EL ENEMIGO EN CASA I


Madrid, Magisterium de Magia. Mayo de 2007.

El dibujo le había quedado bastante chulo. Alf Cattermole, que acostumbraba a aburrirse como una ostra en clase de Pociones, había empezado a disfrutar de ese pasatiempo desde hacía poco. Tras adornar el rostro caricaturizado del profesor con un ridículo bigotito, asintió satisfecho con la obra realizada y le echó un vistazo a Darío. Empezaron a sentarse juntos en clase desde sus tiernos siete años y hasta el día presente. Su primo, que era un estudiante bastante aplicado, hacía anotaciones en su cuaderno y subrayaba con rotulador mágico algunas líneas del libro de texto. Alf supuso que, llegado el caso, Darío le echaría una mano a la hora de prepararse los exámenes. "Tienes un morro que te lo pisas", solía decirle con cara de pocos amigos, pero al final terminaba prestándole los apuntes.

Se disponía a empezar una nueva obra de arte cuando la clase terminó. El profesor les comunicó que la próxima semana elaborarían la poción que habían estudiado ese día y les pidió que repasaran unas cuantas veces las instrucciones. Alf procedió a guardar sus cosas en la mochila mientras Darío terminaba con sus apuntes.

—¡Puff! ¡Qué chungo lo veo! —Comentó el chico con un suspiro de frustración—. La poción es complicada de narices. Sabes que la vas a tener que hacer tú solo. ¿Verdad? —Alf asintió con pesadez. El profesor lo había repetido hasta la saciedad—. ¿Has tomado notas? —Alf negó con la cabeza y Darío pareció mosquearse bastante con él—. Ya. Y no lo has hecho porque aquí estoy yo para sacarte las castañas del fuego. ¿No? ¿Qué pasará si no te dejo mis apuntes?

—Tú no harías eso, primo —Alf sonrió con picardía—. Sabes que si suspendo mi madre se cabreará, me castigará durante todo el verano y tú te quedarás sin compañero para salir de marcha. ¿A qué sí?

Aunque la sonrisa le bailaba en los labios, Darío se esforzó por fruncir el ceño y guardó los libros en la mochila. Tenían que ir rápidamente a los invernaderos porque tenían clase de Herbología y estaban al otro lado de la escuela. Sin embargo, algo que ocurría al fondo del aula les llamó la atención.

Eran Juanjo López y sus colegas que, para no variar, estaban metiéndose con Eloy Jiménez, su víctima predilecta en los últimos meses. Al parecer, el hecho de que Jiménez fuera un gótico lo convertía en alguien digno de recibir sus insultos y esporádicos empujones. Jiménez siempre había sido un chico solitario y no tenía ni un solo amigo en la escuela de magia. De un tiempo a esta parte había empezado a usar ropa negra, empalidecerse el rostro y perfilarse los ojos en un tono muy oscuro. Era un estudiante promedio, nunca se metía en líos y sólo hablaba cuando los profesores le preguntaban directamente.

—¿Qué te pasa, bicho raro? ¿Eres un maricón?

Alf vio como Darío apretaba los dientes. Sabía que a su primo le hervía la sangre cada vez que Juanjo se ponía a hacer el idiota, pero por norma general no intervenía. Después de lo que había pasado entre ellos unos años atrás, cuando Darío envió a López directo a San Mateo, los dos chicos se ignoraban mutuamente. Además, a Jiménez no parecía afectarle en absoluto lo que López le estaba diciendo. En ese momento se estaba echando la mochila al hombro y pasaba por delante de sus agresores como si no existieran. Todo parecía indicar que la cosa quedaría en agua de borrajas, pero entonces Juanjo, molesto por su indiferencia, le dio un fuerte empujón a Eloy, que trastabilló hasta darse un buen golpetazo contra una de las mesas. Y Darío, que a veces era bastante imbécil, no se mordió la lengua.

—¡Eh! ¡Déjale en paz, López!

—Cierra la boca, Vallejo. Esto no es asunto tuyo.

Darío fue a protestar, pero justo entonces Eloy Jiménez pasó frente a él como una exhalación y salió de clase. Tanto Alf como Darío se quedaron con la boca abierta. Obviamente ya no había motivos para pelearse con López y los suyos. Sin mediar palabra, todos abandonaron el aula y prácticamente tuvieron que ir corriendo hasta el invernadero.


Darío tenía el corazón dividido entre el quidditch y el baloncesto, pero era un chico realista. Mientras que volar en escoba no era lo suyo, hacer filigranas con la pelota se le daba de muerte. Por ese motivo, aprovechaba los recreos para jugar al baloncesto. De hecho, ese año se había apuntado al equipo del instituto muggle y había logrado hacer unos números bastante buenos. Puesto que no era demasiado alto, acostumbraba a jugar como base y se le daba bien. Tenía cierta visión de juego y sus pases solían ser muy precisos. Además, se le daba a las mil maravillas penetrar las líneas defensivas de los rivales y no andaba mal de tiro exterior. Quizá su lugar no estaba en las canchas de la NBA, pero en el patio del colegio se sentía el rey.

Esa mañana Darío estaba echando un uno contra uno con Fernando Martín, un chico del último curso que se estaba preparando para hacer las pruebas con el Real Madrid. Era condenadamente bueno y Darío estaba convencido de que iba a recibir la paliza del siglo, pero en el fondo se lo estaba pasando bien.

—¡Eh, Darío! —Alf había aparecido de repente. Traía entre manos su escoba voladora y señaló con un dedo a un grupito de chicos—. Martín te está machacando. ¿Por qué no te vienes a jugar al quidditch?

—No, gracias. Aún puedo remontar.

—Claro, claro. Eso no te lo crees ni tú. Vente con nosotros. Necesitamos un cazador para completar el equipo.

—Pero si siempre dices que soy malísimo.

—No hace falta que juegues bien. De hecho, sólo te queremos para hacer bulto. Tenemos a Antonio en el equipo, así que ganamos fijo.

—¿A sí? Pues paso, Alfie. Buscaros a otro que haga bulto.

Y Darío le pasó la pelota a Fernando y siguió jugando al baloncesto como si nada. Alf arrugó la nariz. Pues vaya plan. A lo mejor no había sido demasiado sutil, pero su primo no podría decir que no había sido sincero con él. Darío era uno de los jugadores de quidditch más penosos de la historia y, aunque lo apreciaba bastante, normalmente evitaba estar en su mismo equipo. Pero esa mañana López y los Trogloditas Tocapelotas les habían retado y era imprescindible que los destrozaran, para lo cual necesitaban un jugador más. Seguramente Antonio Álvarez podría haberles ganado a todos sin esforzarse demasiado, pero lo ideal era jugar en igualdad de condiciones.

Pensando en que Darío era el peor amigo del mundo, Alf echó un vistazo a su alrededor en busca de un potencial compañero de equipo. Y vio a Eloy Jiménez. Y sí, seguramente era una opción aún peor que Darío, pero también era su última esperanza. Así pues, preparándose para recibir una negativa y una mirada escalofriante, Alf se acercó a él y se mostró lo más simpático que pudo.

—Hola, Eloy. ¿Qué haces? —El chico alzó los ojos y no contestó—. No quiero molestarte ni nada, pero me preguntaba si te gustaría jugar al quidditch. López y los otros nos han retado y nos falta un cazador.

Eloy deslizó la mirada hasta donde estaba López y frunció ligeramente el ceño. Tardó tanto en contestar que Alf se dispuso a largarse sin decirle nada más, pero entonces Eloy se levantó y se frotó las manos en los pantalones.

—Vale, pero no tengo escoba.

—No importa, puedes coger una de las del colegio —Alf le dio una palmadita en la espalda a modo de agradecimiento y juntos se reunieron con el resto de compañeros.

—Debes estar bromeando, guiri —Sí, López no era demasiado original a la hora de escoger sus insultos—. ¿Esto es lo mejor que has encontrado?

—Eloy juega de puta madre —Aseguró Alf aunque nunca lo hubiera visto volar.

—Lo que tú digas, chaval —López se subió a la escoba y se elevó un par de metros en el aire—. Nada de snitch. Quién antes meta siete goles, gana.

El resto de chicos mostraron su conformidad y el partido dio comienzo. Alf, que era el guardián de su equipo y cargaba una gran responsabilidad sobre sus hombros, le echó un vistazo a Eloy Jiménez para asegurarse de que no fuera un desastre. Y vaya si no lo era. De hecho, era casi tan bueno como Antonio. Se deslizaba por el aire a toda velocidad, esquivaba rivales y bludgers con gran destreza y fue capaz de marcar tres goles en tres minutos.

—¡Así se hace, Eloy! —Alf, maravillado por aquella demostración de saber hacer, no pudo contener el grito de ánimo. Jiménez apenas le dirigió una mirada de soslayo, pero le pareció verle sonreír. Y era la primera vez que lo hacía desde que se conocían—. ¡Os vamos a dar una paliza, López! ¡Ya te lo dije!

Quizá hubiera sido conveniente no burlarse del enemigo. Juanjo, que era uno de los golpeadores, lo fulminó con la mirada y decidió que Jiménez debía ser dejado fuera de juego. Así pues, en cuanto tuvo ocasión alzó su bate y golpeó la bludger con todas sus fuerzas. Lo que pasó después fue totalmente inesperado incluso para él porque lo que Juanjo quería era desestabilizarlo para evitar que cogiera la quafle; en ningún caso quería darle aquel porrazo en la cabeza.

Alf, que aún estaba animando a su compañero de equipo, observó como la bludger impactaba brutalmente en la nuca de Eloy y después lo vio caer al suelo. No supo si el primer grito de alarma fue el suyo, pero en cuestión de segundos todos los chicos estaban reunidos alrededor del herido, incluido un Juanjo López más que compungido. Eloy había caído en una posición extraña, estaba inconsciente y tenía el pelo empapado de sangre.

—¿Qué has hecho, imbécil? —Ese era Antonio.

—Ha sido un accidente.

—Ya, claro, como todo lo que haces. ¿No? Eres un broncas y ahora la has cagado pero bien.

Las palabras de Antonio no fueron bien recibidas por los amigos de López. Alf, que tenía la sensación de que debía hacer algo pero no sabía muy bien qué, los miró a todos con impotencia y sintió un gran alivio cuando Darío y Fernando se unieron al grupo. Habían estado jugando al baloncesto tan tranquilos hasta que vieron todo el jaleo.

—¿Qué ha pasado?

—López le ha dado con una bludger en la cabeza.

—¡Ha sido sin querer!

—¡Una mierda sin querer! —Antonio empujó de nuevo a López—. Se la tenías jurada desde principios de curso y lo del partido ha sido la oportunidad perfecta. ¿No?

—A ver, tíos —Fernando, que observaba la escena con los ojos entornados, captó la atención de todo el mundo—. Dejad de pelearos y haced sitio para que el chaval pueda respirar. ¿Habéis avisado ya a un profesor? —Todos los presentes se miraron y negaron con la cabeza, sintiéndose tal vez un poco avergonzados.

—Ya voy yo.

Dicho y hecho. Darío salió corriendo y volvió al cabo de un par de minutos acompañado por Luismi, uno de los profesores. Aunque lo habitual hubiera sido llevar a Eloy a la enfermería de la escuela, se fueron directos a San Mateo. Tenían que asegurarse de que la herida no era tan grave como parecía.


El accidente ocurrido en el recreo fue la comidilla de la escuela de magia durante el resto del día. López había repetido una y mil veces que en ningún momento había querido herir a Eloy y los profesores parecían creerse que todo había sido un accidente. Darío, que no sentía demasiada simpatía por su compañero, también pensaba que era sincero. López podía ser un matón y un imbécil, pero no era tonto. Aspiraba a ser auror como su tío y su abuelo y sabía que meterse en líos podría cerrarle muchas puertas en el futuro. Por eso no solía pasar de los insultos y por eso a Darío le resultaba tan fácil creer en su palabra. Además estaba el testimonio de Alf, que había sido testigo directo de todo y que no podía afirmar con seguridad que López hubiera hecho aquello aposta.

Lo primero que hizo Darío cuando llegó a casa de su padre, fue explicarle a todo el mundo lo que había pasado. Estaban en la cocina, esperando a que la tía Mary terminara de preparar la comida.

—Si no fuerais haciendo el bestia por ahí no pasarían estas cosas —Afirmó la mujer, claramente disgustada por lo que había pasado. Tenía un fuerte acento inglés, pero ya no tenía problemas para hablar en español.

—No estábamos haciendo el bestia, mamá. A López le ha salido el tiro por la culata y punto.

—Pues si no se os dejara a los niños jugar con esas bludgers no hubiera pasado nada.

—No se puede jugar al quidditch sin bludgers. Ahí reside el encanto del juego. Y ya no somos niños, joder.

—Esa boca, Alfred.

Darío se fijó en que su padre sonreía ante el intercambio de palabras. Alf se estaba convirtiendo poco a poco en un pequeño quebradero de cabeza para sus progenitores. No dedicaba su tiempo a hacer tonterías, pero odiaba estudiar y no parecía aspirar a mucho en el futuro. Únicamente parecían interesarle los barcos, aunque dedicarse a la aeronáutica no le interesaba en lo más mínimo. Prefería mil veces la vida de un viejo lobo de mar.

—¿Cómo está el chico? —Ricardo interrumpió la discusión entre madre e hijo.

—Los profes no nos han dicho nada, pero no tenía buena pinta cuando se lo llevaron al hospital. Sangraba un montón.

—Es bueno que las heridas en la cabeza sangren.

—Supongo.

—He pensado que podíamos acercarnos por San Mateo para ver si nos dicen algo —Dijo Alf, sorprendiendo a todo el mundo con semejante idea. Pero en el fondo tenía sentido que se interesara por el chico. Él había invitado a Eloy a unirse al partido y era responsable directo de lo ocurrido.

—Me parece bien —Darío captó sus pensamientos a la primera—. Así nos quedamos más tranquilos.

Alf asintió y se quedó bastante serio. Lo que había empezado como un simple partido de quidditch casi terminó en tragedia y no se sentía bien precisamente.

Así pues, cerca de media tarde Alf y Darío se presentaron en el Hospital Mágico de San Mateo con la firme intención de ver a su compañero, pero los de información les dijeron que Eloy Jiménez tenía las visitas restringidas. Cuando le preguntaron si al menos podía decirles si el chico estaba bien, la mujer que les atendió negó con la cabeza y procedió a ignorarles olímpicamente.

—Pues sí que es raro —Dijo Alf mientras se dirigían de vuelta a la salida. Si no podían ver a Eloy, no tenía sentido que se quedaran allí—. No se habrá muerto. ¿Verdad?

Darío sintió un escalofrío y miró hacia atrás con preocupación.

—No digas eso, tío, no creo que haya sido para tanto. Aunque podríamos insistir un poco. Igual si nos ponemos pesados, nos hacen más caso.

—Vamos.

Los dos chicos se dieron media vuelta, dispuestos a no irse de allí hasta no saber algo sobre Jiménez, pero entonces una voz familiar sonó a sus espaldas.

—¡Darío!

Era Marga Vázquez, su madrina. Prácticamente se había criado junto a su madre y eran amigas inseparables, casi como hermanas. Marga era una mujer atractiva de pelo y ojos oscuros y con el cuervo repleto de curvas. Era una completa cabeza de chorlito y, aunque ya no era una niña, ligar le gustaba tanto como cuando tenía veinte años. Ya no era tan fácil como antes, pero Darío había escuchado más de una conversación entre Marga y su madre y sabía que su madrina no había perdido la práctica. Darío encontraba muy divertido todo aquello, pero no tanto la costumbre que tenía esa mujer de darle achuchones en cuanto lo tenía cerca. Porque una cosa era aceptar de buen grado los besos y abrazos de su madre y otra muy distinta que Marga le besuqueara y le pellizcara las mejillas.

—¡Caray, Darío! Creo que has dado otro estirón.

—Hace una semana que nos vimos —Darío luchó por librarse de esas manos tan pegajosas—. No me ha dado tiempo de crecer nada.

—Eso dices tú, pero a mí me parece que estás más alto. ¡Y mira qué guapo!

—Marga, por favor.

La mujer sonrió con diversión. La cara de Darío era todo un poema. Después se fijó en Alf, que se reía disimuladamente, y decidió que no se marcharía de rositas.

—¡Y tú, Alfredito! —Procedió a besuquearle y pellizcarle. Esa vez fue Darío el que se rió—. Deberías comer más. Estás flaquísimo.

—No se lo repitas dos veces, Marga, que te va a hacer caso.

Después de un pequeño forcejeó, Alf también pudo librarse de aquellas manos y se colocó al lado de Darío, quizá un pasito por detrás. Marga podía ser una tía guay y todas esas cosas, pero siempre tendía a avergonzarles en público.

—¿Qué hacéis aquí? —Preguntó adquiriendo una pose más seria—. No habrá pasado nada en casa.

—¡Qué va! Hemos venido a ver a un compañero de la escuela de magia. Se ha dado un buen golpe en el cabeza cuando jugaba al quidditch con Alf y los demás y queríamos saber cómo estaba, pero no nos han querido decir nada.

—Creemos que es posible que le haya pasado algo chungo.

—¿En serio? —Marga frunció el ceño—. ¿Cómo se llama el chico?

—Eloy Jiménez.

—Vale —Marga acababa de entrar en modo trabajadora ministerial y era un poco escalofriante verla en ese estado—. Esperad aquí, chicos. Iré a ver si me dicen algo.

—Suerte con esa tía —Dijo Alf—. Es una borde de mucho cuidado.

Marga asintió y se acercó al puesto de información con absoluta determinación. Desde su posición ni Darío ni Alf podían escuchar lo que estaba diciendo, pero Marga parecía bastante dispuesta a obtener una respuesta. Cuando volvió, les dedicó una sonrisa satisfecha a los chicos.

—Lo siento, pero no podéis verle. Eso sí, vuestro amigo está bien. La herida era bastante aparatosa, pero dentro de un par de días estará curada y no ha sufrido ninguna lesión más. Podéis estar tranquilos.

—Menos mal —Alf suspiró. Se sentía aliviado, aunque aún tenía un poco de culpa reconcomiéndole por dentro.

—Será mejor que os vayáis, chicos.

—Sí. Venga, Alf. Hasta luego, Marga.

Marga Vázquez despidió a los chicos con un gesto y emprendió la marcha a lo largo de uno de los pasillos del hospital. Cuando llegó al despacho del sanador Ulloa, llamó con los nudillos y entró a la estancia. Le esperaban unos días de arduo trabajo que pensaba afrontar con absoluta profesionalidad.


Y hasta aquí la primera parte de esta historia. Va a estar centrada en Marga y en su trabajo y espero saber manejar el tema con más o menos acierto. Si todo sale bien y sigo escribiendo al ritmo que llevo, es posible que mañana mismo pueda actualizar. Aunque, como siempre, no prometo nada.

¿Os he dicho ya que me gusta recibir reviews? Estoy bastante segura de que el botoncito de ahí abajo no da calambre ^^.