LA DECISIÓN DE ALFIE
Este capítulo está dedicado a Sorg-esp porque se lo prometí. Debió estar la semana pasada, pero más vale tarde que nunca.
Madrid, junio de 2009
Cuando, recién llegados de Inglaterra, Ricardo Vallejo les pidió a los señores Cattermole que se instalaran en la casa que poseía en Madrid, el matrimonio aceptó encantado. Habían abandonado su país natal sintiéndose absolutamente aterrados y en ningún momento se vieron con fuerzas para rechazar la ayuda desinteresada del hombre. Sin embargo, con el paso de los años la familia al completo había ido necesitando más intimidad y terminaron instalándose en la casa de la piscina. No era excesivamente grande, pero contaban con toda clase de comodidades y se sentían realmente satisfechos.
Mary Cattermole se encargaba del mantenimiento de la casa. Dos veces por semana, un par de chicas acudían para hacer una limpieza en profundidad y para echarle una mano con las tareas más pesadas. A la mujer le encantaba ejercer de cocinera y poco a poco había ido convirtiéndose en una experta en cocina mediterránea. Reginald Cattermole, por su parte, trabajaba como empleado de mantenimiento en la fábrica de Bilbao y, aunque la red glu no le entusiasmaba, la prefería a la desaparición o al vuelo en escoba. Cada día salía de casa a las ocho menos diez y regresaba por la tarde, agotado pero satisfecho.
Cuando ese día aterrizó en la sala de estar de su casa, no veía el momento de sentarse en el sofá para tomarse una cerveza y disfrutar de la maravillosa televisión muggle. No obstante, en cuanto vio la cara de malas pulgas de Mary se dio cuenta de que algo no marchaba bien. Su mujer estaba de pie junto a la ventana y tenía un papel blanco entre manos. Alfie, sentado en el sofá, no despegó los ojos del suelo ni para saludarle.
—¡Reggie! ¡Ya estás aquí! —Mary no tardó ni un segundo en plantarse a su lado. Estaba muy nerviosa y su marido lamentó que no le hubiera dado su beso de bienvenida—. Has llegado tarde. ¿Por qué has llegado tarde?
—He tenido que arreglar un grifo porque perdía agua y…
—¡Claro, claro! En fin, querido. ¿Sabes lo que ha hecho tu hijo?
—¿Alfie? —Reginald miró al chico, que soltó un bufido.
—Alfie —Mary estiró el brazo y le plantó el papel blanco frente a los ojos—. Mira qué notas, Reggie. ¡Mira!
El hombre dio un paso atrás y tomó el boletín de las calificaciones con bastante precaución. Tenía la sensación de que su mujer podría saltarle al cuello en cualquier momento. Poco importaba que él no hubiera hecho nada malo; cuando su Mary sacaba el genio, lo mejor era mantenerse alejado. En cualquier caso, en cuanto echó un vistazo a las notas y vio aquel desastre, entendió perfectamente a su mujer.
Su Alfie nunca había sido un estudiante de sobresaliente. Reginald a veces sentía envidia de su primo Ricardo, porque su chaval era responsable y le iba muy bien en los estudios, pero poco a poco se había hecho a la idea de que su hijo no era capaz más que de aprobar por los pelos. Hasta ese año, había ido aprobando con suficientes raspadillos, pero en esa ocasión no. En esa ocasión Mary tenía motivos para estar enfadada.
Eran las notas de la escuela de magia. Le habían quedado tres asignaturas y Reginald lo consideró del todo inadmisible. Pero eso no era lo peor, no señor. Lo peor era que en el cole muggle le habían quedado cinco y eso no había brujo todopoderoso que lo sacara adelante. Alfie iba a repetir curso. No podría seguir estudiando con Darío y Darío era el único que conseguía hacerle centrarse en sus deberes de estudiante.
—¿Qué significa esto? —Reginald le habló directamente al chico, pero fue Mary la que siguió hablando.
—¿Has visto? Esto no puede ser. La única obligación que tiene y mira lo que hace. ¿Lo puedes creer? Pero te vas a llevar un buen castigo, Alfred. ¡Vaya que sí! Y me aseguraré de que apruebes todas las asignaturas. ¡Fíjate en tus hermanas! Maisie trabajando en el mejor salón de belleza mágico de todo el país y Ellie preparándose para ser profesora de niños pequeños. ¿Y tú, Alfred? ¿Qué es lo que estás haciendo tú? Perder el tiempo. Eso haces.
Mary detuvo su diatriba un instante. Necesitaba coger aire y Reginald pensó que era un buen momento para intervenir. Pero Alfie, que ya había dejado de mirar al suelo, se puso en pie. Tenía las orejas rojas, resoplaba por la nariz y se le veía tan enfadado como a su madre.
—¡Os he dicho mil veces que no quiero seguir estudiando! ¡No me gusta!
—¡No me chilles, Alfred! —Mary alzó un dedo amenazador—. Vas a terminar tus estudios y punto.
—¡Pero si ya me saqué la ESO!
—Pero no los estudios mágicos. Hasta que no los acabes, te olvidas de esa tontería de que no te gusta estudiar.
—¡Quiero ponerme a trabajar! Estoy harto del colegio. Es un rollo.
—Deja de decir idioteces. Lo que vas a hacer es pasarte el verano estudiando. Aprovecharás los campamentos mágicos para aprobar las asignaturas que te quedan y en el mes de agosto te pondrás las pilas y te pondrás con las materias muggles.
—No pienso ir a los campamentos mágicos.
Reginald parpadeó. Tenía la sensación de estar en medio de dos huracanes furiosos y tuvo el impulso de salir corriendo. Mary bufaba como un toro y Alfie no le iba a la zaga. Casi nunca discutían, pero cuando lo hacían se armaban buenas broncas y a veces, sólo a veces, él era el único capacitado para poner paz.
—Tú vas a ir donde yo te diga.
—¡No puedes obligarme!
—Eres un crío y puedo obligarte a hacer lo que yo quiera.
—Mary —Reginald se acercó a su esposa.
—¡No voy a ir a ningún sitio!
—Mientras vivas en esta casa, harás lo que yo te diga.
—¡Mary! —alarmado, Reginald sostuvo a su mujer por un brazo.
—¿A sí? Pues a lo mejor tendría que hacer lo que el tío Ricardo me diga porque esta casa es suya.
—No me hables así, Alfred.
—¿Por qué no? Es la verdad. Porque mucho hablar de que tengo que estudiar para ser como mis hermanas y, ¿qué eres tú? ¿Una chacha?
Reginald se dio cuenta de que iba a pasar porque la discusión se había vuelto demasiado violenta. Mary alzó una mano y la descargó con fuerza sobre la mejilla de Alfie, que giró la cara y se quedó muy quieto durante un segundo. Era la primera vez que su madre le pegaba. Todo se quedó en el más absoluto silencio hasta que el chaval se revolvió y salió de la casa dando un sonoro portazo.
Mary había dejado caer los brazos a ambos lados de su cuerpo y prácticamente jadeaba. Reginald, que no podía creerse que la situación se les hubiera ido de las manos de esa manera, quiso decir algo, pero Mary se fue a su habitación antes de que pudiera abrir la boca.
Definitivamente, aquello no era lo que esperaba encontrarse después de un largo día de trabajo.
Toledo, ese mismo día.
Darío había aprovechado la tarde para irse a jugar al baloncesto a unas pistas deportivas de la parte muggle de la ciudad. Se había encontrado con unos colegas con los que acostumbraba a echar partidillos de vez en cuando y se lo había pasado tan bien que perdió la noción del tiempo y regresó a casa bastante tarde. Seguramente su madre, Doc y Amelia ya habrían cenado y esperaba que le hubieran guardado algo porque estaba absolutamente hambriento después de tanta actividad física.
Cuando llegó a casa, los encontró en el patio. Acababan de empezar a cenar y Amelia prácticamente saltó de su silla para ir a su encuentro. Dijo algo de zamparse unas pizzas riquísimas que papá había estado cocinando y a Darío se le hizo la boca agua porque Doc hacía las mejores pizzas caseras del mundo. Era lo único que sabía cocinar, pero qué ricas que estaban. Su madre le indicó que le esperarían si no tardaba mucho en darse un baño, así que Darío se duchó a toda velocidad y no tardó en reunirse con ellos.
—Tu madre ya me ha enseñado tus notas —Comentó Doc mientras le entregaba una porción de pizza. El queso fundido se quedó flotando en el aire un instante, hasta que Amelia lo cazó en el aire y se lo metió a la boca con una risita—. Enhorabuena.
—Gracias, pero aún tengo que ir a los campamentos para completar las notas mágicas. Creo que me van a salir bien.
—Seguro que sí. ¿Te has pensado ya lo que vas a estudiar?
Su padre le había dicho mil veces que podía dedicarse a la profesión que más le gustara, ya fuera muggle o mágica, que no tenía la obligación de ayudarle con sus empresas, pero Darío lo tenía claro. Siempre le había interesado el trabajo de su progenitor y se sentía tan orgulloso de él que quería seguir sus pasos.
—Quiero echarle un cable a mi padre, así que me voy a tirar por ahí.
Doc sonrió y asintió. Clara pareció satisfecha al escucharle hablar así y su marido sintió cierto alivio. A veces pensaba en cómo si sentiría si a Darío o a Amelia les diera por hacerse aurores y era una idea que no le hacía ninguna gracia. Era una profesión muy peligrosa, lo sabía muy bien, y quería demasiado a esos chicos como para desear que se dedicaran a ello. Darío siempre había sacado buenas notas y era un chaval con cierta vena justiciera; bien podría haberse decantado por ese trabajo, pero por suerte no era así.
—¿Te ha llamado? Cuando hablé con él esta mañana me dijo que quería verte —Intervino Clara. Estaba partiendo la cena de Amelia en trocitos pequeños y, aunque la niña tenía el tenedor en la mano, optaba por comer sin darle uso alguno.
—Va a pasarse mañana por casa. Iba a venir esta tarde, pero le ha surgido un problema en la fábrica y no va a poder.
Justo cuando Darío terminó de pronunciar esas palabras, alguien llamó a la puerta. El chico se hubiera hecho el remolón para no tener que abrir, pero la mirada de su madre fue de lo más elocuente. A veces era un poco fastidioso que la mujer fuera tan mandona. Mientras acudía a atender la llamada, Darío se preguntó quién sería. Pensó en el señor Bennasar o en Marga, pero le sorprendió muchísimo ver a su padre.
—¡Papá!
—Hola, Darío —Ricardo le dio un breve abrazo y entró en la casa. Al chico le pareció que estaba un poco preocupado por algo.
—Creí que no vendrías hasta mañana.
—¡Oh, eso! ¡Es verdad! —El hombre sonrió y le pasó un brazo por los hombros—. Quiero ver esas notas ahora mismo. Ya me ha dicho tu madre que no están nada mal.
—Ya —Darío agitó la cabeza como quitándole importancia al asunto—. Estamos cenando, ¿te apetece?
—En realidad he venido a buscar a Alfred.
—¿Alf? Pero si no está aquí.
—¿Cómo que no está aquí?
—Llevo un par de días sin verlo.
Ricardo hizo que Darío se detuviera y le miró fijamente a los ojos. Era algo que solía hacer cuando quería pillarle en una mentira, pero esa noche el chaval no tenía nada que ocultar.
—¿No está aquí?
—Te he dicho que no, papá. ¿Ha pasado algo?
Ricardo se quedó pensativo. Reginald le había preguntado un rato antes por el chaval. Le explicó que se había peleado con su madre y le dijo que los dos estaban muy preocupados porque se había ido unas horas antes y no daba señales de vida. Ricardo supuso que si Alfie estaba disgustado, lo más normal era que estuviera con Darío, pero por lo visto se había equivocado.
—Papá —Ante su silencio, Darío insistió—. ¿Qué pasa?
—Alfie ha tenido una buena bronca con sus padres y se ha ido de casa. Creí que podría estar aquí.
Ricardo siempre optaba por ir directo al grano cuando se trataba de asuntos importantes. Vio como su hijo fruncía el ceño y lo notó inmediatamente preocupado.
—¿No lo encontráis?
—Hasta ahora no ha habido suerte. ¿Te ha llamado o algo?
—No sé —Darío, que al llegar a casa había dejado el móvil en el mueble del recibidor, se abalanzó sobre él para comprobar las llamadas perdidas—. Nada. Ni un mensaje ni nada.
—Estaba convencido de que estaría contigo.
—¿Por qué ha discutido con sus padres? ¿Por las notas?
—¿Por qué iba a ser si no?
—Estaba un poco preocupado por la reacción de su madre.
—¿Tú sabías que ha suspendido varias asignaturas?
—He intentado convencerle muchas veces para que estudie, pero dice que lo que quiere hacer es ponerse a currar. No le gusta mucho hincar los codos.
—Sí, ya lo he notado —Ricardo sonrió y no pudo evitar sentirse muy orgulloso de su chaval. No era el momento adecuado, con Alfie desaparecido y todo el follón que tenían encima, pero le gustaba comprobar que había sabido criar a su hijo. Pese a todo, se sentía un buen padre.
—Voy a darle un toque a ver si puedo hablar con él.
Dicho y hecho. Darío marcó el número de su primo y esperó a que respondiera. Mientras tanto, Clara hizo acto de presencia, un poco extrañada por la prolongada ausencia de su hijo. Ricardo no necesitó demasiado tiempo para ponerla en antecedentes y, cuando Darío colgó, ambos lo miraron con preocupación.
—¿Y bien?
—No sé qué está haciendo, pero no contesta. Le he dejado un mensaje en el buzón de voz, a ver si me dice algo.
Ricardo asintió y Clara se cruzó de brazos, imaginándose lo angustiada que debía estar Mary en ese momento.
—Tal vez sería conveniente avisar a los aurores.
—No creo que hagan demasiado caso. Dirán que Alfie es un chico que se ha peleado con sus padres y se ha largado por ahí a despejar la mente. No moverán un dedo hasta que no pasen veinticuatro horas.
—Podrían pasarle muchas cosas hasta entonces.
—No creo que le dé por hacer tonterías —Ricardo tuvo una idea repentina y se dirigió a Darío—. Si Alfie se pone en contacto contigo, dímelo de inmediato, ¿vale? —Darío asintió—. Se me ha ocurrido un sitio en el que tal vez pueda estar.
El brujo no dio más explicaciones. Se despidió rápidamente y abandonó la casa de los Doe con un destino en mente: el puerto mágico de Bilbao.
A Alfie le gustaba un montón estar allí. Recordaba que Darío y él acostumbraban a jugar en ese lugar cuando eran pequeños y sintió la pena subiéndole por la garganta. A veces era duro darse cuenta de que ni su primo ni él eran ya unos niños. ¡Y había sido tan genial compartir la infancia con él! A pesar de los momentos duros que su familia y él habían vivido en Inglaterra, aunque hubo un tiempo en el que acostumbraba a estar asustado casi todo el rato, su llegada a España había hecho de él un niño feliz. Darío se había convertido en su mejor amigo de inmediato y muchas veces habían corrido por aquellos muelles, esquivando marineros y haciendo duelos imaginarios entre las cajas de pescado. En ocasiones incluso habían intentado averiguar qué se guardaba en los diversos almacenes mágicos y alguna que otra vez habían intentando colarse en ellos para curiosear.
Sí, definitivamente había sido genial crecer con Darío. La fábrica de su padre siempre le había parecido de lo más interesante y tanto él como su primo se conocían al dedillo todos los rincones. El tío Ricardo nunca les había puesto pegas y Alfie se encontró observando el edificio con tristeza. ¿Por qué no podían seguir siendo pequeños para siempre? Habían sido buenos tiempos, cuando nadie esperaba de él demasiado, cuando su madre se conformaba con que sacara unas notas aceptables y cuando no se pasaba el día comparándolo con sus hermanas e instándolo a hacer cosas que realmente no quería hacer. ¿Tal difícil le resultaba entender que él quería dedicarse a otras cosas?
Cosas como los barcos. A Alfie le gustaban desde la primera vez que se subió en uno. El tío Ricardo le había invitado a navegar por el mediterráneo y Darío y él tuvieron ocasión de bañarse en alta mar. Fue durante el verano inmediatamente posterior a la salida de la cárcel de su tío y había sido absolutamente genial corretear por la cubierta y plantarse junto al capitán para freírle a preguntas. El hombre había demostrado una paciencia infinita y Alfie se había prometido entonces que algún día trabajaría en un barco.
—Así que estás aquí.
El chico se llevó un buen sobresalto. Cuando se dio media vuelta, Ricardo Vallejo estaba a sólo un par de metros de distancia. Debía haberse aparecido porque un segundo antes no había ni rastro de él. Lamentó mucho haber sido encontrado tan pronto porque no quería regresar a casa aún. No estaba de humor para enfrentarse a sus padres.
—Podrías al menos haberle contestado a Darío, ¿no?
—No me apetece hablar con nadie. Déjame.
—¡Vamos, Alfred! No seas crío —Ricardo Vallejo pareció realmente amistoso cuando le dio un par de palmadas en la espalda—. Estábamos preocupados por ti.
—Pues ya ves que estoy bien. Vete.
—Si me voy, tendrás que venirte conmigo.
—No puedes obligarme.
—Te apuesto lo que quieras a que sí puedo. ¿Quieres comprobarlo?
Alfie no movió un músculo. Sabía perfectamente que el tío Ricardo no era de los que se andaban con chiquitas, así que bufó y se cruzó de brazos.
—No quiero volver a casa.
—Ya lo suponía. Has tenido una buena bronca con tus padres, ¿no?
—No sé para qué me lo preguntas. Seguro que ya te han soltado el rollo.
—He oído su versión, pero también estoy dispuesto a escuchar la tuya si quieres contármela.
—¿Qué? —Alfie se sintió genuinamente sorprendido al escuchar eso.
—Que he venido aquí para escuchar lo que tengas que decir. ¿Te pensabas que iba a obligarte a volver a casa sin más? —El chico se encogió de hombros. Precisamente había pensado eso—. Pues dime, Alfie. ¿Por qué te has peleado con tus padres?
—Ya lo sabes —Ricardo alzó una ceja y él se vio obligado a seguir hablando—. He sacado malas notas y mi madre se ha puesto pesadísima diciendo que tengo que aprobar.
—Sería lo más conveniente, ¿no te parece?
—Pues no. No quiero seguir estudiando. Ella quiere que vaya a los campamentos mágicos y que me saque las asignaturas que me han quedado, pero he decidido que no quiero ir.
—¿Por qué no?
—Porque quiero trabajar y los estudios no me servirán de nada.
Ricardo agitó la cabeza tristemente. Él mismo había pensado así un día. El tiempo le demostró que fue un idiota redomado.
—Los estudios lo serán todo, Alfie.
—Pues tú no fuiste a los campamentos ni al cole y mira lo bien que te ha ido.
—¿De verdad piensas eso?
—Tienes mogollón de cosas.
—Sí, supongo que sí, pero eso no significa que haya sido fácil. Las he pasado canutas.
—¡Anda ya!
Ricardo suspiró. Podría haberle contado muchas cosas para ayudarle a reflexionar, pero no quería hacerlo. Su pasado no era asunto de Alfie. Al único que le debía explicaciones era a Darío y esperaba de todo corazón no tener que entrar en detalles nunca. Ya había sido lo suficientemente duro reconocer que había sido un ladrón.
—De acuerdo. Antes has dicho que quieres ponerte a trabajar. ¿En qué?
—Me gustan los barcos —Alfie no dudó—. Quiero ser marinero.
—Marinero —Ricardo se cruzó de brazos—. ¿Y te has tomado la molestia de investigar qué requisitos necesitas para serlo?
El chico se ruborizó. Debía reconocer que su plan de echarse a la mar tenía algunas lagunas, así que dijo lo primero que se le pasó por la cabeza.
—Había pensado en ir de barco en barco solicitando un empleo.
—¿Y crees que te aceptarán por que sí? —Alfie puso morritos. Esa charla no le estaba gustando nada de nada. El tío Ricardo no necesitaba sermonearle para hacerle sentir estúpido—. A mí me parece que no tienes demasiado claro lo que quieres hacer con tu vida.
—¡Claro que lo tengo claro!
—Si lo tuvieras claro, te habrías molestado en preguntar.
—¿Y a quién voy a preguntarle? No creo que los profes sepan de barcos.
Ricardo guardó silencio y luego le dio un golpecito en el hombro.
—Si tan decidido estás, vente conmigo.
—¿Dónde?
—Voy a presentarte al capitán Pinzón.
Alfie no supo qué decir. Había oído hablar de ese hombre y desde pequeño sentía cierta admiración por él. Recordaba que Darío y él a veces se escondían para espiarlo. Era un tipo alto y fornido, de pelo gris, mandíbula cuadrada y nariz ancha y chata. Alfie nunca había sabido decir qué edad tenía, pero parecía mayor y sus ojos, pequeños y algo hundidos, tenían el mismo color que el mar en los días de calma. Al chico siempre le había parecido valiente y peligroso y se estremeció un poco cuando el tío Ricardo le comunicó que iba a presentárselo.
Ansioso por hablar con ese hombre cuanto antes, se dejó guiar a través de los muelles hasta llegar hasta el barco de Pinzón. Era un buque enorme y de aspecto poderoso y Alfie fantaseó con su vida a bordo. No podía imaginarse nada mejor.
—¡Eh, amigo! —Ricardo acababa de alzar la voz para llamar la atención de un tipo que se dedicaba a limpiar la cubierta—. ¿Puedes decirle a Pinzón que Vallejo quiere hablar con él?
El tipo entornó los ojos y consultó la hora.
—Es tardísimo. Al capitán no le gusta que le molesten.
—Tú dile que estoy aquí y ya verás como viene.
El hombre gruñó algo, pero fue a buscar a su superior.
—¿Pinzón vive en el barco?
—Eso tengo entendido, sí.
—Debe ser genial.
—Yo prefiero mantener los pies en la tierra, muchas gracias.
Alfie soltó un resoplido de risa y fue con su tío hasta la cubierta del barco. Debía conocer muy bien al capitán para tomarse semejantes libertades.
—¡Maldito cabrón! —La voz rasposa sonó a su derecha y Alfie retrocedió instintivamente un paso cuando vio a Pinzón. Seguía siendo tan enorme como lo recordaba—. ¿No tenías otro momento para venir de visita?
—Yo también me alegro de verte, Amador —Ricardo estrechó la mano del marinero y Alfie encontró realmente curioso el nombre de pila del capitán Pinzón—. Me han dicho que tuviste suerte durante tu último viaje a las Bermudas.
—¡Oh, sí! Hubo un par de problemillas con la fauna autóctona, pero al final obtuvimos un resultado de lo más satisfactorio —Pinzón miró directamente a Alfie y entornó los ojos—. No me digas que este es tu chaval.
—Es mi sobrino. Se llama Alfred.
—Alfred. Uno de nuestros refugiados.
—Podría decirse que sí.
Se hizo el silencio. Alfie se dio cuenta de que esos dos hombres no necesitaban hablar para rememorar los viejos tiempos y se preguntó si a él alguna vez le pasaría lo mismo con alguien, si llegaría a conocer lo suficiente a otra persona como para comunicarse sin palabras. A veces le pasaba con Darío, pero era evidente que las experiencias compartidas por Pinzón y Vallejo se salían de lo común.
—Ya decía yo que Darío no podía haber cambiado tanto. Pero dime, ¿qué hace aquí?
Ricardo miró a Alf, obviamente esperando a que fuera él quién respondiera a esa pregunta.
—Quiero hacerme marinero.
Amador Pinzón le escrutó minuciosamente y durante tanto tiempo que Alfie no pudo evitar ponerse nervioso.
—Y yo quiero diez millones de euros en mi cuenta corriente. Lamentablemente, no podemos tenerlo todo.
—Estoy hablando en serio —Espetó Alfie. El tono del capitán no le gustó ni un poco.
—Ya veo —Pinzón se acercó un poco más a él y puso los brazos en jarra—. Dime, chaval, ¿cuántos años tienes?
—Cumpliré diecisiete en agosto.
—Supongo que ni siquiera has terminado tus estudios mágicos, ¿cierto? —Alfie tuvo que negar con la cabeza—. Y eres menor de edad. Pues me temo que no acepto menores en mi tripulación.
—Ya tengo edad legal para trabajar.
—Puede, pero no tienes los estudios mágicos.
—¿Y para qué los necesito? No hace falta saber demasiado para limpiar una cubierta.
Alfie miró de reojo al tipo que les había recibido antes. Había retomado su labor unos metros más allá y se envaró cuando escuchó las palabras del chico. Pinzón soltó una risita y miró a Vallejo con cierta condescendencia.
—Nos ha salido respondón el chaval, ¿verdad? —Ricardo se limitó a encogerse de hombros—. Escucha bien lo que voy a decirte, Alfred. Ahí donde lo ves, Chicote es capaz de derrotar al duelista más experimentado —El chico alzó una ceja, sin dar mucho crédito a esas palabras—. Los viajes que realizamos en este barco no son de placer. No nos dedicamos a tomar el sol en cubierta mientras navegamos por aguas tranquilas y cristalinas. Ese no es nuestro estilo.
—¿Y cuál es su estilo?
Pinzón sonrió y volvió a mirar a Vallejo, quien asintió casi imperceptiblemente.
—Acabamos de regresar del famoso Triángulo de las Bermudas. Los muggles creen que es un sitio maldito y no andan muy desencaminados porque allí habitan monstruos marinos que no se encuentran en ningún otro lugar del mundo. ¿Piensas que cualquier mago del montón podría lidiar con ellos? Pues no, señorito. Para enfrentarse a esas criaturas hace falta estar preparado y yo no acepto en mi tripulación a nadie que no lo esté. Cuando estás en alta mar, con un calamar gigante a punto de devorar el barco entero, necesitas tener la certeza de que todos tus hombres están preparados para enfrentarse a él. No necesitamos eslabones débiles. No los queremos.
Alfie parpadeó. Había escuchado el pequeño relato con fascinación y de inmediato se imaginó cómo sería vivir todas aquellas aventuras. Las palabras se le escaparon solas.
—¿Qué tengo que hacer para ser aceptado?
—Por el momento, termina tus estudios mágicos —Pinzón le dio una fuerte palmada entre los hombros—. Cuando lo hagas, ven por aquí y ya veremos qué pasa.
Alfie asintió y por primera vez desde que supo que sus notas eran pésimas, se arrepintió de no haber estudiado más. Sin embargo, ahora que tenía claro lo que debía hacer para cumplir su sueño, no pensaba perder ni un segundo de su tiempo.
—Vallejo —Pinzón pareció tomar la decisión de ignorar al chico—. Tenéis dos opciones: o venís a cenar a mi camarote u os largáis. Estoy hambriento.
—Será mejor que volvamos a Madrid. Alfie se fue sin avisar.
—¡Oh! Respondón y rebelde. Mala combinación para ser un buen marinero —El capitán hizo un gesto y Alfie tuvo que reírse—. Como quieras, Ricardo. Y ahora, largo de aquí.
El brujo se rió y se llevó a Alfie del barco. Pinzón no era el hombre más educado del mundo, pero resultaba del todo fascinante.
—¿Crees que me aceptará en la tripulación? —Preguntó Alfie mientras paseaban por el muelle.
—Ya has oído las condiciones. Para averiguarlo, tienes que aprobar.
—Y tú no podrías, ya sabes, ¿echarme una mano?
Ricardo alzó una ceja, sorprendido, y después negó con la cabeza.
—Si piensas que ejerzo alguna clase de influencia sobre Pinzón, estás muy equivocado.
—Pero sois amigos y, además, el puerto es tuyo. ¿No puedes convencerle?
—Lamentablemente para ti, no puedo. Si quieres ser uno de sus hombres, tienes que ganártelo por méritos propios.
Alfie supuso que eso era lo correcto, pero no hubiera estado nada mal que el tío Ricardo se mostrara más dispuesto a ayudarle. Aunque tampoco le extrañaba porque normalmente siempre dejaba que Darío se sacara sus propias castañas del fuego. Tenía influencia y dinero suficientes para facilitarle las cosas a su hijo, pero nunca lo hacía. Darío no quería que lo hiciera.
—Entonces tendré que ponerme a estudiar.
—Eso parece.
—Pues vaya rollo.
—Si le mandas un mensaje a Darío ahora mismo, seguro que te echa un cable.
Alfie asintió. Su primo siempre se quejaba de que era un vago y muchas veces amenazaba con dejarle en la estacada académicamente hablando, pero al final siempre le ayudaba. Alfie sabía que aprobar el curso no sería una tarea fácil, pero no pensaba seguir como hasta ahora. Iba a aprobar como que se llamaba Alfred Cattermole. Iba a demostrarle a su madre que era tan válido como cualquiera de sus hermanas.
Y pensando en su madre, la perspectiva de volver a casa le hizo angustiarse bastante.
—¿Crees que a Clara le importará que duerma esta noche con Darío? —Preguntó con suavidad. No se le olvidaba la discusión mantenida unas horas antes y el final tan abrupto que tuvo.
—No estarás pensando en no volverte a casa conmigo —Ricardo sonó realmente severo por primera vez en toda la noche.
—Seguro que mi madre está muy cabreada y no me apetece discutir con ella otra vez.
—¿Y crees que mañana estará más tranquila? Cuanto antes la enfrentes, mejor.
—Pero es que…
—¿Qué?
—Ella me ha… —Alfie se sentía avergonzado. No había sido agradable recibir la bofetada.
—Sé perfectamente lo que ha pasado, Alfred.
—¿Y a ti te parece normal?
—¿Qué?
—Pues que me haya pegado.
Ricardo se detuvo y miró de frente al muchacho. Era demasiado impetuoso y a veces le costaba un poco medir las consecuencias de sus actos, pero en esencia era un buen chico y Ricardo sabía que no tardaría en entrar en razón.
—¿Por qué te ha pegado?
Alfie iba a decirle que no debería justificar a su madre, pero entonces recordó las palabras que le había dedicado y se puso rojo como un tomate. Ricardo le pasó un brazo por los hombros y le sonrió.
—Si crees que estarás más tranquilo, te acompañaré a casa para explicarles a tus padres lo que has hablado con Pinzón, ¿te parece bien? —El chico asintió—. Pues desaparezcámonos, entonces.
Dicho y hecho. Ricardo los llevó a ambos a su casa en Madrid y juntos les hablaron a los Cattermole de Amador Pinzón y de los planes de futuro de Alfie. A Mary no le hizo mucha gracia que su hijo fuera a embarcarse en viajes tan peligrosos, pero en el fondo le alegraba que hubiera encontrado al fin una motivación. Siempre había tenido muy claro que Alf no era ningún tonto, que lo único que necesitaba era tener un sueño y lo había conseguido. Seguro que a partir de entonces todo iría mucho mejor.
