LOS GIRASOLES VII


Madrid, finales de abril de 1992

Decir que estaba nerviosa era quedarse muy corto. Ese día, tres semanas después de que naciera, Clara podría coger a su hijo en brazos por primera vez. El sanador Ulloa al final había cedido a sus súplicas y esa mañana sacarían al bebé de la incubadora por primera vez. A lo largo de esas tres semanas, el personal del Hospital Mágico de San Mateo había luchado enérgicamente para salvar la vida del bebé y Ulloa, el jefe del equipo encargado de atenderlo, al fin había dado el visto bueno. Después de examinar detenidamente a la criatura sólo para comprobar que su estado de salud había mejorado extraordinariamente, le había comunicado a Clara que al día siguiente podría amamantarlo por primera vez. Hasta entonces, el bebé había sido alimentado por medio de una sonda, pero ya estaba fuera de peligro y necesitaba del calor de su madre casi tanto como el de aquella máquina.

Clara sabía que pronto podría disfrutar de su bebé como cualquier otra madre. Le habían dado el alta apenas tres días después de practicarle la cesárea y había tenido que volver a casa sola. Se había sentido absolutamente devastada y había descuidado bastante el negocio porque lo único que quería era estar junto a su hijo. Había sido Marga la encargada de buscar a alguien que se ocupara de la tienda durante aquellas terribles semanas y gracias a ella nada se había echado a perder. Clara no podía dejar de agradecérselo porque lo único que hacía durante todo el día era ir a San Mateo y pasar horas y horas mirando a su bebé a través de un cristal. A partir de ahora todo sería diferente y no podía esperar.

Ulloa la recibió con una sonrisa. Era un hombre muy amable y un sanador excelente. A lo largo de aquellas semanas habían tenido ocasión de charlar largo y tendido. Clara descubrió que Ulloa tenía una hermana, que estaba casado y tenía dos hijos. Le encantaban los niños y cuidaba de todos sus pequeños pacientes como si fueran suyos. Al principio se había mostrado poco esperanzado respecto a la recuperación de su hijo, pero con el tiempo se había alegrado muchísimo al observar su mejoría. Clara no sabía qué hacer para devolverle todo el bien que les estaba haciendo a ella y a su chiquitajo y había aprendido a apreciarlo muchísimo.

—¿Estás lista? —Clara asintió y el hombre la obsequió con una sonrisa—. Pues vamos allá.

Clara y Ulloa se acercaron a la incubadora una vez más, pero esa mañana la joven bruja no hizo uso de los guantes para acariciar a su niño. Las dos enfermeras que normalmente se encargaban de los recién nacidos estaban por allí y se acercaron a prestar su ayuda en caso de ser necesaria. Ulloa hizo un par de hechizos de diagnóstico, comprobó que todo seguía bien y procedió a sacar al niño del que estaba siendo su hogar hasta entonces. Con cuidado, lo envolvió en una mantita azul del hospital y se lo pasó a una más que temblorosa Clara.

La sensación fue gloriosa. No se parecía a nada que Clara Muñoz hubiera sentido antes y la mujer supo que no lo olvidaría jamás. El niño, que a pesar de haber crecido un poquito aún era muy pequeño, pesaba poquísimo. Clara sintió cómo algo muy dulce se le atascaba en la garganta y notó los ojos llenos de lágrimas. No le importó echarse a llorar otra vez. Lo había hecho tantas veces en las últimas semanas que resultaba algo natural, aunque esa vez era diferente. Ahora no tenía miedo ni estaba muerta de preocupación. Ahora sabía que todo iba a salir bien, que su niño se iba a recuperar y lo único que podía sentir era alegría. Acarició la mejilla del bebé con la punta de la nariz y supo que nunca se cansaría de tenerlo en brazos.


Aquello era nuevo. Al principio no le había gustado nada estar en aquel sitio tan horrible, pero poco a poco se había ido acostumbrando. El frío no era tan intenso como al principio, el hambre se mantenía a raya casi todo el tiempo y de vez en cuando podía oír y sentir a mamá, pero nunca había vivido algo como aquello.

Al principio había tenido frío. Fue como si volvieran a arrancarlo de su hogar, pero en esa ocasión no dolió. Había hecho el intento de llorar un poquito porque realmente llorar era lo único que podía hacer, pero enseguida lo habían envuelto en algo calentito y había sentido los brazos de mamá a su alrededor. No necesitaba que nadie le dijera que era ella porque él ya lo sabía. Podía reconocer los latidos de su corazón con solo oírlos porque durante meses y meses habían estado ahí, ofreciéndole su compañía, ayudándolo a crecer.

Era diferente a todo lo que había sentido hasta entonces, pero era algo bueno. El bebé se sintió reconfortado y protegido y, aunque en seguida tuvo hambre de nuevo, descubrió algo nuevo. Nadie tuvo que explicarle lo que tenía que hacer para comer y fue infinitamente mejor que todo lo que había tenido hasta entonces.

¡Oh! Aquel estaba siendo el mejor día de toda su vida. Ojalá no acabase nunca.


—Aún no me has dicho cómo se llama —Comentó Ulloa.

Clara estaba en la mecedora. El bebé acababa de comer, le habían puesto un pañal limpio y dormía recostado en el pecho materno. Había pasado algo más de una hora desde que lo sacaran de la incubadora y pronto tendrían que devolverlo a su interior. Clara no tenía ninguna prisa por dejar al niño, pero ahora no estaba angustiada. Sabía que en unas pocas horas más podría volver a cogerlo y estaba loca de felicidad. Era una lástima no poder quedarse por la noche, pero pronto, muy pronto, podría llevárselo a casa. Ulloa se lo había prometido.

No había querido decirle a nadie el nombre del niño hasta que no estuvo absolutamente segura de que se pondría bien. Era una tontería, pero el único que sabía cómo se llamaba era Ricardo. Él había sido el encargado de inscribirlo tanto en el registro muggle como en el mágico. A pesar de que Clara no estaba muy segura de querer a ese hombre cerca del pequeñajo, durante aquellos días había estado demasiado cansada como para discutirle algo y Ricardo se había salido con la suya al reconocerlo como propio.

—Se llama Darío.

Ulloa la miró con sorpresa un segundo y al final sonrió. Al final Clara lo había tenido fácil para elegir el nombre. Había llamado a su hijo como una de las personas que le habían salvado la vida.


Ricardo no sabía si sería capaz de mantener la calma una vez tuviera al señor Kwon frente a sí. Lo único que mantendría a aquel bastardo con vida era el hecho de que Darío seguía vivo. El Ricardo Vallejo del pasado no se lo hubiera pensado dos veces antes de vengarse de un tipo como Kwon, pero el del presente era distinto. Muy distinto.

Tan solo Loren parecía haberse dado cuenta del cambio que había experimentado su compañero. Ricardo Vallejo podría no ser un hombre excesivamente cruel, pero no le temblaba la mano a la hora de ajustar cuentas. Lo que Kwon había hecho era lo suficientemente grave como para que Ricardo decidiera tomarse la justicia por su mano, pero ahora que Darío formaba parte de su vida no quería hacerlo. Si el mocoso se hubiera muerto, Vallejo habría hecho cualquier barbaridad, pero el crío estaba vivo, mejoraba día a día y Ricardo afirmaba que se sentiría sucio frente al niño si hacía lo que Loren esperaba que hiciera.

Sin embargo, y a pesar de que todo indicaba que Ricardo se había rendido a los chantajes de ese hombre, Loren sabía que se guardaba un as bajo la manga. Vallejo no le había contado nada, pero durante las últimas semanas había estado más taciturno que de costumbre. Solía encerrarse durante horas en su despacho y la noche anterior la había pasado en el cuarto en el que escondían el famoso cuadro de Van Gogh. Loren podría haber estrangulado a Kwon con sus propias manos, sin necesitar hacer uso de la varita para doblegarlo, pero sabía que Ricardo le tenía reservado algo muchísimo peor. Una lástima ignorar de qué se trataba.

Ricardo había estado muy ocupado durante las últimas semanas. No sólo tenía que lidiar con la próxima reunión con el señor Kwon. Había repartido su tiempo entre el hospital y atender las demandas de los aurores. López no se había cortado un pelo a la hora de decirle que sospechaba que él había atacado a Clara, pero la mujer le había cubierto las espaldas. Aún no le había dicho si dejaría que formara parte de la vida de Darío o no, pero Ricardo tenía muchas esperanzas. En el hospital ya nunca le ponían pegas cuando quería ver a Darío, sin duda porque Clara había autorizado sus visitas, y la joven había dejado que reconociera al niño. Ricardo podría haberse vuelto loco de alegría cuando inscribió al niño en el registro. Darío Vallejo Muñoz. Sonaba tan raro que aún le costaba trabajo creer que, efectivamente, tenía un hijo, pero era real.

En cualquier caso, esperaba que Clara fuera razonable porque él no pensaba renunciar a su hijo. No le importaba lo que tuviera que hacer para estar a su lado, pero ni Clara ni nadie podría mantenerlo alejado del pequeñajo. Si Clara se negaba a llegar a un acuerdo de él, Ricardo recurriría a la justicia para lograr su custodia. Si la justicia se la negaba, simplemente se llevaría al niño. Era cruel y no quería tener que hacerlo, pero llegado el momento sería perfectamente capaz de obrar así. El brujo sabía que era un hombre muy egoísta, que alejar a Darío de su madre sería lo peor que haría en toda su vida, pero nadie iba a quitarle a Darío. Era suyo.

—Kwon está aquí.

Ricardo le indicó a Loren que lo dejara pasar. El señor Kwon también vestía al estilo tradicional en esa ocasión y venía acompañado por sus dos guardaespaldas. Ricardo se preguntó si habrían sido ellos los que atacaron a Clara y le hirvió la sangre. Se obligó a mantener la calma.

—Buenos días, señor Vallejo —Kwon hizo una reverencia a modo de saludo—. Me alegra descubrir que finalmente ha entrado en razón.

Ricardo forzó una sonrisa y pensó en Darío. El niño estaba vivo. Debía mantener la calma. Se lo debía. Darío no merecía tener un padre capaz de hacer cosas como las que le apetecía hacer en ese momento.

—Sus argumentos han resultado muy convincentes —Logró que su voz sonara tranquila, indiferente. Se acercó hasta el cuadro y retiró la sábana que lo cubría—. Aquí tiene Los Girasoles. Si es tan amable de entregarme el dinero, podrá llevárselo cuando le plazca.

Kwon mostró los dientes y se acercó al cuadro para examinarlo con detenimiento. Realizó un par de encantamientos para asegurarse de que era auténtico y no captó la sonrisa taimada de Ricardo. Tan solo Lorenzo Salcedo la vislumbró y no tardó en preguntarse a qué se debía el gesto.

—Veo que está todo en orden —Kwon hizo un gesto con la cabeza y uno de sus acompañantes le entregó a Loren un maletín repleto de dinero muggle. Ricardo había puesto como condición que la transacción se realizara en pesetas y Kwon había aceptado sin poner demasiadas pegas. Mientras Loren contaba el dinero, el estadounidense no pudo permanecer callado—. Dígame, señor Vallejo. ¿Cómo se encuentra la señorita Muñoz?

Loren alzó la vista para observar la reacción de Ricardo. Quizá no estuviera de más esperar un estallido de ira, pero Vallejo no dio muestras de verse afectado en absoluto. De hecho, se encogió de hombros e hizo un gesto que resultaba casi desdeñoso.

—Creo que se encuentra bien. No es que me preocupe mucho lo que les ocurra a mis amantes después de abandonarlas —Loren alzó las cejas y Kwon sonrió con condescendencia—. Aunque debo reconocer que me ha molestado bastante que alguien pusiera en peligro la vida de mi hijo. Si eso ocurriera nuevamente, tendría que tomar medidas extremas.

—Entiendo. Sin embargo, me atrevería a decir que ya no hay motivos para que su hijo corra peligro. ¿Cierto?

—Espero que no. ¿Usted tiene hijos, señor Kwon?

—Tengo tres hijas —A pesar de que Kwon también quería aparentar indiferencia, pareció un tanto turbado ante la pregunta de Ricardo—. Son mujeres adultas y brujas muy poderosas. En el futuro serán mis herederas.

Ricardo captó la indirecta. "Cuidado con ellas", quiso decir Kwon. "Son peligrosas, hijas dignas de su padre".

—En ese caso comprenderá como me siento. ¿Cierto? A ningún padre le gusta ver que sus hijos corren peligro.

Kwon le dio la razón. Justo entonces Loren anunció que el dinero estaba correcto y Ricardo señaló el cuadro.

—Es todo suyo.

—Muchas gracias, señor Vallejo —Uno de los guardaespaldas se hizo con la obra de arte—. Ha sido un placer hacer negocios con usted.

—Lamentablemente no puedo decir lo mismo —Kwon sonrió e hizo una nueva reverencia, esa vez a modo de despedida—. Que disfrute de Los Girasoles, señor Kwon.

Apenas un minuto después, Loren y Ricardo estaban nuevamente solos. Vallejo se acercó a la mesa y acarició los billetes con aire ausente.

—Quiero que un donante anónimo haga llegar este dinero al Hospital Mágico de San Mateo —Dijo con decisión—. Toma todas las precauciones necesarias, ya sabes.

—¿Estás seguro? Es un montón de dinero.

—Estoy muy seguro, Loren.

—¿Y Kwon? ¿Vas a dejar que se vaya así, sin más?

—Ya tiene lo que quería. Olvídate del asunto.

Loren asintió. Podría haber insistido para que Kwon no se quedara sin castigo, pero Ricardo ya se había largado. No hacía falta ser muy listo para darse cuenta de que iba a ver a su hijo. Otra vez.


—Así que es verdad.

Clara alzó la cabeza para mirar a Ricardo. Era la segunda vez en el mismo día que tenía ocasión de coger a Darío en brazos y no quería separarse de él. El niño acababa de comer otra vez, estaba recién cambiado y dormía con placidez, ajeno a todo y a todos. Ricardo, que llevaba un rato observándolos desde la puerta, se acercó a ellos con paso vacilante y se paró en seco, a un metro de distancia. Darío estaba envuelto en una mantita y apenas podía ver la pelusilla rubia que cubría su cabecita. Ricardo se tragó el nudo que se le acababa de hacer en la garganta y sintió cómo todo su cuerpo se quedaba paralizado. Lo que estaba ocurriendo era lo mejor que le había pasado en mucho y, aunque se sentía muy feliz, también estaba asustado. Aterrado.

—Mira qué guapo es, Ricardo —Clara le mostró al bebé con un gesto cariñoso, la sonrisa presente en su rostro todo el tiempo—. ¿Quieres cogerlo?

Ricardo dejó escapar un suspiro tembloroso y asintió como buenamente pudo. Clara se puso en pie y le entregó a Darío. ¡Era tan pequeño! Por un segundo el hombre temió que fuera a caérsele al suelo, pero enseguida se sintió cómodo y a gusto, con la sensación de que las cosas eran como debían ser.

—Hola, enano —Su voz fue apenas un susurro, pero bastó para que el pequeño alzara las cejitas.


¿Es que no iban a dejar de pasar cosas buenas? Mamá llevaba mucho rato a su lado, abrazándole y susurrándole palabras cariñosas al oído. Estaba calentito, limpio y recién comido y se sentía muy a gusto, casi tanto como cuando estaba dentro de mamá. Darío se sentía muy feliz, lleno de vida por primera vez en mucho tiempo, y ahora venía papá.

A él también pudo reconocerlo enseguida. Al principio se sintió un poquito menos seguro que con mamá, pero todo mejoró en cuestión de segundos. Papá ganó confianza y Darío se dejó arrullar, totalmente encantado.

Sí. Definitivamente ése estaba siendo el mejor día de su vida.


Al cabo de un rato habían tenido que devolver a Darío a la incubadora. Clara, que había tenido mucho tiempo para pensar en todo lo que había ocurrido, invitó a Ricardo a tomar un café.

Al principio no había querido saber nada de ese hombre. Vallejo era un tipo peligroso y Clara no quería que estuviera cerca de su hijo. Pero Ricardo finalmente se había sincerado con ella y durante las últimas semanas le había demostrado lo mucho que quería a Darío. Estaba dispuesto a hacer cualquier cosa por mantenerlo a salvo y Clara había decidido darle una oportunidad. Por eso lo había protegido frente a los aurores y por eso estaban allí sentados, preparados para mantener una importante conversación. Clara no sabía si estaba actuando correctamente, pero sentía que estaba siendo justa. Al menos de momento.

—Se va a poner bien —Dijo en cuanto estuvieron acomodados—. El sanador Ulloa dice que Darío sólo necesita ganar algo de peso y podremos llevarlo a casa.

—¿Podremos? —Clara asintió y Ricardo se sintió bastante aliviado. Y por varios motivos diferentes—. ¿Ya has pensado en lo que hablamos?

—Sólo quiero que me prometas una cosa, Ricardo. Me da igual lo que hagas con tu vida, pero no quiero que Darío se vea mezclado en tus asuntos nunca más. Si estar cerca de ti supone algún peligro, no dejaré que te acerques a él.

—Como ya te dije, lo último que quiero es que alguien le haga daño —Ricardo cogió la mano de Clara—. Sé que estás preocupada y te entiendo. Lamento muchísimo todo lo que ha pasado, pero Darío también es mi hijo. Te juro que haré cuanto esté en mi mano para protegerlo. No permitiré que os ocurra nada parecido a lo que pasó, Clara. Ni a ti ni al niño.

Clara tragó saliva y asintió. Creía a Ricardo. El hombre hablaba con absoluta vehemencia, la miraba directamente a los ojos y no había lugar para la mentira en esa mirada.

—Antes has dicho que no te importa lo que haga con mi vida, pero me voy a comprometer a algo más. Voy a cambiar, Clara. Todo lo que sabes de mí quedará atrás. Voy a asegurarme de que el futuro de Darío sea algo bueno.

—No tienes que…

—Sí, tengo que hacerlo. ¿Con qué cara crees que podría mirar a Darío si fuera un ladrón el resto de mi vida? —No le había hablado a Clara de las otras cosas y no había hecho falta. Ella había parecido lo suficientemente asqueada cuando le contó la parte más suave—. Quiero que mi hijo se sienta orgulloso de mí.

—No puedo decir que me parezca mala idea —Clara sonrió y se produjo un breve silencio—. Quisiera preguntarte algo. Al final. ¿Has cumplido con tu palabra?

—¡Oh, sí! —Y Ricardo esbozó una sonrisa que sólo podía calificarse como maligna—. La he cumplido con creces.


Clara abrió los ojos como platos cuando le echó un vistazo al dormitorio. Marga la había estado esperando en su apartamento y en cuanto la vio entrar le había dicho que tenía una sorpresa para ella y que no podía mirar. Y allí estaba aquella maravilla de habitación infantil, repleta de todas las cosas que no había llegado a comprar.

—¡Oh, Marga! ¡Es preciosa!

—¿A qué sí?

—Ha debido costarte un montón de trabajo hacer todo esto.

—No ha sido nada. Ya sabes que todo es mucho más fácil cuando cuentas con una varita mágica.

Clara se rió y abrazó con fuerza a Marga. Nunca podría dejar de agradecerle toda la ayuda que le había prestado en las últimas semanas. Marga había estado al pendiente de la tienda, de Darío y de la propia Clara y sólo por ella había conseguido mantenerse a flote. Además, aunque ella lo negara, Clara sabía que si su madre había tenido la decencia de llamarla en un par de ocasiones había sido gracias a Marga. La vieja Carmina se había portado muy mal con ella, pero al menos Clara no podría decir que se había mostrado totalmente indiferente.

—La cuna es un regalito de la orgullosa madrina —Y Marga alzó el mentón con algo de arrogancia—. Y todos esos muñecos que he tenido que reducir de tamaño para que quepan en la estantería los ha enviado Ricardo. Y el cuadro también —Era un cuadro bonito y representaba una iglesia. Lo había colgado sobre el cabecero de la cuna porque le pareció que quedaba bien.

A Marga la desconcertaba bastante aquel hombre. Tenía muy claro que era un delincuente, pero no podía evitar sentir cierta simpatía por él porque estaba demostrando ser todo un padrazo. Marga sabía que Clara pensaba darle una oportunidad y supuso que era lo mejor para todos. A Darío no le convenía tener un padre en la cárcel y Vallejo parecía bastante interesado en proporcionarle todo aquello que pudiera necesitar.

—Muchísimas gracias, Marga. De verdad.

—He planeado una tarde de compras para mañana. Sé que quieres estar con Darío, pero el niño va a necesitar ropita para cuando venga a casa y yo no sé qué comprarle. ¿Podrás hacer el esfuerzo de venirte conmigo?

—Sólo si nos damos prisa. No me gustaría perderme su cena.

—Ya —Marga sonrió y le pasó la mano por la barbilla con aire juguetón—. ¡Mírala cómo se le cae la baba! Anda que no estás tú contenta.

—No sabes cuánto —Clara examinó detenidamente la habitación, maravillada por todo lo que Marga había podido hacer—. Fue tan duro al principio.

—Sí, ya sé, ya sé. Estabas de un pesimista que deprimía, la verdad. ¿Ves cómo todo ha salido bien? Darío es fuerte. Ya verás la guerra que te va a dar cuando sea mayor.

Clara lo dudaba, pero no se lo dijo a Marga. Algo le decía que Darío iba a ser un chico tranquilo que no le daría más preocupaciones de las estrictamente necesarias. Ya le había hecho sufrir lo suficiente y se merecía un descanso que durara, por lo menos, el resto de su vida.

—Tengo tantas ganas de tenerlo aquí.

—Ya llegará el día, no te preocupes.

Las dos mujeres volvieron a la sala de estar. Marga preparó un par de bocadillos para cenar y se sentaron juntas al lado de la ventana. Hacía buena noche y había bastante gente paseando por el barrio mágico.

—No quiero agobiarte, pero ahora que Darío está mejor deberías centrarte un poco en la tienda. La chica que hay al cargo lo hace bastante bien, pero tienes que vigilar los libros de cuentas. A mí se me da fatal.

—Lo sé, tienes razón. Le echaré un vistazo a todo durante la noche —Clara suspiró y se cubrió la cara con las manos—. Creo que voy a tener que mantener a la chica en la tienda durante bastante tiempo y ni siquiera sé si puedo permitírmelo. Quiero ocuparme de Darío mientras sea pequeñito y un niño necesita vigilancia las veinticuatro horas del día.

—Nos las arreglaremos. Lo peor ya ha pasado, Clara. A partir de ahora las cosas sólo pueden mejorar.

Clara asintió y decidió que había llegado el momento de contarle algo a su amiga.

—He hablado con Ricardo. Quiero que forme parte de la vida de Darío y está encantado —Marga no se sorprendió en absoluto. Ya se imaginaba que eso pasaría—. Dice que va a ayudarme a cubrir los gastos del niño. Y me parece a mí que cree que un bebé de pecho come lo mismo que un elefante adulto, porque pretende ser más que generoso.

—¿En serio? ¿Y estás preocupada por el dinero? ¡Madre mía, Clara! ¡Qué tonta eres!

—¡Eh, no soy tonta! No me gusta ser una mantenida.

—Ya, pero es que no vas a ser tú la mantenida, sino Darío, que es un bebé que ni siquiera puede tener los ojos abiertos durante más de diez minutos seguidos —Clara soltó un bufido de fastidio y Marga sonrió, conciliadora—. En serio, Clara, entiendo que no quieras el dinero de Ricardo, pero piensa una cosa. Todo lo que te dé será para Darío, utilízalo para costear todos sus gastos y, si quieres, guarda el resto para cuando sea mayor, pero ni se te ocurra rechazarlo. La tienda te irá dando para vivir más o menos holgadamente y antes de que te des cuenta habrás pagado la deuda al banco. ¿No te das cuenta? Todo está saliendo rodado.

Clara agitó la cabeza en señal de negación. La incomodaba muchísimo pensar en que algún día pudiera depender económicamente de la ayuda de Ricardo, pero Marga tenía razón. Vallejo era el padre de Darío y quería ayudar. No tenía ningún sentido torturarse por ello.

—Vale, lo admito. Tienes razón.

—¿Lo ves? Tiendes a comerte demasiado el tarro. Las cosas suelen ser más fáciles de lo que parecen.

—Ya. Y tú siempre le quitas importancia a todo —Clara decidió que había llegado el momento de cambiar de tema. De hecho, lo que le apetecía en ese momento era interesarse por Marga. Durante las últimas semanas habían pasado todo el tiempo hablando sobre Darío y todos los problemas que Clara tenía—. Por cierto, Marga. ¿Qué tal con Baldo?

Aunque hizo la pregunta de sopetón, Marga no pareció sorprendida.

—¿Baldo? Pues nada, hemos roto.

—¿Qué? ¿Cuándo? —Clara se maldijo por su falta de delicadeza.

—Pues un par de días después de que naciera Darío. No le gustó que pasara tanto tiempo haciéndote compañía, me exigió un poco más de atención y lo mandé a freír monas. Lo típico, vamos.

Si Marga se había sentido dolida tras su ruptura, era obvio que ya se le había pasado. No había nada en su actitud que expresara dolor y Clara se alegró por ella. Ignoraba cuánto tiempo tardaría su amiga en encontrar al hombre adecuado, pero siempre había tenido muy claro que Baldo no sería el definitivo.

—Menos mal que no le dijiste que eres bruja.

—Pues sí, la verdad. Odio tener que borrarle la mem a la gente.

—Y no se te da exactamente bien, Margarita.

—¡Uhm! No me apetece hablar de ese tema ahora.

—Algún día tendrás que hacerlo.

—Pero no será hoy.

Las dos amigas intercambiaron una mirada y se echaron a reír. Era cierto que Marga no había sido muy afortunada desmemoriando gente en el pasado, pero esa era otra historia.


EPÍLOGO

Washington DC. Estados Unidos. Año 1998

—¡AAAAHHHH! ¡QUÍTALO! ¡QUÍTALO!

El elfo doméstico se quedó absolutamente inmóvil. Su amo no hacía más que gritar, señalando la pared una y otra vez. Se tiraba del pelo, tenía los ojos inyectados en sangre y daba brincos más propios de un hombre treinta años más joven. Parecía haberse vuelto completamente loco y el elfo no sabía qué hacer. Al señor Kwon ya le había pasado otras veces cuando miraba Los Girasoles, pero nunca había sido tan terrible como en esa ocasión.

Tras unos minutos de duda, el elfo avisó a las hijas del amo y éstas avisaron a un sanador. Aquella misma noche el señor Kwon fue internado en una institución psiquiátrica mágica de la que nunca más salió.

FIN DEL MINIFIC


¡Oh! Cuánto he disfrutado escribiendo esta pequeña historia. Si os ha gustado me gustaría que me lo hicierais saber. Y si no también. Puesto que nadie me paga por escribir estas cosas, me doy por satisfecha recibiendo un par de reviews.

Saludos para todos.