EN EL PARQUE
Ya son las doce y yo no puedo aguantar más sin colgar este capítulo ^^.
Dejo en pausa el minific "Lo que pudo haber sido" para colgar un par de regalitos de cumpleaños para Sorg—esp. Espero que te gusten y que disfrutes de este día. Y, si eres como yo y te deprimes un poquito cuando llegan estas fechas, míralo por el lado positivo: ya te queda un año menos para jubilarte ^^.
Pues lo dicho, feliz cumpleaños. Y que te caigan encima muchos más :P
Madrid, agosto de 1982
Caradoc Dearborn se estremeció entero. Acababa de pronunciar erróneamente una nueva frase y Ricardo le había recompensado soltándole una nueva descarga mágica. Era una sensación parecida a la que un hombre experimentaba cuando recibía un calambrazo y a Caradoc no le gustaba nada, pero según el punto de vista de su joven compañero, era algo imprescindible para ayudarle a aprender a hablar en español.
Ricardo se había empeñado en enseñarle. Se habían conocido unos meses atrás en el parque en el cual se encontraban, cuando Caradoc se había acercado a él para comprarle cierta mercancía. El chico se había sentido intrigado por su más que evidente acento británico y, por algún motivo que Caradoc aún no terminaba de comprender, decidió que le iba a echar un cable. Lo primero que hizo fue no venderle droga. Lo segundo, mantenerse lo suficientemente cerca de él como para evitar que continuara bebiendo alcohol en cantidades industriales.
Caradoc había pasado bastante tiempo sumido en su propia desesperación y aún se sentía bastante confundido algunas veces. Llegó a España con la idea de iniciar una vida, pero lo único que habían conseguido al huir de Inglaterra fue sentirse constantemente culpable por abandonar a sus amigos a su suerte.
Sus primeros meses en el país no habían sido tan malos. Caradoc había encontrado un empleo, poco a poco iba defendiéndose con el idioma e incluso tenía varios conocidos que le caían bien. Pero cuando supo de la muerte de Quien—No—Debe—Ser—Nombrado y comprendió que renunciar a su vida anterior quizá había sido un gesto inútil, el brujo se vio sumido en una profunda depresión. Únicamente se sentía mejor cuando bebía, pero en poco tiempo el alcohol dejó de ser suficiente.
Si no se hubiera encontrado con Ricardo Vallejo cuando fue a aquel parque, Caradoc hubiera terminado convertido en una sombra de sí mismo. Por suerte, había conocido a aquel granujilla decidido y astuto y había logrado salvar un poco del espíritu del viejo auror Dearborn. En cualquier otra circunstancia Ricardo no hubiera sido más que un delincuente al que echar el guante, pero a esas alturas Caradoc podía decir que era su amigo. El único que tenía.
—Necesitas estudiar más, Doc —Le dijo Ricardo en español. El chico chapurreaba algo de inglés porque se madre, de origen británico, le había enseñado cuando era un niño. Hacía mucho tiempo que no practicaba y se le habían olvidado bastantes cosas, pero Caradoc reconocía que se las apañaba bastante bien.
—No mi lames Doc.
Odiaba aquel diminutivo. Ricardo había decidido que lo llamaría así un par de semanas después de conocerse y desde entonces no había manera de corregir esa estúpida manía suya. Caradoc suponía que tendría que acostumbrarse porque, aunque no conocía demasiado bien al chico, ya se había dado cuenta de que era bastante testarudo.
—Como quieras, Doc —El muchacho le dedicó una sonrisa maliciosa y consultó la hora en un reloj de pulsera de aspecto bastante penoso—. Tengo que largarme ya. Que no se te olvide que esta noche vamos al cine. Tú invitas.
Caradoc asintió. Ver películas era una buena forma de familiarizarse con el idioma. Ricardo solía llevarlo a ver cine erótico. El chico solía decir que la adolescencia le había pillado un poco tarde y que por ello, a sus casi veintidós años de edad, tenía las hormonas tan revolucionadas como un mocoso de quince. Caradoc se había sentido bastante incómodo las primeras veces, pero a esas alturas ya estaba bastante acostumbrado.
Ricardo se despidió agitando alegremente la mano y Caradoc se quedó en el parque un rato más. Era un sitio frecuentado por gente que no parecía de fiar, pero el brujo se sentía a gusto allí, más aún a esas alturas del verano, cuando el calor apretaba y las sombras de los árboles se convertían en pequeños paraísos. Dispuesto a holgazanear un rato, sacó el último libro que había decidido leerse y se puso manos a la obra. Normalmente no tenía problemas para entender el español, tanto de forma escrita como oral, pero hablarlo era otro cantar. Ricardo estaba siendo un buen maestro. Sus métodos eran poco ortodoxos, pero funcionaban.
Después de pasar una buena parte del día en el parque, Caradoc se fue a casa para darse un baño. Si no pagaba pronto el dinero que debía, su casero iba a echarlo a la calle, pero no quería pensar en ello. Caradoc había terminado por perder el empleo que tanto le costó conseguir y sus ahorros se habían esfumado. Cada vez que recordaba que pronto no tendría un sitio en el que ir a dormir, se estremecía. ¿Para eso había dejado Inglaterra? ¿Para convertirse en un vagabundo?
Procurando centrar su atención en asuntos más banales, el brujo se adecentó y fue a reunirse con Ricardo en el punto de encuentro habitual. El chico fue muy puntual, pero Caradoc se dio cuenta de que no había tenido tiempo de cambiarse de ropa. Además, lo notó un poco nervioso. Hubiera estado encantado de preguntar, pero Ricardo enseguida se echó a andar de camino al cine.
La película no fue nada extraordinario. Ricardo acostumbraba a susurrarle comentarios jocosos al oído, pero en esa ocasión se mantuvo en silencio. Caradoc no podía evitar mirarlo de reojo y, cuando abandonaron la sala de cine para ir a cenar en algún local cercano, no pudo soportarlo más.
—¿Estás bien?
Hizo la pregunta en inglés. Ricardo se quedó quieto un instante. No parecía muy dispuesto a contestar, pero al final se encogió de hombros y siguió andado.
—Las cosas no han ido bien, pero no quiero hablar de ello.
Caradoc no insistió. Llegaron al bar en el que solían cenar de vez en cuando y hablaron sobre deportes y otras cosas sin importancia. Y entonces, sin venir muy a cuento, Ricardo hizo una pregunta que pilló a Caradoc por sorpresa.
—¿Qué hacías antes de venirte a vivir aquí?
—¿Yo? —Caradoc se planteó no contestar, pero algo en los ojos de Ricardo le instó a hacerlo—. Era auror.
Ricardo soltó un silbidito y sonrió.
—No me arrestarás. ¿Verdad?
Caradoc negó con la cabeza y sonrió a su vez, aunque con absoluta desgana. No dijo nada más.
—¿Y por qué te viniste aquí? —Ricardo, sin embargo, estaba dispuesto a seguir con la conversación. Caradoc nunca había hablado de ese tema y no sabía si estaba preparado para hacerlo. Aún se sentía demasiado avergonzado y las ganas de beber estaban empezando a hacerse notar. Pese a todo, optó por ser sincero.
—No pude más. Llevaba demasiado tiempo luchando. Casi todos mis amigos estaban muertos y yo no tardaría en ser el siguiente —Suspiró, consciente de que lo que iba a revelar ahora era muy importante. Ricardo le escuchaba con atención y, aunque Caradoc vislumbraba multitud de defectos en él, le tenía plena confianza. Después de todo le estaba ayudando a salvar la vida—. El día que decidí abandonar Inglaterra me atacaron. Los mortífagos me dieron por muerto y yo dejé que todo el mundo pensara que…
Caradoc culminó su breve relato encogiéndose de hombros. Ricardo reflexionó durante unos instantes. El chico sabía perfectamente quiénes eran los mortífagos porque, aunque no había muchos magos y brujas españoles interesados en el conflicto inglés, él se había empapado de todo aquello. Según le había contado una vez, se lo debía a su madre, que había sido asesinada por miembros de un grupo de magos británicos que se hacían llamar "Los Caballero de Walpurgis".
—Oficialmente estoy desaparecido —Añadió Caradoc con absoluta seriedad, preguntándose qué estaría pasando por la cabeza de ese chico—. Dentro de unos años se hará oficial mi supuesta muerte.
Ricardo asintió y le dio un trago a su cerveza. Después, volvieron las preguntas.
—¿Has pensado en volver?
Con Voldemort muerto la idea resultaba muy tentadora, pero Caradoc no hubiera podido soportar la vergüenza de saber lo que había hecho. Así pues, negó con la cabeza, sintiéndose repentinamente miserable.
—¿Qué pasaría si se enteraran de no estás muerto? ¿Podrías meterte en algún lío?
Caradoc arrugó el entrecejo. Nunca se había planteado esa opción. Simplemente no quería que nadie supiera que había abandonado Inglaterra por la vergüenza que eso le suponía.
—¿Sabes qué podrías hacer? —Ricardo dio un respingo. Parecía bastante convencido de que se le acababa de ocurrir la mejor idea del mundo—. Empezar de nuevo.
—Eso es lo que intento.
—No. Me refiero a que dejes de ser Caradoc Dearborn. Conviértete en otra persona.
—¿Cómo?
—Vámonos. Te voy a presentar a un amigo.
Caradoc había visitado el barrio mágico en algunas ocasiones, pero no lo conocía en profundidad. Únicamente había paseado por las calles principales, repletas de comercios y bulliciosos magos y brujas de toda clase y condición. En cualquier caso, nunca se había adentrado en aquellos callejones tan oscuros, menos aún en plena noche.
Por suerte para ambos, Ricardo parecía saber muy bien dónde iban. Caradoc se había dado cuenta de que el chico estaba preparado para sacar la varita a la más mínima señal de peligro y eso bastó para que sus propios instintos se despertaran. Puede que en los últimos tiempos no hubiera destacado como mago precisamente, pero hasta hacía unos pocos meses había sido un buen auror y se había enfrentado satisfactoriamente a los mortífagos. Seguía siendo un brujo poderoso y bien entrenado.
A Caradoc le pareció que tardaban una eternidad en llegar. Ricardo se detuvo frente a un edificio cuya fachada estaba muy deteriorada y el viejo portón de madera crujió cuando el chico la empujó para entrar. El interior no tenía mucho mejor aspecto que el exterior, con las paredes repletas de moho y diversas pintadas y el suelo lleno de basura. Caradoc estuvo a punto de hacer un comentario un tanto desagradable, pero consideró que a su joven compañero no le haría gracia escucharlo y permaneció callado mientras seguía a Ricardo escaleras arriba.
Cuando llegaron a la tercera planta, el chico enfiló un pasillo estrecho y oscuro y llamó a la última puerta del lado izquierdo. Todo estaba estremecedoramente silencioso y Caradoc se puso más alerta que nunca. Finalmente, un hombre no muy alto y bastante barrigón que usaba gafas y lucía un ridículo bigote les atendió.
—¡Hola, Paco! —Ricardo lo saludó con efusividad. El tal Paco parecía inquieto por algo y, sin abrir la boca, agarró al chaval por el cuello de la camisa y lo hizo pasar a su pequeño apartamento. Tras un instante de duda, Caradoc los siguió.
—¿Qué haces aquí? Ya te he dicho que trabajo por libre.
—He venido por mi cuenta. Este es Doc. Necesita que le eches una mano.
—¿En serio? —Paco miró de reojo al otro hombre—. ¿Qué quieres que haga?
—Tienes que prepararle documentación falsa.
Caradoc no daba crédito a lo que acababa de oír. Había seguido hasta allí a Ricardo sin tener ni idea de lo que pretendía y ahora empezaba a tener la impresión de haber cometido un error. Ciertamente no se sentía muy orgulloso de lo que el auror Dearborn había hecho en el pasado, pero no quería dejarlo atrás. Ricardo había malinterpretado todo y debía hacérselo saber. Así pues, le habló en inglés, ganándose una mirada confusa de Paco.
—¿Qué estás diciendo?
—Para empezar de cero tienes que convertirte en otra persona. Es lo mejor.
—No lo creo.
—Has dicho que no quieres volver a tu país. Se te nota que el pasado te pesa un montón. No tienes que seguir torturándote. Olvídate de todo y sigue adelante.
—No es tan fácil.
—Pues yo creo que sí. Paco hace su trabajo de puta madre.
Caradoc guardó silencio. Entendía los motivos que habían llevado a Ricardo a hacer todo eso, pero seguía sin estar seguro. Estaba a punto de dar un paso muy importante y todo le había pillado de sopetón. Necesitaba tiempo para pensar y así quiso decírselo a su amigo, pero Paco interrumpió la conversación.
—¿Hay algún problema?
—Nada, no te preocupes —Ricardo habló con absoluta seguridad—. Doc tiene algunas dudas, pero yo me encargo. Tú ve preparándolo todo y volveremos por aquí en un par de días.
—No te olvides de la pasta. No trabajo gratis.
—Nadie trabaja gratis, colega.
Paco hizo un gesto desdeñoso e inmediatamente después se puso manos a la obra. Para hacer las cosas que él hacía era necesario poseer mucho talento. Ricardo sabía que era el mejor en lo suyo y confiaba ciegamente en él. Caradoc pronto tendría muchos motivos para hacerlo también.
Dos días después de aquello, Caradoc aún no había tomado una decisión. Apenas había visto a Ricardo durante todo ese tiempo y no había dejado de darle vueltas a la cabeza. Por un lado le parecía una gran idea, la forma perfecta de iniciar una nueva etapa de su vida. Por otro, creía que hacer aquello era de cobardes. Aunque. ¿Acaso no había demostrado ya que era un tipo carente por completo de valor? Había dejado a los suyos en la estacada. ¿En qué le convertía eso?
No pensaba reconocerlo abiertamente, pero quería hablar con Ricardo para que le convenciera de que aceptar la ayuda del tal Paco era una buena idea. Aunque el chaval no era trigo limpio precisamente, era su amigo. Caradoc siempre había pensado que el lugar de los criminales estaba en Azkaban y por eso se había hecho auror, pero en los últimos tiempos se estaba volviendo más flexible. Porque, sí, vender drogas era ilegal, pero Ricardo no era alguien realmente peligroso. O al menos a él nunca se lo había parecido.
Esa noche, Caradoc estaba sentado en el parque, con los ojos fijos en las ramas de los árboles y la mente muy lejos de Madrid. A veces le gustaba recordar los buenos tiempos, revivir en su cabeza aquellos días felices pasados en Hogwarts, cuando lo peor que podía pasarle a alguien era llegar tarde a una de las clases de la profesora McGonagall. Era cierto que el movimiento mortífago ya empezaba a despuntar y que muchos estudiantes no se cortaban un pelo a la hora de atacar a los sangresucia, pero había sido una buena etapa de su vida.
—¡Ey, colega!
La llegada de Ricardo le pilló desprevenido. El chico le había palmeado amistosamente la espalda y le había hablado en español, signo inequívoco de que estaba allí para darle una de sus maravillosas clases. Caradoc le devolvió el saludo y se sintió extrañamente reconfortado cuando el joven se sentó a su lado.
—Siento no haber podido venir antes. Tenía mogollón de cosas que hacer —Caradoc hizo un gesto con la mano para quitarle importancia al asunto—. ¿Qué hacías?
—Nada —A Caradoc le alegró comprobar que había hablado casi sin ningún acento.
—Me ha llamado Paco. Ya está todo preparado. Sólo falta que digas que sí.
A Caradoc no le sorprendió que tratara ese tema tan directamente. Y se lo agradecía, pero necesitaba más tiempo.
—No sé…
Caradoc se interrumpió cuando vio un destello azulado surgiendo de algún lugar a su derecha. No había tenido tiempo para plantearse siquiera de qué podría tratarse cuando Ricardo se puso en pie y conjuró un potente escudo protector. Allí, en el parque, a la vista de todo el mundo. Muggles incluidos.
—¿What…?
—Cierra la boca y saca la varita. ¡AHORA!
Ante tanta vehemencia, a Caradoc Dearborn no le quedó más remedio que obedecer. Notó como algo en su interior se removía con excitación. El viejo espíritu del auror se estaba despertando, azuzado por la adrenalina y la incertidumbre. Ricardo lo instó a agacharse junto al viejo banco de madera, como si quisiera utilizarlo a modo de parapeto, y vio cómo varios muggles observaban la escena con pasmo absoluto. Ni siquiera ellos, que pasaban casi todo el tiempo totalmente colocados, acostumbraban a ver tantos rayos de colores yendo de un lado para otro.
Un haz de luz roja se estrelló en la piedra, destruyendo un buen trozo justo sobre la cabeza de Ricardo. El chico gruñó y sorprendió enormemente a Ricardo al sacar una pistola muggle del todo. En un alarde de estupidez sin límites, le pidió a Caradoc que le cubriera, se puso en pie e hizo uso de tan inesperada arma. El estruendo del disparo hizo que la mayoría de los muggles se tiraran al suelo y ensordeció a Caradoc. Aún así, pudo escuchar el gruñido animal de un hombre y supo que Ricardo no había errado el tiro.
—Nos largamos —Dijo con seguridad, agarrando a Caradoc de un brazo y desapareciéndose del parque sin pensar en otra cosa que no fuera ponerse a salvo.
Cuando Caradoc recuperó el aliento, descubrió que estaban en un bosque. Ricardo estaba a su lado, con las manos apoyadas en las rodillas y jadeando ruidosamente. Al fijarse un poco más en él, descubrió que tenía un feo corte en el brazo derecho.
—Ese cabrón me ha dado —Musitó, dejándose caer de rodillas y observando su herida con aire compungido.
—Vamos al hospital.
—No, Doc. Harán preguntas que no quiero contestar —A esas alturas, Ricardo ya estaba sentado en el suelo. La herida sangraba bastante y el chico se estaba poniendo pálido—. Tienes que ayudarme.
—¿Qué?
—Eras auror. Tienes que saber algo de primeros auxilios —Ricardo compuso una mueca de dolor—. Ayúdame, por favor.
Caradoc no estaba seguro de que aquello fuera una buena idea. Últimamente había bebido demasiado y su pulso no era el de antes, pero cerrar una herida no era tan difícil. Así pues, se arrodilló al lado de Ricardo, retiró la tela destrozada de la camiseta y observó detenidamente el corte. Parecía limpio y, aunque aparatoso, no tenía pinta de ser grave. Recordando un par de hechizos curativos, se concentró en pronunciarlos correctamente y sonrió con satisfacción al ver que había logrado hacer un buen trabajo.
—¡Oh, joder! —Ricardo suspiró, aliviado, y se tumbó boca arriba—. Muchas gracias, colega. ¡Cómo dolía!
Caradoc asintió y dejó que todo su cuerpo se relajara.
—¿Qué ha sido eso? —Preguntó después de unos minutos de absoluto silencio. Ricardo había cerrado los ojos y parecía dormido, pero no tardó en contestarle.
—Un negocio que no ha salido bien.
—¡Han intentado matarte!
—Pues les ha fallado la puntería —Por poco, porque si le hubieran dado en el cuello o en la cabeza, las consecuencias podrían haber sido fatales.
—¡Estábamos en un parque muggle!
—Alguien en el Ministerio tendrá bastante trabajo esta noche.
La calmada indiferencia de aquel chaval empezaba a sacar de quicio a Caradoc. Quería saber qué estaba pasando y quería saberlo en ese mismo instante. No era culpa suya si el espíritu del auror seguía despierto y en plena forma.
—¿Por qué han ido a por ti? —Preguntó con voz tensa, los dientes y los puños apretados. Ricardo detectó algo extraño en él, pues se incorporó y le respondió mientras palpaba cuidadosamente su brazo herido.
—Ya te he dicho que un negocio no ha salido bien.
—¿Y se puede saber en qué clase de negocios andas metido?
—¿De verdad no te haces una idea?
Caradoc llenó los pulmones de aire. Era plenamente consciente de que vender drogas no era un juego de niños, pero siempre había creído que Ricardo no era más que un pobre diablo, alguien que no pintaba absolutamente nada en el mundillo del crimen. Por lo visto, estaba equivocado.
—¿Van a volver a buscarte?
—Es posible —Ricardo se encogió de hombros y decidió ser honesto con Caradoc—. De hecho, también es probable que ahora vayan a por ti.
—¿A por mí? ¿Por qué?
—Pues porque me has ayudado, imbécil. Y Salcedo no es de los que olvidan una cara.
—¿Salcedo?
—El tipo al que he disparado.
Caradoc se estremeció. Había abandonado Inglaterra para escapar de cosas así y de la noche a la mañana se veía metido en un lío de grandes proporciones.
—Maldita sea —Gruñó, cerrando los ojos con fuerza y negando con la cabeza—. Yo no quería eso.
—Ya, Doc. Pero es lo que hay. Lo siento.
—¿Sabes qué? —Caradoc se puso en pie y señaló acusadoramente al chaval—. No quiero volver a verte. Esto se acabó.
Ricardo lo miró sin expresar ninguna clase de emoción. Cuando Caradoc se largó, el chaval volvió a tumbarse en el suelo y decidió tomarse unos minutos de descanso. Odiaba cuando la gente intentaba matarlo.
No era la primera vez que salía mal parado durante el desarrollo de una pelea, pero Lorenzo Salcedo prefería con mucha diferencia las heridas mágicas. Era bastante bueno con los hechizos curativos y se las arreglaba bastante bien a la hora de curarse con magia, pero las balas eran otro cantar.
Vallejo, ese pequeño y escurridizo cabrón, le había dado en el hombro. Seguramente el mocoso había apuntado a la cabeza o algo así, pero por fortuna su puntería no era algo destacable. Aunque el disparo le había hecho caer fulminado al suelo y le había provocado una fuerte sensación de mareo, Loren había tenido que abandonar el parque a toda prisa después de la llegada del primer auror. Su intención había sido la de acabar con Vallejo de forma limpia, pero todo se había complicado y más de un muggle perdería la memoria esa noche. Por suerte, y a pesar de su lamentable estado, Lorenzo había conseguido no quedar escindido después de la desaparición.
Lo primero que había hecho al llegar a su casa fue dejarse caer sobre el sofá. Con gusto se hubiera ido directo a la cama, pero las fuerzas empezaban a fallarle. Conjuró una palangana repleta de agua caliente, unos cuantos paños limpios y desinfectantes para la herida. No era un hombre que contara con demasiada gente de confianza, así que tendría que sacarse la bala por sus propios medios. ¡Qué Dios lo ayudase!
Se palpó el hombro con inquietud y meditó sobre las opciones que tenía. Podía intentarlo con los dedos o recurrir a un accio. Ninguna de las dos ideas era precisamente brillante, pero no veía otra salida. O no la hubo hasta que alguien golpeó la puerta con insistencia. Lorenzo gruñó. No había mucha gente que supiera dónde vivía y los que lo sabían no eran bienvenidos en ese momento.
—¡LARGO!
Pensó que con eso bastaría para que lo dejaran en paz, pero lo que ocurrió fue que el recién llegado se las apañó para destrozar sus hechizos protectores y se coló en su casa sin más miramientos. El hecho de que fuera Ricardo Vallejo el que observaba su sala de estar no podía dejar de sorprenderle.
—Vaya. Pensaba que las ratas vivían en agujeros inmundos.
—¿Qué coño…?
Lorenzo estaba lo suficientemente malherido como para haber perdido una buena parte de sus reflejos. Ricardo apenas tuvo que esforzarse para desarmarle y dejarle inmovilizado en el sofá.
—En seguida te quito el hechizo —Le dijo mientras cerraba la puerta y se acercaba a él con cierto aire amistoso—. Antes tengo que asegurarme de que no tienes más armas escondidas por ahí.
A Lorenzo la impotencia le devoraba por dentro. El hombro le ardía como nunca y se sabía a merced de aquel mocoso. ¿Es que el día no podía ir a peor? Le sorprendió, eso sí, que Ricardo no fuera brusco cuando procedió a registrar su ropa. Encontró la varita de repuesto, las dos pistolas y el cuchillo que siempre llevaba encima y los dejó lo suficientemente lejos como para que no pudiera alcanzarlos. Después, se fijó en su hombro y sonrió abiertamente.
—Vaya, vaya. Si que estás jodido. ¿No? Veamos qué puedo hacer para ayudarte, pero antes…
Lo liberó del hechizo que lo mantenía paralizado. Lorenzo gruñó de nuevo. Cientos de sentimientos se agolpaban en su pecho y empezaba a marearse demasiado.
—¿Qué haces aquí? —Dijo haciendo acopio de todas sus fuerzas.
—Pensé que necesitarías que alguien te echara una mano.
—¿Cómo sabes dónde vivo?
—Aurora Carballeira lo sabe todo, Salcedo. No debería sorprenderte.
—¿Y por qué no habéis venido antes a por mí?
—No lo hemos considerado necesario.
—No eres más que el perro faldero de esa zorra.
—Claro, colega. Y tú no eres más que el perro faldero de Bernardo Provenzano. ¿Qué diferencia hay?
Lorenzo no pudo contestar. El dolor empezaba a asfixiarle y tenía la molesta sensación de que esa breve conversación no les estaba llevando a ninguna parte.
—¿Vas a rematar la faena?
—Hoy no —Ricardo se inclinó sobre él y examinó la herida con detenimiento—. No entiendo mucho de estas cosas, pero no tiene buena pinta.
—¿Quieres que te de las gracias?
—Quiero que me digas qué debo hacer para sacarte la bala —Ricardo habló con tanta determinación que Loren tuvo que creerle—. Estudiaste medimagia. ¿Verdad? Pues no perdamos más tiempo.
Lorenzo tragó saliva y frunció el ceño.
—¿Por qué haces esto?
—Porque estoy harto de que me persigas. Quiero ofrecerte un trato.
—Te he dado más oportunidades que ha Platanito. Quiero que te largues ahora mismo.
Caradoc sabía que no había manera de que su casero entrara en razón. Ignoraba quién era el tal Platanito, pero estaba claro que tenía que recoger sus escasas pertenencias y buscarse otro lugar en el que pasar la noche. Resignado ante tan aciago destino, preparó una maleta con sus posesiones y tuvo la precaución de encogerlas antes de abandonar el lugar que había sido su hogar durante unos meses.
—¿No te llevas nada? —Le preguntó el casero cuando lo vio salir con las manos vacías. Caradoc negó con la cabeza y se encogió de hombros—. Como quieras, pero que sepas que voy a tirar tus cosas. ¿ME ENTIENDES?
Vociferó esas últimas palabras. Caradoc asintió de mala gana y se fue del edificio. Pensaba buscar algún albergue en el que pasar algunos días. No solucionaría sus problemas, pero le daría un poco de tiempo. Sin embargo, cuando dobló la esquina se encontró a alguien a quien no hubiera querido volver a ver jamás.
—Hola, Doc.
El incidente del parque había tenido lugar dos semanas atrás y Ricardo Vallejo no había vuelto a molestarle. Hasta ahora.
—Déjame en paz.
—Yo también me alegro de verte —Sin darle tiempo a reaccionar, Ricardo lo agarró del cuello y tiró de él—. Vente, tenemos que hablar.
Prácticamente lo arrastró hasta meterlo en el portal de uno de los edificios viejos y medio en ruinas que abundaban en esa parte de la ciudad. Caradoc gruño y, como ocurriera la última vez que estuvo junto a Ricardo, se desaparecieron juntos hasta el mismo bosque de días atrás.
—¿QUÉ HACES? —Gritó Caradoc, justo al borde de su paciencia.
—Escúchame, Doc. Entiendo cómo te sientes, pero quiero que sepas que todo está solucionado. Salcedo no va a molestarte. Hemos hecho un trato.
—¿Qué trato?
—Eso no importa. Sólo necesitas saber que vuelves a estar a salvo. ¿De acuerdo?
Caradoc cogió aire y procuró tranquilizarse. No le gustaban todas las cosas que rodeaban a Ricardo pero ese día, viéndolo parado frente a él, sintió que seguía siendo su amigo. ¿Tan desesperado y solo estaba?
—No quiero saber nada de tus problemas, Ricardo.
—Lo sé, lo sé. Olvidemos lo que pasó el otro día. ¿Vale?
—¿Realmente crees que es tan fácil?
—No, pero es evidente que sigues necesitando ayuda. Sé que te acaban de echar de tu casa. Puedes venirte conmigo. Encontraremos un trabajo para ti. Todo saldrá bien.
Caradoc se lo pensó. A pesar de todo, la oferta era muy tentadora.
—¿Por qué te tomas tantas molestias?
Ricardo tardó un instante en contestar. Se mordió el labio inferior y cuando habló lo hizo mirando a Doc a los ojos.
—Eres lo más parecido a mis parientes ingleses que he tenido nunca. Haces que sienta que estoy cerca de mis raíces.
Caradoc dejó de respirar durante un instante. En ocasiones, algo en los ojos de Ricardo Vallejo le hacía parecer un niño indefenso y solitario. El brujo sabía que su compañero distaba mucho de ser ese niño, pero esas palabras bastaron para convencerle, al menos de momento. Además, no tenía otro sitio a dónde ir.
—Vale. Iré contigo.
—¡Genial! —Ricardo dio una palmadita y le pasó un brazo por los hombros—. Entonces. ¿Te apetece que vayamos a ver a Paco? Se le ha ocurrido un gran nombre para ti. En caso de que estés interesado, por supuesto.
—¿Qué nombre?
—John Doe. Suena muy bien. ¿A qué sí?
Caradoc se encogió de hombros y asintió tras unos segundos de duda. Podría haber sido peor.
Y hasta aquí el primer regalo. He dejado muchas cosas en el tintero, pero seguro que aparecen más adelante. A ver si reconocéis un par de nombres interesantes que he incluido por ahí ;)
Espero que te haya gustado, Sorg. Y que sepas que esto no se acaba aquí y ahora ^^
