HISTORIAS DE QUIDDITCH I
Dedicado a Sorg-esp porque quería saber más cosas sobre Alina
Mayo de 1983
El estadio de las Águilas de Toledo* era uno de los más pequeños de toda la Península, pero a ojos de Alina Bennasar resultaba ser un monumento de proporciones épicas. Estaba allí para ver a su mamá, que era la mejor jugadora de quidditch de todo el mundo. Agarrada con fuerza a la mano de su padre porque tenía rotundamente prohibido soltarse ya que podría perderse, Alina observaba el campo con suma atención a la espera de que mamá apareciera volando en su escoba y les saludara con la mano a papá, a Nasir y a ella. Y tal vez la niña ignorara muchas cosas, pero se daba cuenta de que aquel era un día muy importante, el día en que su mamá dejaría de ser la persona más famosa de todo el mundo para ser simplemente mamá.
Fátima Vidal había empezado su andadura como jugadora precisamente en las Águilas de Toledo. No tardó demasiado tiempo en destacar sobre sus compañeros de equipo y en menos de dos años fue a parar a los Murciélagos de Valencia. Y de allí al estrellato. Fátima jugó en los equipos más importantes de Bulgaria, Inglaterra y Alemania, fue capitana de la selección nacional y se convirtió en toda una celebridad a nivel mundial. Hasta que decidió que el quidditch no era su prioridad y formó una familia. En menos de cuatro años, la mítica buscadora Fátima Vidal tuvo tiempo para casarse y tener dos hijos, lo que supuso el principio del fin de su meteórica carrera.
A pesar de que los embarazos habían contribuido a que su cuerpo perdiera ciertas cualidades físicas imprescindibles para desarrollar su trabajo, Fátima jamás se arrepentiría de haberse convertido en madre. Sus tres últimas temporadas como jugadora profesional habían supuesto el regreso a sus orígenes, a su hogar. En Toledo siempre se había sentido querida y la mujer se retiraba con el orgullo de saber que había podido ayudar a sus queridas Águilas a mantenerse en la división de honor del quidditch nacional durante todo ese tiempo. Y aunque le hubiera gustado continuar un poquito más, los años no pasaban en balde y Fátima ya no se sentía tan a gusto sobre la escoba como en sus buenos tiempos. Además, la vida de un deportista de élite era dura y necesitaba pasar más tiempo con sus hijos.
Por ese motivo, ese sería su último partido de quidditch. La prensa había acudido en masa a presenciar su retirada y Fátima se sentía nerviosa como una principiante. Ni siquiera se sintió mejor cuando dirigió sus ojos a las gradas y los vio a los tres allí sentados. Omar, el hombre que casi nunca sonreía y al que quería con todo su corazón. Y sobre todos sus hijos, el revoltoso Nasir y su princesita Alina. Los dos morenos y de ojos oscuros. Los niños más guapos del mundo en opinión de Fátima, quien cerró los ojos un instante y suspiró. Alguien le preguntó si se encontraba bien y ella apenas asintió antes de subirse a la escoba y prepararse para alzar el vuelo. Sabía que en cuanto estuviera en el aire los nervios desaparecerían y podría recuperar el temple, pero hasta que el partido comenzó el tiempo se le hizo eterno.
Había pedido que el homenaje no fuera demasiado llamativo, pero el presidente de las Águilas no le hizo demasiado caso y preparó un espectáculo que ni la gala inaugural del Mundial de fútbol muggle del año pasado. A pesar de tener cierta experiencia en esos menesteres, Fátima no pudo evitar sentirse muy incómoda y apenas fue capaz de soltar un pequeño discurso cuando el buen hombre le cedió la palabra. Se despidió con emoción de la afición y agradeció todo el apoyo recibido a lo largo de los años, especialmente a Omar. ¡Oh, pobre Omar! Si alguien sufría siendo el centro de atención era él, siempre discreto y silencioso, reflexivo y tranquilo. E irracionalmente pasional en la intimidad, aunque eso no necesitaba saberlo nadie más. Fátima le dirigió una mirada casi de disculpa junto con su agradecimiento y sonrió cuando sus niños la aplaudieron con entusiasmo, los dos ataviados con la camiseta verde y blanca del equipo local.
Por suerte para sus nervios, logró olvidarse de todo aquel alboroto una vez comenzó el partido. Ninguno de los dos equipos se jugaba nada a esas alturas de la temporada y Fátima tuvo la sensación de estar jugando una pachanga con sus amigos. Siempre fue una mujer excesivamente competitiva, pero en esa ocasión no le importó que nadie se tomara en serio el partido porque conocía a casi todos esos jugadores personalmente y había compartido con ellos momentos inolvidables. Cuando el buscador rival cogió la snitch, sintió un extraño vacío en su interior. Era la última snitch y no la había atrapado, pero no importaba. Sólo importaba que todos sus compañeros fueron junto a ella para abrazarla y agasajarla, para decirle que era un ejemplo a seguir y que lamentaban que quisiera retirarse. Fátima dio las gracias, escuchó cómo el público coreaba su nombre por última vez y se negó a sí misma la posibilidad de sucumbir ante sus emociones.
Sólo cuando estuvo a solas con los más íntimos se permitió derramar un par de lágrimas emocionadas. El entrenador del equipo pedía a gritos unas cuantas botellas de cava y el chico que la sustituiría como buscadora se había acercado para decirle que nunca iba a estar a su altura. Cuando alguien llevó a Omar y a los niños al vestuario, apenas tuvo tiempo de agacharse antes de que Nasir y Alina corrieran a abrazarse a sus piernas. Omar sí sonreía en esa ocasión. Había insistido bastante para que Fátima abandonara el quidditch porque adoraba disfrutar de la vida más hogareña posible y, aunque la mujer lo había dejado sobre todo por los niños, también lo había hecho por él. Porque sólo llevaban cuatro años casados, cierto, pero Omar y ella llevaban enamorados mucho tiempo más y su marido había sabido mantenerse apartado mientras ella triunfaba por el mundo. Ahora era el momento de demostrarle lo agradecida que le estaba.
—Ha sido un espectáculo… —Omar se tomó su tiempo para escoger una palabra adecuada—. Interesante.
—¿Interesante?
—Nada que no te merecieras, por supuesto —El hombre, poco dado a las muestras públicas de afecto, le dio un beso en la mejilla—. Los niños han estado muy nerviosos todo el tiempo, pero creo que se han divertido bastante.
—¿En serio? —Fátima se inclinó un poco y miró a sus hijos—. ¿Es eso verdad? ¿Os lo habéis pasado bien?
Asintieron al unísono. Alina creyó conveniente añadir algo más.
—Tero jubar al quidis.
Por algún motivo, a Fátima no le extrañó escuchar esa afirmación. Alina era muy pequeña aún, cierto, pero ya mostraba un gran interés por el deporte.
—¿Sí? ¿Sabes que te digo? Que mamá te va a enseñar.
Alina soltó un gritito de deleite absoluto y Omar puso los ojos en blanco. De tal palo, tal astilla. No le cabía ninguna duda.
Septiembre de 1987
—Ahora que tienes tu primera varita, tengo una sorpresa para ti.
Alina observó a su madre con muchísima curiosidad. Cada día que pasaba el parecido entre ambas se hacía más evidente y Omar solía comentar que cuando su hija fuera mayor le iba a dar muchos quebraderos de cabeza porque sería toda una belleza. Bromeaba, por supuesto, pero Fátima sabía que su marido jamás dejaría de estar preocupado por sus hijos, especialmente por la niña. Consciente de que Alina no podría aguantar la expectación durante mucho más tiempo, le entregó en regalo que había escogido con tanta dedicación.
—Una escoba voladora sólo para ti. Es la mejor de todas y vas a poder volar más rápido que nadie.
Los ojillos de la niña demostraron todas sus emociones sin necesidad de palabras. Alina acarició el palo de la escoba casi con reverencia y un instante después volvió a mirar a su madre.
—¿Es sólo mía? ¿No la voy a tener que compartir con Nasir ni con nadie?
—Sólo tuya.
—¿Y podré volar tan rápido como tú?
—De momento eso no será posible, pero volarás mucho mejor que cualquier otro niño de tu edad.
—¿De verdad?
—Si quieres, podemos ir a comprobarlo ahora mismo.
—¡Sí!
El entusiasmo de la pequeña era contagioso. Fátima sonrío y se la llevó al parque, donde pasaron toda la tarde volando juntas y haciendo unas cuantas maniobras sencillitas que la niña se aprendía rápidamente. Alina tenía un talento innato para el vuelo y su madre estaba segura de que algún día podría llegar a ser una gran jugadora de quidditch. Lo llevaba en la sangre porque en la familia Vidal hubo numerosos antepasados que se dedicaron en cuerpo y alma al deporte rey.
Una vez de regreso a casa, Alina miró a su madre fijamente e hizo toda una declaración de intenciones:
—De mayor quiero ser como tú.
Fátima vio a su hija alejarse y finalmente se sintió satisfecha. Ciertamente la idea de tener a una nueva buscadora en la familia no le desagradaba en absoluto. Sin embargo, Omar no se alegró tanto cuando le comentó la ocurrencia de su niña. No era como si le molestara, pero sus prioridades eran otras.
—Así que como tú —Comentó desde la cama. Tenía un libro en el regazo pero en ese momento observaba como su esposa se ponía un camisón bastante sexy. A pesar de llevar varios años retirada del deporte profesional, aún tenía un cuerpo de infarto—. Pues, francamente, creo que podría dedicarse a otras cosas.
—Es sólo una niña. Seguro que en los próximos años cambia de idea cientos de veces —Sonriente, Fátima se metió en la cama y se acurrucó en el pecho de su marido—. Aunque creo que ha heredado el talento deportivo de los Vidal.
—No lo pongo en duda, pero me temo que también tiene otra clase de capacidades. Últimamente vengo notando que tiene unas cualidades mágicas excepcionales, sobre todo después de comprarle la varita —Fátima tuvo que asentir porque ella también lo había percibido—. Entre mis antepasados han existido grandes estudiosos de la magia y creo que Alina podría estar capacitada para retomar esa labor.
Fátima miró a su marido. Aunque Omar fuera básicamente un hombre de negocios, acostumbraba a dedicar su tiempo libre a estudiar los viejos tratados mágicos que su familia había escrito a lo largo de los años. En el árbol genealógico de los Bennasar había magos y brujas realmente brillantes, pero durante más de dos centurias ninguno de ellos había logrado aportar nada interesante a su sociedad. Fátima recordó al hermano pequeño de Omar. Naim Bennasar fue un brujo talentosísimo que empezó a trabajar como inefable poco después de terminar sus estudios obligatorios y que murió investigando algo que el Ministerio jamás quiso revelar a la familia. Omar siempre fue consciente de que su hermano era mucho más poderoso que él y, pese a lo que los demás pudieran pensar sobre ello, nunca sintió celos. Lo echaba de menos, admiraba su trabajo a pesar de que le costó la vida y solía contar historias maravillosas sobre la infancia compartida. Y ahora quería que Alina siguiera sus pasos.
—No adelantemos acontecimientos. El curso escolar acaba de empezar y no sabemos qué clase de estudiante va a ser.
—Será grandiosa, ya verás.
El orgullo brillaba en los ojos de Omar, un orgullo que lamentablemente no podía sentir por Nasir porque el chico era un desastre como alumno de magia. Sólo lograba aprender porque cada día Fátima dedicaba como mínimo dos horas a enseñarle. Omar reconocía que su esposa tenía una paciencia infinita porque a él la manifiesta torpeza de su primogénito le sacaba de quicio. Ni siquiera confiaba en que algún día pudiera ayudarle con los negocios porque los estudios muggles, con sus matemáticas incluidas, no se le daban mucho mejor.
—Tiempo al tiempo, vida mía.
Omar asintió y besó los labios de su esposa. Esa mujer le volvía loco. Estaba hechizado por ella desde que la conoció y no imaginaba cómo podría ser el resto de su vida sin tenerla a su lado.
Diciembre de 1992
Estaba loco. Omar era vagamente consciente de ello y no podía hacer nada por evitarlo. Esa misma mañana había enterrado a Fátima y desde entonces era incapaz de pensar con lucidez. Recordaba una y otra vez los mismos momentos. Cuando Fátima le dijo que pensaba dedicarse a entrenar equipos de quidditch porque extrañaba enormemente el deporte. Cuando se despidió de él antes de iniciar ese horrible viaje. Cuando regresó, enferma y físicamente destrozada e irreconocible. Cuando murió aferrada a su mano, pidiéndole una y otra vez que cuidara de los niños.
Omar siempre fue un hombre capaz de controlar sus emociones hasta las últimas consecuencias y, aunque durante esos días enfrentó la peor tragedia de su vida, pudo afrontarlo todo sin llorar. Hasta ese día cuando se quedó solo en su habitación y se dio cuenta de que Fátima, su querida esposa, se había ido para siempre. Ahogó el grito tapándose la cara con un cojín y lloró mientras su mente recordaba una y otra vez lo mismo. ¡Oh, Dios! ¡Cuánto la echaba de menos! Si no la hubiera apoyado cuando dijo que quería ser entrenadora, si no se hubiera ido con ese maldito equipo. Si el quidditch no existiera.
Furioso, totalmente fuera de sí, Omar se puso en pie y no dudó mientras recorría los pasillos de su ancestral casa hasta llegar al cuarto de las escobas. Allí estaban los bienes más preciados de Fátima: sus uniformes, sus escobas, sus juegos de pelota reglamentarias. Todo lo de ella y todo lo de los niños, porque por cada uniforme de adulto había dos más pequeños, modificados mágicamente con los años y el crecimiento de sus hijos. Porque por cada escoba de adulto había unas cuantas diminutas, aptas para chiquillos de todas las edades. Omar lo observó todo y respiró ruidosamente por la nariz, como su fuera un toro.
Ni siquiera pensó en ello. Alzó la varita y comenzó a soltar a maldiciones, a destrozarlo todo. Una parte de sí mismo pensaba que si estuviera en sus cabales no sería capaz de actuar con tanta violencia. Otra estaba convencida de que no le quedaba más remedio porque el dolor que tenía en el pecho no era normal. Sintió como se asfixiaba y volvió a gritar, apenas consciente de que las lágrimas se le escurrían por las mejillas.
—¿Papá? —Apenas escuchó a Alina que, con los ojos enrojecidos y abrazada a un muñeco de peluche que quedó en el olvido años atrás, le observaba con pasmo absoluto—. ¿Qué haces, papá?
—A tu cuarto, Alina.
—Pero las escobas de mamá…
—¡He dicho que a tu cuarto! —Bramó Omar, perdido ya todo resquicio de autocontrol—. ¡Ahora!
Pensó que la niña obedecería, que correría asustada a buscar refugio en su habitación, pero lo que la chiquilla hizo fue quedarse plantada en el pasillo, mirándolo con los ojos entornados. Se parecía tanto a su madre que Omar se estremeció.
—¡No puedes romper las escobas! —Dijo señalando con un dedo tembloroso las flamantes pruebas del delito—. ¡Eran de mamá!
Omar apretó los dientes e intentó buscar un poco de cordura en su interior porque ni Alina ni Nasir tenían la culpa de lo ocurrido, porque se habían quedado huérfanos de madre y ya no podrían contar con el apoyo de Fátima nunca más. Al ser consciente de ello, su odio hacia el quidditch se incrementó. Algo en su interior le decía que estaba equivocado, que lo ocurrido con su esposa fue cosa del destino, pero las palabras se le escaparon sin que pudiera hacer nada por evitarlo.
—Pues mamá ya no está, Alina. Y no va a volver nunca más —Vio a la pequeña quedarse lívida y su labio inferior temblar y, aunque se dijo que debía detenerse, no quiso hacerlo—. Ha muerto por culpa de todo esto. Del quidditch, las escobas y todo lo demás.
—¡No!
—A partir de ahora, en esta casa no se mencionará ese deporte nunca más.
—¡Papá!
—Y ahora vete.
—Pero…
—¡VETE!
Omar se dio media vuelta y no tardó en escuchar los pasos de Alina mientras corría por el pasillo. Sí. Acababa de hacer lo correcto, no le cabía la menor duda. Durante un breve instante se sintió vencedor de una trascendental batalla, pero enseguida comprendió que destrozar las antiguas posesiones de Fátima no le había servido de nada porque su mujer se había ido para siempre. Sollozando, se apoyó en el quicio de la puerta y se dijo que podría dedicar unas cuantas horas a llorar. Ya habría tiempo para recuperar la compostura después.
*Águilas de Toledo: He tenido que choricearle a Sorg el nombre del equipo de quidditch de Toledo, pero es que todo encajaba porque en el escudo de la ciudad aparece un águila. Además, informándome sobre algunos aspectos del equipo de fútbol, he descubierto que en su escudo también aparece un águila con dos cabezas, así que he aplicado eso al quidditch. Además, el uniforme del Toledo es verde y blanco. ¡Bah! Que una no anda sobrada de imaginación, jeje.
Por otro lado, he decidido cortar aquí el capítulo básicamente porque tenía muchas ganas de actualizar. Además, hasta este momento el matrimonio Bennasar ha sido más protagonista que la propia Alina, pero a partir de ahora me centraré mucho más en ella. Además, quería que se viera cómo era la relación de Fátima con sus hijos porque la pobre mujer no ha tenido oportunidad de mostrar sus cartas hasta ahora. Espero que os haya gustado y que os animéis con la continuación.
Besetes y, recordad, si dejáis comentarios ayudaréis a mantener el medioambiente porque son muy ecológicos y hay que ser comprometidos con la sociedad.
