LOS GIRASOLES V
Madrid, septiembre de 1991
Ricardo encontraba muy irritante que el señor De la Dueña tuviera por costumbre comerse las uñas. Le parecía que era algo absolutamente antihigiénico y sentía cierto repelús cada vez que tenía que estrecharle la mano a ese hombre. Por suerte, aquella iba a ser la última vez que lo veía. Después de un par de meses de tira y afloja, Ricardo y De la Dueña habían llegado a un acuerdo y se habían reunido para llevar a cabo la compra del Van Gogh.
De la Dueña estaba muy nervioso. Era lo suficientemente listo como para no fiarse del todo de Ricardo y se aferraba a su maletín repleto de dinero como si la vida le fuera en ello. Ricardo no se había molestado en decirle que su integridad física no corría ningún peligro. Era muchísimo más divertido dejar que Loren mirara a aquel tipo con expresión amenazante. Durante las semanas que habían durado las negociaciones, De la Dueña siempre se había mostrado así de inseguro, así que resultaba un poco difícil de creer que hubiera resultado un hueso tan duro de roer. A pesar de que Loren le inspiraba bastante miedo (y seguramente el mismo Ricardo también) se había mostrado inflexible respecto a la cantidad de dinero que estaba dispuesto a ofrecer. Por supuesto que Ricardo le había presionado lo suficiente como para mejorar ligeramente la oferta inicial, pero no había querido apretarle demasiado las clavijas a De la Dueña. No parecía muy capaz de aguantar la presión y el negocio no había salido tan mal después de todo.
—Aquí tiene la mercancía, De la Dueña.
Ricardo retiró teatralmente la sábana que cubría el pequeño cuadro de Van Gogh. De la Dueña pareció olvidarse del miedo que le producían Loren y Ricardo y se acercó a él con la boca abierta y los ojos brillantes. Extendió una mano, pero Loren le detuvo con gesto hosco.
—No se toca hasta que no tengamos el dinero.
—¡Oh! —De la Dueña dio un saltito y le tendió el maletín a Ricardo—. Claro, claro. Aquí tiene. ¡Qué preciosidad! Y me asegura usted que es auténtico. ¿Verdad, señor Vallejo?
Ricardo no se molestó en contestar. Cuando iniciaron las negociaciones, De la Dueña había contratado a un experto para que comprobara la autenticidad del cuadro. Supuso que hacía esa pregunta porque estaba nervioso y emocionado y, aunque a Loren pareció fastidiarle la desconfianza, él no le dio ninguna importancia. Después de todo, sus negocios no eran precisamente honrados y nadie tenía por qué saber que Ricardo Vallejo tenía una férrea ética personal que no se saltaba jamás. Era un hombre de palabra.
—En cuanto el señor Salcedo cuente el dinero podrá marcharse.
Ricardo le entregó el maletín a Loren, quien lo dejó sobre una mesa, lo abrió y empezó a sacar fajos de billetes de su interior. Allí había muchos millones de pesetas y Ricardo no podía dejar de sentirse enormemente satisfecho. Tras aquel golpe podría pasar una buena temporada sin actuar y dedicarse a actividades mucho más agradables.
—Está todo bien, Ricardo —Dijo Loren al cabo de un rato, cerrando el maletín y haciéndolo desaparecer.
—Perfecto —Vallejo se acercó a De la Dueña y le dio un apretón de manos—. Ha sido un placer hacer negocios con usted.
—Claro —De la Dueña carraspeó, pensando sin duda que prefería no volver a encontrarse con Ricardo Vallejo en toda su vida, y se despidió abruptamente. Se fue como si el mismísimo diablo lo estuviera persiguiendo, abrazado a su cuadro y sin mirar atrás.
—Menudo imbécil —Masculló Loren una vez se quedaron a solas —. Pensé que se lo iba a hacer en los pantalones.
—Si no te hubieras pasado todo el tiempo mirándolo como si quisieras matarlo, quizá podría haber estado un poco más relajado. Aunque tienes razón, es un imbécil. Muy rico, sí, pero imbécil.
Loren sonrió y se dejó caer sobre una silla. Los meses transcurridos desde el robo en Ámsterdam estaban resultando ser bastante agotadores, pero Ricardo sabía que, cansado y todo, aquel brujo estaba tan contento como él. Loren era un hombre de acción y nunca le hacía ascos a un buen duelo mágico, pero se sentía satisfecho con el giro que su vida había dado en los últimos años. Seguía siendo peligrosa en muchos sentidos, pero podía disfrutar de largas temporadas de calma como la que le esperaba después de que hubieran colocado todos los cuadros en el mercado negro. Siempre y cuando Ricardo se decidiera a vender Los Girasoles de una vez, algo que venía muy a cuento.
—Kwon ha enviado otra carta.
Aunque Ricardo había pensado que aquel hombre abandonaría en cuanto se diera cuenta de que no iba a obtener éxito en sus esfuerzos por hacerse con Los Girasoles, la realidad era muy distinta. Durante las últimas semanas no había dejado de insistir en el tema y había solicitado un par de citas que Ricardo había evadido con bastante pericia. Sin embargo, el tono amable y educado de las primeras veces se había ido perdiendo por el camino y a Ricardo no le costó imaginar que aquella última carta no debía estar escrita en términos demasiado agradables.
—¿Qué dice?
—Dice estar muy disgustado con tus evasivas y te ruega encarecidamente que aceptes una reunión informal.
—Está cabreado, quiere verme y no aceptará más excusas.
—Eso es.
Ricardo suspiró. La actitud de Kwon empezaba a ser problemática. Lo que le apetecía era volver a rechazar su propuesta, pero era lo suficientemente listo como para saber que eso sería un gran error.
—De acuerdo. Organiza una entrevista en algún lugar público. Escuchemos lo que Kwon tiene que decir.
—Sabes lo que quiere, Ricardo. ¿Qué vas a decirle tú exactamente?
—Que el cuadro sigue sin estar a la venta.
Loren gruñó, se puso en pie y se acercó a Ricardo para señalarle con un dedo. Cualquier otro en su lugar se hubiera achantado ante la imponente figura del brujo, pero Vallejo no se sintió intimidado en absoluto.
—¿Por qué eres tan terco? Ese cuadro sólo te traerá problemas. Con Kwon, con los aurores y con cualquier contrabandista que se entere de que lo tienes.
—¿Y crees que eso me asusta? He tratado con cosas mucho peores.
—Estás subestimando a Kwon.
—¿Y qué me sugieres que haga, Loren? ¿Qué ceda ante él y le venda el cuadro porque le sale de los cojones?
—Te comprometiste, Ricardo. Iniciaste las negociaciones y le dijiste que era suyo.
—Le dije que si lo vendía sería para él, pero resulta que ahora no quiero venderlo.
—La avaricia rompió el saco, Vallejo. Hasta ahora todo nos ha salido bien, pero Kwon es peligroso. Si quieres un Van Gogh quédate con alguno de los que nos quedan, pero véndele Los Girasoles y quítatelo de encima.
—¿Te asusta el señor Kwon, Loren? —Espetó Ricardo con algo de burla, logrando que su compañero frunciera el ceño.
—He oído cosas sobre él y no creo que lo quieras como enemigo.
—Tampoco creo que él quiera enemistarse conmigo. ¿No te parece?
—Kwon no es como tú, Ricardo —Loren bajó un poco el tono de voz, obviamente esforzándose por templar sus nervios. Aquella charla se estaba volviendo un tanto tensa y no quería enfadarse con Vallejo, sino conseguir que entrara en razón—. Hará cualquier cosa para lograr sus objetivos. Carece por completo de cualquier clase de ética y, si tiene que venir a por ti, lo hará sin pensarlo.
—Y yo lo estaré esperando con los brazos abiertos —Ricardo sonrió con insolencia.
—¿Es que no lo entiendes? Kwon es de los que arrasan con todo. Y con todos.
Ricardo sabía perfectamente a qué se refería. En sus inicios había trabajado para un tipo que era como ese señor Kwon y no recordaba esa etapa de su vida con demasiado cariño, pero ciertamente no tenía nada que temer. Confiaba en que sus hombres fueran capaces de defenderse solos y no estaba emocionalmente ligado a nadie.
—¿Qué crees que hará con esa fulana a la que te estás tirando?
O a casi nadie. Ricardo entró en tensión en cuanto Loren mencionó a Clara. Llevaba todo el verano saliendo con ella y, aunque se negaba a aceptar que su relación fuera algo serio, estaba empezando a cogerle cariño. No estaba enamorado de Clara y ni falta que hacía, pero no quería que le pasara nada. Se lamentó por haberse olvidado de ella y, si Loren tenía razón y Kwon carecía de escrúpulos, lo mejor que podía hacer era expulsar a esa mujer de su vida y volver a ser un tipo solitario e independiente.
—Voy a decirle la verdad a Baldo.
El tenedor se le escurrió entre los dedos y golpeó sonoramente contra el plato. Clara alzó la vista rápidamente y observó a su mejor amiga con severidad. Había invitado a Marga a cenar en su casa y habían estado hablando sobre sus respectivos trabajos hasta que surgió el tema de los hombres. Para sorpresa de Clara, su amiga aún salía con el tal Baldo y todo parecía indicar que iban muy en serio. Clara dudaba que fueran a llegar a algún lado y por eso le sorprendió tanto aquella revelación. Lo que Marga pretendía hacer era una locura y así se lo hizo saber.
—¿Por qué? —Espetó la otra—. Baldo es un tío genial, nos entendemos perfectamente y no me gusta tener que engañarlo. Y ya que quiero seguir saliendo con él, tengo que ser sincera.
—Mira, Marga, no quiero que te enfades por lo que te voy a decir. ¿De acuerdo? —La chica no movió un músculo y Clara tuvo la sensación de que estaba empezando a molestarse un poco—. Hasta el día de hoy no has demostrado interés por mantener una relación estable con nadie. Vas de flor en flor y no me parece mal, pero tienes que ser realista. ¿De verdad crees que lo tuyo con Baldo va a ir a algún sitio?
—Me gusta un montón.
—Y hace unos meses Jaime era el hombre de tu vida. Y antes que él fueron Borja, Fran...
—Vale —Marga la interrumpió con algo de brusquedad—. Sé lo que quieres decir, pero esta vez es distinto.
—Tienes razón. Es distinto porque ahora estás saliendo con un chico muggle. Y me parecería perfecto que quisieras decirle la verdad si tuviera la sensación de que Baldo es el definitivo, pero no lo es —Marga apretó los dientes y Clara siguió hablando. Sabía que a su amiga no le estaba gustando un pelo escuchar aquello, pero era necesario que alguien le abriera los ojos—. Hoy le confiesas que eres una bruja porque te gusta un montón, pero. ¿Qué pasará mañana? No sería la primera vez que el amor se te pasa así, de repente.
—Las cosas no son así.
—Sí que lo son, Marga, y lo sabes —Clara hizo una pausa y suavizó el tono de voz—. Espera más tiempo. Sigue saliendo con Baldo y si dentro de unos meses aún quieres estar con él, plantéate de nuevo la posibilidad de contarle la verdad. Tienes que ser muy prudente con el tema.
Marga se quedó callada, sin duda tomando en consideración las palabras de su amiga. Clara siempre había sido la más sensata de las dos, así que seguramente no estaría equivocada.
—Supongo que tienes razón —Dijo encogiéndose de hombros—. Además, ahora estamos muy bien. Si le dijera que soy una bruja podría tomárselo fatal y salir huyendo. ¿No?
—No sería ni el primer ni el último muggle en reaccionar así.
Intercambiaron una mirada, se sonrieron y siguieron con la cena. Apenas permanecieron calladas unos instantes, hasta que Marga habló de nuevo. Antes había adquirido una pose un tanto solemne, pero era evidente que lo que quería hacer ahora era meterse con su amiga.
—¿Y qué me dices de tu novio? Supongo que sigue viniendo por aquí.
—Ricardo no es mi novio. Y sí, seguimos viéndonos de vez en cuando.
—¡Oh, Clarita! ¿Quién lo iba a decir? Tú, que siempre has sido tan formal para estas cosas, resulta que tienes un amante.
Clara notó como las mejillas se le encendían y le tiró una miguita de pan a su amiga. Marga sí que sabía muy bien cómo chincharla.
—No seas tonta, anda.
Marga soltó una carcajada. Estaba lejos de terminar con su pulla amistosa.
—En serio. ¿Qué pasa con él? Porque mucho hablar de que yo no puedo mantener una relación estable y mírate ahí, saliendo con alguien sin saber muy bien qué sois exactamente.
Marga tenía razón. Su relación con Ricardo la desconcertaba bastante. El brujo solía visitarla muy a menudo y se estaba empezando a encariñar bastante con él, pero ninguno de los dos le había puesto nombre a lo suyo. Era complicado porque el propio Ricardo era bastante difícil de entender. Casi nunca hablaba sobre sí mismo y Clara apenas sabía cuatro cosas sobre él. Nunca hablaba sobre su familia, sobre su trabajo o sobre lo que hacía cuándo no estaban juntos y Clara se daba cuenta de que su situación no era precisamente idílica. Le hubiera gustado encontrar una manera de hacer que Ricardo fuera un poco más accesible, pero no se creía capaz de conseguirlo. Cada vez que le hacía una pregunta personal, Ricardo se las apañaba para escaquearse, cambiando de tema o directamente provocándola para ir a la cama. Y Clara, que en el fondo estaba encantada con tanta pasión, no se hacía de rogar.
—Ni siquiera yo sé lo que estoy haciendo —Confesó un poco entre dientes—. Ricardo es un hombre complicado.
—Ricardo no es complicado —Marga se rió—. Es todo un semental.
—¡Madre mía, tía! —Clara no pudo controlar la risa—. ¡Qué burra eres!
—Ya. Yo seré muy burra, pero tú bien que disfrutas de la compañía de Vallejo. ¿Verdad, picarona?
—Vale. Admito que no puedo quejarme, pero no estoy del todo contenta con lo nuestro.
—¡Ay, Clara! Tú siempre tienes que sacarle punta a todo. ¿Por qué no te limitas a disfrutar del momento, mujer?
—Porque siento que Ricardo y yo no vamos a ninguna parte y no me gusta nada —Clara suspiró. Era la primera vez que hablaba sobre ese asunto y, a pesar de las burlas iniciales, sabía que sólo Marga podría ayudarla—. Cada vez que intento acercarme para hablar con él, me rehúye y tengo la sensación de que me oculta cosas.
—Todo el mundo oculta algo. Si no, míranos a nosotras.
—Hablo en serio, Marga. Empiezo a pensar que Ricardo no es de fiar.
Marga entornó los ojos y a Clara le dio la sensación de que acababa de transformarse en la sagaz y eficiente empleada del ministerio. A pesar de su juventud, Marga ya era toda una especialista en su trabajo y era obvio que el último comentario de Clara le interesaba muchísimo. Aquellas eran las dos caras de su mejor amiga, juntas pero nunca revueltas.
—¿Por qué?
—Es demasiado reservado. Tal vez aún no confíe en mí lo suficiente y no pretendo que me cuente su vida, pero es que nunca me dice nada, Marga. Nada de nada. Intento abrirme a él, contarle cosas sobre mí para conocernos mejor y seguir avanzando, pero a veces tengo la sensación de que ni siquiera quiere escucharme. Y te digo una cosa. El sexo puede ser muy bueno, pero estoy empezando a estar un poco harta de tanto secretismo.
Marga se quedó pensativa. Se la veía un poco decepcionada, como si hubiera esperado que Clara le contara cosas mucho más graves. Pero de eso se trataba precisamente: Ricardo era tan prudente y discreto que Clara era incapaz de saber si andaba metido en alguna clase de lío.
—Si no estás a gusto, tienes dos opciones: o presionas a Ricardo o lo dejas.
Clara asintió. Se disponía a hablar cuando llamaron a la puerta. Le sorprendió un montón encontrar a Ricardo al otro lado, especialmente cuando él la saludó con un frío beso en la mejilla en lugar de agarrarla por la cintura y devorarle la boca tal y como tenía por costumbre hacer.
—¿Estás ocupada? —Preguntó mientras entraba al pequeño apartamento.
—Marga y yo estábamos cenando. ¿Quieres algo?
Ricardo frunció el ceño cuando vio a Marga. A lo largo de aquellos meses habían coincidido en muy pocas ocasiones y su relación no era para tirar cohetes. No se llevaban mal, pero Ricardo era tan seco y distante que la bruja no podía evitar ponerse un poco tensa cuando estaba cerca.
—No, gracias. Ya he tomado algo por ahí —Ricardo carraspeó y miró significativamente a Marga—. Quiero hablar contigo, Clara. A solas.
Marga captó la indirecta. Clara pareció un poco molesta con Ricardo por tomarse esas libertades, pero no tuvo tiempo de protestar porque su amiga abandonó la casa en un abrir y cerrar de ojos.
—No tenías que ser tan borde con ella. ¿Sabes? —No pudo morderse la lengua al enfrentar a Ricardo—. Estaba aquí antes que tú y no tenías por qué echarla a la calle.
—Yo no la he echado, se ha ido ella sola —Clara bufó y Ricardo fue incapaz de entender que su comportamiento había sido de lo más inadecuado—. Además, lo que tengo que decirte no puede esperar.
Clara quiso decirle que ya era hora de que se animara a decirle algo, pero Ricardo siguió hablado. Y lo hizo con una sinceridad aplastante.
—No quiero volver a follar contigo. Me he cansado de ti.
Clara se quedó inmóvil. Su corazón se paró durante un breve instante y luego se puso a latir a toda velocidad. Clara, que un rato antes había estado pensando en qué hacer con aquella relación, apenas podía creer lo que Ricardo Vallejo acababa de decirle. Podía entender que quisiera dejarla, pero no que el hombre fuera tan desagradable. Quizá Ricardo no era el tipo más simpático de la tierra, pero con ella siempre había sido amable, encantador, y la brutalidad de sus palabras la desconcertaba. Y le dolía más de lo que estaba dispuesta a admitir.
—Ha sido divertido durante un tiempo, pero creo que ha llegado la hora de buscarme a alguien nuevo.
Clara se sentía humillada. No le gustaba la forma que Ricardo tenía de hablar de ella, como si no fuera más que un objeto de usar y tirar, y algo en su interior se revolvió. Ese hombre no era el amor de su vida, de acuerdo, pero a nadie le gustaban las rupturas y pudo notar como las lágrimas se agolpaban en sus ojos. Lágrimas de impotencia, de vergüenza y de dolor que se tragó como buenamente pudo antes de demostrarle a ese idiota que para ella tampoco había significado nada. Podría estar a punto de venirse abajo, pero Ricardo no se daría cuenta.
—¿Y para eso has venido aquí? —Espetó con desdén, cruzándose de brazos—. No tendrías que haberte molestado. Con una carta o una llamada hubiera sido suficiente.
Ricardo entornó los ojos y la miró como si no se estuviera creyendo una palabra, pero al final se encogió de hombros.
—Me alegra que te lo tomes tan bien. Será mejor que me vaya.
Dicho y hecho. En cuanto Clara escuchó cerrarse la puerta, se sentó en el sofá e intentó averiguar cómo se sentía exactamente. La única certeza que tenía en ese momento era que Ricardo Vallejo pronto no significaría nada en su vida y eso la hizo sonreír. Ni que su relación hubiera sido para tanto.
A Ricardo le gustaba el Hotel Warlock. Cada vez que ponía un pie en su interior se acordaba de aquella vez en la que durmió en la parte trasera del edificio, entre los contenedores de basura. No era más que un crío que ni siquiera podía soñar con ser huésped del hotel, pero había llovido mucho desde entonces y ahora podía permitirse el ser tratado como un cliente vip. Ricardo nunca escatimaba en gastos cuando visitaba el Warlock. De vez en cuando se alquilaba la suite más lujosa porque disfrutaba de ser tratado a cuerpo de rey. Cada vez que comía en su restaurante reservaba la mejor mesa y pedía el menú más caro, demostrándose a sí mismo y a todos los demás que podía permitirse todo aquello. Quizá algún caradura podría haberle recordado que no había conseguido su dinero usando métodos legales pero. ¿Qué importaba? Lo único que él quería era disfrutar de lo que se había ganado con tanto esfuerzo. E impresionar a los demás, incluido el señor Kwon.
Había quedado con él apenas unos días después de recibir su última carta. Kwon había viajado rápidamente desde los Estados Unidos y se le veía preparado para atacar. Era un tipo menudo, con la cabeza un tanto desproporcionada y de rasgos orientales. Vestía de forma tradicional y venía acompañado por dos guardaespaldas que prácticamente le doblaban el tamaño. Pretendía demostrar que era un brujo poderoso y Ricardo lo encontró bastante irritante. Odiaba a la gente que pretendía pasarle por encima como si no fuera más que un novato en el negocio.
A pesar de la profunda antipatía que ese hombre le despertaba, Ricardo le dio la bienvenida con gran cordialidad y lo guió hasta la mesa que habían preparado para ellos. Los dos guardaespaldas se quedaron en pie, ganándose algunas miradas curiosas, pero Loren se sentó al lado de Ricardo. La mirada que Kwon le dirigió no fue precisamente amistosa, pero era evidente que el hombre también quería mantener las formas. Vallejo había hecho bien al quedar con él en público; Kwon era un hombre demasiado impredecible para confiar en que una reunión más íntima pudiera salir bien.
—Me he tomado la libertad de solicitar un menú especial —Anunció Ricardo haciéndole un gesto al camarero para indicarle que podían empezar a servir la comida—. Espero que no sea usted vegetariano, señor Kwon.
Ricardo, que había hablado en un inglés aprendido a base de mucho esfuerzo, se sorprendió cuando Kwon le dio la réplica en un español correcto pero cargado de un acento un tanto áspero.
—Soy un adicto a la comida americana, señor Vallejo —Kwon sonrió con una afabilidad que no engañaba a nadie—. Me encantan las hamburguesas y los filetes de carne poco hechos.
—Me alegra oír eso —Ricardo miró a los guardaespaldas—. ¿Seguro que sus compañeros no quieren acompañarnos?
—Están bien ahí —Kwon no se molestó en mirar a sus hombres—. Me alegra que haya accedido a entrevistarse conmigo, señor Vallejo. Estoy muy interesado en hacer negocios con usted.
—¿Le importa que comamos antes de entrar en materia? Quiero que disfrute del menú en todo su esplendor.
Ricardo quería llevar las riendas de la conversación en todo momento. Kwon aceptó su sugerencia con la misma sonrisa de antes y pasaron toda la comida hablando sobre temas relacionados con la actualidad mágica de Estados Unidos y de España y sobre deportes. Aunque Kwon era un hombre que hablaba pausadamente y que parecía todo un caballero, Ricardo no se dejó engañar. Podía sentir cómo Loren se mantenía alerta en todo momento y, cuando terminaron el postre y pasaron a tomar el café y los licores de rigor, Ricardo también entró en tensión. Había llegado el momento culmen de la velada y debía hacer todo lo posible para mantenerlo todo bajo control.
—Espero que esté disfrutando de la comida. El Warlock es famoso por la calidad de su menú.
—Todo estaba delicioso. Encuentro que la comida española es… interesante.
—Lamento que no haya podido probarla un poco antes —Ricardo inclinó levemente la cabeza—. Me ha sido imposible reunirme antes con usted, señor Kwon. He estado muy ocupado.
—¿De verdad? Yo tenía la sensación de que se estaba escondiendo de mí —Kwon era un tipo directo, eso era innegable.
—Obviamente estaba equivocado. Aquí me tiene, dispuesto a escuchar cualquier cosa que tenga que decirme.
Kwon lo observó con suspicacia. Ricardo estaba procurando usar el tono de voz más despreocupado de todo su repertorio, pero era difícil saber cómo se sentía Kwon al respecto. Era el hombre más inexpresivo que había conocido nunca.
—Puesto que está usted tan respectivo, iré al grano. Quiero comprarle Los Girasoles.
Ricardo miró a su alrededor como si le preocupara que alguien hubiera escuchado a su interlocutor, pero sabía de sobra que nadie les prestaba mucha atención. Había un gran bullicio en el restaurante y tenía a un par de hombres estratégicamente colocados por el local que se aseguraban de que no hubiera oídos indiscretos cerca.
—Como le dije anteriormente, no está a la venta —Replicó con firmeza. La expresión de Kwon no se alteró un ápice.
—Hace meses me aseguró que sería mío. ¿A qué se debe ese cambio de parecer? ¿Acaso ha encontrado otro comprador? Si es así, estoy dispuesto a mejorar la oferta. Soy un hombre razonable, señor Vallejo.
—No se trata de dinero, señor Kwon. Simplemente no deseo vender el cuadro —Ricardo, desoyendo los consejos de Loren, había decidido ser totalmente honesto—. Me costó mucho tiempo y esfuerzo hacerme con él y, aunque en un principio lo hubiera vendido encantado, creo que ahora prefiero quedármelo.
Kwon alzó las cejas. Fue el único gesto que se permitió antes de seguir hablando. Aunque lo hizo con suma suavidad, cada una de sus palabras sonó a amenaza.
—Confío en que cambie de idea a la mayor brevedad posible —Dijo mientras apuraba su té y se ponía en pie—. Soy un hombre paciente y puedo dejarle reflexionar durante unos pocos meses más, pero quiero ese cuadro y yo siempre consigo lo que quiero. ¿Entiende, señor Vallejo?
—Perfectamente, señor Kwon. Pero insisto. El cuadro no está a la venta.
—Ya veremos —Los dos guardaespaldas rodearon al brujo. Kwon hizo una elegante reverencia y miró a Ricardo a los ojos antes de erguirse del todo—. Tendrá noticias mías antes de lo que cree, señor Vallejo. Muchas gracias por la comida.
Tras decir aquello, se fue. Sólo entonces Ricardo se dio cuenta de que había estado reteniendo el aire en los pulmones. Kwon no había hecho ninguna amenaza directa, pero algo en su mirada hablaba sobre un hombre peligroso que era digno de tener en cuenta.
—Eres un estúpido, Vallejo —La voz desdeñosa de Loren le sacó de sus cavilaciones—. No tienes idea de la clase de enemigo que está a punto de conseguirte.
—Creo que sí tengo una ligera idea, Loren.
—¿Y te quedas tan tranquilo? Aún estás a tiempo de arreglar las cosas.
—No me gusta que me amenacen —Dijo Ricardo mirando directamente a su compañero.
—Y a mí no me gustan otras cosa y me tengo que aguantar —Loren bufó—. Deja de ser tan terco y entra en razón de una vez. Eres un tipo listo y afortunado y no quiero ver cómo lo echas todo a perder por un capricho tonto.
—Los Girasoles no es un capricho tonto. Es una maravilla.
Loren entornó los ojos y no le dijo nada más. En los últimos tiempos habían mantenido demasiadas conversaciones parecidas a aquella y nunca llegaban a un acuerdo. En esa ocasión no sería diferente, así que lo mejor que podían hacer era intentar anticiparse a los movimientos del señor Kwon. Se aproximaba una época de grandes cambios y debían estar preparados para afrontarlos.
Dos meses más tarde
Ricardo caminaba por el barrio mágico dando grandes zancadas. Hacía apenas una hora que le había ocurrido algo absolutamente insólito: una lechuza había entrado volando por la ventana de la cocina y se había posado en la mesa, justo frente a un Ricardo que disfrutaba de un riquísimo desayuno. El bicho en cuestión tenía un bonito plumaje de color grisáceo, apestaba y traía un sobre atado a la pata. Ricardo se había acordado del día en que su madre le explicó que los magos ingleses se comunicaban utilizando lechuzas y pergaminos y se preguntó quién podría ponerse en contacto con él utilizando un método tan anticuado. ¿Quizá algún familiar de su madre, directamente desde Inglaterra?
Le sorprendió muchísimo descubrir que la carta era de Clara. Apenas había pensado en ella desde que había decidido alejarla de su vida y no se esperaba para nada que ella quisiera volver a dirigirle la palabra después de lo terriblemente grosero y desagradable que fue con ella en su último encuentro. No había disfrutado nada comportándose así, pero había sido necesario porque no quería que Clara ni ninguna otra chica inocente estuviera en peligro por su culpa. ¿Y ahora le escribía? Era increíble. Clara le decía que llevaba más de dos semanas intentado dar con él y que al final había recurrido a su amiga Marga. La bruja en cuestión trabajaba en el Ministerio y le había permitido a Clara el acceso a la lechucería. Al parecer, su antigua amante quería decirle algo muy importante y, puesto que no estaba segura de que Ricardo fuera a ir a verla si se lo pedía, se lo había confesado en la misma carta, causándole un pequeño trauma que lo dejó paralizado durante más de treinta minutos.
Cuando Ricardo llegó a la tienda de calderos, empujó las puertas con brusquedad y no se tomó la molestia de comprobar si Clara estaba sola o no. Fue hasta ella y la miró de forma casi acusadora.
—¿Es verdad lo que dices? ¿Estás embarazada?
Clara lo miró. No parecía haber cambiado en absoluto y sin embargo su mundo se había puesto patas arriba. Ricardo la vio llevarse las manos al vientre y sintió cómo se le encogía el corazón.
—Sí.
—Pero. ¿Cómo?
—¿De verdad quieres que te explique toda la teoría, Ricardo?
El hombre se llevó las manos a la cabeza y se tiró del pelo. Ni siquiera recordaba la última vez que se sintió así, tan confundido e indefenso.
—¿Y es mío? —La pregunta era estúpida y lo menos que podía esperar era que Clara le mirara con dureza, así que no le sorprendió que ella recurriera al sarcasmo.
—No, Ricardo. Me ha parecido buena idea engañarte porque me gustan los hombres que me tratan como si fuera una mierda.
Ricardo parpadeó y miró a Clara con pasmo absoluto. Ahí estaba ella, diciéndole que iba a ser padre y haciendo gala de una tranquilidad pasmosa. ¿Cómo podía estar así de serena cuando las vidas de ambos estaban a punto de cambiar por completo? Ricardo ni siquiera había tenido tiempo de asumir la noticia y no sabía cómo reaccionar, pero cuando Clara habló se sintió ofendido, casi furioso.
—Mira, después de cómo se dieron las cosas entre nosotros no espero que hagas nada ni por mí ni por el niño. Estoy dispuesta a ocuparme de él yo sola, pero me pareció que lo correcto era decírtelo.
—¿Qué dices? —Guiado por un sentimiento que nunca antes había estado ahí, Ricardo rodeó el mostrador y cogió a Clara por el brazo. No fue un gesto brusco, pero ella se encogió un poco y lo miró con sorpresa—. Yo no voy a… No quiero que… Tú sola —Agitó la cabeza, dándose cuenta de que no podía estar ahí, balbuceando como un idiota—. Es que no me esperaba esto para nada. ¿Sabes? Y no sé qué pensar o qué hacer.
—No tienes que hacer nada —Clara seguía obstinada en su perorata de antes—. Lo único que hicimos fue acostarnos. Me he quedado embaraza por una irresponsabilidad y no quiero trastocar tu vida.
—Una irresponsabilidad —Ricardo la interrumpió, con su cabeza aclarándose por segundos—. Tuya y mía. De los dos.
—¿Qué dices?
—Que no es justo que cargues tú sola con esto —Y, guiado por un instinto que nunca antes había estado allí, llevó una mano hasta el vientre de Clara e intentó sentir al bebé que estaba creciendo ahí dentro—. Nos las apañaremos. Juntos.
Clara se quedó callada. Había esperado que Ricardo la abandonara, que se comportara como el cabrón que había demostrado ser y la dejara tirada con el niño, pero aún así creyó que era justo comunicarle lo que estaba pasando. Se le notaba confundido y quizá asustado, pero cuando le toco la tripa y sonrió, Clara supo que podría contar con él para lo que fuese. Y se sintió aliviada porque, si bien no estaba enamorada de ese hombre y por nada del mundo querría volver a estar con él, era bueno saber que no iba a tener que pasar por ese trance ella sola. Cuando descubrió su embarazo había estado muy asustada, pero ahora podía estar más segura de que todo saldría bien.
—¿Dices que es un niño? —La voz de Ricardo estaba tan cargada de emoción como sus ojos.
—En realidad no lo sé. Es más bien un pálpito.
Ricardo asintió y retiro la mano de su vientre. También le soltó el brazo y pareció tranquilizarse notablemente.
—Tenemos muchas cosas de que hablar —Dijo. Y Clara estuvo de acuerdo.
