LO QUE PUDO HABER SIDO III
Campamento Mágico. Julio de 1975.
A Ricardo le encantaba hacer magia. A lo largo de su vida no había tenido muchas ocasiones para explotar su potencial, pero en los últimos meses había podido practicar hasta caer rendido.
Aunque reconocerlo en voz alta aún le parecía una cursilada, Ricardo sentía que el Día de Reyes de aquel mismo año había recibido el mejor regalo de toda su vida. Sara no había entrado en detalles, pero la mujer había pasado dos semanas luchando contra viento y marea y al final había conseguido que los tipos del Ministerio le otorgaran su custodia. A Ricardo no le hubiera importado quedarse en casa de Amaia y Fernando. Durante el tiempo que duraron las negociaciones había estado conviviendo con ellos y lo encontró bastante agradable. Amaia era una mujer cariñosa que le enseñaba magia cada vez que tenía un rato libre, y Fernando era un tipo simpaticón que cocinaba de puta madre. Ricardo estuvo tan a gusto que ni siquiera pudo pensar en que existían normas. Le fastidiaba la disciplina, pero las ventajas de estar en aquella casa compensaban con creces lo horrible de someterse a unas reglas.
Sin embargo, los tipos del Ministerio habían dicho que debían ser Sara y Santiago los que se ocuparan de su tutela. Por algún motivo que Ricardo no alcanzaba a comprender, no se fiaban de Amaia y Fernando. Debían ser idiotas porque era obvio que esos dos algún día serían unos padres maravillosos. Pero nadie protestó y Ricardo menos que nadie. Después de todo, Sara Amatriaín fue la primera persona del mundo mágico que estuvo dispuesta a ayudarle y la que había peleado con fiereza contra todos esos funcionarios ministeriales. Ricardo sospechaba que Sara sería ligeramente más severa que Amaia, pero no debía importarle. ¿Verdad? Después de todo, él las había buscado y supo desde el principio cómo serían las cosas. Así pues, Ricardo se había mudado a la casa de Sara y Santiago en los primeros días de enero.
—Vamos a cuidar de ti, Ricardo —le dijo Sara antes de que se hubiera instalado siquiera—. Mientras estés con nosotros no te va a faltar de nada. Esta es tu casa y ahora formas parte de nuestra familia. ¿Entiendes? —Ricardo había asentido. Por algún motivo sentía unas enormes ganas de echarse a llorar—. Pero como ya dijimos en su momento, si formas parte de nuestra familia tienes que cumplir unas normas. ¿Estás dispuesto?
Y Sara había procedido a explicarle un montón de cosas que Ricardo apenas había tenido tiempo de asimilar. Era libre de salir y hacer amistades, pero debería cumplir con unos horarios. Podía moverse por la casa con total libertad, pero tendría una serie de responsabilidades, como mantener limpio y ordenado su cuarto y colaborar con las tareas domésticas. Debía procurar no decir demasiadas palabrotas y tratar con respeto a todo el mundo.
—Y está terminantemente prohibido robar —Sara dijo aquello con guasa, aunque estaba hablando muy en serio.
También tendría que ir al colegio. Esa parte no le gustó demasiado, pero al final lo matricularon en dos escuelas: una muggle y una mágica. En la primera iba con muchísimo retraso y tendría que recuperar varios cursos. No le hacía mucha gracia, pero le parecía que lo correcto era esforzarse un poco, aunque solo fuera para que Sara estuviera contenta. En la segunda también tenía mucho camino por recorrer, pero Ricardo se sentía tan feliz aprendiendo magia que no le importaba agotarse por completo con tal de saber hacer un encantamiento más.
Al chaval le estaba costando un poco acostumbrarse a esa nueva rutina, pero por primera vez en mucho tiempo se sentía a salvo. Vivir con Sara y Santiago era mucho mejor que estar en la calle o en el orfanato. Saber que no le faltarían ni un sitio donde dormir ni un plato de comida al menos tres veces al día le llevaba a recordar continuamente cómo eran las cosas antes de que su madre se muriera. Ricardo seguía sintiéndose bastante extraño algunas veces y experimentaba ciertos cambios de humor que le desconcertaban muchísimo. Tan pronto tenía que controlarse para no buscar a Sara y acurrucarse a su lado como le entraban ganas de ponerse a correr y recuperar un poco de la libertad voluntariamente perdida.
A pesar de los altibajos que sufría su estado de ánimo, Ricardo sabía que había tomado una buena decisión y estaba bastante contento, aunque había algo que todavía no sabía cómo manejar. O mejor dicho, alguien.
Jaime era el hijo pequeño de Sara y Santiago. Se lo habían presentado durante las fiestas navideñas, pero Ricardo no comprendió que tendría que convivir con él hasta que no se instaló en su nueva casa. Jaime tenía diez años y era un crío inquieto y extrovertido que se ganaba las simpatías de la gente sin esforzarse demasiado. Ricardo, que no tenía hermanos ni demasiados buenos recuerdos de sus días en el orfanato, cuando estaba rodeado por niños y niñas de todas las edades, simplemente no sabía cómo comportarse con él. Jaime intentaba ser amable y no dudaba a la hora de invitarlo a sus juegos o echarle una mano con la magia, pero Ricardo acostumbraba a rechazarle. En primer lugar, porque no creía que jugar con un niño más pequeño que él fuera algo bueno, y en segundo lugar porque su orgullo se sentía un poco herido cuando comprobaba que un crío de diez años tenía más conocimientos mágicos que él mismo. Algo le decía que no era justo despreciar la compañía de Jaime, pero no podía evitarlo. Aún así, y aunque Sara no le había forzado en ese sentido, Ricardo era consciente de que en algún momento tendría que acostumbrarse a la compañía de Jaime. Después de todo, estaban obligados a convivir como si fueran hermanos.
Las cosas se habían vuelto un poco más raras después de que Sara y Santiago les llevaran a los campamentos de verano. Jaime, que llevaba yendo allí desde los siete años, le indicaba una y otra vez dónde estaban todos los sitios y en ocasiones insistía en acompañarlo él mismo. El pequeñajo tenía una nube de amigos que le seguían a todas partes y eso no ayudaba mucho a que Ricardo dejara de tener problemas con los chavales de su edad. Porque los tenía. Y muchos.
En opinión de Ricardo, todos aquellos chicos eran idiotas. Y usaba ese calificativo porque procuraba apartar las palabras malsonantes de su mente. Conocía a varios de ellos de la escuela de magia a la cual acudía de forma habitual y ya había tenido varios encontronazos con ellos, pero en los campamentos era aún peor porque el chaval no tenía que aguantarlos durante unas cuantas horas, sino todo el día. Y le estaba resultando muy complicado no liarse a hostias con ellos. "A hostias no. A tortazos", se recordó mientras se dirigía al río. Las clases ya habían terminado y Ricardo necesitaba alejarse de la gente un rato.
Si no estuviera tan interesado en demostrarle a Sara que podía ser un buen chico si se lo proponía, Ricardo ya les hubiera dado su merecido a esa panda de imbéciles. Desde que puso un pie en aquel sitio, no habían dejado de meterse con él. Le llamaban quinqui, retrasado y squib. Cada vez que un hechizo no le salía bien o cuando sacaba una mala nota (y sacaba demasiadas malas notas teniendo en cuenta lo mucho que se esforzaba) se pitorreaban de él y se reían en su cara. Ricardo estaba deseando ponerse al día con el tema de la magia para demostrarles que no era ningún inútil. En cuanto estudiara un poco más y cogiera práctica iban a enterarse de quién era Ricardo Vallejo, pero hasta entonces no le quedaba más remedio que tragar inquina. Y menos mal que se había negado a que lo llevaran a una clase de menos nivel. No se veía capaz de aguantar a un montón de mocosos riéndose de él. Y, para colmo de males, las cosas en el cole muggle no iban mejor. De hecho, y aunque pareciera imposible, iban peor.
Ricardo se dejó caer en el suelo. Aquel era su rincón favorito del río. Lo había descubierto un par de días después de llegar al campamento y desde entonces no había dejado de ir ni una sola tarde. Sacó la varita, cogió la primera piedra que vio e invocó el hechizo que les habían enseñado esa tarde en clase de Transformaciones. Aunque Ricardo no terminaba de entender para qué servía convertir un cenicero en una copa de vino, debía reconocer que la clase era divertida. Toda la magia lo era, en realidad. Como en la clase práctica no le había ido nada bien, Ricardo decidió que practicaría. Quería aprender a transformar unos materiales en otros. El cenicero de aquel día era metálico y Ricardo lo había convertido en un cáliz plateado. Concentrándose todo lo que pudo, apuntó con la varita a la roca y murmuró el hechizo. Al abrir los ojos, descubrió que la piedra tenía el color de la corteza del árbol más cercano, pero seguía siendo tan roca como antes. Bufó con frustración y tiró la piedra al río. Sabía que no tenía sentido enfadarse porque eso no le ayudaría a aprobar Transformaciones, pero cuando terminaba el día acostumbraba a estar muy harto de todo.
Después de suspirar y cerrar los ojos en busca de un poco de calma, Ricardo volvió a intentarlo. Fracasó de nuevo. Era normal que a los estudiantes se les dieran mejor unas asignaturas que otras y seguramente Transformaciones se convertiría en su bestia negra. Y las pociones. Ricardo prefería no pensar en ellas. En ocasiones como aquella, cuando tenía la sensación de que nada le salía bien, el chico se preguntaba si realmente valía para ser mago. Nunca le había hablado a nadie de sus inseguridades, pero cuando Amaia le enseñaba algún hechizo y no le salía a la primera, siempre le animaba.
—Es normal que no te salga a la primera —Le decía, sonriente y afable—. Sólo tienes que practicar.
Practicar. Ricardo entornó los ojos y observó una nueva piedra con cara de pocos amigos. Se pasó más de una hora pronunciando una y otra vez las mismas palabras, hasta que logró que la roca se trasformara en madera. Seguramente eso era algo bueno, así que se puso bastante contento. Y se alegró aún más cuando volvió a conseguirlo una vez. Y otra. Y otra más. Ahora que le había pillado el tranquillo no le parecía tan difícil y, aunque se hubiera quedado un rato más allí, empezaba a anochecer y se encontraba bastante cansado, así que regresó a su habitación. Pensaba darse un buen baño antes de la cena y echarle un vistazo al libro de Astronomía antes de meterse en la cama.
Cuando llegó al edificio principal estaba bastante contento. El esfuerzo de aquella tarde había merecido la pena y se sentía con fuerzas para enfrentarse a las clases del día siguiente, pero algo acabó con su buen humor. O mejor dicho alguien.
—¡Has sido tú, ladrón de mierda!
Ricardo apenas había asimilado esas palabras cuando Matías Blanco le dio un empujón y lo estampó contra la pared. Blanco era uno de los imbéciles que se metían con él en la escuela de magia y el principal artífice de que se hubiera convertido en un apestado en los campamentos. Antes de que Ricardo pudiera protestar, Matías sacó la varita y se la clavó en el cuello.
—Devuélvemelo ahora mismo o te frío los sesos.
A Ricardo le costó un par de segundos reaccionar, pero cuando lo hizo pudo sentir cómo la furia se hacía paso en su interior. No le gustaba que le amenazasen y mucho menos tener público, porque en menos que canta un gallo se había formado un corrillo de curiosos a su alrededor. Y ninguno parecía tener intenciones de echarle una mano. Comprendiendo que estaba solo en eso, se aferró al brazo de Blanco e intentó quitárselo de encima.
—Suéltame —Masculló entre dientes. Su cerebro empezó a trabajar a toda velocidad. Blanco estaba convencido que le había robado algo, pero Ricardo era inocente. Le había prometido a Sara que no volvería a hacer algo así. Pero. ¿Qué posibilidades tenía de que alguien le creyera? Con sus antecedentes, seguramente ni le concederían el beneficio de la duda.
—¿Dónde está mi dinero?
Blanco le apretó un poco más el cuello. Estaba perfectamente escoltado por sus amigotes y Ricardo sabía que tenía todas las de perder en una pelea. Y tampoco era como si pudiera librarse de aquella manaza, por Blanco era más grande que él y estaba mucho más versado en asuntos mágicos. Aún así, Ricardo no podía quedarse quieto sin hacer nada, así que echó mano de la varita y apuntó a su vez al cuello de Blanco. Obviamente su contrincante no le había creído capaz de hacer algo así.
—He dicho que me sueltes —Dijo con la voz un poco ahogada y la respiración agitada. Blanco le miró con sorpresa un instante y luego se rió de él.
—¿Qué vas a hacer con eso, gilipollas? No tienes ni idea de cómo usar la magia.
Ricardo apretó la varita con los dedos y buscó algún hechizo que le pudiera ser de utilidad en aquella tesitura, pero no fue demasiado rápido porque uno de los amigotes de Blanco le quitó la varita. Escuchó las burlas de esos idiotas y las risas de los mirones y apretó los dientes. Estaba muy cabreado y al mismo tiempo se sentía terriblemente vulnerable. Odiaba esa sensación. Siempre había sido muy bueno defendiéndose y si alguna vez le habían dado una paliza de muerte era porque le pillaron desprevenido y porque, además, los agresores le superaban en número. Y, aunque le encantara hacer magia y se sintiera orgulloso de sí mismo cada vez que algo le salía bien, no podía evitar pensar que aquello que le estaba pasando era aún peor que ser arrinconado por un montón de matones porque los matones de su barrio sólo podían pegarle, pero aquellos chavales de la escuela podían darle una paliza y lanzarle alguna maldición de lo más desagradable. Y, obviamente, él era demasiado débil para defenderse. Aún.
A la vista de que tenía aquella pelea perdida, Ricardo intentó razonar. Esperaba que algún profesor apareciera por allí de un momento a otro porque, aunque algunos de ellos lo miraran con cierta desconfianza durante las clases, no podían dejar que le atacaran de aquella manera. ¿Verdad?
—No te he quitado nada —Musitó, un poco ansioso porque la presión en su cuello se aflojara un poco. Empezaba a faltarle el aire—. Déjame.
—¿Qué no me has quitado nada? Pues ya me dirás quién ha sido, porque aquí solo veo a un ladrón. ¡Tú!
—¡No es un ladrón!
Ricardo rodó los ojos a la derecha para vez al pequeño Jaime Vilamaior haciéndose paso entre aquel grupo de mirones. Su voz había sonado sorprendentemente enérgica para ser un mocoso y, aunque una parte de Ricardo pudo agradecerle la ayuda, otra se dio cuenta de que su intervención sólo podía empeorarlo todo. Matías Blanco miró al niño con desagrado y Ricardo aprovechó para llenar los pulmones de aire cuando su agarre perdió un poco de fuerza. Con gusto le hubiera dado una buena patada en sus partes nobles, pero sus amigotes estaban en alerta permanente. Y podía estar un poco ansioso por librarse de aquello, pero no era idiota.
—Cierra el pico, enano —Le espetó Blanco con desdén—. Esto no va contigo.
—¡Ricardo no ha hecho nada! —Lejos achantarse, Jaime subió más aún el tono de voz—. ¡Dejadle en paz!
Blanco lo miró de forma extraña y Ricardo se preguntó qué sería capaz de hacer contra un niño. Por suerte, el asunto no pasó a mayores porque Mariana Pinto, la profesora de Encantamientos, acababa de hacer acto de presencia.
—¿Qué está pasando aquí? —A pesar de que Ricardo estaba bastante seguro de que no le caía demasiado bien a esa mujer, ella pareció horrorizada cuando vio cómo lo estaban tratando—. ¡Señor Blanco! ¡Suéltele ahora mismo! ¡Y baje esa varita!
Blanco obedeció de inmediato. Se lo había pasado bastante bien intimidando a un compañero, pero ser pillado in fraganti por una profesora no entraba en sus planes. Mariana Pinto no necesitó ordenarle al resto de alumnos que se dispersaran. El corrillo desapareció tan rápido como se había formado y sólo quedaron allí Ricardo, sus agresores y Jaime, que estaba un poco rojo y se veía ansioso por aclarar lo que había ocurrido. Ricardo se llevó la mano al cuello y respiró profundamente.
—¿Se encuentra bien, señor Vallejo? —Ricardo asintió y señaló acusadoramente a uno de los agresores.
—Ese hijo de puta me ha quitado la varita.
—Controle ese vocabulario —El reproche de la profesora fue bastante severo—. Devuélvale la varita, señor Vicario. Ahora.
Ricardo sonrió cuando recuperó su querida varita. Ya sabía lo mal que se pasaba cuando se rompía y no quería volver a perderla nunca más.
—¿Alguien puede explicarme por qué se estaban peleando?
Existía un código de honor entre los estudiantes que les impedía chivarse de los compañeros cuando ocurrían cosas como aquellas, pero Ricardo pensó, no sin maldad, que él no tenía honor alguno y que los compañeros le importaban una mierda. Ni uno solo se había portado bien con él, así que no tendría problemas en explicar con pelos y señales como había sido abordado en mitad del pasillo. Sin embargo, Blanco se le adelantó.
—Ese delincuente se ha metido en mi habitación y me ha robado todo el dinero que mis padres me han dado.
—¡Mentira!
Todos los presentes miraron al pequeño Jaime, que estaba francamente indignado con todo aquello. Mariana Pinto lo observó detenidamente y le habló con voz suave.
—Ve al comedor con tus amigos, Jaime. La cena va a empezar dentro de un rato.
—¡Pero Ricardo no ha hecho nada!
—Está bien. Vamos a aclarar todo lo que está pasando, pero tú tienes que marcharte. Vamos.
Jaime no parecía muy convencido, pero al final obedeció la orden. Se alejó arrastrando los pies y Ricardo sintió una oleada de gratitud hacia él.
—¿Es verdad lo que dice el señor Blanco? —La profesora Pinto había perdido por completo la suavidad de antes y a Ricardo le pareció que le estaba acusando directamente—. ¿Le ha robado?
—¡No! —Exclamó indignado, sintiéndose nuevamente acorralado aunque no fuera físicamente—. No he hecho nada.
—¿Tiene pruebas de lo que dice, señor Blanco? —La profesora miró a Matías con el ceño fruncido y éste se puso rojo.
—Ha tenido que ser él.
—Repito. ¿Tiene pruebas? —Blanco no respondió—. Si su dinero ha desaparecido, trataremos de esclarecer los hechos. Hasta entonces, procure no acusar a un compañero si no tiene pruebas. ¿Entendido? —Blanco asintió—. Y ahora, largo de aquí.
Matías y sus amigos se fueron prácticamente corriendo en dirección al comedor. Ricardo se quedó quieto un instante, consciente de que, pese a todo, Mariana Pinto creía en las palabras de ese imbécil. Un torrente de emociones confusas amenazó con estallar en su pecho y se fue a su habitación. Al menos allí podría estar solo un rato. Se le había quitado el hambre y ya no estaba contento en absoluto. El hecho de tener marcas de dedos en el cuello no le hizo sentir mejor y se tumbó en la cama preguntándose si merecía la pena estar allí. ¿Las cosas serían así siempre?
Al cabo de un rato, alguien llamó a la puerta y Ricardo maldijo a su compañero de habitación, pero no era él. Jaime Vilamaior asomó la cabeza con timidez a pesar de que no había obtenido respuesta alguna.
—Hola.
—Hola.
—¿Puedo pasar? —Ricardo se encogió de hombros—. ¿Estás bien? ¿Te duele el cuello?
Ricardo se acarició la piel herida y supuso que Jaime había visto las marcas.
—Estoy bien —Dijo con cierto desánimo, sin levantarse de la cama. Jaime se sentó a su lado. Se le veía un poco nervioso, como si temiera no estar actuando correctamente.
—Sé que no le has robado a nadie —Aseguró el niño al cabo de unos segundos de silencio. Ricardo sonrió y le dio un golpecito en la espalda a modo de agradecimiento—. No te han castigado. ¿Verdad?
—La profesora Pinto dice que hay que aclarar lo que ha pasado.
—¿Crees que te van a echar las culpas? —Ricardo rechinó los dientes y no movió un músculo—. Porque les diré a todos que tú no has hecho nada.
—Gracias, Jaime, pero no creo que sirva de mucho.
El niño se disponía a decir algo cuando fueron interrumpidos. Cristóbal Hurtado, el compañero de habitación, acababa de hacer acto de presencia. Era un chaval larguirucho, de pelo oscuro y ojos almendrados. Ricardo apenas había intercambiado con él un par de palabras a lo largo de aquellos días y también era compañero de la escuela de magia de Madrid, aunque no pertenecía al grupito de Blanco. Ricardo sabía que era de magia antigua y lo encontraba un tanto presuntuoso, como si se creyera por encima del bien y del mal. Su padre tenía un alto cargo en el Ministerio, algo relacionado con las leyes mágicas, y su familia contaba con cierto prestigio desde hacía varias generaciones. Todos decían que Cristóbal estaba llamado a hacer grandes cosas y resultaba irónico que un chico como Ricardo hubiera terminado compartiendo habitación con él.
—¿Qué estás haciendo aquí, Vilamaior? —Preguntó en cuanto se percató de la presencia de Jaime. A pesar de que no le agradaba la presencia del niño, fue muy correcto con él—. Deberías estar en tu dormitorio. Si los profesores te pillan, te castigarán.
Jaime refunfuñó algo, pero se despidió de Ricardo y salió corriendo como una exhalación. Cristóbal cerró la puerta entonces, se quitó los zapatos con estudiada parsimonia y sacó su pijama de debajo de la almohada.
—He oído que te has peleado con Blanco y los demás —Dijo de forma repentina, sorprendiendo a un Ricardo que no se esperaba que fuera a hablarle—. Se comenta que os va a caer una buena.
—¿Que nos va a caer? —Ricardo, que ya tenía los nervios a flor de piel después de lo de antes, no dio crédito a lo que escuchaba—. ¡Pero si han sido ellos los que me han saltado encima!
—Los profesores creen que el ataque estaba justificado.
—¿Qué?
—Creo que no te debería decir nada —Cristóbal se acercó un poco a él y bajó el tono de voz—. Pero Blanco y los otros me caen como el culo, así que tienes derecho a saberlo.
—¿Qué tengo que saber?
—Mañana a primera hora van a registrar tus cosas. Sea lo que sea lo que le hayas quitado a ese mamón, hazlo desaparecer antes de que te pillen.
—¡Pero si no he hecho nada!
—Entonces podrás dormir tranquilo. ¿No?
Hurtado no añadió nada más. Ricardo podía sentir el corazón latiéndole a toda velocidad, incapaz de comprender lo que estaba pasando. ¿Acaso todo el mundo se había puesto en su contra? ¡Qué no le había robado nada a nadie, joder! ¿Por qué el único que parecía creer en él era un crío de diez años?
En cualquier caso, Ricardo se dijo una y otra vez que no tenía nada que temer. Por si acaso alguien le había hecho una jugarreta, revisó todas sus cosas para asegurarse de que entre ellas no había nada que no debiera estar allí y se metió en la cama con la certeza de que al día siguiente podría mirar por encima del hombro a más de un gilipollas.
Ricardo fingió sorpresa cuando el mismísimo director del campamento le llamó discretamente justo después del desayuno. Apenas intercambió una mirada de gratitud con Hurtado antes de seguir al hombre a través de los pasillos, hasta su habitación. La presencia de Matías Blanco le fastidiaba un poco y no estaba seguro de que ese hombre tuviera derecho a hacer lo que él ya sabía que iba a hacer, pero como no tenía nada que ocultar decidió que no opondría ninguna clase de resistencia.
—El señor Blanco afirma que quinientas pesetas fueron sustraídas de su habitación ayer por la tarde —Le dijo el director poco antes de hacer la comprobación, después de llevarlos a él y a Matías a su despacho—. Asegura tener sospechas fundadas de que usted fue el responsable del robo. ¿Tiene algo que decir, señor Vallejo?
—No he hecho nada —A pesar de ser consciente de que eso pasaría, Ricardo seguía sintiéndose molesto. Arrinconado y sin escapatoria posible.
—¿Dónde estuvo ayer por la tarde?
—Cerca del río, practicando Transformaciones.
—¿Alguien puede dar fe de ello?
Ricardo alzó una ceja. Aquello era un interrogatorio en toda regla. Ni siquiera la poli muggle era tan pesada cuando lo atrapaban prácticamente con las manos en la masa.
—Fui solo, pero nunca me he acercado a la habitación de Blanco. ¿Para qué iba a ir allí?
—Pues para robarme, ladrón de mierda.
—Señor Blanco —El director resultó un tanto condescendiente al hacer el reproche. Ricardo sintió que no estaba en igualdad de condiciones, que ese hombre creía en su culpabilidad y no necesitaba pruebas para cargarle el muerto—. Puesto que es inocente, no le importará que registre sus cosas.
Ricardo negó con la cabeza. Había experimentado un momento de duda, pero sabía que era lo mejor. El director asintió y llevó a los dos chicos al dormitorio de Vallejo. Una vez allí, el chaval adquirió una pose desafiante y arrogante mientras el hombre abría el cajón de su mesita de noche.
—Vaya, vaya. ¿Qué tenemos aquí'
El director sacó un montón de billetes del cajón y Ricardo retrocedió un paso. ¿Qué narices estaba pasando? Con la sensación de estar metido en una pesadilla, el chico vio cómo el director contaba el dinero. El muy cabrón parecía incluso satisfecho con el hallazgo.
—Cuatrocientas sesenta pesetas. Francamente, señor Vallejo, dudo mucho que sus tutores le hayan dado tanto dinero. Conozco al señor Vilamaior y a la señora Amatriaín desde hace años. Por aquí han pasado sus tres hijas mayores y nunca he visto a ninguna de las tres con esta cantidad encima. ¿Tiene algo que decir?
Ricardo abrió la boca. No emitió sonido alguno.
—¿Qué ha hecho con el dinero que falta? —El chaval seguía enmudecido. Incrédulo—. Me pondré en contacto de inmediato con sus tutores. Este delito merece la expulsión inmediata. No se mueva de aquí hasta que no se lo ordene.
Ricardo no movió un músculo. Blanco no necesitó decirle nada para amenazarle. El director cerró la puerta tras de sí y todo quedó en silencio.
¡Humm! Este es el momento perfecto para interrumpir la narración. En el siguiente capítulo veremos lo que ocurre con Ricardo después de todo lo que ha pasado. Y no digo nada más, jeje.
Besos.
