CUMPLEAÑOS NO MUY FELIZ


Madrid, 5 de abril de 1999

Aunque Caradoc había esperado encontrarse el pequeño apartamento de Clara repleto de niños, la verdad era que tan solo los hijos de los Cattermole terminaron asistiendo al cumpleaños de Darío. El hombre observó la escena con extrañeza; Maisie y Ellie charlaban entretenidamente junto a la ventana y Alfie revoloteaba junto a la tarta con ojillos golosos. Y Darío no estaba por allí, dando gritos como haría cualquier niño durante su séptimo cumpleaños.

Caradoc frunció el ceño y le dirigió a Clara una mirada inquisitiva. Traía consigo dos regalos: por un lado el suyo propio y por otro el que Ricardo le había pedido que comprara. Eso y una carta que debía entregarle a Darío en cuanto lo viera.

—¿Dónde está el cumpleañero?

—En su habitación. No quiere saber nada de fiestas.

—¿Y eso?

Clara alzó las cejas y le indicó con un gesto que lo comprobara por sí mismo. Después, fue a reunirse con Mary Cattermole y con Marga, que estaban disfrutando del cumpleaños infantil más tranquilo del mundo. Caradoc las saludó con un gesto, se quitó el abrigo y se dirigió al dormitorio del niño.

Darío estaba tumbado encima de la cama, con la cabeza tapada con un cojín y las manos en las orejas. Al parecer estaba bastante dispuesto a no disfrutar ni un poco durante aquel día y el hombre se sintió intrigado. Sin decir una palabra, acercó la silla del escritorio a la cama, tomó asiento y retiró el cojín con un gesto decidido.

—Buenas tardes, Darío —El niño frunció el ceño y no movió un músculo—. Feliz cumpleaños.

Ante eso, el chavalín se dio media vuelta para darle la espalada y echó mano de un enorme muñeco de peluche.

—Veo que has perdido tus buenos modales.

—¡Déjame en paz!

Caradoc alzó una ceja. Darío nunca le había hablado en ese tono y supuso que la situación era peor de lo que imaginó en principio. Arriesgándose a recibir otra mala contestación, siguió hablando.

—¿Por qué estás aquí y no ahí fuera? Es tu fiesta de cumpleaños y tus primos quieren que vayas a jugar con ellos.

—No quiero fiesta de cumpleaños.

—¿Por qué no?

Darío guardó silencio durante unos segundos. Finalmente se sentó en la cama y miró fijamente a Caradoc. Tenía los ojos enrojecidos como si hubiera estando llorando.

—Es un mentiroso.

—¿Quién?

—Papá. Me prometió que vendría a todos mis cumpleaños y no está aquí.

Caradoc suspiró. Ya se había imaginado algo parecido y lo más seguro era que Clara también lo hubiera hecho. Pensó que tal vez sería adecuado avisar a la mujer para que ella lidiara con tan peliagudo asunto, pero finalmente decidió tomar el toro por los cuernos. Darío se había abierto a él y Ricardo le había confiado una misión ciertamente importante, así que no podía fallarles a ninguno de los dos.

—Si tu padre no ha venido a tu cumpleaños no es porque no quiera, Darío. Es que no puede venir.

—¿Por qué no?

—Porque está haciendo un viaje muy largo y ahora mismo está muy lejos de aquí.

—Pues antes también se iba de viaje y siempre venía, pero ahora no viene nunca. Desde que se fue no ha vuelto. Ni en Navidad ni nada —El niño se sorbió los mocos y Caradoc tuvo la sensación de que se pondría a llorar otra vez—. Quiero que venga. Si no viene, no iré a la fiesta.

—Lo siento mucho, Darío, pero eso no puede ser —El niño puso morritos y se cruzó de brazos. Estaba a punto de llorar otra vez—. Tu padre me ha dicho que le gustaría muchísimo poder estar aquí contigo. Se acuerda de ti todos los días y te echa muchísimo de menos y por eso me ha pedido que te traiga este regalo —Le entregó el enorme paquete alargado que había traído bajo el brazo. Darío estaba enfadado, pero un regalo siempre era un regalo y terminó por abrirlo—. Es una de las mejores escobas voladoras que hay. La que tenías se te estaba quedando pequeña y con ésta podrás hacer un montón de maniobras imposibles —El chiquillo sonrió tímidamente mientras observaba la escoba con sincero interés—. También me ha dado una carta para ti. Me voy a ir ahí fuera para que puedas leerla y les diré a los demás que pronto vendrás a tomarte la carta con nosotros. Y no acepto réplicas.

Caradoc no dejó que el niño protestara. Le entregó la carta y salió de la habitación con su propio regalo aún entre manos. En cuanto le vio, Clara fue a hablar con él.

—¿Y bien? ¿Has conseguido que entre en razón?

—No sabría qué decirte. Démosle unos minutos para que lea la carta que le envía Ricardo, ¿de acuerdo?

Clara asintió y miró hacia la puerta con preocupación. No le gustaba ver a su hijo en ese estado, tan triste y abatido, pero es que las cosas en casa no estaban siendo nada fáciles últimamente. Darío extrañaba muchísimo a su padre y constantemente preguntaba por él. Ricardo le escribía periódicamente y Clara sabía que estaba moviendo cielo y tierra para que en el Ministerio le dieran permiso para poder acompañar a Darío a comprar su primera varita, pero el niño quería y necesitaba muchísimo más.

—Ricardo tiene toda la razón del mundo cuando dice que no sería bueno para Darío llevarlo a Atalanta, pero te juro que me dan ganas de coger al niño en brazos y llevarlo a ver a su padre.

Caradoc sonrió. Ricardo les había prohibido rotundamente que hicieran tal cosa.

—Se le terminará pasando. Poco a poco se acostumbrará a su ausencia, ya lo verás.

—¿Y crees que eso es bueno? —Clara no ocultó la amargura que ese pensamiento le provocaba—. Y lo peor está por llegar. No quiero ni imaginarme lo que pasará cuando vayamos a por su varita. Se va a llevar un disgusto tremendo.

—Es posible que Ricardo consiga el permiso.

—Lo dudo mucho. Sé perfectamente que los aurores querían echarle el guante y no van a dejarlo escapar.

Caradoc no objetó nada. Ricardo también estaba convencido de que no obtendría éxito con sus propósitos y eso le ocasionaba un dolor que ni siquiera podía ocultar en sus cartas.

—Ya veremos qué pasa. De todas formas, será un momento muy especial para el niño.

Clara le miró fijamente y pareció meditar sobre algo. Finalmente se decidió a hablar.

—Me gustaría que vengas con nosotros cuando vayamos a Sevilla, John. Darío te tiene muchísimo cariño y le hará muy feliz que nos acompañes.

Caradoc, que no se había esperado esa clase de petición, se quedó sin palabras.

—Será un honor para mí, Clara. De verdad.

Ella le miró como si considerara que los ingleses tenían una extraña obsesión con aquello del honor y le dio un golpecito en el brazo. Después, señaló el regalo.

—¿Qué le has traído?

—Lo que más ilusión podría hacerle en este momento. Un montón de cromos de quidditch.

—Ya. Y supongo que el regalo de Ricardo es una escoba voladora.

—Has dado en el clavo.

Darío salió justo entonces de su habitación. Caradoc localizó la carta de su padre en el bolsillo trasero del pantalón y lo encontró más pequeño que nunca. En cuanto lo vio, Alfie corrió hacia él como una exhalación.

—¡Vamos a comernos la tarta, Darío! ¡Tiene que estar riquísima!

El cumpleañero se dejó arrastrar hacia la mesa. Aunque no parecía tener muchas ganas de ponerse a jugar, sonrió cuando Alfie afirmó que sería muy divertido participar en una guerra de comida.

—¿Qué le has dicho, John? Está mucho más animado.

—Me temo que no es cosa mía. Ricardo tenía cosas que decirle.

Clara soltó un bufido. Ricardo Vallejo podía ser muchas cosas, pero nadie podría negarle jamás que era un gran padre. Incluso ausente, era capaz de consolar a Darío y hacer que se sintiera mejor y ella siempre le estaría agradecida por eso.


No había sido una buena mañana. Darío había pensado que ese domingo sería genial porque hacía muy buen tiempo y su madre había cerrado la tienda de calderos y lo había llevado a jugar al parque. El niño estaba ansioso por probar la escoba que su padre le había regalado por su cumpleaños. Era mucho más grande que la que tenía de cuando era pequeñísimo y en las instrucciones decía que volaba más alto y rápido que cualquier otra escoba infantil. Y ciertamente él nunca había sido muy bueno subido en uno de esos cacharros, pero el trompazo que se acababa de dar no sólo le hería físicamente. Se sentía avergonzado y no le estaba gustando nada que tanta gente le mirara. Además, tenía ganas de ponerse a llorar porque le dolían un montón las palmas de las manos porque se las había despellejado y tenía mucha sangre. Y eso por no hablar de las heridas de la cara puesto que, después de intentar un par de fintas súper geniales había terminado aterrizando en un montículo de arena. Y de cabeza.

—Madre mía, cariño —Por suerte, su madre acudió al rescate enseguida—. ¿Te duele mucho, cielo?

Darío, que había estado haciéndose el duro, terminó por asentir patéticamente y no pudo controlar los sollozos. Clara lo cogió en brazos y a él le dio igual que la gente pensara que era una nenaza porque se aferró a su cuello con todas sus fuerzas.

—Nos vamos a San Mateo.

Clara temía que el niño se hubiera roto algo. Por suerte, una vez en el hospital les dijeron que no tenía ninguna lesión de consideración. Las raspaduras de las manos tendrían mala pinta durante un par de días y le pusieron una aparatosa gasa en la mejilla porque se había hecho una magulladura horrorosa, pero podría irse a casa sin problemas. Le mandaron un par de pociones para evitar infecciones y para luchar contra el dolor y una pomada para las heridas y le felicitaron por ser un niño muy valiente. El más valiente del mundo. Y ya se disponían a abandonar el hospital cuando escucharon una voz que a Clara le resultó de lo más familiar.

—¡Clara! ¡Cuánto tiempo sin vernos!

Era el sanador Ulloa, el hombre que le había salvado la vida a Darío cuando no era más que un bebé. El niño no tenía ni idea de quién era ese hombre porque no recordaba haberlo visto antes, pero Clara se alegró muchísimo de reencontrarse con él.

—¡No me digas qué este niño tan enorme es Darío! ¡Madre mía! ¡Cuánto has crecido! ¿Cuántos años tienes ahora?

—Siete, señor —El chiquillo respondió porque era de buena educación hacerlo, pero en realidad tenía muchas ganas de irse a su casa. Aunque le habían dado pociones, todavía le dolía un montón.

—¡Siete años ya! ¡Cómo pasa el tiempo!

—Mira, hijo. Este señor es el sanador Ulloa. ¿Sabes que cuando eras un bebé estuviste muy enfermo? Pues este hombre te ayudó a ponerte mejor. Te llamas Darío por él.

—¿En serio? —Las palabras de su madre hicieron que su interés aumentara un poco.

—Es un sanador muy bueno.

—Yo no diría tanto —Ulloa hizo un gesto como quitándole importancia al pasado y entornó los ojos—. ¿Qué te ha pasado, campeón?

—Me he caído de la escoba.

—Se ha dado un buen golpe, pero se va a poner bien enseguida.

—¡Ah, las escobas! Son más peligrosas de lo que parecen. Recuerdo que cuando estaba en los campamentos mágicos tenía por costumbre hacer burradas y tuve un par de accidentes.

Ulloa contó un par de anécdotas de lo más divertidas y Darío abandonó el hospital sintiéndose de muy buen humor. El día iba mejorando poco a poco, sobretodo porque su madre decidió llevarlo a merendar a La Floriana. La mujer hizo un par de comentarios sobre el aparatoso accidente y le puso el doble de azúcar a los buñuelitos del niño como premio por su comportamiento en San Mateo.

—La próxima vez ten más cuidado, Darío. Las escobas no son juguetes.

El comentario de Floriana le hizo fruncir el ceño porque técnicamente las escobas infantiles sí que eran juguetes, pero el mosqueo se le pasó en cuanto probó el delicioso chocolate que preparaban en el local. Estaba tan inmerso en su merienda que no se dio cuenta de el profesor Doe acababa de llegar. Era el hombre que más sabía de magia de todo el mundo y Darío estaba ansioso porque empezara a enseñarle magia de verdad. A veces era un poco mandón y se ponía muy pesado diciéndoles a Alfie y a él que no hablasen tanto y prestaran atención, pero era un tipo guay casi todo el rato.

—Me ha dado un susto de muerte, pero por suerte no le ha pasado nada —Comentó Clara respecto al accidente—. Sé que a Ricardo le hace ilusión que aprenda a volar, pero tendrá que aceptar que no se le da bien. Aunque le compre la mejor escoba del mercado, Darío nunca será bueno volando.

—De todas formas puede divertirse con la escoba. Si acepta sus limitaciones y procura no hacer cosas que estén fuera de su alcance, se lo pasará genial y no correrá peligro alguno.

—¿Sí? Pues a ver cómo se lo explicas a él, porque lo único que quiere hacer cuando vamos al parque es imitar a los mayores. Y en cuanto ponga un pie en los campamentos mágicos será aún peor, ya lo verás.

—No será para tanto.

—¡Oh, sí que lo será!

Caradoc observó al niño. Darío seguía absorto en su merienda y parecía encontrar más interesantes sus cromos de quidditch que la conversación de los adultos. Últimamente no se separaba ni de ellos ni de la escoba.

—Tal vez podríamos buscar a alguien que pueda enseñarle a volar.

—¿Qué?

—Tú déjalo en mis manos. Ya verás.


Darío nunca había estado en una casa tan vieja y nunca había visto a un hombre tan serio como Omar Bennasar. Caradoc había ido a buscarle después de las clases en el cole muggle y le había dicho que tenía una sorpresa muy agradable para él. Después, se desaparecieron juntos hasta Toledo, una ciudad en la que el niño nunca había estado y que tenía pinta de ser aún más antigua que Madrid. Las calles de su barrio mágico eran estrechas, escarpadas y húmedas y al niño le pareció ver el fantasma de un jinete ataviado con ropa rara, toda repleta de volantes.

—Buenas tardes, profesor Doe —El señor Bennasar saludó a Caradoc con una reverencia y les invitó a entrar a la casa. A Darío le llamaron bastante la atención los adornos de las paredes y se dejó llevar hasta un patio interior repleto de plantas—. Alina viene ahora mismo. ¿Queréis tomar algo?

Caradoc dijo que él no quería nada y a continuación presentó a Darío. Omar Bennasar se rió cuando el pequeñajo le estrechó la mano.

—Se nota quién es su profesor. ¿Le gustaría tomar una limonada, señorito Vallejo?

Darío pensó en decir que no, pero como ese señor le había puesto un poco nervioso y la garganta se le estaba quedando seca, asintió. El señor Bennasar sólo tuvo que remover su varita para que una bandeja apareciera sobre la mesa central. Una vez acomodados, el anfitrión sirvió la limonada y Darío pensó que estaba deliciosa, mejor incluso que la que preparaba su madre.

—Así que nuestro joven brujo no tardará en acudir a Sileno Silvano en busca de su primera varita.

—Su madre quiere llevarlo a Sevilla dentro de un par de semanas, antes de que empiecen los campamentos mágicos. Además, en septiembre se incorporará a la escuela mágica en Madrid.

—Imagino que debe estar ansioso por ser instruido en la magia —Darío apenas asintió y buscó pasar desapercibido detrás del vaso de limonada—. Dime una cosa, John. ¿Te han respondido del internado de Barcelona?

—Me temo que han vuelto a denegar mi solicitud, aunque por fortuna ya he conseguido un par de alumnos para el próximo curso escolar.

—Tal vez haya escuchado algo que puede ser de tu interés. Uno de los profesores de la Schola de Toledo se retira y creo que podrías ser un buen candidato para ocupar su puesto. Siempre han tratado con niños con capacidades especiales y considero que tienes talento suficiente como para lidiar con ellos.

Caradoc entornó los ojos. No había visitado a Omar con la intención de recibir una oferta de trabajo, aunque su proposición sonaba muy tentadora. Definitivamente el mundo de la enseñanza era lo suyo y llevaba tiempo intentando formar parte del profesorado de alguno de los Magisteriums que había repartidos por la península.

—Suena interesante. Tal vez me pase en busca de información.

—Hazlo —Omar sonrió y rellenó el vaso de un más que silencioso Darío—. Tengo la sensación de que han oído hablar de ti en buenos términos, viejo amigo.

Caradoc alzó las cejas y, aunque debería haberle sorprendido esa revelación, en realidad no lo hizo. Omar le estaba muy agradecido por haber ayudado a sus hijos cuando todos los demás les dieron por perdidos y entre ellos había nacido una amistad que afianzaba sus lazos día a día.

—¡Oh, joder! ¡Menudo día!

Los tres brujos giraron la cabeza sólo para ver a Alina Bennasar haciendo su aparatosa entrada. Se había aparecido directamente en el patio de casa, con tan mala suerte que se había tropezado con una maceta y había estado a punto de tirar otras dos al suelo. Por suerte logró controlar la situación antes de que surgiera el desastre, pero Darío había escuchado perfectamente su improperio y le hizo muchísima gracia. No era la primera vez que escuchaba un taco porque Loren, el amigo de su padre, los decía constantemente, pero nunca había oído a nadie más haciendo tal cosa. Y eso que su madre aseguraba que la tía Marga era bastante mal hablada algunas veces.

—Buenas tardes, Alina —El señor Bennasar sonreía aunque su voz sonara muy seria—. Nuestros invitados han llegado ya.

—¡Oh! ¡Hola, profesor Doe! —La chica se acercó al brujo y le plantó dos besos en las mejillas. Después, miró a Darío y se puso tan seria como su padre—. Y tú debes ser Darío, el mocoso al que tengo que dar clase.

—¡No soy un mocoso! —Protestó el niño.

—No levantas un palmo del suelo y ni siquiera tienes barba. Eres un mocoso —Darío pensó que tendría que sentirse indignado, pero en realidad encontraba a esa chica de lo más divertida. Y era bastante guapa, como las princesas de los cuentos—. Venga, termínate la limonada y mueve el trasero. Tu primera clase de vuelo ya debería haber empezado.

Darío asintió y obedeció sus órdenes. Minutos después, la chica y el niño se iban al parque a practicar un poco con las escobas. Caradoc no pudo contener una risita.

—No estoy seguro de que los métodos de enseñanza de esa chica sean los mejores.

—Ya veremos si son efectivos o no —Omar agitó la cabeza—. ¿De verdad no quieres merendar? Van a tardar un rato.


Darío estaba agotado. Llevaba más de una hora volando de un lado para otro y sentía que no podía más. Hasta el momento no había hecho nada demasiado guay o peligroso, pero Alina aseguraba que para aprender a volar como todo un profesional debían ir poco a poco.

—¿Te apetece que te dé una vuelta con mi escoba? —Preguntó la bruja al notar el cansancio del chiquillo. Él asintió porque se había dado cuenta de que su profesora de vuelo era genial volando y quería probar cosas emocionantes—. Apuesto a que te gustaría que hiciera un amago de Wronski.

—¡Sí, sí!¡Por favor!

—Pues agárrate fuerte a la escoba y no muevas un músculo. Ya verás qué divertido.

Darío asintió efusivamente y durante diez maravillosos minutos Alina Bennasar recorrió el aire a toda velocidad, haciendo fintas y arrancándole gritos de entusiasta terror. Aquello era cien mil veces mejor que una montaña rusa y Darío se hubiera pasado horas volando, pero empezaba a anochecer y había que volver a casa.

—¿Crees que algún día podré volar igual que tú? —Preguntó una vez en el suelo, mientras caminaban tranquilamente hacia la casa de los Bennasar.

—No lo sé, pero tienes que intentarlo. Yo haré todo lo que pueda para enseñarte.

—¡Guay! —Darío miró a la chica y le asaltó una duda—. ¿Juegas al quidditch?

—Sí. Soy parte del Herensuge de Navarra desde antes de Navidad.

—¿De verdad?

—Claro.

—Pero no sales en los cromos de quidditch.

—Porque todavía soy una novata, pero en cuanto juegue unos cuantos partidos me haré famosísima, ya lo verás.

Darío pensó que estaría bien que su profesora de vuelo fuera famosísima y sonrió.

—¿Y de qué juegas?

—Soy cazadora.

—¡Oh! —El niño se mordió el labio—. ¿Cuándo seas famosa y salgas en los cromos de quidditch me firmarás uno?

—Cuando sea famosa y salga en los cromos de quidditch haré que todos los jugadores de España te firmen uno.

—¡Ostras!

Darío pensó que eso sería lo más genial del mundo y esa noche se acostó con una sonrisa en la cara. Tal vez nunca lograra volar tan bien como Alina Bennasar, pero no todos los niños brujos podrían presumir de tenerla como profesora y él sí.


Como el pueblo soberano (Sorg-esp) dijo que le gustaría leer un poco más sobre Alina, he decidido colgar este capítulo a modo de introducción al personaje. El próximo será enteramente para ella y todavía no sé muy bien cuál de las dos líneas argumentales que tengo en mente seguiré. Ya veré, ya.

Como siempre, os recuerdo aquello de que dejar comentarios es bueno para la salud, no como fumar que te pone los pulmones negros y causa impotencia. Para que luego no digáis que no me preocupo por los lectores.

Besetes y hasta pronto.