EL ENEMIGO EN CASA II
Madrid, Hospital Mágico de San Mateo. Mayo de 2007.
—Buenas tardes, Marga —Ulloa estrechó la mano de la recién llegada con firmeza—. Ya conoces a la sanadora Vilamaior. ¿Cierto?
Marga asintió y saludó a Amaia. Por supuesto que la conocía. Durante los años que llevaba trabajando en el Ministerio había colaborado con la mujer en alguna ocasión y sabía que era una gran profesional, alguien que se preocupaba muchísimo por sus pacientes. Además, aunque nadie se lo había confirmado nunca oficialmente, Ulloa había dejado caer en alguna ocasión que la sanadora tuvo mucho que ver en la recuperación de su ahijado recién nacido. Y luego estaba Jaime, por supuesto. Aunque hacía un montón de años que habían sido novios, Marga aún se sentía un poco extraña cuando coincidía con la sanadora Vilamaior porque, sí, Amaia había sido su cuñada. Nunca llegó a ser presentada formalmente a la familia, pero Marga guardaba un grato recuerdo de Jaime y en ocasiones pensaba que no habría estado mal conocerlos. En cualquier caso, a esas alturas Jaime Vilamaior era un hombre casado y padre de familia y Marga no acostumbraba a pensar demasiado en él.
Después de unas palabras de cortesía, los tres brujos presentes tomaron asiento y se dispusieron a entrar en faena. Marga tenía una ligera idea de qué iba todo aquello y se dispuso a escuchar con atención. En el Ministerio habían recibido una llamada de alerta desde San Mateo por supuestos malos tratos y los Servicios Sociales debían intervenir porque la posible víctima era un menor.
—Eloy Jiménez ingresó esta mañana en urgencias con un fuerte golpe en la cabeza —Explicó Ulloa con absoluta seriedad—. Todo parecía indicar que únicamente se trataba de un accidente de quidditch, pero cuando la sanadora Vilamaior procedió a examinarlo, descubrió indicios que nos hacen sospechar que el chico ha sufrido un trato negligente.
Marga se dio cuenta de que Amaia fruncía el ceño. Debía pensar que su compañero se estaba quedando bastante corto.
—Encontramos unas cuantas lesiones antiguas —La sanadora colocó un documento sobre la mesa. Era la representación de un esqueleto humano y estaba marcado con numerosos puntos rojos—. También tiene una serie de cicatrices en la espalda y algunas quemaduras en brazos y piernas.
—El chico intentó ocultar cualquier marca visible y se resistió bastante a que le lavaran la cara. Venía vestido con esas pintas raras —Ulloa hizo un gesto que demostró lo incomprensible que le resultaba la moda actual—. Con ropa negra y maquillaje blanco. Pues bien, cuando le quitamos todo ese pringue, nos dimos cuenta de que el chaval tenía motivos para esconderse. Alguien le ha puesto un ojo a la funerala. Y seguramente fue ayer mismo.
Marga tragó saliva. Ulloa retorcía las manos como acostumbraba a hacer cuando alguna situación lo sobrepasaba y Amaia Vilamaior parecía muy disgustada. Los entendía perfectamente a los dos. Llevaba muchos años intentando ayudar a gente que sufría malos tratos. No era fácil y no siempre había un final feliz, pero Marga nunca perdía la esperanza.
—¿Ha despertado ya?
—Hace un par de horas.
—¿Y habéis hablado con él?
—No. Puesto que sospechamos que la violencia puede producirse en el ámbito familiar, lo hemos mantenido aislado hasta ahora. Sus padres están en una sala de espera, volviendo loco a todo el mundo.
Marga asintió y le echó un vistazo al expediente del chico. Eloy Jiménez aún no había cumplido los quince años y vivía con su familia en un pueblo de la sierra madrileña. Enrique, su padre, era muggle y trabajaba como guardia forestal. Paula, su madre, llevaba casi veinte años trabajando en el Ministerio de Magia como secretaria. Además, Eloy tenía dos hermanos pequeños, Quique y Roberto, de once y seis años. En cuanto leyó sus nombres, Marga supo que ellos eran la prioridad. Al parecer, Roberto pronto tendría ocasión de adquirir su primera varita, pero Quique había resultado ser un squib.
Algunos compañeros de trabajo hubieran optado por ser prudentes e investigar un poco antes de tomar según qué medidas, pero Marga nunca se andaba por las ramas cuando se trataba de menores. Pondría a esos dos niños bajo la tutela del Ministerio en ese preciso instante. Si metía la pata y todo era un malentendido ya se encargaría de pedir disculpas. No sería la primera vez que tuviera que hacerlo.
—¿Cabe la posibilidad de que le hayan zurrado los compañeros de colegio?
—Tal vez le hayan puesto el ojo morado, pero algunas de las fracturas más antiguas debieron producirse cuando no tenía más de seis o siete años —Contentó Amaia—. Me cuesta imaginarme a niños tan pequeños rompiéndole un brazo a un compañero. En cualquier caso, lo he comprobado. Eloy Jiménez nunca antes ha sido internado en San Mateo, aunque es posible que lo llevaran a un hospital muggle.
—Su madre es bruja y sabe que esa clase de lesiones se curan más rápidamente con la ayuda de la magia. Supongamos que el niño se hubiera roto el brazo al sufrir una caída. Cualquier madre lo hubiera traído aquí con el fin de evitarle sufrimiento —Los sanadores intercambiaron una mirada y no movieron un músculo—. Me inclino a pensar que alguien la armó en casa y la madre optó por resolver el problema en la intimidad. Un mago puede aprender algunos hechizos de sanación básicos y arreglar sin problemas esa clase de desaguisados. ¿Cierto?
Marga tenía que investigar todo el asunto, pero lo primero que hizo fue sospechar del padre. Normalmente eran los hombres los encargados de mantener aterradas a sus familias. Aunque en este caso la madre fuera bruja, era posible que la mujer estuviera lo suficientemente anulada psicológicamente como para no salir en defensa de sus hijos. Marga se dijo que tendrían que examinar a los hermanos pequeños lo antes posible y se dispuso a entrevistarse con el mayor.
—Si es posible, me gustaría hablar con Eloy.
Ulloa asintió y se dispuso a llevarla hasta la habitación del chico. Sólo esperaba que todo saliera bien.
A Eloy le dolía un montón la cabeza, y no se debía únicamente al accidente sufrido en el colegio. Apenas recordaba nada del partido de quidditch, pero una sanadora le había dicho que le habían golpeado con una bludger y que se había caído desde varios metros de altura. Realmente había tenido suerte por no haberse roto ni un solo hueso, pero eso no ayudaba al chico a estar más tranquilo. Nadie le había dicho nada, pero los sanadores habían visto el moretón que tenía en la cara y Eloy no dejaba de preguntarse qué pensarían en casa cuando se enteraran.
Apretó los dientes y procuró tranquilizarse. Estaba muy agobiado por todo lo ocurrido, pero no había sido culpa suya. Quizá no debería haberse puesto a jugar al quidditch, pero cuando ese Cattermole le ofreció la oportunidad de enfrentarse a López no pudo decir que no. Estaba tan cansado de que ese idiota le insultara y agrediera que lo que más había querido esa mañana fue vengarse de él, darle una paliza sobre la escoba y callarle la boca de una vez. Y mira cómo había terminado todo. Quizá Eloy no fuera el chico más listo del mundo, pero sabía que estaba metido en un buen lío.
Se sobresaltó cuando alguien llamó a la puerta. Un instante después, la sanadora que le había atendido entraba a la habitación acompañada de un hombre y una mujer. Le preguntó cómo se encontraba, le presentó a los recién llegados y luego se marchó junto al tal Ulloa. La otra mujer, Marga Vázquez, se quedó con él. Permaneció un instante inmóvil a los pies de su cama, pero después relajó su postura y se sentó a su lado. Eloy no tenía ni idea de lo que quería y ciertamente no tenía muchas ganas de averiguarlo. Bajo su humilde punto de vista, la situación empeoraba por momentos.
—Así que te gusta jugar al quidditch —Eloy entornó los ojos—. Tengo entendido que eres bastante bueno —El chico se encogió de hombros sin saber a dónde le llevaría esa conversación—. A mí tampoco se me daba del todo mal cuando iba al colegio. Solía ser cazadora. ¿Tú qué posición prefieres? —Eloy no contestó y la mujer sonrió—. Déjame adivinar. No te veo siendo un buen guardián, apuesto a que te gusta más la acción. Y no quiero que te ofendas, pero los golpeadores suelen ser más robustos que tú. Hoy jugabas de cazador. ¿Verdad? —Eloy se vio obligado a asentir, apabullado por la charla de aquella mujer—. Creo que te va bien, pero yo diría que lo tuyo es ser buscador.
Eloy no movió un músculo. No sabía cómo lo había hecho, pero la mujer no se había equivocado nada al decir que aquella era su posición favorita. Ciertamente no tenía muchas ocasiones para jugar al quidditch, pero desde la primera vez que persiguió una snitch supo que había nacido para eso. Para eso y para volar en escoba, porque mientras surcaba velozmente el aire se sentía libre e invencible. Feliz.
—Ha sido muy mala pata que hayas tenido ese accidente —Marga siguió hablando—. Pero no tienes que preocuparte, te recuperarás por completo. Dime. ¿Te sientes bien?
—Me duele un poco la cabeza.
—Es normal después del porrazo que te diste —Marga le sonrió. Le hablaba con cierta dulzura, como si quisiera hacerle sentir reconfortado pero sin incomodarle ni tratarle como a un niño pequeño. Eloy se dio cuenta de que estaba tratando de ganarse su confianza y contuvo un resoplido de risa. ¡Cómo si eso fuera posible!—. Se te pasará pronto, aunque puedo hablar con los sanadores para que te den un calmante. ¿Quieres?
Eloy se encogió de hombros y bajó la mirada. Lo que de verdad quería en ese momento era quedarse solo para intentar decidir cuál sería su siguiente paso.
—Bueno, veo que estás cansado y no me gustaría molestarte, pero quiero hacerte un par de preguntas.
—¿Por qué? —Eloy se dio cuenta de lo brusca que había sonado su voz. Se acababa de poner a la defensiva y esa mujer debía haberse dado cuenta.
—Tenemos que aclarar lo que ha ocurrido hoy.
—Pero no me acuerdo de nada. Dicen que López me golpeó, pero no vi nada.
—Ya. ¿López también te dio ese puñetazo?
La mujer señaló su rostro golpeado y Eloy sintió cómo su corazón se aceleraba. No quería contestar a aquello. No le importaba a nadie, mucho menos a esa tal Marga. Sin embargo, algo le decía que esa mujer no se rendiría fácilmente y respondió a regañadientes.
—No.
—¿Y quién te lo dio?
Eloy quiso decirle que a ella no le importaba, pero suponía acertadamente que Marga no se conformaría con esa respuesta. Así que optó por darle un poco de lo que quería.
—Me pelee con un chico del cole muggle.
—¿En serio? ¿Y él también recibió su parte o sólo tú terminaste con un ojo negro?
—No es asunto suyo.
—Sí que lo es, Eloy. Vengo de parte de los Servicios Sociales del Ministerio de Magia.
—¿Qué? —Sí. Estaba en un lío muy gordo, no cabía duda—. Lo de hoy ha sido un accidente, no tiene que estar aquí.
—Sí, lo de hoy ha sido accidente, efectivamente. Pero lo de antes no.
—Ya le he dicho que me he peleado con un compañero.
—Es posible —Eloy vio como esa mujer se encogía de hombros. Él empezaba a notar cómo el miedo le subía por la columna vertebral y ella estaba ahí, tan tranquila—. Pero de todas formas tenemos indicios suficientes para pensar que mi presencia aquí es necesaria.
—Pero no lo es —Eloy se removió con nerviosismo—. ¿Dónde están mis padres? Quiero verlos.
—Me temo que por el momento eso no podrá ser.
—¿Qué? Usted no puede…
—Mira, Eloy. Sé que ahora mismo estás confundido y asustado, pero quiero que sepas que no soy tu enemiga —La tal Marga no había dejado de hablarle con suavidad en todo momento y Eloy cada vez la entendía menos. Sabía que su presencia allí era cuanto menos problemática y definitivamente no quería hablar con ella sobre nada—. Te pido que respondas a mis preguntas con sinceridad y haré todo lo que esté en mi mano para que estés a salvo.
Eloy parpadeó. Durante un segundo creyó en esa mujer, pero entonces recordó cómo eran las cosas en la vida real y decidió que no abriría la boca. No quería que las cosas se pusieran aún más feas.
Marga ya se había esperado que el chaval se le cerrara en banda. Después de todo era un adolescente y a esas alturas debían considerar que todos los adultos que pululaban por el mundo estaban ahí para tocarle las narices, pero eso no volvía las cosas más fáciles. Necesitaba conseguir que Eloy se abriera a ella lo antes posible para poder empezar a tomar las medidas oportunas. El chico no tenía buen aspecto y su lenguaje corporal, su mirada y su forma de hablar delataban todo por lo que estaba pasando. Marga sabía que tendría que armarse de paciencia para conseguir que el chaval le contara la verdad. Si no lo conseguía siempre podría recurrir a los hermanos pequeños; esperaba que la violencia no les hubiera alcanzado a ellos también, pero la experiencia le decía que eso era casi imposible.
—Cuando los sanadores te atendieron esta mañana, descubrieron un montón de lesiones antiguas. Lesiones que uno no se hace en una pelea en el colegio o cayéndose por unas escaleras —El chico frunció el ceño y se cruzó de brazos, dispuesto a no abrir la boca—. Mira, Eloy, más tarde o más temprano voy a descubrir que está pasando aquí. Si me ayudas, haré que todo pare —El chaval no movió un músculo—. ¿Te has hecho todas esas heridas en casa? —A Marga le pareció que el labio inferior empezaba a temblarle, pero aún seguía tercamente callado—. ¿Han sido tus padres?
Marga sabía que hacer esa pregunta era un tanto arriesgado. Eloy Jiménez dio un respingo y pareció más obcecado que nunca en su actitud. Sí, iba a necesitar mucha paciencia con el chaval, pero estaba dispuesta a dedicarle todo el tiempo del mundo. Era la víctima y se merecía aquello y mucho más.
—Vamos a traer a tus hermanos pequeños al hospital. Nos daremos cuenta si están heridos.
—¡No! Dejen a mis hermanos en paz.
Al fin una reacción. A Marga le hubiera gustado poder cogerle una mano al chico para tranquilizarle, pero sabía que ese gesto podía tener más consecuencias negativas que positivas.
—Nadie les va a hacer daño. ¿Es que no lo entiendes, Eloy? Queremos ayudaros. A los tres. Y sé que esto es muy difícil para ti, de verdad que sí, pero guardando silencio sólo empeorarás las cosas.
El chico la miró fijamente y negó con la cabeza. Bien, aquello era normal. Tendría que dejarle reflexionar sobre ello, así que se dispuso a marcharse. Esperaría a que los sanadores vieran a los más pequeños y probaría a hablar con ellos.
—Está bien. Te dejaré que lo pienses. ¿De acuerdo? Descansa y hablaremos mañana.
—¿Mis padres pueden pasar?
—Lo siento, pero no.
Marga observó la reacción del chico. Parecía muy interesado en verles, pero cuando escuchó su negativa, Marga detectó cierto alivio en su mirada. Aquello sólo confirmaba que sus sospechas no iban para nada desencaminadas. Tras despedirse del chico, salió de la habitación. Apenas había recorrido medio pasillo cuando vio a Jorge Armero, un auror con el que también había trabajado antes. Era un tipo un poco más joven que ella, de físico imponente y ojos negrísimos. Marga lo consideraba atractivo y lo tenía fichado, aunque nunca había intentado nada con él porque el señor Armero era un tipo bastante desabrido.
—Buenas tardes, Jorge —Marga sonó amable, aunque había pronunciado el nombre del auror con cierta maldad. Armero odiaba que la gente le llamara por su nombre de pila y Marga se ganó una mirada hosca como premio.
—¿Por qué cojones siempre tengo que encontrarme con usted? —Además de antipático y seco, el auror era un tipo bastante mal hablado. Marga sonrió y se encogió de hombros—. ¿Es que no hay más gente en Asuntos Sociales?
—Eres un hombre afortunado. Debo suponer que estás aquí por el asunto de Eloy Jiménez —Armero asintió—. Pues sí que ha corrido López. ¿No? ¿Qué le preocupa más, el herido o su sobrino?
—¿Por qué no se lo pregunta a él? Estoy aquí cumpliendo órdenes. Las preocupaciones de López me la sudan.
Marga soltó una risita y negó con la cabeza. Armero era seco, mal hablado y muy poco diplomático y no parecía importarle hablar en aquellos términos de su propio jefe.
—No estás de buen humor. ¿Verdad? —Armero la fulminó con la mirada.
—¿Cómo está el chico? —El auror no le siguió la corriente.
—Se recuperará. Acabo de hablar con él, pero no ha querido decirme gran cosa.
—¿Y los padres?
—El sanador Ulloa me han dicho que están en una sala de espera. Ahora mismo iba a verlos.
—No.
—¿Qué?
—Que usted no va a hablar con ellos. Lo haré yo.
A Marga le extrañó aquella actitud. Normalmente los aurores no intervenían hasta un poco más adelante, pero en esa ocasión Marga no se atrevió a contradecirle. Además, era posible que no fuera una mala idea. Armero tenía fama de ser un interrogador bastante bueno y, aunque por nada del mundo permitiría que se acercara a los niños, quizá fuera adecuado que presionara a los padres.
—De acuerdo, pero debes mantenerme informada y seguir el protocolo de actuación.
—Sí, claro. El protocolo —Armero soltó un bufido. Estaba vestido con su uniforme de auror y lucía más imponente que nunca. Marga se sintió mal al pensar que también estaba bastante guapo porque esas cosas debían quedarse fuera del trabajo—. Ulloa me ha dicho que los otros dos niños ya han llegado al hospital. Ellos son cosa suya.
Tras decir aquello, Jorge Armero siguió con su camino y no miró atrás ni una sola vez. Marga sabía que era un buen auror y que se entregaba a su trabajo con absoluta pasión, pero hacía tiempo que no veía a nadie tan decidido a hacer justicia y eso la hizo sentirse infinitamente mejor.
Toledo. Esa misma noche.
—¡Ya!
Amelia dio un saltito atrás y aplaudió con entusiasmo. Lo único que Marga pudo hacer fue echar mano del espejo más cercano para descubrir que su pelo parecía un nido de pájaros adornado con numerosos lacitos rosas. Bueno, no presentaba el aspecto ideal, pero había estado peor. Cada vez que visitaba a Clara, la niña se empeñaba en peinarla y todo acostumbraba a terminar en desastre.
—¡Mira, papá! —La niña se puso a brincar delante de su progenitor en busca de atención—. ¡La tita Maga estáguapísima!
Margarita Vázquez enfrentó la mirada verdosa del marido de su mejor amiga. John Doe era un tipo bastante british todo el tiempo y sus sonrisas condescendientes algo que Marga denominaba como insoportable.
—Buen trabajo, honey. Seguro que la tía Marga está encantada con su nuevo peinado.
—¿Sí? —Amelia miró a la aludida fijamente.
—Pues claro.
—¡BIEEEEN!
John soltó una risita y Clara aprovechó el momento para consultar la hora. Aunque era sábado, ya se había hecho bastante tarde para que la niña anduviera dando tumbos por ahí.
—Me temo que ha llegado la hora de que nuestra peluquera se vaya a dormir.
—¡NOOOO!
—Sí, Amelia. Es tardísimo.
—¡Pero mañana no hay cole!
—Da igual. Los niños pequeños tienen que irse a la cama pronto haya o no haya cole.
—Pero Darío se queda más rato.
—Porque Darío ya es mayor. Venga, cariño, no me hagas enfadar.
—¡JOOO!
—Amelia.
—Vale. Pero que papá me lea un cuento.
La niña parecía firme en su determinación, así que John se puso en pie y la cogió en brazos.
—Está bien, brujita. Tú ganas. Te leeré un cuento y luego te dormirás.
—Sólo si es de hadas, pincesas y dagones.
—Te lo prometo.
Padre e hija desaparecieron escaleras arriba. Clara agitó la cabeza mientras una sonrisa satisfecha bailaba en sus labios. Marga sabía que a su amiga le había costado bastante tiempo y esfuerzo encontrar la felicidad, pero la había alcanzado y se le notaba un montón que no podía pedir nada más. Marga, que estaba satisfecha con la vida que había escogido, a veces se descubría a sí misma sintiendo envidia de su amiga y eso era algo que la desconcertaba.
—Esa niña es agotadora —Se quejó, aunque en realidad parecía muy satisfecha por ello.
—Díselo a mi pelo —Marga acababa de empezar a pelearse con un lacito y no le estaba resultando nada fácil deshacerse de él—. ¿Cómo se las ha arreglado para enredarlo tanto?
—Debe ser cosa de magia. ¿Qué quieres que te diga?
—¿Amelia hace esas cosas?
—¡Dios! Espero que no. Lo que nos faltaba —Las dos amigas se rieron—. No recuerdo que Darío fuera tan inquieto.
—Me temo que tu hijito te malacostumbró, Clarita. Ahora toca aguantarse.
Cuando Darío tenía la edad de Amelia podía pasarse horas y horas entretenido con un solo juguete y sin dar un ruido. En cambio, la niña era incapaz de parar quieta más de diez minutos seguidos.
—Es una suerte que a John le guste tanto jugar con ella.
—Sí, quién lo iba a decir. ¿No? Con lo serio que es.
—La vida te da sorpresas —Marga logró deshacerse de un lacito, que depositó con cuidado sobre la mesa.
— Y hablando de sorpresas, no sabes a quién me he encontrado hoy en San Mateo. A Darío.
—¿De verdad? —Marga notó que su amiga no se había preocupado ni por un segundo. Si Darío hubiera estado en el hospital como paciente, Ricardo no habría tardado ni un minuto en ponerla sobre aviso—. ¿Y qué hacía allí?
—Ha ido con Alf para ver a un compañero de colegio que ha resultado herido durante el recreo. Quizá tu hijo te cuente la historia completa más adelante.
Marga sintió la tentación de hacerlo ella misma, pero el secreto profesional era muy importante. Cuando John se reunió con ellas casi una hora más tarde, estaban charlando sobre las últimas novedades musicales y tomando bebidas combinadas. Aunque el día siguiente era domingo y en condiciones normales no tendría que ir a trabajar, pensaba pasarse por San Mateo para intentar avanzar un poco con el asunto de Eloy Jiménez. Había cosas que no podían esperar hasta el lunes.
