ESTRECHANDO LAZOS


Toledo, 04 de enero de 2009

—¿Y vamos a comer chocolate con churros? ¿Y vamos a poder ir a la tienda de animales? ¿Me comprarás un puffskein, tío Ricardo?

Amelia no dejaba de dar saltitos. Miró a Ricardo con expectación, ansiosa porque el hombre le dijera que sí. Ya había pedido su puffskein un montón de veces, pero ni mamá ni papá querían comprárselo.

—Ni hablar. Si al tío Ricardo se le pasara por la cabeza comprarte el dichoso bicho, tendría que llevárselo a su casa. ¿Entendido?

Aunque el aludido puso cara de no haber roto un plato en su vida, Clara estaba bastante segura de haber adivinado sus intenciones. Y realmente no quería un puffskein en casa porque Amelia era demasiado pequeña para asumir esa clase de responsabilidades y no le apetecía tener que cuidar de ninguna mascota mágica.

—¡Jope, mamá! ¡Quiero uno!

Clara, que en ese momento estaba intentando colocarle la bufanda a la niña, frunció el ceño y puso esa cara que Amelia y Darío conocían tan bien. La cara que significaba que se dejaran de tonterías

—Te he dicho que no. Y como vuelvas a protestar, no dejaré que vayas a Madrid.

—¡Mami!

—Amelia.

La niña se dio cuenta de que lo mejor era quedarse callada, así que se cruzó de brazos y se enfurruñó. La risa de Ricardo resonó en el salón y Clara le miró con cara de malas pulgas.

—No te lo voy a decir más veces, Ricardo. Ni se te ocurra comprarle uno de esos bichos.

—¡Que no, mujer! Sólo nos vamos a merendar —Ricardo se ajustó su propia bufanda—. Además, en lugar de gruñir tanto deberías estarme agradecida por quitarte a la niña de encima mientras te encargas de ciertos asuntos.

Clara, que al final había podido terminar de abrigar a su hija, se incorporó y suspiró profundamente. Cuando su madre fue a visitarla en Navidad y se comprometió a ayudar a su sobrino Alfonso con sus problemas familiares, creyó que estaba obrando bien. De un tiempo a esta parte, había empezado a dudarlo. Su relación con Lourdes siempre fue bastante complicada y no quería ni imaginarse las cosas que su hermana les habría contado sobre ella a sus hijos. Suponía que Alfonso vendría a casa con ciertas reservas, pero también tenía claro que el joven comprendía que era la única que podía ayudarle y esperaba que su actitud no fuera hostil.

—Clara. ¿Te preocupa algo?

Ricardo sabía leer en sus ojos de la misma forma que ella sabía leer en los ojos del hombre. Eran muchos años relacionándose casi a diario y era inevitable que se conocieran lo suficiente como para captar ciertas emociones el uno en el otro.

—Me pregunto cómo será mi sobrino —Aunque fue escueta porque no quería hablar de más frente a Amelia, Ricardo pareció entenderla—. Y no sé qué pensar respecto al niño.

—No cabe duda de que es un brujillo precoz —Ricardo tomó la mano de Amelia y la miró con una sonrisa en el rostro—. Usted también lo fue. ¿Sabía eso, señorita?

—¿Qué es precoz?

—Significa que hiciste magia mucho antes que otros niños magos.

—¿Sí? —Ricardo asintió y Amelia dio un nuevo saltito—. ¡Sí!

—Sí, Amelia. Hiciste magia por primera vez cuando eras muy pequeñita, pero estate quieta, que se te van a caer el gorro y la bufanda —Recriminó Clara mientras procedía a colocar las prendas que se removieron durante la explosión de entusiasmo infantil.

—¡Hace calor! —Se quejó la niña.

—Pues en Madrid hace un frío que pela. ¿Por qué no nos vamos ya? —Amelia asintió ante las palabras de su tío—. ¿Te apetece que nos desaparezcamos?

—¡Sí!

—Pues vamos allá. Te la devolveré dentro de un par de horas.

Ricardo se despidió con una inclinación de cabeza y un segundo después ni él ni Amelia estaban en la casa. Clara se quedó inmóvil un instante. Tenía los nervios a flor de piel y dudaba que su nerviosismo estuviera plenamente justificado. Para intentar tranquilizarse, cerró los ojos un momento y se concentró en los ruidos de la casa. Tan sólo escuchó a Doc, que arrastró su sillón del despacho. Su marido estaría presente durante la visita de Alfonso, pero hasta entonces estaba dedicando la tarde a preparar las lecciones de un par de alumnos que recibían clases privadas. Aunque trabajaba en la schola de Toledo, complementaba su sueldo ejerciendo de profesor particular. Clara supuso que no tardaría en reunirse con ella y siguió concentrada en cada uno de sus movimientos.

Sabía que Darío no estaba en casa. El chico era un cabezota y se había negado rotundamente a conocer a su primo. Clara esperaba de todo corazón que recapacitara y dejara de ser tan rencoroso, pero por una vez no le había presionado. Darío y sus amigos se habían ido a pasar el día a Sevilla, huyendo del frío de la meseta y ansiosos por pasar unas horas lejos de sus padres. Clara intentaría hacerle recapacitar un poco más tarde, tras asegurarse de que las intenciones de su sobrino eran totalmente honestas.

Apenas faltaban cinco minutos para la cita cuando Caradoc bajó a la planta inferior. Debió notarla un poco nerviosa, pues inmediatamente fue a abrazarla. Clara sintió sus manos acariciándole la espalda y se permitió pensar que todo iba a salir bien. Después de todo, no era ella la que podría salir perdiendo tras la reunión porque ella sabía cómo educar a sus hijos brujos y Alfonso no. Los consejos que la abuela Carmina pudiera darle le servirían de muy poco porque nunca se le había dado bien cuidar de su hija bruja. A la otra, la que era normal, siempre se preocupó de agasajarla y concederle todos sus caprichos. Clara siempre tuvo que conformarse con las migajas y aún ahora dolía. Siempre lo haría, pasaran los años que pasaran y ocurrieran las cosas que ocurrieran.

—¿Estás bien, Claire?

A Clara le encantaba que su marido pronunciara su nombre en inglés. Le sonaba absolutamente encantador y Caradoc siempre utilizaba ese tono de voz repleto de cariño que la hacía sentir especial. Sobre todo cuando estaban solos en su dormitorio, compartiendo cierta clase de momentos íntimos.

—Estoy nerviosa. No termino de fiarme.

Aunque su voz es su susurro, Caradoc la escucha perfectamente y entiende a su mujer. La mira a los ojos un instante y después la besa antes de hablar con absoluta seguridad.

—Todo saldrá bien, te lo prometo —Cuando hablaba de esa forma, a Clara no le quedaba más remedio que creer en él—. Ricardo y Amelia ya se han ido, ¿verdad? Esperemos que se porten bien. Los dos.

—Sí —Clara soltó una risita—. Menudo peligro tienen los dos juntos.

Doc a veces decía que Ricardo era una mala influencia para su hija. Casi siempre lo decía en bromas, pero en ocasiones lo hacía totalmente en serio, cuando se acordaba del pasado que compartieron juntos. Uno podría tener sus reservas respecto a Ricardo Vallejo, pero ciertamente era bueno con los niños. Entre Clara y él lograron criar a Darío y convertirlo en un buen chico, y a Doc le gustaba pensar que tampoco lo estaban haciendo del todo mal con Amelia. Era una niña enérgica y osada, valiente y un tanto irreflexiva, y a Doc a veces le recordaba a sí mismo. No en vano hubo un tiempo durante el que fue auror. Un buen auror en opinión de muchos. Un poco inconsciente, viéndolo desde su nuevo punto de vista.

El timbre de la puerta interrumpió sus elucubraciones. Clara le dirigió una última mirada alarmada y Doc la besó de nuevo. Pasarían por aquello los dos juntos, como siempre acostumbraban a hacer.


—Madre mía, Amelia. ¡Cómo te estás poniendo! Estate quieta un momento, tengo que limpiarte el vestido.

Pero Amelia, niña inquieta donde las haya, no escuchó la petición de su tío Ricardo. Estaba arrodillada en una de las sillas de La Floriana, comiendo buñuelitos con chocolate y pringándose a más no poder. Ricardo Vallejo llegó a la conclusión de que en algún momento tendría que claudicar y resignarse a recibir una pequeña bronca por parte de Clara. Y eso si estaba de humor después de la visita de su sobrino.

—¡Amelia! —Después de un movimiento particularmente brusco tras el cual el chocolate estuvo a punto de caerse al suelo, Ricardo decidió cambiar de táctica—. Como no te estés quieta le diré a mamá que te has portado fatal y no dejará que te vengas a merendar conmigo nunca más. ¿Quieres eso? —La niña pareció alarmada un instante y negó efusivamente con la cabeza. Merendar con el tío Ricardo era genial porque, por norma general, no era nada mandón—. Venga, cómete los churros. He pensado que podríamos acercarnos a la sierra un poco más tarde para jugar con la nieve.

—¿Nos desapareceremos otra vez?

—Pues claro. Hace mucho frío para volar.

—¡Guay!

Amelia dejó que el hombre la ayudara a sentarse correctamente y se mostró un poco más pacífica durante unos minutos, hasta que optó por hacer aquella pregunta.

—Tío Ricardo, ¿tú conoces a mi abuela?

El brujo no se esperaba escuchar aquello y no supo qué contestar. El asunto de Carmina siempre fue cosa de Clara. Si por él hubiera sido, esa mujer habría desaparecido de la vida de Darío y de Amelia mucho tiempo atrás, pero ella era una blanda. Una blanda que, pese a todos los desplantes pasados, aún quería a su madre.

—Sí, Amelia —A pesar de su turbación, se las apañó para hablar con suavidad—. Mamá me la presentó hace tiempo, cuando Darío era pequeño.

—¿Y a ti te cae bien? —Ricardo estuvo a punto de atragantarse con el chocolate y agradeció que la niña no le diera ocasión de responder—. Porque a papá no le gusta mucho. Y Darío siempre dice cosas feas de ella.

—¿Qué cosas dice exactamente?

—Pues que la abuela es una bruja. Pero no una bruja buena como nosotros, sino como las de los cuentos muggles. Una bruja mala.

Ricardo alzó las cejas. No podía estar más de acuerdo con su hijo, pero no creía que decirle eso a su hermanita fuera lo más correcto.

—¿Y qué dice mamá sobre tu abuela?

—Dice que hace mucho tiempo no hizo cosas buenas, pero que ahora sí quiere hacerlas y que por eso Darío y yo tenemos que portarnos bien con ella —Llegada a ese punto, Amelia frunció el ceño—. Pero Darío no quiere portarse bien.

—Ya veo. Tu hermano puede ser un poco terco algunas veces.

Amelia le miró con los ojos muy abiertos y no replicó nada. Ricardo suspiró, se pidió otro par más de churros para él y un nuevo tazoncito de chocolate para la niña. Se estaban poniendo las botas.

—A mí tampoco me gusta mucho —Confesó la chiquilla segundos más tarde—. Y tampoco quiero portarme bien.

—Bueno, Amelia, creo que tu abuela no te gusta porque casi no la conoces —Ricardo sabía que Clara le agradecería esas palabras, pero le estaba costando un mundo pronunciarlas porque, si bien era cierto que Clara no tenía problemas a la hora de perdonar las afrentas pasadas, él no podía hacerlo ni queriendo. Y Carmina Parra se había portado fatal con su hija cuando nació Darío—. Y no te olvides de que tienes que hacer caso de lo que dice mamá.

—¿Aunque no me guste?

—Aunque no te guste. Mamá sabe qué es lo que os conviene a tu hermano y a ti.

—Pero Darío dice que no quiere a la abuela y que le da igual lo que diga mamá.

—Darío es un chico mayor, Amelia. Algunas veces será desobediente y meterá la pata, pero eso no significa que tú tengas que seguir su ejemplo.

—¿Por qué no? —La niña miró a su tío con incredulidad porque, bajo su infantil punto de vista, Darío era el mejor hermano mayor de todo el mundo y quería ser como él y hacer las mismas cosas que él hacía—. Darío es muy guay.

Ricardo soltó una risita y le dio un golpecito cariñoso a Amelia en la punta de la nariz.

—No lo pongo en duda, pero es mamá la que sabe qué cosas son buenas para ti y qué cosas no, así que es a ella a quién tienes que hacer caso. ¿Entendido?

—¿Y a papá también?

—A papá también.

—¿Y a ti? —Hubo algo travieso en los ojos de Amelia al hacer esa pregunta. Ricardo se rió de nuevo.

—A mí también tienes que hacerme caso, aunque no me gustan mucho las reglas —Le guiñó un ojo a la pequeña y ella sonrió abiertamente—. Eso no significa que puedas hacer lo que quieras cuando estés conmigo. ¿Vale?

—¡Vale!

—Y ahora, termina de merendar. Si queremos tener tiempo para jugar, tendremos que irnos pronto.

Amelia asintió y se metió medio buñuelito en la boca. Indudable tenía más ganas de disfrutar de la nieve que de la merienda.


Fueron puntuales. Cuando llamaron al timbre, Clara estaba dando vueltas por el recibidor de casa, nerviosa y sintiéndose muy estúpida por estarlo. Doc había terminado por sentarse en la escalera y se limitaba a mirarla sin decir una palabra. Ya había intentado convencerla de que todo saldría bien, pero su mujer no podía controlarse. Y a Doc eso no le gustaba un pelo de la misma forma que la familia de Clara no terminaba de agradarle. La antipatía que sentía por su suegra era tan evidente que se limitaba a esconderla un poco tras una fachada de cortesía. Al suegro y a la cuñada apenas los había visto un par de veces a lo largo de todos aquellos años y no recordaba haber intercambiado con ellos más de dos palabras. En cuanto al sobrino mayor, pensaba darle una oportunidad habida cuenta de la tesitura en que se encontraba.

Clara se apresuró en atender la llamada, encontrándose frente a frente con su madre. Carmina presentaba el mismo aspecto de siempre, aunque parecía tan nerviosa como su hija. Tras ella, Clara pudo distinguir a un chico joven de pelo castaño y ojos marrones que sostenía a un bebé perfectamente envuelto en un abrigo rojo. Del pequeño Juan apenas podían vislumbrarse dos ojos redondeados muy parecidos a los de su progenitor.

—Buenas tardes, Clara —Su madre la saludó dándole dos besos en las mejillas—. ¿Cómo estáis?

—Hola, mamá —La bruja se hizo a un lado para dejarles pasar. Notó como su sobrino daba un par de pasos vacilantes al tiempo que apretaba al bebé con fuerza—. Pasad. Hace un frío que pela.

—Gracias, hija —Una vez en el interior, Carmina saludó a Doc y empezó a quitarse el abrigo—. Este es Alfonso. Y por aquí tenemos a Juanito.

Carmina le hizo una carantoña a su bisnieto y Clara sintió algo amargo en el pecho. Pensó brevemente en que a sus hijos nunca les había hecho monerías, pero deshechó dicho pensamiento enseguida porque no estaban allí para recriminarse el pasado, sino para afrontar el futuro. Así pues, centró toda su atención en Alfonso. Lo había visto alguna vez en el pueblo, pero Lourdes nunca dejó que se acercara ni a él ni a sus hermanos. Era un chico de lo más normal y debía parecerse a su padre porque de su madre sólo heredó los ojos. Los mismos ojos que también tenía Darío. El bebé se parecía extraordinariamente a él y resultó ser de lo más risueño y simpático.

—Muchas gracias por dejar que venga a su casa, tía —Dijo Alfonso una vez se hicieron las correspondientes presentaciones. A Clara le sorprendió no sólo que la llamara tía, sino que pareciera genuinamente sincero—. Ni Rocío ni yo sabíamos muy bien cómo afrontar la situación. Ella no ha podido venir porque su padre se ha puesto enfermo, pero está ansiosa por saber cómo debemos cuidar de Juan.

Clara se dio cuenta de que el joven no sentía ninguna clase de desprecio por su bebé. Desde muy niña había visto ese sentimiento en ojos de sus padres y de su hermana y siempre había dolido. Cuando supo que Juan podría ser un brujillo, lo primero que pensó fue que Alfonso compartiría los prejuicios de su madre y sus abuelos, pero era evidente que estuvo equivocada. Y se alegraba porque eso haría las cosas más fáciles, tanto para él como para su bebé. Y también sentía un poco de envidia de la misma forma que a veces la sentía de Marga cuando veía a toda su familia reunida y feliz.

—Poneos cómodos —Clara señaló la sala de estar. Necesitaba un par de minutos antes de entrar en materia—. ¿Queréis tomar algo?

—Una tila no me vendría mal.

El joven Alfonso sonó jocoso y sincero y Doc esbozó una sonrisa condescendiente antes de desaparecer rumbo a la cocina. Clara se sentó frente a él y le hizo unas cuantas muecas al bebé antes de hablar.

—No tienes nada que agradecerme, Alfonso. Estaré encantada de ayudarte en todo lo que pueda, pero debes saber que criar a un niño mágico no es demasiado diferente de criar a un niño sin magia. Simplemente tendrás que añadir a los problemas habituales algunos nuevos.

—Como que Juan haga desaparecer los trofeos de caza del abuelo —El chico volvió a sonreír. Al parecer había decidido tomarse todo aquello con sentido del humor y Clara sintió cierta simpatía por él. Para haber crecido con Lourdes no había salido tan malo.

—Sí, ese podría ser un buen ejemplo. ¿Puedo? —Clara extendió los brazos hacia Juan. Alfonso permitió que lo cogiera—. Hola, cariño. ¡Qué guapo eres!

El bebé soltó una carcajada y Clara lo alzó en el aire. De pronto le dieron unas ganas tremendas de tener otro de esos, pero Doc ya había vuelto de la cocina y tenía una ceja alzada, signo inequívoco de que no habría más bebés hasta que Darío decidiera hacerla abuela. Algo que debía ocurrir dentro de muchos, muchos años, por supuesto.

—Entonces, ¿Juan es un mago?

—Por lo que tu abuela me ha contado, yo diría que sí.

Alfonso suspiró y miró a su hijo de forma indescifrable. No era algo ni exactamente bueno ni exactamente malo y Clara esperó a que el chico dijera algo.

—¿Podrías explicarme cómo serán las cosas a partir de ahora?

Clara miró a su madre. Carmina no había intervenido en toda la entrevista y no tenía intención de hacerlo. Alfonso estaba realmente interesado por saber y su tía procedió a hablarle de forma pausada. Había mucho que decir, pero empezaría por lo básico. Tampoco se trataba de avasallar al pobre chaval.


En Sevilla hacía frío. No tanto como en Toledo o en Madrid, eso por descontado, pero el abrigo no estorbaba en absoluto. Darío y sus amigos paseaban tranquilamente por el barrio mágico y, para no variar, Alfie y Antonio no paraban de hablar. En ocasiones eran capaces de formar un tándem terrible, especialmente cuando se ponían a decir tonterías, algo que ocurría bastante a menudo. Esa tarde no era la excepción. Iban un par de pasos por delante de Eloy y el propio Darío, hablando sobre quidditch a voz en grito y dándose empujones amistosos de vez en cuando.

—¿Qué dices, tronco? Bennasar se come con patatas a ese inútil. ¿Por qué te crees que la han elegido como capitana de la selección? ¡Es la mejor! —Decía Alfie con seguridad absoluta, como si lo supiese todo sobre el deporte rey de los magos.

—¡Bah! A Bennasar le quedan cuatro días en la selección, que ya va teniendo una edad.

—¡Venga ya! ¡Pero si es buenísima!

—Pues ya va siendo mayorcita. Ya verás como no la llaman para el próximo mundial.

—En serio, Toñito. ¿Tú la has visto jugar últimamente? Está mejor ahora que hace cuatro o cinco años.

—Que te digo yo que está vieja. Además, dicen que quiere tomarse un tiempo para tener críos.

—Eso son solos rumores, ¿a que sí, Darío?

El chico dio un respingo. Había estado un poco ocupado curioseando el libro que Eloy se acababa de comprar en Biblos. Era la última novela de una tal Almudena Pizarro y tenía muy buena pinta.

—¿Qué?

—Alina Bennasar no quiere tener hijos, ¿a que no?

—Y yo debería saber eso porque…

—Porque tu padrastro se lleva de puta madre con su padre. Y porque tú mismo vas de vez en cuando a su casa y hablas con él.

—Voy a su casa porque el señor Bennasar me deja consultar sus libros cuando necesito ayuda para la escuela de magia. Y ni John ni yo hablamos con él sobre la vida privada de su hija, ¿sabes?

Alfie se dispuso a discutirle, pero Antonio les interrumpió.

—Espera un momento, colega. ¿Estás diciendo que conoces a Alina Bennasar?

—Pues sí —Darío apenas le daba importancia a ese hecho—. Cuando era pequeño me daba vueltas con su escoba.

—Sí —Alfie sonrió—. Hasta intentó enseñarle a volar. Fracaso absoluto.

—Vale —Antonio le ignoró—. ¿Conoces a Alina Bennasar y no me lo habías dicho? ¡Ni me la has presentado!

Darío fue a decirle que Alina era una tía de lo más normal y que no había nada que decir sobre ella, pero entonces cayó en la cuenta de que Antonio tal vez tenía un poquito de razón porque Alina Bennasar era una estrella de quidditch y porque su amigo la había admirado desde el momento en que supo de la existencia de ese deporte. Así pues, se apresuró a apaciguar su enfado.

—¡Joder, Antonio! ¡Tienes razón! Soy un idiota, tronco, perdona. Pero no te preocupes. En cuanto pueda, hablaré con el señor Bennasar para ver cuando podemos quedar con su hija y os la presentaré, ¿vale?

—¿Hablas en serio? —Antonio ya no estaba enfadado. Estaba flipando.

—Pues claro. Pero desde ya te advierto que Alina no es una súper estrella ni nada. Es muy simpática y no le gusta que le pidan que haga demostraciones de vuelo. Eso la mosquea bastante.

—¿Firma autógrafos?

—Si llevas tu escoba, te hará una dedicatoria genial, ya verás.

Antonio asintió. Parecía un poco ido e incapaz de decir algo sensato. De pronto, miró a Alfie con curiosidad.

—¿Tú también la conoces?

—Desde hace mucho.

—¿Y tampoco dijiste nada? —Antonio le dio un pequeño empujón. Alfie sonrió con malicia y se encogió de hombros.

—Ya ves, Toñito. Me gusta ser único.

Los dos amigos volvieron a lanzarse pullas como si la vida les fuese en ello. Darío se rió por lo bajo y miró a Eloy de nuevo. El chico se había mantenido en silencio, pero atento a la conversación.

—¿Qué dices? ¿Te apuntas?

—La verdad es que siempre he querido conocer a Bennasar. Parece maja.

—Te va a caer genial, Eloy. Ya verás.

Eloy asintió y, después de hojear su libro, lo guardó en su túnica oscura. El chico siempre vestía de negro, pero había cambiado un montón desde que se mudara con su padre y sus hermanos. Alfie y Antonio se había alejado un poco y Darío pensaba que Eloy no abriría la boca, así que su pregunta le sorprendió bastante.

—Oye, colega. Hoy era cuando tu madre iba a hablar con ese primo tuyo, ¿verdad?

Como le ocurría cada vez que pensaba en esa rama de la familia, Darío se puso tenso. No entendía por qué su madre había hecho aquello y no lo entendería jamás.

—No quiero hablar de eso, Eloy.

—¿Por qué no? Es un poco raro que en la misma familia muggle aparezcan dos brujos.

—Ya.

—He estado pensando en ello y creo que es posible que en la familia de tu madre hubiera algún antepasado squib. Eso podría explicar lo ocurrido con tu madre y ese bebé.

—Eloy —Darío sonó más firme en esa ocasión—. De verdad que no quiero hablar de ello.

El chico le miró fijamente un instante y luego suspiró antes de volver a la carga.

—Quique es un squib, ¿lo sabías? Ahora mismo lo está pasando un poco mal porque Roberto acaba de comprar su primera varita y se da cuenta de que nunca podrá tener una. Creo que nos tiene un poco de envidia.

Darío asintió, comprendiendo que, tal vez, desde el principio la intención de Eloy fue hablar de su hermano pequeño.

—Mi padre cree que las cosas se pondrán peor cuando entre a la adolescencia. Yo intento hacerle ver que ser brujo tampoco es para tanto porque tenemos que hacer el doble de deberes y todo eso, pero le da igual —Darío se rió. Sí, definitivamente la parte de los deberes era lo peor de ser mago—. Y también le recuerdo lo que hizo ella.

Darío sabía que se refería a su madre. Eloy no hablaba casi nunca de ella, pero un par de meses antes, durante la fiesta de cumpleaños de Antonio, les había confesado a sus tres mejores amigos lo que ese monstruo les había hecho a él y a sus hermanos y a su padre no hacía tanto tiempo. Apenas entró en detalles, pero no fue necesario para que los chicos comprendieran muchas cosas del pasado. Darío sabía que a Eloy le costó mucho trabajo sincerarse y se sintió fatal cuando supo la verdad, sin saber qué hacer o decir. Por suerte, su amigo no quiso que nadie hiciera o dijera algo. Sólo pretendía que los chicos permanecieran a su lado pese a todo y eso lo había conseguido. Después de aquello, las referencias a su madre se contaban con los dedos de una mano y Darío únicamente sabía que le habían caído cinco años en Atalanta y que al salir no podría acercarse de nuevo a su familia.

—Realmente eso no sirve de mucho —Eloy siguió hablando—. Quique dice que sabe que la mayoría de los brujos no son como nuestra madre. Es listo, ¿verdad?

—Tonto no parece, desde luego. Pero, Eloy, yo no me preocuparía por él. Seguro que esa paranoia se le pasa enseguida.

—No sé, tronco. Debe ser duro ver que tus hermanos pueden hacer magia y tú no. ¿Te imaginas lo frustrante que debe ser?

Darío no contestó. Nunca se había parado a pensar en ello, pero suponía que Eloy tenía su parte de razón. La magia era genial, de eso no le cabía duda, pero vivir sin ella no era el fin del mundo. Y los squibs tenían muchas puertas abiertas y distaban ser los parias de antaño, los parias que aún eran en algunos otros países.

—Entonces —Darío pensó que volver al tema de conversación original no haría ningún mal—. ¿Crees que es posible que en la familia de mi madre hubiera algún squib?

—Suena bastante lógico.

—¡Joder! ¡Menuda cara pondría mi abuelo si se enterara de eso!

—Seguro que le echaría las culpas a la familia de tu abuela.

—Sí, seguro que sí.

Los dos jóvenes se echaron a reír, pero en realidad Darío creía firmemente que su abuelo sería incapaz de aceptar algo como aquello. Antes le daría un infarto.

—Oye, tío. ¿De verdad no sientes curiosidad por conocer a tu primo? —Preguntó Eloy con suavidad, como si temiera hacerle enfadar. Pero a Darío no le importó contestar.

—¿Por qué debería tenerla? He vivido perfectamente sin saber de ellos y puedo seguir así mucho más tiempo.

—Ya, pero es que creo que a partir de ahora tendréis un montón de cosas en común. Su hijo es un brujo.

—Pues que mi madre se ocupe de él. Yo paso del tema.

—Lamento decepcionarte, colega, pero no podrás pasar del tema eternamente. Ya lo verás.

Eloy no añadió nada más. Darío se quedó muy quieto en su sitio, meditando sobre sus palabras, y sacó una conclusión en claro: tenía más razón que un santo.


—Hay muchas más cosas que tendrás que saber, Alfonso, pero creo que debemos ir poco a poco.

Alfonso asintió. Clara llevaba más de dos horas hablándole y el chico parecía extasiado. Y un poco asustado también. En algún momento de la conversación, Doc había decidido acompañar a Carmina a la cocina y el pequeño Juan se había quedado dormido. Era indudable que su padre quería empaparse de todo el saber mágico, pero empezaba a hacerse tarde y aún tenían por delante el viaje de vuelta a casa.

—¿Te importaría que Rocío y yo vengamos a verte cuando su padre se ponga mejor?

—Te dejaré mi número de teléfono. Llámame cuando quieras.

Alfonso asintió. Le echó un vistazo a su hijo y le acarició suavemente la cabecita. Tenía una buena mata de pelo negro y rizado.

—Mi madre no quiere ni oír hablar de esto. Creo que tiene ideas equivocadas sobre la magia.

Clara se dio cuenta de que Lourdes tampoco le estaba poniendo las cosas fáciles al chico y sintió pena de él. Su hermana no iba a cambiar nunca. Menuda idiota.

—Tu madre nunca se ha tomado la molestia de saber cómo son las cosas, Alfonso.

—Ya, esa es la sensación que tengo. Pero tendrá que aguantarse. Juan es como es. Si no lo acepta, es su problema.

Clara se sintió extrañamente conmovida, tanto que extendió una mano y apretó cariñosamente el hombro de su sobrino.

—¿Qué opinan en casa sobre todo esto?

—Bueno, pues el abuelo está que trina. Dice que otra vez le ha caído la misma desgracia y que no quiere saber nada de Juan —Alfonso se pasó una mano por la cara, signo inequívoco de que aquello dolía—. Pues peor para él. Es un viejo terco, aunque eso ya lo sabes —Clara asintió y resistió la tentación de hablar mal de su padre—. Mi madre niega la realidad y mi padre no se entera de nada. A mis hermanos ni siquiera se lo he dicho, pero supongo que tendré que hacerlo en algún momento. No sé cómo se lo tomarán.

—Háblales con calma y lo comprenderán todo. Son jóvenes.

—De todas formas, lo único que me importa es contar con el apoyo de Rocío. Dice que si las cosas se ponen feas con la familia, siempre podemos mudarnos a otro sitio. No está dispuesta a consentir que nadie le haga desprecios a Juan y ya ha tenido algún encontronazo con mi madre.

Clara se dijo que Rocío le iba a caer muy bien y sonrió. Apretó nuevamente el brazo de Alfonso.

—No te voy a mentir. Nada será fácil a partir de ahora, pero quiero que sepas que puedes contar conmigo para cualquier contratiempo que te surja. Podría decirse que tengo experiencia educando niños mágicos.

Alfonso agachó la cabeza y sonrió.

—¿Dónde están mis primos? La abuela dice que se llaman Darío y Amelia.

—Andan por ahí. Pensé que lo mejor era hablar con calma, pero si quieres podrás conocerles.

—Me gustaría mucho, la verdad. No se me ocurre nada más interesante que tener dos primos brujos.

Clara se dijo que no tardaría demasiado en presentar a Alfonso a sus hijos. El joven le había causado una buena impresión y, además, a partir de ahora tendría una nueva responsabilidad llamada Juan. Ese pequeño brujo necesitaría una guía para crecer y ella estaba dispuesta a dársela y a estrechar lazos con esa familia tanto tiempo olvidada.


Y hasta aquí voy a leer. Tenía este capi en mente desde hace mucho tiempo y al final lo he sacado de la cabeza. Ahora Clara está un poco más cerca de su familia y en algún momento tendrá que encontrarse con su padre o con su hermana. O con ambos. Creo que me divertiré bastante escribiéndolo, aunque también me apetece mucho adentrarme en la vida de uno de estos tres personajes: Alina Bennasar, su hermanito Nasir o el inimitable Lorenzo Salcedo. ¿Qué me decís? ¿De cuál os apetece leer primero?

¡Oh! ¡Y tengo que decirlo! ¡ESPAÑA ESTÁ EN SEMIS! ¡Qué gustazo olvidarse de aquello de caer siempre en cuartos! No ha sido un partido para enmarcar, pero hemos echado a Francia y ahora nos espera Portugal. Ojalá podamos hincarle el diente a CR7. Con lo rematadamente mal que me cae el chaval…

Y nada más. Besetes y hasta pronto. Y no os olvidéis de que el botón de reviews no causa la muerte ni nada. Y ayudáis a salvar crías de mamuts si dejáis un comentario. Y los mamuts son muy monos, sobre todo de pequeñitos.