HISTORIAS DE QUIDDITCH IV


Campo del Herensuge de Navarra. Enero de 2006.

El equipo retomó los entrenamientos el dos de enero, después de unas pequeñas vacaciones navideñas. Alina normalmente disfrutaba muchísimo de días como aquel, cuando se reencontraba con sus compañeros y retomaba su actividad profesional, pero ese año era distinto porque estaba muerta de preocupación. Aunque había intentado ponerse en contacto con María Belmonte en varias ocasiones, la joven buscadora había desaparecido de la faz de la tierra y no pudo tratar con ella el importantísimo asunto de su embarazo. Alina se preguntaba si su compañera habría tomado ya una decisión y por eso fue en su busca aún antes de que empezaran los entrenamientos.

La encontró frente a su taquilla, preparándose para ataviarse con la ropa deportiva. Sin más preámbulos, se plantó junto a ella y procuró hablar lo más discretamente que le fue posible.

—María, al fin podemos hablar.

La chica le dirigió una mirada de pocos amigos y no sonrió ni se mostró tan amable como acostumbraba a ser.

—¿Qué quieres? —Espetó tirando con brusquedad de sus guantes de cuero.

—¿Cómo que qué quiero? Tenemos una conversación pendiente —María pareció dispuesta a protestar, pero finalmente se limitó a apretar los dientes—. ¿Cómo estás?

—Muy bien, gracias.

—¿De verdad? ¿Has ido a ver a un sanador? —María negó con la cabeza y Alina se sintió casi indignada—. Pues deberías hacerlo cuanto antes. Lo sabes, ¿verdad? —La chica no movió un músculo en esa ocasión. Alina se daba cuenta de que no le apetecía nada hablar sobre aquello, pero el asunto era demasiado grave como para pasar de puntillas sobre él—. ¿Has hablado con McLaggen? —Ante su silencio, se vio obligada a cogerla del brazo—. ¿Se lo has dicho?

María la sorprendió revolviéndose con fiereza. Tenía los ojos enrojecidos, como si llevara varios días sin dormir, y era evidente que no lo estaba pasando precisamente bien.

—Déjame en paz, Alina. No debí contarte nada.

—Pues lo hiciste y ahora necesito saber qué decisión has tomado al respecto.

—No necesitas saber nada. Es mi problema y ya veré como lo resuelvo.

Tras decir eso, María procedió a cambiarse de ropa. O a intentarlo al menos, porque Alina la detuvo con cierta brusquedad.

—¿Qué crees que estás haciendo?

—Preparándome para entrenar.

—No puedes entrenar.

—¿Por qué no?

—¡María!

La chica era lo suficientemente terca como para rehuirla y Alina se dijo que tendría que hacer uso de la fuerza bruta porque no iba a consentir que esa inconsciente se pusiera en peligro de aquella manera. Si no lo hizo fue porque Guillermo Suárez acababa de llegar y las estaba mirando con cara rara.

—¡Feliz Año, chicas! —Dijo al cabo de un instante, simulando que no había visto nada—. ¿Qué tal?

María le ignoró por completo y aprovechó para ir a cambiarse. Alina, que aún no daba crédito a su comportamiento, tardó un instante en reaccionar. Cuando lo hizo, Guillermo ya estaba a su lado, dándole un par de golpecitos suaves en el hombro.

—¡Ey! ¿Ha pasado algo? Parecía que estabais discutiendo.

Alina sabía que desahogarse con Guillermo sería un error, que María había confiado en ella y debía esperar cierta discreción por su parte, pero simplemente no pudo quedarse callada porque la actitud de su buscadora era un auténtico despropósito. Y confiaba en ese hombre, eso por descontado. Durante las vacaciones, se habían visto un par de veces y se lo habían pasado en grande. Alina era consciente de que Suárez le gustaba y de que eso era tan inconveniente como irse de la lengua con el problema de María, pero a esas alturas ninguna de las dos cosas le importaba. Posiblemente terminaría pasándolo mal, pero lo consideraba inevitable.

—Esta chica se ha vuelto loca, Guille. No podemos dejar que se suba en la escoba.

—¿Por qué no?

Alina miró a su alrededor porque sí, confiaba en Suárez, pero no quería que todo el vestuario se enterara de lo que estaba pasando. No por el momento.

—No se lo puedes decir a nadie.

—¡Claro que no!

—María vino a verme en casa estas Navidades y me confesó que está embarazada.

Guillermo se quedó muy quieto y luego parpadeó velozmente. Cuando habló, le salió voz de pito.

—¿QUÉ?

—Como lo oyes. Está embarazada y no podemos dejar que ponga en riesgo su salud entrenándose con nosotros.

—Pero. ¿Cómo? El padre… ¿McLaggen? —Alina asintió—. ¡Oh, joder! ¡Qué marrón!

—Ya te digo. Y precisamente por eso tengo que ir a hablar con la entrenadora ahora mismo. Si María es incapaz de medir las consecuencias de sus actos, yo lo haré en su lugar.

Alina se dispuso a abandonar el vestuario, pero Guillermo la detuvo. Se sentía un poco mejor después de compartir con él sus preocupaciones, pero ni siquiera se había tomado la molestia de escuchar al brujo y él tenía algo que decir al respecto.

—No puedes hacer eso, Alina.

—¿Cómo que no?

—No, escúchame. María confió en ti. No puedes traicionarla e irle con el cuento a De Lebrón.

—¡Pero, Guille! ¿Te estás escuchando? Subirse en una escoba mientras se está embarazada supone un riesgo grandísimo. ¡Podría pasarle algo!

—Lo sé, lo sé, pero María es mayor de edad y es ella la que tiene que tomar esa decisión, no tú.

Alina apretó los dientes. Ella sabía mucho de irresponsabilidades porque había cometido muchas durante su adolescencia. Siempre había atacado a aquellos que quisieron ayudarla y sabía que Guillermo tenía razón y que María se sentiría traicionada si la delataba, pero no se trataba de ocultar una chiquillada, sino de la salud de una compañera. Y también la de un bebé que aún no había nacido.

—Tengo que hacerlo, Guille. Sé que se enfadará conmigo, pero no puedo consentir que le pase nada.

Suárez quiso replicar algo, pero finalmente sólo agitó la cabeza. Aunque no estaba de acuerdo con Alina, le dirigió una mirada de apoyo y la dejó marchar en busca de Ana de Lebrón. Algo le decía que las cosas iban a ponerse muy feas, pero le alegró que Alina Bennasar mostrara ese grado de preocupación por sus compañeros de equipo. La convertía en una persona única.


Ana de Lebrón se puso pálida como un muerto y le dijo que tomaría cartas en el asunto. Y lo hizo rápidamente, porque durante ese día alegó que María no podría entrenar porque durante su último examen médico habían aparecido un par de cosas que le impedían hacerlo. A todos les extrañó un poco el susodicho examen porque llevaban desde principios de temporada sin someterse a uno, pero María le siguió el rollo a la entrenadora. Alina se sintió muy aliviada y no le extrañó nada que la buscadora saltara sobre ella en cuanto puso un pie fuera del vestuario, después de un entrenamiento intensivo.

—¡Se lo has dicho! ¿Cómo has podido hacerme esto?

—Lo he hecho porque estoy muy preocupada por ti, María. Sé que ahora mismo estás muy enfadada conmigo y no me importa porque más tarde o más temprano te darás cuenta de que te he hecho un favor y me darás las gracias.

María la miró con resentimiento y apretó los puños como si quisiera pegarle, pero ni siquiera le levantó la mano.

—A partir de ahora tú y yo ya no somos amigas, Bennasar. Eres una traidora de mierda y no quiero que vuelvas a dirigirme la palabra jamás.

Alina quiso decirle que eso sería imposible porque trabajaban juntas, pero se mordió la lengua y dejó que la chica se fuera, consciente de que era lo mejor. A pesar de que no se arrepentía de sus acciones, se sentía bastante entristecida y le alegró muchísimo que Guillermo acudiera al rescate.

—¡Venga, Alina! Te invito a casa a comer. Todavía tengo guardado el guiso de ternera que preparó mi madre para el día de Año Nuevo.

Obviamente, la joven bruja no se hizo de rogar y no tardó en encontrarse en el apartamento de su compañero. Se sentó en el sofá y procuró poner en orden sus pensamientos. Odiaba cuando las cosas no salían bien, pero nunca rehuía los problemas.

—María estaba hecha una furia —Comentó él mientras le hacía entrega de una cerveza—. Yo no haría mucho caso de lo que te ha dicho antes. Seguro que se arrepiente en cuanto se le pase el mosqueo.

—Eso espero. Quiero que entienda que lo he hecho todo por su bien.

—Lo hará. Esa chica es más lista de lo que parece. Incluso aunque se haya enrollado con el imbécil de McLaggen.

Alina soltó una risita y agitó la cabeza. Había estado tan preocupada por María que durante aquella mañana apenas le había prestado atención al guardián. Ignoraba si la chica ya le había contado lo de su embarazo y ciertamente se moría de ganas de saber algo más sobre él.

—Va armarse una buena —Guillermo siguió hablando—. Más tarde o más temprano la noticia se filtrará a la prensa y el escándalo nos va a alcanzar a todos.

—Eso no es lo que importa ahora. La única que debe preocuparnos es María. Cuando me confesó que está embarazada, me dijo que aún no estaba segura de querer seguir adelante con ello.

—¿Se ha planteado la opción del aborto?

—Supongo que sí. Yo le dije que hablara con McLaggen y le pidiera ayuda, pero ni siquiera sé si se lo ha contado. Se me cerró en banda incluso antes de que fuera a hablar con la entrenadora.

—Tal vez se deba a que sí se lo ha contado a McLaggen y él la ha decepcionado. Si está enfadada, lo pagará con el primero que se cruce en su camino.

Alina se quedó callada un instante y se bebió media cerveza prácticamente de un trago.

—Me gustaría conocer un poco más a McLaggen para saber cómo actuará en estas circunstancias. Sé que cualquiera de los otros chicos del equipo actuaría con responsabilidad.

—¿Incluso yo?

—Estoy hablando en serio, Guille. McLaggen es un misterio.

—Y eso te saca de quicio. No poder controlar la situación fuera del campo de quidditch.

—No se trata de eso. Estoy muy preocupada.

—Lo sé, Alina —Guillermo le apretó afectuosamente la rodilla. Ella se estremeció notablemente—. Pero lo único que podemos hacer en este momento es esperar. Ya has puesto sobre aviso a la entrenadora y María no volverá a los entrenamientos hasta que no se aclare la situación. Decida lo que decida, tú has cumplido con tu parte con creces.

Alina asintió. Las palabras de su compañera aún dolían un poco, pero seguía sintiéndose segura de haber hecho lo mejor. Guillermo le dio una nueva palmadita y se puso en pie con una sonrisa.

—Voy a ir poniendo la carne a calentar. ¿Te parece bien?

—Estoy hambrienta.

—Espérate aquí si quieres.

Alina asintió. Se acomodó un poco mejor en el sofá, apuró la cerveza y escuchó a Suárez mientras trajinaba en la cocina. Estaba un tanto ensimismada en sus pensamientos cuando la llegada de una pequeña bolita azul cielo la trajo de vuelta a la realidad. Triki acababa de llegar rodando hasta sus pies y la miraba desde el suelo con ojos inquisitivos. Alina tuvo la sensación de que se estaba preparando para el ataque, pero en lugar de eso, el animalito saltó a su regazo y se acurrucó entre sus brazos. Sorprendida, la joven enarcó las cejas y sonrió.

—¡Vaya! Hola, Triki. Ya veo que estás bien.

En puffskein la miró nuevamente y Alina pensó que quería que lo acariciara, así que empezó a deslizar sus manos sobre el suave pelaje de la criatura mágica. Resultaba realmente agradable al tacto y no pudo contener una risita tonta cuando Triki emitió algo que se parecía sospechosamente al ronroneo de un gato. Aunque había tenido muchas oportunidades para relacionarse con el puffskein, éste nunca se había mostrado en absoluto afectuoso con ella.

—Lo veo y no lo creo —Y, a juzgar por su expresión, Guillermo Suárez estaba genuinamente sorprendido—. Así que ésta sí que te cae bien, ¿cierto, bribón?

Triki ignoró a su dueño. Alina se rió y se sintió extrañamente especial porque sabía que ese puffskein era un poco huraño con casi todo el mundo. Las únicas excepciones parecían ser Guille y ahora ella. Por norma general, Triki solía ser bastante cabroncete con las amistades de su amo y más de uno podría dar fe de ello. Sobre todo la ominosa ex de su colega de profesión.

—A que sé lo que estás pensando —Dijo Suárez con una sonrisa—. Y no, no es en María.

—¿No? ¿En qué crees que pienso?

—Te estás arrepintiendo de no haber tenido un puffskein cuando eras pequeña. ¡Fíjate que mono es Triki cuando no está haciéndole la puñeta a nadie!

Alina soltó una carcajada y le dio la razón a su compañero. Le agradecía muchísimo que intentara hacer que se sintiera mejor. Además, Guille estaba guapísimo cuando se reía y a Alina le dieron ganas de ser tan afectuosa con él como Triki lo era con ella. Por suerte, no llegó a hacer ninguna tontería.

—Vale, me has pillado. Reconozco que tener un puffskein tiene sus ventajas. De hecho, creo que voy a comprarles uno a mis sobrinos. Son un poco pequeñitos todavía, pero estoy segura de que les hará bien.

—¡Genial! Si quieres te acompaño a la tienda a escoger al adecuado. Lamentablemente, no tienes mucha experiencia tratando con puffskeins.

—No creo que sean bichos demasiado complicados —Triki se removió un poco y a Alina le pareció que había un poco de reproche en sus ojillos. Tuvo que resoplar, fascinada por el comportamiento del animalito—. O tal vez esté equivocada. Triki no parece fácil de contentar.

—Sí, pobrecillo Triki —Guillermo se puso un poco más serio—. ¿Te he contado alguna vez que cuando lo compré nadie lo quería? Nació enfermo y casi no tenía pelo y a ningún niño le llamaba la atención. Estaba solito en una caja, diminuto y pelón, y me miró con esos ojillos tristes y no pude resistirme. El vendedor flipó cuando le dije que me lo quería llevar. Comentó algo de que seguramente se me moriría en unos días, pero ya ves que Triki está hecho todo un luchador.

Alina miró al puffskein con renovado interés. Seguía cómodamente repantingado en su regazo y no parecía tener ganas de moverse de allí. La historia de Suárez la llevó a comprender que, pese a su aspecto un poco rudo y su lenguaje brusco, Guillermo era un tipo con una buena cantidad de sentimientos positivos.

—Se le ve muy contento de estar aquí.

—Sí, yo diría que lo está —Guillermo la miró con cara rara un instante, pero Alina no acertó a suponer por qué—. Por desgracia para él, es la hora de la comida. Triki, vuelve a tu caja. Vamos.

Suárez no esperó a que el bicho le obedeciera. Lo cogió con una mano y lo llevó hasta su hogar de paredes de cartón y suelo de calcetines, pero Alina tuvo la sensación de que no aguantaría mucho tiempo allí. Triki era un puffskein rebelde. Tras asegurarse de que su mascota estaba a buen recaudo, Guillermo la invitó a ir a la cocina y se dispusieron a disfrutar de una buena comida. La madre del brujo debía ser una espléndida cocinera puesto que la carne estaba deliciosa.

—¡Está riquísima! Me vas a tener que poner en contacto con tu madre para felicitarla.

—No lo hagas. Sólo conseguirías que su ego aumente y te aseguro que ya está bastante por las nubes.

—No me lo creo.

—Mi madre sabe que cocina muy bien y no se cansa de repetirlo una y otra vez. Y otra. Y otra.

—¡Venga, Guille! No te quejes, hombre. Seguro que lo que más echas de menos desde que te largaste de casa son, precisamente, los guisos de tu madre.

—Tienes toda la razón.

—En casa tenemos contratada a una bruja que nos ayuda con la limpieza y se encarga de las comidas. Recuerdo que cuando era pequeña, mi madre cocinaba cada vez que podía.

Ofreció la información con naturalidad. Casi nunca hablaba de su madre porque aún la extrañaba muchísimo, pero con Guillermo se sentía lo suficientemente cómoda como para sacar el tema. Todo el mundo sabía quién fue Fátima Vidal y en qué circunstancias había muerto y su compañero asintió. A Alina no le gustó ver cómo la lástima pasaba fugazmente por su mirada, pero ya estaba acostumbrada.

—Así que es verdad. Sigues viviendo en casa de tu padre —Comentó él con ligereza, comprendiendo que tal vez no sería adecuado hurgar demasiado en las viejas heridas de la Alina huérfana.

—Aunque no parezca propio de una mujer de mi edad, sí que vivo en casa de mi padre.

—¿Y no has pensado en mudarte? No puedes escudarte en la falta de ingresos económicos, ¿no te parece?

—No es por eso. Nunca podría dejar mi casa. Es muy especial para nosotros.

—¿Vosotros?

—Mi padre, mi hermano y yo.

—Pero si Nasir lleva años viviendo en Canarias.

—Eso no significa que no desee regresar a la casa —Guillermo la miró como si no pudiera comprender lo que le estaba diciendo—. Es un lugar muy especial para nosotros. Pertenece a la familia desde hace siglos y podría contarte un montón de historias sobre nuestros antepasados. Te aseguro que te quedarías alucinado con la mayoría.

—Acabo de caer en la cuenta de que los Bennasar realmente sois de magia muy antigua.

—Nuestros antepasados llegaron con los primeros invasores musulmanes. No conservamos demasiados datos sobre ellos en realidad, pero en nuestros libros más antiguos existen algunas referencias.

—¡Vaya! —Guillermo soltó una especie de silbidito—. Debe ser interesante leer esos libros.

—Reconozco que hace relativamente poco tiempo que he empezado a disfrutar de ellos. Cuando Nasir y yo éramos pequeños, mi padre intentaba convencernos para que conociéramos la historia familiar, pero a ninguno de los dos nos gustaba demasiado. Hace cosa de un año, decidí empezar a echarles un vistazo y estoy fascinada con todas las hazañas de mis ancestros.

—Deben ser muchos.

—Y hemos tenido de todo en la familia, te lo aseguro. Desde filántropos a auténticos psicópatas.

—¿Psicópatas? ¡Anda ya!

—¡Oh, Guille! Había muchos locos cortando cabezas durante la Reconquista, que te lo digo yo.

Suárez parpadeó. Tenía una expresión extraña y Alina se preguntó qué estaría pensando. Finalmente, sonrió y se encogió de hombros.

—Y a mí que me parece complicado el árbol genealógico de mi familia. El tuyo debe ser inmensamente grande.

—Tal vez algún día te enseñe los libros de familia. Mi padre me contó una vez que su bisabuelo viajó en cierta ocasión a Inglaterra y conoció a una estirpe de brujos de linaje antiguo que tenían el árbol genealógico representado en un tapiz. Intentó imitarlo, pero pronto se quedó sin espacio en las paredes y mi bisabuela le convenció para que dejara aparcado el proyecto. Por lo visto, se llevó un gran disgusto, pero finalmente claudicó y se conformó con poner en orden toda la información recogida en los libros antiguos.

—¡Vaya! No puedo decir que sea un enamorado de la historia, pero has conseguido despertar mi curiosidad. Si estás dispuesta a enseñarme esos libros, yo estoy dispuesto a verlos.

—Y de paso podrías conocer mi casa y comprender por qué es tan especial. ¿Te he dicho alguna vez que se construyó en el siglo XII? Se le han hecho algunos arreglillos, pero conserva la esencia de entonces. Estoy segura de que te encantará y no volverás a lanzarme pullitas por seguir viviendo con mi padre.

Guillermo se rió y extendió una mano para sellar aquella especie de trato. Alina se la estrechó con energía y le invitó a visitar Toledo después del partido del fin de semana. Él no tardó ni un instante en aceptar.


Quería seguir un poco más, pero también me apetece actualizar y ya llevo escritas un montón de palabras, así que voy a dejar un trocito más de la historia de Alina (y Guillermo). Mi cabeza se ha llenado de antepasados Bennasar y, aunque necesito perfilar muchas cosas, tal vez les haga su huequecito en la historia, jeje. ¡Es que han sido tantos y desde hace tanto tiempo!

Pues nada, que espero que sigáis leyendo y que ya sabéis lo que hay que hacer para dejar vuestras impresiones. Besetes y hasta el próximo.