EL CANGURO
Madrid, julio de 1993
—Aquí lo llevas todo. Te he apuntado el número de teléfono del hotel por si pasa algo. Procura darle de comer a sus horas y ten mucho cuidado con los enchufes. Últimamente le llaman muchísimo la atención. ¡Oh! Y que no se te olvide llamarme si hace magia. ¿De acuerdo? Estaré en casa en un santiamén.
—Sólo te vas durante un par de días. Ni que fuera el fin del mundo.
Clara le dirigió a Ricardo una mirada de pocos amigos e inmediatamente después centró su atención en Darío. El niño había crecido muchísimo en el último año. Era un bebé regordete y espabilado de pelo rubio y ojos marrones. Había aprendido a andar poco después de cumplir los diez meses y llevaba balbuceando palabras desde los nueve, aunque rara vez alguien conseguía entenderlo. Adoraba explorar nuevos lugares y, aunque siempre se mostraba muy tímido con los desconocidos, era la mar de simpático cuando se encontraba cerca de sus seres queridos. Clara, que iba a pasar un par de días en Alemania para asistir a una conferencia sobre las nuevas técnicas de fabricación y mantenimiento de calderos, no quería irse. Sabía que iba a echar muchísimo de menos a su pequeñajo, pero tal y como Ricardo había señalado, el trabajo era importante y Darío quedaría en buenas manos.
—¿Le das un beso a mamá, Darío? —Clara, que aún sostenía en brazos al niño, observó su gesto pícaro. Darío agitó la cabeza y su voz sonó decidida y cantarina cuando le dijo que no—. ¿Cómo que no? ¡Serás granuja!
Era obvio que Darío quería jugar. Clara lo apretujó entre sus brazos y le hizo cosquillas en la tripa hasta que comprendió que no podía seguir postergando la despedida durante más tiempo. Así pues, consiguió reunir el valor suficiente para dejar al niño en brazos de su padre y le besó la frente.
—Pórtate bien, mi vida.
Darío, que se lo había pasado pipa jugando con mamá, intentó llamar su atención para reanudar tan divertida actividad, pero Clara se despidió de él y al final se fue. De verdad. El niño, lejos de sentirse triste, miró a papá. Quizá él quisiera jugar un ratito. Por norma general papá era muy divertido.
—¡Al fin solos, campeón! —Ricardo alzó en el aire al niño, que se rió con deleite absoluto—. Pensé que mamá no se iría nunca. Ya verás lo bien que nos lo vamos a pasar.
—¡PAPÁ! —Darío le dio la razón.
—Bueno, enano. Nos vamos a casa.
Ricardo se aseguró de tener todas las cosas del niño y se apareció directamente en el recibidor de su nueva casa de Madrid. Se había instalado allí a principios de año y quería que fuera un auténtico hogar para Darío. La antigua vivienda, ésa que le había servido para atender ciertos negocios, la había vendido. La nueva casa era de estilo moderno, era grande y tenía muchísima luz. Además, contaba con un jardín trasero en el Darío acostumbraba a jugar. Como todos los niños pequeños, su hijo adoraba arrastrarse por el suelo y mancharse de tierra.
—Ya estás aquí.
Loren, que oficialmente no vivía en la casa pero que pasaba más tiempo allí que en cualquier otro sitio, se paró en seco al ver a Darío. No era exactamente desagradable con el niño, pero no le gustaba hacerle monerías y nunca lo había querido coger en brazos. Darío siempre se quedaba muy serio cuando lo veía y Loren, que debía ser tonto perdido, se ponía tenso frente a él, como si fuera un terrible enemigo al que debía vigilar.
—Mira quién ha venido, Loren —Ricardo, por supuesto, disfrutaba mucho viendo a su amigo en ese estado—. Darío va a quedarse con nosotros un par de días. Recuerdas que te lo comenté. ¿Verdad?
—¿No te conformas con tenerlo aquí los fines de semana?
—Fíjate, Darío —Ricardo no se molestó en contestarle—. Loren es un viejo ogro.
—¡OGO! —Comentó el niño alegremente, arrancándole una carcajada a su padre.
—¡Eso es! Un ogro y un gruñón. Lo mejor es no hacerle mucho caso.
—El mocoso te va a distraer y tenemos un montón de trabajo pendiente. Debemos acordar un día para reunirnos con…
—Nada de cosas desagradables cuando Darío está delante. ¿Te acuerdas? —Ricardo le hizo cosquillas al niño, que se rió con ganas. Esa mañana estaba bastante risueño—. Seguro que todo eso puede esperar.
—Ricardo.
—Me voy al jardín un ratito —Ricardo hizo desaparecer la bolsa con las cosas de Darío, que fueron directas a su habitación—. Avísame sólo si es estrictamente necesario.
Loren asintió de mala gana y Ricardo sonrió. Sí, ese hombre era muy divertido aún sin proponérselo. Resultaba un poco raro que un hombre que tenía tantos sobrinos disfrutara tan poco de la compañía infantil. Una suerte que no pensara tener hijos jamás, porque si no esas criaturas hubieran sido dignas de compasión.
Darío chapoteaba alegremente en el agua. Ricardo había instalado una pequeña piscina en una zona de sombra y al niño le encantaba pasar el tiempo allí. A esas alturas, el padre estaba casi tan mojado como el hijo y se divertía aún más que él. Estaba siendo una mañana maravillosa y lo mejor era que tendría dos días enteros para disfrutar de aquello. Clara nunca le ponía pegas para que se llevara al niño y Ricardo lo visitaba todos los días, pero no era lo mismo verlo durante un par de horas que tenerlo al cargo todo el tiempo. Una lástima que Clara y él no se soportaran y un matrimonio entre ellos no fuera factible.
Cuando vio a Loren acercarse con cara de palo, supo que la diversión terminaría bruscamente. Miró a Darío con pena y se resistió un poco a sacarlo del agua.
—Ricardo, acaban de llamar de Bilbao. Hay un pequeño problema con la obra y el encargado quiere hablar contigo.
—¿Ahora?
—Ahora.
Ricardo gruñó. La construcción de la fábrica marchaba a las mil maravillas, quizá un poco más rápido de lo que pensaban. Ricardo solía viajar diariamente a Bilbao para asegurarse de que no surgían complicaciones y en raras ocasiones recibía llamadas de ese tipo, así que era cuestión de mala suerte que el encargado quisiera hablar con él justo cuando Darío estaba en casa.
—¿No puedes encargarte tú? —Loren negó con la cabeza y Ricardo suspiró. Después miró a Darío, que seguía golpeando el agua con sus dos pequeñas manitas—. ¿Qué voy a hacer contigo? No puedes venirte a Bilbao, eres demasiado pequeño para ayudar a papá con sus negocios.
—¡OSIOS!
—¿Por qué no avisas a Marga? Estará encantada de quedarse con el mocoso.
—No, debe andar muy liada en el Ministerio. Además, creo que ya tengo al canguro ideal.
—¿En serio? ¿Quién?
—Pues tú, hombre. ¿Quién va a ser?
Loren no necesitó decir nada para dejar patente que la idea le horrorizaba. A Ricardo tampoco le hacía mucha gracia que un tipo tan torpe como Salcedo se quedara al cargo de su chiquitajo, pero no le quedaba más remedio. No podía llevar a Darío consigo y Marga y Clara estaban totalmente descartadas. Loren era de confianza. Quizá no se pusiera a jugar con el niño ni le haría carantoñas, pero Ricardo estaba seguro de que su hijo estaría a salvo en manos de su amigo.
—¿Qué? Ni hablar. Se te ha ido la cabeza, Vallejo. No.
—Venga, Loren. Es urgente que vaya a Bilbao y no tengo a nadie con quién dejarlo —Mientras hablaba, Ricardo había sacado a Darío del agua y procedió a adecentarlo un poco. El niño protestó, pero un par de pedorretas en la panza bastaron para calmarle—. Es un niño muy bueno, no te dará problemas. Con suerte sólo estaré fuera un par de horas. Ni siquiera tendrás que darle de comer.
—¿Y si se caga?
—Estoy seguro de que podrás lidiar con eso —Loren puso cara de que, llegado el caso, ni siquiera intentaría meterse en aquel berenjenal.
—¿Y si llora? El crío apenas me conoce y si coge un berrinche no podré calmarlo.
—Darío no va a llorar. ¡Venga, Loren! Échame una mano, colega.
Loren entornó los ojos y se dio cuenta de que no tenía escapatoria. Al final tuvo que asentir, logrando que Ricardo sonriera abiertamente.
—¿Has visto, Darío? Vas a quedarte con el viejo ogro mientras papá habla con un señor muy, pero que muy aburrido.
—¡DIDO!
—Sí, enano. Súper aburrido. Pero tú te lo vas a pasar genial con Loren —Para disgusto del hombre, Ricardo dejó al niño en sus brazos. Aunque renegara bastante, Loren no era tan torpe con los críos como cabría esperar—. Pórtate bien, campeón. ¿Vale?
—¡CHÍ!
—Así me gusta —Ricardo besó la cabecita del niño y miró a Loren—. Tardaré lo menos posible. Muchas gracias, tío.
—Ya. Lárgate antes de que me arrepienta.
Ricardo asintió y se largó en cuestión de segundos. Loren suspiró. ¿Por qué tenían que pasarle esas cosas a él? Ni siquiera le gustaban los niños. Toleraba a sus sobrinos porque si no sus hermanos se enfadaban, pero ese mocoso no le tocaba nada. Darío lo miraba fijamente, tan serio como siempre, y Loren no sabía qué hacer con él.
—¡OGO! —Dijo Darío, dándole con la manita en la cara.
—¿Qué has dicho?
—¡OGO!
Loren gruñó. ¡Maldito mocoso de las narices! No. Maldito Ricardo por enseñarle esas cosas al niño.
—No soy un ogro, mocoso. Me llamo Lorenzo —El niño arrugó las cejitas, atento a cada una de sus palabras—. Lo. Ren. Zo.
—¡ENSO!
—Eso es, mocoso. Lorenzo.
—¡OGO!
—¿Será posible? Ogro no. Lorenzo.
—¡OGO!
Obviamente, discutir aquel asunto con un bebé no iba a llevarle a ninguna parte. Miró al crío con los ojos entornados, logrando que Darío siguiera muy serio, y al final lo dejó en el suelo.
—Vale. Juega por ahí, anda.
Pero el niño se quedó quieto, mirando a su alrededor como si no supiera muy bien qué hacer. Loren dio un paso atrás y movió las manos enfáticamente.
—Vamos, Darío. Juega.
Lejos de obedecer la orden, el mocoso se acercó nuevamente a él y le echó los brazos.
—¡OGO!
—¿Qué…? ¿Quieres que te coja? —El niño se agarró a sus pantalones y tiró de la tela hacia abajo. Loren se vio obligado a alzarlo otra vez, confundido por la actitud del pequeño—. Ya está. ¿Contento? —Darío no hizo ningún gesto. Se limitaba a mirarlo fijamente y Loren tuvo la horrible sensación de que iba a echarse a llorar. ¿Qué se suponía que debía hacer ahora?—. Vale, Darío. ¿Qué quieres? —El niño no contestó—. ¿Vamos a por tus juguetes? ¿Quieres eso?
Darío hizo un puchero. Genial. Ricardo había dicho que no iba a llorar, pero no habían pasado ni cinco minutos y el crío ya parecía incapaz de tolerarlo. Pues nada, que llorara. Loren no había pedido quedarse al cargo del bebé. Si Darío berreaba como una mala bestia no era asunto suyo.
—¡PUPE!
—¿Pupa? —Loren observó al niño con detenimiento. Estaba ileso—. No tienes pupa, Darío.
—¡PUPE!
—¿Te duele algo? ¿La barriguita?
—¡PUPE!
¡Maldito mocoso cabezón! Loren estaba bastante seguro de que al niño no le pasaba nada, a menos que le estuviera haciendo daño al sostenerlo en brazos. Pero no. No lo estaba apretando demasiado fuerte ni nada. Miró a Darío intentando averiguar qué le ocurría y vio otro puchero. ¡Pero si un ratito antes estaba dando carcajadas! Era peor que las mujeres con esas chorradas de los cambios de humor.
—¡PUPE! —Darío insistió y con sus manitas indicó algo a la derecha de Loren. Y allí, encima de una mesa y junto a un biberón repleto de zumo de piña, estaba esa cosa.
—¡Oh! ¡El chupete! ¿Es eso lo que quieres?
—Pupe.
Contento por haber conseguido entender al mocoso, Loren le enchufó el chupete en la boca y se sentó, acomodando al niño entre sus brazos. Darío se estuvo quieto durante un ratito, sosteniendo el chupete contra su boca como si temiera que alguien fuera a quitárselo, pero entonces se removió e intentó agarrar el biberón.
—¿Tienes sed? Toma. Bebe y no te muevas.
Darío, que parecía absolutamente sediento, se tragó casi medio biberón de una sola vez. Loren no estaba seguro de que eso fuera exactamente bueno, pero al menos el niño parecía contento. Siguió sentado sobre sus rodillas un rato más. Jugueteaba distraídamente con los dedos de Loren y al hombre no parecía importarle demasiado. Mejor eso que tener que revolcarse por el suelo como si fuera un crío o lanzar al mocoso al aire, con el consiguiente riesgo de que terminara estampándose a sus pies.
Durante un rato fue bastante agradable estar allí. Hacía un poco de calor, pero Darío no le estaba dando guerra y Loren pensó que podría sobrevivir a tan traumática experiencia. Los niños seguían sin gustarle, pero no era tan terrible como había pensado. O no lo fue hasta que Darío hizo aquello. Lo vio ponerse un poco rojo y pensó que quizá el zumo le habría sentado mal, pero no fue nada de eso porque en seguida vinieron el pedorreo y el pastel que convertía en realidad el peor de sus temores.
—¡CACA! —Anunció Darío como si eso fuera lo más normal del mundo. Loren frunció el ceño.
—Sí, cochino, ya me he dado cuenta.
—¡OGO!
—¿Sabes una cosa, mocoso? Si yo estuviera en tu lugar, no llamaría ogro al tipo que tiene que limpiarte el culo —Darío lo miró con algo que se parecía mucho a una expresión interrogante—. Se lo advertí a tu padre. Si por mi fuera te dejaría con la mierda ahí dentro, pero empiezas a apestar. Vamos a cambiarte.
Darío no hizo ningún comentario al respecto y Lorenzo lo agradeció. ¡Qué mañana más terrible! Aunque no le hacía mucha gracia tener que cambiar pañales, la verdad era que tenía cierta experiencia. No lo había hecho en demasiadas ocasiones, pero un hombre no podía tener cuatro sobrinos sin aprender un par de cosas sobre bebés. Con la nariz arrugada en todo momento, procedió a retirar el pañal sucio, lo desvaneció y limpió el trasero del niño con cuidado. No quería que se le irritara la piel por lo que Ricardo pudiera hacerle. Después, colocó el pañal nuevo y vistió nuevamente al crío.
—¡Hala! Ya estás limpio. Te habrás quedado a gusto. ¿Verdad? —Darío se limitó a echarle los brazos otra vez—. No vamos a volver al jardín porque hace mucho calor. Mejor buscamos tus juguetes. ¿Vale?
Darío tironeó de los pelos de su nuca a modo de respuesta. Loren soltó otro gruñido y llevó al niño hasta su habitación. Era enorme y Ricardo la había llenado con todas las cosas que un bebé podía llegar a tener. Todo se mantenía en perfecto orden y, en cuanto Loren dejó a Darío en el suelo, el chiquillo corrió hasta una pequeña casita de plástico que estaba repleta de muñequitos de peluche. Seguramente tendría que vigilarlo con atención, pero al menos el mocoso estaría distraído durante un rato y lo dejaría en paz a él. O tal vez no, porque Darío ya se acercaba a él con un león melenudo entre las manos.
—¡LON!
—Sí, Darío. Es un león muy bonito —A continuación, el niño hizo un ruidito que se asemejaba a un rugido—. Eso es, así hacen los leones —Darío le hizo entrega del peluche y volvió a la casita a por otro juguete. Al volver, agitaba alegremente un perro.
—¡GUAU!
Loren no pudo contener una risita. Ricardo siempre presumía de que su hijo era muy listo y se le caía la baba con él, pero Loren nunca había tenido ocasión de comprobar personalmente que, efectivamente, eso era verdad. Darío volvió a agarrarle del pantalón, tiró de él hacia abajo y el hombre se descubrió a sí mismo jugando con el mocoso. ¡Jugando! ¡Él!
Ricardo pudo volver a casa poco antes del mediodía. El encargado de la obra le había explicado una serie de problemas que habían surgido con las ventanas de la fábrica y les había llevado más tiempo del esperado solucionarlo todo. Por suerte podría darle de comer a Darío personalmente. Suponía que a esas alturas Loren estaría echando chispas y no quería torturarlo durante más tiempo.
Cuando llegó a casa, lo primero que hizo fue ir en su busca. Era perfectamente normal que a esas horas no estuvieran en el jardín porque el sol apretaba de lo lindo, así que se dirigió al cuarto de Darío. Cuando vio a Lorenzo Salcedo sentado en el suelo, imitando los rugidos de un león mientras agitaba un muñequito de peluche frente a las narices de su hijo, Ricardo supo que no se olvidaría nunca de esa escena. Darío se reía a carcajadas, pero sin duda era Loren quién más disfrutaba de aquellos juegos.
—¿Interrumpo algo?
—¡PAPÁ!
Aunque el bebé se lo estaba pasando en grande, corrió hacia su padre en cuanto lo vio. Ricardo lo alzó en brazos y lo acuchó con fuerza hasta que el niño empezó a revolverse.
—¡Hola, campeón! ¿Has sido bueno? —Darío asintió—. ¿Y te lo has pasado bien con Loren?
—¡ENSO! —Gritó el niño. El aludido se puso en pie con dignidad y se estiró la ropa—. ¡OGO!
—Tu chaval es un traidor, Ricardo. Me ha tenido haciendo el idiota todo este tiempo y todavía me llama ogro.
Ricardo soltó una carcajada y le hizo cosquillas a su hijo. Era una lástima haberse perdido el espectáculo que, sin duda alguna, Loren había dado aquella mañana, pero quizá surgieran más oportunidades en el futuro.
Tenía que escribirlo, es lo único que puedo decir. Espero que os haya gustado.
Aprovecho para instaros a visitar el nuevo fic de Sorg-esp ambientado en este universo expandido. Se llama "Relatos de nuestra Saga" y seguro que no os decepciona en absoluto.
Besetes.
