LOS GIRASOLES VII


Madrid, abril de 1992

Amaia entró a la habitación de Clara Muñoz a una hora muy temprana. La mujer había pasado prácticamente todo el día anterior durmiendo y aún tenía que contarle lo que había pasado con su hijo. Lo primero que Amaia hizo cuando llegó al hospital fue pasarse a ver al bebé. El sanador de guardia le dijo que había pasado una noche agitada y que seguía estando muy grave, pero estaba vivo y eso era todo un logro.

Amaia confiaba en que el niño se recuperara. Cuando el día anterior Ulloa le pidió que se quedara vigilando al bebé, no había podido dejar de preguntarse cómo podía ayudar a la pobre criatura. Trabajar en San Mateo era duro porque no todas las historias tenían un final feliz, pero Amaia se veía realmente afectada cuando se trataba de niños. Y aquel en concreto era demasiado pequeño e inocente como para asumir el hecho de que podrían perderlo de un momento a otro.

La idea se le ocurrió de repente. Tras recordar a varios pacientes que habían estado al borde de la muerte y que se habían salvado prácticamente de milagro, Amaia se acordó de las circunstancias en que se casaron sus padres y una bombillita se encendió en su cabeza al pensar en el oro alquímico. No estaba segura al cien por cien de que fuera a funcionar, pero no dudó a la hora de ponerse en contacto con su madre. Media hora había bastado para agotarlas mágicamente a las dos, pero Amaia esperaba de todo corazón que el bebé mejorara. Por el momento había logrado cumplir su primer día de vida y lo único que se podía hacer ahora era esperar.

Le hubiera gustado poder llevarle mejores noticias a Clara Muñoz, pero no podía seguir postergando la conversación durante más tiempo. La joven bruja estaba despierta, medio incorporada en la cama y con los ojos enrojecidos. Amaia escuchó ruido en el baño y supuso que su acompañante, una chica de la misma edad que Clara, debía estar allí dentro.

—Buenos días, señorita Muñoz. Soy la sanadora Amaia Vilamaior. ¿Cómo se encuentra esta mañana?

—¿Y mi niño? ¿Dónde está? —Clara habló atropelladamente, más preocupada por su hijo que por sí misma.

En ese momento, la acompañante salió del baño, dio los buenos días y dijo llamarse Marga. Amaia les explicó a ambas todo lo que había pasado y no le sorprendió que Clara se echara a llorar. La tal Marga la abrazó protectoramente y le susurró unas palabras de consuelo. Mientras la paciente se calmaba un poco, Amaia se preguntó dónde estarían el resto de familiares.

—¿Puedo verlo? —Preguntó Clara cuando logró controlar las lágrimas.

—Antes me gustaría examinarla para comprobar que todo marcha bien. Y también quisiera hacerle unas preguntas.

Mientras la atendían, los sanadores se habían dado cuenta de que Clara había sufrido alguna clase de violencia física que le había terminado por provocar el parto. A parte de tener el labio partido por la mitad, habían detectado un fuerte golpe en el abdomen que bien podría haberlo ocasionado todo. Nadie se había atrevido a culpar en voz alta al ausente padre de la criatura; no sería la primera vez que algo así ocurría, pero antes de sacar conclusiones precipitadas era mejor preguntar e informar a la autoridad pertinente en caso de creerlo necesario.

Clara asintió. Durante la siguiente media hora, Amaia se aseguró de que su evolución era satisfactoria y consiguió que la joven le confesara que dos tipos habían entrado en su tienda y que le habían pegado. No entró en más detalles, aunque posiblemente los tipos del Ministerio le sonsacaran más información. Durante toda la conversación Clara se mostró ausente y nerviosa; estaba ansiosa por ver a su pequeño. Si estaba tan grave como todo parecía indicar no podían perder más tiempo.

Después de hacer una visita al baño y de que Marga la ayudara a adecentarse un poco, Clara se descubrió sentada en una silla de ruedas. El trayecto hasta la unidad de cuidados intensivos se le hizo eterno y, cuando al fin llegaron junto a su hijo, el corazón le dio un vuelco.

¡Oh, su pobre bebé! Aquello no podía ser verdad. Clara siempre había soñado con el momento en que cogería a su niño recién nacido en brazos. Lo imaginaba pequeño y un poco enrojecido, con la cabecita pelona y los ojillos cerrados plácidamente. Sabía que se sentiría plena y dichosa, más feliz que nunca en toda su vida, pero aquello no tenía nada que ver con la realidad. Porque su niño sí era pequeño y tenía la cabeza pelona, pero esos eran los únicos puntos en común con su fantasía. Su pobre bebé tenía un color desagradable que no auguraba nada bueno, sus piernas y brazos parecían a punto de romperse y no había nada de placidez en el rictus de su cara o en su respiración agitada.

Clara se tapó la boca con ambas manos y procuró no llorar demasiado. No pudo evitar que las lágrimas volvieran a rodar libremente por sus mejillas y, cuando miró a Amaia su voz sonó como un lamento desesperado.

—¿Puedo cogerlo?

Era lo único que quería, poder tomar a su niño en brazos para darle calor y protegerlo y demostrarle cuantísimo lo quería. Pero la sanadora negó con la cabeza y le habló con suavidad.

—Lo siento mucho, pero debe permanecer en la incubadora hasta que su estado mejore. Pero puede tocarlo todo lo que quiera. Así.

Amaia metió la mano por uno de los agujeros y acarició la espalda de la criatura a través de una especie de guante. Clara sollozó y pareció dudar un momento, pero al final hizo que Marga acercara un poco más la silla de ruedas a la incubadora. La tal Marga había permanecido callada todo el rato y parecía a punto de echarse a llorar también.

Clara no quería tocar con aquella cosa de por medio, pero cuando su mano temblorosa se posó sobre la espalda de su niño, supo que sería suficiente. Al menos de momento. Podía sentir la respiración del bebé y su cuerpecito frágil e indefenso. En esa ocasión el llanto se confundió con la risa y Clara se agarró al único pensamiento que podía mantenerla unida a la cordura.

Su hijo estaba vivo. Era un niño fuerte. Se iba a poner bien.

—Hola, cariño —Clara ignoraba si el bebé podía escucharla o no, pero sentía la imperiosa necesidad de hablarle—. Soy mamá. Estoy aquí para cuidarte, mi vida, pero tienes que ser fuerte. Tienes que ponerte bien. ¿De acuerdo? Te quiero muchísimo, mi niño. Muchísimo.

Marga no aguantó más y estalló en sollozos. Amaia notaba un terrible nudo oprimiéndole en la garganta y decidió que era el momento de dejar a Clara a solas con su hijo.

Y el bebé sonrió aliviado porque mamá ya estaba allí. ¡Al fin!


Lorenzo Salcedo cerró la puerta de la calle con brusquedad. Le hubiera encantado lanzarles un par de maldiciones a aquellos mequetrefes del Ministerio, pero dadas las circunstancias lo mejor era controlarse un poco. Había gente tan ansiosa por echarle el guante a Ricardo que ni siquiera respetaban su dolor. De hecho, seguramente pensarían que a Vallejo le importaba poco o nada que su hijo recién nacido estuviera moribundo en un hospital. ¡Qué equivocados estaban!

No había pasado ni un día y Ricardo ya parecía un alma en pena. Clara lo había echado de su habitación, no le habían dejado ver a su niño y había tenido que volver a casa sin saber cómo evolucionaba. Estaba muerto de preocupación, pero lo que realmente le estaba machacando era saberse responsable de lo ocurrido. Loren apretaba los dientes cada vez que recordaba las veces que le había advertido que aquello podía pasar, pero no hacía reproches. Ricardo ya tenía bastante encima como para que él fuera a echar más leña al fuego.

Para colmo de males, aparecían esos dos tipos y se ponían a hacer preguntas incómodas. Ricardo había pasado toda la noche encerrado en su estudio, inflándose a café y sin permitir el paso a nadie. Loren se había quedado a dormir en una de las habitaciones de invitados y había intentado ir a hacerle compañía en un par de ocasiones, pero Vallejo lo había rechazado con contundencia. Sin duda necesitaba rumiar sus penas en soledad. Eso sí, en cuanto se hizo de día, Loren fue a buscarle para devolverle al mundo de los vivos. Entonces habían llegado los del Ministerio y Ricardo se había deshecho de ellos con suma facilidad, aunque después su expresión se había vuelto sombría. Cuando regresó al despacho, Loren no se contuvo.

—Clara los ha mandado a por ti —Dijo, debatiéndose entre sentir rencor o lástima hacia la mujer.

—Clara se ha limitado a decir la verdad. No quiero que la molestes.

—¿Y si quiere meterte en problemas?

—Yo solo me basto y me sobro para hacer eso. Dejarás a Clara tranquila. ¿De acuerdo? —Loren asintió. Ricardo se puso en pie—. Voy al hospital.

—Acabas de decir que vamos a dejarla tranquila.

—No, Salcedo. He dicho que la dejarás en paz. Yo voy a averiguar cómo está mi hijo e intentaré hablar con ella. Le debo una explicación y pienso dársela.

—¿Qué quieres decir?

—Que ha llegado la hora de que confiese algunas cosas. Clara se merece saber por qué ha pasado todo esto.

—¿Crees que es buena idea? —Loren habló con cautela—. Ahora mismo esa mujer no te tiene en demasiada estima.

—Lo sé, pero es lo único que puedo hacer para arreglar las cosas. Tengo que ser honesto con ella y, si eso supone ponerme en sus manos, lo haré.

—Me parece que es una locura, pero si estás seguro de que es lo que quieres, hazlo —Loren se encogió de hombros. Pues sí que había cambiado la paternidad a Ricardo.

—Sé que Clara es de fiar —Ricardo sonó como si pretendiera convencerse a sí mismo de ello—. Todo va a salir bien.

—¿Y si no sale bien? —Ricardo no contestó—. ¿Por qué no esperas unos días? Ahora mismo todo está muy reciente y Clara y tú necesitáis tiempo para asimilar lo que está pasando. No te precipites. ¿De acuerdo?

Vallejo miró a Loren con seriedad y volvió a sentarse.

—He estado pensando en Kwon —Ricardo cambió bruscamente de tema—. Ponte en contacto con él y dile que voy a negociar.

Loren asintió. Aunque Vallejo parecía haberse rendido ante las amenazas del señor Kwon, era indudable que estaba tramando algo. Loren no preguntó porque dudaba mucho que fuera a obtener una respuesta, pero había algo en los ojos de Ricardo que le hizo pensar que Kwon iba a arrepentirse de lo que había hecho. Y por su bien sería del todo conveniente que el hijo de Ricardo sobreviviera. Era la primera vez que Loren veía a su amigo en ese estado, como si de repente todo hubiera dejado de tener sentido para él. Si Ricardo perdía al niño iba a volverse completamente loco y pobre de aquel que se cruzara en su camino cuando eso ocurriera.

—Extremaré las preocupaciones. Seguramente López nos pondrá vigilancia.

—¡Oh, López! No me apetece nada vérmelas con él, pero más tarde o más temprano terminará involucrado y ya me imagino lo pesado que va a ponerse —Ricardo suspiró, resignado a añadir un nuevo punto a su larga lista de problemas.

—Me encargaré de él mientras me sea posible. Y buscaré un defensor por si fuera necesario —Ricardo asintió y volvió a quedarse un poco ausente—. ¿Quieres que busque a los que atacaron a Clara?

Ricardo entornó los ojos y negó con la cabeza.

—A estas alturas deben estar muy lejos del país, aunque no te niego que me gustaría mucho saber quién fue el que le pegó —El brujo apretó los dientes y Loren sonrió con algo de malicia. Si Ricardo encontraba a esos hombres antes que las autoridades, no lo iban a pasar bien precisamente.

—Puedo averiguar quiénes son.

—No es momento de ponerse a hacer preguntas. López podría enterarse —Ricardo se cruzó de brazos—. No, esperemos a ver qué pasa. Quiero hablar con Kwon lo antes posible. Estoy seguro de que se jactará de sus logros.

Ricardo sabía que Kwon era demasiado poderoso e importante como para ir a por él, pero bien podría descargar toda su ira contra sus empleados. Y cada segundo que pasaba estaba un poco más enfadado.

—No vas a decirme nada. ¿Verdad? —Loren no pudo evitar hacer la pregunta.

—No hay nada que decir. Y, ahora sí, me voy al hospital.


—¿Qué es esto?

—Un libro de nombres. Ya va siendo hora de que elijas uno para el pequeñajo.

Clara observó el regalo que acababa de hacerle Marga y procuró sonreír. Había estado más de una hora junto a su hijo y se hubiera quedado con él todo el día, pero los sanadores la habían instado a volver a su habitación un rato antes. Estaba cansada y muy preocupada, pero se sentía mejor tras comprobar con sus propios ojos que el bebé estaba vivo. Marga, que había pasado la noche con ella y que no quería irse a casa por más que Clara insistiera, procuraba darle ánimos.

—¿Y si…?

—¡Y si nada! —Marga la interrumpió bruscamente, adivinando lo que su amiga iba a decir—. Vamos a echarle un vistazo. Encontrar un nombre no tiene que ser tan difícil. ¿No?

Clara asintió y se dejó llevar. No podía dejar de pensar en su hijo, pero Marga parecía dispuesta a distraerla todo el rato y era de agradecer.

—¿Qué te parece Alejandro? Está muy de moda últimamente —Clara negó con la cabeza. Marga soltó un bufido—. Es que a ti no te cuadra nada, chica. Podrías seguir la tradición familiar y hacer lo mismo que tu hermana ha hecho con sus hijos. Alfonso y Pedrito. Como el padre y el abuelo.

Clara frunció el ceño. Seguramente Marga no había sacado el tema con mala intención, pero la mención a su familia la hizo sentirse bastante peor. Ninguno de ellos había ido a verla, ni siquiera su madre. A pesar de ese nuevo malestar, consiguió fingir indiferencia.

—Lo que faltaba, otro Pedro en la familia. Seguro que a mi padre le da algo si le pongo su nombre a su nieto brujo.

—¿Te han llamado? —Clara negó con la cabeza—. Pero. ¿Has hablado con ellos? ¿Con tu madre al menos?

—Los avisaron desde el hospital cuando ingresé en urgencias. Si no ha venido es porque no le interesa saber cómo estamos.

Marga apretó los dientes. Ella misma había hablado con su madre el día anterior para explicarle lo ocurrido y la mujer había querido viajar a Madrid en ese mismo momento. Marga le había dicho que no hacía falta porque no podría hacer nada de momento, pero estaba convencidísima de que no tardaría en presentarse en la ciudad. Su madre quería a Clara como si fuese una hija más.

—Pues. ¿Sabes que te digo? Que la voy a llamar para cantarle las cuarenta.

—No, Marga.

—¿Cómo que no? Ya está bien de tanta tontería, hombre. Y te digo una cosa. Si no viene por sus propios medios, me apareceré en su casa y la traeré cogida de una oreja.

—Estoy harta de ellos —Dijo Clara tras soltar un suspiro—. No espero nada ni de mi padre ni de mi hermana, pero te juro que si mi madre me falla ahora no la voy a perdonar nunca.

Marga le dio una palmadita en la mano. No mentía cuando decía que estaba dispuesta a obligar a la señora Carmina a ir a ver a su hija. Nunca había entendido a qué venía aquella manía que le tenían a Clara. Sus padres y sus hermanos decían sentirse medio bobos cuando intentaba hablarles sobre la magia, pero nunca la habían rechazado. Seguían siendo una familia unida y por eso no le cabía en la cabeza que Clara hubiera perdido a los suyos cuando descubrieron que era bruja. Se disponía a darle la razón a su amiga cuando llamaron suavemente a la puerta y llegó Ricardo Vallejo.

Lo primero que hizo Marga fue ponerse en pie, sacar la varita y apuntarle a la cara. El hombre la miró con asombro durante un segundo y luego alzó las manos en señal de rendición.

—Esto no es necesario, Marga. Baja la varita.

Obviamente no le hizo ningún caso. Hasta que la voz suave de Clara sonó a su espalda.

—Tiene razón. Estamos en un hospital.

Marga entornó los ojos y se guardó la varita. Tenía la sensación de que no hubiera sido capaz de hacer gran cosa en un duelo mágico contra Ricardo, pero su obligación en esos momentos era proteger a su amiga. Vallejo se había comportado como un cabrón con ella y por su culpa estaba pasando todo aquello. Podría haberle arrancado los ojos con sus propias manos, pero aquello era un hospital, Clara aún estaba convaleciente y seguramente los de seguridad los expulsarían si se ponían a pelear.

—¿Cómo estás, Clara? —Ricardo habló con suavidad, pero la joven no contestó. Mejor. ¡Qué se jodiera Vallejo!—. ¿Puedes decirme al menos cómo está el niño?

—¿Acaso te importa?

—¡Pues claro que sí! —Ricardo se acercó a la cama y Marga se puso alerta—. Lo único que quiero ahora mismo es que nuestro hijo se ponga bien. Es lo único que me importa.

—Pues habértelo pensado antes de meterte en lo que andes metido —Espetó Clara. A Marga le parecía muy bien que no pareciera dispuesta a ceder nada de terreno.

—Por favor, Clara. Dime cómo está el niño —La voz de Ricardo sonó suplicante—. Dime que no le ha pasado nada.

Clara parpadeó y su amiga supo que iba a claudicar.

—¿Quieres saber cómo está? Pues te lo diré —Clara tomó aire y los ojos se le llenaron de lágrimas—. Está fatal, Ricardo. Los sanadores dicen que ha sobrevivido a la noche de milagro. Es muy pequeño y está dentro de una incubadora, entubado por todas partes y rodeado por la magia y… —Clara sollozó, pero tras un segundo logró dominar sus nervios. No quería parecer débil frente a ese hombre—. Esta mañana he estado con él y ni siquiera lo he podido coger en brazos porque si lo sacan de esa maldita máquina podría morirse. Y todo por tu culpa.

Ricardo no movió un músculo. A Marga le pareció que apretaba un poco los dientes y que los ojos se le llenaban de lágrimas, pero nada más.

—No quería que pasara nada de esto, Clara —Dijo en un hilo de voz—. Hubiera hecho cualquier cosa para evitarlo. Lo siento muchísimo.

A Marga le resultó extraño que aceptara su responsabilidad con tanta facilidad y Clara no parecía menos sorprendida que ella. Ricardo se acercó un poco más a la cama, muy despacio, casi tentativamente, y volvió a hablar con la misma voz suplicante de antes.

—¿Podemos hablar tranquilamente? Necesito explicarte muchas cosas. Quiero que entiendas lo que está pasando.

Marga supo que su amiga aceptaría antes de que hablara. Le hubiera encantado detenerla, pero Clara ya estaba asintiendo. A pesar de estar dispuesta a escuchar a Ricardo, su mirada seguía siendo dura. A Vallejo no le resultaría fácil lavarle el cerebro y, aún así, Marga decidió que no la dejaría sola.

—Que sepas que no me voy a ninguna parte, Ricardo —Aseguró con firmeza.

—Me gustaría estar a solas contigo, Clara.

—Y yo quiero que se quede —Aseguró la bruja tras un par de segundos de duda—. Di lo que tengas que decir y lárgate.

Marga vio como Ricardo llenaba sus pulmones de aire antes de ponerse a hablar. Durante más de una hora les explicó cómo habían sido su infancia, su adolescencia y su juventud y, aunque no entró en detalles, les hizo saber que no se dedicaba a actividades demasiado lícitas. Les habló de un hombre que quería algo que Ricardo tenía, que estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para conseguirlo y que al final había terminado por mandar a esos dos hombres a buscar a Clara. Marga no sabía qué pensar respecto a todo aquello y, al mirar a Clara, se dio cuenta de que su amiga iba a necesitar tiempo. Mucho tiempo.

—No sabes cuánto lo siento, Clara —Decía Ricardo. En algún momento había cogido la mano de la madre de su hijo y no dejaba de mirarla a los ojos—. Sé que todo es mi culpa y no podré perdonarme nunca si algo le pasa al niño, pero no me alejes de él —Ricardo tragó saliva y le costó un poco seguir hablando—. Te juro que nadie volverá a haceros daño jamás. Haré lo que sea para evitarlo.

Clara, que no había abierto la boca en ningún momento, no dejaba de mirar al hombre frente a sí. Marga conocía a esa mujer como a la palma de su mano, pero a esas alturas no tenía ni idea de lo que estaba pensando. La confesión de Ricardo las había dejado desconcertadas a ambas y seguramente tendrían que hablar largo y tendido sobre todo aquello. Marga pensaba que tal vez sería conveniente advertir a los aurores de que Ricardo Vallejo andaba metido en follones, pero algo le decía que sería mejor no precipitarse.

—Me lo voy a pensar, Ricardo —Dijo Clara—. Pero ahora quiero que te vayas. ¿De acuerdo?

—Quiero ver al niño. No me iré hasta que no lo vea.

Clara suspiró y cerró los ojos un instante. Después, negó con la cabeza.

—No creo que vaya a estar a salvo contigo cerca.

—Es mi hijo, Clara. Necesito verlo.

Marga pensó que le diría que no. Clara se veía totalmente dispuesta a mantener su actitud, incluso después de que Ricardo se confiara a ella. Sin embargo, su amiga terminó suspirando de nuevo y rehuyó la mirada del hombre.

—Daré permiso para que alguien te lleve a verlo. ¿Vale?

—Muchas gracias, Clara.

La expresión de Ricardo se iluminó y, cuando Clara movió hilos para hacer efectiva aquella visita, el hombre se veía realmente feliz. En cuanto abandonó la habitación, Marga se aferró a su brazo con ansiedad.

—¿Avisamos a los aurores?

Para su absoluta consternación, Clara se negó.

—Necesito tiempo.

Durante meses Clara había intentado averiguar cosas sobre Ricardo y se había sentido frustrada ante su secretismo. Ahora que el hombre se había sincerado, poniéndose en sus manos durante el proceso, no sabía muy bien cómo se sentía al respecto. Porque todo parecía indicar que Ricardo era un delincuente curtido, pero su vida nunca había sido un camino de rosas y Clara aún no sabía si ese hombre se merecía una segunda oportunidad. Lo dicho, necesitaba tiempo. Por suerte, Marga no insistió y se limitó a ser lo que siempre había sido: su único y mejor apoyo.

Mientras las dos mujeres se sumían en el silencio, Ricardo veía por primera vez a su hijo. Nunca había imaginado que sería así, pero no se sintió en absoluto decepcionado. Preocupado y asustado sí, pero nunca decepcionado porque el bebé, pequeño, entubado y enfermo, era perfecto en todos los sentidos. En ese momento Ricardo Vallejo se dio cuenta de que ese niño sería el motor de su vida a partir de ese instante. Lo único importante. Lo único que de verdad quería.