LO QUE PUDO HABER SIDO VII


Valencia, agosto de 1982

—Un poquito más de agua por aquí. ¡Y ya está!

María y Amparo gritaron al mismo tiempo. En su infantil opinión, el tío Ricardo les había ayudado a construir el mejor castillo de arena de toda la playa y tenían que decírselo a todo el mundo, así que fueron en busca de su madre. Amparo, que estaba tomando el sol tranquilamente, sonrió ante el entusiasmo de sus hijas y le echó un vistazo a Ricardo.

Estaba raro. Quizá no lo conociera tan bien como su madre, pero Amparo se había dado cuenta de que Ricardo Vallejo no era el mismo chico del día anterior. Aunque no había dicho nada al respecto, era evidente que le había pasado algo. Como quien no quiere la cosa, el encargado del invernadero se había quejado de que estuvo tan despistado aquella mañana que casi daña muy seriamente una de las plantas más delicadas. Y su cara. Aunque se empeñara en sonreírles a las niñas y estuviera dispuesto a jugar con ellas, su cara no era la misma de todos los días. Amparo no estaba segura de poder sonsacarle algo, pero pensaba intentarlo.

Después de convencer a las niñas de que intentaran construir un nuevo castillo por su cuenta, pudo pasar un ratito a solas con Ricardo. El chico pensaba ir a darse un baño, pero Amparo detuvo su escapada.

—No creo que vayan a dejarte en paz tan pronto —Dijo refiriéndose a las niñas.

—Bueno. Nadaré un rato y ya veremos si entre los tres podemos superar el castillo de antes.

Amparo sonrió. Como siempre fue una mujer a la que le gustaba decir las cosas a las claras, fue directa al grano.

—Alguien me ha comentado que has tenido un problemilla esta mañana.

Ricardo frunció el ceño y luego se encogió de hombros.

—Tuve un pequeño despiste y la cosa no fue a mayores —Sonrió como si quisiera quitarle hierro al asunto—. No irás a despedirme. ¿Verdad?

—¡Uhm! Creo que me lo pensaré —Amparo le siguió la broma y le instó a sentarse—. ¿Te pasa algo? No cometes fallos demasiado a menudo.

—Estoy un poco cansado. Anoche no dormí bien.

—Ya. ¿Te corriste una buena juerga con los amigotes?

—Digamos que nada salió como tenía previsto.

Amparo asintió. Tenía la sensación de que Ricardo se estaba callando muchas cosas, pero decidió no insistir.

—Espero que no tuvieras planeado pasarte la tarde echado a la siesta.

—Les prometí a las niñas que pasaría la tarde con ellas. No podía faltar. Aunque creo que no tardaré mucho en volverme a Madrid. Si se ponen muy pesadas, haremos otro castillo más y ya está.

—Entonces será mejor que te des un baño antes de que vengan a por ti.

Ricardo les dirigió a sus sobrinas postizas una mirada de resignación y trotó hasta meterse en el mar. Amparo lo observó detenidamente, preocupada por él. Estaba segura de que su madre se daría cuenta de su estado y, con suerte, ella sí podría descubrir lo que le ocurría. Ricardo Vallejo formaba parte de la familia y cualquier cosa que le pasara a él les afectaba a todos.


Chema le guiñó un ojo a la bruja encargada de la recepción y siguió con su camino. Aquella chica era simpática y estaba como un auténtico tren, así que el joven empleado ministerial la tenía fichada desde hacía algún tiempo. Estaba decidido a pedirle una cita, aunque suponía que si quería que su respuesta fuera afirmativa tendría que camelársela un poco. Lástima que esa tarde no tuviera tiempo de charlar un ratito con ella porque tenía un montón de trabajo pendiente para esa tarde. Su jefe debía pensarse que era alguna clase de esclavo mágico, como esos elfos domésticos que tenían los ingleses, y no se cansaba de asignarle una tarea tras otra, como si fuera el único empleado de Relaciones Internacionales.

Una vez llegó a su mesa, retomó la labor que no logró terminar antes de irse a comer. Volvió la lectura del último documento desde el principio e hizo unas cuantas anotaciones que le vendrían bien un poco más adelante. Aquel trabajo se le antojaba bastante tedioso casi todo el tiempo, pero el joven reconocía que siempre se quedaba muy satisfecho al término de la jornada laboral. Si estaba trabajando en el Ministerio era porque le gustaba. Todavía era un empleado muy inexperto, pero confiaba en poder dedicarse a labores diplomáticas en el futuro. No veía el momento de poder viajar de un lugar a otro, reuniéndose con los personajes más influyentes del mundo mágico y tomando decisiones trascendentes para toda la comunidad. Chema se reía cuando pensaba que tenía las miras muy altas, pero estaba dispuesto a conseguir aquello y más.

Apenas necesitó de media hora para ser absorbido por el trabajo. Estaba tan concentrado que no escuchó el jaleo al principio, pero ni siquiera a él le pasó desapercibido que alguien tenía una buena montada ahí fuera. Frunció el ceño, molesto por la interrupción, e intentó seguir a lo suyo, pero le fue imposible. Se dispuso a reclamar un poco de silencio, pero las palabras murieron en su garganta cuando vio a los dos aurores arrastrando por el pasillo a un brujo que le resultaba muy conocido. Increíblemente sorprendido, se acercó a la recepcionista en busca de información. La pobre chica se veía un poco asustada.

—¿Qué pasa, Maite?

—Pues no lo sé muy bien, pero creo que un tipo del Leyes se ha vuelto completamente loco. Primero ha parecido que alguien se estaba peleando y luego han llegado los aurores y… ¡Rosa!

Chema se llevó un pequeño sobresalto después de que Maite soltara aquel grito. La tal Rosa era una bruja más o menos de la edad de ambos, bajita y delgada y de ojos saltones. Tenía el pelo castaño muy revuelto, la ropa descolocada y cierto aire compungido. En cuanto localizó a Maite entre todos los magos que se habían reunido en los pasillos para curiosear, caminó con decisión hasta la mesa de recepción.

—¡Rosa! ¿Te encuentras bien?

—¡Ay, Maite! ¡Qué locura!

A la tal Rosa le temblaban las manos. Maite abandonó su lugar tras el mostrador y conjuró una botellita de agua.

—¡Mira cómo estás! Bebe un poco, anda. Y cuéntanos que ha pasado.

La tal Rosa miró a Chema con los ojos entornados. No dio muestras de reconocerle y el brujo temió que no fuera a satisfacer su curiosidad, pero al parecer su conmoción no era más grande que las ganas de chismorrear.

—Pues resulta que todo ha estado muy tranquilo esta mañana —Comenzó a explicar hablando tan deprisa que a Chema le costó un poco de trabajo seguirla—. Mi jefe me había encargado terminar unos informes que Cristóbal se dejó inacabados ayer por la mañana. El muy caradura no se presentó a trabajar el resto del día y no vino esta mañana, así que pensé que ya no acudiría. Y no es la primera vez que lo hace. ¿Sabes? El jefe está muy harto de él porque dice que es un presuntuoso y un vago y que sólo está donde está porque su padre trabaja en la Confederación Internacional de Magos y todo eso —Rosa hizo una pausa para coger aire—. Claro que no lo dijo delante de mí, pero soy su secretaria y una se entera de esas cosas aunque no quiera. Y tú ya has oído hablar a mi jefe. Con ese vozarrón que tiene es imposible no escucharle incluso con la puerta cerrada —Rosa dio un largo trago de agua—. La cuestión es que ya pensaba que tendríamos una tarde tranquila cuando ha llegado Cristóbal. ¡Y vaya pintas que traía!

—¿Qué pintas?

—Imagínate. Traía la misma ropa de ayer, venía sin afeitar, despeinado y con los ojos inyectados en sangre y te juro que temblaba mucho más que yo ahora mismo —Y para dejar bien claro que estaba en pleno ataque de nervios, alzó una mano y dejó que tanto Maite como Chema vieran como se sacudía sin cesar—. Y eso no es lo peor, porque cuando el jefe le recriminó por faltar al trabajo y por no acudir correctamente aseado al Ministerio, Cristóbal se puso hecho una furia. Y no sé qué mosca le picó, la verdad, pero empezó a gritar y a tirar cosas y a decir un montón de barbaridades sin sentido.

—¡Madre mía!

—Y todavía no he llegado a lo peor.

—¿No?

—El jefe siguió echándole la bronca. Le dijo que estaba harto de su actitud y que no le importaba quién fuera su padre, que iba a asegurarse de que lo echaran del Departamento y de que nadie volviera a contratarlo en el Ministerio. ¡Y no veas si se enfadó! Fue entonces cuando empezó a lanzar maldiciones.

—¡No!

—El jefe y yo nos tuvimos que esconder en su despacho y sellar la puerta para evitar que nos atacara. Aprovechamos para avisar a los aurores y decidimos quedarnos allí hasta que llegaran. ¡No sabes el miedo que he pasado, Maite! ¡Creí que iba a matarnos!

Maite, bruja comprensiva donde las hubiera, le dio un consolador abrazo a su compañera de fatigas. Chema, que había escuchado la historia con sumo interés, sentía cierto regocijo interno. Algo le dijo que no estaba bien reírse del mal ajeno, pero Cristóbal Hurtado siempre se las había dado de ser superior y ya iba siendo hora de que se volviera humano. ¡Y qué manera de hacerlo! Hacía años que el Ministerio no vivía un escándalo de esas proporciones y se moría por contárselo a Ricardo y a Luis. Aquello había sido épico.


Lo primero que Ricardo hizo al llegar a casa fue tumbarse en el sofá. Se había divertido bastante en la playa porque las niñas le ayudaron a olvidarse de todos sus problemas, pero una vez a solas volvió a darle vueltas al asunto de su padre. Todavía le costaba un poco creerse que hubiera sido capaz de ir en su busca y no podía evitar sentir bastante desconfianza. Algo en su interior le decía que lo correcto hubiera sido alegrarse por el reencuentro y porque Ramiro Vallejo ya no estaba en la cárcel, pero su presencia en la estación del metro le había traído más disgustos que otra cosa. Y tal vez fuera un egoísta y un desagradecido, pero realmente no quería que su padre formara parte de su nueva vida. Sabía que más tarde o más temprano se la pondría toda patas arriba y no quería que eso ocurriera. Se sentía demasiado a gusto con todo lo que tenía ahora como para renunciar a ello.

Fue inevitable que la cabeza empezara a dolerle. Se frotó con energía los ojos y luchó por dejar la mente en blanco. La noche anterior no había pegado ojo y ese día necesitaría descansar si no quería volver a meter la pata en el trabajo. Quizá podría visitar a Ana y a José Ignacio para que el brujo le diera alguna poción maravillosa que le ayudara con la creciente jaqueca. Seguramente los preocuparía un poco de la misma forma que ya había conseguido preocupar a Amparo, pero verse sometido a un nuevo interrogatorio no tenía por qué ser desagradable. Amparo le dejó en paz en seguida y no creía que Ana fuera a ser más insistente.

Los pasos de alguien entrando a la sala le hicieron incorporarse un poco. Santiago, que se había pasado todo el día reunido con un par de ingenieros mágicos, venía enfrascado en la lectura de una serie de documentos. Ricardo pensó que no se percataría de su presencia y pasaría de largo, pero Santiago alzó la vista y le sonrió.

—Hola, Ricardo. ¿Qué tal el día?

—Bien. Como siempre.

Santiago entornó los ojos y dejó sus cosas sobre la mesa.

—Pues tienes muy mala cara —Ricardo sabía que, a pesar de haberse pasado toda la tarde al sol, estaba pálido y ojeroso—. ¿Estás enfermo?

—Sólo cansado. Anoche no pegué ojo.

Quizá Santiago no era tan suspicaz como su mujer, pero Ricardo supo que no se conformaría con una respuesta tan vaga. De hecho, el hombre se disponía a hablar cuando alguien más entró en tromba a la habitación.

—¡No os imagináis lo que ha pasado! Lo está comentando todo el mundo en el barrio mágico.

—Buenas tardes, Jaime —A pesar del tono, Santiago sonreía con diversión—. Ricardo y yo hemos pasado un buen día. ¿Tú qué tal estás?

El chico miró a su padre con los ojos entornados y decidió que no merecía la pena andarse por las ramas. Tenía algo muy importante que comunicar y deseaba hacerlo lo antes posible.

—Sí, bueno. Hola a los dos. ¿Qué tal? —Ricardo soltó una risita y Santiago puso los ojos en blanco—. ¡Han detenido a Cristóbal Hurtado! Tu compañero de cuarto en los campamentos de verano.

Ricardo abrió la boca, pero fue incapaz de decir nada. Santiago parecía tan sorprendido como él y los dos brujos se limitaron a escuchar la historia que Jaime les contó. Hablaba de forma apresurada, pero no se olvidó de un solo detalle.

—Los aurores fueron a arrestarle, pero cuando lo llevaban al calabozo sufrió una especie de ataque y tuvieron que llevarlo a San Mateo. Nadie sabe qué ha pasado desde entonces, pero lo del Ministerio es la comidilla de todo el mundo. Seguro que mañana sale publicado en primera página. Y tal vez digan por qué se comportó de esa forma tan rara.

Santiago asintió y miró de reojo a Ricardo. El joven estaba un poco tenso, tal vez preocupado por el que fuera su compañero de habitación durante tantos años. Hurtado se había comportado como un miserable cuando quiso que Ricardo cargara con la culpa de un robo que él mismo cometió, pero después de aquello nadie había tenido motivos de queja contra él. Ricardo solía decir que era arrogante y prepotente, aunque también sabía ser amable cuando se lo proponía. Santiago ignoraba a qué podía deberse aquel extraño ataque de ira, pero sin duda entre los aurores y el personal de San Mateo averiguarían sus motivaciones.

—La pelea en el Ministerio ha debido ser muy chunga. ¿No? —Quiso saber Ricardo.

—Dicen que Hurtado usó un par de maleficios que pueden considerarse como de magia negra. Por eso intervinieron los aurores.

—No creo que haya que dar crédito a esa clase de rumores, Jaime. Ya sabes que cuando se trata de chismes, todo se exagera demasiado.

—Yo sólo digo lo que dicen.

Justo en ese momento, Sara llegó a casa. Esa tarde había decidido visitar a sus nietos mellizos y se lo había pasado en grande jugando con ellos en el extenso prado que rodeaba su casa. Estaba exhausta y no tenía ganas de pensar en qué prepararía para cenar, así que cada uno tendría que sacarse sus propias castañas del fuego. Saludó a los tres hombres de la casa y en seguida Jaime empezó a hablarle sobre el cotilleo de moda en el mundo mágico.

—Quizá Amaia se entere de algo —Dijo cuando terminó el relato nuevamente—. ¿Crees que por una vez se saltará lo del secreto profesional y nos contará algo?

Sara frunció el ceño y Jaime se encogió de hombros. Pensara lo que pensara su madre, iba a intentar sonsacarle a su hermana un poco de información, aunque eso tendría que esperar hasta mañana.

Firme en su propósito de dedicar el resto del día a no hacer nada, Sara se retiró a su rincón favorito para leer un rato. Pasó cerca de una hora sola, escuchando a Santiago y Jaime parloteando en la habitación contigua, hasta que Ricardo fue a reunirse con ella. El chico se veía un poco apagado y no tenía buen aspecto. Sin embargo, habló antes de que ella pudiera decir nada al respecto.

—Sé que no tengo buena cara. Pienso irme a la cama pronto. Anoche no dormí nada.

Sara le miró con suspicacia y supo leer en los ojos del chico lo que él no se atrevía a decirle. Era obvio que estaba preocupado por algo y que no pensaba decir nada. A menos que alguien le persuadiera para hacerlo.

—¿Y por qué no dormiste? ¿Por el calor? —Ricardo negó con la cabeza. En realidad, esa casa siempre tenía una temperatura muy agradable—. ¿Estás preocupado por algo?

Ricardo se mordió el labio inferior. Era un poco extraño porque en su interior tenía que lidiar con dos deseos opuestos. Por un lado no quería hablar sobre su padre con nadie. Por otro, se moría de ganas por compartir sus preocupaciones con una persona de confianza. Y Sara, que siempre estaba dispuesta a escuchar a todo el mundo, se veía del todo dispuesta a escucharle. Después de deliberar internamente, Ricardo suspiró y se dijo que lo mejor que podía hacer, por su bien y por el de todos, era ser sincero. Las palabras se escaparon solas de sus labios.

—Ayer vi a mi padre —Sara dio un respingo, consciente de que aquel era un tema delicado—. Ya ha salido de la cárcel. Fue a buscarme a la entrada del metro mágico. Me dijo que llevaba un par de semanas yendo allí todos los días.

Sara se quedó callada un instante. Cuando habló, el sorprendido fue Ricardo.

—¿Cómo está?

—¿Mi padre? —La mujer alzó una ceja—. Bien. Creo.

—¿Crees?

Ricardo se mordió el labio inferior. En realidad, no le había preguntado y, aunque en su momento no le dio importancia, ahora se sentía un poco avergonzado.

—Está más viejo y más flaco, pero tenía buena pinta.

—Tengo la sensación, corrígeme si me equivoco, de que no le has dado una bienvenida mucho más calurosa que la que él te dio a ti cuando fuiste a verle a la cárcel —Ricardo sintió el rubor quemándole las mejillas y agachó la mirada—. Y debo suponer que no te alegraste demasiado con el reencuentro. ¿Verdad?

Ricardo tragó saliva. Todo lo referente a su progenitor era muy confuso y, aunque sabía que había obrado mal, también estaba convencido de que su actitud era la más adecuada dadas las circunstancias.

—Me preguntó por ti —Dijo, sonando como si acabara de ponerse a la defensiva—. Quería verte.

—¿Y qué le contestaste?

—Que no le quiero cerca de vosotros.

—¿Por qué no?

Ricardo podía sentir algo amargo y asfixiante en la garganta y se removió con inquietud.

—No quiero que os haga daño.

Sara se quedó callada. Durante un tiempo que pareció una eternidad, miró a Ricardo fijamente, como si estuviera intentado decidir si era un héroe o un villano. Cuando habló, lo hizo con exquisita suavidad, comprendiendo que el chaval no estaba pasando por un buen momento. Nada era fácil para ese chico cuando se trataba de Ramiro Vallejo.

—¿Qué te hace pensar que tu padre quiere dañarnos, Ricardo?

—Es lo que hace siempre —Había amargura en su voz y a Sara le dolió.

—¿Y no crees que seremos capaces de defendernos? —El chico la miró con sorpresa—. Somos adultos, hijo. Sabemos cuidar de nosotros mismos.

—Pero, Sara, vosotros no sabéis…

Ricardo se interrumpió porque en realidad no sabía cómo continuar. Sara no sabía que su padre era un embaucador, alguien capaz de camelarse a cualquiera. Seguramente sería capaz de introducirse en el seno familiar, convencer a todo el mundo de que era digno de confianza y, acto seguido, desvalijar la casa de Sara y Santiago. Y Ricardo no quería eso. Siendo un niño le había visto hacerlo muchas veces y, en ocasiones, él mismo fue partícipe del engaño. Pero ya no ocurriría más. No en casa de los Vilamaior. No con él formando parte de la familia.

—Mira, Ricardo. No tienes que estar preocupado por nosotros. Si temes que tu padre pueda hacernos algo, te aseguro que no dejaremos que ocurra —Sara le instó a mirarla a los ojos—. Si no quieres verle por otros motivos, me parece bien. Sé que desde la muerte de tu madre nada ha sido fácil para vosotros y te aseguro que hay ciertos comportamientos de ese hombre que no apruebo en absoluto, pero es tu padre, Ricardo. Y eso no puedes cambiarlo.

—No se ha portado bien conmigo, Sara.

—Ya lo sé, hijo. Pero, ¿cómo sabes que no está aquí para disculparse? Tal vez quiera una segunda oportunidad. ¿Crees que puede merecerla? —Ricardo no contestó—. Eres un hombre adulto. Estás capacitado para tomar tus propias decisiones, así que no te diré lo que debes hacer en este caso. Lo único que quiero es que actúes según tus propios deseos. Piensa qué es lo que quieres hacer y actúa en consecuencia. Y decidas lo que decidas, ten por seguro que nadie va a juzgarte por ello.


Darío Ulloa apenas llevaba unos meses trabajando en San Mateo. Había terminado las prácticas recientemente y todavía no había decidido en qué rama de la sanación quería especializarse en el futuro. Esperaba lograr aclarar sus ideas lo antes posible. Recién casado y con un bebé en camino, deseaba encontrar la estabilidad profesional que le ayudara a mantener el equilibrio en su vida personal.

—Aquí tiene los resultados de los análisis de Cristóbal Hurtado.

Darío le dio las gracias al joven celador y leyó con suma atención toda la documentación que le había entregado. Hurtado dormía frente a él, agotado mágicamente después de su estallido en el Ministerio. El sanador frunció el ceño. Sabía perfectamente quién era ese joven y lo que ocurriría a partir de entonces. Y bendita la gracia que le hacía tratar con hombres como el archiconocido Ernesto Hurtado.


El auror López no había dejado de soltar maldiciones en toda la tarde. Era consciente de que lo ocurrido en el Ministerio de Magia le traería más de un dolor de cabeza y no encontraba una manera de lavarse las manos en todo ese asunto. Hubiera estado encantado de darle al joven Hurtado un par de collejas antes de enviarlo a pasar una temporadita a Atalanta, pero habida cuenta de quién era el padre de aquel brujo, debía ser extremadamente prudente.

Lo primero que había hecho después de asegurarse de que Cristóbal Hurtado se quedaba ingresado en San Mateo, fue ponerse en contacto con la secretaria de Ernesto Hurtado. El hombre se había instalado meses atrás en Londres como observador de la Confederación Internacional de Magos en los juicios que el Wizegamont había emprendido contra los mortífagos. Aquel asunto era bastante peliagudo y la comunidad internacional no estaba demasiado contenta con el proceder de los ingleses, pero por el momento no intervenían. López apenas conocía al señor Hurtado de vista, pero sabía que era un hombre muy ocupado y que pondría el grito en el cielo cuando se enterara del escándalo que había armado su hijo en el Ministerio.


Cuando Ricardo se despertó al día siguiente estaba muchísimo más descansado pero el dolor de cabeza no desaparecía. Había logrado dormir durante unas horas, pero sus sueños habían sido un vívido reflejo de sus preocupaciones actuales y no conseguía olvidarse de su padre. La conversación con Sara el día anterior le había ayudado a aclarar un poco sus ideas y, aunque seguía sin querer que el viejo Ramiro se relacionara con los Vilamaior, una parte de sí mismo aún tenía ganas de recuperar el contacto con él porque, a pesar de todas las cabronadas que le había hecho, aún seguía queriéndolo.

Las emociones humanas eran complejas. Ricardo nunca se había parado a pensar en ello, pero en apenas dos días había experimentando un amplio abanico de sentimientos que no hacían más que confundirlo cada vez un poco más. Confundirlo y darle dolor de cabeza. Por un segundo se planteó la posibilidad de llamar al trabajo para decir que estaba enfermo y poder quedarse en cama hasta que esa jaqueca perdiera un poco de intensidad, pero cuando se acordó de José Ignacio se dijo que no perdía nada viajando a Valencia y solicitando su ayuda. Si el dolor perdurara, podría volverse a casa cuando quisiera.

A pesar de tener que hacer un gran esfuerzo para levantarse, en menos de veinte minutos estaba aseado, vestido y listo para desayunar algo. Cuál no fue su sorpresa al encontrarse a Jaime en la cocina.

—¡Vaya! ¡Qué madrugador! —El chico estaba totalmente espabilado y hecho un pincel—. No me digas que has quedado con una chica a estas horas.

—En realidad he quedado con varias. Me voy a pasar el día a Sevilla con mis amigos. A Fede se le ha roto la varita y necesita una nueva, así que vamos a aprovechar para hacer un poco de turismo. ¿Te apuntas?

—Tengo curro. ¿Te acuerdas?

—¡Bah! No creo que pase nada porque hagas novillos un día —Jaime frunció el ceño—. Aunque con esa cara que me traes creo que lo mejor es que te vuelvas a la cama. ¡Menudas ojeras, tío!

Ricardo se pasó una mano por la cara y soltó un largo suspiro mientras se calentaba mágicamente una buena taza de café.

—Me duele mogollón la cabeza. Le pediré una poción a José Ignacio y, si no se me pasa, me volveré a casa.

—Pues para mí que estarías mejor en San Mateo.

—Nadie va al hospital por eso.

Jaime se encogió de hombros y no insistió. Durante el desayuno hablaron sobre lo ocurrido el día anterior en el Ministerio y Ricardo se sintió mejor al evadirse un poco de sus problemas. Un cuarto de hora más tarde se aparecía en Valencia e iba directo al laboratorio de pociones. José Ignacio siempre era el primero en llegar y, efectivamente, ya estaba removiendo el contenido de un pequeño caldero de un tono negro brillante. Aunque a Ricardo nunca se le dieron bien las pociones, no podía dejar de admirar a su cuñado mientras trabajaba. Se notaba que era realmente bueno en esos menesteres.

—¡Hombre, Ricardo! —Exclamó el brujo a modo de saludo— ¡Tú por aquí!

—Ya ves. ¿Te interrumpo?

—Para nada —José Ignacio dejó momentáneamente abandonado el caldero para acercarse a él. En cuanto le vio la cara, frunció el ceño como ya hiciera Jaime esa mañana. Ricardo no le dejó hablar.

—Lo sé. Tengo ojeras y estoy pálido. Me lo han dicho un montón de veces desde ayer y por eso estoy aquí.

—¿Qué te pasa?

—Me duele muchísimo la cabeza. ¿Tienes por ahí alguna poción milagrosa?

—¡Uhm! Milagrosa no, pero tal vez pueda ayudarte.

José Ignacio fue hasta su mesa de trabajo, abrió uno de los cajones y hurgó con cuidado en su interior. Después de unos segundos de intensa búsqueda, le entregó a Ricardo un vial con un líquido amarillento en su interior.

—Prueba esto. En una hora más o menos deberías estar como nuevo, pero te advierto que sabe fatal.

Ricardo no se lo pensó dos veces. Abrió el botecito y se bebió el contenido de un trago. Después de darle las gracias al otro brujo, se tomó su tiempo para llegar a los invernaderos. Su jefe le recibió con cara de pocos amigos, pero como al cabo de exactamente una hora el dolor de cabeza ya formaba parte de la historia, Ricardo tuvo ocasión de demostrarle que seguía siendo muy eficiente en su trabajo. Sólo necesitaba mantener a Ramiro Vallejo alejado de sus pensamientos para que todo fuera a pedir de boca.


Darío Ulloa acababa de explicarles a los padres de Cristóbal Hurtado cuál era el estado de salud de su hijo. El matrimonio no pudo volver al país hasta esa mañana y le habían escuchado atentamente en todo momento. La madre del chico se veía bastante preocupada, pero Ernesto estaba muy serio y apenas movió un músculo durante la entrevista. A Darío no le sorprendió la actitud de ninguno de los dos, pero definitivamente no era muy normal que López, el jefazo del Departamento de Aurores, estuviera haciéndoles compañía. Sabía que Cristóbal había lanzado un par de maldiciones que rozaban la legalidad, pero consideraba que esa reunión era demasiado íntima como para que un hombre como López anduviera por allí.

—En resumen —Dijo Ernesto cuando Ulloa terminó con su exposición—. Que Cristóbal estaba hasta las cejas de pociones alucinógenas —También habían encontrado restos de droga muggle, pero Darío decidió no hurgar en la herida porque todo estaba escrito en el informe—. Bien, sanador. Le diré cómo procederemos. Ahora mismo va a darle el alta a mi hijo. Nos lo llevaremos a casa y allí nos encargaremos de darle el tratamiento que necesite.

—Con todo el respeto, señor, no me parece una buena idea. Cristóbal necesitará permanecer ingresado al menos un par de días más para que su organismo se recupere del ataque sufrido —A Darío le parecía una barbaridad lo que el otro hombre acababa de decir—. Y también debería saber que su adicción a las drogas es un problema muy serio. Podríamos ayudarle a…

—Con todo el respeto, sanador —Hurtado le interrumpió de no muy buenas maneras—. He dicho que me voy a llevar a mi hijo a casa. Si usted no quiere firmar el alta, hablaré con su superior y me aseguraré de que comprenda que es usted un absoluto incompetente. ¿Entiende lo que le digo?

Darío apretó los dientes y asintió, humillado por la amenaza e incapaz de comprender el proceder de ese hombre. Buscó la complicidad de la madre, suponiendo que la mujer se daría cuenta de que su esposo iba a cometer un error, pero ella sólo miraba a Ernesto, aparentemente de acuerdo con sus decisiones.

—En cuanto a la supuesta adicción de mi hijo, es absolutamente falso. Cristóbal es joven y le gusta divertirse de vez en cuando, pero no es ningún drogadicto. Asegúrese de que esos parásitos de la prensa lo tengan muy claro.

Si Ernesto Hurtado hubiera dado con un sanador de más experiencia, seguramente se habría encontrado un poco más de resistencia, pero Darío era un novato y realmente le asustaba la idea de quedarse sin trabajo. Sabía que el señor Hurtado tenía contactos en todo el mundo mágico y que no dudaba a la hora de utilizar sus influencias en su beneficio personal, así que asintió. Sabía que no estaba actuando correctamente, que la salud de Cristóbal corría peligro si no se le trataba con total diligencia, pero le preocupaban aún más su mujer y su hijo. ¿Qué sería de ellos si le despedían?

—No creo que Cristóbal esté en condiciones de irse a casa, pero si lo desea puede solicitar el alta voluntaria.

Hurtado asintió. Con un poco de suerte podría tener a ese maldito imbécil en casa antes del mediodía. Había tenido muchísima paciencia con Cristóbal, pero estaba empezando a tocarle muy seriamente la moral. Al paso que iba, terminaría perdiendo su empleo en el Ministerio y su futuro compromiso matrimonial se iría un traste, así que tal vez fuera buena idea acelerar el proceso de esto último. Pero antes tenía otro asuntillo que solucionar.

Nada más salir del despacho del sanador, que se había quedado allí dentro con cara de disgusto, se encaró con López.

—En cuanto a lo ocurrido en el Ministerio...

—Me temo que ya es imposible tratar el asunto con discreción. Hubo un montón de testigos y la voz se corrió por el mundo mágico a toda velocidad. Incluso la prensa se ha hecho eco de ello, pero eso ya lo sabe.

Ernesto miró el periódico que tenía debajo del brazo y asintió. Le hubiera encantado poder detener aquello, pero llegó demasiado tarde a Madrid.

—En realidad quería hablarle de la situación legal de mi hijo.

—Pues me temo que no soy su hombre, señor Hurtado. Ese asunto ya está en manos de la justicia.

—¡Qué rapidez!

Hurtado se veía seriamente disgustado, pero López estaba satisfecho porque realmente aquello ya no era cosa suya. Odiaba que tipos como ese hombre intentaran sobornarle y le amenazaran, así que siempre era agradable poder quitarse un problemón de encima. Realmente le importaba muy poco lo que ocurriera con el joven Hurtado. En su opinión, no era más que un niño mimado al que nunca se le había puesto freno y que acababa de estamparse contra un árbol. No era de extrañar y, en cierta forma, todo aquello tenía algo de poético. Y patético.

—Esta es la habitación de su hijo —Dijo, ansioso por regresar al trabajo para continuar ocupándose de cosas más importantes—. Si me disculpan, tengo mucho trabajo por hacer.

Y López echó a andar. Si hubiera tardado cinco segundos más en girar a la derecha por un pasillo, se habría enterado de que Cristóbal Hurtado ya no estaba en el hospital.

Se había fugado.


¡Oh, Merlín! Creo que voy a hacer un nuevo corte aquí. Tengo ganas de actualizar y según Word ya llevo 5400 palabras, así que no está nada mal para un capi. ¿Verdad? Voy a hacer todo lo posible por continuar mañana aunque, como siempre hago, no prometo nada.

Por cierto, me he apuntado a Pottermore. Ahora no recuerdo mi nombre de usuaria porque sólo me he metido una vez y lo tengo por ahí guardado en algún documento, pero estoy muy contenta porque el Sombrero Seleccionador me ha enviado a Hufflepuff. Yo ya sabía que pertenecía a esa casa, así que me ha alegrado un montón poder asegurarme de ello.

En fin, a ver si podemos leernos mañana otra vez. ¡Y ya sabéis! El botón de review no hace daño. Por cierto, Sorg, en esta ocasión no donaré letritas para salvar al T-Rex, pero seguro que te gustan los mamuts. El otro día salió uno pequeñito en la tele (lo habían encontrado enterrado bajo el hielo en Rusia) y era monísimo. ¿Aceptamos mamut como animal de compañía? :P

Besos y hasta pronto.