LO QUE PUDO HABER SIDO

Este capítulo está dedicado a Sorg-esp. Hace tiempo te prometí un UA sobre Ricardo y tú me diste el pie para escribir esta pequeña historia. Para aquellos que no lo sepan, este fic está ambiento en la expansión del universo mágico ideada por Sorg y este capi puede servir de continuación a su minific "Aquel muchacho", ubicado dentro del espléndido "Uno más uno a veces son más de que dos" que recomiendo encarecidamente, así como el resto de sus historias porque son geniales, originales y no tienen desperdicio. Y ahora, al lío. A ver qué queda de todo esto ^^.


Puerto Mágico de Bilbao, julio de 2008.

Ricardo escuchaba a Julia con suma atención. Era la directora del Puerto Mágico de Bilbao, una mujer trabajadora y eficiente en la que Ricardo confiaba plenamente.

—El señor Maestre estuvo aquí hace tres días —Le decía Julia en ese momento. Maestre era un tipo de Aduanas que parecía empeñado en hacerle la vida imposible. A Ricardo se le revolvían las tripas cada vez que tenía que hablar con él—. No puso objeciones y se marchó con cara de malas pulgas.

—Ya me imagino, ya —Ricardo no pudo evitar sonreír con malicia—. ¿Qué hay de Íñigo Pozo? ¿Sabemos cuándo podrá reincorporarse?

Pozo era uno de los empleados más antiguos que trabajaban en la fábrica. A principios de junio se había ido de viaje a la selva del Amazonas y había cogido alguna clase de enfermedad mágica tropical que le mantenía ingresado en San Mateo desde entonces. Hasta el momento, los sanadores no habían logrado encontrar una cura para él.

—Al parecer, desde San Mateo han pedido ayuda a un par de sanadores de la zona, pero por ahora todo sigue tal y como estaba al principio. Por suerte, su salud no ha empeorado, pero sigue necesitando reposo absoluto.

Ricardo asintió. Pozo era uno de sus mejores capataces y era un fastidio no poder contar con sus servicios, pero no había nada que pudiera hacer para cambiar la situación. Únicamente podía esperar y confiar en que finalmente se recuperase.

—¿Qué tal se las está apañando su sustituto?

—Bastante bien, la verdad. Es un tipo muy mandón y creo que ya se ha ganado el odio de media fábrica. Nada que Íñigo no haya logrado antes que él.

Ricardo sonrió. Pozo era tan bueno en su puesto precisamente porque se le daba muy bien dar órdenes. La mitad de sus subalternos afirmaban no aguantar su tono autoritario y su escasa paciencia, pero a la hora de la verdad parecían estar genuinamente preocupados por él.

—Ten mantendré informado de cualquier novedad, no te preocupes. Por lo demás, todo está en orden. Ya se ha reparado el casco del barco que sufrió el accidente el invierno pasado y saldrá a faenar en un par de semanas. El capitán Pinzón dice que necesita personal. Me ofrecí para buscarle marineros, pero insistió en ocuparse personalmente del asunto. Al parecer, no se fía de mí.

—¡Bah! No te lo tomes como algo personal. Conozco a Pinzón desde hace años y es un tipo bastante paranoico cuando se trata de barcos. Tiene muy buen ojo para elegir a la gente adecuada.

Ricardo sabía que el capitán Pinzón era un marinero aguerrido porque había sido precisamente él quién le ayudó a sacar a los refugiados de Inglaterra tantos años atrás. Literalmente había luchado contra viento y marea para poner a salvo a todas aquellas personas y en más de una ocasión había demostrado su gran pericia. A día de hoy, todos aquellos ingleses que habían decidido quedarse en España tras la caída de lord Voldemort sentían una gran admiración y gratitud hacia Pinzón y Ricardo no dudaba de sus dotes como capitán. Julia, que estaba un poco dolida en su orgullo, también era consciente de ello y no insistió en el tema.

—Si no tienes que preguntarme nada, tengo que atender unos cuantos asuntos —Julia cerró la carpeta que traía entre manos y se puso en pie—. Tienes que firmar todos esos documentos para finales de semana.

—Está bien. Me ocuparé de todo ahora mismo.

Julia asintió y salió del despacho a paso ligero. Ricardo le echó un vistazo a toda aquella pila de papeles y suspiró. Iba a ser una semana muy larga. Dentro de unos días se iría de vacaciones con Darío y quería convencer a Clara y los suyos para que se les unieran. Aunque estaba hecho todo un adolescente y adoraba su independencia como el que más, a Darío le encantaba pasar tiempo con la familia. Con toda la familia. El chico estaba acostumbrado a que sus padres estuvieran separados y no dejaba de verle el lado positivo a eso de repartir su tiempo entre ambos progenitores, pero Ricardo conocía a su hijo y sabía que le haría mucha ilusión pasar unos días con sus padres y su hermana. Y ni siquiera tendrían que ir muy lejos, con un viajecito a la costa se conformaría.

Pero antes del placer, estaba la obligación. Ricardo decidió que se pondría con el trabajo en cuanto le echara un vistazo a la prensa. Quería mantener la mente despejada durante unos minutos antes de entrar en faena y leyó distraídamente las noticias sobre la actualidad política, económica y social. Pensaba que no habría nada reseñable cuando aquellas palabras se quedaron grabadas a fuego en su retina. Ricardo sintió cómo el corazón le daba un vuelco y no pudo evitar que los ojos se le llenaran de lágrimas.

Sara Amatriaín, su Sara, había sido asesinada en Italia.


Toledo. Unos días después.

—¿Te has vuelto loco? Eso no es una casa, es una mansión. Es demasiado grande.

—Venga, Clara, no seas tiquismiquis. Hace un par de días te quejabas porque si viajábamos todos juntos no tendríamos intimidad. Pues bien, en esta casa no tendremos que vernos las caras si no queremos y los chicos se divertirán un montón.

Clara frunció el ceño y volvió a mirar la pantalla del ordenador. Aunque acostumbraba a rechazar sus invitaciones, ese año había accedido a pasar sus vacaciones en compañía de Ricardo. No podía descuidar la tienda, eso por supuesto, así que había decidido cerrar los primeros diez días del mes de agosto. En esas fechas no solía tener demasiados clientes puesto que las oleadas de madres histéricas empezaban a invadir el barrio mágico en la última quincena del mes. Clara sabía que el mundo no iba a hundirse porque se tomara unos días de asueto y, puesto que realmente le hacía ilusión tener la oportunidad de estar con Darío en vacaciones después de varios años pasándolas por separado, se dejó convencer por Ricardo. Pero había un problema: ese hombre insistía en despilfarrar el dinero. Estaba empeñada en convencerle para buscar un sitio más pequeño, pero Amelia decidió intervenir en la conversación.

—¡Una casita de muñecas! ¡Qué chula!

La niña no había tardado ni una milésima de segundo en localizar todos los juguetes estratégicamente colocados por la vivienda. La calidad de las fotografías era bastante buena, pero ni siquiera Clara se había dado cuenta de aquellos detalles. A Ricardo le encantó contar con el apoyo de una aliada tan menuda y la sentó sobre sus rodillas, acercando un poquito más la imagen de la susodicha casa de muñecas.

—¿Sabes una cosa? —Amelia negó efusivamente con la cabeza. Su madre le había hecho dos trencitas que se agitaron con gracia—. Cuando vayamos de vacaciones, podrás jugar con ella todo el rato que quieras.

—¿Sí?

—Sí.

—¡BIIIIIEEEEEN!

Amelia se bajó de sus piernas de un saltito y fue en busca de su padre. Doc andaba por la cocina, preparando unos aperitivos. Ricardo se había presentado de sorpresa en casa y les había soltado todo el rollo de las vacaciones. En cuanto Darío volviera de los campamentos mágicos, viajarían hasta Marbella. La casa estaba muy cerca de la playa y, aunque a simple vista no se diferenciaba de otras casas muggles, en realidad era un pequeño paraíso terrenal que Ricardo había buscado con mucha dedicación.

Después de que Amelia expresara su entusiasmo ante la perspectiva de contar con un montón de nuevos juguetes a su entera disposición, Ricardo le dedicó una sonrisa amistosa a Clara. A la mujer no le había hecho ni pizca de gracia que utilizara a la niña de esa manera, pero tendría que aguantarse.

—¿Se puede saber con qué cara le digo ahora que no vamos a ir a esa casa? Se va a llevar un disgusto tremendo.

—Pues acepta que mi proposición es la mejor —Ricardo se puso un poco más serio—. Venga, mujer. Todos los años me dices que no. Darío está hecho un hombretón. ¿Cuántas oportunidades como esta crees que vamos a tener? Antes de que nos demos cuenta, nuestro hijo cumplirá la mayoría de edad, se irá a la universidad y no le apetecerá tener que pasar las vacaciones de verano con sus viejos. Olvídate de todas esas objeciones y dime que sí —Clara tenía el ceño fruncido, pero parecía al borde de la rendición—. Hazlo por los niños. Les encanta estar juntos. Tendrán toda una playa para ellos solos.

—No me gusta que te gastes tanto dinero en Darío.

—¿Otra vez con lo mismo? Es mi dinero y Darío es mi hijo. Puedo comprarle todo lo que quiera y llevarlo a los sitios que me apetezca.

—No quiero que lo malcríes.

—Darío puede ser muchas cosas, pero no un malcriado —Ricardo recuperó la sonrisa conciliadora y buscó la fotografía de los jardines de aquella bonita casa. Sabía que eso haría que las defensas de Clara se resintieran un poquito más porque a ella siempre le había encantado vivir rodeada por la naturaleza—. No se mete en líos, saca unas notas excelentes y siempre está dispuesto a echar una mano. Y tiene dieciséis años, joder. No es como si pudiéramos quejarnos. Si le compro cosas es porque se las merece, no porque sea un caprichoso ni nada por el estilo. Y si este año quiere pasar las vacaciones con su hermana. ¿Quiénes somos nosotros para impedírselo?

—¡Ay, Ricardo! ¡Qué liante eres!

—¿Eso es un sí? —Clara asintió y Ricardo amplió su sonrisa—. No pongas esa cara. La casa te va a encantar. Yo diría que Doc y tú os lo vais a pasar incluso mejor que los niños.

Ricardo le guiñó un ojo y se ganó a cambio un codazo en las costillas. Sí, chinchar un poco a aquellos dos siempre era divertido. Doc regresó en ese momento de la cocina, procurando mantener el equilibrio mientras Amelia daba saltitos a su alrededor y hablaba sin parar.

—Estate quieta un segundo, honey. Vas a hacer que papá tire todas las cosas.

—¡Pero es que hay muuuuchos juguetes! ¡Y el tío Ricardo dice que podré jugar con tooooodos!

—Estoy seguro de que va a ser muy divertido —Doc dejó la bandeja con el aperitivo sobre la mesita de centro y sentó a su hija en el sofá—. Pero quédate ahí cinco minutos. ¿Vale? Los mayores tenemos que hablar.

—¿Y qué hago? —Amelia se cruzó de brazos. Tenía pinta de no ir a durar allí sentada más de un par de segundos. Su padre buscó el mando a distancia de la televisión y la encendió.

—Ve los dibujos. Estos te gustaban. ¿No? —En la pantalla estaba Bob Esponja y todos los niños querían a Bob Esponja, aunque Amelia procuró parecer muy poco impresionada.

—Bueeeenoooo… Lo veré un ratito.

Un instante después, la niña fue abducida por la televisión. Sí, era una suerte vivir en España. Caradoc Dearborn sabía que la mayoría de los magos ingleses no tenían televisión y no podía imaginar cómo se las apañaban para entretener a los niños cuando necesitaban un ratito de paz.

—Buenas noticias, Doc. He convencido a tu mujer para irnos todos juntos de viaje como una gran familia feliz.

Había cierto tono irónico en el tono de Ricardo Vallejo. Caradoc chasqueó la lengua y centró su atención en la pantalla del ordenador. No todo el mundo tenía acceso a aquellas páginas webs, pero a esas alturas muchas empresas mágicas ofrecían sus servicios a través de Internet. Y, a pesar de la crisis económica, las inmobiliarias eran bastante exitosas.

—No estoy seguro de que vaya a ser una buena idea —Doc se fijó en las fotografías de aquella mansión y soltó un silbidito—. Es enorme. ¿Cuánto dices que cuesta alquilarla?

—Esas cosas no se preguntan, amigo. Os he invitado a venir y no tenéis que preocuparos por esos detalles insignificantes.

—¡Insignificantes dice!

—Pero bueno —Ricardo se puso en pie para encararlos y frunció el ceño—. ¿Queréis hacer el favor de dejar de protestar? Que os estoy invitando a unas vacaciones, no voy a llevaros al corredor de la muerte.

Clara y Caradoc intercambiaron una mirada y tuvieron que sonreír. En el fondo, Ricardo tenía razón. El hombre podía tener multitud de defectos y un pasado del que nadie podría sentirse demasiado orgulloso, pero también tenía unas cuantas virtudes. La generosidad era una de ellas. La generosidad y el enorme amor que le profesaba a su familia, sobre todo a Darío.

—Nos sigue pareciendo exagerado —Dijo Clara. Ricardo refunfuñó algo y, al mirar de nuevo la pantalla del ordenador, se dio cuenta de que se le estaba haciendo un poco tarde—. ¡Vaya! Tengo que irme.

—¿Ya? Ni siquiera te has tomado una cerveza.

—Si no te hubieras pasado una hora en la cocina lo habría hecho, pero ya no hay solución —Ricardo, que al llegar había dejado la varita sobre la mesa, se la ocultó entre la ropa—. Tengo que ir a funeral esta tarde y quiero pasarme por casa para cambiarme de ropa.

—¿Es alguien que conozcamos? —Clara hizo la pregunta casi con miedo, temiendo la posibilidad de entrar en terreno farragoso.

—Es posible que la hayas visto en alguna ocasión. Se trata de Sara Amatriaín. ¿Te suena?

Gracias a su negocio, Clara podía relacionarse con mucha gente del mundo mágico. La señora Amatriaín era bastante conocida en la comunidad y las circunstancias en que se produjo su muerte no pasaron desapercibidas para nadie. Además, estaba la sospecha de que esa mujer y su hija Amaia habían ayudado a que el Darío recién nacido se pusiera bien. Lo que no terminaba de entender era qué pintaba Ricardo en todo aquello. A pesar de que lo conocía desde hacía años, seguía siendo un hombre extraordinariamente reservado.

—Claro. Fue una lástima lo que pasó —Hizo una pausa y creyó que era un buen momento para sacar el tema—. Y no sé si tú sabrás algo, pero creo que tuvo algo que ver con la recuperación de Darío cuando estuvo tan malito. Ahora me arrepiento de no habérselo preguntado directamente.

—A Sara le preocupaba mucho la gente —Clara se dio cuenta de que los ojos de Ricardo brillaban de forma extraña—. Nunca te he dicho que nos conocimos cuando yo era un chaval. ¿Verdad?

—No.

—Se portó muy bien conmigo y, sí, estoy bastante seguro de que se las arregló para ayudar a Darío —Ricardo suspiró. Se le estaba haciendo un nudo en la garganta y se empeñó en luchar contra él—. Ir a su funeral es lo menos que puedo hacer.

Clara tenía muchas cosas que hablar con Ricardo, pero tendría que esperar porque acababa de tomar una decisión.

—¿Sabes qué? Me voy contigo. Si esa señora salvó la vida de mi hijo, debo despedirla con dignidad. No te muevas de aquí.

Clara se dirigió a su dormitorio. Tenía la cabeza hecha un lío, pero sabía que estaba obrando correctamente. No sabía por qué nunca se había animado y había abordado a Sara Amatriaín en alguna de las numerosísimas ocasiones que se la había encontrado en el barrio mágico. Quizá porque únicamente tenía sospechas y no quería quedar en ridículo, pero tendría que haberlo hecho. Y haberle dado las gracias porque lo hizo por ella no tenía nombre.

Mientras tanto, en la planta de abajo, Doc permanecía en silencio. Había escuchado toda la conversación anterior desde un segundo plano y observaba detenidamente a Ricardo. Aunque el rostro del hombre luciera impertérrito, sus ojos expresaban multitud de sentimientos. Ignoraba hasta qué punto la señora Amatriaín había influido en Ricardo, pero estaba claro como el agua que él la apreciaba bastante.

—¿Quieres que os acompañe? —Doc tenía la sensación de haber reaccionado demasiado tarde. Por fortuna, Ricardo negó con la cabeza.

—A estas alturas te resultaría imposible encontrar a alguien que se quede con la niña —Ricardo miró a Amelia, que seguía absorta en sus dibujos animados—. Pero gracias por ofrecerte.

Doc asintió y se dispuso a apagar el ordenador. Quizá podría llevarse a Amelia al parque mientras Clara estuviera fuera. Eso si lograba que le quitara los ojos de encima a Bob Esponja. Doc no sabía que tenían esos dibujos, pero ciertamente lograban que los niños se quedaran embobados viéndolos.


El funeral estaba resultando ser bastante concurrido. Ricardo sabía que el cuerpo de Sara había sido enterrado en la cripta que su familia poseía en el cementerio de Tudela, junto a todos sus antepasados y familiares más cercanos. Aquella ceremonia se había celebrado en la más estricta intimidad y quizá por eso había tanta gente dispuesta a darle el último adiós a tan extraordinaria mujer.

Ricardo y Clara se sentaron en la última fila, ambos vestidos de riguroso negro. Clara estaba allí porque lo consideraba su deber, pero Ricardo simplemente lo necesitaba. Era un hombre acostumbrado a mantener sus emociones a raya. A lo largo de su tortuosa vida había aprendido que los sentimientos significaban debilidad y había tenido un par de buenos maestros que le habían enseñado a mostrarse indiferente ante cualquier circunstancia, ya fuera favorable o contraria a sus intereses. Pero el hecho de no mostrar nada no significaba que no sintiera cosas. Algunas, como el amor por su hijo, nunca había podido ni querido ocultarlas. Otras, con la tristeza que le producía la muerte de Sara, las había sufrido en soledad.

Sara Amatriaín fue una gran mujer y a Ricardo le daba rabia que se hubiera ido tan pronto. Era joven aún y tenía mucho por lo que vivir, pero había muerto protegiendo a los suyos. Ricardo lamentaba no haber tenido más tiempo para hablar con ella. Los encuentros que había tenido a lo largo de los años ahora se le antojaban insuficientes porque había muchas cosas que no le había dicho. Para empezar, nunca habían hablado directamente de Darío, aunque Ricardo siempre había creído saber la verdad. Nunca se había disculpado con ella por haberla tratado mal y haber sido un imbécil. Y nunca le había agradecido que le ayudara cuando nadie más quería hacerlo y sin estar obligada a nada.

Ricardo suspiró y fijó su atención en las primeras hileras de bancos. Allí estaban sentados sus familiares, todos destrozados y unidos en medio de su dolor. Ricardo apretó los dientes al pensar que podría haber formado parte de todo aquello. Si no hubiera sido tan tonto, si no hubiera rechazado el apoyo de Sara, todo podría haber sido muy distinto.

La mano de Clara apretando la suya le hizo sobresaltarse. Sólo entonces se dio cuenta de que las lágrimas se le escurrían sin descanso por las mejillas. Clara le sonrió y le tendió un pañuelo de papel sin hacer comentarios. Ricardo se limpió casi con furia y luchó por controlarse. Algo en su interior le decía que no tenía derecho a llorar. Ya no. Había rechazado a Sara y no había formado parte de su vida simplemente porque no quiso. Había perdido su oportunidad hacía mucho y ya no era tiempo para las lamentaciones.

El oficio religioso comenzó. El silencio era total y Ricardo se estremeció. Clara seguía agarrada a su mano, prestando toda su atención a las palabras del sacerdote y con una expresión serena en el rostro. Ricardo sólo lloraba. Era incapaz de entender lo que el cura decía y no podía pensar en otra cosa más que en Sara muerta. Le parecía increíble. Se lo había parecido desde el mismo momento en que conoció la trágica noticia y sabía que tardaría mucho tiempo en aceptar que Sara, esa mujer fuerte y voluntariosa, no volvería a mencionar su nombre nunca más. Con la sensación de que siempre se iban los mejores, Ricardo suspiró y cerró los ojos un instante para evocar el rostro de la fallecida.

Un rato después, se descubrió a sí mismo dándoles el pésame a todos los familiares de Sara. Ninguno de ellos dio muestras de reconocerle y Ricardo casi lo agradeció. Cuando abandonó la iglesia se sentía tan mal que hasta Clara se dio cuenta.

—¿Por qué no te vienes a casa? —Le preguntó con suavidad—. Seguro que Amelia quiere hacerte un montón de preguntas sobre todos los juguetes que habrá en la casa de verano.

Ricardo agradeció el gesto con una sonrisa y negó con la cabeza.

—Tengo cosas que hacer —"Como morirme de pena, por ejemplo", pero eso último sólo lo pensó—. Pero ya que lo mencionas, que sepas que ya no puedes echarte atrás. Pienso llamar a Darío en cuanto llegue a casa.

Y no sólo para comentarle las nuevas noticias. No lo reconocería abiertamente, pero el funeral lo había dejado tan devastado que lo único que a esas alturas podría levantarle un poco el ánimo era hablar con su hijo. Ni salir de juerga ni emborracharse, sólo Darío. Clara pareció entenderle porque le dio un beso en la mejilla y se fue sin decirle nada más. Cuando llegó a Toledo, la mujer se dijo que debía mantener una charla con Amaia Vilamaior en cuanto le fuera posible.

Ricardo, por su parte, buscó un lugar seguro para desaparecerse y se fue a casa. Lo primero que hizo al llegar fue servirse una copa de whisky y después se dejó caer en el sofá. De repente le dio mucho sueño y se quedó profundamente dormido. Lo último que se preguntó antes de caer en brazos de Morfeo fue que hubiera pasado si alguna vez hubiese aceptado la ayuda de, la ahora difunta, Sara Amatriaín.

Continuará…