LO QUE PUDO HABER SIDO VI
Valencia, agosto de 1982
Si en algún momento Ricardo Vallejo pensó que cuando terminara la mili iba a tener claro lo que quería hacer con su vida, ahora se daba cuenta de lo equivocado que estuvo. Pronto cumpliría los veintidós años y estaba aún más perdido que cuando era menor de edad. Por suerte, el joven había decidido que mientras tanto no permanecería ocioso y, a falta de un trabajo, tenía dos. Y ambos dentro del ámbito familiar. Los sábados y los domingos le echaba una mano a Fernando con el restaurante y el resto de la semana trabajaba en los invernaderos de Moltó SL.
Ricardo aún vivía en casa de Sara y Santiago. Era vagamente consciente de que en algún momento tendría que volar del nido, pero no podía evitar retrasar una y otra vez ese momento porque le gustaba estar allí. Le aliviaba saber que ya no era una carga económica para ellos y, aunque de vez en cuando afirmaba que iba a buscarse algún sitio para vivir por su cuenta, siempre encontraba una excusa para postergarlo. A sus padres de repuesto, como Ricardo los llamaba internamente, parecía divertirles la situación y había sido la propia Sara la que le sugirió la posibilidad de hacer algo en Moltó. Al principio no creyó que fuera una buena idea porque. ¿Qué podía hacer él en un laboratorio de Pociones si era patético en esas lides? Y mejor ni hablar sobre sus dotes para los negocios. Por suerte, Sara le había recordado que en la empresa familiar también había invernaderos y a Ricardo se le daba bastante bien la Herbología.
Durante su instrucción mágica apenas le había dado importancia a ese supuesto talento. Herbología era una asignatura que le resultaba muy fácil, una maría para la que ni siquiera tenía que estudiar demasiado. Nunca le había parecido que cuidar de unas cuantas plantitas fuera algo complicado y cada vez que surgía un problema sabía instintivamente lo que había que hacer. Por eso se había animado a trabajar en Moltó. Y tal vez no fuera el empleado con el sueldo más elevado, pero Ricardo tenía unos ahorrillos para cuando se independizara.
A pesar de que lo que hacía le gustaba, el joven consideraba que sería algo temporal. Después de terminar el servicio militar había logrado sacarse los estudios muggles, así que obtener una titulación no relacionada con la magia no era algo descabellado. Ricardo estaba seguro de que en algún momento le llegaría alguna clase de vocación profesional y esperaba con paciencia que eso ocurriera.
Esa mañana había llegado bastante temprano al invernadero. Durante todo aquel verano una especie rarísima de pulgón estaba causando estragos entre la vegetación mágica peninsular y en Moltó SL se esforzaban a tope para evitar que la plaga les afectara a ellos también. Tenían plantas rarísimas que eran imprescindibles en la elaboración de pociones y el encargado del invernadero instaba a todo el mundo a trabajar sin tregua. Había que examinar cada macetón con cuidado exquisito para asegurarse de que todo estaba en orden. Incluso se habían doblado los turnos y todos los empleados debían someterse a una limpieza exhaustiva antes de poner un pie en el invernadero.
Ricardo se había pasado más de cuatro horas cumpliendo a rajatabla con las instrucciones de su superior, pero a eso de las doce decidió ir a tomar un tentempié. A veces le resultaba extraño darse cuenta de lo responsable que se había vuelto. Ocho años atrás, cuando conoció a Sara y a su familia, era un chaval barriobajero y prácticamente analfabeto, un ladronzuelo sin futuro. Ahora era diferente. El haber aprendido a utilizar su magia le hacía sentir un orgullo que nunca antes había experimentado y le aliviaba saber que, aunque estuviera confundido y no supiera lo que quería hacer con su futuro, no tenía motivos para estar preocupado. Se sentía a salvo porque formaba parte de una familia de verdad y sabía que nunca le fallarían.
Cuando Ricardo llegó a la sala para empleados, se agenció un café y un par de bollitos y se dispuso a leer el periódico. No se había dado cuenta de lo cansado que estaba hasta que no tomó asiento. El invernadero no era precisamente acogedor durante los meses estivales y, aunque el brujo prefería mil veces el verano antes que el invierno, debía reconocer que la ola de calor que llevaban soportando durante la última semana empezaba a acabar con sus energías. De hecho, en cuanto terminara con aquella especie de desayuno improvisado tendría que pensar en beberse una horchata o dos.
—¡Oh! ¡Estás aquí!
Ricardo, que tenía la boca llena, sonrió con cierta dificultad. Amparo Vilamaior acababa de llegar. Cuando el joven empezó a trabajar en Moltó, no estaba muy seguro de ir a llevarse bien con ella. La apreciaba sinceramente de la misma forma que apreciaba a sus hermanos, pero por algún motivo siempre había pensado que no sería una compañera de trabajo de las buenas. Con el tiempo se había dado cuenta de que no eran más que paranoias, pero al principio Ricardo pensó que Amparo estaría constantemente encima suya, dándole órdenes y criticando todo lo que hiciera. Cuando llegó a casa le había costado un poco más de tiempo tenerle confianza, seguramente porque no era tan cariñosa como Amaia o Ana y porque, además, le inspiraba la misma clase de respeto que Sara despertaba en él. Los años le habían demostrado que en realidad no era tan diferente a sus hermanas, ni en el ámbito laboral ni en el doméstico. De hecho, en cuanto puso un pie en Moltó SL, se convirtió en su mejor apoyo. Cualquier problema, duda o sugerencia que tuviera, podía hablarlo con ella con la seguridad de que sería escuchado y tenido muy en cuenta.
—Llevo un buen rato buscándote.
—Estoy haciendo un descanso.
—Y de paso poniéndote morado —Amparo agitó la cabeza con cierta condescendencia y fue a sentarse frente a él. Ciertamente Ricardo no había perdido el buen apetito y era capaz de devorar cualquier cosa que tuviera a su alcance, seguramente para compensar todos los años que tuvo que pasar hambre—. ¿A qué hora sales hoy?
—A las cuatro.
—¿Te vienes a comer a casa?
—Me voy a ir pitando para Madrid. He quedado con unos amigos.
Amparo soltó un suspiro.
—Pues las niñas esperaban que las ayudaras a hacer un castillo de arena. A ver quién las aguanta ahora.
Ricardo sonrió. Entre otras muchas cosas, con el paso del tiempo había descubierto que los niños le gustaban. Le divertía jugar con ellos como si fuera un crío más y los hijos de las tres hermanas Vilamaior lo trataban de tío. Sospechaba que la devoción que esas criaturitas le profesaban se debía básicamente a que no dudaba a la hora de concederles todos sus caprichos y a que acostumbraba a ser su cómplice cada vez que hacían una trastada. Y aunque aún era muy joven para pensar en aquello, estaba seguro de que algún día querría ser padre.
—Dales mi palabra de que mañana haremos todos los castillos que quieran.
Amparo suspiró de nuevo y se puso en pie. Aseguró que tenía unas cuantas cosas que hacer y le dio una palmada en la espalda que llenó a Ricardo de esa sensación de familiaridad que tanto le gustaba. Estar en Moltó era casi como estar en casa.
—Pues qué quieres que te diga, tronco. El sistema inglés deja mucho que desear. Dicen que están enviando a un montón de gente a Azkaban sin juicio ni nada.
—Y otros cuantos se están librando de la cárcel porque son ricos y amiguitos del ministro —El chaval agudizó su voz como si pretendiera hacer la imitación perfecta—. Es que estaba bajo la imperius, señor. ¡Ja! ¡Menuda trola, hombre!
Ricardo tuvo que darle la razón a Chema. Ya era media tarde y los tres brujos estaban tomándose un refrigerio en el barrio mágico de Madrid. No se habían visto en todo el verano y se lo estaban pasando en grande. Hasta un rato antes habían estado recordando anécdotas de su etapa como estudiantes de Schola mágica, pero ahora trataban temas más serios relacionados con la Inglaterra mágica. Aunque ese Voldemort había sido derrotado hacía casi un año, muchos de sus aliados aún no habían sido atrapados y el Wizegamont tenía revolucionado a la mitad del continente europeo.
—Lo que necesitan es modernizarse un poco —Dijo Luis con absoluta seguridad—. Viven como si aún estuviéramos en el Medievo. Y que conste que me parece genial que quieran mantener las tradiciones antiguas, pero no perderían nada si se abrieran un poco al mundo. En todos los niveles, que luego no es de extrañar que se dediquen a cazar muggles como si fueran conejos.
—Pues no te creas, colega, que aquí en España hay gente que está de acuerdo con ellos —Aseguró Chema, logrando que Ricardo diera un respingo.
—¿En serio?
—¿Te acuerdas de Eloísa Torres? La leonesa del culo enorme —Ricardo asintió. Realmente ese trasero era inolvidable—. Pues en su familia no se cansan de presumir de antigüedad mágica. Dicen que sus antepasados firmaron el manifiesto para ocultarse de los muggles y que la magia ya les venía de antes.
—¿Y? —Ricardo no sabía que tenía de especial aquello. Aunque él era hijo de una bruja de primera generación y un muggle, convivía a diario con una familia de magia tan antigua como la de los Torres.
—Pues que esos tíos no son como tus Moltó, Ricardo.
—Aseguran que en más de mil años jamás se han mezclado con un muggle.
—Vamos, que son sangrelimpias.
Ricardo se estremeció notablemente. No necesitaba que sus amigos le explicaran nada más para entender lo que querían decir. Descubrir que en España había gente que compartía la ideología de Voldemort y los suyos le hizo sentir cierta desazón. Aunque nunca había puesto un pie en Inglaterra, aquel conflicto le tocaba más de cerca que a cualquier otro mago peninsular —porque su madre había sido asesinada por un grupo que se hacía llamar los Caballeros de Walpurgis, antecesores directos de los mortífagos. Si es que no eran los mismos, por supuesto.
—El ministro inglés quiere convencer a los miembros de la Confederación Internacional de Magos para que los ministerios europeos investiguen a las familias que sean sospechosas de simpatizar con los mortífagos —Dijo Chema, que debía estar muy bien informado porque trabajaba en Relaciones Internacionales—. Por lo visto Ernesto Hurtado no está muy de acuerdo con eso. Él y muchos de sus colegas.
—¿Cojea del mismo pie que los Torres? —Quiso saber Ricardo, recordando que había compartido cuarto con Cristóbal Hurtado y preguntándose si durante aquellos años se habría sentido asqueado al dormir en la misma habitación que un mestizo.
—No creo que a los Hurtado les preocupe demasiado la pureza de sangre, la verdad —Luis esbozó una sonrisita taimada—. Ellos más bien se mueven por intereses políticos y económicos.
—De hecho, creo recordar que una de las bisabuelas de Cristóbal se casó con un muggle que se fue a hacer las Américas y volvió forrado.
—Y Cristobalito anda cortejando a la hija del embajador de Estados Unidos —Luis sonrió más ampliamente aún—. El tipo, aparte de ser un político muy influyente, está metido en la industria maderera, así que no tienen problemas para llegar a final de mes.
—¿Y tú cómo sabes tanto de Hurtado, tronco? —Chema le dio un codazo amistoso—. ¿Te dedicas a leer la prensa rosa?
—Uno tiene que estar informado de todo —Luis se encogió de hombros—. Además, es un secreto a voces. ¿De verdad no sabíais nada?
—La verdad es que hace años que no veo a Cristóbal —Ricardo miró a Chema—. ¿Tú lo ves por el Ministerio?
—De vez en cuando. No hablamos nunca. Es un poco borde.
—¿Y no te han llegado rumores? —Luis parecía encantado ante la perspectiva de poder cotillear un rato.
—¿Qué rumores?
—¿Os acordáis de que cuando terminamos los campamentos lo ingresaron en San Mateo por un coma etílico o algo así? La familia echó tierra sobre el asunto y en la prensa no han publicado nada, pero se rumorea que tiene ciertos problemillas con las drogas. Dicen que lo han visto rondando por barrios poco recomendables.
Ricardo se frotó las manos en los pantalones. Quizá escuchar aquello debería haberle sorprendido un poco, pero la verdad era que había esperado oír algo así desde que Luis habló de los famosos rumores. Aunque llevaba muchísimo tiempo sin saber nada de Cristóbal, sintió pena por él. El muy idiota se había pensado que tenía bajo control una situación que aparentemente se le estaba yendo de las manos.
—¡No jodas! —Chema alzó la voz—. Pues nunca le he notado nada raro.
—¿Y qué quieres? ¿Que lleve la palabra yonqui escrita en la frente?
Aunque sus dos amigos se rieron de la supuesta broma, a Ricardo no le hizo demasiada gracia.
—Pues si es verdad que está consumiendo, más tarde o más temprano se le notará —Dijo con seriedad, logrando que los otros se quedaran serios—. Esa mierda te destroza. Por dentro y por fuera.
El origen de Ricardo no era ningún secreto. Aunque nunca habían hablado largo y tendido sobre el tema, tanto Luis como Chema sabían que su infancia había sido un asco. Al principio se habían sentido extraños respecto a eso, como si no supieran muy bien qué esperar de Ricardo, pero por suerte decidieron hacer lo que muchos otros no quisieron: darle una oportunidad. Al brujo no le gustaba hacerse la víctima y prefería obviar aquella parte de su pasado, pero en ocasiones como aquella se le notaba que había crecido en un sitio que distaba mucho de ser el paraíso.
—De todas formas, es problema de Hurtado —Chema sonó conciliador, como si se hubiera dado cuenta de que había metido la pata y quisiera arreglar las cosas con Ricardo—. Aunque, eso sí, si al final empieza a dar problemas en el Ministerio, se va a meter en un buen lío. No creo que a su padre le haga mucha gracia saber en qué follones anda.
—Pues yo creo que ese hombre saber perfectamente lo que le pasa a Cristóbal —Aseguró Ricardo, ganándose un par de miradas de sorpresa—. Cuando ocurrió lo del robo a Matías Blanco. ¿Os acordáis? Pues el padre de Hurtado se las arregló para que no le hicieran absolutamente nada.
—¿En serio?
—Cuando se pensaban que había sido yo, querían expulsarme. Los padres de Blanco iban a denunciarme y hasta podría haber ido a juicio, pero cuando se supo que había sido Hurtado todo se quedó en nada —Chema y Luis le miraban con expresiones insondables, como si no supieran cómo reaccionar—. Siempre he creído que presionó al director del campamento para que dejara correr el asunto. Aunque al principio fue un poco cabrón conmigo, es un buen tipo y le gusta ser justo con todo el mundo. Creo que no hubiera tenido problemas a la hora de expulsar a Cristóbal, pero su padre debió amenazarle de alguna forma, quizá con dejarle sin trabajo —Chema y Luis se miraron y asintieron a la vez. Ricardo siguió hablando—. Creo que fue entonces cuando empezó con las drogas.
—¿Lo pillaste en plena faena?
—A Blanco no le robaron sólo la pasta. El dinero que faltaba se lo había gastado en marihuana. Cristóbal se la quedó y, sí, en el último año lo pillé fumándose un porro, aunque nunca vi drogas en la habitación. No sé de dónde las sacaría.
—Pues como haya probado con algo más fuerte que la maría lo lleva claro.
—Sí. Parece mentira que no sepa la de problemas que hay ahora mismo con la droga.
Los tres permanecieron en silencio un rato que les pareció demasiado largo. Cuando Chema se levantó y dio una palmada animosa, nadie dudó a la hora de imitarle.
—Esto está muerto. Vamos a dar un paseo por el mundo muggle.
Después de tomarse un par de cervezas en un bar muggle, Chema y Luis sugirieron continuar con la juerga un poco más, pero Ricardo decidió irse a casa porque al día siguiente tenía que madrugar. Estaba a punto de traspasar la barrera que le llevaría al andén del 3M cuando escuchó una voz familiar a su espalda.
Una voz familiar que llevaba años sin oír.
—¡Vaya! ¡Al fin apareces, chico! Pensé que nunca vendrías por aquí.
Ricardo se quedó paralizado. Cuando giró medio cuerpo y miró por encima de su hombro, vio a su padre. Estaba flaco y envejecido y el joven brujo sintió un molesto estremecimiento que le recorrió entero. Estaba demasiado sorprendido como para reaccionar, pero apenas un segundo después su mente viajó hasta aquel día en la prisión, cuando Ramiro Vallejo le trató de aquella forma tan horrible. Ricardo, que había ido a visitarle repleto de ilusión, se llevó un tremendo disgusto y tardó algún tiempo en sobreponerse. Le costó un mundo entender a qué se debía el rechazo de su padre e incluso llegó a culparse a sí mismo, pero Sara y Santiago le dejaron claro que él no era responsable de la actitud de su progenitor.
—No sabía cómo dar contigo —Ramiro seguía hablando y acercándose inexorablemente a él. El joven continuaba inmóvil, paralizado por la estupefacción—. Recordé todo ese rollo del metro mágico y se me ocurrió venir a montar guardia.
Ricardo abrió la boca para decir algo, cualquier cosa, pero las palabras no le salieron. ¿Cuándo había salido su padre de la cárcel? ¿A qué se debía esa actitud tan amistosa? ¿Por qué había ido a buscarle cuando tiempo atrás le había dejado muy claro que no quería verle?
—Mírate, Ricardo, estás hecho todo un hombre —Ramiro ya estaba frente a él. Le acababa de agarrar por los brazos e incluso le sonrió—. ¡Ven aquí!
Y sin más le dio un fuerte abrazo. Ricardo había pasado años extrañando un gesto como ese, pero aquel día sintió que llegaba a destiempo y que no era del todo correcto. Y seguía sin ser capaz de moverse. Podía sentir cómo su padre le palmeaba amistosamente la espalda y notaba sus propios brazos caídos a lo largo de su cuerpo, inertes. Fue entonces cuando se dio cuenta de lo que quería hacer y algo violento estalló en su interior. Con brusquedad, se zafó del abrazo y se apartó de Ramiro, colocando las manos frente a su cuerpo como si fueran un escudo protector.
—¿Qué quieres? —Preguntó. Tenía la boca seca y el corazón le latía a toda velocidad.
Ramiro frunció el ceño a pesar de que podía entender a la perfección el comportamiento del chico.
—Salí de prisión hace un par de meses y me apetecía verte.
—Ya. Pues cuando yo fui a verte a ti me echaste a patadas.
—¡Vamos, Ricardo! Me sorprendió ver las pintas que llevabas, eso es todo.
Desde que sufriera aquel rechazo, el brujo había procurado no pensar demasiado en su progenitor. En alguna ocasión se había preguntado qué pasaría por su cabeza si en algún momento volvía a encontrarse con aquel hombre y, aunque había barajado varias emociones, nunca creyó que pudiera sentirse tan furioso.
—¿Qué pintas? —Espetó entre dientes, la tensión en su interior aumentando segundo a segundo. Por suerte, Ramiro tuvo el acierto de no responder a esa pregunta.
—Eso ya no importa. ¿No crees? Ahora que estoy libre podremos hablar largo y tendido sobre todo lo que ha pasado en los últimos años.
—¿Hablar? ¿Ahora? —Ricardo soltó una risita que a todas luces significaba que no creía que aquello fuera posible.
—¿Por qué no? Sigues siendo mi hijo, que no se te olvide.
Ricardo se removió y quiso gritarle un montón de cosas, como que había sido un padre de mierda que solo le había ocasionado desgracias, pero se mordió la lengua porque también podía recordar un buen montón de cosas buenas vividas a su lado. Además, le debía un respeto a Ramiro porque tenía razón. Pese a todo, seguía siendo su padre.
—Ha pasado mucho tiempo —Dijo finalmente. Su voz sonó un poco más suave, pero seguía manteniendo las distancias—. Nada es como antes.
—Con más motivo. Sin duda tienes un montón de cosas que contarme. ¿No te parece?
Ricardo se encogió de hombros. Ramiro hubiera querido ponerle el brazo sobre los hombros, pero podía sentir su tensión y sabía que no sería una buena idea. Por el momento debía conformarse con que el chico no saliera huyendo despavorido.
—Tienes muy buen aspecto —Dijo con suavidad Ramiro—. ¿Todo está bien? —Ricardo asintió con cierta desgana—. ¿Y qué estás haciendo ahora? ¿Estás estudiando o tienes algún trabajo?
—Estoy ayudando a Sara en la empresa familiar —Dijo muy escuetamente. No quería entrar en detalles. No por el momento.
—¡Es cierto! ¡Sara! ¿Cómo está ella?
—Está bien.
—Me alegro. Creo que tengo unas cuantas cosas que agradecerle. Tal vez deberíamos hablar —Ricardo volvió a apretar los dientes y no hizo ningún comentario al respecto. En realidad prefería que esas dos partes de su vida no se mezclaran—. ¿Cuándo crees que sería un buen momento?
—Ni idea. Sara es una mujer muy ocupada.
—Entiendo —A pesar del tiempo transcurrido, Ramiro aún conocía a ese chaval como la palma de su mano y sabía sus intenciones. Como era habitual en él, no se mordió la lengua—. No quieres que nos veamos. ¿Es eso?
—Quiero que les dejes en paz.
—¿Y qué te crees que voy a hacerle si quedamos para tomar un café?
Ricardo fijó la mirada en el suelo. Se notaba a leguas que no estaba nada cómodo y Ramiro frunció el ceño. Realmente ese chico había cambiado un montón. Y no sólo físicamente.
—No tienen nada que ver contigo —Dijo el brujo al cabo de unos segundos—. Me han ayudado mucho y no quiero que les molestes, eso es todo.
—No quieres que les moleste —Ramiro se cruzó de brazos—. Si tanto te han ayudado es porque te aprecian. ¿Verdad? Entonces. ¿Qué hay de malo en que conozcan a tu padre?
Le dio un énfasis especial a esas últimas palabras. Ricardo se removió y echó un vistazo a su alrededor como si pretendiera salir corriendo. Se le ocurrían un montón de razones por las que llevar a su padre a casa no le parecía una buena idea. La primera y más importante era que Ramiro Vallejo no era ni nunca sería digno de confianza.
—Le diré a Sara que te he visto. ¿Vale? Le diré que quieres hablar con ella.
—¡Pero qué generoso! —Espetó Ramiro con sarcasmo. La actitud del chico empezaba a resultarle un poco molesta. Realmente había esperado una bienvenida mucho más calurosa—. ¡Te dignarás a hablarle de mí! ¡Como siempre está tan ocupada!
—Pues sí. Además. ¿A qué viene tanta insistencia? Has tenido ocho años para interesarte por ella. Podrías haber respondido a alguna de las cartas que te envió en lugar de comportarte como si no existiera. ¿No te parece?
—Estaba preso.
—¿Y no se te permitía recibir correo? —Ricardo, que parecía haber entrado en ebullición, no pudo seguir conteniéndose—. Si hubieras querido podría haber sido diferente. Si no me hubieras mandado a la mierda cuando fui a verte, podríamos haber seguido viéndonos, pero preferiste echarme de tu vida. ¿Por qué me buscas ahora? ¿Qué quieres?
Esa vez fue Ramiro quien apretó los puños y rechinó los dientes.
—No me hables así, Ricardo.
—¿Y qué quieres que haga? ¿Que te invite a casa de buenas a primeras? Pues no puedo hacerlo porque no… —Ricardo tragó saliva como si se estuviera planteando el morderse la lengua. Pero no lo hizo. No podía—. No me fío de ti. ¿Vale? Y no quiero que les hagas nada.
Ramiro guardó silencio y esbozó una sonrisa irónica. En cierta forma no le extrañaba la desconfianza del chico. Demostraba que era listo.
—Me parece que ahora eres tú el que me está echando —Ricardo no dijo nada—. Quien calla, otorga. ¿No?
—Puedes pensar lo que quieras. Me da igual.
—Vale —Ramiro suspiró profundamente—. No te molestaré más.
Ricardo tampoco habló. Observó a su padre mientras se daba media vuelta y se alejaba de su lado. Sólo entonces pudo volver a respirar, aunque el corazón no dejaba de latir a toda velocidad. Lo único que quería era volver a casa y olvidarse de lo ocurrido, pero sabía que sería algo difícil de lograr.
En un principio el capítulo no se iba a interrumpir aquí, pero como estaba quedando un poco más largo de la cuenta, lo voy a partir en dos partes y así actualizo, que ya llevo unos cuantos días sin hacerlo. Espero que os guste; a ver si tengo la continuación en un par de días, que ya marcha, ya ^^.
Besos y, recordad, el botón para dejar reviews no muerde ni nada. Además, podéis salvarles la vida a los gatitos, los unicornios y las pequeñas crías recién nacidas de los Tiranosaurus Rex (pobres bichos, nadie se acuerda de ellos). Y son mi sueldo, que no se os olvide, que vale que no me den para llenar la despensa, pero una se lleva sus alegrías :)
