EL ENEMIGO EN CASA III
Madrid, Hospital Mágico de San Mateo. Mayo de 2007.
Al día siguiente, los sanadores confirmaron lo que Marga ya se temía. Quique y Roberto, los hermanos pequeños de Eloy Jiménez, también tenían signos de maltrato. Por fortuna, a Roberto aún no le habían roto ningún hueso, pero Quique tenía un par de fracturas ya curadas. Al igual que Eloy, los dos eran niños callados y retraídos, pero el mutismo del mediano parecía mucho más preocupante. Marga tenía la sensación de que el chico se había llevado la peor parte y sólo se le ocurría que eso podía deberse al hecho de ser un squib.
Cuando Marga había leído los expedientes médicos de ambos niños la sangre le había hervido. Literalmente. Trabajar en Asuntos Sociales era duro y pasaba casi todo el tiempo rodeada por las peores miserias humanas, pero los casos de malos tratos la ponían físicamente enferma, especialmente cuando las víctimas eran niños tan pequeños. Estaba decidida a averiguar la verdad ese mismo día, más que dispuesta a utilizar cualquier método que la ayudara a esclarecer los hechos.
—Has llegado pronto.
Marga, que se encontraba apoyada en la pared intentando ordenar sus pensamientos, se llevó un pequeño sobresalto cuando apareció Jorge Armero. Venía con el uniforme y estaba tan serio como siempre.
—Quiero avanzar todo lo posible con la investigación.
Armero asintió y le tendió una carpeta con un par de folios en su interior.
—Aquí tienes la transcripción de la conversación que mantuve ayer con los padres del chico.
Marga le echó un vistazo por encima. Al parecer, tanto Enrique, el padre, como Paula, su mujer, estaban preocupadísimos por su hijo y exigían verlo cuanto antes. Aseguraban no tener ni idea de cómo podía haberse herido Eloy en el pasado y rechazaban categóricamente tener algo que ver con eso. Marga ya se esperaba algo así; normalmente era necesario ejercer cierta presión antes de obtener una confesión.
—¿Qué impresión te causaron?
Jorge era un hombre experimentado en esas lides. Marga lo sabía capaz de leer el miedo en los ojos de las personas y por eso creyó a pies juntillas en sus palabras. Aunque la sorprendieron muchísimo.
—Fue la mujer la que llevó la voz cantante en todo momento —Aseguró Armero—. El marido estaba un paso por detrás, con la cabeza ligeramente agachada y los ojos clavados en el suelo. He visto demasiadas expresiones como la suya como para saber lo que le está pasando.
—¿Me estás diciendo que es la madre? —Armero asintió. A Marga se le revolvió el estómago.
—No es demasiado habitual, pero estoy bastante seguro de que esa mujer es la responsable de todo. Creo que ha llegado el momento de que hables con el chaval y le convenzas para que te cuente lo que está pasando en casa. De todas formas, pienso hablar con López. Tendríamos que examinar la varita de la madre para comprobar si utiliza la magia para infligir los malos tratos. Además, si el chico se niega a hablar contigo, podríamos hacer uso de la legeremancia.
—Es un menor, Jorge.
—Entonces gánate su confianza y ahórranos a todos unos cuantos días bastante desagradables.
Marga quiso decirle que estaba haciendo todo lo que podía para conseguir que el chico se abriera a ella, pero Jorge ya se alejaba a buen paso. Sus pesquisas le habían sido de gran ayuda. Armero era bueno en su trabajo y a Marga le agradaba trabajar con él porque acostumbraba a facilitarle mucho las cosas. Lástima que tuviera tan mal carácter. En cualquier caso, el auror estaba en lo cierto. Si sus suposiciones eran ciertas y la madre era la maltratadora, Marga debía asegurarse de que Eloy le dijera la verdad. Y pensaba hacerlo ya mismo.
Cuando llegó a su habitación, el chico acababa de desayunar. Tenía buen aspecto y en cuanto la vio entrar le dirigió una mirada cargada de hostilidad. Eso era buena señal porque significaba que ahí dentro había un espíritu fuerte. Eloy Jiménez iba a reponerse de todo el sufrimiento pasado. Él y sus hermanos saldrían adelante, Marga se iba a asegurar de ello.
—Buenos días, Eloy. ¿Cómo has pasado la noche? —El chico sólo se encogió de hombros. Puesto que consideraba del todo innecesario andarse por las ramas, Marga fue al grano—. Tus hermanos están en el hospital.
—¿Les ha pasado algo? —Eloy parecía extremadamente alarmado.
—No te preocupes por ellos, están bastante bien dadas las circunstancias.
—¿Qué quiere decir?
—Vamos a hablar claro, Eloy. Los sanadores les han realizado un examen clínico y han descubierto signos de maltrato muy similares a los que tú tienes.
—Yo no…
Marga vio el miedo en sus ojos. Podía imaginarse a la madre instándole a guardar silencio y sintió mucha pena por el chaval. Nadie se merecía que le ocurrieran cosas así. Todos los niños debían estar a salvo en casa, no convivir con su peor enemigo.
—Quiero ayudaros, Eloy. Voy a hacer todo lo que esté en mi mano para protegeos a tus hermanos y a ti, pero necesito que me digas qué está pasando. Lo averiguaremos de todas formas, así que haznos el trabajo más fácil.
Eloy bajó la mirada y estrujó las sábanas compulsivamente. Eso bastó para que Marga se diera cuenta de que estaba a punto de rendirse.
—En cuanto te hayas recuperado del todo, os llevaré a tus hermanos y a ti a un lugar seguro. No tienes nada que temer. Nadie volverá a haceros daño jamás, te lo juro.
—Mis padres —El chico habló tras un segundo de duda—. ¿Están aquí? —Clara asintió—. ¿Quieren verme?
—Han estado muy preocupados, sí.
—¿Y están con mis hermanos?
—Hemos optado por mantenerlos separados hasta que se aclare la situación —Eloy pareció aliviado—. Quiero que sepas que los aurores han estado hablando con ellos. Cuando los sanadores descubrieron tus heridas, inmediatamente dieron la voz de alarma y el Ministerio pasó a hacerse cargo del asunto. El auror que habló con tus padres tiene una idea bastante aproximada de lo que ha ocurrido, pero necesito que me lo confirmes.
—No puedo —Otra vez la angustia hizo acto de presencia.
—Sí puedes, Eloy. Mira, te lo voy a hacer más fácil. Yo haré las preguntas y tú sólo tendrás que decirme sí o no. ¿De acuerdo? —Tras volver a dudar, el chico asintió—. Todas esas señales antiguas y no tan antiguas que los sanadores encontraron en tu cuerpo. ¿Se produjeron en casa? —Eloy asintió. Apartaba la mirada y tenía los ojos llenos de lágrimas—. Creemos que podrían haber sido causados por tu madre. ¿Estamos en lo cierto?
Esa vez Eloy tardó bastante tiempo en reaccionar. Marga prácticamente podía oír su corazón latiendo a toda velocidad y otra vez lamentó que el chico tuviera que estar pasando por aquello, pero era necesario para poder poner punto y final a una situación simplemente insostenible. Al final, el chico volvió a asentir con la cabeza mientras un par de lágrimas rodaban por sus mejillas. Se las limpió con furia y rehuyó a Marga cuando ella intentó cogerle una mano. Consciente de lo difícil que todo eso estaba siendo para el chico, la bruja no insistió.
—Está bien, Eloy, tranquilo. Todo va a estar bien. ¿De acuerdo? No pasa nada —Marga logró sonar absolutamente tranquilizadora—. Si crees que no puedes seguir, dímelo. ¿Vale? —El chaval sorbió por la nariz e hizo un gesto un tanto errático—. Tu padre. ¿También os ha hecho daño alguna vez?
—No —Esa vez la respuesta fue rápida, casi alarmada—. Él no. Siempre intenta defendernos, pero no puede… —Eloy emitió un sollozo y negó efusivamente con la cabeza—. No puede hacer nada y también le hace daño a él, cuando se interpone.
—¿Utiliza tu madre la magia contra él? —Eloy asintió y Marga casi temió seguir preguntado. Aquello se volvía más y más grave cada segundo que pasaba—. ¿Qué clase de magia?
—Casi siempre son desmaius, para que se esté quieto, pero a veces, si está muy enfadada, le lanza maldiciones —A esas alturas, Eloy ya no podía controlar el llanto. Se había puesto completamente rojo y Marga podía sentir cómo la ira crecía en su interior—. O le hace callar y lo deja paralizado para obligarle a mirar.
—Entiendo —Marga suspiró, procurando no imaginarse lo que aquel hombre debía sentir cuando su mujer le hacía aquello último—. ¿También ha utilizado magia contra vosotros?
Eloy asintió y enumeró unas cuantas maldiciones que su madre solía emplear contra él y sus hermanos. Supuestamente, aquella era la forma que esa mujer tenía de disciplinar a los hijos. Eloy le contó que en casa existían multitud de normas que había que cumplir a rajatabla. Si alguien se las saltaba, las consecuencias podían ser terribles.
—Tu hermano Quique es un squib. ¿Verdad? —Inquirió Marga cuando el chico terminó su relato. Parecía solo un poquito más tranquilo de antes, como si se hubiera quitado un peso de encima pero aún no estuviera seguro de cuáles iban a ser las consecuencias—. ¿Cómo se tomaron tus padres la noticia?
—A mi padre no le importó, pero a mi madre no le gustó mucho.
—¿Es más dura con él por eso? —Eloy sólo se encogió de hombros. Esa vez sí, Marga le cogió una mano para demostrarle su apoyo y hacerle saber que todo saldría bien—. Me has sido de gran ayuda, Eloy. Muchas gracias por contármelo todo.
—Mi madre… Se enfadará si se entera.
—Te aseguro que no podrá hacer nada en contra de ninguno de vosotros —Marga se aseguraría de ello—. Ahora será mejor que descanses, aún no estás restablecido del todo.
—¿Puedo ver a mis hermanos?
—Haré que los traigan, pero sólo podrán quedarse un rato.
—¿Y mi padre?
—Veré que puedo hacer.
Eloy asintió y Marga le dirigió una última mirada antes de irse. Era evidente que estaba asustado y confundido y la mujer podía entenderlo perfectamente, pero en realidad no tenía nada que temer. Ya no.
La madre se vio obligada a confesar aquella misma tarde. Marga insistió en estar presente durante el interrogatorio al que la sometió Jorge Armero y quedó absolutamente fascinada ante la pericia del hombre. Quizá la había presionado demasiado en determinados momentos, pero había seguido el famoso procedimiento al pie de la letra y a la tal Paula no le quedó más remedio que admitir que, efectivamente, era una mujer bastante severa en el ámbito familiar. Pretendió quitarle importancia a sus acciones alegando que lidiar con tres hijos era ciertamente difícil y que ella, como madre, no podía dejar que se le subieran a la chepa, pero sus argumentos no se sostenían por ninguna parte porque ella no aplicaba disciplina, sino malos tratos. Eso era algo que tenían muy claro tanto Marga como Armero y aquella mujer, por más que lo negara, también sabía que estaba obrando mal.
Después de un par de horas terminó por contarles que su matrimonio no iba nada bien. No se daba cuenta de que a su marido no le hacía ninguna gracia estar casada con una mujer que golpeaba y hechizaba salvajemente a sus hijos. No. La tal Paula echaba la culpa de su fracaso a los niños. Decía que desde que ellos habían nacido, el marido les dedicaba todo su tiempo libre, que parecía quererlos más que a ella y no podía soportarlo. Paula estaba celosa de sus propios hijos y no podía controlar el impulso de hacerles daño. Ellos le habían quitado lo que más quería y habían echado a perder su vida perfecta. Aseguró que nunca había querido tenerlos, a ninguno de los tres, y que sólo había aceptado convertirse en madre por la insistencia de Enrique. Y para colmo uno de ellos le había salido squib, logrando que su padre le dedicara a él más atenciones, descuidándola aún más a ella.
Marga había tenido que morderse la lengua en más de una ocasión, pero el que había parecido realmente furioso fue Armero. Durante todo el interrogatorio tuvo cierto aspecto congestionado y sólo la presencia del defensor que Paula se había buscado lograba que se contuviera. Ahora tendrían que verse inmersos en un proceso judicial que, por fortuna, no sería ni largo ni farragoso. En casos como aquel, lo habitual era retirar la custodia de los niños al maltratador y alejarlo de ellos para evitar que se produjeran más ataques. Además, probablemente Paula se quedaría sin varita durante algún tiempo, haciéndole más complicado el intimidar a la familia. Puesto que había quedado demostrado que Enrique Jiménez no había tenido nada que ver con las agresiones, los niños quedarían bajo su tutela. Al ser un muggle, se le haría entrega de una alarma mágica que pondría sobre aviso a los aurores en caso de que la mujer apareciera por casa con malas intenciones. Con el tiempo, los dos niños magos podrían ser perfectamente capaces de defenderse, pero el marido y el segundo de los hijos siempre estarían relativamente indefensos.
En cualquier caso, a Marga le alegraba que todo marchara bien. Cuando terminó el interrogatorio, Armero y ella se reunieron con Enrique Jiménez para comunicarle las novedades. El hombre estaba entre asustado, avergonzado y aliviado y Marga lamentó que hubiera dado con una mujer como su esposa. Parecía un buen tipo y aseguraba haberse sentido fascinado con la magia al principio, cuando las cosas con Paula eran perfectas. Con el tiempo, la fascinación se había convertido en pánico y no era para menos. Nunca pudo hacer nada para proteger a sus hijos ni para protegerse a sí mismo y la separación de su esposa nunca fue factible. Paula había dejado bien claro lo que pensaba hacer si algún día la dejaba y Enrique simplemente había intentado minimizar al máximo el daño al que sus hijos eran sometidos. Prefería sufrir en sus propias carnes la ira de aquella mujer y rezar porque, en algún momento, sus hijos pudieran ser capaces de plantarle cara.
Marga creía que los niños iban a estar bien bajo sus cuidados. Se le notaba lo mucho que los quería y Marga se arrepentía de haber sospechado de él. Paula podía ser una auténtica calamidad y un mal bicho, pero ese hombre era un buen padre. Se había visto en medio de una situación que escapaba a su control y había hecho cuanto estuvo en su mano para escapar. Los sanadores terminaron por examinarlo a él también y descubrieron que no presentaba un estado mejor que el de sus hijos.
—¿Dice usted que Paula no podrá acercarse a nosotros? —Le había preguntado como si no diera crédito a sus palabras—. De todas formas creo que podríamos irnos a vivir a otro sitio.
Marga consideraba que era una buena idea. Alejarse de Paula minimizaría los riesgos y, aunque cabía la posibilidad de que la mujer pudiera solicitar un régimen de visitas para ver a sus hijos, Marga se aseguraría de que esas posibles visitas se llevaran a cabo en pleno Ministerio de Magia y bajo la supervisión de otros brujos.
—¿Puedo ver a mis hijos?
—En unas horas podrán estar todos juntos, no se preocupe.
Dejaron a Enrique Jiménez en una sala del Ministerio, comiéndose las uñas y con cierto aire inseguro en la mirada. Marga se fijó en la expresión de Armero y tuvo la imperiosa necesidad de ser amable con él.
—Has hecho un gran trabajo, Jorge. El interrogatorio a esa mujer no podría haber salido mejor.
—Me interesaba tanto como a ti que las cosas se aclararan cuanto antes. Odio que pasen cosas como esa.
—Como todos —Jorge frunció el ceño y Marga tuvo la sensación de que él lo odiaba más de lo normal—. Siempre me dices que no, pero. ¿Por qué no nos tomamos una cerveza? Para celebrar el éxito cosechado.
—No —A Marga le sorprendió un poco la rotundidad de su negativa.
—¿Por qué no?
—Mira, Marga, creo que eres más o menos buena con tu trabajo, pero no quiero salir contigo por ahí.
—¡Venga, Jorge! Sólo es una cerveza.
—Sigo prefiriendo no ir contigo a ninguna parte —Jorge torció el gesto y Marga supo que iba a decirle una barbaridad antes de que lo hiciera. Llevaba demasiado tiempo comportándose de forma civilizada—. No me fío de tus intenciones. Todo el mundo sabe que eres un poco golfa.
Y otra vez Jorge Armero la dejó con la palabra en la boca. Marga se sintió increíblemente indignada durante unos segundos y al final se encogió de hombros. Menudo gilipollas estaba hecho Armero. ¡Cómo si ella tuviera ganas de llevárselo a la cama, por favor! En cualquier caso, él se lo perdía. Por cabrón.
Madrid, Magisterium de Magia. El siguiente sábado.
—Muy mal, señor Cattermole. Se da cuenta de que tiene un cero. ¿Verdad?
—Pero sólo me he equivocado un par de veces.
—¿Un par de veces, dice? Debería repasar los apuntes del señor Vallejo —Y el profesor recalcó especialmente esas últimas palabras—. Se dará cuenta de que ha empezado mal desde el principio. Si sigue así, no conseguirá aprobar las Pociones ni a la de tres.
Alf puso morritos y agachó la cabeza. No podía decir que el profesor no tuviera razón. Durante esa semana no había dedicado mucho tiempo a las Pociones y en realidad no le sorprendía aquella nota tan catastrófica. Su madre iba a cabrearse un montón y no quería ni pensar en lo que ocurriría si al final suspendía la asignatura completa. Todo un verano castigado sin salir podría llegar a ser devastador.
—Su poción está más roja de lo normal y le ha salido un poco espesa, pero funcionaría llegado el caso. Tiene usted un ocho, señor Vallejo.
Darío sonrió y Alf lo miró con cara de pocos amigos. Vale, era una estupidez enfadarse con él porque si su primo había sacado buena nota era porque se había pasado toda la semana empollando y esforzándose un montón, pero aún no se le olvidaba que Darío no le había querido ayudar durante la clase. Su primo acostumbraba a soplarle las instrucciones cuando el profesor se despistaba, pero resultaba que ahora estaba enfadado con Alf por no prestar atención y se había mantenido inflexible en su posición, incluso si eso significaba no poder contar con la compañía de su primo durante todo el verano.
—Vaya, señor Jiménez —El profesor seguía con la clase totalmente ajeno a los pensamientos del joven señor Cattermole—. Su trabajo es el mejor de toda la clase, enhorabuena. Tiene la nota más alta.
Alf se giró para mirar a Eloy Jiménez. Al parecer, ya estaba completamente restablecido tras el accidente de la semana pasada y había acudido a clase como si nada. Vestía igual que siempre y no parecía que el golpe le hubiera afectado en lo más mínimo, pero había algo diferente en él porque, cuando el profesor elogió su trabajo, el chaval sonrió ampliamente, más incluso que aquel día sobre la escoba.
—¡Eh, guiri! —Vociferó López cuando la clase terminó. Otra de las cosas que habían cambiado era que ese idiota no se había metido con Jiménez en todo el día—. Tenemos pendiente un partido. ¿Preparado para que os machaquemos?
De forma inmediata, todos los miembros del equipo se reunieron en torno a Alf, pero seguía faltándoles un jugador. El chico miró a Darío, pero su primo no le dejó hablar.
—Lo siento, Alfie, pero he quedado con Fernando. Necesita entrenar ahora más que nunca.
—Ya, y tú eres el conejillo de indias —Darío le sonrió, se encogió de hombros y salió pitando de la clase. Alf recorrió el aula con la mirada y vio que Jiménez estaba recogiendo sus cosas—. Eloy. ¿Te apuntas?
El chico clavó sus ojos en López y asintió.
—Siempre y cuando López no haga trampas —Y aquella era la frase más larga que el chico había dicho desde que sus compañeros de clase lo conocían.
—¡No hice trampas! —Se quejó López—. ¡Fue un accidente!
—Lo que tú digas, chaval. ¡Venga! Vamos a jugar antes de que nos quedemos sin recreo.
En esa ocasión, el partido transcurrió sin incidentes y, aunque ninguno de los alumnos de la escuela de magia sabía lo que le había pasado, Eloy Jiménez les demostró que nada volvería a ser igual. A partir de entonces, todo iría a mejor.
FIN DEL MINIFIC
