LO QUE PUDO HABER SIDO VIII
Madrid, abril de 1992
—Hoy es tu día de suerte, Ricardo.
El brujo dejó de escribir y alzó la vista para mirar a Marga, una de sus compañeras de trabajo. Era una bruja morena y atractiva con la que había estado tonteando en el pasado y que había terminado por convertirse en una buena amiga.
—No me digas.
—Apuesto a que no tenías ningún plan para esta noche.
—Pues en realidad…
—Ni te molestes en decirme que no. Te he oído antes, cuando estabas hablando por teléfono.
—¿Me has estado espiando?
Marga se encogió de hombros y se sentó frente a él. Sin más miramientos se hizo con un bolígrafo y empezó a juguetear con él. A Ricardo no le hacía mucha gracia que la gente le desordenase sus cosas, pero no le dijo nada.
—Te he organizado una cita con una amiga mía —Soltó de sopetón la chica. Ricardo se hubiera sentido más desconcertado si aquella fuera la primera vez que Marga hacía algo así.
—Creo recordar que en su momento ya te dije que no quería saber nada de citas a ciegas.
—¡Oh! Pero Clara te va a encantar, ya verás. Es una chica muy guapa y simpática. Hasta es posible que la conozcas. Trabaja en la tienda de calderos.
Ricardo entornó los ojos y supo de inmediato quién era esa joven bruja. No llevaba demasiado tiempo regentando la tienda, pero ya había tratado con ella en más de una ocasión y Marga tenía razón: era condenadamente guapa.
—¿Y qué opina Clara de esto?
—¿Pues qué va a opinar si no le he dicho nada todavía? Quiero que sea una sorpresa.
—Esta manía tuya de hacerle encerronas a la gente te va a traer algún disgusto.
—¡Bah! Estoy convencida de que os vais a caer bien. De hecho, no sé por qué no os he presentado antes, la verdad. Pero bueno, solucionaremos el problemilla esta noche. Va a ser genial.
—Realmente no estoy seguro de…
—¡Venga, Ricardo! No me digas que no. Por favor.
Marga se puso a pestañear de esa forma estúpida que le sacaba de quicio. En realidad no consideraba que aquel plan fuera algo bueno, especialmente cuando la tal Clara podría llegar a rebotarse bastante, pero cuando lo pensó un poco se dijo que tal vez podría salir bien. Nadie en su sano juicio le haría ascos a una bruja como ella.
—Está bien. Pero como sea un desastre vas a pasarte los siguientes dos meses rellenando mis informes. ¿Trato? —Ricardo extendió una mano frente a él que su compañera estrechó con una sonrisa.
—Trato. Pero si sale bien serás tú quien rellene mis informes.
—No me parece justo. Eres tú la que ha insistido en el tema. Prácticamente no me has dejado otra opción.
—Ya hemos estrechado las manos, no hay marcha atrás.
—Has impuesto esas nuevas condiciones a posteriori.
—¿Y?
Ricardo puso los ojos en blanco. Era inútil intentar razonar con esa mujer. Marga le miraba con ese aire burlón que un día estuvo a punto de encandilarle y finalmente sucumbió a su sonrisa. Sólo entonces, ella pareció plenamente satisfecha.
—Además, quisiera pedirte un pequeño favor.
—Miedo me das.
—Puesto que he propiciado un encuentro con la mujer de tu vida, tendrás que traerte a un amigo para que me haga compañía.
—¿Estás proponiendo una cita doble a ciegas? —Marga asintió con entusiasmo.
—Y procura que no sean Chema, Luis o alguno de esos, que ya me los tengo muy vistos.
—¿Tú te crees que me puedo sacar amigos de debajo de las piedras?
—Bueno, Ricardo. Gracias a este trabajo se conoce a mucha gente. Seguro que se te ocurre algo.
—No sé por qué dejo que me compliques tanto la vida.
—Porque en el fondo lo encuentras muy divertido —Marga le palmeó amistosamente la mano. Después, señaló los documentos perfectamente colocados sobre la mesa—. ¿Todavía estás con el tema de los niños huérfanos?
Marga era una chica de carácter alegre y despreocupado, casquivana y totalmente independiente, pero cuando se trataba de trabajo siempre adquiría una seriedad aparentemente impropia de una persona como ella. Cuando la conoció, Ricardo pensó que no aguantaría en Servicios Sociales ni dos días, pero había demostrado ser una de las mejores en su campo. No importaba de qué se tratara; siempre lo daba todo para ayudar a la gente y comportarse de forma justa. Y aunque el caso en el que estaba inmerso Ricardo no era demasiado grave, la cara de Marga expresaba la misma seriedad que si estuviera hablando de malos tratos o abusos.
—Esta misma mañana he hablado con la hermana de la madre. Se ha llevado un susto tremendo cuando le he explicado que sus sobrinos son brujos, pero está dispuesta a asumir la tutela. Va a venir a Madrid el lunes y seguramente pueda llevarse a los niños a finales de semana.
—Habrá que vigilarlos de cerca. No necesitamos otro José Paulet.
El tal José Paulet también había acogido a un sobrino cuando éste quedó huérfano de padre y madre, pero lejos de tomarse bien la condición mágica del niño, consideró que era un monstruo e intentó curarle a base de golpes. Como resultado, el pobre crío había terminado en San Mateo y Paulet se convirtió en un serio candidato a dar con sus huesos en Atalanta. Al final terminó en una prisión muggle y, por supuesto, perdió la tutela de su sobrino, que fue acogido por una familia de brujos asturianos.
—No me ha dado esa impresión, pero de todas formas me aseguraré de que la convivencia entre ellos es perfectamente normal —Ricardo suspiró y frotó los ojos con las palmas de las manos—. Pobres chavales, la verdad. Quedarse sin padres de un día para otro es muy duro.
—Y por eso estamos nosotros aquí, para ayudarles a saltar el bache —Marga se levantó y recuperó la animosidad de antes—. Y ahora, termina con eso, vete a casa y ponte guapo. Si quieres conquistar a Clara, tendrás que venir hecho un pincel. ¡Y procura que tu amigo sea guapo!
Ricardo no tuvo tiempo de recordarle lo boba que era porque Marga se había ido pitando. Aunque su relación no empezó con buen pie, al final había terminado cayéndole genial y no concebía pasar ni un solo día en el Ministerio sin contar con su compañía. Marga era una tía genial.
Caradoc abandonó la reunión sintiéndose bastante contento. Siempre era agradable saber que existía gente que tenía los mismos problemas que tú y que comprendía perfectamente esos momentos de bajón, cuando el alcohol parecía lo único capaz de hacer que los demonios internos desaparecieran. Ese día había escuchado con atención a una bruja que confesó que había vuelto a beber tres días antes. Veía su sentimiento de culpa como algo propio y esperaba de todo corazón que pudiera superar ese bache. No siempre era fácil, pero cuando pasaba un día más sin beber, Caradoc lo celebraba como si fuera la más grande de las victorias.
Las reuniones se celebraban en el Ministerio. La primera vez que asistió a una, casi diez años atrás, Caradoc Dearborn apenas sabía hablar en español y tan sólo contó con la compañía dos hombres y una mujer. Aún recordaba con total nitidez los nervios y el miedo. Ahora, era uno de los más veteranos del grupo y se sentía orgulloso de sus logros. Le gustaba ayudar a los novatos y repetir que no había probado el alcohol en una década.
—¡Doc! ¡Espera!
Caradoc iba un poco ensimismado, pero reconoció enseguida la voz de Ricardo Vallejo. No tenía dudas al respecto: ese hombre le había salvado la vida. Le costaba un poco aclarar las ideas cuando pensaba en la primera vez que le vio, pero si había abandonado aquel camino de autodestrucción que le llevó directo al viejo barrio de Ricardo, fue gracias a él. Sólo se había interesado una vez por los motivos que le llevaron a echarle un cable y Vallejo fue claro: compartían raíces británicas. Visto con perspectiva, a Caradoc le parecía una estupidez, pero daba gracias por ello todos los días.
—¡Qué suerte verte por aquí, tío! —Exclamó con una sonrisa—. Necesito que me hagas un favor.
—¿Qué favor?
—¿Te acuerdas de Marga? Pues bien, me ha organizado una cita a ciegas. Otra vez —Caradoc soltó un resoplido de risa. Vallejo siempre se quejaba cuando su compañera hacía esas cosas, pero nunca dejaba de ir—. Pero hoy será diferente. Tengo que llevar a alguien y me he acordado de ti.
Ricardo pretendía hacerlo sonar como si le hubiera tocado el premio gordo, pero Caradoc estaba muy lejos de pensar eso. De hecho, creía que era un marrón. Y de los grandes.
—Tengo que corregir unos trabajos para el lunes.
—¡Bah! Tienes tiempo de sobra. Además, tus chavales no escriben ensayos de cien páginas —Caradoc frunció el ceño. Trabajaba como profesor de magia en la schola de Toledo y daba clases particulares. Apenas llevaba tres años dedicado a ello, pero ya sentía que había nacido para enseñar—. Venga, hombre. Serán un par de horas como mucho. Además, la otra chica es Clara, la de la tienda de calderos. Creo que la conoces.
—De vista, sí.
—Pues date cuenta de lo bien que lo vamos a pasar. Clara es muy guapa y Marga no está nada mal.
Caradoc se lo pensó un instante y sacó una conclusión que no supo si le molestó o le hizo gracia.
—Quieres que entretenga a Marga mientras intentas ligarte a Clara. ¿A qué sí?
—Ya que hago el sacrificio —Ricardo se encogió de hombros—. ¿Qué me dices? ¿Cuento contigo?
—Si no hay más remedio.
Ricardo se rió y le dio una palmada en la espalda. Caradoc Dearborn simplemente se dijo que tenía que aprender a decirle que no. Quedaron un par de horas después y Caradoc se marchó al estudio que tenía en Toledo. Cuando abandonó Inglaterra pensó que le sería muy difícil adaptarse a su nueva vida, pero realmente se sentía a gusto viviendo allí. En alguna ocasión se había planteado la posibilidad de volver a su país natal, pero no quería dar explicaciones. Durante años había dejado que todo el mundo pensara que estaba muerto y no necesitaba que esa situación cambiara. No a corto plazo, al menos.
Cuando se reunió de nuevo con Ricardo, lo primero que pensó fue que se había tomado demasiadas molestias adecentándose teniendo en cuenta que renegaba de aquella cita a ciegas.
—Me gusta hacer las cosas bien.
Se limitó a decir, sonriente y aparentemente satisfecho de sí mismo. Después, localizaron a Marga y a su amiga y Caradoc apenas fue consciente de que su vida estaba a punto de dar un cambio enorme.
—Esto no es lo que esperabas. ¿Verdad?
Ricardo sonó divertido. Aunque realmente encontraba a Clara Muñoz bastante interesante, se alegraba de que hubiera hecho tan buenas migas con Doc. El brujo era un buen tipo y, aunque defendía a capa y espada su soledad, estaba más que claro que necesitaba a alguien con quien compartir su vida. Aquella apenas era la primera cita, pero algo le decía a Ricardo que después de esa noche, Caradoc y Clara se verían muchas veces más. Marga, que estaba sentada a su lado y con cara de no entender nada, le miró con pasmo absoluto.
—Pensé que podrías gustarle. Eres más su tipo que Caradoc.
—Bueno, Doc también tiene lo suyo, no te creas. Es un buen partido.
Marga entornó los ojos. Conocía a Doc porque Ricardo se lo había presentado en algún momento del pasado, pero siempre le había parecido un tipo demasiado serio y aburrido, el típico inglés. Realmente no estaba nada mal en cuanto a físico, pero no se veía capaz de mantener una conversación con él que durara más de dos minutos. Clara, en cambio, sí debía haber encontrado algún tema interesante sobre el cual charlar, porque llevaba más de dos horas centrando toda su atención en el señor Dearborn.
—Además, querías buscarle un ligue a Clara. ¿No? Pues ya lo tiene.
—También pensé que yo podría pasar un buen rato con tu amigo y míranos. ¿Qué vamos a hacer ahora?
—Pues mucho me temo que tendremos que dejarlos solos en algún momento.
—¡Bah! No creo que hagan nada esta noche.
Ricardo se rió. Conocía perfectamente a Marga y sabía lo que estaba insinuando.
—La gente no necesita intimidad únicamente para realizar ciertas actividades, Margarita.
—¿En serio? —El sarcasmo fue más que evidente—. ¿Y para qué querrían intimidad si no?
—Venga. Hagamos una salida digna y ya les haremos confesar después.
Después de muchos años insistiendo para que su padre se fuera a vivir con él, Ramiro finalmente había cedido. Y no lo había hecho de buena gana precisamente, pero en los últimos tiempos su salud había sufrido un serio revés y no le gustaba nada quedarse solo. Se sentía débil y enfermo todo el tiempo y su hijo no creía que el viejo almacén fuera un buen lugar en el que recuperarse de la neumonía que había padecido durante el invierno. La casa de Ricardo sí lo era, un piso no muy grande pero que siempre estaba limpio y calentito. A Ramiro le gustaba sentarse en la terraza, envuelto en una manta, y mirar los coches pasar.
—¿Te has tomado las pastillas? —Ricardo estaba dando vueltas por la cocina. En menos de cinco minutos se iría a Valencia a echar una mano en los invernaderos de la familia Moltó—. ¡Padre!
—Sí, hijo. No seas cansino.
—Vale. Pues dejo la comida en el frigorífico. Caliéntala un poco y ya está. ¿Vale?
—Sí, hijo.
—Si te encuentras mal, llámame a Moltó. Tienes el número al lado del teléfono. ¿Te acuerdas?
—Que sí, Ricardo. Vete ya, anda.
Ricardo se parecía mucho a su querida Macy. Ella también se había esforzado por cuidar de él, por convertirlo en una persona mejor. Su hijo se había dado cuenta de que hacerle cambiar era imposible, pero se empeñaba en velar por su bienestar día y noche. Si no le dedicaba más tiempo era simplemente porque no podía y, aunque Ramiro le agradecía enormemente su ayuda, algo ahí dentro le decía que tanto esfuerzo era inútil. Llevaba un tiempo soñando con su reencuentro con Macy. Eran sueños vívidos y esperanzadores y el anciano tenía la sensación de que no tardarían en hacerse realidad.
Por eso tiraba las pastillas por el fregadero.
—Vendré a media tarde. Hasta luego, padre.
Ricardo se desapareció directamente desde el salón. Ramiro no había dejado de observar la calle en ningún momento. Había tenido una vida de lo más ajetreada, pero su final estaba resultando ser de lo más pacífico. Le gustaba la sensación.
Aunque Ricardo Vallejo llevaba años trabajando en el Ministerio de Magia, aún echaba una mano en los invernaderos de Moltó de vez en cuando. Heliodoro, el encargado, nunca le ponía pegas e incluso disfrutaba comentándole aspectos relacionados con el cuidado de las plantas mágica y Ricardo siempre le escuchaba con atención porque la herbología seguía interesándole tanto como antes.
—Pronto comenzarán a florecer la mayoría de las plantas —Le explicaba Heliodoro mientras añadía abono a un par de parterres—. Va a ser un buen año. Es posible que tengamos excedente y todo.
Heliodoro le explicó que podrían conservar la materia prima sobrante durante unos cuantos meses. En su opinión, llevaban demasiado tiempo sin sufrir ningún infortunio y le preocupaba una plaga de pulgón mágico que había surgido en el este de Europa. Era un bicho de lo más virulento y podría aprovechar la llegada de las altas temperaturas para expandirse por el continente.
Ricardo pasó toda la mañana en el invernadero, escuchando a Heliodoro e interesándose por los problemas que podría llegar a grajear la intensa sequía que vivía el país. Cuando decidió que era hora de irse a comer, dejó al hombre paseando entre sus queridas plantas y se dedicó a pensar en lo ocurrido la noche anterior. Realmente la cita a ciegas no había salido como Marga se esperaba, pero se alegraba por Doc. Aún no había hablado con él, pero no era necesario ser adivino para darse cuenta de que Clara le había gustado mucho.
Regresó al invernadero a eso de las tres y analizó detenidamente el sistema de riego del mismo. Era muy interesante y, aunque sabía que Heliodoro lo inspeccionaba exhaustivamente todas las semanas, se aseguró de que todas las plantas estaban lo suficientemente abastecidas de agua. Cuando volvió a casa, estaba un poco cansado pero se sentía bien. Pensaba salir por ahí y tomarse un par de copas con Jaime. Si el chico no tenía planes ya.
No obstante, sus intenciones se fueron al garete porque en cuanto puso un pie en su piso, vio el cuerpo de Ramiro Vallejo tirado en el suelo.
Los médicos no habían podido hacer nada por él. Al parecer, el anciano había sufrido un infarto fulgurante y, cuando Ricardo lo encontró, ya llevaba unas horas muerto. El brujo, que enseguida se había dado cuenta de que Ramiro estaba helado y no respiraba, se negó a aceptar la realidad hasta que los técnicos del servicio de urgencias se la confirmaron.
Cuando Sara y Santiago llegaron al hospital, Ricardo estaba sentado en una de las salas de espera con aire ausente. Se acercaron a él y, sin mediar palabra, Sara le dio un abrazo. Sabía que en los últimos años Ricardo tuvo tiempo de sobra para reconciliarse con su padre. Sabía que habían hablado muchísimo y que habían aprendido a quererse de nuevo. Sabía que habían podido dejar el pasado a un lado y que a Ricardo debía dolerle muchísimo la pérdida.
—¿Qué ha pasado, Ricardo? —Le susurró al oído la mujer, comprendiendo por su expresión que el brujo estaba en shock.
—Por lo visto le ha dado un infarto. Lo encontré cerca del teléfono. Quizá se sintió mal y quería llamarme. Le dije que lo hiciera si…
La voz se le rompió. Ricardo se tapó la boca con el puño y luchó por aclarar las ideas. Podía sentir las manos de Sara en ambos lados de su cara y a Santiago apretándole fuertemente el hombro, pero lo único que tenía en la cabeza era la imagen de su padre en el suelo. Muerto.
—No lo entiendo. Esta mañana estaba bien. Si le hubiera notado algo raro yo… No le hubiera dejado solo.
—Por supuesto que no. No tenías forma de saber que esto iba a pasar.
—Pero si hubiera estado con él…
—Ni se te ocurra pensarlo, Ricardo.
El brujo se echó a llorar. No podía evitar sentirse culpable porque, demonios, su padre se había muerto solo como un perro mientras él estaba por ahí, divirtiéndose. No quería ni pensar en cómo tuvo que sentirse el anciano Ramiro antes de morir. Y tampoco supo durante cuánto tiempo Sara estuvo abrazándole y murmurándole palabras de consuelo. Sólo sabía que acababa de perder a su padre. Para siempre.
Por suerte, Santiago se mostró dispuesto a encargarse de todos los trámites legales. Ricardo era vagamente consciente de que eso era cosa suya, pero no podía dejar de pensar en todo lo que Ramiro Vallejo había significado para él. Recordó aquellos años en los que su madre estaba viva, cuando ser una familia normal era lo más fácil del mundo. Recordó el día en que su padre se sentó frente al pequeño Ricardo de ocho años y le dijo que madre se había ido para no volver. Recordó las tardes en el parque, cuando su padre le decía que se acercara a cualquier persona y le quitara la cartera. Y cuando se lo llevaron a la cárcel y terminó bajo la tutela de don Tomás, ese viejo cabrón.
Y fue inevitable recordar los años junto a Sara, que tanto le había ayudado y que tanto le ayudaba aún. Sara, que le había dado una nueva familia. Sara, que le había apoyado cuando decidió que merecía la pena intentar un acercamiento con Ramiro pese a todo lo ocurrido. Sara, que a esas horas de la noche le abrazaba en el salón de su casa y procuraba devolverle a la realidad.
—Pase lo que pase, hijo, nunca estarás solo. No lo olvides.
Y entre lágrimas y confusión, Ricardo Vallejo comprendió que, pese a todo, siempre sería un Vilamaior.
Y hasta aquí el minific. Por supuesto que queda un epílogo por delante, pero el sueño de Ricardo termina en este punto. Espero que esta última parte no haya quedado confusa ni nada porque he querido escribirla como a pinceladas y, ante todo, dejar claro que Doc y Clara estaban condenados a estar juntos. Creo que voy a seguir con el capítulo final esta misma tarde porque no quiero quedarme con este sabor amargo en el paladar.
Besetes.
