HISTORIAS DE QUIDDITCH II
Toledo. Agosto de 1995
La sede de las Águilas de Toledo estaba ubicada en la parte más nueva del barrio mágico de la ciudad. Alina se detuvo un instante frente al edificio y suspiró. Desde allí podían vislumbrarse los tres aros del campo de quidditch y la joven sintió como la emoción le recorría todo el cuerpo. "No es buena idea", le dijo Nasir antes de salir de casa, pero su hermana no le hizo ningún caso. Tal vez tuviera un poquito de razón porque su padre pondría el grito en el cielo en cuanto supiera de sus planes, pero Alina estaba dispuesta a enfrentarle y a hacerle a entender que lo que pretendía era una buena idea. Después de todo, era una digna hija de su madre.
Tras un instante de duda, Alina traspasó las puertas de entrada y se encontró frente a frente con el brujo recepcionista, un chico muy joven y con bastantes problemas de acné. A pesar de que no era nada guapo, a Alina le pareció majo cuando le sonrió amplia y amablemente.
—Buenas tardes. ¿Puedo ayudarte?
—He venido a apuntarme a las pruebas de quidditch. Me gustaría entrar al equipo de juveniles la próxima temporada.
Sin dejar de sonreír, el chico asintió y le hizo entrega de unos formularios que debía rellenar. Alina se acomodó frente a una mesita junto a la ventana y empezó a escribir con letra pulcra y elegante. La letra típica de los Bennasar, según afirmaba su padre. La letra que Nasir no había heredado.
La chica tardó cinco minutos en responder todas las preguntas y le devolvió el formulario al recepcionista.
—Ya he terminado.
—Muy bien —El brujo le echó un vistazo al documento para asegurarse de que todo estaba en orden y fue entonces cuando dio un bote en su silla. Incluso a Alina le sorprendió esa reacción—. Alina Bennasar Vidal. No serás familia de Fátima Vidal.
A Alina se le hizo un nudo en la garganta. Aunque su madre se había ido hacía ya algún tiempo, recordarla siempre le resultaba doloroso. La echaba muchísimo de menos y no le gustaba hablar sobre ella porque siempre terminaba llorando, pero ese chico se estaba portando genial con ella y se merecía una respuesta.
—Era mi madre.
—¡Oh, Dios mío! —El joven se rió y comenzó a hablar atropelladamente—. ¡No me lo puedo creer! Yo admiraba muchísimo a tu madre. Era una buscadora excepcional y no sabes cuánto sentí que se muriera —Consciente de que sus palabras estaban incomodando a Alina, se puso serio y salió del mostrador prácticamente corriendo—. Espera aquí cinco minutitos, ¿quieres? Quiero presentarte a alguien. No te muevas.
El chico desapareció tras una puerta sobre la que pendía un cartelito de "Privado". Alina, que aún se sentía triste tras recordar a su madre, estuvo a punto de irse. Tal vez intentar meterse en un equipo de quidditch no fuera buena idea porque de esa forma siempre habría alguien que le haría pensar en su progenitora y Alina no quería eso. Quería dedicarse a ese deporte porque le gustaba desde niña y soñaba con ser jugadora profesional. Quería que todos la conocieran por su nombre y no por ser hija de una leyenda muerta y tuvo que luchar contra las ganas de llorar. Por suerte para ella, en menos de cinco minutos el brujo de la recepción regresó. Y no lo hizo solo.
Le acompañaba un hombre bajito y barrigón de indomable pelo oscuro. Usaba gafas y vestía ropa ligera y, en cuanto la vio, sonrió y se acercó a ella. Parecía asombrado y encantado de tenerla allí.
—¡Madre mía! ¡Sí que es verdad! ¡La hija de mi querida Fátima! —Sin darle tiempo a reaccionar, estrechó la mano de Alina con energía—. Pero, mírate. ¡Eres igual que tu madre! Una excelente jugadora y mejor persona. Hizo por el equipo más que cualquier otro jugador de las últimas décadas. ¿Sabes que yo fui su primer entrenador? Aposté por ella en su debut y no decepcionó a nadie. Una gran buscadora, sí señor.
Alina se sentía abrumada. Ese hombre no dejaba de hablar sobre las obras y milagros de su difunta madre y la joven ya ni siquiera podía ponerse triste porque la cháchara del señor barrigón era demasiado para ella. Para ella y para cualquiera, pues el brujo recepcionista se veía tan consternado como la propia Alina.
—Una desgracia lo que le pasó en, ¿dónde fue? ¿Rumanía? Bueno, da igual. La cuestión es que fue una lástima que enfermera. Parece mentira que la viruela de dragón siga causando tantas muertes —El hombre agitó la cabeza como si realmente estuviera apenado y enseguida cambió de tema—. Daniel dice que quieres presentarte a las pruebas para el equipo juvenil, ¿es verdad?
—Sí, yo…
—¡Fabuloso! —El hombre la interrumpió—. Estoy deseando verte volar. Siendo hija de quién eres, estoy convencido de que lo harás muy bien. ¿Para qué posición quieres presentarte?
—Cazadora.
—¡Oh, cazadora! Hubiera apostado por verte de buscadora, aunque seguramente lo harás genial de todos modos —El hombre carraspeó y miró de soslayo al chico joven—. Oye, Daniel. ¿Cuándo dices que son las pruebas?
—La de los juveniles, el próximo viernes por la tarde.
—Perfecto. Iré a verte sin falta, Vidal. No lo dudes. Pero ahora, discúlpame. Tengo algunos asuntos que atender.
El tipo gordinflón se fue tan rápido como había llegado. Alina se quedó muy quieta y confundida y sólo acertó a mirar al brujo recepcionista, que seguía sonriendo y tenía toda la pinta de sentirse muy orgulloso de sí mismo. A saber por qué.
—¿Quién era ese? —Acertó a preguntar.
—Víctor Contreras. Es el actual presidente del club, aunque lo que de verdad le gusta es entrenar. Descubrió a tu madre. O eso es lo que él dice.
Alina tardó unos cuantos segundos más en sonreír, pero finalmente lo hizo porque se alegraba de conocer a ese hombre. Estaba convencida de que le traería la misma suerte que a su madre. Parecía ansioso por hacerlo.
El viernes por la tarde, Alina entró en tromba en la habitación de su hermano. Nasir estaba tumbado sobre la cama, escuchando música y al parecer muy poco preocupado por el castigo veraniego que su padre le había impuesto. Tras no conseguir aprobar su último curso de educación mágica, tendría que repetir y a Omar Bennasar no le hacía ninguna gracia. El brujo estaba convencido de que su hijo podía dar mucho más de sí y había decidido mantenerlo el resto del verano encerrado en casa, lejos de las amistades y de cualquier cosa que pudiera servirle de distracción. Alina, que había sacado buenas notas, era el contrapunto de su hermano y Nasir parecía incluso molesto con ella. El muy idiota.
—¡Eh! ¿Qué haces aquí? —Protestó el chico ante la intrusión. Se retiró los auriculares y se incorporó bruscamente.
—Necesito que me cubras —Afirmó ella sin más. Tenía un poco prisa por largarse de casa.
—¿Qué?
—Esta tarde tengo que ir a un sitio y no quiero que papá lo sepa. ¿Le dirás que me he ido a dar una vuelta con las compañeras del insti muggle?
—¿Y por qué tendría que hacer eso? Eres la hija perfecta, puedes contarle cualquier cosa.
—Esto no —Alina se mordió el labio inferior. Odiaba tener que pedir favores—. Es muy importante y papá se enfadará si se entera. Por favor, Nasir, nunca te pido nada.
El chico entornó los ojos. Aunque le gustaba presumir de ser una calamidad, no quería que su hermana siguiera sus mismos pasos.
—No estarás metida en algún lío, ¿verdad?
—Te prometo que no.
—Entonces, ¿a qué viene tanto secretismo?
Alina dudó entre confesar la verdad o no hacerlo. Estaba segura de que Nasir no se chivaría porque, aunque no fueran uña y carne, se llevaban bastante bien y habían aprendido a protegerse mutuamente después de la muerte de su madre. No eran confidentes, pero la chica decidió que no perdía nada hablándole de sus verdaderas intenciones.
—¿Te acuerdas que te dije que me iba a presentar a las pruebas para entrar en las Águilas? Pues resulta que son esta tarde.
Nasir la miró con expresión insondable durante unos segundos. En ese momento se parecía un montón a su padre, tan serio y con pinta de estar incluso un poquito enfadado.
—¿Todavía sigues con esas ideas metidas en la cabeza? Papá nunca te dejará.
—Si me aceptan en los juveniles, no le quedará más remedio.
—Si te aceptan, pondrá el grito en el cielo y seguirá sin dejarte.
Alina frunció el ceño. No entendía la manía que su padre le había cogido al deporte mágico por excelencia. Sabía que tenía mucho que ver con la muerte de su madre porque aún no había podido superarla. Alina se sentía extraña cada vez que pensaba en lo enamorados que habían estado sus padres y en lo mal que lo pasó su padre cuando se quedó viudo. A veces recordaba los primeros días, cuando Omar Bennasar se encerraba en su estudio y se pasaba horas rumiando su dolor en soledad. Alina entonces tenía sólo doce años y, aunque le hubiera gustado poder consolarlo, nunca supo cómo hacerlo. Realmente nadie lo había conseguido y sólo el paso del tiempo comenzó a curar el corazón roto del brujo.
A Alina no le gustaba ver sufrir a su padre, pero tampoco le hacía ninguna gracia que le prohibiera practicar su deporte favorito. Ese verano había organizado un equipo en los campamentos mágicos y había sido genial. Alina se había divertido tanto que pensaba repetir experiencia al año siguiente y, lo que era más importante, ése fue el detonante definitivo que la llevó a intentar formar parte de un equipo de verdad.
—¿Me cubrirás o no?
Nasir se encogió de hombros y se volvió a tumbar en la cama. Su hermano era demasiado desastroso como para poder ser considerado un aliado importante, pero a Alina le alivió contar con su apoyo. Tenía la sensación de que estaba a punto de librar una importante batalla contra su padre y no quería estar sola.
Las pruebas le salieron muy bien. Alina creía que sólo había un par de chicos mejores que ella y no se sintió amenazada en ningún momento. Además, contaba con el entusiasta apoyo del señor Contreras, que había cumplido con su palabra y se pasó todo el rato a pie de campo, muriéndose de ganas por intervenir pero dejando que las decisiones las tomara la entrenadora de los juveniles, una mujer de cuello largo y figura estilizada que llevaba en el equipo más de diez años.
Aunque a Alina le pareció evidente que sería una de las elegidas, la entrenadora no dio ningún nombre. Afirmó que todos conocerían su decisión en menos de una semana y les instó a volver a casa y a relajarse. Alina, que había estado bastante nerviosa antes de las pruebas, siguió sus consejos sintiéndose orgullosa y muy segura de sí misma. Iba a conseguirlo. Había volado de forma excepcional y había dejado a la vista sus virtudes. No se podía pedir más.
Aún saboreaba el dulce sabor de una victoria casi segura cuando llegó a casa y se encontró cara a cara con su padre. Supo que pasaba algo malo cuando se dio cuenta de que tenía los brazos cruzados.
—¿De dónde vienes? —Preguntó con voz tensa, como si estuviera conteniendo las ganas de ponerse a gritar. A pesar de que Alina no las tenía todas consigo, decidió echar mano de la mentira que tenía preparada.
—He quedado con mis amigas muggles. Le dije a Nasir que te lo dijera. ¿No te lo ha dicho?
Omar Bennasar rechinó los dientes y apretó los puños. Definitivamente la cosa no iba bien.
—Ya sabes cuánto detesto que me mintáis, Alina.
—¡No miento!
—Te daré una nueva oportunidad —La paciencia del brujo parecía estar en su límite—. ¿Dónde has estado esta tarde?
—He ido al cine con mis amigas, papá.
—¿En serio? ¿Y se puede saber por qué me ha llamado Víctor Contreras para felicitarme por tus innatas dotes para el quidditch?
¡Oh, mierda! ¡Mierda, mierda! Alina cerró los ojos y se sintió palidecer. Aquello era lo peor que podía pasarle. ¿Acaso ese viejo loco no había podido mantener la boca cerrada ni cinco minutos?
—Papá…
—No aceptaré ni una sola excusa. Creí que había quedado lo suficientemente claro que el quidditch está prohibido en esta familia. Me has desobedecido deliberadamente y después has tenido el descaro de mentirme. Me has decepcionado, Alina.
En otras circunstancias, la joven se hubiera sentido angustiada ante la idea de causar desilusionar a su progenitor, pero en esa ocasión se sintió más enfadada que otra cosa y no pudo ni quiso morderse la lengua.
—¡No es justo! —Protestó a gritos. Omar la miró con sorpresa un instante. Esos arrebatos eran propios de Nasir, no de su pequeña princesa.
—Pocas cosas en esta vida son justas.
—¡Pero es que soy genial jugando al quidditch, papá! Quiero ser jugadora profesional y tengo cualidades para serlo.
—He dicho que no hay nada que discutir respecto a este asunto, Alina.
La inflexibilidad de su padre la sacó de quicio. Alina podía sentir la furia quemándole por dentro y dio un paso al frente para encararse con él.
—¿Sabes qué? ¡Me da igual lo que digas! Si me cogen para el equipo, entrenaré todos los días y jugaré los partidos y me dará igual que tú no quieras que lo haga.
El cuerpo de Omar Bennasar entró en tensión y su hija tuvo la sensación de que iba a pegarle. No recordaba ni una sola vez en la que hubiera experimentado algo parecido y durante un instante tuvo miedo. Por fortuna, el agua no llegó al río.
—No te consiento que seas insolente, Alina. Soy tu padre y me debes un respeto.
Alina quiso decirle que no le estaba faltando el respeto, que sólo pensaba que era un idiota y un terco por no querer saber nada del quidditch, pero una fuerza extraña y desconocida la impulsó a morderse la lengua. No era justo, pero ese no era el mejor momento para intentar razonar con su padre.
—Ve a tu cuarto. Ya veré qué hago contigo.
Alina obedeció y, una vez en su habitación, atizó violentamente la puerta. ¡Era tan injusto! Ni siquiera le cabía en la cabeza que su padre quisiera arrebatarle su sueño cuando lo tenía al alcance de la mano. Su madre no se hubiera comportado así, eso casi seguro.
Tres días después, Alina Bennasar recibió una carta de las Águilas de Toledo en la que se rechazaba su solicitud de formar parte del equipo. A la chica no le cupo la menor duda de que aquello era cosa de su padre y se sintió increíblemente furiosa con él. De buena gana hubiera ido a cantarle las cuarenta, pero en el último momento contuvo su temperamento y se limitó a encerrarse en el dormitorio de su hermano para desahogarse con él. Nasir tenía toda la pinta de haberse esperado un desenlace como aquel y escuchó pacientemente sus protestas.
—Se las ha ingeniado para hacer que el señor Contreras no me coja en el equipo, pero se va a arrepentir. Te lo juro, Nasir. Se va a arrepentir.
—¿Y qué vas a hacer? —Su hermano sonó burlón—. ¿Patalear hasta que te haga caso?
Alina entornó los ojos y tomó una decisión que marcaría el destino de mucha gente.
—No voy a patalear y tampoco voy a jugar al quidditch, pero me voy a asegurar de que papá se quede sin su princesita perfecta. Voy a volverlo loco.
Nasir no tenía ni idea de lo que su hermana se traía entre manos, pero la conocía lo suficiente como para saber que no era nada bueno. Y más tarde o más temprano se saldría con la suya, estaba convencido.
Y hasta aquí la segunda parte. Después de esto, Alina entró en una fase de rebeldía que, efectivamente, volvió loco a su padre. En cualquier caso, para saber más sólo hay que seguir leyendo. Besetes y hasta pronto.
