LO QUE PUDO HABER SIDO II


Hospital Mágico de San Mateo. 23 de diciembre de 1974.

Hacía mucho tiempo que Ricardo Vallejo no se sentía tan raro. Siempre se había considerado un chaval fuerte e independiente, alguien totalmente capaz de arreglárselas solo, pero desde que aquellos cabrones le dieron la paliza, el chico sentía que algo había cambiado en su interior. No sabía muy bien a qué podía deberse, pero últimamente se sentía muy solo y estaba asustado. Sí, era estúpido porque los que le pegaron habían huido despavoridos del barrio, pero a Ricardo le daba miedo que volvieran a hacerle daño. Los viejos amigos de su padre no le habían recibido con la cordialidad que el chico esperaba e incluso habían tenido la cara dura de intentar robarle la pasta que la sanadora le había dado un par de meses atrás. Por supuesto que aún seguía siendo capaz de defender lo suyo, pero ahora que se acercaba la Navidad, esas horribles emociones se estaban acentuando y Ricardo no sabía qué hacer.

Unas semanas atrás había pensado en ir a la cárcel en la que su padre estaba preso para intentar verle. Quizá Ramiro Vallejo no fuera un tipo cariñoso, pero Ricardo sabía que se sentiría mejor si el hombre le daba aunque fuera un abrazo. Había desechado la idea. Seguramente a los guardias les habría extrañado un montón que un chaval tan jovencito anduviera solo por la prisión y habrían avisado a la policía. En caso de ocurrir lo peor, Ricardo podría haber confiado en lograr escapar a tiempo, pero si le hubieran atrapado habría terminado en manos de don Tomás nuevamente. Y no quería que eso pasara por nada del mundo.

Aún le daba un poco de vergüenza reconocer que se había pasado los últimos días lamentándose por su falta de valor. En un arrebato de locura se había planteado la posibilidad de viajar hasta Inglaterra para buscar a la familia de su madre pero. ¿Qué posibilidades tenía de encontrarlos? Y lo que era peor. ¿Le recibirían con los brazos abiertos o volverían a rechazarle? Ricardo sabía que, después de que su madre fuera asesinada, sus familiares no habían querido ocuparse de él. Así se lo había contado su padre y por eso no mantenía ninguna clase de contacto con ellos. Ni siquiera sabía si sus abuelos seguían vivos y, en cualquier caso, no tenía forma de ir tan lejos. Colarse en los aviones no era tan fácil como hacerlo en el autobús o en el tren.

En cualquier caso, la realidad era que Ricardo no tenía a dónde ir. Estaban casi en Navidad y todo el mundo parecía tener una familia con la que pasar las fiestas y él estaba más solo que la una. Y tal vez estuviera equivocado, pero cada vez que se acordaba de la propuesta de la sanadora Amaia, algo cálido le subía por el pecho. ¿Sería verdad lo que ella le había dicho cuando estuvo ingresado en el hospital? ¿Cabría la posibilidad de ser aceptado en una familia de magos? ¿Podría aprender a utilizar su magia de verdad?

Ricardo nunca había sentido la necesidad de formar parte de una familia. Recordaba que cuando era pequeño y su madre estaba viva había tenido un poco de esa normalidad que tenían la mayor parte de los chicos de su edad. Recordaba aquellas cenas de Nochebuena sentado a la mesa junto a su padre y a su madre, observándolo todo con curiosidad y recibiendo su regalo de Navidad con los brazos abiertos. Normalmente sólo era uno y nunca eran cosas demasiado espectaculares, pero Ricardo atesoraba esos recuerdos con gran cariño. Los Vallejo no tenían donde caerse muertos, pero mientras su madre vivió al pequeño Ricardo nunca le faltó de nada. El chico procuraba no pensar demasiado en ella porque no le gustaba sentirse mal, pero cuando llegaba la Navidad, la echaba tanto de menos que dolía.

Las cosas no habían sido agradables ni siquiera cuando podía contar con su padre. Ramiro Vallejo prefería pasar aquellas fiestas en cualquier bar de mala muerte, emborrachándose y drogándose y matando el tiempo en compañía de fulanas que le sacaban el poco dinero que conseguía mangar de mala manera. Ricardo se veía obligado a apretar los dientes cuando recordaba esas fiestas, solo en casa y sin gran cosa que llevarse a la boca. O peor aún, acompañando a su progenitor durante sus noches de juerga.

Ricardo quería a su padre, cierto, pero era consciente de que no había sido del todo bueno con él. En ese momento hubiera dado cualquier cosa porque el hombre no estuviera en la cárcel y le hubiera acompañado a cualquier sitio sin protestar, aunque sólo fuera en Navidad. Pero la realidad era la que era y el chico no quería pasar esos días solo otra vez. Quizá estaba siendo egoísta y un debilucho al que alguien escarmentaría en cuanto se hiciera pública su falta de hombría, pero a esas alturas no le importaba lo que los demás pudieran pensar de él. Sólo quería dejar de estar solo y asustado, aunque fuera durante unos días.

Hacía frío. Ricardo se abrochó la cremallera de su cazadora hasta arriba y clavó los ojos en la puerta de salida del hospital. Esperaba de todo corazón que la sanadora Amaia hubiera ido a trabajar ese día porque si no, él no pintaba nada allí. Llevaba un buen rato esperándola, preparado para abordarla y reuniendo el valor para decirle lo que quería de ella. No sabía si sería capaz de hacerlo porque se moría de vergüenza de solo pensarlo, pero quería intentarlo. Había crecido unos centímetros desde el mes de octubre, pero estaba seguro de que la sanadora le reconocería en cuanto le viera la cara.

Ricardo suspiró y se preguntó nuevamente si estaba obrando bien. Su mente permanecía sumida en un intenso combate interno y no tenía del todo claro quién resultaría ganador. El chico fuerte que se creía capaz de comerse el mundo le decía que no necesitaba a nadie para vivir su vida y que la Navidad terminaría pronto y con ella esa debilidad que estaba demostrando tener. El niño que aún habitaba en un rinconcito de su ser le decía que esperara y confiara en los demás porque en realidad no era en absoluto capaz de arreglárselas él solo.

La puerta de entrada al hospital se había abierto en varias ocasiones. Ricardo siempre daba un respingo para luego desinflarse como un globo presa de cierta desilusión. Sin embargo, en esa ocasión no fue una falsa alarma. La sanadora Amaia acababa de salir al exterior, envuelta en un abrigo y con el cabello rubio recogido. Ricardo suspiró. Se dijo que era el momento y quiso echarse a andar, pero tenía los pies pegados al suelo. ¿Qué le pasaba? Estaba a punto de perder una oportunidad de oro y todo porque era un orgulloso y un cobarde. Porque. ¿Qué era lo peor que podría ocurrir, que Amaia le dijera que no podía hacer nada por él?

Ricardo suspiró y, esa vez sí, logró caminar para ir al encuentro de la mujer. Como no se diera prisa iba a perderla, así que aceleró el paso y logró alcanzarla. El corazón le latía a toda velocidad, tenía la boca seca y no se le ocurría qué decir, pero al menos había hecho la mitad del trabajo.

—Hola —Dijo entonces para llamar la atención de la mujer. Amaia había estado sumida en sus propios pensamientos y se llevó un pequeño sobresalto.

—¿Ricardo?

—Hola —Repitió el chico, sintiendo cómo los colores se le subían a las mejillas. Tenía la molesta sensación de estar comportándose como un idiota. Frente a él, Amaia Vilamaior empezó a mirarlo con preocupación.

—¿Qué haces aquí? ¿Ha pasado algo?

—No. ¡Eh…! En realidad yo… Esto… —Genial. Ahora se ponía a balbucear. Lo que le faltaba.

—¿Estás bien?

—Verá… —Ricardo llenó los pulmones de aire y se preparó para hablar. Era el momento, no podía esperar más—. La estaba buscando a usted.

—¿A mí?

—Es por eso que dijo de aprender magia.

Ya está. Ya lo había dicho. Bueno, más o menos. No había tenido que mencionar el miedo a pasar las fiestas navideñas solo, pero esperaba que la sanadora supiera leer entre líneas. Amaia se quedó callada durante unos segundos y observó al chico con cierta suspicacia.

—¿Me estás diciendo que te has pensado lo de la acogida? —Ricardo asintió con timidez. Ya era un chaval mayor, un tipo independiente, pero en ese momento se sentía igual de indefenso que un niño pequeño—. Pero me temo que eso no va a ser posible. El Ministerio determinó que debías volver con don Tomás, tu tutor legal. Debo suponer que no estás en el orfanato. ¿Verdad?

La sanadora Amaia debía saber que no. Ella misma le había metido un montón de dinero en la camisa que le regaló cuando estuvo ingresado en el hospital. Si esa mujer le había dado tanta pasta debía ser porque no quería que volviera con don Tomás. ¿Qué otra explicación había? Y Ricardo, que era un chico de recursos, le estaba sacando muchísimo provecho a todo aquel dinero.

—No quiero volver allí. Don Tomás es un pesado —Y además tenía la mano larga, especialmente con los más rebeldes—. Y no sabe nada de magia.

Amaia lo miró fijamente. No sabía muy bien qué hacer a continuación. El Ministerio había dejado muy claro que ese chico debía permanecer bajo la tutela del director del orfanato muggle al que lo enviaron después de que su padre entrara en prisión, pero a ella no le parecía la mejor solución. Ciertamente Ricardo ya no aparentaba ser tan niño como un par de meses atrás, pero aún seguía despertando en ella cierto instinto de protección. Y definitivamente no estaba bien que los brujos se desentendieran de uno de los suyos. Amaia sabía que tenía una valiosa aliada que estaba completamente de acuerdo con ella.

—Las cosas no son así de sencillas, Ricardo. En el Ministerio rechazaron la idea del acogimiento.

Ricardo apretó los dientes y agachó la cabeza. Había sido una mala idea ir hasta allí, aunque al menos lo había intentado.

—Ya —Musitó, esperando al menos que la sanadora lo dejara ir sin decirle a nadie que estaba allí—. Yo… Siento haberla molestado.

Y se dispuso a marcharse cuando la mujer le puso una mano en el brazo con suavidad. Amaia le sonrió con calidez y en sus ojos se reflejó cierta determinación no exenta de dulzura.

—No he dicho que no tenga solución —Ricardo la miró con expresión interrogante—. Ven conmigo. Veamos qué se puede hacer.


Sara se apareció directamente en la sala de estar del piso que su hija tenía en Tudela. Amaia se había puesto en contacto con ella unos minutos antes y le había pedido que fuera a casa a la mayor brevedad posible porque tenía algo muy importante qué contarle. Sara no pudo evitar preocuparse. Cuando vio el rostro de su hija supo que el asunto en cuestión era serio, pero no grave.

—¿Ha pasado algo? —Preguntó quizá con un poco de ansiedad. Amaia negó con la cabeza y esbozó una sonrisa.

—No te imaginas con quién me he encontrado hoy a la salida del hospital —Sara entornó los ojos, impaciente por averiguar a qué venían tantas prisas—. Ricardo Vallejo.

—¿Ricardo? ¿Y qué quería? No habrán vuelto a pegarle.

—No. Quiere vivir entre magos.

Sara entornó los ojos. Conocía a su hija como a la palma de su mano y no tardó demasiado en sumar dos y dos.

—No me digas que está aquí.

—En la cocina, zampándose un buen bocata.

Efectivamente, Ricardo estaba en la cocina, saboreando un riquísimo bocadillo de jamón y queso y pensando en lo que había hecho. Un rato antes le había parecido que buscar la ayuda de la sanadora Vilamaior era la mejor idea del mundo, pero ahora empezaba a tener dudas. ¿Y si había metido en un lío a esa mujer? Amaia se había portado muy bien con él y lo último que quería era buscarle problemas. Quizá estaba siendo un egoísta por pensar únicamente en sus sentimientos sin importarle nadie más. Seguramente había puesto en un compromiso a Amaia. Tal vez lo mejor sería marcharse y dejarles a ella y a su familia en paz. Había dado por hecho que sería bienvenido, pero. ¿Qué sabía aquella mujer sobre él?

Ricardo tragó saliva y miró a su alrededor. La cocina era agradable, no demasiado grande pero sí muy luminosa. Amaia le había dicho una vez que su marido era un espléndido cocinero. Sería interesante probar alguno de sus guisos alguna vez. Ricardo procuró no pensar en ello. Tenía la cabeza llena de pajaritos y ya se estaba imaginando viviendo en aquel pisito pero. ¿Qué sabía él de vivir en familia? La última vez que lo había hecho era un mocoso. Pero lo echaba de menos. A veces.

Ricardo se llevó un sobresalto cuando la puerta se abrió. Esperaba encontrarse sólo con Amaia. Pensaba decirle que no quería causarle problemas, disculparse con ella, pedirle que le devolviera a Madrid y prometerle que no volvería a molestarla, pero la sanadora no venía sola. Sara Amatriaín la acompañaba. Estaba muy seria y miró a Ricardo de la misma forma que aquel día en el hospital. El chico no pudo evitar sentirse un poco avergonzado en su presencia y se puso en pie a toda velocidad. Sara lo observó con mucha seriedad un instante y luego hizo un gesto desdeñoso con la mano.

—¡Vaya, Ricardo! Has crecido un montón. ¿Cómo estás?

—Bien —Ricardo carraspeó y empezó a hablar a toda velocidad—. Escuchen. No quería molestarlas. He metido la pata al buscarles. Será mejor que me vaya.

—¡Oh, no! —Sara lo detuvo con un gesto enérgico—. Si has llegado hasta aquí es por algo. Siéntate.

Ricardo no pudo desobedecer la orden. Se dejó caer en la silla nuevamente y decidió que, ya puestos, lo mejor era terminarse el bocadillo. El dinero que Amaia le había dado cuando se escapó del hospital le estaba sirviendo para alimentarse correctamente, pero todo el mundo sabía que un adolescente siempre tenía hambre. Miró a Sara con cierta desconfianza, intentando imaginar qué diría o haría la mujer a continuación. Había demostrado ser una tía legal y era bastante lista, pero también imponía muchísimo respecto y Ricardo no se sentía demasiado cómodo con eso.

—Dime una cosa. ¿Cómo va todo por el barrio?

—Bien —Ricardo se encogió de hombros—. Como siempre. Aquellos tipos que me… Usted sabe. Se largaron.

—Me alegra oír eso.

—Todo está mucho más tranquilo ahora, pero… —Ricardo se interrumpió. No quería contarles a esas mujeres lo decepcionado que se sentía con las amistades de su padre, así que decidió cambiar de tema—. ¿Es verdad que los magos menores de edad pueden hacer magia fuera de la escuela?

Amaia y Sara intercambiaron una mirada y parecieron desconcertadas unos segundos. Después, la mayor habló.

—Eso es. Siempre tiene que haber un adulto responsable, pero desde que los niños cumplen siete años y compran su primera varita, pueden practicar magia en casa.

Ricardo se mordió el labio inferior y recordó lo que su madre le había dicho una vez, cuando era muy pequeño.

—Yo creía que no se podía hasta tener diecisiete años. Mi madre me lo dijo. Ella era inglesa. Esperaba que pudiera ir a la escuela de magia a la que fue ella.

Su madre también le había dicho que cuando cumpliera once años recibiría una carta de Hogwarts y así ocurrió. Pero su padre rechazó la invitación de aquel colegio de la misma manera que rechazó la educación mágica que le ofrecieron los tipos del Ministerio. Ricardo no había pensado demasiado en ello hasta ahora. Su padre siempre decía que la magia era muy importante y podía serle de gran utilidad en el futuro, pero nunca había hecho nada para buscar a alguien que le ayudara a aprender. Parecía esperar que Ricardo se convirtiera en un brujo poderoso por sí mismo, pero el chico nunca había sido capaz de hacer gran cosa con su varita. Quería que eso cambiara tanto como deseaba dejar de sentirse tan solo.

—La legislación no es igual en España y en Inglaterra, Ricardo —Explicó Sara con calma. Aunque le hubiera gustado preguntarle cosas sobre su madre, consideró que no era el mejor momento para hacerlo. Quizá con el tiempo surgirían ocasiones más idóneas—. Si quieres aprender magia, podremos ayudarte —Sara estaba decidida a hacerlo, aunque en el Ministerio le pusieran mil pegas. No pensaba conformarse con una negativa.

El chico asintió y sacó su varita, la misma que Sara le había comprado unos meses antes. La dejó sobre la mesa y la miró con pena un instante. Sabía que prácticamente toda su magia estaba desaprovechaba y el pensamiento resultaba extrañamente doloroso y perturbador. A veces, cuando llevaba demasiado tiempo sin sostener su varita, Ricardo sentía algo pulsando en su interior, como una energía que luchaba por liberarse. Su magia había pasado demasiado tiempo oprimida y ya iba siendo hora de utilizarla de forma efectiva.

—¿Y lo otro? La acogida y eso…

Le había costado cierto esfuerzo pronunciar de nuevo esas palabras. Sara se cruzó de brazos y Ricardo tuvo la sensación de que esa mujer sería capaz de conseguir cualquier cosa que se propusiera.

—Seré honesta contigo, Ricardo. No me parece bien la situación en que te encuentras actualmente, pero el Ministerio insiste en que, puesto que tu padre rechazó nuestra ayuda, son los muggles los responsables de tu tutela. Yo creo que es un error desentenderse de los menores mágicos en tu situación y considero que estarías muchísimo mejor conviviendo con una familia de magos —Ricardo sonrió. Era la primera sonrisa sincera que Sara le veía a ese chico—. Amaia y yo misma estaríamos encantadas de acogerte, pero tendríamos que enfrentar algunos problemas antes de hacerlo. Si realmente quieres esto, pondremos todo de nuestra parte para que vivas entre magos, pero tú también tendrás que poner de tu parte.

Ricardo dio un respingo y entornó los ojos, quizá sin poder comprender que alguien pudiera esperar algo de él. Sara le dedicó una sonrisa condescendiente y siguió hablando.

—Te estoy hablando de seguir unas normas. Estás acostumbrado a vivir en la calle y a hacer lo que te viene en gana, pero si empiezas a convivir con una familia, sea cuál sea, tendrás que asumir sus reglas. Tal vez perderías un poco de libertad, pero ganarías una familia. ¿Estarías dispuesto a comprometerte?

Ricardo tardó un instante en asentir. Si había algo que odiaba del orfanato eran las estúpidas normas de don Tomás, pero suponía que Sara Amatriaín tenía su parte de razón. Ricardo adoraba vivir a su aire sin tener que dar explicaciones a nadie, pero entendía que estar con otras personas supondría algunos cambios. Todavía no sabía qué clase de reglas podrían imponerle Sara o Amaia, pero se dijo que podría cumplirlas. Merecería la pena el esfuerzo si a cambio aprendía magia y dejaba de estar tan solo.

—Haré lo que sea.

Sara pareció un poco incrédula, pero no hizo comentarios al respecto. Palmeando el hombro de Ricardo con familiaridad, se dispuso a marcharse.

—Voy a ponerme manos a la obra ahora mismo. Te quedarás en casa de Amaia esta noche. ¿De acuerdo? Haremos que esto salga bien.


—Está será tu habitación.

Amaia le mostró a Ricardo el segundo dormitorio que había en su piso. No era demasiado grande, pero había una cama, un armario y un escritorio. Ricardo se hubiera conformado sólo con la cama, pero en cuanto puso un pie en el interior del cuarto supo que aquel podría ser un buen sitio en el que pasar el tiempo. Era agradable y cálido y hacía mucho que no tenía algo así para él solo.

—Me he dejado todas mis cosas en… —No sabía muy bien cómo definir el pequeño cuartucho en el que dormía—. En casa.

—No te preocupes por eso ahora. Iremos a buscarlas otro día. Para esta noche, te dejaré un pijama de Fernando. Te quedará un poco grande, pero te enseñaré a encogerlo. ¿Te parece bien?

Ricardo asintió, preocupado nuevamente por todas las molestias que su presencia estaba ocasionando. Y al día siguiente sería Nochebuena.

—¿Fernando es su marido? —Preguntó para alejar esos pensamientos de su mente.

—Sí. Podrás conocerle enseguida. Y tutéame, por favor —Ricardo volvió a asentir, aunque no abrió la boca—. Te dejo para que te instales.

Amaia salió del dormitorio y cerró la puerta con cuidado. No podía creerse que aquello estuviera pasando, pero esperaba que todo saliera bien. Su madre iba a poner todo su empeño para que así fuese y eso siempre era una garantía.

Cuando Fernando llegó, no se imaginaba lo que estaba por pasar. Ya habían tratado el tema anteriormente y su marido estaba de acuerdo con el asunto de la acogida, pero encontrarse con Ricardo en su casa así, de sopetón, lo dejó un poco trastornado. Amaia había observado atentamente sus reacciones mientras los presentaba y había quedado bastante satisfecha. Ricardo había sido amable, casi tímido, y una vez superado el shock inicial, Fernando le había dado la bienvenida con total tranquilidad. Ninguno de los jóvenes esposos esperaba que la situación fuera así de fácil siempre. Ricardo era un chaval de la calle y seguramente les traería más de un quebradero de cabeza, pero estaban dispuestos a intentarlo.

—No me puedo creer que fuera a buscarme —Dijo Amaia esa misma noche, abrazada a su marido y con el oído puesto en lo que ocurría en la otra habitación. Ricardo había parecido fascinado cuando vio a la mujer encoger el pijama hasta que éste fue de su talla y no parecía haberse movido mucho desde entonces. Tal vez estuviera ya dormido—. Cuando hablamos del tema no parecía muy contento con la idea de la acogida. Está acostumbrado a hacer las cosas a su aire.

—Pues tendrá que adaptarse a una nueva disciplina familiar. Sabes que no va a ser fácil. ¿Verdad?

—Lidiar con un adolescente nunca lo es. Además, en caso de que el Ministerio permitiera que una familia mágica adoptara su tutela, no sabemos si nos la concederían a nosotros.

Y sería una lástima porque Amaia tenía mucho amor que dar, incluso si el receptor resultaba ser todo un adolescente rebelde y respondón. Porque en cuanto Ricardo se sintiera cómodo en su casa, se convertiría precisamente en eso.


Aunque era veinticuatro de diciembre, Sara no dejó de remover cielo y tierra para intentar solucionar el problema que tenían con Ricardo Vallejo. Le había causado cierta sorpresa que el chico hubiera ido en busca de su hija. Cuando le ayudaron a escaparse del hospital, estaba bastante segura de que el chaval desaparecería de la faz de la tierra durante bastante tiempo, pero se había equivocado.

Sara no perdió el tiempo y fue en busca de Eduardo Callejón, un buen amigo en el que podía confiar y que no dudaría a la hora de prestarle su ayuda. En ocasiones, los funcionarios del Ministerio podían llegar a ser bastante obtusos y Sara no se había llevado una buena impresión del empleado de los servicios sociales. Dos meses atrás, el tipo había repetido una y otra que el Ministerio no era responsable de Ricardo y no hubo manera de sacarlo de allí. Sara esperaba que ahora se mostrara más razonable.

—¿Dices que el chico está en casa de tu hija Amaia? —Preguntó con cierta incredulidad Eduardo cuando Sara le explicó lo ocurrido. La mujer sabía lo que su amigo estaba pensando: que Amaia se había metido en un buen lío, que todos en la familia podrían tener problemas y que los servicios sociales iban a caer sobre el chico sin pensar en otra cosa que no fuera devolverlo al lugar en el que supuestamente debía estar. Y esa vez se asegurarían de que no se les escapara de nuevo, eso seguro.

—Sé que no es lo más adecuado, pero Ricardo fue en busca de su ayuda. ¿Qué querías que hiciéramos?

Callejón frunció el ceño. Sabía lo que Sara quería hacer y no le parecía mal, pero no estaba seguro de que pudiera lograr su objetivo en esa ocasión. No obstante, le alegraba que quisiera intentarlo.

—Haré cuánto esté en mi mano para que todo salga bien, pero quizá deberías traer al chico al Ministerio mientras todo se soluciona.

—Si hago eso, Ricardo no volverá a confiar en mí nunca más. Y si vuelve al orfanato y se escapa de nuevo, porque conociéndolo es lo que hará, le perderemos la pista para siempre. ¿Y dónde crees que iría entonces? Es un crío, Eduardo. Hasta hace unas semanas no era más que un niño desnutrido. No me gustaría que acabara mal.

Eduardo asintió. Con los antecedentes de Ricardo, lo más lógico era esperar que siguiera el ejemplo de su padre y más tarde o más temprano terminara metido en problemas serios. De hecho, el chaval ya estaba en ello porque, aunque robar carteras no era el crimen más grave del mundo, suponía el inicio de una vida delictiva en toda regla. Si Ricardo Vallejo no encontraba a alguien que le guiara y le enseñara que había otras formas de conseguir las cosas y ganarse la vida, podían dar por ciertas las palabras de Sara Amatriaín: terminaría mal.

—Hoy es Nochebuena. ¿Qué vas a hacer con el chico?

—Mostrarle cómo es una Navidad en familia.

Y con esa determinación, Sara abandonó el Ministerio consciente de que se había ganado un buen aliado. Pronto hablaría con los de servicios sociales, pero antes tenía algo que hacer.

Ya era hora de conocer un poco mejor las raíces de Ricardo Vallejo.


Ramiro no solía recibir muchas visitas. Sus padres se habían muerto unos cuantos años antes y su hermano pequeño se había ido a trabajar a Alemania en la década de los sesenta, así que el hombre no tenía familiares que pudieran interesarse por cómo le iban las cosas. De vez en cuando iba a verle algún compañero de fechorías, pero últimamente andaban bastante desaparecidos. La última vez que uno de ellos le hizo una visita, le contó que Ricardo se había escapado del orfanato y que andaba dando bandazos por el barrio. A Ramiro le gustaba saber cosas sobre su hijo y lamentaba que no le permitieran verlo. Al parecer, los malditos asistentes sociales querían proteger al chico y pensaban que alejarlo de su padre era una buena idea.

A Ramiro no le gustaba estar en la cárcel porque a nadie en su sano juicio podía agradarle estar en un sitio así, pero lo iba aguantando todo con más o menos fortuna. Debía permanecer constantemente alerta porque cualquiera podría darte una puñalada por la espalda al más mínimo descuido, pero lo llevaba bien porque tenía un sitio en el que dormir y un plato de comida asegurado todos los días. Lo que no le gustaba tanto era saber que su hijo se había quedado ahí fuera, solo y sin nadie que le echara una mano. Quizá no fuera el mejor padre del mundo, pero Ricardo era suyo y había cuidado de él desde que nació. No siempre había sido fácil y en ocasiones había querido tirar la toalla, pero se las habían arreglado hasta que la policía lo atrapó. Le habían caído diez años y era plenamente consciente de lo mucho que habían cambiado las cosas para Ricardo.

En ocasiones, Ramiro pensaba que no había tomado las decisiones correctas. Tras perder a Macy se había aferrado a Ricardo con uñas y dientes. Ella fue la única mujer de la que se había enamorado en toda su vida. Por ella hubiera hecho cualquier cosa y durante un tiempo pensó que todo iba a salirles bien. Incluso llegó a cogerle el gustillo a eso de trabajar. A Macy no le gustaba convivir con un delincuente y Ramiro había cambiado solo por ella. Pero su mujer había muerto. La habían asesinado durante un estúpido viaje a Inglaterra y Ramiro había decidido que nadie le quitaría a Ricardo. ¿Que había cometido algunos errores en su crianza? Tal vez, pero el hombre estaba seguro de que había logrado que su hijo fuera un chaval fuerte. Eso sería lo único que le permitiría sobrevivir en el mundo en el que los dos vivían.

A Ramiro le sorprendió que los guardias le dijeran que tenía una visita. No sabía de quién podría tratarse y se pasó todo el camino preguntándose si le habrían dado permiso a Ricardo para verle. Era Nochebuena y, a decir verdad, no le hubiera importado ver a su hijo. Habían pasado prácticamente dos años desde que se vieron por última vez y Ramiro lo echaba de menos. Pero no era Ricardo el que le esperaba en la sala de visitas, sino una mujer a la que no había visto en su vida. Ramiro frunció el ceño mientras el guardia le instaba a tomar asiento y se quedaba a un lado, vigilando.

—¿Es usted Ramiro Vallejo? —El hombre asintió—. Me llamo Sara Amatriaín. Estoy aquí por su hijo.

Ramiro dio un respingo y su voz sonó más alarmada de lo que él pretendía.

—¿Le ha pasado algo?

—Ricardo está muy bien, no se preocupe. Aunque debería saber que hace unos meses ocurrió algo importante.

Y esa mujer a la que acababa de ver por primera vez le contó cómo había conocido a su hijo mientras éste intentaba robarle y cómo se habían reencontrado porque unos tipos le habían dado una paliza que le mandó directamente al hospital. Le dijo que estaba dispuesta a hacerse cargo de su tutela hasta que fuera mayor de edad y que se encargaría del bienestar de Ricardo. Ramiro la escuchó en silencio, con la sensación de que había algo que la mujer no le estaba contando. No sabía muy bien qué pensar respecto a todo aquello. ¿Una completa desconocida que quería acoger a Ricardo en su casa? Sonaba absurdo. Ramiro no creía que existiera gente que fuera capaz de ayudar a los demás a cambio de nada y su expresión se volvía más y más seria a cada segundo que pasaba.

—Hay algo más —Llegado a ese punto, la mujer miró de reojo al guardia. El hombre fingía que no les estaba prestando atención, pero Ramiro sabía que no se estaba perdiendo ni un detalle de la conversación—. Creo que a Ricardo le hace falta aprender a desarrollar ciertas habilidades especiales. Yo podría ayudarlo con eso.

Ramiro tardó un par de segundos en entender lo que la mujer quería decir. Cuando lo hizo, abrió los ojos como platos y dio un respingo. Estaba bastante acostumbrado a encontrarse con brujos. De hecho, después de la muerte de Macy, esa gente pareció empeñada en molestarle constantemente. Pero ya hacía bastante desde la última vez y no supo muy bien cómo reaccionar. La presencia silenciosa del guardia no ayudaba a tomarse las cosas con calma.

—Ya he hablado con su gente de eso antes —Dijo en cuanto se recuperó del impacto inicial—. Ricardo no necesita de ustedes.

—No estoy de acuerdo. Ricardo necesita urgentemente que alguien le enseñe. No podrá aprender solo.

—He dicho que no.

—Escúcheme, señor Vallejo. El talento de su hijo se está desaprovechando. Está solo y necesita que alguien cuide de él. Es evidente que usted no puede hacerlo, pero hay gente dispuesta a acogerlo y proporcionarle la educación que necesita.

—Ricardo puede cuidarse solo.

—Hace dos meses le dieron una paliza de muerte. Estaba desnutrido y vestido con harapos y tenía que robar para comer. ¿A usted le parece que podía cuidarse solo?

La mujer parecía estar enfadándose un poco. Ramiro entornó los ojos y se dispuso a replicar, pero Sara tenía parte de razón. No le había gustado oír que a su chaval le habían golpeado salvajemente, pero no consideraba que lo demás fuera para tanto. Y no quería que los brujos estuvieran rondando a su alrededor como buitres. Macy ya le había contado cómo era la sociedad mágica y no quería que su chaval viviera apartado de la gente normal. Y luego estaba lo de ser hijo de un muggle. Macy también le había dicho que los magos la insultaban y la trataban como a una paria por ser hija de muggles. La habían matado por eso. ¿Cómo iba a querer que su hijo fuera a un sitio así?

—Va a estar bien —Dijo, más para convencerse a sí mismo que para convencer a Sara.

—Honestamente, no lo creo. Pienso que si sigue por ese camino no tardará en estar aquí, haciéndole compañía. ¿Es eso lo que quiere?

Ramiro sintió un escalofrío. En su opinión, la mujer estaba exagerando, pero tenía su parte de razón. Si uno era un ladrón siempre corría el riesgo de ser atrapado. Y un chaval de dieciocho años no lo pasaba nada bien en prisión, ni siquiera si tenía a su padre durmiendo en la celda de al lado.

—Por supuesto que no quiero eso.

—Pues entonces dese cuenta de que necesita que alguien vele por sus intereses. Usted no puede hacerlo, pero yo sí quiero cuidar de él. ¿No puede aceptarlo?

Ramiro apretó los dientes y después de pensar sobre ello se encogió de hombros. Eso era todo lo que Sara Amatriaín iba a obtener de él, pero fue suficiente.


Sara había insistido en acompañar a Ricardo a recoger sus cosas. Era demasiado pronto para saber si podría quedarse con ellos, pero quería hablar con él sobre todo lo ocurrido a lo largo de ese día.

El chico la llevó hasta el cuchitril en el que dormía. Era una habitación pequeña y fría que daba al patio interior de un edificio ruidoso. Las paredes estaban comidas de humedad y había un par de grietas que no auguraban nada bueno, pero estaba sorprendentemente limpio. Ricardo podía vivir en la miseria, pero era un chico ordenado y cuidadoso con sus cosas. No tenía demasiados objetos personales y no tardó nada en recogerlos y guardarlos en una maleta que pertenecía a Fernando.

—Pude alquilar esta habitación con la pasta que Amaia me dio —Dijo el chico, casi disculpándose por vivir en un sitio así—. Si al final tengo que volver, seguro que puedo recuperarla.

Sara asintió y salió al pasillo del piso. El dueño tenía alquiladas el resto de habitaciones y había bastante trajín en la casa. Todos los huéspedes compartían el mismo baño. Ninguno de ellos parecía ser más afortunado que el propio Ricardo. A Sara le hubiera gustado llevar a los de asuntos sociales allí para que vieran dónde vivía uno de sus brujos, el chaval al que habían abandonado a su suerte. Seguramente ellos se defenderían diciendo que Ricardo no debería estar allí, sino en el orfanato, y ese sólo pensamiento hacía que le hirviera la sangre.

—¿Sueles comer en casa?

—A veces me hago bocadillos y cosas así. Otros días me bajo al bar. La Candela hace unos guisos que están riquísimos.

Sara asintió. Se notaba que el chico estaba mucho mejor alimentado y eso sólo podía ser una buena noticia. Lástima que todo pareciera indicar que la Candela sólo le diera de comer a Ricardo cuando éste tenía dinero con el que pagarle.

—Cuando tu padre estaba contigo. ¿También vivías aquí?

—¡Qué va! A él le gustaba estar en el almacén con sus colegas —Ricardo frunció el ceño—. Pero a ellos no les gusta que yo vaya por allí.

Le habían dicho que era un crío llorón y que no eran las niñeras de nadie. Ricardo les había dicho que era capaz de hacer exactamente las mismas cosas que su padre hacía antes de que lo pillaran, pero no le habían hecho nada de caso.

—¿Y dormías en ese almacén? —A Sara no le hacía ninguna gracia lo que estaba escuchando. Ricardo asintió con la sensación de que iban a echarle la bronca de un momento a otro—. ¿Y siempre habéis estado allí?

—No —Ricardo se había pensado un poco la respuesta—. Cuando mi madre estaba viva, teníamos un piso entero para nosotros. Estaba en otro barrio, al otro lado de la ciudad, pero cuando mi madre se murió nos mudamos. La gente nos molestaba un montón.

—¿Qué gente?

—No sé —Ricardo se encogió de hombros—. Mi padre decía que querían llevarme porque soy… —Se interrumpió, consciente de que podía haber oídos indiscretos cerca—. Usted sabe. Tuvimos que mudarnos para que nos dejaran en paz.

—¿Cuándo murió tu madre? —Preguntó Sara con suavidad. El chico parecía un poco fastidiado al tener que hablar sobre todo eso, pero le contestó igual.

—Hace mucho. Yo acababa de cumplir los ocho años.

Sara asintió. No lo demostró abiertamente porque estaba segura de que el chico se sentiría ofendido, pero Ricardo le dio mucha pena. Perder a una madre a una edad tan temprana era algo terrible, más aún cuando se quedó al cargo de un hombre que no fue capaz de darle una buena crianza. Estaba convencida de que los Vallejo tenían una idea bastante equivocada de lo que era el mundo mágico en España porque la madre de Ricardo les habría hablado de su propia experiencia como bruja británica y había terminado por confundirles bastante.

—Mi madre me compró la varita que se me rompió —Explicó Ricardo—. Se pensaba que no podría tener una hasta los once años, pero unos brujos le explicaron que tenía que comprarla a los siete y que podía ir a un colegio especial para niños como yo.

—¿Y fuiste a ese colegio?

—Estaba muy bien. Y los campamentos de verano también. Pero ya no volví más. ¿Tendré que ir ahora? El colegio no me gusta mucho, la verdad.

—Pues me temo que si quieres aprender algo tendrás que ir a la escuela. Y sacarte el graduado escolar también.

—¡Oh! ¿Por qué?

—Pues porque para nosotros es muy importante recibir esa clase de educación, no solo la especial. ¿Entiendes lo que te digo?

—Pero el colegio es un rollo.

—Terminará por gustarte. Ya lo verás

Ricardo puso morritos. Aunque había dado un estirón, aún parecía un niño en algunas ocasiones. La adolescencia le estaba llegando con algo de retraso, pero cuando la alcanzara por completo iba a ser algo digno de ver.

—Entonces. ¿Voy a quedarme con ustedes?

—Eso todavía está por ver, pero creo que existen posibilidades —Sara suspiró y se puso frente al chico y le colocó las manos sobre los hombros—. Escucha, Ricardo. Esta mañana he ido a ver a tu padre a la cárcel.

—¿En serio? —El chaval se alegró mucho de oír eso—. ¿Está bien? ¿Le ha preguntado por mí?

—Está muy bien. Hemos estado hablando sobre todo lo que está ocurriendo y está de acuerdo en que te quedes a mi cargo.

Ricardo se mordió el labio inferior. Lo que Sara la estaba diciendo era bueno. No quería que su padre se pensara que le estaba traicionando por ir en busca de la ayuda de otras personas. Ramiro Vallejo siempre sería su padre, pero en ese momento tenía bastante complicado proporcionarle a Ricardo las cosas que necesitaba.

—Será mejor que nos vayamos. Aquí hace un frío que pela.

Ricardo asintió. Sara pasó un buen rato buscando un lugar adecuado en el que desaparecerse con el chico. Podrían haberlo hecho directamente desde su habitación, pero los muggles podrían sospechar que pasaba algo raro si no los veían salir de la casa. Una vez encontró un callejón lo suficientemente aislado, llevó a Ricardo a casa de Amaia. Tanto ella como Fernando estaban allí, esperando expectantes su regreso.

—¿Cómo ha ido todo?

—Bastante bien. Ricardo ha recuperado todas sus cosas —Sara miró al chico. Se veía bastante inseguro y despertaba en ella cierta ternura—. Ve a guardarlo todo. Y busca algo que ponerte esta noche.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Pues porque es Nochebuena y vas a venirte a cenar con nosotros. ¿Por qué va a ser?

—¿En serio? —Ricardo parpadeó con incredulidad.

—Pues claro que sí —Amaia se adelantó y lo guió con suavidad hasta su habitación—. Y debemos darnos prisa o se nos hará tarde.

—Pero no me gustaría molestar —El chaval protestó, pero en el fondo le apetecía muchísimo ir.

—No digas tonterías. ¡Y muévete!

Amaia y Ricardo se metieron en el dormitorio. Fernando y Sara intercambiaron una significativa mirada y se encogieron de hombros al mismo tiempo. Ninguno de los dos sabía que les depararía el futuro, pero confiaban en que fueran cosas buenas.


Y hasta aquí voy a llegar por hoy. ¡Madre mía, lo que me ha costado escribir este capítulo! Lo empecé el domingo por la noche y he reescrito más de la mitad de los fragmentos tantas veces que he perdido la cuenta. En la vida me había costado tanto sacar algo a la luz, así que espero que haya quedado medianamente decente. He tenido problemas para manejar a Ricardo y a los personajes de Sorg y para plantear el hilo narrativo. Creo que no puedo hacerlo mejor, así que ya me diréis si os gusta el resultado. Por suerte, creo que la siguiente parte me resultará mucho más sencilla de escribir, aunque. ¿Quién sabe? Lo que no tengo muy claro es si voy a actualizar este minific pronto o no. Quiero preparar algunos regalos prometidos que tengo por ahí y voy a estar bastante liado. ¡Oh, qué suerte tener tanta inspiración! En fin, ya veremos.

Os recuerdo que el botón de ahí abajo no causa ninguna clase de muerte fulminante. Me gustaría muchísimo conocer vuestra opinión y oír (leer) vuestras sugerencias. Por ahí dicen que el sueldo de un escritor de fics son los reviews y creo que podría ser verdad, así que… (insertar aquí ojillos de cordero degollado)

Os voy dejando tranquilitos. En cualquier caso, gracias por leer. Hasta dentro de poquito. Besos.

Cris Snape