LO QUE PUDO HABER SIDO V
Campamento Mágico. Finales de julio de 1978.
El chico se limpió las palmas de las manos en los pantalones. El profesor Martí recorría el aula a paso lento, entregando las calificaciones del examen final de Pociones. En los últimos años, Ricardo Vallejo se había dedicado en cuerpo y alma al aprendizaje de la magia y, aunque empezara su instrucción mucho después que sus compañeros, se las había arreglado para ir aprobando todas las asignaturas, alguna de ellas con muy buena nota. Su nerviosismo se debía básicamente a que Pociones siempre se le dio fatal y no estaba muy seguro de ir a obtener un aprobado. Si bien era cierto que José Ignacio le había ayudado un montón a lo largo del último curso, Ricardo reconocía que era un auténtico desastre en aquellas lides. Suspender aquella materia no sería el fin del mundo, pero para él era una cuestión de orgullo y dignidad: quería aprobarlo todo para demostrar que podía ser tan buen mago como el resto de sus compañeros.
El profesor Martí se detuvo frente a él y frunció el ceño. El hombre trabajaba en Moltó SL, la empresa propiedad de la familia de sus tutores legales, y Ricardo lo había visto un par de veces fuera del Campamento Mágico, cuando Sara lo llevaba a visitar las instalaciones de la empresa en Valencia. Era un profesor muy duro y el chaval temió no haber conseguido su objetivo. El profesor colocó una hoja sobre la mesa y Ricardo suspiró aliviado cuando comprobó que tenía un cinco.
—Por los pelos, señor Vallejo —Le dijo Martí con aire distraído.
Ricardo sonrió. Tenía la sensación de haberse quitado un gran peso de encima y, aunque seguramente José Ignacio se llevaría una pequeña decepción por no haberle podido meter más conocimientos en su dura cabezota, todos en casa estarían contentos con esas notas. ¡Si hasta había sacado un nueve en Encantamientos! ¿Quién le iba a decir unos años antes que conseguiría terminar sus estudios mágicos?
El profesor Martí siguió a lo suyo y Ricardo echó un vistazo a sus compañeros de clase. Unos estaban más contentos que otros y el chaval no pudo evitar sentir curiosidad por las notas de Cristóbal Hurtado. Habían seguido compartiendo habitación en los últimos años y aunque no eran exactamente amigos, habían aprendido a llevarse más o menos bien. Ricardo aún le tenía guardada la putada que le había hecho tiempo atrás, pero también era cierto que se habían ayudado bastante el uno al otro. Hurtado le habían echado un cable con el tema de la magia, tanto fuera como dentro de los campamentos, y Ricardo le había dado un par de consejos sobre cómo debía comportarse cuando visitara el mundo muggle.
—He suspendido —Dijo Cristóbal cuando notó el interés de su compañero. Le mostró su examen. Había sacado un lamentable tres y medio.
—¿Tienes aprobada la media del curso? —Cristóbal alzó una ceja y negó con la cabeza.
—Pociones no me preocupa. Este verano empiezo a trabajar en el Departamento de Leyes Mágicas y allí no vamos a ver muchos calderos. ¿Sabes?
—Pero para currar en el Ministerio necesitas pasar todas las asignaturas. ¿No?
Hurtado no se molestó en contestar. Ricardo comprendió que realmente él no necesitaba aprobarlo todo habida cuenta de quién era su padre. Sintió una punzada de rabia y celos arañándole por dentro. No le parecía justo que un chico como él tuviera que esforzarse tantísimo para labrarse un futuro medianamente digno y que chicos como Hurtado se dedicaran a hacer el vago porque sabían que sus papás se encargarían de buscarles un buen empleo. Ricardo estaba segura de que tanto Sara como Santiago tenían suficientes contactos como para colocar a sus hijos donde quisieran, pero ambos habían sido claros: nada de favoritismos. Si querían ser alguien en la vida, tendrían que ganárselo por sí mismos. Y Ricardo no tenía muy claro quién quería ser en el futuro, pero al menos había demostrado de qué pasta estaba hecho.
—Preocúpate más de lo tuyo y menos de lo mío —Dijo Cristóbal mientras arrugaba su examen y lo metía en su mochila. A pesar de su aparente indiferencia, le molestaba haber sacado una nota tan mala.
—He aprobado.
—Pues no creo que con un cinco pelado vayan a aceptarte en los laboratorios de pociones de Moltó, la verdad.
—Tampoco es como si yo quisiera ir a trabajar allí.
—¿No? —Cristóbal alzó las cejas, aparentemente sorprendido—. Pensé que te buscarían algo en la empresa familiar.
Ricardo apretó los dientes, herido en su orgullo. ¿Qué se pensaba Hurtado, que porque él fuera un enchufado lo serían todos los demás? ¿Qué no servía para trabajar en otro sitio? Podría haberle dicho que no todos eran tan malos estudiantes como él, pero como no le apetecía ponerse a discutir en mitad de la clase, se encogió de hombros y procuró demostrar que el comentario anterior no le había afectado en absoluto.
—Todavía no sé qué voy a hacer después, pero fijo que no me voy a dedicar a las pociones.
—Eso está más que claro, señor Vallejo —El profesor Martí interrumpió la conversación—. ¿Quieren hacer el favor de permanecer en silencio? No se piensen que porque sea la última clase del curso pueden hablar todo lo que les venga en gana.
Los dos chicos intercambiaron una mirada y obedecieron las instrucciones del profesor. Hurtado ya no tenía nada que perder, pero Ricardo no quería arriesgarse a que finalmente le suspendiera por andar de cháchara. Ya habría tiempo para hablar después, cuando todo hubiera terminado.
Ricardo pensaba pasar la tarde en su rinconcito favorito. Al principio no había sido nada fácil adaptarse a la vida en el campamento, sobre todo porque todo el mundo desconfiaba de él y muchos evitaban tenerle cerca, pero después del incidente con Blanco, cuando su inocencia quedó demostrada ante todos, las cosas habían cambiado sustancialmente. Ricardo seguía llevándose fatal con Blanco y sus amigos, pero había logrado hacer amistad con algunos chavales de su curso y cada vez se sentía más a gusto. Sin embargo, aún seguía necesitando sus momentos de soledad y nunca había dejado de asistir a ese punto junto al río. Aunque ese día hacía un poco más de frío de lo normal, Ricardo se sentó en el suelo y se concentró en su entorno. En ocasiones podía sentir la magia rodeándole y acariciándole y le gustaba respirar aquel aire limpio y poderoso. Era una sensación grandiosa y lamentaba que dentro de unos días fuera a acabarse para siempre. En cuanto volviera a Madrid, su vida sufriría un cambio significativo.
Ricardo cumpliría la mayoría de edad a finales de agosto y pronto tendría que empezar a tomar decisiones muy importantes relacionadas con el futuro. Tal y como le había dicho a Hurtado esa mañana, no sabía muy bien qué haría con su vida una vez terminada su educación y necesitaba tomarse un tiempo para pensárselo. Aunque había logrado ponerse al día con su instrucción mágica, Ricardo llevaba un curso de retraso en los estudios muggles. Y luego estaba el tema de irse a hacer la mili. Podría pedir prórrogas para seguir estudiando, pero no estaba seguro de querer hacerlo. Tal vez no le vendría mal cambiar de aires, tomarse un descanso y dedicar unos meses para pensar en lo que vendría después. Lo único que tenía claro era que en cuanto volviera a casa se iría a Vera a ayudar a Fernando con el restaurante que había montado en el caserío. Necesitaba pasta y no quería depender constantemente de lo que le daban Sara y Santiago, así que aquello le parecía una buena solución.
Una enorme oleada de gratitud le invadió cuando pensó en ellos. Se habían portado muy bien con él y, aunque a lo largo de los últimos tres años habían tenido sus más y sus menos, Ricardo no se imaginaba la vida sin ellos. Desde que se fuera a vivir a su casa, le habían echado la bronca un montón de veces, le habían castigado en bastantes ocasiones y se habían empeñado en educarle como nadie lo había hecho desde la muerte de su madre. Ricardo había cogido unos cuantos cabreos monumentales, les había acusado de ser los peores tutores del mundo y una o dos veces se había ido de la lengua, pero por suerte la sangre no había llegado al río y ni Sara ni Santiago se habían hartado de él. Al contrario, siempre le trataron como un hijo más y Ricardo les quería como si fueran sus padres. Por supuesto que reconocerlo en voz alta le supondría un gran bochorno, pero se sentía a gusto cuando se lo repetía a sí mismo.
Ricardo nunca supo lo que era tener una familia de verdad hasta que los Vilamaior lo acogieron en su seno. Había descubierto cómo era que dos personas se preocuparan por él como si fueran sus padres y también sabía lo que era tener hermanos. Amaia, con su bondad y su paciencia, fue la primera en hacerse un hueco en su corazón. Luego le tocó al turno de Jaime, que era un crío la mar de majo y un apoyo constante en el seno familiar. Y más tarde Ana y Amparo. Al principio fue un poco difícil, pero poco a poco fue acostumbrándose a su presencia. Quizá todo fue un poco más complicado con Amparo porque al principio Ricardo la vio más fría y distante que a los demás, pero al final se habían aceptado mutuamente. A Ricardo le caía bien, pero no pensaba irse a trabajar a Moltó con ella por nada del mundo.
En todo eso estaba pensando cuando vio a Hurtado a unos metros de distancia. Seguramente el chico no le había visto a él porque estaba medio oculto por unos arbustos. Ricardo pensaba dejarlo a su aire, pero entonces Cristóbal sacó algo de su chaquetón. Podría haber sido un simple cigarrillo, pero Ricardo supo que no era así. Y quizá lo más sensato hubiera sido no meterse dónde no le llamaban porque Hurtado no era su amigo, pero ni por esas se quedó sentado donde estaba.
—¿Qué haces? —Preguntó al acercarse a él, logrando que Cristóbal diera un respingo.
—¡Joder, Vallejo! ¡Qué susto me has dado!
—Estaba allí y te vi llegar.
—Ya. ¿Tú también te has buscado un rinconcito para venir a fumar?
—Eso es una porquería.
Ricardo sólo había necesitado echarle un vistazo al cigarro para comprobar que no era un cigarro, sino un porro. No ocultó su desaprobación, pero a Hurtado le importó bien poco. Le dio una larga calada al canuto y cerró los ojos como si estuviera experimentando la sensación más gloriosa del mundo.
—¿Quieres?
—Ya sabes que no. Y tú tampoco deberías estar fumando esa mierda.
Hurtado entornó los ojos y le miró fijamente. No tenía pinta de ir a hacerle mucho caso.
—Me parece bien que no quieras, pero no seas pesado, anda.
—No soy pesado, pero si fumas eso…
—Ya sé, Vallejo. No soy idiota.
—Pero…
—¡Qué me dejes en paz! —Hurtado subió el tono de voz y se giró bruscamente hacia él para encararle—. Esto no va contigo.
Ricardo podría haberle dicho que sí que era idiota por afirmar que sabía qué consecuencias podía tener el consumo de drogas, pero se mordió la lengua y dejó hacer a aquel cretino. Hurtado siempre se las daba de ser un sabelotodo, pero si hubiera pasado un solo día rodeado por los viejos amigos de su padre, se habría dado cuenta de que tomar esa basura sólo podría traerle cosas malas, pero allá él. Tal y como había señalado, no muy amablemente, no era asunto suyo.
—Como quieras.
Se dio media vuelta y dejó a Cristóbal a lo suyo. Lo había intentado y se daba por satisfecho. Se dirigió al complejo residencial del campamento. Tenía la sensación de ir a coger un buen resfriado si seguía durante más tiempo en el exterior, así que aceleró un poco el paso y llegó a su dormitorio enseguida. Dentro de un par de días regresarían a casa, así que empezó a hacer la maleta. No le gustaba dejar las cosas para el último momento y tampoco quería olvidarse nada. Llevaba un buen rato doblando ropa cuando Jaime se presentó en su habitación. Estaba muy sonriente, signo inequívoco de que había aprobado todo. En el último año había dado un buen estirón y ya era tan alto como Ricardo; seguramente no tardaría muchos meses en dejarle atrás porque los Vallejo nunca habían destacado por su estatura.
—¡Ey! ¿Ya estás liado con la maleta?
—No quiero dejarlo todo para el último momento. Y tú deberías hacer lo mismo.
Jaime se encogió de hombros y se arrojó sobre la cama, cayendo de espaldas y colocando los pies sobre la colcha.
—¿Te han dado las notas?
—Las he aprobado todas.
—¿Hasta Pociones?
—Tengo un cinco. Por los pelos, pero… —Ricardo se encogió de hombros y no ocultó una sonrisa satisfecha—. ¿Y tú?
—Todo genial. Papá y mamá se van a poner muy contentos. He pensado que podríamos convencerles para hacer algo especial. ¿No?
—No creo que cuele, Jaime. Aunque por intentarlo no perdemos nada.
Seguramente el tiempo, pero a su edad eso era algo insignificante.
—¿Dónde se ha metido Hurtado? —Jaime le tenía bastante manía y se le notaba en la voz.
—Se habrá ido a dar una vuelta, no sé.
—Dicen que ha sacado unas notas malísimas.
—Ha suspendido Pociones, pero dice que no le hace falta tenerla aprobada para trabajar en el Ministerio.
—Claro, porque su padre lo va a enchufar —Jaime hizo un gesto desdeñoso y se incorporó—. Menuda suerte tiene el muy imbécil. Mira lo que pasó cuando lo del robo. A ti te iban a expulsar y él se fue de rositas. Y todo porque su padre metió un poco de presión.
Jaime se veía seriamente afectado por esa injustica cometida tanto tiempo atrás. Ricardo lo miró de reojo y se sentó a su lado. A veces se sentía tan indignado como él, pero debía reconocer que el trato al que había llegado con Cristóbal servía para apaciguar bastante su carácter. Después de todo había obtenido importantes beneficios.
—A Hurtado se le veía bastante jodido cuando supo que había suspendido Pociones. Creo que en el fondo le molesta un poco que le vayan regalando las cosas —Jaime alzó una ceja sin darle demasiado crédito a sus palabras.
—Pues eso tiene fácil solución. Que se esfuerce como hacemos todos los demás.
Ricardo sonrió y negó con la cabeza.
—He dicho que en el fondo le molesta, pero apuesto a que es mucho más cómodo para él dejar que su padre le arregle todos los problemas.
—Supongo que no estaría del todo mal. ¿No? No tener que preocuparte de nada.
—Pues no sé. Al final íbamos a terminar un poco aburridos.
Aburridos como Hurtado, que se dedicaba a robarle a sus compañeros aunque realmente no necesitara el dinero para nada. O que encontraba un poco de diversión en algo que más tarde o más temprano le pasaría factura.
—Bueno —Jaime se levantó—. Me largo. He quedado con mis colegas para ir a cenar. Nos vemos luego.
Ricardo se despidió y se quedó sentado en la cama con la sonrisa bailándole en los labios. Iba a echar de menos aquellas charlas con Jaime Vilamaior.
Ricardo observó a los bebés. Todo el mundo los encontraba monísimos, pero él no les veía nada de especial. Se pasaban casi todo el tiempo durmiendo y cuando se despertaban berreaban hasta atronarle los oídos. Tampoco los encontraba desagradables ni nada parecido, pero en su opinión esas criaturas mejoraban cuando crecían un poco y uno podía ponerse a jugar con ellos porque, aunque lo negara una y otra vez, en ocasiones era divertido pasar el rato con las nietas de Sara.
—¿Quieres coger a Lucía?
Ricardo dio un paso atrás cuando escuchó la pregunta de Amaia. A esas alturas de la historia, Jaime ya tenía en brazos a Fernando, que estaba profundamente dormido y no se enteraba de nada. Miró a la pequeña bebé casi con horror y negó efusivamente con la cabeza. Amaia se rió y dejó que fuera su madre la encargada de acunar a Lucía. Sara demostraba una gran pericia en esas lides, signo inequívoco de que tenía muchísima experiencia.
—Mamá ya me ha dicho que lo habéis aprobado todo —Comentó Amaia mientras servía limonada para todo el mundo—. Enhorabuena a los dos.
Jaime comentó que los exámenes finales habían sido muy difíciles y que había tenido que empollar un montón para preparárselos correctamente. Ricardo recordó su cinco raspado en Pociones y se sintió aliviado una vez más.
—¿Has pensado ya lo que vas a hacer a partir de ahora? —Le preguntó Amaia.
—No lo tengo muy claro, la verdad.
—Tal vez podrías centrarte en los estudios muggles mientras te aclaras —Sugirió Sara. Ya habían tenido esa misma conversación un par de veces y Ricardo seguía sin estar muy convencido.
—Creo que primero haré la mili —La confesión pareció sorprender a las dos mujeres, no así a Jaime—. Necesito un poco de disciplina, ya sabéis.
—Si es eso lo que quieres, me parece bien, pero insisto en que deberías sacarte el C.O.U. e intentarlo con la Selectividad.
—Pero quiero trabajar en el mundo mágico, Sara.
—Nunca te cierres ninguna puerta. No sabes lo que puede pasar en el futuro.
El chico guardó silencio. Ya se había planteado aquello en alguna ocasión y seguía pensando que no le serviría para nada hacer la Selectividad porque no quería cursar ninguna carrera muggle. Por otro lado, tal y como funcionaba el sistema educativo mágico, algunos estudios mágicos superiores requerían de ciertas asignaturas muggles para poder ser culminadas con éxito. En su humilde opinión, todo era un lío, más aún cuando no tenía nada claro lo que quería hacer en el futuro.
—¿Sigues decidido a ayudar a Fernando en el restaurante? —Amaia cambió de tema y el chico se lo agradeció enormemente—. Te advierto que puede ser un jefe terrible.
—¡Bah! No será para tanto —Ricardo sonrió, consciente de que la mujer exageraba muchísimo—. Seguro que en un par de días nos entendemos a la perfección.
—Yo no sería tan optimista —Comentó Sara.
—¿Por qué no?
—Pues porque no tienes ni idea ni de nada, Ricardo.
El chico escuchó las risitas que acompañaron a esas palabras y sonrió. Sara tenía toda la razón del mundo, pero estaba dispuesto a aprender. Tal y como la mujer le acababa de decir, no debía cerrarse ninguna puerta.
Ricardo había decidido pasar su día libre en Madrid, así que en cuanto terminó de trabajar se apareció en casa, directamente en su habitación. Estaba agotado y le apetecía un montón meterse en la cama, pero necesitaba urgentemente darse una ducha y comer algo.
Sólo llevaba quince días currando en el restaurante y empezaba a dudar que fuera a terminar el verano. A pesar de que el negocio era de reciente apertura, contaba con bastante clientela. Fernando se pasaba casi todo el día entre fogones y Amaia le ayudaba cada vez que sus bebés se lo permitían. Ricardo, que carecía por completo de experiencia, había probado a trabajar en la cocina y había terminado en la barra sirviendo cafés. Era bastante torpe y tenía un largo camino por recorrer antes de convertirse en un camarero medianamente decente, pero al menos no era un completo desastre tal y como lo fue cuando Fernando intentó meterlo de pinche para tenerlo un poco controlado. Y es que si Ricardo Vallejo era malísimo con las Pociones, era aún peor como cocinero. Además, a parte de los cafés también colaboraba en las tareas de limpieza. Era lo que menos le gustaba, y con mucha diferencia, pero Amaia le había enseñado un par de trucos para limpiar con magia siempre y cuando fuera absolutamente discreto.
Aquel domingo había sido especialmente ajetreado, pero al menos le quedaba el consuelo de saber que al día siguiente no tendría que trabajar. ¡Dios! ¡Su padre tenía tanta razón cuando decía que era lo peor del mundo! Ricardo se apretó los ojos con fuerza y alejó esos pensamientos de su cabeza. En realidad no encontraba en absoluto desagradable ganarse las cosas por sus propios medios. Se había sentido tan orgulloso de sí mismo cuando se sacó los estudios mágicos que estaba seguro de que jamás olvidaría esa sensación. Y su padre podía decir misa.
En los últimos días Ricardo se había acordado bastante de él. Seguía en la cárcel y no lo había visto desde hacía años. El chico se sentía muy a gusto en casa de Sara y Santiago y les había cogido muchísimo cariño a todos, pero en cierta forma echaba de menos a su padre porque, demonios, era su padre. En alguna ocasión había sentido la tentación de pedirle a Sara que le llevara a visitarlo a prisión, pero siempre se había echado atrás en el último momento. Ahora que se acercaba el día en el que cumpliría la mayoría de edad, el deseo de verle se hacía aún mayor y se sentía un poco confuso al respecto.
—Ricardo. ¿Estás ahí?
Sara llamando suavemente a la puerta le devolvió a la realidad. Se apresuró en atender su llamada y la dejó entrar al dormitorio.
—Me pareció oír ruidos y vine a asegurarme de que eras tú. ¡Vaya cara que traes!
Ricardo sabía que tenía ojeras. Desde que había empezado a trabajar se quedaba a dormir en Vera y Sara no había tenido ocasión de verle el careto en los tres últimos días.
—Estoy un poco cansado. Llevo un par de noches que no duermo bien.
—¡Uhm! No puedes seguirle el ritmo a Fernando. ¿Verdad?
—Ese hombre es agotador.
Sara se rió y se tomó la libertad de darle un beso en la mejilla. Por norma general, Ricardo se resistía un poco ante esas muestras de afecto, pero en esa ocasión la aceptó sin protestar.
—Date un baño, anda. Te preparo algo ligero para cenar y te metes en la cama.
Ricardo se dispuso a obedecer cada una de sus órdenes. En los últimos tres años se había mostrado rebelde en algunas ocasiones, pero ya no tenía ganas de verse envuelto en una lucha que iba a perder de todos modos. Así pues, se dio un baño con agua templada y se puso un comodísimo pijama de verano. Cuando bajó a la cocina, encontró un sándwich sobre la mesa y un par de piezas de fruta. Sara se sentó con él mientras cenaba y empezó a hablarle sobre algunos cotilleos de la sociedad mágica. Ricardo la escuchaba mientras procuraba no quedarse dormido, pero dio un respingo cuando escuchó un nombre que le era muy familiar.
—¿Te has enterado ya de lo que le ha pasado a Cristóbal Hurtado?
—No. ¿Qué?
—La familia se ha encargado de tapar el asunto, pero parece ser que hace un par de noches fue ingresado en San Mateo por un coma etílico.
—¡No jodas! —Sara sólo tuvo que fruncir un poco el ceño para que se disculpara por el exabrupto. La verdad era que la noticia le había sorprendido muchísimo—. ¿Y está bien?
—El portavoz de la familia dice que se encuentra perfectamente y que su ingreso se debió a una indigestión, pero para cuando habló la noticia ya había corrido como la pólvora —Sara frunció el ceño y echó un vistazo a su alrededor—. Creo que no he tirado el periódico. A ver si lo encuentro para que lo leas —Ricardo asintió, demasiado conmocionado aún para hacer otra cosa—. Dime una cosa, hijo. Cuando compartíais habitación. ¿Alguna vez le viste beber?
Ricardo, que había sentido un pequeño escalofrío cuando Sara le llamó hijo, negó con la cabeza y se preguntó si sería conveniente confesar que le había visto consumir cosas peores.
—Tiene problemas. ¿Verdad?
—Eso parece.
Ricardo le dio un mordisco al sándwich y lo ayudó a bajar con un traguito de agua.
—Nunca ha bebido delante de mí, pero creo que le gusta la marihuana. Y bastante.
—¿Qué dices?
—En realidad sólo le vi fumar una vez, al final del campamento, pero me dio la impresión de que tenía mucha práctica.
Sara frunció el ceño y se cruzó de brazos en actitud reflexiva.
—¿Se lo dijiste a alguien?
—¿Para qué? Hurtado puede hacer lo que le dé la gana. Intenté decirle lo que podía pasarle, pero me dijo que no era asunto mío.
—¿Y qué sabes tú de drogas, Ricardo? —Inquirió la mujer después de asentir con la cabeza. Parecía un tanto preocupada respecto a ello, pero el chico se apresuró a sacarla de dudas.
—Mi padre y sus amigos solían…—Carraspeó, incapaz de terminar la frase—. Ya sabes.
—¿Consumían delante de ti? —El chico asintió—. Espero que nunca te ofrecieran nada.
—Aunque lo hubieran hecho les habría dicho que no. Odiaba cuando mi padre se colocaba. ¿Sabes? Era como si dejara de ser él.
—¿Alguna vez te hizo daño?
—Nunca me pegó.
—No era necesario que te pegara para hacerte daño, Ricardo.
Hacía mucho tiempo que al chico no se le hacía uno de esos horribles nudos en la garganta, pero Sara había hablado con mucha suavidad, casi compadeciéndose de él, y eso no le ayudaba a olvidarse de que alguna vez las había pasado putas. Realmente su padre nunca se había puesto violento con él porque ni siquiera drogado hasta las cejas era violento, pero sí que le había hecho sufrir. En más de una ocasión había llegado a mandarle a él a comprar las drogas, pero no pensaba decirle eso a Sara. Ya no tenía ningún sentido.
—De todas formas puedes estar tranquila —Aseguró tras un carraspeo—. La droga me da mucho asco, no voy a ser tan tonto como Hurtado.
—Me alegra oír eso —Sara le dio un par de golpecitos en la mano—. Termínate la cena y vete a dormir. Te estás cayendo de sueño.
Ricardo tuvo un montón de sueños raros esa noche, entremezclando escenas del restaurante de Fernando con visiones de Cristóbal Hurtado y su padre. Negar que había dormido como un tronco sería mentir, pero cuando se despertó se sentía un poco turbado. Aunque la conversación que había mantenido la noche de antes con Sara no invitaba a cumplir con sus deseos, Ricardo aún tenía ganas de ver a su progenitor. Se había portado fatal con él, pero el chico estaba seguro de que pese a todo el hombre le quería. Y seguía echándole de menos.
Cuando se levantó ya era media mañana. Santiago se había levantado temprano y se había llevado a Jaime a Valencia y Sara estaba bastante ocupada con sus viejos libros. A Ricardo le supo un poco mal interrumpirla, pero necesitaba hablar con ella. Sólo esperaba encontrar las palabras justas para que no se tomara a mal lo que iba a decirle.
—Buenos días, Sara.
—¡Oh, Ricardo! Tienes mucho mejor aspecto estaba mañana. Supongo que has dormido bien —El chico asintió y se vio obligado a preguntar si quería que le echara una mano. Sara le dijo que ya casi había terminado y dejó sus quehaceres para prestarle toda su atención—. A lo mejor te hubiera gustado acompañar a Santiago y a Jaime. Creí que era mejor dejarte descansar.
—En realidad me gustaría hablar contigo —Ricardo carraspeó y se metió las manos en los bolsillos de sus bermudas de verano.
—¿Te pasa algo?
—Bueno yo… Dentro de unos días cumplo los dieciocho —Sara le miró atentamente. Ya le había dicho muchas veces que nada cambiaría cuando fuera mayor de edad y que podría quedarse en casa todo el tiempo que quisiera—. Os agradezco muchísimo a Santiago y a ti todo lo que habéis hecho por mí y no me gustaría que te lo tomaras a mal ni nada. ¿Vale?
—¿Qué tratas de decir, Ricardo?
—Yo… —El chico clavó los ojos en el suelo. Sara casi se esperaba que le dijera que iba a largarse de casa en cuanto llegara el día de su cumpleaños, así que las siguientes palabras del chaval la descolocaron por completo—. Quisiera ir a ver a mi padre.
Una vez superada la sorpresa inicial, Sara sintió cierto alivio. Cuando acogió a Ricardo pensó que el chico le daría un montón de problemas, pero al final no había sido para tanto. Aunque a lo largo de su vida no había tenido demasiadas oportunidades para demostrarlo, Ricardo era un buen chaval. Sara lo quería y le gustaba tenerlo en su casa, así que descubrir que no pretendía largarse le pareció algo bueno.
—¿Estás seguro? —Preguntó al cabo de unos segundos. Ricardo asintió, los ojos aún fijos en las puntas de sus pies—. ¿Y te preocupa que Santiago o yo vayamos a molestarnos por eso?
—Bueno… Estáis siendo geniales conmigo y no quiero que penséis que no os valoro como os merecéis. Yo os… —Ricardo tragó saliva. Le costaba un poco de esfuerzo creerse que estaba a punto de decir aquello—. Os quiero un montón, Sara, pero es que mi padre…
Las últimas palabras las dijo de carrerilla. De hecho, si Sara no hubiera estado pendiente de él era bastante seguro que no le hubiera escuchado del todo. Conmovida por la confesión del muchacho y por todas sus dudas, se apresuró en darle un abrazo.
—Sigues siendo un tonto, Ricardo. ¿Cómo nos vamos a molestar por eso?
—Después de todo lo que habéis hecho por mí…
—Se trata de tu padre. Tú eres parte de esta familia y me temo que eso ya no tiene solución —El chico esbozó una sonrisa. Se le veía aliviado, como si le hubieran quitado un gran peso de encima—. Pero él es tu padre y entiendo perfectamente que quieras ir a verle. Ni a Santiago ni a mí nos importa.
—¿En serio?
—Claro que sí. De hecho. Estoy dispuesta a acompañarte si quieres.
Ricardo se lo pensó un instante. Era maravilloso que Sara se hubiera tomado todo aquel asunto con tanta tranquilidad. Por nada del mundo hubiera querido herir sus sentimientos o hacerle pensar que no valoraba en absoluto todo lo que le habían ayudado en los últimos años.
—Creo que eso es algo que tengo que hacer yo solo.
Sara asintió, comprendiendo que eso era lo mejor. Ricardo ya era casi un hombre y debía luchar sus batallas en solitario, aunque ella siempre estaría en la retaguardia para echarle un cable si fuera necesario.
Ramiro Vallejo no se esperaba recibir una visita a esas alturas del verano. Sus colegas de toda la vida cada vez pasaban más tiempo sin ir a verle y ciertamente empezaba a estar molesto por ello. Se suponía que los amigos debían estar siempre ahí, a las duras y a las maduras, pero Ramiro se estaba planteando si merecía la pena seguir considerándoles dignos de su confianza. Aún le quedaban unos años para quedar en libertad, pero cuando saliera les iban a dar bastante por saco.
Se preguntaba quién habría sido el que finalmente se había acordado de él cuando llegó a la sala de visitas y vio a aquel chaval. Al principio le costó un poco reconocerle porque ya no estaba hecho un renacuajo, porque tenía el pelo cortísimo y porque usaba ropa de la buena, pero al cabo de unos segundos se dio cuenta de que era Ricardo. Su hijo.
El chaval se frotaba las palmas de las manos en los pantalones y se sentía bastante nervioso. Hacía años que no veía a su padre, pero seguía teniendo el mismo aspecto de siempre. Tal vez el pelo se le había puesto un poco gris, pero no había cambiado nada. En cuanto lo vio, Ricardo sonrió y se acercó a él.
—Hola, padre.
Ramiro lo observó detenidamente. Tenía buen aspecto. Esa mujer parecía haber cumplido su palabra y había estado cuidando de Ricardo, pero no pudo evitar sentirse un poco decepcionado porque ese no era su chaval. Se lo habían cambiado.
—¿Qué coño te han hecho? —Espetó con su voz bronca de fumador consumado—. Pareces un puto niño pijo.
Obviamente el chico no se había esperado ese recibimiento. Su cara reflejó el dolor y el desconcierto que debía estar sintiendo en ese momento y la decepción de Ramiro Vallejo fue en aumento. Él no había criado a un crío debilucho, sino a un chaval fuerte y capaz de apañárselas por sí solo.
Ricardo retrocedió los pasos que había avanzado antes. Se sentía como si le hubieran dado una bofetada y se había quedado sin palabras. Quizá había sido un poco ingenuo al esperar que su padre le recibiera con los brazos abiertos, pero había querido creer que él también le había echado de menos.
—¿Y qué pelos me traes?
Ricardo se pasó la mano por la cabeza y se encogió de hombros.
—Me lo he cortado porque dentro de poco me voy a hacer el servicio militar.
Ramiro entornó los ojos y tomó asiento. Su hijo se quedó con las ganas de recibir el primer abrazo de su padre en años.
—Pareces un marica.
Ricardo apretó los dientes. Podía sentir como el dolor inicial dejaba paso a la rabia. No entendía por qué su padre le trataba de esa manera. Había ido a visitarle en cuanto tuvo ocasión de hacerlo y se empezaba a preguntar si no habría cometido un gran error. Sin embargo, decidió mantener la calma y seguir con aquello.
—¿Cómo estás, padre?
—¿Cómo quieres que esté, Ricardo? Pues pudriéndome aquí dentro mientras tú vives a cuerpo de rey.
Ramiro prácticamente había escupido esas palabras. Tenía la vaga sensación de que su actitud estaba siendo un poco exagerada, pero es que aquello era demasiado. No estaba preparado para ver a Ricardo y mucho menos para lo que pasó cuando al chaval se le hincharon las narices.
—¿Se puede saber qué te pasa? ¡He venido a verte! ¡No tienes derecho a tratarme así!
—¿Qué no tengo derecho a…? —Ramiro prácticamente se quedó sin palabras ante esa insolencia, pero en el fondo le alegró comprobar que el chico aún tenía un poco de espíritu—. ¡Soy tu padre y te trato como me sale de los cojones! ¿Te enteras?
Ricardo le dirigió una mirada cargada de rencor. Sí, definitivamente aquello era una mala idea. Una muy mala idea. La peor idea del mundo. Y debería habérselo imaginado porque su padre nunca había sido un hombre cariñoso. A pesar de que ya era mayor de edad, Ricardo se sintió como un niño pequeño.
—¿Te molesta que haya venido a verte? —Preguntó al cabo de unos segundos. Molesto y confundido. Dolido.
—Me molesta ver el fantoche en que te has convertido —El desprecio se hizo patente en la voz de Ramiro. Realmente era decepcionante ver a ese chico que decía ser su hijo—. Cuando esa mujer vino a hablar conmigo no pensé que fuera a convertirte en… Esto.
—Deja a Sara en paz.
—¡Ah! ¡Así que esa pija de mierda se llama Sara! Dime una cosa, Ricardo. ¿Te gustaría que estuviera aquí para limpiarte los mocos?
Ricardo apretó los dientes. Había estado muy emocionado ante la perspectiva de ver de nuevo a su padre, pero lo único que quería era largarse de ella. ¿De verdad Ramiro Vallejo siempre había sido así? En su memoria no era tan mezquino y cruel, sólo un poco negligente. ¿Sus recuerdos se habían difuminado con el paso del tiempo o la prisión había transformado a su padre hasta convertirlo en esa persona que era ahora? A Ricardo le hubiera gustado poder comprobar cuál de sus hipótesis era cierta, pero sabía que no iba a obtener respuestas. No en ese lugar ni en ese momento.
—Si no me quieres aquí, será mejor que me vaya.
—Sí. Será lo mejor.
Ricardo aún tardó un par de segundos en darse media vuelta. Tenía la esperanza de que su padre se lo pensara mejor y pronunciara su nombre y le diera un abrazo, pero Ramiro se quedó allí quieto, convencido de que había hecho lo correcto porque ese maldito monigote no era su hijo. Se lo habían cambiado.
Aunque no habían pasado adentro, Sara y Santiago sí que habían acompañado a Ricardo a la prisión. Ninguno de los dos tenía la menor idea de cómo iba a salir aquello y estaban un poco preocupados.
Cuando vieron al chico salir de la cárcel, sus peores temores se hicieron realidad. Estaba mortalmente pálido y se tambaleaba un poco al andar. En cuanto los vio apretó un poco el paso para reunirse con ellos y una vez juntos no abrió la boca. Se arrojó a los brazos de Santiago como nunca lo había hecho y ahogó un mar de sollozos en el hombro del brujo. Sara estaba pasmada, pero no necesitaba ser muy lista para darse cuenta de que las cosas no habían salido bien. No tenía ni idea de lo que Ramiro Vallejo le había hecho a su niño, pero no estaba dispuesta a consentir que nada parecido ocurriera de nuevo. Nunca más.
