LOS GIRASOLES VI
Madrid, finales de marzo de 1992
Clara salió de la consulta del ginecólogo bastante satisfecha. El embarazo marchaba a las mil maravillas y el niño estaba perfectamente, desarrollándose sin más contratiempos. Aunque en un principio Clara prefirió no conocer el sexo del bebé, al final había terminado cediendo a las súplicas de Ricardo. El hombre se había llevado la alegría de su vida al saber que iba a tener un hijo y no hacía más que comprar cosas para la criatura. A Clara aún le resultaba un poco perturbador ver a Ricardo tan entusiasmado, pero no se quejaba por ello. Si al principio había temido que el hombre fuera a darle la espalda cuando supiera que estaba embaraza, el paso del tiempo le había demostrado todo lo contrario. Ricardo se preocupaba tanto por ella y por el bebé que a veces podía llegar a ser un poco agobiante.
Cuando supo que iba a ser madre, la cabeza de Clara se llenó de pensamientos poco positivos. Se veía criando a su hijo ella sola, incapaz de ocuparse de él y de la tienda al mismo tiempo y pasándolas canutas. Había tenido miedo, pero cuando Marga le sugirió la posibilidad de librarse del problema, Clara se dio cuenta de que jamás podría hacer algo así. Siempre había creído que las personas debían asumir las responsabilidades de sus actos y aquel niño era consecuencia directa de sus errores, pero no era por eso por lo que decidió que lo tendría. Fue porque lo quería más que a su vida y por nada del mundo hubiera renunciado a él.
Se mentalizó para asumir todas las cosas que podían salir mal. El rechazo de Ricardo, los problemas económicos, los temores típicos de las madres primerizas. Dibujó en su mente el panorama más oscuro que se le ocurrió y descubrir que había estado muy equivocada suponía un gran alivio. Ricardo estaba con ella, dispuesto a hacer todo por el niño, y a Clara le hubiera bastado sólo con eso para sentirse más tranquila. Pero es que además el hombre se había empeñado en ayudarla con la tienda, ofreciéndole incluso la posibilidad de saldar sus deudas con el banco. Clara reconocía que podría evitarse muchos quebraderos de cabeza aceptando esa oferta, pero no lo hizo. Estaba acostumbrada a valerse por sí misma y no quería el dinero de nadie. Lo que sí aceptaba Clara era el asesoramiento de Ricardo. Después de todo era un hombre de negocios al que no parecía irle nada mal y le había dado un par de consejos que funcionaron a las mil maravillas. Aún faltaba un largo camino por recorrer hasta que pudiera vivir holgadamente de la tienda de calderos, pero Clara poco a poco iba confiando en que las cosas irían bien.
—Pues tú dirás lo que quieras, Clara, pero yo no veo nada.
Ricardo, que caminaba a su lado observando con los ojos entornados la ecografía que el ginecólogo les había entregado, acababa de soltar un bufido de exasperación. Hasta la fecha no se había perdido ni una de las visitas de Clara al médico, ni al muggle ni al mágico, y solía visitarla todos los días sólo para ponerle una mano en el vientre a la espera de que el niño se moviera. Durante esas tardes hablaban sobre cómo se organizarían después de que el bebé naciera y sobre todo discutían por el nombre que le pondrían. Hasta la fecha no habían conseguido ponerse de acuerdo y Clara tenía la sensación de que, a ese paso, su hijo no tendría nombre hasta que fuera mayor de edad y pudiera elegir uno por sí mismo.
—La estás mirando del revés —Clara le arrebató la ecografía y le dio la vuelta—. Mira, ahí está la cabeza. Esta es la columna vertebral y esos son los bracitos.
—Si tú lo dices —Ricardo entornó los ojos y siguió sin ver absolutamente nada entre aquel montón de manchas grisáceas. Clara se dijo que era un negado y lo dejó estar—. ¿Vas a coger el metro?
—Sí. No me siento a gusto desapareciéndome.
—Te acompaño a casa.
A Ricardo no le gustaba que Clara fuera a sitios atestados de gente. Le horrorizaba la idea de que alguien pudiera golpearle sin querer en la tripa, causándole al bebé cualquier clase de daño. Clara ya no intentaba convencerle de que subirse en metro o en autobús no era una actividad de alto riesgo. Por norma general la gente era bastante amable con las mujeres embarazadas y hasta solían cederle el sitio para que no tuviera que viajar de pie. Pero Ricardo no lo entendía. Si de él dependiera, Clara se pasaría todo el embarazo metida en una burbuja acolchada y sin ningún tipo de contacto con el exterior. Menos mal que no estaban casados, porque tener que aguantarlo las veinticuatro horas del día hubiera sido insoportable. Una auténtica pesadilla.
Tal y como siempre ocurría, el viaje en el metro mágico transcurrió sin contratiempos. Había unos cuantos magos ocupando el vagón y Ricardo los observó a todos como si pretendiera localizar a alguien potencialmente peligroso. A veces se comportaba como un auténtico paranoico. Clara seguía sin saber demasiadas cosas sobre él, aunque Ricardo poco a poco fue entrando en detalles. Cuando Clara, harta de su secretismo, le preguntó por su familia, Ricardo le dijo que era huérfano y que no tenía hermanos. A Clara se le encogió el corazón al imaginarse lo solo que debía sentirse. La relación que ella mantenía con su propia familia no era para tirar cohetes, pero al menos sabía que sus padres y su hermana estaban vivos y a salvo. Clara continuaba echándolos de menos, seguía sin entender por qué la rechazaban y aún confiaba en que las cosas pudieran mejorar un poco. De hecho, en ocasiones se imaginaba que sus padres viajarían hasta Madrid cuando su hijo naciera y que se mostrarían entusiasmados por conocer a su nieto. Quizá fuera mucho esperar, pero su madre le había dado la enhorabuena cuando le anunció su embarazo y Clara prefería ser optimista.
Ricardo la acompañó hasta el interior de su apartamento. Arrugó un poco la nariz y puso los brazos en jarra. Clara supo lo que iba a decir antes de que abriera la boca.
—No sé por qué insistes en vivir aquí. Este sitio es diminuto. Si no quieres una casa, puedo conseguirte un piso más grande en el barrio que quieras.
—Te lo agradezco, pero me gusta mi casa, muchas gracias.
—Puedes aspirar a algo mucho mejor que esto.
—A día de hoy a lo único que puedo aspirar es a pagar todo lo que debo. No puedo permitirme nada más.
—¿Por qué eres tan cabezota?
—Lo mismo digo —Ricardo le dirigió una mirada hosca y se cruzó de brazos. Clara habló en tono conciliador—. Cuando el niño nazca tendremos espacio de sobra. Hay dos dormitorios, así que podrá tener su propia habitación.
—Ya. Lo que tú digas. Dime al menos que te lo vas a pensar
—Está bien, Ricardo. Me lo pensaré.
El hombre no se creyó una palabra, pero sonrió y se agachó un poco para hablarle a la abultada barriga de Clara. Era una costumbre que había adquirido desde el principio del embarazo y no parecía dispuesto a renunciar a ella.
—Me voy ya, enano —Susurró acariciando la tripa por encima de la ropa—. Pórtate bien y no le des muchas pataditas a mamá durante la noche. ¿Vale? —Después, bajó tanto el tono de voz que Clara no pudo escucharle, pero sabía que le estaba diciendo al bebé que lo quería. Ella no dejaba de repetírselo constantemente. Cuando se irguió de nuevo, besó la mejilla de Clara y se despidió de ella. Como novio había sido un auténtico capullo, pero prometía convertirse en un padre espléndido.
Una vez sola, Clara se quitó los zapatos y se recostó en el sofá. Dejó la mente en blanco y se quedó dormida al cabo de unos pocos minutos. Estaba agotada.
Ricardo nunca perdía la costumbre de levantarse temprano. Habían pasado un par de días desde la última visita al ginecólogo y aún trataba de ver algo en la ecografía que les habían entregado. Estaba sentado en su despacho, supuestamente preparándose para afrontar un nuevo día. Había pasado prácticamente un año desde el golpe de Ámsterdam y sólo le quedaban un par de cuadros por vender. Uno de ellos representaba la iglesia de Nuenen, hogar durante algunos años de Van Gogh, y el otro era Los Girasoles. Ricardo no conseguía comprador para el primero y seguía empeñado en quedarse con el segundo, pero esa mañana ninguno de los dos le quitaba el sueño porque estaba demasiado ocupado intentando ver a su bebé.
¿Quién le iba a decir un año atrás que iba a verse en semejante tesitura? Cuando organizaron el robo de los cuadros era un hombre dedicado por completo a su trabajo, libre y sin ninguna clase de ataduras, pero ahora se sentía muy diferente. Algo en su interior había cambiado porque en realidad todo su mundo se había vuelto del revés. Iba a tener un hijo. Estaba a punto de ligarse sentimentalmente a alguien para siempre. Y eso era muchísimo tiempo.
Por un lado, Ricardo Vallejo era inmensamente feliz. No había planeado convertirse en padre y definitivamente no lo había buscado, pero ahora que sabía que pronto tendría un pequeñajo del que ocuparse se sentía ansioso por tenerlo entre sus brazos. No conocía al niño, no lo había visto aún y apenas había tenido ocasión de tocarlo a través de la piel de Clara, pero ya lo quería como nunca había querido a nadie antes. Una multitud de sentimientos se habían despertado en su interior de forma repentina y Ricardo aún trataba de asimilarlos todos. Estaba dispuesto a hacer cualquier cosa por ese niño, lo que fuera.
Sin embargo, por muy exultante de felicidad que estuviera, Ricardo no era tonto y sabía perfectamente que aquel bebé se convertiría en su mayor debilidad en el mismo momento en que viniera al mundo. Cuando Ricardo decía que haría cualquier cosa por él se refería a cualquier cosa y tenía bastantes enemigos que estarían dispuestos a aprovecharse de ello. Ese simple pensamiento le llevaba a apretar los dientes y confundía aún más su cabeza. Quería proteger a su hijo, quería que el niño fuera feliz, que creciera sano y a salvo y sabía que para lograrlo tendría que hacer algunos sacrificios. Cambiar de vida.
—Deberías estar trabajando y no embobado con eso.
La voz de Loren le hizo sobresaltarse. No le había oído entrar. Maldijo la facilidad que tenía su amigo para deslizarse sin hacer ruido y le miró con cara de pocos amigos.
—Esto es mi hijo.
—Sí, claro —Loren se sentó—. Apuesto a que ni siquiera sabes dónde está la cabeza.
—¡Claro que sí! Está aquí —Y Ricardo señaló un manchurrón blanquecino.
—No, colega. Está aquí —Y un Loren condescendiente señaló otro punto de la ecografía. Ricardo entornó los ojos y no consiguió ver nada de nada.
—¿Sí? ¿Y se puede saber cómo sabes tanto de estos temas?
—Mi hermano se puso pesadísimo durante el embarazo de su mujer —Loren se encogió de hombros y no entró en más detalles—. Estoy haciendo un gran esfuerzo por comprender lo emocionado que estás ante tu futura paternidad, pero me parece que andas un poco despistado últimamente. ¿No crees? Esto es peor que cuando andabas babeando detrás de la madre.
—Te estás volviendo un poco insolente, Salcedo —Gruñó Ricardo mientras guardaba la ecografía.
—Y tú andas preocupado por algo más que por el nacimiento de ese crío. ¿Cierto?
—No encuentro a nadie que se quede con el último cuadro.
—No me refiero a eso, Ricardo —Loren retiró el documento que su compañero pretendía coger. Era un listado de nombres de coleccionistas poco honrados—. ¿Estás planeando un nuevo golpe? —El hombre se veía emocionado ante esa perspectiva.
—En realidad estaba pensando en la clase de futuro que quiero proporcionarle a mi hijo. No me gustaría que fuera, ya sabes, como nosotros —Loren apretó los dientes y no movió un músculo—. No me mires así, hombre. Entenderías lo que estoy diciendo si fueras tú el que estuviera a punto de ser padre.
—Entiendo lo que dices, Ricardo.
—¿En serio?
—Te conozco desde que eras un mocoso gilipollas y me he dado cuenta de lo mucho que has cambiado en los últimos meses. Sé que quieres lo mejor para el crío y esta clase vida puede ser muchas cosas, pero definitivamente no es la mejor. Supongo que estás pensando en montar algún negocio legal, salir a la superficie. ¿Me equivoco?
Ricardo sonrió y abrió el cajón superior de su escritorio para extraer de su interior una carpeta repleta de papeles.
—Estoy planeando montar una fábrica en el puerto de Bilbao —Cuando habló, lo hizo con bastante entusiasmo— Voy a empezar las negociaciones para comprar un terreno en los próximos meses. Supondrá una inversión importante, pero creo que podría salir bien.
—Deberías buscarte un buen asesor financiero —Comentó Loren tras echarle un vistazo a los papeles—. Si quieres hacer esto no puedes meter la pata.
—Ya lo había pensado. Me he entrevistado con un par de tipos, pero ninguno me ha convencido hasta ahora. Ser un hombre honrado no es fácil, Lorenzo.
El hombre soltó una risita y le devolvió los papeles con un gesto bien estudiado. Cuando habló, su rostro se había vuelto serio otra vez.
—Siento estropearte la fiesta, pero creo que debes echarle un vistazo a esto.
Loren le tendió una carta. Era del señor Kwon y había perdido por completo el tono amistoso. De hecho, a esas alturas del cuento le amenazaba directamente y Ricardo se encogió en su silla presa de un fuerte estremecimiento. Kwon le había escrito un par de veces a lo largo de esos meses y Ricardo se había mantenido en sus trece en todo momento, pero lo que ponía en esa carta no le gustaba ni un pelo. Kwon quería el cuadro sí o sí.
—¿Has notado movimientos extraños cerca de la casa?
—Todo está en orden, pero si Kwon es tan listo como parece, lo más seguro es que nos estén vigilando desde hace tiempo.
—Si ves a alguien rondando por los alrededores quiero que lo atrapes y me lo traigas. Kwon me está empezando a tocar las pelotas.
—Insisto en que deberías negociar con él.
—No.
—Has leído la carta. Esto es en serio.
—No voy a dejar que un puto mequetrefe me chantajee. ¿Te enteras?
—¿Por qué cojones eres tan terco y orgulloso? —Loren se puso en pie y alzó la voz—. ¡Sólo es un cuadro!
—He dicho que no voy a dejar que me chantajee.
Loren se llevó las manos a la cabeza. Era imposible hablar cuando Ricardo cuando se ponía en ese plan.
—¿Sabes qué? ¡Qué te jodan! Te lo he advertido y no quieres escucharme. Lo que pase a partir de ahora es tu problema.
—No va a pasar nada.
—Y una mierda que no.
Tras decir aquello, Loren se fue dando un portazo. Ricardo cerró los ojos y retuvo el aire en los pulmones. Su amigo tenía razón, pero no podía ceder ni un ápice. Si Kwon quería guerra, tendría guerra.
5 de abril de 1992
—No se preocupe, doña Pilar. El caldero tiene arreglo.
Doña Pilar, venerable bruja centenaria, se puso de puntillas y se llevó una mano a la oreja. Clara la conocía lo suficiente como para saber que la anciana preparaba unas pociones de espléndida calidad, pero estaba más sorda que una tapia.
—¿QUÉ DICES, NIÑAAA? —Vociferó, suponiendo sin duda que Clara oía tan poco como ella.
—¡QUE EL CALDERO TIENE ARREGLO!
—¡AH! ¡PUES QUÉ BIEN! ES MI CALDERO FAVORITO.
Clara le sonrió y escribió rápidamente en un papel el día en que doña Pilar podría volver a por su querido caldero. Cuando se fue, la joven suspiró y agitó la cabeza. Aquella mañana estaba siendo un tanto caótica. Los clientes más difíciles se habían puesto de acuerdo para ir de compras y Clara estaba segura de que se volvería loca de un momento a otro. El hecho de que el bebé no parara de moverse no ayudaba demasiado. El pequeñajo parecía muy inquieto y Clara empezaba a sentirse bastante incómoda. Le hacía falta sentarse un rato y en esas andaba cuando dos hombres entraron en la tienda.
Clara no los conocía de nada. Eran dos tipos altos, iban trajeados y tenían un aspecto bastante corriente. Emocionada ante la perspectiva de captar dos nuevos clientes, Clara se apresuró a atenderles.
—Buenos días. ¿En qué puedo ayudarles?
Los hombres no respondieron a su saludo. La examinaron detenidamente e intercambiaron una mirada. El bebé se agitó con tanta brusquedad que le hizo un poco de daño y Clara tuvo la sensación de que algo no iba bien.
—¿Eres Clara? —Dijo uno de los hombres. Tenía un fuerte acento extranjero—. ¿La zorra de Vallejo?
Clara se estremeció y dio un paso atrás. El insulto no le había gustado un pelo, pero lo que la perturbaba realmente era el tono de voz utilizado por aquel hombre. Casi por instinto echó mano de su varita, pero antes de que pudiera sacarla los dos hombres le apuntaban directamente a la cabeza.
—Ni se te ocurra, puta —Escupió el otro, rodeando el mostrador y agarrándola por un brazo. Clara vio con impotencia como le arrebataba la varita e intentó soltarse, pero el hombre la inmovilizó sin apenas esfuerzo—. Tranquilita. Sólo queremos hablar.
Clara podía sentir cómo el corazón le latía a toda velocidad. No sabía qué estaba pasando allí y una vocecita en su interior le dijo que tenía que ponerse a gritar a la de ya, pero no pudo hacerlo. Estaba paralizada y confundida y sólo reaccionó un poco cuando el niño volvió a moverse.
—Por favor, déjeme —Musitó, agitándose vanamente.
—Escúchame bien, rubita. Vas a decirle a tu novio que cumpla con su palabra.
—¿Qué?
Clara no era capaz de entender lo que le estaban diciendo. Sólo podía sentir esos brazos apretándola con fuerza y a su niño moviéndose una y otra vez. No sabía qué querían esos dos hombres y el miedo no la dejaba pensar con claridad, pero era consciente de que tenía que salir de allí. Y estuvo a punto de conseguirlo, porque en un momento de despiste pudo soltarse del agarre de su captor y propinarle un codazo en toda la boca. No se quedó a mirar si le había hecho sangre o no. Se dispuso a correr hacia la puerta, pero el hombre la agarró del pelo, tiró de ella y le dio tal bofetada que le partió el labio.
—¡Maldita zorra! ¡Estate quieta de una vez! —El hombre gritó y la estampó contra el mostrador. Su barriga golpeó fuertemente contra la superficie de madera y Clara se quedó sin respiración unos segundos. Estaba tan asustada que lo único que podía sentir era el miedo—. Esto es un aviso. Dile a Vallejo que la próxima vez te cortaré el cuello.
Tras decir aquello, el hombre la soltó y se marchó de la tienda junto a su compañero. Clara escuchó la puerta cerrarse y permaneció apoyada en el mostrador mientras intentaba tranquilizarse. Seguía confundida y asustada y no podía dejar de temblar, pero aquello no fue lo peor. No. Lo peor fue el dolor que la sacudió entera y que la sumió en la inconsciencia.
Cuando despertó, no sabía dónde estaba. Clara miró a su alrededor y reconoció lo que parecía ser una habitación de hospital. Se sentía confundida y adormilada y se llevó las manos al vientre. Y entonces lo recordó todo e intentó levantarse, alarmada. Rápidamente unas manos suaves se posaron en sus hombros y la instaron a permanecer tumbada. Clara no sabía quién estaba con ella y no podía entender lo que le decían, pero la voz de su acompañante sonaba serena y tranquilizadora. Sin poder quitarse de la cabeza lo que había pasado, hizo referencia a lo único que le preocupaba en ese momento.
—Mi bebé.
Fue entonces cuando distinguió el rostro amable de una mujer rubia. La sanadora intentaba que se mantuviera recostada y por primera vez escuchó lo que le estaba diciendo.
—Permanezca tumbada, señorita Muñoz. Eso es.
—Mi hijo. ¿Está bien? —Clara se aferró al brazo de la sanadora presa de una creciente desesperación.
—Todo está bien. Tranquila.
Pero Clara no podía creerla porque no podía sentir a su niño agitándose dentro de su cuerpo. Un sollozo incontrolable se le escapó de entre los labios y apretó más fuerte el brazo de la otra mujer.
—Mi bebé.
La sanadora la miró con pena y le colocó un mechón de pelo detrás de la oreja. Clara podía sentir cómo su corazón se aceleraba por momentos y otra vez quiso levantarse, pero no la dejaron.
—Voy a darle algo para dormir. Todo saldrá bien.
Clara no pudo protestar. Apenas tardó un segundo en caer presa de un profundo sueño, pero su último pensamiento fue para el niño. Junto a ella, Amaia Vilamaior revisó sus constantes vitales y comprobó que todo marchaba según lo previsto.
Clara Muñoz había ingresado en el servicio de urgencias del Hospital Mágico de San Mateo dos horas antes. Una bruja de mediana edad la había encontrado en la tienda que regentaba, desmayada y rodeada de un gran charco de sangre. Su estado era muy crítico debido a la hemorragia y, a pesar de sus esfuerzos, los sanadores se habían visto obligados a practicarle una cesárea para sacar de su interior al niño que estaba gestando. Todo parecía indicar que la madre se recuperaría sin más percances, pero el bebé era caso aparte. La criatura era demasiado pequeña para sobrevivir y cuando Amaia había abandonado el quirófano para ocuparse de Clara, el equipo encargado del chiquillo no tenía demasiadas esperanzas.
En cuanto Amaia dejó a la madre en buenas manos, fue a interesarse por el niño. El sanador Ulloa aún estaba con él, realizando hechizos de diagnóstico y con cara de muy pocos amigos. Amaia se fijó en el bebé. Era diminuto, estaba amoratado y su respiración era anormalmente agitada.
—¿Cómo está?
—Muy mal —Ulloa chasqueó la lengua y negó con la cabeza—. Lo de menos ahora mismo es que sus pulmones no estén formados. Será un milagro si sobrevive a la noche.
Amaia se estremeció. El pequeño bebé estaba en el interior de lo que parecía ser una incubadora muggle con la diferencia de que ésta estaba rodeada por magia. El sanador Ulloa había aplicado un montón de hechizos para controlar las constantes del bebé y para asegurar su supervivencia y Amaia podía sentir toda aquella energía acariciándole la nuca. Sin poder resistirse, introdujo una mano en el interior de la incubadora y acarició un bracito diminuto. ¡Pobre criatura! Tan pequeño y sufriendo tanto.
—No debemos perder la esperanza —Musitó Amaia sintiéndose totalmente conmovida—. La madre es fuerte.
—¿Está bien? —Amaia asintió—. ¿Le has dicho lo que ha pasado?
—Lo haré más tarde, cuando esté un poco mejor.
Ulloa asintió, lanzó un par de hechizos más y le echó un vistazo al informe que tenía entre manos.
—Va a ser un golpe terrible para esa mujer —El hombre chasqueó la lengua—. Por ahora he terminado. Lo dejaré bajo supervisión constante y volveré en cuanto haya visitado a mis otros pacientes. ¿Te importa echarle un ojo?
—Claro que no.
—Muchas gracias.
Ulloa se fue. Era un buen profesional. Llevaba mucho tiempo trabajando en San Mateo y Amaia lo tenía en gran estima. Sabía que había hecho todo lo posible para salvar la vida de aquel bebé y esperaba que se hubiera equivocado porque la muerte de un recién nacido nunca dejaba de ser una auténtica tragedia. En unas horas, cuando Clara Muñoz despertara de nuevo, tendría que explicarle que su hijo había nacido de forma prematura, que estaba muy enfermo y que con suerte sólo viviría unos días más. Ojalá pudiera encontrar las palabras justas para que el dolor de aquella madre no fuera tan intenso como se temía que sería.
No, no, no, no.
Eso era lo único que podía pensar Ricardo. No podía ser verdad, aquello no podía estar pasando. Clara no estaba en el hospital y su hijo definitivamente seguía creciendo donde se suponía que debía estar, en el interior de su madre. Aquello era una pesadilla y Ricardo Vallejo únicamente quería despertar para descubrir que todo estaba bien. Pero la realidad era muy distinta porque, sí, Clara estaba recostada en la cama de aquella horrible habitación y su hijo estaba luchando por su vida en alguna sala de aquella misma planta. Ni siquiera le habían dejado verlo.
En cuanto vio a Clara, se precipitó sobre ella e intentó cogerle la mano, pero ella lo rechazó. Hacía años que Ricardo no estaba tan asustado y perdido y no podía entender a qué venía la actitud de la joven.
—Clara. ¿Cómo estás? —Ricardo se estremeció cuando la mujer lo miró. Lo que había en aquellos ojos marrones era odio puro.
—Mi niño está… —A pesar de la dureza de su mirada, Clara sollozó. Las lágrimas se escurrieron por sus mejillas y Ricardo quiso enjugárselas, pero ella apartó la cara.
—Lo sé, Clara. Pero se va a poner bien, ya lo verás —Ricardo suspiró—. ¿Quieres que llame a alguien? ¿A tu madre? ¿A Marga?
Ella negó con la cabeza. Ricardo supuso que a esas alturas su amiga debía estar yendo hacia el hospital si es que no estaba ya allí. Dudaba de que Carmina, la madre de Clara, tuviera planes de ir a ver a su hija, pero Ricardo estaba dispuesto a traerla a rastras si Clara se lo pedía.
—Quiero que te vayas —Soltó Clara de sopetón—. Todo esto es por tu culpa y no quiero volver a verte en la vida, Ricardo.
—¿Qué?
—Tus amiguitos vinieron a verme —Ricardo, que un segundo antes se había sentido muy confuso, creyó entender por dónde iban los tiros y se alejó automáticamente de la cama—. Dijeron que si no cumples con tu palabra me cortarán el cuello —Clara se echó a llorar y Ricardo quiso acompañarla. Por primera vez se dio cuenta del golpe que tenía en la cara y supo que ella tenía razón. Todo era culpa suya—. Me empujaron contra el mostrador y me golpeé en la tripa y por eso ha pasado esto —Un nuevo sollozo, nacido de lo más profundo interrumpió su discurso—. No te quiero cerca ni de mí ni de mi hijo. ¡VETE!
Ricardo obedeció. Se sentía demasiado aturdido para hacer otra cosa. Y tenía algo roto en su interior. ¡Dios! ¿Qué demonios había hecho? Definitivamente aquello no podía estar pasando de verdad. No podía ser su culpa.
—¿Ricardo?
Cuando Loren le puso una mano en el hombro, Vallejo prácticamente dio un salto de espanto. Su amigo parecía un poco agitado, como si hubiera llegado hasta allí corriendo, y agradeció profundamente su presencia.
—¿Qué demonios ha pasado? ¿Está Clara bien? ¿Y el mocoso?
Ricardo sintió cómo el labio inferior le temblaba. No quería echarse a llorar pero no creía que pudiera contenerse durante mucho más tiempo. Alejándose de la habitación de Clara por si ella los escuchaba, musitó unas palabras que podrían perfectamente haberlo destrozado por dentro.
—Se va a morir.
—¿Quién?
—Mi hijo.
Loren parpadeó. Ricardo sintió algo cálido en las mejillas. La última vez que lloró fue cuando se murió su padre.
—No digas eso, hombre —Loren le dio una torpe palmada en la espalda. Consolar nunca había sido lo suyo.
—Ha nacido demasiado pronto —Ricardo apretó los dientes para controlar un sollozo que bien podría haberse calificado como patético—. Está muy mal.
—Ya verás cómo se pone bien. Es un Vallejo. Estáis hechos a prueba de bombas —Ricardo negó con la cabeza—. Venga, colega. Te invito a un café.
—No. Quiero quedarme aquí. Tengo que saber cómo está.
—Serán diez minutos y te ayudará a despejarte. Vamos.
Loren lo arrastró hasta la cafetería, le hizo tomar asiento y le colocó una humeante taza de café solo frente a las narices. Ricardo le dio tantas vueltas con la cucharilla que al final terminó frío e intacto. Durante todo ese tiempo ambos permanecieron callados, hasta que Vallejo escupió las palabras.
—Ha sido Kwon.
—¿Qué?
—Envió a sus hombres a por Clara. Le pegaron y la amenazaron y por eso ha pasado esto.
Loren frunció el ceño y carraspeó. Ricardo suspiró y alzó la vista para mirarle con aire retador.
—Adelante. Dilo.
—¿Qué quieres que diga?
—Que me lo advertiste —Ricardo necesitaba oír el reproche de labios de otra persona, pero Loren negó con la cabeza.
—Ya estás bastante jodido, amigo. No soy tan cabrón.
—Pero si te hubiera hecho caso…
—Eso ya da igual. Lo que importa ahora es saber qué vas a hacer.
Ricardo se lo pensó durante un segundo. Después, el dolor y la desesperación dieron paso a una fría determinación.
—Voy a darle su puto cuadro.
No le gustaba estar ahí. Hacía frío, tenía hambre y dolía. Quería volver a sentir todo aquel calor, escuchar la voz cariñosa de su mamá y estar tan protegido como antes, pero debía conformarse con un roce en el brazo y un par de palabras consoladoras de alguien desconocido.
No le gustaba estar ahí y dolía, pero algo le decía al pequeño Darío Vallejo que al final todo saldría bien.
