LO QUE PUDO HABER SIDO VIII


Madrid, agosto de 1982

Aunque la ciudad había experimentado ciertos cambios en los últimos años, el viejo barrio seguía tal y como Ricardo lo recordaba. Alguien se había encargado de hacer nuevas pintadas en las paredes de los edificios y el Seiscientos ruinoso que se pudría en el parque había desaparecido, pero Ricardo pudo reconocer todo lo demás. La misma gente y los mismos problemas de siempre. Incluso la Candela mantenía abierto su bar. Seguramente seguiría cocinando tan bien como antes.

Sintió un escalofrío subiéndole por la columna vertebral. Aunque le avergonzó un poco reconocerlo, con el paso del tiempo se había llegado a olvidar de que una vez vivió allí, entre esas personas, compartiendo problemas y guisos de la Candela (siempre que podía pagarlos por supuesto). Ricardo tragó saliva y se encogió un poco sobre sí mismo. En el parque, una pandilla de críos mal vestidos jugaba al fútbol y un poco más allá, chavales no mucho más jóvenes que él se dedicaban a fumar y a compartir una gran botella de cerveza. La miseria se hacía notar en cada rincón y Ricardo sintió el impulso de salir corriendo, pero no lo hizo porque tenía cosas que hacer allí. Le había llevado un par de días decidirse, pero ahora pensaba cumplir con sus objetivos.

Caminó a buen paso hasta el almacén que un día fue algo parecido a su casa. Sabía que su padre estaría allí. ¿Dónde sino? Por fuera seguía teniendo la misma pinta de siempre, pero por dentro sí había cambiado. Ahora estaba mucho más ruinoso porque la mitad del tejado se había caído y sólo parecía medianamente habitable la parte de las antiguas oficinas. Ricardo frunció el ceño cuando divisó a aquellas personas tiradas en el suelo. Cuando era niño, el almacén no se había convertido en aquello, pero ahora tenía toda la pinta de ser un picadero para drogadictos. Asqueado, intentó vislumbrar a su padre entre esa gente, rezando porque él no estuviera allí.

Fue entonces cuando escuchó las risotadas. Procedían de la zona de las oficinas y le resultaron muy familiares. Al fijarse un poco mejor, distinguió un par de figuras a través de los cristales llenos de mugre y, a pesar de sus reticencias, caminó hacia allí. Le alegró reconocer la voz de su padre. Casi parecía el de los viejos tiempos.

Ricardo escuchó un pequeño fragmento de conversación antes de animarse a llamar a la puerta. Al parecer, Ramiro Vallejo y sus amigotes estaban recordando los viejos tiempos. La charla resultaba totalmente inocente y el brujo casi sonrió. Si no lo hizo fue porque estaba demasiado nervioso y porque le asustaba que el corazón fuera a salírsele del pecho. Tras echar un nuevo vistazo a sus espaldas, Ricardo golpeó la puerta mohosa con los nudillos. Un instante después le abría un hombre no muy alto, barbudo y barrigón que le miró con cierto interés.

—¿Qué quieres, chico? —Le dijo con desdén—. No estamos de servicio.

Ricardo le reconoció. Era Emilio, el tipo que tantas collejas le había dado de pequeño. Por el contrario, Emilio no dio muestras de saber quién era, aunque parecía contento con su presencia. A la vista de lo que había ahí fuera, estaba pensando que le había venido un buen cliente.

—Estoy buscando a Ramiro —Dijo con decisión.

—¡Ey, Rami! Por aquí tienes un amiguito.

Ricardo vio a su padre. Se estaba riendo a carcajadas, pero se quedó serio del todo en cuanto le miró a la cara. Las ganas de reír se le habían quitado de repente, aunque los amigotes le soltaron un par de piques.

—No será un compañero de la trena. ¿Verdad? Ya imaginamos lo solo que debías sentirte allí dentro.

—Es Ricardo, pedazo de gilipollas.

Ramiro no esperó a que los otros le respondieran y definitivamente no les vio mientras dejaban de reírse. Lo que hizo fue agarrar a su hijo por el brazo y alejarlo de oídos indiscretos.

—¿Se puede saber qué estás haciendo aquí?

Ricardo se sorprendió al notarle genuinamente preocupado por él.

—Quería hablar contigo y no se me ocurría dónde ir a buscarte.

—¿Tú has visto este sitio? —Señaló el almacén. Ricardo no quiso fijarse mucho en los yonquis.

—Aunque no te lo creas, sé cuidarme solo. Y tengo lo que ya sabes.

Ramiro frunció el ceño y, después de un segundo, hizo algo que volvió a sorprender a Ricardo. Le abrazó. El joven se dijo que su progenitor nunca había sido tan afectuoso con él y no pudo evitar devolverle el gesto.

—Honestamente, Ricardo, no pensé que fueras a venir.

—Tú lo dijiste. Sigues siendo mi padre.

Ramiro le miró fijamente durante el tiempo suficiente como para hacerle sentir incómodo. Finalmente, le palmeó la espalda y sugirió que fueran a tomarse algo al bar de la Candela. La mujer tampoco dio signos de reconocerle y a Ricardo le alegró poder disfrutar de una charla tranquila. No estaba para reencuentros.

—¿Qué quieres decirme? —Soltó Ramiro de sopetón, poco dispuesto a andarse por las ramas dadas las circunstancias.

—Creo que el otro día fui un poco borde contigo. Debí dejarte hablar.

—Yo te traté mal cuando me visitaste en prisión y tú me pagaste con la misma moneda. Ahora da igual.

Ricardo sonrió y durante un instante no supo qué decir. Era extraño no ser capaz de conversar tranquilamente con su propio padre.

—Pensaba que todavía faltaba un tiempo para que te soltaran —Dijo al final, dudando entre mirar a ese hombre a la cara o no hacerlo.

—Me he estado portando bastante bien últimamente.

—¿Qué vas a hacer ahora?

—Pues instalarme por ahí —Ramiro hizo un gesto con la mano—. Mis colegas dicen que puedo quedarme con ellos hasta que encuentre un lugar mejor.

—¿En el almacén? —Ricardo sonó espantado.

—¿Dónde si no?

—Pero es horrible.

—No ha mejorado mucho con los años, tienes razón, pero es lo único que hay.

Ricardo se mordió el labio inferior y buscó una forma adecuada de decir lo que quería.

—Esos tipos que están allí están muy enganchados a la droga.

—Sí, ya me he dado cuenta.

—Podrían hacer cualquier cosa para chutarse. No se lo pensarían dos veces antes de darte un navajazo si a cambio consiguen algo que meterse.

Ramiro entornó los ojos y esbozó una sonrisa casi burlona.

—¿Te preocupas por mí, Ricardo?

—Lo dices como si fuera algo malo —Bufó el chico, molesto por la pregunta.

—Ya soy mayorcito, chaval. No necesito que me hagas de niñera.

—No quiero ser niñera de nadie, pero no me hace gracia que vivas allí. Podríamos encontrar otra solución.

—¿En serio? ¿Cuál?

Ricardo se mordió el labio inferior y se restregó las manos por los pantalones. Había pensado mucho en ello y al fin había llegado el momento de poner las cartas sobre la mesa. Cuando dijera lo que quería decir, ya no habría marcha atrás.

—Verás. Estoy pensando en irme a vivir por mi cuenta. Todavía estoy en casa de Sara y Santiago, pero tengo algún dinero ahorrado y no tardaré en mirar pisos. Me gustaría quedarme en Madrid, pero ahora mismo estoy trabajando en Valencia y tal vez busque algo allí —Ricardo tragó saliva—. No sé lo que haré porque creo que me da igual estar un sitio o en otro. Para mí es muy fácil viajar, ya sabes.

—Lo supongo.

—La cuestión es que podrías —El chico carraspeó, aún un poco inseguro. Pero no podía dudar ahora, no cuando había ido hasta ese horrible barrio y había empezado a soltar aquel rollo—. Tal vez podrías venirte conmigo. Podríamos vivir en algún barrio tranquilo y, bueno, yo gano dinero suficiente para ir tirando, pero podría ayudarte a buscar un empleo y…

Ramiro, que había escuchado al chico con pasmo absoluto, le interrumpió al llegar a esa parte.

—Para el carro, chaval. ¿Quién te ha dicho a ti que quiero buscar trabajo?

—Bueno, supongo que tendrás tus gastos y yo no podré…

—¡Joder! —Ramiro soltó un resoplido de risa—. Suenas igual que tu madre. En su día, ella me convenció para que me pusiera a currar, pero desde ya te advierto que tú no lo harás.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Pues porque no me sale de los cojones partirme el lomo para ganar cuatro duros. ¿Te enteras?

—Entonces. ¿Qué piensas hacer?

—¿Tú qué crees? —Ricardo le miraba sin dar crédito. ¡Pobre chaval!—. Escucha, chico. El otro día, cuando me mandaste a freír monas, me alegré.

—¿En serio?

—A día de hoy me avergüenza reconocerlo porque has tenido huevos para venir aquí, pero cuando fui a buscarte no pretendía simplemente verte.

Tras escucharle decir esas palabras, Ricardo se puso tenso y perdió el aire cordial que, pese a las discrepancias existentes entre ellos, se había mantenido durante toda la conversación.

—Quería sacarte pasta, Ricardo —Confesó Ramiro sin miramientos, un poco ansioso por hacerse entender—. Cuando fuiste a la trena pensé que te habías convertido en un pijo gilipollas y me sentí decepcionado. El otro día me demostraste que sigues siendo un chaval listo. No te fiaste de mí y fue lo mejor que pudiste hacer.

Ricardo no dijo nada. El dolor que se hizo presente en sus ojos afectó seriamente a Ramiro.

—Eres un buen chaval. Cuando me encerraron me preocupaba un montón no saber qué sería de ti. Imaginaba que seguirías otro camino y me reía al pensar lo buen carterista que podrías ser —Ramiro agitó la cabeza—. Por suerte para ti, has tirado para otro lado y me alegro un montón. Encontrarte con esa tal Sara ha sido lo mejor que te ha pasado nunca. Y, aunque te resulte difícil de creer, me siento orgulloso de ti.

—Pues vente conmigo. Y si no quieres trabajar, pues ya nos las apañaremos hasta que gane más pasta, no sé.

A Ramiro le dolió tener que negar con la cabeza, pero en el fondo sabía que estaba actuando correctamente.

—Ya he pasado demasiados años entre rejas. Lo que quiero ahora es ser libre. Y mucho me temo que contigo no podré serlo.

—Claro que podrás.

—Seamos realistas, Ricardo. Has cambiado mucho y yo no he cambiado nada. No funcionaría.

—Entonces. ¿Te vas a quedar aquí?

—Exactamente.

Ricardo se quedó callado. Obviamente no era eso lo que quería, pero Ramiro había tomado su decisión.

—Pero, padre…

Era la primera vez que le llamaba así en años. Ramiro se estremeció entero y a Ricardo le sorprendió la facilidad con que le había salido la palabra.

—Nada de peros, hijo. Has hecho algo bueno con tu vida y no quiero que, por mi culpa, se llene de mierda.

Ricardo sabía que no lograría que su padre cambiara de opinión y se sintió fatal. ¿Por qué simplemente no podía hacer un esfuerzo? No le estaba exigiendo nada, sólo que lo intentaran. Cuando había pensado sobre todo aquel asunto, en ningún momento se le pasó por la cabeza que Ramiro le dijera que no. Había sido un estúpido al imaginarse cómo sería la convivencia junto a ese hombre después de tanto tiempo, al pensar que podría hacerle cambiar igual que ya lo hizo su madre un día.

—¿Y ya está? ¿Se supone que ahora es cuando me voy y nos olvidamos de esto? —Espetó con algo de brusquedad. Se sentía entre indignado e impotente.

—En realidad me gustaría que nos viéramos de vez en cuando —Ramiro sonó conciliador y se atrevió a colocar una mano en el hombro del chico. Le alegró que Ricardo no le rechazara—. No tendrás que venir por aquí, claro. Podríamos quedar en algún sitio, tomarnos una copa y charlar.

Eso era lo único que iba a conseguir de él y Ricardo se dijo que no hacía mal si lo aceptaba. Menos daba una piedra.

—¿Quieres que te traiga algo? Ropa, comida. Dinero.

—Creo que he dejado claro que no necesito una niñera, Ricardo. Me las estoy arreglando bastante bien sin tu ayuda.

—De todas formas, si necesitas algo dímelo.

Ramiro negó con la cabeza. Lo único que necesitaba era que el chico siguiera yendo por el buen camino. Le había costado mucho tiempo comprenderlo, pero ahora lo veía todo con claridad.

—Cuéntame cosas sobre ti, Ricardo. Eso es lo único que quiero.

El joven brujo sonrió y pasaron varias horas charlando como nunca lo habían hecho. Ricardo parecía haberse dado cuenta de que no iba a causarle problemas y le habló sobre sus estudios, su trabajo, sus amigos y, sí, también sobre su nueva familia. Ramiro se limitó a escuchar, contento por poder conocer de verdad a su hijo. Quizá existiera un poco de esperanza para ellos después de todo.


Cristóbal no sentía nada y esa sensación era maravillosa. Estaba sentado en el suelo, con la cabeza apoyada en un árbol y los ojos cerrados. Apenas hacía veinte minutos que se había metido el chute y estaba en la gloria. Sólo por disfrutar de esos momentos merecía la pena vivir. El resto no era más que una representación que llevaba interpretando desde pequeño, cuando su padre le marcaba el camino a seguir y él obedecía porque creía que Ernesto Hurtado era el hombre más inteligente del mundo. Sí, durante un tiempo le tuvo en un pedestal, pero esa situación había cambiado mucho tiempo atrás, cuando comprendió que nunca podría tomar una decisión por su cuenta, cuando supo que pasaría el resto de sus días siguiendo el camino que ese hombre había marcado para él.

Pensar en su empleo en el Ministerio, en su prometida e incluso en su círculo de amigos le ponía enfermo. Al principio, fumarse un par de porros supuso para él un acto de rebeldía. Después, en una necesidad, porque aquello era lo único que hacía por su cuenta, lo único que le hacía sentir que era Cristóbal y no el hijo de Ernesto Hurtado, brujo poderoso e influyente y uno de los miembros más jóvenes de la Confederación Internacional de Magos.

Cristóbal se había pasado mucho tiempo fingiendo que todo estaba bien. Su adicción había ido creciendo entre las paredes de su propia casa, cuando ciertos amigos traían las últimas pociones alucinógenas y la fabulosa cocaína muggle. Sin embargo, Cristóbal dio el salto definitivo con la heroína. Los tipos como su padre la llamaban la droga de los pobres. ¡Si supiera ese cabrón que su propio hijo no podía vivir sin ella!

En mitad de su ensoñación, Cristóbal sonrió. Ya no tendría que fingir nunca más. Después de lo ocurrido en el Ministerio y de su huida de San Mateo, su padre tendría que abrir los ojos y darse cuenta de cómo estaban las cosas. Seguramente se cabrearía tanto que esa famosa vena de su sien izquierda latiría con más virulencia que nunca. ¡Pues que se jodiera! Si de esa forma se enteraba de que ya no tenía ningún poder sobre él, mejor que mejor. Porque Cristóbal tenía las cosas muy claras. Nada de volver a poner un pie en su asquerosa oficina ministerial y, obviamente, nada de casarse con esa estúpida que su padre le buscó. Cristóbal Hurtado acababa de volar del nido y no pensaba volver a él por nada del mundo.

Estaba pensando en todo ello cuando escuchó voces muy cerca de él. Apenas fue consciente de que eran voces masculinas y definitivamente no le importó lo que estaban diciendo. No tenía la menor idea de que una de las dos personas que se acercaban a su maravilloso árbol había sido su compañero de habitación durante los campamentos mágicos.

—Tengo que volver a casa —Decía Ricardo. Después de los últimos acontecimientos, se sentía de muy buen humor—. Puedes llamarme cuando quieras. ¿Vale?

—No te preocupes chaval, no me voy a olvidar de ti.

Ricardo no contuvo el impulso y le abrazó. Fue genial sentir cómo su padre le golpeaba amistosamente la espalda y fue vagamente consciente de que los dolores de cabeza se iban a terminar. Después, se despidieron y Ramiro se dispuso a volver al almacén. Sería duro, pero era lo que tenía que hacer.

Ricardo, por su parte, se quedó mirándole mientras pensaba en buscar algún lugar para desaparecerse. Tal vez entre los arbustos del parque. Hacia allí se dirigía cuando le vio. Al principio no quiso hacerle mucho caso porque le pareció un yonki del montón, pero entonces se dio cuenta de que llevaba puesto un pijama de hospital. Y no de un hospital cualquiera, sino de San Mateo. Sospechó inmediatamente de quién podría tratarse y se acercó a él casi por instinto.

—¿Cristóbal?

Aunque no obtuvo respuesta alguna, reconoció a su antiguo compañero. Genial. ¿Qué se suponía que debía hacer ahora? Lo que ese imbécil hiciera o no hiciera no era asunto suyo, le quedó muy claro años atrás, pero no podía dejarle allí, menos aún vestido de esa guisa.

—Joder, Hurtado —Gruñó mientras le ayudaba a ponerse en pie—. Podrías haber ido a otro sitio, imbécil.

Y tras decir aquello, arrastró al otro brujo hasta los arbustos y se desapareció con él.


—Ya le he dicho todo lo que sé —Decía Ricardo, harto de que el auror López le preguntara lo mismo una y otra vez—. Vi a Hurtado tirado en un parque. No tenía buena pinta y decidí traerle al hospital. No creo que haya hecho nada ilegal.

—¿Qué estaba haciendo exactamente por ese barrio, señor Vallejo? —A López se le notaba muy cabreado. Cualquiera que hubiera tenido que aguantar a Ernesto Hurtado durante días lo estaría y, aunque realmente el chaval aquel no tenía culpa de nada, estaba descargando un poco de su frustración con él.

—No es asunto suyo.

—Es asunto mío si has ido allí para trapichear con pociones prohibidas.

—¡Yo no hago esas cosas! —Espetó Ricardo, ofendido—. ¿Se cree que soy idiota?

—Mucho ojito con el tono, chaval. Que no se te olvide que estás hablando con un auror.

Ricardo se mordió la lengua. Quiso decirle que si era un auror lo que tenía que hacer era darle la lata a Cristóbal y no a él, pero supuso que no sería bueno dado el estado de nervios del tal López.

—Puede investigar todo lo que quiera. No he hecho nada.

López frunció el ceño y se quedó quieto. No había nada más que preguntarle al joven brujo. Uno no podía fiarse de nadie, menos aún en los tiempos que corrían, pero no tenía pinta de ser un traficante de drogas y lo dejó estar. Se veía sincero cuando decía que sólo quiso echarle un cable a Hurtado. Aunque no podía comprender cómo alguien en el mundo podía tener deseos de ayudar a miembros de la infame familia, no había nada en contra de ese chaval.

—Lárguese, Vallejo. Si necesitamos que venga a declarar, ya le llamaremos.

Ricardo asintió. Estaba muy tenso. Aquel pelmazo había conseguido que se pusiera de mal humor y prácticamente se olvidara de lo ocurrido con su padre. Menos mal que le iban a dejar en paz. Ahora podría volver a casa y comentar con Sara lo ocurrido. Había sido un día muy interesante.

—¡Ricardo!

Al chico no le extrañó nada encontrarse con Amaia. Le sonrió y le dio un par de besos a modo de saludo.

—¿Qué te trae por aquí? No estarás enfermo.

—Estoy bien, pero creo que tengo que soltarte un bombazo.

—¿Qué bombazo?

—Acabo de traer a Cristóbal Hurtado al hospital. Me lo encontré tirado en un parque, totalmente grogui.

Amaia frunció el ceño. La fuga de ese paciente había traído mucha cola en el hospital y Ernesto Hurtado, que era imbécil y medio, había exigido a dirección que expulsaran de inmediato a Darío Ulloa, un sanador novato que supuestamente era responsable de la desaparición de su hijo.

—Tus compañeros llevan un buen rato con él, aunque es evidente lo que le ha pasado. Y los aurores me han estado dando la lata.

—¿Por qué?

—No sé. Para mí que el padre de Cristóbal tiene frito al auror López. O eso, o el pobre hombre tiene una úlcera en el estómago.

Amaia se rió. Todo el mundo mágico sabía que los Hurtado llevaban días acosando a los aurores para que encontraran a su hijo y podía imaginarse perfectamente a López al borde de un ataque de nervios. Cabía incluso la posibilidad de que tuvieran que atenderle en algún momento si la cosa seguía así.

—¿Estás bien?

—Me han interrogado y dicen que a lo mejor tengo que ir a declarar. Ya veremos qué pasa.

—Y una cosita —La sanadora miró a su hermano con suspicacia—. ¿Dónde has encontrado exactamente a Cristóbal?

—En mi antiguo barrio —Ricardo contestó con voz firme—. Hoy he ido a ver a mi padre y hemos pasado toda la tarde hablando.

Amaia no necesitó preguntar para darse cuenta de que todo había ido bien y se alegró por Ricardo. Se lo merecía.


Un mes después

—Obviamente, te vendrás con nosotros a Londres —Ernesto Hurtado permanecía quieto junto a la ventana mientras su esposa preparaba la maleta de Cristóbal. El chico había recibido el alta hospitalaria esa misma mañana y no estaba de buen humor precisamente—. He podido arreglar las cosas en el Ministerio para que no presenten cargos contra ti y tu compromiso matrimonial sigue en pie. Y no me mires con esa cara. ¿Qué te pensabas? ¿Qué por hacer el idiota ibas a librarte de tus obligaciones?

—No voy a ir con vosotros a ningún lado —Cristóbal habló con voz contenida y rechinó los dientes—. Y no me voy a casar con esa gilipollas.

—Cuida ese vocabulario, Cristóbal. Vas a hacer lo que yo te diga. ¿Entiendes? Es evidente que no eres capaz de actuar con sensatez, así que a partir de hoy yo decidiré por ti.

—¿En serio? Pues menuda novedad.

—Te lo advierto, Cristóbal. Cuida ese tono.

—¿Por qué? ¿Te da miedo que alguien me oiga mientras te mando a la mierda?

—¡Cristóbal!

—Pues entérate, viejo cabrón —El joven Hurtado estaba gritando, totalmente fuera de sí. Su madre le miraba con horror—. ¡No me voy a ningún sitio! A partir de ahora haré lo que me salga de los cojones y a ti te pueden dar mucho por culo.

Ernesto Hurtado apretó los dientes y, sin mediar palabra, le dio un bofetón a su hijo tan fuerte que le hizo trastabillar.

—Vas a hacer lo que yo diga, niñato insolente. Y no hay más que hablar.


—¿Vas a decirme de una vez qué pasa?

Ramiro Vallejo le hizo un gesto para que tuviera un poco más de paciencia y llamó a la puerta con los nudillos. Estaban en uno de los viejos edificios del barrio y Ricardo sabía que su padre se traía algo grave entre manos. En el último mes se habían visto una docena de veces y la relación entre ambos iba bastante bien. Además, los Vilamaior se alegraban por él y Ricardo sólo podía pensar en que hacía mucho tiempo que no se sentía tan pleno y feliz.

Cuando la puerta se abrió, Ricardo dio un paso atrás casi por instinto. Era evidente que aquella mujer había recibido una paliza recientemente y se le veía un poco consternada. Cuando Ramiro habló, lo hizo con mucha suavidad.

—Hola, Eugenia. ¿Cómo estás? —La mujer no dijo nada—. Este es mi hijo Ricardo. ¿Te acuerdas que te dije que podría echarnos una mano con el problema de Rafita?

La tal Eugenia dudó, pero al final asintió y se hizo a un lado para dejarles entrar. La casa se caía a pedazos y al parecer la mujer no había tenido tiempo de limpiar los restos de lo que algún día fuera un mueble recibidor. Sin decir una palabra, les guió hasta la salita de estar. Allí, sentado en un sofá, había un niño de unos cuatro o cinco años. Su aspecto no era mejor que el de su madre y a Ricardo le hirvió la sangre. Literalmente.

—Mira, Ricardo. Este es Rafita. Eugenia cree que puede ser especial. Como tú.

Ricardo entornó los ojos y tardó un instante en comprender.

—Hace cosas raras —Dijo la mujer entonces, llevándose las manos al mandil y tirando hacia abajo—. Le digo que no lo haga más pero no hace caso, y mi Rafael. Él se enfada y no puede controlar su temperamento. Sí. Mi Rafael tiene mucho carácter.

Ricardo tardó unos segundos en asimilar toda la información. ¿Qué se suponía que debía hacer ahora? Miró al niño, que tenía el brazo doblado de forma antinatural y le tocó tentativamente. Rafita se apartó de inmediato.

—¿Te duele?

—A mi Rafael se le fue un poco la mano, Ramiro. Sólo un poco.

—¡Tiene el brazo roto! —Bramó Ricardo. No se había esperado encontrarse con algo así y la furia empezaba a crecer a pasos agigantados—. Yo diría que la mano se le fue un montón.

—No conoces a mi Rafael —La mujer negaba una y otra vez con la cabeza—. Es un buen hombre, pero las rarezas de Rafita no le gustan. Y yo le digo una y otra vez que pare y él no escucha. ¿Qué esperas que haga mi Rafael?

Ricardo entornó los ojos y ni se molestó en responder. Lo que hizo fue coger al niño en brazos.

—Padre. ¿Hay más niños en la casa?

—Rafita es hijo único.

Ricardo asintió y se dirigió a la salida de la casa. No sabía si estaba obrando correctamente o no, pero no iba a dejar a ese pobre chavalín a merced del psicópata de su padre. Menos aún si era un pequeño brujo.

—¿Dónde se lleva a mi hijo? ¡Ramiro! No dejes que se lo lleven.

—Vamos al hospital.

—No te preocupes, Eugenia. Rafita va a estar bien, pero no puedes venirte con nosotros. Después vendrá alguien a hablar contigo.

La mujer balbuceó unas palabras, pero Ricardo no le hizo ningún caso. Si había permitido que su Rafael le partiera el brazo a su hijo sólo porque tenía temperamento y no le gustaban las cosas raras, no se merecía ninguna consideración. Si había hecho algo para evitarlo, habría tiempo para solucionar las cosas, pero lo importante ahora era que los sanadores le echaran un vistazo al pequeño y le curaran la fractura.

—Ricardo. ¿Estás seguro de que esto es lo adecuado? —Le preguntó Ramiro antes de que se desapareciera.

—Totalmente.


El Ministerio de Magia iba a asumir la tutela del niño. Los malos tratos eran constantes y ningún brujo pensaba consentir que se prolongaran durante más tiempo. Ricardo, que había tenido que bregar con sanadores y autoridad mágica durante todo el día, se sentía muy orgulloso. Tan orgulloso que había tomado una decisión trascendente.

—Sara, ya sé lo que quiero hacer —Dijo esa noche durante la cena—. Voy a ayudar a la gente. No dejaré que ningún niño mágico tenga que pasar por lo que pasé yo o por lo que ha pasado Rafita.

Y Sara asintió, consciente de que Ricardo había encontrado su lugar en el mundo.