el teléfono hasta que una luz blanca golpeó a Hinata en las retinas—. ¡Bakayama, que me puedes dejar ciego!
Kageyama bajó la linterna, apuntando hacia el cuarto del club. El póster de las chicas en bikini había sido sustituido por una foto de los primeros nacionales del Karasuno, tomada en la pensión tras el partido contra el Kamomedai. Hinata era el único que llevaba mascarilla y en su mirada podía leerse el cansancio y la marca de las lágrimas, pero aún así era su foto preferida. Incluso se planteó la posibilidad de colarse en el cuarto del club y robarla, pero esa misma tarde, tras el acto de graduación, Yachi se había acercado con una sonrisa y le había entregado una copia. "Para que te la lleves a Brasil", añadió.
Después le entregó otra, tomada la semana anterior, en la que sólo aparecían ella, Yamaguchi, Tsukishima, Kageyama y Hinata. Los últimos de ese Karasuno que se cosió unas alas nuevas y demostró al mundo la fuerza oculta de los cuervos negros. Hinata le hizo una foto con el móvil y la puso de fondo de pantalla. "Kageyama-kun tiene cara de haberse comido un ajo crudo", había dicho entre risas, pasando los dedos por la pantalla, deteniéndose en la graciosa forma de sus ojos intentando posar para la cámara. Yachi sonrió a su lado. "Sabes, yo creo que es su cara de felicidad", murmuró. Hinata se fijó bien. Era la misma que ponía cuando salía a la pista después de un rato en el banquillo, la misma de aquella vez que quedaron todos para ver el mundial de vóley y Japón ganó en los cuartos de final en un partido imposible. Su cara feliz. Yachi tenía razón, y en ese momento le pareció que esa era su versión favorita de Kageyama, una que quizás no viese en mucho tiempo.
Arrastraron la cesta de balones hasta el gimnasio, mientras la lluvia golpeaba con rabia las paredes exteriores, el tejado y las estructuras metálicas, haciendo que pareciese el fin del mundo.
—Si vas a contar lo de la llave, entonces cuenta que me eligieron para dar el discurso de hoy —dijo Hinata, mirándole en la oscuridad. En verdad había sido más una maldición que otra cosa, tener que hablar delante de tanta gente y parecer divertido y confiado, pero lo importante ahí era ganar puntos. Kageyama había dejado de empujar la cesta y estaba otra vez anudando la parte derecha de la red. Sin decir nada, Hinata se fue a la izquierda, como hacían cada tarde desde hacía tres años—. Tuve un montón de votos, sabes.
—Estuviste dos horas en el baño antes de salir a dar el discurso —dijo Kageyama, y pese a la oscuridad podía imaginar su sonrisa maligna. Hinata soltó aire con fuerza, sonrojándose.
—¡Fueron veinte minutos, y eso no importa! ¡Lo que cuenta es una victoria!
—No estábamos compitiendo. Yo no me presenté a eso.
Terminaron de colocar la red, Kageyama se quitó la chaqueta del uniforme y la dejó en una esquina, quedándose con la camisa blanca, mojada por la lluvia; se dobló las mangas por el codo y cogió un balón del cesto, botándolo tres veces.
—Nadie te habría votado. Eres Bordeyama. ¿Pases o saques? —. Kageyama ignoró su pregunta. Se acercó a él con paso rápido y, cuando estuvo en frente, metió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó el puño cerrado. Lo abrió ante él y Hinata parpadeó, intentando distinguir algo en la oscuridad. Eran unas cosas pequeñas, redondas—. ¿Qué es eso? ¿Canicas?
Sin previo aviso, Kageyama hundió los dedos en su pelo y empujó su cabeza hacia abajo, acercándole a la altura de su mano. La cabeza le hormigueó ante el contacto, yemas húmedas por la lluvia y agarre fuerte, sin dudas, como cuando sujetaba una pelota de vóley. Hinata se esforzó por fijarse en lo que le mostraba. Eran esos bombones redondos con envoltorio dorado que se habían puesto de moda el último año. Se suponía que las chicas le regalaban uno de esos al chico que les gustaba, y solía hacerse en la fiesta de graduación. Había siete.
Siete bombones, siete chicas.
—¿Entonces, si cuenta tu discurso, cuántos puntos me dan estas cosas?
—Kageyama, ¡esto no da puntos! Es como feo, sabes, competir con los sentimientos de las personas. Alguien ha tenido que pasarlo mal y echarle mucho valor para darte una de estas.
Kageyama le soltó y miró su propia mano, confundido. La luz que se colaba por las ventanas del gimnasio era bastante como para ver su ceño ligeramente fruncido, sus ojos concentrados, sus labios apretados. Su expresión intentando forzar a su cerebro a comprender una interacción social era algo así como fascinante. Hinata esbozó una sonrisa. De verdad echaría de menos a ese pedazo de idiota.
—¿Y qué hago? ¿Me los como?
Él tampoco era un gran experto en esos asuntos. Lo poco que sabía era por Natsu. A fin de cuentas, nadie le había dado uno de esos bombones amorosos.
—Abre uno, a ver —Hinata se acercó más, con curiosidad. Kageyama deshizo el papel dorado y sostuvo la bolita de chocolate negro, mirándola como si fuese un asteroide caído del cielo—. A lo mejor son como las grajeas de Harry Potter, ¿sabes? Igual hay alguna bolita que sabe a vómito—. Kageyama puso cara de pánico, tendiéndole el bombón con aprensión y Hinata soltó una carcajada, huyendo—. ¡No, era broma, Bakayama! Vamos, cómetelo, te lo dieron para ti. Es como tu deber, ¿no? Devolver un poco de lo que alguien te da.
Kageyama le miró un segundo, como si fuese a decir algo, y después se metió la bola de chocolate en la boca; la masticó despacio, muy serio. Hinata soltó una risa suave, mirándole y memorizando las arrugas en sus ojos cuando no entendía bien una situación pero buscaba esforzarse, su forma de intentar adaptarse, todo lo que había cambiado desde que se conocieron. Quiso estirar los dedos y tocar su nariz, siempre un poco arrugada cuando comía, como en los cientos de almuerzos que compartieron uno frente al otro, casi siempre discutiendo, absolutamente siempre hablando de vóley. Un relámpago iluminó el gimnasio y Hinata tuvo que morderse la lengua para no hacer nada de lo que pudiese arrepentirse.
—Sabe a chocolate —anunció Kageyama, lamiéndose el labio inferior con cuidado—. ¿No te dieron ninguno?
—No —contestó, cogiendo la pelota del suelo y lanzándola sobre su cabeza. Ya era bastante humillante que nadie se hubiese fijado en él como para que ese tonto se lo recordase—. ¿Qué, empezamos ya? He bebido tanto ponche de ese que en cualquier momento me desmayaré.
Kageyama estiró la mano con las seis bolitas que quedaban.
—¿Quieres una? —preguntó, serio—. Aunque sólo me darán puntos a mí en nuestra competición.
—¡Que no cuentan! —exclamó Hinata, huyendo de su mano—. Venga, ponte al otro lado. Voy a recibir todo lo que me lances y después te voy a mandar un cañonazo en la oscuridad que no vas a saber ni por dónde te viene.
Kageyama guardó las bolitas en el bolsillo y le ofreció su sonrisa más siniestra.
—Bien. Muéstrame lo que has aprendido en tres años.
La lluvia contra las paredes del gimnasio. El eco lejano de la música en el salón de actos. El sonido de la bola al chocar en el suelo. Los rayos, cada vez más espaciados, iluminando sin aviso el lugar donde habían pasado las mejores horas de su adolescencia. Entre ellos, la red. No había palabras, sólo saques y recepciones, saques y recepciones y su cuerpo, cada vez más cansado, esperando por más, colocándose para el siguiente, no te canses todavía, pensaba, mirándole a los ojos, pese a la oscuridad. Es pronto para despedirnos, no pares, sigue, por favor, sigue lanzándome la pelota.
Hinata no sabía si lo que le pegaba la camisa blanca al cuerpo era el sudor o los restos de lluvia. No sabía si seguía borracho o eran las endorfinas lo que disparaba su corazón hasta un nivel de pulsaciones superior al de cualquier partido. Se apartó el cabello húmedo de la frente, córtate el pelo, había dicho Kageyama esa misma mañana. Nunca antes lo llevó tan largo. Le habría gustado poder parar el tiempo, tal vez en el momento en que su mejor rival giraba la pelota entre sus dedos antes de lanzarla sobre su cabeza. Tal vez en el instante en que sus brazos tocaron, recibieron, levantaron, o en el sonido entre la irritación, la sorpresa y la satisfacción que vino del otro lado de la red.
—Coloca para mí —le dijo, y un trueno partió en dos la frase mientras intentaba recuperar la respiración. Kageyama botó la pelota y extendió la mano, señalando a su lado.
—Ven —contestó, simple y directo. Y fue, porque la noche no había terminado y la sangre le hervía por saltar más alto, por golpear con todas sus fuerzas una de esas colocaciones perfectas que ya no volverían a ser para él.
Estaba amaneciendo cuando emprendieron el camino a casa de Kageyama. Hinata esa noche se quedaba allí, no habría sido buena idea subir una montaña pedaleando de madrugada. Había dejado la bicicleta en su garaje, junto al coche monovolumen de sus padres, que ahora no estaban. Ambos solían tener turnos de trabajo de noche.
No se despidieron de nadie, ni volvieron a la fiesta. Ni siquiera sabían si sus compañeros seguían allí cuando decidieron, en un consenso mudo, que era hora de irse. Kageyama cerró la puerta con la misma facilidad con la que la abrió, y ninguno de los dos dijo nada en voz alta. Ya no diluviaba, pero sí caía una lluvia fina, fría, de la que sin darte cuenta te va calando hasta los huesos. Hinata se preguntó si él también tendría esa sensación apretada en el pecho, como si le hubiesen dado un pellizco en el corazón. Dejó que sus ojos se fijasen por última vez en la pancarta oscura, volad, antes de girarse y empezar a caminar.
¿Tú también lo sientes?
Kageyama-kun, ¿sientes como yo el peso de la despedida?
Entraron en silencio, se descalzaron y caminaron hacia el dormitorio.
—¿Quieres comer algo? —preguntó Kageyama en voz baja, señalando la puerta abierta de la cocina, donde tantas veces habían comido pizza discutiendo si Nishida-san tenía un saque mejor que Takahashi-san. Hinata negó con la cabeza. Sentía la ropa empapada contra la piel y el peso del cansancio sobre los hombros.
—Si pruebo medio bocado vomitaré todo el ponche. Dios, en serio, sólo pensar en su sabor me dan arcadas, ¿cómo pudiste beberte quince vasos?
—Porque tú te bebiste catorce —contestó Kageyama, adelantándose por el pasillo y entrando primero en su habitación. Sacó el futón de invitados y lo desenrolló junto a su cama—. Como vomites en mi cuarto te juro que te lo comes.
—Gracias por tu comprensión —murmuró Hinata, enfurruñado, quitándose la chaqueta del uniforme empapada y dejándola sobre la silla del escritorio. Sacó unos pantalones y una camiseta de la mochila que había traído y los dejó en la mesa mientras se desabrochaba la camisa—. Oi.
Kageyama estaba quitándose los calcetines empapados y metiéndolos en el cubo de la ropa sucia.
—¿Vas a vomitar?
—¡No! —exclamó, sonrojándose. Se desabrochó el último botón de la camisa y se detuvo a mirarle, con el ponche amenazando con implosionar en su interior. Es el ponche. La culpa de eso que siento en las tripas es del maldito ponche—. ¿Cuándo te vas a Tokio?
—Mañana voy con mis padres a conocer el CAR, el Centro de Alto Rendimiento —contestó, quitándose la chaqueta del uniforme y secándose el pelo con una toalla. Después se la lanzó a Hinata—. Supongo que me mudaré la semana que viene.
—Vaya. Eso sí que es rápido.
—Sí.
Ambos se quitaron la camisa al mismo tiempo. Hinata le estaba mirando, esperando alguna cosa más, alguna explicación, detalles concretos, lo que fuese. Ninguno de los dos se había enterado de los planes de futuro del otro de forma directa. Yachi, en ambos casos, había sido la mediadora.
—¿No me vas a preguntar por Brasil? —preguntó al final, un poco molesto. La indiferencia de Kageyama parecía inversamente proporcional a su interés. Se moría por preguntar todo, cómo era ese Centro, dónde viviría, si conocía a los demás chicos, si estaba nervioso, si era consciente de que le pagarían por jugar al vóley, de que estaría en esa cima con la que él sólo podía soñar. Sin embargo, las preguntas morían en su boca, porque la curiosidad le hacía parecer débil y porque él ni siquiera le había preguntado por los entrenamientos de vóley playa con los que ya había empezado hacía unas semanas.
—¿Cuándo te vas?
Kageyama se estaba poniendo una camiseta de pijama. Hinata suspiró. Como la puerta del gimnasio, todas las demás iban cerrándose, alejándole de su infancia y lanzándole al mundo, un precipicio complicado con pocos lugares a los que agarrarse. En algún momento creyó que podría entregarle a Kageyama el extremo de una cuerda y prometerle que si tropezaba en un saliente, él sostendría del otro lado. Ahora le parecía un sueño tonto, algo completamente unilateral, como esos bombones dorados que estarían derretidos y aplastados, olvidados en el fondo del bolsillo de su pantalón del uniforme.
—Todavía estaré aquí unos meses. Tal vez un año —contestó. No era algo que estuviese totalmente decidido, tenía muchos cabos por atar. Se pusieron los pantalones y, casi al mismo tiempo, se metieron en sus respectivas camas. Hinata se tumbó boca arriba, clavando los ojos en el techo. No era la primera vez que dormía allí, pero estaba seguro de que sería la última, y eso le causaba la misma opresión en el pecho que la puerta cerrada del gimnasio—. A lo mejor puedo ir a visitarte alguna vez a Tokio. Si quieres, bueno.
¿Qué estás diciendo, idiota?
Kageyama tardó tanto en responder que creyó que se había quedado dormido.
—No debes distraerte —dijo, en voz tan baja que apenas le oyó. El pecho de Hinata se encogió otra vez, la pequeña luz que llevaba tres años encendida parecía parpadear en sus últimos estertores—. Céntrate en hacerte bueno.
—Ya estoy centrado —protestó, deseando lanzarle una almohada. Llevaba meses doblando los entrenamientos para poder mejorar en la arena, con el objetivo de tener un nivel de base anter de irse a Brasil, cuando ni siquiera sabía si eso al final sería posible. Washijō-san siempre fue sincero con él, recordándole que nadie le aseguraba que esa puerta estuviese abierta, y que en caso de que lo estuviese, sería por un tiempo muy limitado, dos años a lo sumo.
—Céntrate más.
Hinata se tapó la cara con el brazo, respirando despacio. El ponche no le dejaba pensar con claridad, y estaba empezando a sufrir el efecto helicóptero. La prioridad era no vomitar en el futón de Kageyama. En un segundo nivel estaba intentar poner en orden sus sentimientos, la forma en que la despedida flotaba en el aire entre ambos, haciendo compañía a la pregunta permanente en la punta de su lengua, o peor, en la yema de los dedos, siempre demasiado lejos, siempre demasiado fríos.
Contar ovejas no serviría de nada. No se oía nada en el dormitorio, sólo el sonido de la lluvia, otra vez fuerte, chocando contra los cristales. Había dormido cerca de Kageyama las suficientes veces como para saber que no roncaba, que no se movía en sueños, que se despertaba en la misma posición en que se acostaba, si acaso con un mechón disparado en la coronilla o con el flequillo algo despeinado. Ahora lo llevaba corto, igualado, y era interesante la forma en que sus ojos parecían más grandes, más azules, sobre todo los días claros. Recordó aquella poesía que una chica leyó en clase de Literatura unas semanas atrás, hay un mar cuando te miro y no sé si podré quedarme sin ahogarme, no sé si sabré nadar entre las olas, pero si me lo pides, si tú me lo pides, entonces yo...
Hinata apretó los párpados hasta que la oscuridad se volvió blanca.
Que te duermas.
Su cerebro no tenía intención de obedecerle.
—Kageyama-kun, ¿sigues despierto?
—Mmm.
—Me preguntaba... Las chicas que te dieron sus bombones, ¿no te pidieron tu daini batan?
La tradición era antigua, una cosa de otros tiempos, pero seguía practicándose. El día de la graduación las chicas podían pedirle al chico que les gustaba el segundo botón de su chaquetilla del uniforme. Él lo entregaría como forma de responder sin palabras sí, me gustas, o tal vez por considerar que la chica en cuestión era alguien especial. En cualquier caso, se había fijado durante la fiesta que muchos de sus compañeros no tenían ya ese segundo botón.
—Sí —la voz de Kageyama llegó amortiguada. Hinata se volvió hacia él en la oscuridad. Estaba boca abajo, con la cara girada hacia la pared. Reparó en el cabello corto de su nuca, todavía húmedo tras la mojadura.
—¿Y a quién se lo diste?
Hinata conocía al menos a cuatro chicas de su clase que se habían confesado a Kageyama ese año. Las había visto durante los descansos de clase, por la ventana, y también había visto a Kageyama hacer una reverencia demasiado pronunciada y disculparse por rechazarlas. Él nunca se lo había contado, pero no fue necesario.
—A nadie. ¿Vas a dormirte ya?—. Hinata frunció el ceño, moviéndose hasta la esquina del futón. Estiró la mano y le pinchó con el índice entre los omóplatos, haciéndole huir hacia la pared, sobresaltado. Entonces se giró. Tenía el flequillo hecho un desastre—. ¿Qué te pasa? Hinata idiota, me levanto en dos horas, mis padres quieren salir pronto hacia Tokio. Pasan por la puerta de casa muy temprano, tú puedes quedarte durmiendo pero yo tengo que irme.
—¿No te gustaba ninguna de esas siete chicas? —preguntó, ignorando sus comentarios.
—No. No me interesan esas cosas.
—¿Las chicas?
—Lo que no es vóley.
—Ah, Kageyama. Pero, no sé, ¿no pensaste al menos en darle tu daini batan a alguien especial? Tampoco es como si tuvieses que casarte. Es, ya sabes, algo bonito si te gusta alguien como forma de decirle me gustas un montón o incluso, ya sabes, ¿quieres salir conmigo? o algo de eso.
—Eso son distracciones. ¿No decías que querías vencerme?
Hinata sintió el fuego prenderse en su estómago, haciendo arder todo desde lo más profundo hasta la capa superficial de su piel, y eso definitivamente no era el maldito ponche.
—Pues claro. Te derrotaré, aunque me lleve diez años.
—Te llevará menos si no te distraes con tonterías —declaró, mirándole a los ojos.
—Ya —dijo Hinata, que de pronto había encontrado la inspiración. No era tan difícil. Las palabras salían solas—. No creo que sea tan incompatible, quiero decir, los jugadores de vóley profesional están casados y tienen novias y cosas... ¡Mira Ishikawa-san! Lleva un anillo siempre... Eso es que tiene alguien, seguro que él sí entregó su segundo botón cuando tuvo la oportunidad.
—Los jugadores de vóley profesional no son tan malos como tú. Ishikawa-san es tan bueno que puede hacer lo que quiera.
Hinata arrugó la nariz, confuso ante ese razonamiento.
—Pues yo quiero darle mi botón a alguien, sabes.
—Hinata, duérmete.
—A ver, escúchame —insistió, sentándose en el futón. Se pasó la mano por el pelo, intentando peinarlo con escaso éxito—. Hipotéticamente, si conocieses a alguien, quiero decir, a una persona que fuese como súper genial... que estuviese... ah, me refiero a alguien con quien quisieses, no sé, hacer... O estar... Ir... Bueno, si apareciese alguien que te hiciese doki doki, ¿no estaría bien, no sé, que tuviese algo de ti para saber cómo te sientes?
Se miraron durante unos segundos, en silencio. Hinata se mordió el labio y, levantándose de un salto, corrió hacia la silla, donde seguía su chaqueta del uniforme, empapada. Con los dedos más torpes que de costumbre, intentó descoser el segundo botón.
—Hinata, vuelve a la cama.
—¡Que te esperes un momento!—. Kageyama se tapó la cabeza con la sábana, bufando. Hinata arrancó el botón de cuajo y lo guardó en el puño, con el corazón latiéndole fuertemente en el pecho. Era el ponche. El ponche estaba maldito. El ponche iba a provocar una catástrofe legendaria, pero esta era una despedida, estaba en el aire, y Hinata casi podía tocarla con los dedos. Volvió al futón y se sentó con las piernas cruzadas y el puño apretado—. Es que, verás, yo quería decirte algo, es algo que tengo en la cabeza desde hace un tiempo y no estoy seguro de que...
—No.
—¿Eh?
—Que no me lo digas. No quiero que me digas nada —le cortó, girándose en la cama, otra vez hacia la pared. Hinata sintió que el corazón se le helaba en el pecho—. Duérmete.
—Pero yo quiero, es decir, necesito...
—Lo que necesitas es entrenar y entrenar y entrenar —susurró, otra vez con la voz amortiguada por la almohada. Hinata estaba inmóvil, con los ojos doloridos por la falta de parpadeo y el botón clavándosele en la palma de la mano por la fuerza con la que apretaba el puño. Todos los músculos de su cuerpo parecían preparados para huir.
—Pero...
—No quiero oírlo —dijo Kageyama, un murmullo mínimo—. Duérmete.
Hinata se levantó y fue al baño, sin decir nada. Allí se lavó la cara, se sentó en la taza, intentó serenarse. El botón dorado le observaba desde la superficie de mármol, como si le gritase Hinata idiota. Porque eso es lo que era. Un idiota que había bebido demasiado ponche y que había sido tan obvio que hasta el lento de Kageyama se había dado cuenta.
O a lo mejor no. A lo mejor simplemente estaba cansado y quería dormir y que dejase de contarle mi vida.
Kageyama era un borde, esa era una realidad incontestable. Seguro que eso es lo que pasaba. ¿Qué iba a ser si no? ¿Kageyama adivinando lo que estaba a punto de hacer, su inminente salto al vacío? ¿Le había insinuado que no había agua en la piscina, para evitar que se partiese los dientes contra el fondo? Muy amable por tu parte, Bakayama, pensó, mirándose en el espejo con el ceño fruncido. Tenía el pelo hecho una maraña terrible y purpurina de colores en una ceja, seguramente de alguien con quien bailó en la fiesta. Lo demás era como siempre. Sólo un chico de dieciocho años con aspecto de tener catorce, más pecas de las que nadie podría desear jamás y un nido naranja como cabello. Su madre solía decirle que una cigüeña podría crear allí su hogar, y no le faltaba razón.
Abrió los estantes del baño y exploró un poco, con la esperanza de que cuando volviese, el insensible-idiota-rompecorazones de Kageyama se hubiese quedado dormido. Había jabones, cremas. Seguro que la mayoría eran de su madre. Y en una esquina, junto a un cepillo de dientes que sabía que era de Kageyama, estaba un tarro pequeño de colonia. Lo abrió y olió. La sensación se empujó desde su nariz hasta su nuca, recorriendo cada célula. Era como si Kageyama estuviese metido en ese pequeño frasco. No sabía que se ponía colonia, era un descubrimiento del que podría sacar mucho jugo para reírse de él al día siguiente... Sólo que no había día siguiente. No lo había, porque Kageyama se iba a Tokio y se separarían para siempre, como en las tragedias griegas, sólo que peor, porque ese tío era tan idiota que ni sabía mandar emojis por Line.
Todo estaba mal, y Hinata, con el ponche tomando las decisiones más importantes de su vida, cogió el bote de colonia, lo metió en el bolsillo de su pantalón de pijama, volvió al dormitorio y se acostó en el futón. Si Kageyama estaba despierto, no dijo nada. Mejor. No estaba preparado para más miseria sentimental.
Repitió la alineación de la Selección nacional seis veces, en voz baja, un susurro contra la almohada, y finalmente se durmió.
Cuando abrió los ojos al día siguiente, ya brillaba el sol. Alguien había subido la persiana, y la lluvia del día anterior parecía un sueño lejano. Se sentó entre las sábanas revuelas, se frotó los ojos, se aplastó el pelo con las manos, sintiéndolo más rizado que nunca, y miró hacia su lado. Kageyama no estaba, y su futón había quedado deshecho. En la habitación todo se mantenía como la noche anterior. La ropa de Hinata seguía sobre el escritorio, la chaquetilla tirada de cualquier manera en el suelo, con el segundo botón arrancado. Lamentable, Shouyou. Muy lamentable. Miró el reloj de su muñeca. Se había mojado tanto con la lluvia del día anterior que tenía una burbuja en la pantalla. Otro recuerdo fabuloso de una noche de mierda.
Y eran las diez de la mañana.
Mierda.
Se ha ido.
Kageyama se ha ido a Tokio y ni siquiera me ha despertado para despedirse.
Suspiró, llevándose una mano a la cara. La noche era confusa, pero recordaba lo más importante; haber bebido ponche hasta que tenía más alcohol que sangre en las venas; haber acompañado a Yamaguchi a vomitar a los baños; haber escapado de la fiesta con Kageyama, y haber jugado al vóley hasta que le temblaron los brazos.
Recordaba haber caminado con él bajo la lluvia, haberse reído juntos por enésima vez al acordarse del chico de primero que creyó que en el vóley la pelota tiene que pasar por debajo de la red y no por encima. La risa de Kageyama era como el cometa Halley, si uno no está atento, si se distrae un segundo, se la pierde y puede no volver a verla en milenios. Hinata casi podía oírla, pero sabía que, como otros recuerdos -como la voz severa de su padre, como el olor de su espuma de afeitar-, acabaría desapareciendo con el tiempo y la distancia. Se aferró al bote de colonia que seguía en su bolsillo, y lo metió en su mochila. Después se cambió de ropa, con un pellizco molesto en el corazón guardó el botón de su chaqueta en el bolsillo y se puso las zapatillas de deporte.
En la cocina había un tetrabrick de leche y un plátano, con una nota escrita en la horrenda caligrafía de Kageyama.
"Hazte fuerte"
Hinata murmuró unos cuantos insultos mientras se bebía la leche y se comía la fruta. No es que se fuese a la guerra o algo parecido, en verdad podrían verse en cualquier momento hasta que se fuese a Brasil, si no fuese porque Kageyama le dejó claro la noche anterior que no quería que fuese a visitarle. Hasta ahí había llegado su relación... ¿Relación? Esa era una palabra demasiado fuerte. Agitó la cabeza, masticando el plátano. Socios. Su asociación sin ánimo de lucro y con finalidad puramente deportiva.
Excepto por el detalle de que tenía un bote de colonia con olor a Kageyama en su mochila, y eso definitivamente no tenía nada que ver con el vóley, y por desgracia tampoco con el ponche.
Idiota. Es que eres idiota.
Cuando caminaba hacia la bicicleta, con el peso de la resaca y del rechazo en el estómago, notó algo duro en su zapatilla derecha. Frunció el ceño, molesto. Movió el pie, intentando aliviarlo. Nada. Se detuvo y, a la pata coja, se sacó la zapatilla y la sacudió.
Entonces vio el botón dorado, cayendo sobre la hierba del jardín con la lenta certeza con que nacen las promesas.
Su botón.
Es su botón, en mi zapatilla.
Estuvo media hora delante de la puerta de la casa de los Kageyama, con el corazón en la garganta, la respiración rápida y superficial, el sudor en la nuca. ¿Y si fue un accidente? ¿Y si cayó ahí por casualidad? ¿Y si...?
Por mucho que le daba vueltas, no había manera de que eso fuese un error.
Hinata lo acarició y después lo apretó en el puño, llevando la mano cerrada hasta los labios y posándola allí. Hacía frío, pero tenía calor. Habría podido pedalear hasta Tokio con un remolque lleno de ilusiones, kilos y kilos de pensamientos inconexos que ni siquiera era capaz de entender bien, pero que en todo caso pasaban por ver a Kageyama, oír su voz, rematar una de sus colocaciones.
Hazte fuerte.
Cogió aire, se subió a su bicicleta y pedaleó hacia delante, hacia el camino que empezaba a abrirse ante él, sin detenerse ni una sola vez a mirar atrás.
Voy a hacerme fuerte.
Voy a ser el último en pie sobre la pista.
Un sábado de finales de marzo, cuando la luz ya había vuelto a Miyagi y los estudiantes elegían cómo continuar sus vidas después de graduarse, un chico con cabello de fuego volaba por las carreteras empinadas con una mochila cargada de sueños.
Hinata se fue a Brasil diez meses después, y en ese tiempo vio a Kageyama tres veces, dos por casualidad, una -la última- en la cena que los ex Karasuno organizaron para despedir el año. El entrenador personalmente le fue a buscar al restaurante donde cenaban, en uno de esos coches caros con los cristales tintados, para llevarle de vuelta a Tokio y que no se perdiese el entrenamiento del día siguiente. Kageyama tuvo que irse mientras comían los postres, pero antes de irse dejó algo sobre la mesa, junto a la mano derecha de Hinata.
—¿Ya te vas? —había preguntado él, sirviéndose otro trozo de pastel de chocolate. Hacía calor en el restaurante, y el cabello húmedo se le apelmazaba en la nuca—. Tanaka-san va a llevarnos a un karaoke, y creo que al club ese que está de moda, pero no sé si me dejarán entrar en zapatillas. ¿Qué es eso?
Dirigió la mano, rápida, a coger el paquete que Kageyama había apoyado allí. Él, ya de pie, atrapó sus dedos contra la mesa y le soltó en un instante, como si quemase. Se puso la chaqueta y se subió la cremallera hasta cubrir la barbilla.
—Yo, eh —empezó, mirándole a los ojos. ¿Estaba nervioso? ¿Eso era posible? Hinata tenía demasiado pastel en la boca y demasiado sake en las venas como para poder decir algo, así que se limitó a fruncir el ceño y esperar—. No dejes que te asesinen en cualquier esquina. Y... Hazte fuerte.
Hinata sintió otra vez el pellizco en el estómago, y en el pecho, y por toda la columna. ¿Era su forma de despedirse, esta vez de verdad? Kageyama se giró, pero Hinata fue rápido. Echó la silla hacia atrás, sosteniéndose sobre las dos patas traseras y le agarró de la muñeca, obligándole a girarse. Habló con la boca llena, no había tiempo para modales.
—Espérame —soltó, porque fue lo primero que se le ocurrió. Dos trozos de pastel volaron de su boca y aterrizaron en la mejilla de Kageyama. Abrió mucho los ojos y se desequilibró en la silla, pero antes de caer hacia atrás Kageyama puso ambas manos en el respaldo y le echó hacia delante, devolviéndole a su sitio. Entonces se acercó desde atrás y le habló muy cerca, más de lo que lo había hecho antes, casi en un susurro.
—Córtate el pelo.
—Huh —balbuceó Hinata, llevándose la mano a la nuca, con la piel de gallina allí donde había soplado las palabras. Kageyama desapareció, y él cogió el objeto. Envuelto. Ese idiota había envuelto algo para él.
El corazón bombeaba al doble de velocidad de lo normal. Tragó saliva mientras desgarraba el papel. Al levantar la mirada sintió los ojos de Tsukishima sobre él, y se giró de medio lado, sonrojado.
Debajo del papel envuelto con precariedad, había una funda de teléfono móvil. Una simulando un tetrabrick de leche con el dibujo de una vaca. Hinata rió, una carcajada amplia y profunda, de las que te llenan el pecho y te suben por la garganta, cubriendo todos los huecos. Se levantó de un salto, borracho y pletórico, y corrió hacia fuera del restaurante. Kageyama estaba subiéndose al coche del entrenador, al asiento de copiloto.
—¡Kageyama-kun!—gritó, con todas sus fuerzas, sujetando la puerta con la mano y asomando sólo medio cuerpo hacia la calle. Kageyama se giró, a punto de meterse en el coche, sonrojado y despeinado como después de un buen partido de vóley—. ¡Esfuérzate!
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Gracias por leer :-)
