LO QUE PUDO HABER SIDO IV
Campamento Mágico. Julio de 1975
Ricardo no tenía ni idea de lo que iba a hacer el director después de dejarlo solo en su habitación. Únicamente le había dejado bien claro que iban a expulsarle, así que seguramente avisaría a Sara y a Santiago. Al pensar en ello, el chico tragó saliva y se sentó en la cama. Todavía estaba demasiado aturdido para reaccionar. Ignoraba cómo había llegado todo aquel dinero a su mesilla de noche, pero él no había sido y sólo esperaba que Sara y Santiago le creyeran.
Les había prometido que no volvería a robar y en ningún momento se le había pasado por la cabeza no cumplir con esa promesa. ¿Qué clase de desagradecido miserable sería si lo hiciera? Se habían preocupado por él como nadie lo había hecho desde hacía años y Ricardo quería demostrarles que era digno de confianza. ¿Por qué tenía que estar pasándole aquello? No entendía nada y estaba asustado.
¿Qué harían con él después de aquello? Mangarle a alguien quinientas pesetas no era moco de pavo y le preocupaba que la expulsión fuera lo mínimo que podría ocurrirle. ¿Merecía la pena intentar escaparse? No sería ni la primera vez que Ricardo se veía obligado a hacer algo así. Nunca le había importado huir para salvar el pellejo, pero esa vez era diferente. No quería esconderse. Necesitaba decirle a Sara que era inocente, que ella le creyera y se diera cuenta de que no cometió un error al confiar en él, pero. ¿Y si ella no le creía? ¿Y si Blanco y sus padres no se conformaban con verlo fuera de los campamentos mágicos y avisaban a las autoridades para que le arrestaran?
Ricardo tragó saliva y apretó los dientes. Por un momento deseó que aquello no fuera más que una pesadilla e incluso intentó despertarse, pero no estaba soñando. Aquello era real. De algún modo incomprensible, aquella nueva vida en proyecto se había ido al garete. Y por primera vez Ricardo sabía que no había hecho nada para merecerlo. Se había comportado, se había esforzado como nunca antes lo había hecho y no había salido bien. Y, francamente, no le sorprendía demasiado porque. ¿Desde cuándo le salía algo bien?
Era un iluso al pensar que podía labrarse un futuro diferente. Estaba convencido de que alguno de sus compañeros le había hecho aquella jugarreta. Ricardo era un chico que sabía defenderse, pero nunca se había metido con ninguno de ellos. Ni siquiera aspiraba a ser amigo de aquella panda de cretinos. Sólo quería que le dejaran en paz, aprender magia y ser un poco como eran todos los demás, pero estaba claro que no se lo iban a permitir. Tal vez pensaban que no se merecía estar allí. ¿Merecía la pena vivir rodeado de gente a la que no le importaba lo más mínimo joderle la vida?
Porque eso era lo que habían hecho. El que había hecho aquello quizá sólo quería que lo expulsaran. Tal vez no había pensado en la justicia mágica. Porque eran quinientas pesetas, joder. Ricardo conocía gente a la que habían enchironado por menos pasta.
Cuanto más lo pensaba, más trabajo le costaba contener las ganas de huir. Quizá si se escapaba podría buscar a Sara cuando el temporal hubiera amainado un poco. Le explicaría cómo habían ocurrido las cosas y, con suerte, ella le creería. O tal vez consideraría que una escapada ratificaba su culpabilidad y no querría saber nada más de él. Y Ricardo la necesitaba. Le costaba un mundo reconocerlo, pero era agradable sentirse protegido y cuidado. Querido.
Ricardo se llevó un pequeño sobresalto cuando llamaron a la puerta. Se levantó como movido por un resorte y se encontró cara a cara con Mariana Pinto, la profesora que le salvó el pellejo el día anterior. La mujer lo miró con seriedad un instante y luego se hizo a un lado para que caminara frente a ella.
—Vamos, señor Vallejo. Sus tutores acaban de llegar. Nos esperan en el despacho del director.
Las ganas de llorar vinieron de repente. Ricardo odiaba aquella sensación de indefensión y se sintió más inseguro que nunca. Ojalá le creyeran. Le daba igual lo que pensara el resto del mundo, pero necesitaba que Sara y Santiago creyeran en él. Por favor. Por favor.
La profesora le acompañó hasta el despacho sin abrir la boca. ¿Qué pensaría ella de todo eso? A Ricardo no le caía mal. Le miraba con cierta desconfianza, pero siempre fue justa con él. Y era una mujer paciente, muy buena en su trabajo. Cuando llegaron frente a la puerta, Ricardo notó como los pies se le clavaban al suelo. Siempre se quedaba paralizado cuando algo le asustaba o le ponía nervioso. Y ciertamente estaba aterrado. ¿Y si no le creían y lo mandaban de vuelta a las calles o al orfanato? ¿Y si tenía que ir a la cárcel?
Cuando la puerta se abrió ante sus ojos, a Ricardo le quedó el consuelo de ver que ni Blanco ni sus padres estaban allí. Hubiera sido demasiado tener que aguantar a aquel cretino mientras le insultaba y lanzaba falsas acusaciones. Además, dudaba que sus padres fueran a mostrarse demasiados comprensivos después de lo ocurrido. Por fortuna, sólo estaban el director y Sara y Santiago. Los tres brujos se pusieron en pie en cuanto llegó y los tres le miraron fijamente, como sondeándole. El director tenía toda la pinta de estar disfrutando con aquello y Ricardo intentó reunir fuerzas para desafiarle con la mirada, pero no tuvo tiempo de hacer nada. Sara se acababa de poner frente a él, le había agarrado la cara y le miraba fijamente a los ojos.
—¿Qué has hecho, Ricardo?
Aunque hubiera sido culpable, el chico no podría haberle mentido. Tragó saliva para bajar el nudo de la garganta y parpadeó velozmente porque las lágrimas estaban a punto de saltársele. Y no quería llorar delante del director. Aún tenía un poco de orgullo.
—No he hecho nada, Sara —Musitó, escuchando con horror cómo su voz delataba sus emociones—. Te lo juro.
Sara le observó detenidamente durante unos segundos que a Ricardo le parecieron eternos. Fue incapaz de mantenerle la mirada. Sara frunció el ceño y suspiró profundamente. Con disimulo, le limpió la única lágrima que no había podido contener y le agarró una mano con decisión, instándole a tomar asiento entre Santiago y ella misma. La mujer aún no había abierto la boca, pero Ricardo se sentía un poco más tranquilo. Y cuando Santiago le puso una mano en el hombro y se lo apretó con firmeza, supo que al menos podría contar con ellos. Si el chaval no hubiera tenido la cabeza hundida y los ojos fijos en el suelo, hubiera visto el claro desconcierto del director del campamento.
—Ahora que ha llegado el señor Vallejo, podemos hablar tranquilamente de lo que ha pasado —Dijo. No sonaba tan decidido como aquella misma mañana, cuando había registrado la habitación de Ricardo—. Como les indiqué anteriormente, el chico ha sido descubierto robando dinero a un compañero.
—¿Qué quiere decir? —Sara interrumpió al hombre—. ¿Le han pillado con las manos en la masa? ¿Alguien le ha visto mientras, supuestamente, cometía el delito del que se le acusa?
—El señor Blanco denunció la desaparición del dinero ayer mismo. Estaba convencido de que el señor Vallejo era el responsable y, cuando procedimos a registrar sus posesiones, encontramos el dinero robado.
—¿Me está usted diciendo que registraron sus cosas sin más pruebas que la palabra de un chico de quince años?
A Ricardo le alivió comprobar que Sara parecía indignada.
—Ya le he dicho que el dinero apareció en uno de sus cajones. Y me temo que el señor Vallejo tendrá que explicarnos dónde ha ido a parar la parte que falta.
—¿En serio? —Sara alzó una ceja—. ¿Puedo hacerle una pregunta?
—Por supuesto.
—¿Ricardo opuso alguna resistencia cuando se presentó en su habitación para hacer el registro? —El director tardó un instante en negar con la cabeza—. Me parece una absoluta barbaridad que se actúe de la forma en que usted lo ha hecho sin ninguna clase de pruebas, suponiendo que un chico es culpable sólo porque sí.
—Señora Amatriaín. Todos sabemos de dónde ha salido este muchacho.
Ricardo alzó la cabeza bruscamente. No sabía si sentirse enfadado, humillado o asustado. La mano de Santiago le instó a permanecer tranquilo, algo difícil dadas las circunstancias.
—Usted no está aquí para juzgar a los chicos por su procedencia, sino para garantizar que reciben una instrucción mágica apropiada. Si Ricardo ha crecido en las calles es porque se han cometido muchos errores en lo concerniente a su educación. Errores de los que él no es responsable en forma alguna —Ricardo se estremeció. Ni en sus mejores sueños hubiera esperado que Sara le defendiera de esa manera—. Ha llegado a la conclusión de que Ricardo es responsable del robo únicamente teniendo en cuenta su origen. ¿Verdad?
—No se trata de…
—Pues bien. Si Ricardo es un ladrón consumado, tal y como usted parece creer. ¿Por qué iba a ocultar el dinero entre sus cosas, donde cualquiera podría encontrarlo? ¿Y por qué le permitiría llevar a cabo un registro sin resistirse?
El director guardó silencio. Tenía el ceño fruncido y ya no se le veía tan pagado de sí mismo como antes.
—¿Se le ha ocurrido pensar que alguien ha podido dejar el dinero allí para inculparle?
—Eso es absurdo.
—Lo que es absurdo es que un hombre que tiene a su cargo a centenares de niños mágicos tenga tantos prejuicios.
Sara y el director mantuvieron un duelo de miradas que se prolongó hasta que el hombre carraspeó y se cruzó de brazos.
—Durante años he visto pasar a sus hijos por este campamento, señora. Sé que usted y su marido les han proporcionado una buena educación, pero si me permite decírselo, creo que está equivocada respecto al señor Vallejo. Puedo entender que quieran defenderlo y espero que se den cuenta de su error lo antes posible. Por mi parte, les informo de que la expulsión sigue en pie.
Ricardo miró de reojo a Sara. Tenía los labios apretados y parecía realmente enfadada. El director se había pasado de la raya al decir todo aquello y la mujer estaba al límite de su paciencia. Con movimientos lentos, se giró hacia Ricardo y le habló con suavidad.
—En ese caso, será mejor que vayas a recoger tus cosas.
Ya estaba. Se había terminado. Sara lo había intentado, pero no pudo ser. Aún así, Ricardo tuvo que insistir en su inocencia. No quería que le cupiera ninguna duda ni que pensara que se había equivocado al acogerle en su casa y dar la cara por él.
—Yo no he sido.
—Ya lo sé, Ricardo —Ella le dio un par de golpecitos en la pierna—. Hablaremos luego.
Ricardo asintió y se puso en pie. Se sentía un poco mareado y le costó un poco no tambalearse antes de llegar a la puerta. ¿Qué iba a pasar ahora? ¿Podría seguir aprendiendo magia, aunque no fuera a los campamentos de verano? Si el director insistía en culparle de aquello. ¿Le denunciarían ante la justicia? ¿Iría a la cárcel? Eran muchas dudas, pero ya tendría tiempo de planteárselas todas a Sara cuando hubieran vuelto a casa.
A casa. A pesar de que todo lo que estaba pasando era un asco, Ricardo sonrió al pensar en todo lo que Sara había dicho. Creía en él. Ciertamente la expulsión era un asco, pero el chaval sintió cierto alivio al salir del despacho del director. Estaba hecho un mar de dudas y seguía asustado, pero al menos contaba con el apoyo de Sara y de Santiago y eso le resultaba muy tranquilizador.
—¡Ricardo!
La voz de Jaime le hizo sobresaltarse. Estaba a punto de llegar a su habitación y el chiquillo le salió al paso en mitad del pasillo. Tenía el pelo revuelto y estaba un poco rojo, como si se hubiera pasado un buen rato corriendo. A Ricardo no se le olvidaba que ese niño fue el primero en creer en él y sintió una oleada de gratitud hacia él. Gratitud y, para qué negarlo, cariño.
—¿Qué haces aquí? Deberías estar en clase.
—¿Es verdad que han venido papá y mamá? —Preguntó el chavalín sin hacer caso del reproche de Ricardo, que sólo asintió—. ¿Por qué?
—Me han expulsado, Jaime. Se creen que yo le robé a Blanco.
—¡Pero tú no fuiste! —El niño habló con tal vehemencia que cualquiera podría haberse creído sus palabras sin parpadear.
—El director no me cree. Ya ha tomado una decisión.
—Pero…
—No pasa nada, Jaime, de verdad —Ricardo intentó calmar los ánimos del niño. No tuvo demasiado éxito porque él tampoco estaba pasando por su mejor momento—. Tus padres sí que me creen y eso es lo único que importa.
Jaime se mordió el labio inferior y miró a su alrededor antes de volver a hablar.
—Si se descubre al ladrón de verdad. ¿Te expulsarán?
—Pues no sé —La pregunta había sorprendido mucho a Ricardo—. Supongo que no.
—Vale —Jaime se puso muy tieso y en su rostro se reflejó una determinación que Ricardo había visto anteriormente en otra persona: en su madre—. Entonces hablaré con el director.
—¿Por qué? ¿Tú sabes…? —Jaime asintió antes de que hubiera terminado la pregunta— ¿Quién?
—Ayer por la tarde vi a Hurtado saliendo de la habitación de Blanco.
Ricardo sintió cómo si le hubieran dado un puñetazo en el estómago. Hurtado, que había fingido echarle un cable la noche anterior y que le había utilizado para salirse con la suya.
—¡Qué hijo de la grandísima puta!
Y tras soltar ese exabrupto, y sin sentir ni el más mínimo remordimiento por ser un mal hablado, Ricardo cambió de dirección y se dispuso a ajustar cuentas. Jaime se quedó parado en el pasillo un instante. No sabía lo que iba a hacer el otro, pero supuso que no sería nada bueno, así que salió corriendo en dirección al despacho del director para aclarar lo ocurrido antes de que ocurriera algo grave.
—He hablado con los padres del señor Blanco —El director había seguido hablando después de que Ricardo abandonara el despacho—. Van a denunciar al señor Vallejo.
Sara suspiró y se contuvo para no soltar una maldición. Aquello era lo que les faltaba para que la situación se volviera aún más complicada. Cuando ese hombre se había puesto en contacto con ellos para explicarles lo que supuestamente había hecho Ricardo, Sara casi le había creído. Si bien era cierto que el chico estaba esforzándose un montón para demostrarles que era digno de confianza, a Sara no le hubiera extrañado en lo más mínimo que volviera a las andadas. Sabía que nada estaba siendo fácil para el chaval y estaba dispuesta a darle un par de nuevas oportunidades si se daba el caso, pero en cuanto lo había visto entrar al despacho, aterrado y a punto de echarse a llorar, se dio cuenta de que Ricardo era inocente. El hecho de que el director no le hubiera dado un voto de confianza la indignaba y entristecía a partes iguales porque Ricardo ni siquiera había cumplido los quince años. ¿Qué iba a pensar el chico después de todo aquello? ¿Que su vida estaba arruinada para siempre?
—Eso es sacar las cosas de quicio —Intervino Santiago. Hasta entonces había permanecido en silencio, pero debía haber notado que Sara estaba al límite de su paciencia—. Si es posible, nos gustaría hablar con los padres de ese chico.
—Los señores Blanco están decididos, señor Vilamaior. Están profundamente indignados por lo ocurrido y quieren que el responsable del robo sea debidamente castigado.
Sara se envaró. Santiago la sostuvo por la muñeca para intentar calmarla, consciente de que no iba a decir nada demasiado agradable. Y entonces, justo en ese momento, la puerta se abrió y alguien del todo inesperado entró al despacho: su hijo Jaime.
Cristóbal examinó detenidamente las hojas de su col masticadora china. La verdad era que no tenían muy buena pinta porque estaban amarillentas y desprendían un olor un tanto desagradable. Frunciendo el ceño, abrió su libro de Herbología para tratar de determinar qué clase de mal estaba sufriendo. Dentro de un par de días tendría que utilizar esas horribles hojas en clase de Pociones y terminaría suspendiendo las dos asignaturas si no conseguía sanar a la maldita planta. Cristóbal odiaba la Herbología; le parecía que era la asignatura más aburrida. Y con mucha diferencia.
Después de buscar infructuosamente durante casi cinco minutos, el chico encontró un párrafo bastante interesante. Cristóbal se sintió un poco idiota cuando descubrió que lo único que le pasaba a su col masticadora era que necesitaba agua. Si la regaba bien y arrancaba las hojas afectadas, tal vez tuviera alguna esperanza. Sonriendo levemente, el brujo comenzó a rociar la col, con la creciente sensación de que se había librado por los pelos.
Cristóbal estaba tan concentrado en su trabajo que no se dio cuenta de alguien había entrado al aula. Alguien que, en teoría, no debería estar allí, sino preparando su maleta para largarse de los campamentos mágicos.
—Señor Vallejo. ¿Qué…?
Pero Ricardo no prestó atención al profesor. Barrió la clase con la mirada y localizó a Cristóbal Hurtado en su sitio de siempre. Con decisión y bastantes malas intenciones, fue a por él.
—Eres un cabrón de mierda —Gruñó. Cristóbal apenas había alzado la cabeza cuando el puño se estrelló en su cara y le rompió la nariz.
—¿Cómo puedes ser tan tonto, Ricardo?
A pesar del reproche, Sara le sonreía. Le acarició con ternura los nudillos despellejados y Ricardo se dejó hacer simplemente porque le gustaba. Apenas hacía unos minutos que lo habían sacado del aula de Herbología. Le había dado una buena tunda a ese hijo de puta y ni siquiera había necesitado la magia para ello. Aunque a decir verdad, Hurtado tampoco se había defendido demasiado. A Ricardo le hubiera gustado darle un par de hostias más, pero entre el profesor y un par de chicos lo habían evitado. Luego habían llegado Sara, Santiago y el director y le habían obligado a ir a su habitación.
—Fue él, Sara.
—Ya lo sé —La bruja frunció el ceño al ver los moratones que tenía en el cuello. Los tocó con la misma suavidad que le estaba dedicando a sus manos—. ¿Cristóbal Hurtado te ha hecho esto? —Ricardo se puso un poco rojo y negó con la cabeza—. Ahora es cuando me dices quién ha sido.
—Fue Matías Blanco. Sus amigos y él vinieron a reclamarme por lo del robo.
—¿Me estás diciendo que nadie le ha dado importancia a esto? —Sara parecía nuevamente indignada. En esa ocasión Ricardo no supo muy bien por qué y sólo se encogió de hombros—. ¿Esos chicos han sido castigados?
—Dijeron que su comportamiento estaba justificado.
—¡Claro que sí! —Sara soltó una risita irónica y agitó las manos con desdén—. Han intentado estrangularte, pero no pasa nada.
—Sara —Santiago habló con calma. Sonaba casi divertido.
—Ni Sara ni nada. Nunca pensé que estas cosas pudieran ocurrir aquí, Santiago. Te juro que no me explico cómo es posible que… —La mujer agitó la cabeza y volvió a centrarse en Ricardo—. ¿Te duelen?
—Estoy bien.
Sara asintió y sin añadir nada más sacó la varita y le curó las magulladuras de los dedos. Ricardo nunca la había visto tan enfadada y no pudo contener una sonrisita. En cuanto la vio, la mujer frunció el ceño.
—¿Te parece divertido lo que está pasando, Ricardo?
—No. Es sólo que… —El chico tragó saliva. Necesitaba enormemente decir esas palabras—. Gracias por haberme creído antes, en el despacho. Ha sido… Yo…
Sara apretó los labios y decidió que no le importaba que al chico no le hiciera ni pizca de gracia lo que estaba a punto de hacer. Por supuesto, no le pidió permiso, sólo le abrazó. Con fuerza, acaparando su cuerpo entero, ofreciéndole todo el apoyo y el consuelo que necesitaba. Como si fuera un hijo más. Y por supuesto que le alegró que Ricardo no sólo no se apartara, sino que se abrazara a ella con más fuerza aún y se dejara querer por primera vez desde que se conocieron. El chico estaba en una edad complicada, pero incluso los adolescentes necesitaban cosas como aquella de cuando en cuando.
—Escúchame, Ricardo —Sara se apartó de él al cabo de un rato y le acarició el pelo. Lo sintió estremecerse y supuso, acertadamente, que nadie le había tocado de esa manera desde la muerte de su madre—. En cuanto te vi supe que eras inocente. A mí no me puedes engañar, ni para bien ni para mal —El chico sonrió. Lucía patético mientras intentaba controlar las lágrimas—. Pero aunque hubiera sido tú, no te habríamos abandonado. ¿Entiendes? Nos hubiéramos enfadado muchísimo contigo y te habría caído una buena, pero habrías seguido siendo parte de nuestra familia. Quiero que tengas eso muy claro.
Después de que el abrazo hubiera despertado en él emociones que llevaban demasiado tiempo enterradas, Ricardo no pudo más y escuchó con horror el sollozo que se le escapó mientras asentía. Lo que le había dicho Sara era… Ni siquiera tenía palabras para definirlo.
—Nunca —Musitó, definitivamente vencido por el llanto —. No haré esas cosas nunca más, Sara. Te lo juro.
Ella le sonrió y lo abrazó de nuevo. Santiago, que les había estado observando todo el tiempo, hizo un gesto para indicar que se marchaba. Iría en busca de Jaime. Su hijo estaba muy nervioso cuando se presentó en el despacho y, aunque lo habían mandado a clase, Santiago quería tranquilizarle. Le alegraría un montón saber que, gracias a él, aquel malentendido se había aclarado del todo.
Sara vio salir a Ernesto Hurtado del despacho del director. Era un miembro destacado del Ministerio de Magia y se comentaba que pronto formaría parte de la Confederación Internacional de Magos. A su lado caminaba su hijo Cristóbal. Físicamente eran casi iguales y, pese al difícil momento que estaban atravesando, los dos iban con la cabeza bien alta. Sara alzó una ceja y notó cómo Ricardo se removía a su lado.
—Ya vale, chaval —La voz de Santiago sonó autoritaria y Sara sonrió cuando Ricardo hizo caso de su marido.
—Es un cabrón. Ojalá lo hayan expulsado.
Sara no hizo comentario alguno. Se puso en pie y por segunda vez en el día entró en el despacho del director del campamento mágico. Ya era por la tarde y estaba ansiosa por dejar el asunto definitivamente zanjado. Cuando aquel brujo les miró, se ruborizó ligeramente y les invitó a tomar asiento. Sara se dio cuenta de que Ricardo se pavoneaba con orgullo, consciente de que en esa ocasión tenía todas las de ganar. Era un buen chaval, pero debía aprender a pulir ciertos comportamientos. Aunque. ¡Qué demonios! Tenía derecho a mostrarse todo lo altanero que quisiera después de lo que le habían hecho pasar.
—¿Y bien? —Dijo Sara en cuanto todos estuvieron acomodados.
—Eh… —El director carraspeó y se aflojó un poco el nudo de la corbata. Parecía haberle entrado bastante calor de repente— A la vista de los últimos acontecimientos, es evidente que el señor Vallejo no será expulsado.
Ricardo sonrió. Simplemente necesitaba escuchar aquello para quedarse tranquilo del todo, pero Sara no parecía tener suficiente.
—¿Y ya está?
—¿A qué se refiere, señora Amatriaín?
—Creo que es evidente —Intervino Santiago con serenidad—. Ricardo ha sido injustamente acusado por un delito que no ha cometido. Le han tratado como a un delincuente y no se le concedió el beneficio de la duda. ¿Usted cree que nos conformaremos con que no se haga efectiva su expulsión?
El director se puso aún más rojo, volvió a carraspear y tiró un poco más de su corbata.
—Sí, bueno. Supongo que le debemos una… —Otro carraspeó—. Una disculpa.
La sonrisa de Ricardo se hizo aún más grande y Sara no se quedó callada.
—Supone usted bien.
—En fin —Otro carraspeó y un suspiro de resignación—. Señor Vallejo, en mi nombre y en el nombre del equipo docente, le pido disculpas.
—Yo…— Ricardo iba a mandarlo a freír espárragos, pero Sara le dio un golpe en el brazo—. Vale. Disculpas aceptadas —Sara y Santiago intercambiaron una mirada satisfecha y escucharon la pregunta del chico—. ¿Qué pasa con Hurtado?
—¿Hurtado? —Y un carraspeo más. El director empezaba a dar un poco de pena. O así fue hasta que siguió hablando—. Eso no es asunto suyo, señor Vallejo.
—¿Qué? —Ricardo se enderezó en la silla—. ¡Él metió el dinero en mi cajón! ¡Todo ha sido por su culpa!
—Le repito que no es asunto suyo. Ahora que todo está aclarado, lo que debe hacer es concentrarse en sus estudios.
—Pero…
—Ricardo —Sara interrumpió sus protestas—. ¿Por qué no vas con Jaime y nos esperáis fuera? Nos despediremos de vosotros antes de volver a casa.
—Pero Sara…
—Vamos.
Ricardo apretó los dientes y terminó obedeciendo. Una vez el chico se hubo marchado, Sara entornó los ojos y miró con suspicacia al director.
—Hablemos claro. Hurtado le ha presionado para que su hijo permanezca en los campamentos.
El director suspiró y se pasó las manos por el pelo. Al parecer su día no había sido mucho mejor que el de Ricardo Vallejo. No fueron necesarias más explicaciones.
—Lamento lo que ha pasado. Sé que cometí un gran error con Ricardo y les aseguro que no volverá a pasar.
Sara comprendió que, en cierta forma, tenía las manos atadas. No tenía forma de averiguar lo que había pasado en ese despacho unos minutos antes, pero Ernesto Hurtado parecía ser la clase de hombre que no dudaba a la hora de utilizar sus influencias para salirse con la suya. No le costaba ningún trabajo imaginárselo mientras amenazaba al director con dejarle sin empleo si se atrevía a expulsar a su hijo. A Sara le hubiera parecido mucho más digno no ceder al chantaje, pero conocía a ese hombre desde hacía años y sabía que tenía una familia de la que preocuparse.
—Esperamos sinceramente que así sea —Dijo Santiago—. Ricardo merece estar aquí tanto como cualquier otro chico. No debería olvidarlo nunca.
El director asintió. Cuando Sara y Santiago lo dejaron solo, tenía un aspecto bastante congestionado. Esperaban que todo aquello le hubiera servido de lección. Cuando llegaron a la calle, Ricardo y Jaime estaban allí, sentados en un banco de madera, charlando como no lo habían hecho en todos esos meses. A Sara le dio un vuelco el corazón al imaginarse que podían crecer como hermanos. No se llevaban demasiados años de diferencia y en cuanto Jaime creciera un poco más tendrían muchas cosas en común. Sabía que a Jaime le gustaba tener a Ricardo en casa porque había crecido con tres hermanas mayores que eran casi como tres madres y le hacía mucha ilusión saber cómo era tener un hermano. Y Ricardo se había resistido un poco, pero era evidente que había sucumbido a la simpatía del chiquillo.
—Bueno, chicos. Nos vamos a casa —Anunció Santiago, sonriente mientras le pasaba un brazo por los hombros a su mujer.
—¿Y qué pasa con Hurtado? —Ricardo insistió.
—Me temo que no podemos intervenir en eso. Y te prohíbo terminantemente que lo intentes por tu cuenta.
—Pero Sara…
—Nada de peros. Aunque sea injusto, hay que dejar las cosas como están.
—Además —Santiago sonrió—. No te dejarán irte de rositas si vuelves a zurrarle a un compañero.
—¡Pero…!
—He dicho que nada de peros —Sara se acercó al chico y le dio un abrazo—. Sigue como hasta ahora, Ricardo. Lo estás haciendo muy bien. Y tú —La mujer miró a Jaime—. Ya me he enterado de que tienes la fea costumbre de cotorrear en clase. Como los profesores tengan que llamarte la atención otra vez, te hechizaré las orejas.
—¡Pero mamá!
—Nada de peros, Jaime —Dijo Ricardo con cierto retintín. Santiago soltó una carcajada y Sara se contuvo a duras penas.
—Portaos bien, chicos. Nos veremos el próximo fin de semana.
Ricardo había estado hablando con Jaime hasta la hora de la cena. El chavalín era muy simpático y ya no le asustaba tener que tratar con él. Jaime se había portado de puta madre y, aunque le costara un poco reconocerlo, era lo más parecido a un hermano que tenía. Le había demostrado que la familia era mucho más que una cuestión de sangre y Ricardo había decidido que en cuanto volvieran a casa iba a intentar estrechar lazos no sólo con él, sino con Amparo y Ana también. Siempre se mostraba esquivo cuando ellas estaban delante y sólo se sentía cómodo con Amaia, que era una tía cojonuda, pero eso iba a cambiar.
Como iba a cambiar esa manía suya de usar palabras malsonantes todo el tiempo.
Una vez en su habitación, duchado y preparado para dormir, pensó en lo cerca que había estado del desastre. Se sentía bien porque todo se había solucionado. Sabía que a partir de ahora la gente se sentiría un poco más inclinada a fiarse de él y supuso que las cosas no harían más que mejorar. También se preguntó qué pasaría ahora con Cristóbal Hurtado. Si no lo habían expulsado, seguramente lo habrían cambiado de habitación.
—¡Eh tú! —O tal vez no, porque Cristóbal estaba allí, varita en mano. Tenía la nariz torcida y un feo moratón en el ojo, pero no había sido necesario que se quedara en la enfermería. Lástima—. Como vuelvas a ponerme un dedo encima, te mataré, cabrón.
Ricardo alzó una ceja y echó mano de su varita. Tal vez no era un mago muy experimentado, pero la furia que invadió su cuerpo al ver a Hurtado le daba fuerza extra para enfrentarse a ese mamón.
—Te merecías eso y más. Iban a expulsarme por tu culpa.
Cristóbal frunció el ceño y pareció menos enfadado que antes. Cuando bajó la varita y cerró la puerta, su compañero de cuarto se sintió muy intrigado.
—Reconozco que se me fue de las manos —Reconoció, acercándose a su cama y dejándose caer sobre ella—. Nunca planeé inculparte.
—¿No? ¿Entonces por qué metiste la pasta en mi cajón?
Cristóbal se encogió de hombros. A Ricardo le parecía que ese chico estaba como una cabra y se dio cuenta de que no obtendría una respuesta a sus preguntas.
—¿Vas a seguir durmiendo aquí?
—No hay más habitaciones libres.
—Pues que te manden con otro tío. No te quiero aquí.
—No creo que nadie quiera cambiar de cuarto.
Hurtado se veía bastante tranquilo mientras decía todo aquello y Ricardo sólo quería partirle la cara de nuevo.
—¿Sabes que deberías hacer para impedir que la gente husmee en tus cosas? —Cristóbal se levantó—. Poner hechizos protectores por todos sitios.
—¿Qué?
—Blanco también debería haberlo hecho, en realidad —Cristóbal sonrió—. Ese gilipollas iba por ahí presumiendo de que tenía un montón de pasta encima. Estaba pidiendo a gritos que alguien se la quitara.
Ricardo no podía decir que el chico no tuviera razón, así que no hizo ningún comentario al respecto. Lo que sí le intrigaba era otra cosa que Hurtado había dicho.
—¿Cómo son esos hechizos protectores?
Cristóbal lo miró detenidamente durante unos segundos. Entonces se puso en pie de un salto y le sonrió amistosamente.
—Me caes bien, colega. Por eso voy a echarte una mano con la magia.
—¿Que vas a hacer qué?
—Te voy a enseñar algunos trucos que a estas alturas deberías haber aprendido.
—¿Por qué?
—Ya te lo he dicho. Me caes bien.
—¿Y qué quieres a cambio?
—Fácil. Que me enseñes a pelear al estilo callejero.
Ricardo se lo pensó un instante. Era de idiotas fiarse de un tipo como Hurtado, pero el trato que le estaba ofreciendo no sonaba nada mal. Aunque antes quería saber una cosa.
—¿Por qué lo hiciste? No creo que te haga falta la pasta.
—Como ya te dije, Blanco me cae como el culo. Además, me aburría.
—¿Te aburrías?
—Claro. ¿Acaso tú no te divertías mientras…? Ya sabes.
Ricardo parpadeó velozmente. En realidad robar nunca le había divertido demasiado. Solía estar demasiado hambriento para pasárselo bien.
—¿Y qué has hecho con el dinero que faltaba?
—¡Ah! Ahí hemos pillado a Blanco. ¿Sabes?
—¿Qué quieres decir?
—Que las quinientas pesetas no estaban completas, aunque en su cajón había algo más aparte de la pasta.
—¿Qué?
—Algo que lamentablemente no pienso compartir contigo.
Ricardo frunció el ceño y sacó una conclusión que le dejó cierta sensación de malestar en el cuerpo.
—¿Drogas? —Musitó con desaliento. La vida en la calle le había dejado ver lo que las drogas podían hacerle a la gente y nunca, ni una sola vez en toda su vida, había sentido el más mínimo interés por probarlas. De hecho, sólo tenía que pensar en su padre para huir de ellas como alma que lleva el diablo.
—Marihuana —Corroboró Hurtado.
—Y no la tendrás aquí. ¿Verdad? Porque no quiero tener esa mierda cerca. Si está aquí, no hay trato ni…
—¡Eh! Para el carro. Ya te he dicho que no quiero compartirla contigo. ¿Vale?
Ricardo apretó los dientes. Tampoco quería que su compañero se pusiera a fumar hierba, pero sabía que no podía hacer nada por evitarlo.
—Las drogas son una mierda.
—Respeto tu opinión, Vallejo, pero no la comparto —Hurtado sonrió y extendió una mano en su dirección—. ¿Qué me dices? ¿Hay trato o no hay trato?
Ricardo se lo pensó un instante y finalmente estrechó la mano de su compañero. Cristóbal no le caía muy bien, pero se sentía capaz de aliarse con el mismo diablo si así conseguía aprender un poco más de magia. Estaba ansioso por convertirse en un mago de verdad.
