HISTORIAS DE QUIDDITCH IV


Navarra. Agosto de 2005

Alina acudió al primer entrenamiento de la temporada sintiéndose bastante nerviosa, lo cual no dejaba de parecerle una absoluta estupidez porque había hecho eso mismo en numerosas ocasiones. Sin embargo, ese año sería especial. En primer lugar, porque el Mundial de Quidditch se celebraría el año próximo en Perú y quería dar lo mejor de sí para ir a la selección. Y en segundo lugar porque se estrenaba como capitana de su equipo.

Sabía que se lo merecía. Desde que en el año 2000 se convirtiera en titular indiscutible del Herensuge, no había hecho más que progresar adecuadamente. Gracias a sus actuaciones, el equipo había ganado tres finales consecutivas en competiciones europeas y se había hecho un nombre en el campeonato de liga. Además, desde el año 2002 empezó a destacar en la selección y tenía el puesto de cazadora prácticamente asegurado, aunque no quería bajar la guardia.

Lo que más le preocupaba era no estar a la altura en su nuevo puesto. La entrenadora De Lebrón, que también había jugado en la selección nacional y que llevaba tantos años en el Herensuge como la propia Alina, confiaba enormemente en sus capacidades y sus compañeros la respetaban. Tal vez había sido un poco difícil al principio, pero después de tanto tiempo habían desarrollado cierto grado de amistad y, lo que era más importante, se compenetraban muy bien en el campo de quidditch. Eran muchas temporadas jugando juntos y se conocían a la perfección.

Sin embargo, ese año tendrían un compañero nuevo. El antiguo guardián había aceptado una millonaria oferta para jugar en Bulgaria y se había largado sin pensárselo dos veces. El Herensuge había decidido fichar a un guardián británico que les había salido tirado de precio. Era realmente bueno y nadie ponía en duda sus capacidades deportivas, pero Alina no terminaba de fiarse de él porque era de esa clase de hombres a los que les gustaba destacar.

Si el Herensuge se había hecho con sus servicios por un módico precio se debía única y exclusivamente a que el tipo se había pasado más de dos años yendo de escándalo en escándalo. Que si había tenido sus más y sus menos con una menor, que si prefería irse de juerga antes que entrenar, que si se metía en peleas callejeras y, lo peor de todo, lo que había supuesto la gota que colmó el vaso: se había acostado con la mujer de un compañero de selección, un hombre que supuestamente era su mejor amigo y que se había negado a acudir a más campeonatos internacionales si él estaba presente.

Alina no era demasiado aficionada a la prensa rosa, pero medio mundo sabía que Cormac McLaggen era un auténtico vividor y ahora le tocaría lidiar con él. Los directivos del club no eran estúpidos y en el contrato que McLaggen firmó con ellos se le exigía un comportamiento ejemplar. Si se pasaba de la raya podrían despedirle sin más contemplaciones. Alina no sabía por qué había aceptado si era evidente que le gustaba muchísimo llevar esa clase de vida, pero decidió que lo mejor que podía hacer era olvidarse de los asuntos personales y centrarse en los profesionales.

McLaggen era un buen guardián. Rápido y con buenos reflejos, en sus mejores tiempos había sido el brujo menos goleado de la liga británica. El Herensuge necesitaba alguien como él porque su juego seguía basándose en la acumulación de puntos. La buscadora actual, María Belmonte, había llegado al equipo hacía tres años y era muy buena, aunque aún le faltaba pulirse un poco y normalmente no era clave en los resultados. Alina sabía que si McLaggen lo hacía bien podría serles de mucha ayuda y, además, estaba el tema de la venta de artículos de merchandising: pocos jugadores de quidditch vendían tantas camisetas como Cormac McLaggen.

Alina fue de las primeras en llegar. En el vestuario únicamente se encontró con Guillermo Suárez, el más veterano del equipo y el que supuestamente debería haber sido nombrado capitán. Si no lo era se debía única y exclusivamente a que en los últimos dos años había pasado por un auténtico infierno de lesiones. Prácticamente no había jugado como titular y había pasado muchos meses entrenando en solitario para intentar recuperar su maltrecho hombro. Todo parecía indicar que ya estaba curado, aunque Alina notaba que no jugaba con la confianza de sus mejores años. Comprendía perfectamente que le diera miedo lesionarse porque eso podría significar el fin definitivo de su carrera. Tenía treinta años recién cumplidos y más de una vez había asegurado que estaba quemando su último cartucho: si esa temporada no era buena, se retiraría. Su sueño era recuperar la titularidad y volver a la selección, pero lo tenía complicado. Y Alina lo sentía por él porque realmente era un buen tipo.

Al principio Guillermo no le cayó en gracia. Era un hombre escandaloso y de mal carácter, el primero en meterse en tanganas y con unas salidas de tono un poco preocupantes. Después, se dio cuenta de que no tenía problemas a la hora de dejarse la piel en el campo. Era un luchador nato y pocos vestían los colores de su equipo con el mismo orgullo que él. Alina le tenía un sincero aprecio, tanto profesional como personalmente, y eran buenos amigos.

—Buenos días, capitana —La saludó con una sonrisa en cuanto la vio entrar. Tenía el pelo castaño claro y los ojos de un azul muy oscuro y a Alina siempre le habían gustado los hoyuelos que se dibujaban en sus mejillas cuando sonreía—. Tan madrugadora como siempre.

—Tengo que empezar dando ejemplo, aunque por hoy me has ganado.

—He estado un rato en el gimnasio.

Suárez se llevó la mano al hombro y lo movió cautelosamente. Alina recordaba perfectamente el día que se lo destrozó, mientras jugaban un partido en Valencia. El buscador rival estaba a punto de coger la snitch y él golpeó la bludger con todas sus fuerzas para impedirlo, con tan mala suerte que chocó con uno de los golpeadores de los Murciélagos y cayó al suelo de mala manera. Alina incluso había escuchado el crujir de sus huesos. Todos supieron que la lesión era gravísima antes de que los sanadores lo confirmaran.

—No tendrás molestias, ¿verdad?

—De momento estoy bien. O eso creo, porque mira lo que pasó el año pasado.

En esa ocasión, se lesionó él solito durante un entrenamiento, justo cuando empezaba a ganar confianza de nuevo.

—No pienses en el año pasado. Piensa en éste porque seguramente te necesitemos más que nunca si queremos revalidar el título.

—Yo diría que Villena se las está apañando bastante bien.

—He oído comentar por ahí que a lo mejor lo fichan los ingleses en el mercado de invierno. Estoy segura de que vas a hacer mucha falta.

—Si Villena se larga, traerán a alguien más joven que yo, Alina. Tenemos buena cantera.

Alina frunció el ceño y puso los brazos en jarra. No le gustaba la actitud de su compañero.

—¿Se puede saber qué te pasa? Menudo pesimismo, Guillermo.

—Se llama realismo —Suárez suspiró profundamente y dejó de tocarse el hombro—. Pero da igual. Cambiemos de tema.

—No creo que…

—¿Qué piensas de la llegada de McLaggen? —Suárez interrumpió su protesta, decidido a olvidarse de su hombro durante un buen rato—. Menudo figura está hecho.

—Espero que se adapte al equipo y que no se dedique a hacer tonterías.

—Tengo la impresión de que no te hace gracia su fichaje.

—No me gusta que la atención se centre más en los asuntos extradeportivos que en los deportivos y McLaggen va a venir acompañado de su enjambre de periodistas del corazón en busca de exclusivas.

—Puede, pero le han dejado muy claro que más le vale no andarse con tonterías. Después de quedarse sin equipo en Inglaterra, no creo que le apetezca jugarse su carrera otra vez.

—Ya veremos.

La conversación se vio interrumpida por la llegada de la buscadora. Era una chica alta y atlética de pelo rojo y con el rostro cubierto de pecas. Para disgusto de Alina, había hecho de modelo para un par de publicaciones mágicas deportivas, pero definitivamente nada tan escandaloso como lo de McLaggen. Además, profesionalmente no se le podía reprochar nada porque era trabajadora y nunca dudaba a la hora de poner paz si surgían problemas durante los partidos.

María les saludó y les hizo algunas preguntas sobre las vacaciones. Alina se había ido a pasar quince días a casa de su hermano en Santa Cruz de la Palma. Había disfrutado enormemente de la compañía de sus dos pequeñísimos sobrinos, unos gemelos de pelo negro y rizado que habían nacido en Navidad del año anterior. Guillermo comentó algo del pueblo de sus padres, aunque no se explayó demasiado. A pesar de su carácter explosivo, era un tipo bastante reservado y muy pocos en el vestuario sabían lo mal que lo estaba pasando después de divorciarse de su mujer.

—Hoy viene McLaggen, ¿verdad? Estoy loca por conocerlo —María parecía haber estado muy ansiosa por tratar ese tema. Le pasó un brazo por los hombros a Alina y habló en tono confidencial—. ¿No te parece que es guapísimo?

—Me temo que lo único que me interesa ahora mismo es que sea bueno en su trabajo.

María se rió e hizo un par de comentarios más sobre tener famosos en el equipo. Alina quiso decirle que el Herensuge se estaba labrando un nombre en Europa gracias al trabajo duro, aunque tuvo que reconocer que ninguno de sus integrantes aparecía demasiado en la prensa. Sus jugadores no eran personajes mediáticos, aunque tal vez eso fuera a cambiar a partir de ese mismo día.

Poco a poco fueron llegando el resto de compañeros. Habían pasado varias semanas sin verse y se saludaron con cordialidad. Alina y los otros dos cazadores titulares no tardaron en verse inmersos en una conversación sobre jugadas y estrategias y media hora después todos estaban en el campo de entrenamiento. Todos menos uno.

Ana de Lebrón tenía por costumbre pasarse los entrenamientos tomando notas. Empezaba incluso antes de que sus hombres y mujeres saltaran al campo y terminaba después de que se fueran. Era una bruja metódica e inflexible que odiaba, entre otras cosas, la impuntualidad.

—¿El señor McLaggen no ha venido? Pues sí que empezamos bien.

Frunciendo el ceño, se acercó a su mano derecha, que no era otro que Raúl Zarra. Tras retirarse años atrás, el brujo no se había desligado del Herensuge. Durante algún tiempo colaboró con los entrenadores del equipo juvenil, pero el año anterior la misma Ana de Lebrón solicitó su ayuda. A Alina le gustaba tenerlo en el equipo porque era un hombre muy inteligente y con gran visión de juego. Lástima que los años no pasaran en balde.

Durante un par de minutos estuvieron discutiendo en susurros. Alina animó a sus compañeros a empezar con el calentamiento y Guillermo Suárez no tardó en acercarse a ella. Sonreía y parecía estar divirtiéndose con todo aquello.

—Parece que nuestro nuevo guardián va a dar problemas desde el primer día. Debe creerse una superestrella del quidditch.

—Pues por la cara que tiene Ana, yo diría que la superestrella va a terminar estrellada. Apuesto a que quiere darle una patada en el culo.

—Y no te he contado lo peor. Cuando llegué esta mañana había un montón de periodistas en el campo. No sé si Ana habrá dado la orden, pero los de seguridad se han encargado de echarlos.

—¡Madre mía! —Alina no pudo contener una risita—. ¡Con la tirria que le tiene a la prensa!

—Lo dicho. Esto va de mal en peor.

Villena se acercó a ellos para preguntarles si querían apostar por el tiempo que tardaría el nuevo en llegar al entrenamiento y, aunque a Alina le pareció una tontería, consideró que un retraso de media hora podría ser lo suficientemente catastrófico para el señor Cormac McLaggen. Sin embargo, el brujo hizo acto de presencia cinco minutos después.

Alina no pudo escuchar la conversación que mantuvo con la entrenadora, aunque no parecía demasiado agradable. La directiva ya les había comunicado que McLaggen tendría que utilizar hechizos de traducción hasta que consiguiera aprender un poco de español.

—No creo que se moleste en intentarlo —Le había susurrado Suárez—. Con la pinta de presumido que tiene, seguro que lo considera una bajeza.

Aprendiera o no, Cormac McLaggen necesitaba entenderse con una plantilla que era básicamente española. El único extranjero era uno de los golpeadores, que llegó de Finlandia dos años después que Alina. Nikolaus Seppä, conocido por todos como Niko, era un hombretón de más de dos metros de altura que se movía con una ligereza impropia sobre la escoba. Tenía el pelo rubio casi blanco, los ojos grises casi plateados y el aspecto rudo de un antiguo vikingo. Al pobre le había costado horrores aprender el idioma, de hecho tenía un acento horrible y acostumbraba a confundir palabras con resultados hilarantes. Y era realmente asombroso en su puesto, de los mejores del mundo según la prensa especializada.

Cuando Ana de Lebrón consideró que ya le había echado la bronca lo suficiente, hizo las presentaciones pertinentes. McLaggen se pasó todo el tiempo sonriendo con suficiencia y cuando se subió en la escoba dio un par de vueltas en el aire solo para pavonearse.

—Menudo imbécil —Masculló Guillermo mientras agitaba su bate en el aire—. Asegúrate de meterle por lo menos una docena de goles. Todos confiamos en ti, guapa.

Alina le dio un golpecito amistoso, se elevó en su escoba y dio una rápida vuelta al campo de quidditch. A continuación, empezaba la parte de los entrenamientos que más le gustaba: el partidillo. La entrenadora De Lebrón solía mezclar a titulares y reservas y Alina siempre se tomaba esos ejercicios muy en serio. En esa ocasión, tenía a Niko y a Villena en su equipo. Sonrió con malicia cuando descubrió que McLaggen estaba en el contrario y se empleó a fondo. Tanto era así, que hasta la entrenadora le llamó la atención:

—Tómate un respiro, Bennasar, que estamos a principios de temporada.

Pero no podía controlar las ganas de machacar a McLaggen. Tenía toda la pinta de ser un chulito y ella siempre había odiado a los chulitos. Era superior a sus fuerzas.

Cuando terminó el entrenamiento, Alina se sentía agotada y suponía que McLaggen estaba destrozado porque él también lo había dado todo. A pesar de su retraso, se había tomado toda aquella sesión muy en serio y Alina no había podido meterle tantos goles como hubiera querido. Esperaba poder intercambiar unas palabras con el nuevo una vez estuvieran en los vestuarios, pero McLaggen se dio prisa por ducharse y se largó sin hablar con nadie.

—Menudo antipático —Murmuró Alina. Se le ocurrían palabras más fuertes que dedicarle, pero era la capitana y debía dar ejemplo.

—¿Qué querías que hiciera? —Protestó María—. Menuda paliza le has dado. Debe pensar que le odias.

—No exageres, sólo le estaba poniendo a prueba.

—Ya, pues a mí me parece que has sido una borde. ¡Con lo guapo que es!

María Belmonte se marchó refunfuñando entre dientes. Alina estaba pasmada.

—No pongas esa cara, Bennasar —Suárez le dio un codazo—. La chica tiene razón. Te has pasado.

—¡Venga ya! Siempre juego así.

—Pues para mí que McLaggen no se ha llevado una buena impresión.

Guillermo se despidió de ella y Alina permaneció sentada en el vestuario mientras sus compañeros se iban uno tras otro. Se había divertido bastante mientras intentaba atormentar al nuevo buscador, pero ciertamente se había dejado llevar por sus emociones. Una buena capitana no debía hacer esas cosas, así que tendría que cambiar de actitud.


Toledo. Esa misma tarde

Aunque Alina se había planteado la posibilidad de mudarse a Pamplona alguna vez, finalmente decidió seguir viviendo en la casa familiar. Su padre no se cansaba de repetir que no necesitaba que le hiciera compañía, pero la joven bruja no lo hacía por él. No del todo al menos. La verdad era que su casa le encantaba. Había crecido allí, conocía todos y cada uno de sus rincones y le gustaba la sensación de la magia antigua rodeándola cuando se sentaba a leer en el patio o cuando simplemente se tumbaba en la cama para relajarse.

Su padre acostumbraba a pasar mucho tiempo fuera. Si no estaba trabajando, se dedicaba a visitar a sus amistades o se acercaba a la Casa de las Tradiciones simplemente porque le gustaba estar allí. Omar Bennasar siempre había sido un hombre silencioso y Alina recordaba que de niña le parecía muy grande e imponente. Pocos podían imaginar que había sido un padre relativamente cariñoso y que se había vuelto loco tras la muerte de su esposa. Porque, regio y todo, el brujo era ciertamente apasionado.

Alina a veces se acordaba de sus años de adolescencia, cuando la relación entre ambos se hizo tan difícil. En parte se arrepentía por haber sido tan testaruda, pero todo había terminado bien. Ella pudo dedicarse al quidditch y su padre terminó por aceptarlo. Desde entonces, se llevaban mucho mejor. Acostumbraban a cenar juntos y el hombre incluso iba de vez en cuando a verla jugar. Alina estaba bastante contenta y nunca olvidaba que le debía todo aquello al profesor Doe. Caradoc Dearborn para los más allegados.

Por ese motivo no dudó a la hora de acercarse a ellos en cuanto los vio en el parque. Caradoc estaba en los columpios con su hijita Amelia. Supuso que Clara estaría en Madrid, ocupándose de su tienda de calderos. El curso escolar empezaría en breve y debía tener más trabajo que nunca. En cuanto a Darío, ese desastre con la escoba al que no lograba enseñar a volar en condiciones, no estaba por allí.

—Así que te ha tocado hacer de niñero —Comentó a modo de saludo. John Doe la miró, le dedicó una sonrisa y cogió a su niña en brazos. Amelia tenía el pelo rubísimo y de punta a pesar de sus dos minúsculas coletitas y a Alina siempre le había parecido una niña muy guapa. No sabría decir si se parecía a su padre o a su madre, aunque era evidente que al menos los ojos verdes los había sacado de papá—. Hola, preciosa. ¿Me das un besito?

Amelia asintió efusivamente y dejó que la joven la cogiera. Alina le hizo cosquillas, la alzó en el aire un par de veces y la apretujó con ganas. Los niños nunca habían sido de su agrado, así que no dejaba de sorprenderle el hecho de que se divirtiera tanto jugando con Amelia o con sus sobrinos.

—Si quieres te la presto un rato, porque lleva una tardecita que no veas.

—¿Y eso?

—Para empezar, no ha querido echarse la siesta y no ha permitido que le de la merienda. Sólo tenía ganas de enredar, ¿verdad que sí, honey? —La pequeñaja miró a su padre con absoluta seriedad y a continuación se rió y se agarró al cuello de Alina con fuerza—. Menos mal que el parque le gusta.

A pesar de que John estaba prácticamente quejándose, Alina sabía que no hablaba en serio. Ese hombre era el más paciente del mundo (falta le hacía teniendo en cuenta su trabajo) y estaba hecho todo un padrazo. Amelia era una niña muy inquieta y había que mantenerla constantemente vigilada, especialmente desde que aprendió a andar, y a John Doe le encantaba hacerlo.

—Como a todos. Amelia, ¿de verdad no quieres merendar? —La niña negó con la cabeza enérgicamente—.Pues te vas a quedar pequeñita, pequeñita —Le hizo cosquillas nuevamente y le arrancó unas cuantas carcajadas.

—Tu padre me comentó el otro día que has estado en casa de Nasir, ¿cómo está?

—Pues imagínate, con dos bebés dándole la lata al mismo tiempo. Encantado de la vida.

—Ya debe estar acostumbrando.

—¡Oh! Dices eso porque no has escuchado llorar a esos dos demonios. Te volverían loco, créeme.

John se quedó callado y Alina se dijo que no sería extraño que estuviera pensando en lo raro que resulta imaginarse al Nasir que un día conoció siendo padre. Pero la verdad era que su hermano había cambiado un montón, mucho más que ella. Tras descubrir que la astronomía podría ayudarle a ganarse la vida, Nasir se había dedicado en cuerpo y alma a ella. Y era bastante bueno; en el observatorio mágico le tenían un gran aprecio.

—Estoy deseando conocer a sus hijos.

—Son idénticos a Nasir. Me temo que serán un gran quebradero de cabeza.

John se rió. Amelia reclamó la atención de Alina porque debía considerar que llevaba mucho tiempo sin hacerle carantoñas y no podía consentir que eso siguiera así durante mucho más tiempo.

—¿Y Darío? —Preguntó mientras colocaba a la niña prácticamente boca abajo y le hacía cosquillas en la tripa.

—Está con su padre. Creo que iban a pasar un par de días en Lisboa.

Alina había escuchado hablar del padre de Darío. Ricardo Vallejo había estado en la cárcel hasta no hacía demasiado tiempo y tenía cierta reputación en la comunidad mágica. Los aurores únicamente pudieron acusarle de evasión fiscal, pero se rumoreaba que en su juventud fue un ladrón consumado. Y tal vez algo más. Alina no sabía qué pensar al respecto porque no conocía personalmente al hombre, pero le parecía muy feo que la gente hiciera cierta clase de comentarios que bien podrían llegar a oídos de su hijo. Darío era un buen chico y no se merecía escuchar nada de eso.

—Tendremos que retomar las clases de vuelo en cuanto vuelva.

—Pues no sabría qué decirte. Últimamente está un poco desanimado.

—¿Por qué?

—Dice que está harto de que no poder volar bien por más que se esfuerce. De hecho, está empezando a interesarse por el baloncesto muggle.

—¿Baloncesto?

—Por lo visto se le da mucho mejor que volar y le gusta. Piensa presentarse al equipo del instituto muggle cuando empiece el curso. Como no lo cojan se va a llevar un disgusto tremendo.

—Nunca me había comentado nada sobre eso.

—Eso es porque acaba de descubrir lo mucho que le gusta —John sonrió conciliadoramente y detuvo las manos de su hija mientras se dirigían peligrosamente al cabello de Alina—. Cuando estuvo en los campamentos mágicos, conoció a un chaval que aspira a jugar al baloncesto profesionalmente. Se llama Fernando Martín y Darío dice que juega realmente bien. Ya sabes que siguen organizándose torneos de quidditch entre los alumnos. Cuando sus amigos formaron el equipo, lo dejaron fuera y creo que le sentó un poquito mal.

—Hombre, eso de que tus amigos te aparten no es plato de gusto —Aunque con lo malo que era jugando, a Alina no le extrañaba que los compañeros no quisieran correr el riesgo de ser derrotados por su culpa.

—Su primo Alfie le dijo que se fuera a ver los entrenamientos, incluso le animó a practicar con la escoba, pero Darío estaba enfadado y creo que se pasó un par de días sin dirigirles la palabra. Hasta que vio a Martín jugando al baloncesto, se animó a echar un uno contra uno y se dio cuenta de que tiene cierto talento para ese deporte.

—Vaya. Pues me alegro por él. Ojalá le acepten en el equipo del insti.

—Ya le hemos dicho que si no lo consigue a la primera no tiene que desanimarse. Porque yo no entiendo mucho de baloncesto, la verdad, pero le he visto jugar y sí que se le da mejor que volar.

Alina se rió. Cuando vio volar al pequeño Darío por primera vez ya se dio cuenta de que sólo podría aspirar a ser un volador aceptable, hábil para no caerse de la escoba y poco más. Le daba un poco de pena contemplar la frustración del chaval porque realmente se esforzaba con toda su alma, pero había que ser realistas. No servía para el quidditch. Si el baloncesto le gustaba y despertaba su espíritu competitivo, mejor para él.

—A ver si luego puedo hablar con él. Tengo que contarle algunas cosas sobre el nuevo buscador de mi Herensuge.

—¡Oh, sí! McLaggen.

—McLaggen.

—¿Es tan terrible como dicen?

—Ya veremos. Lo he conocido hoy mismo, pero yo apostaría a que todo terminará en desastre.

John asintió y soltó una risita. Alina entretuvo a Amelia un ratito más y finalmente se fue a casa para meditar sobre lo que haría con el nuevo buscador a partir de ese día. No quería que su presencia se convirtiera en un problema y su obligación como capitana era encontrar la forma para impedirlo.


Y hasta aquí por hoy. No quiero que los capis se me alarguen mucho, así que es mejor cortar ahora antes que eternizar esto. Espero que os haya gustado y ya sabéis como va lo de los comentarios, ¿cierto?^^. Besos y hasta pronto.