LO QUE PUDO HABER SIDO
Madrid, julio de 2008.
Ricardo se despertó bruscamente. El corazón le golpeaba rítmicamente el pecho y tenía las mejillas húmedas. Era vagamente consciente de haberse dormido entre lágrimas, pero no estaba seguro de no haber llorado en sueños. Y no era para menos, porque acababa de tener el sueño más extraño de toda su vida. Y también el más devastador.
El hombre cerró los ojos y procuró ordenar sus pensamientos. Sólo había sido un sueño. Nada fue real. Nunca aceptó la ayuda de Sara. Nunca formó parte de esa familia. Nunca tuvo una vida normal ni fue protegido por nadie. Nunca. Nunca. Nunca.
La cabeza empezó a dolerle repentinamente y se preguntó si realmente las cosas podrían haber sido así. Sabía que el sueño venía provocado por la reciente muerte de Sara Amatriaín y que no era más que un producto de su subconsciente, pero también sabía que en el mundo de la magia no todo era lo que parecía ser. Sabía que el sueño servía para hacer más fina la barrera entre el mundo terrenal y ese otro que no lo es. ¿Y si aquello era un mensaje de alguien? ¿Y si el destino simplemente quería decirle que había sido un estúpido en el pasado? Indudablemente se había perdido muchas cosas y durante unos segundos dolió.
Hasta que sonó el teléfono.
Ricardo dio un respingo y tardó unos segundos en echar mano del móvil. Apenas fue consciente de quién llamaba hasta que escuchó la voz de Darío.
—Hola, papá. ¿Qué tal?
Aquello era una pregunta de cortesía y Ricardo no tuvo tiempo de decir nada.
—He hablado con Amelia hace cinco minutos y me ha dicho que nos vamos de vacaciones todos juntos. Estaba como loca.
Ricardo se quedó muy quieto un instante y sonrió. De pronto, se sintió muchísimo mejor.
—Entre los dos hemos podido convencer a tu madre.
—Va a estar genial. ¿Y dónde nos vamos? Amelia no paraba de hablar de un montón de juguetes.
—He encontrado una casita en Marbella. Te va a encantar.
—Ya me imagino la casita que has encontrado, ya.
—Bueno, tu madre opina que es demasiado grande, pero ya la conoces.
—¡Pues si es tan grande, yo me apunto, tío!
Ese era Alf hablando a voces. Ricardo sonrió aún más y se dijo que no estaría mal contar con la compañía del chaval.
—Dile a tu primo que tiene el viajecito a Londres con sus padres.
—¡Sí, vaya rollo!
Alf de nuevo. Ricardo frunció el ceño levemente.
—¿Tienes puesto el altavoz o es que Alfredito está metiéndose donde no le llaman?
—¡Eh!
—Está metiéndose donde no le llaman, pero ya me deja en paz. ¿Verdad?
Ricardo escuchó unos gruñidos de protesta y supuso que Alfred Cattermole estaba alejándose un poco para darle más privacidad a Darío.
—¿Cuándo nos vamos a ir para allá?
—En cuanto vuelvas de los campamentos. Aún tengo que convencer a tu madre y a Doc, pero creo que hacer el viaje en escoba podría ser interesante. Aunque tendríamos que salir antes de que el sol apriete, porque anda que no está haciendo calor este año.
—¿Escoba?
—¡Oh, hijo! Se me olvidaba que no se te da bien volar, pero no te preocupes. Podrás venirte en la mía si quieres.
—¡Pues claro! Ni que tuviera cinco años.
Ricardo se rió. Darío era un desastre volando y le molestaba que se lo recordaran. A Ricardo le pareció muy divertido pincharle en esa ocasión.
—Ya veremos cómo nos organizamos. Pero, dime, ¿qué tal llevas los estudios?
—¡Oh, genial! Me acaban de dar las notas del último examen de Pociones y he sacado un nueve. Mañana me examino de Astronomía, así que voy a ver si me hago con uno de los telescopios nuevos del campamento. Son la hostia.
—Esa boca, Darío —Le reprendió, aunque en realidad no le importó escuchar la palabrota—. ¿Qué tal vas de novias?
—¡Papá!
—Vamos, chaval, no te escandalices. A tu edad es normal que tengas amiguitas, ¿no?
—Sí, claro, lo que tu digas —Darío se estaba haciendo el tonto porque, a sus dieciséis años, no le hacía ninguna gracia tratar esos temas con sus padres—. Tengo que dejarte, papá.
Darío se despidió a toda velocidad. Ricardo permaneció sentado en el sillón un rato, con el teléfono en la mano. Había tenido un sueño raro que le había hecho creer que se perdió muchas cosas, pero sólo necesitaba una razón para estar seguro de que su vida actual era mejor que aquella realidad alternativa. Y tenía nombre propio.
Darío.
FIN DEL MINIFIC
Ahora sí que termina este "Lo que pudo haber sido". Me dejo en el tintero una conversación entre Clara y Amaia que creo que introduciré dentro de poco, y unos cuantos flecos de la realidad alternativa que tendrán continuidad en la realidad real y que se relacionan básicamente con Cristóbal Hurtado. Porque sí, el chaval existe.
En fin, espero que os haya gustado. Tal vez podría haber introducido este breve texto en el capítulo anterior, pero me apetecía dejarlo a parte, a modo de epílogo. Nos leemos pronto.
