HISTORIAS DE QUIDDITCH VIII
Toledo. Unos días después.
Alina descubrió a su padre ajustando algunos de los hechizos más antiguos de la casa. Era algo que hacía habitualmente cuando iban a recibir por primera vez a algún nuevo invitado. En el pasado, la magia de la casa se había mostrado un poco hostil con los desconocidos y Alina le había hecho saber a su progenitor que no le apetecía que Guillermo terminara con orejas de burro o algo mucho peor. Omar se había reído, pero también había prometido que se aseguraría de que no hubiera ningún problema.
—Esto ya está —Dijo al cabo de un rato, guardando la varita. A simple vista nada había cambiado, pero Alina podía sentir como la magia ancestral se recolocaba a su alrededor. Tenía todo el vello de punta y sintió un escalofrío un tanto extraño—. Deberías aprender a hacerlo tú misma, Alina.
—¿Por qué? Tú eres el dueño oficial de la casa y la magia responderá mejor ante ti que ante Nasir o yo.
—Por el momento. Sin embargo, ya sois mayorcitos y yo no viviré eternamente. Si mañana me pasase algo, podríais tener algunos problemas.
—¿Y qué va a pasarte, si se puede saber?
—¿Quién sabe? El destino es impredecible y practicar magia no es un juego de niños. Un hechizo mal ejecutado y se acabó.
Alina frunció el ceño. No le gustaba nada esa conversación. Sabía que su padre tenía razón y que Nasir y ella necesitaban estar preparados para cuando su progenitor no estuviera, pero ni se le pasaba por la cabeza la idea de que tal cosa pudiera ocurrir en un corto espacio de tiempo.
—Como si tú no fueras el brujo más prudente del mundo mágico. He visto cómo te preparas antes de conjurar algo y no creo que vayas a sufrir ningún accidente, la verdad.
Omar se rió. Ciertamente su hija tenía razón. Desde niño había sentido muchísimo respeto por la magia y nunca había lanzado un hechizo sin pensar seriamente en las consecuencias y sin asegurarse de que estaría bien realizado. Su hermano, en cambio, siempre fue un brujo de lo más impetuoso. Audaz y aventurero, siempre supo que quería ser inefable. Omar estaba seguro de que hubiera sido uno de los mejores si no hubiese fallecido tantos años antes.
—Tú misma lo has dicho, hija. Soy prudente. Esta casa está protegida por hechizos muy antiguos y quiero que empieces a conocer todos y cada uno de ellos. Me gustaría mostrártelos lo antes posible.
—Te estás poniendo un poco pesado, ¿lo sabes? Además, debería ser Nasir el primero en conocer la magia de la casa. Es el mayor y el supuesto heredero.
—Algo me dice que tu hermano no se establecerá aquí.
—¡Pero si le encanta venir!
—Ya, pero también le encantan las Canarias. Y a su mujer, que es la que más tiene que decir al respecto.
Alina tuvo que reírse porque sabía que su padre tenía toda la razón. Nasir quería un montón a Marta y era capaz de hacer cualquier cosa por ella.
—Siempre tuve la sensación de que tu hermano se sentía prisionero viviendo en Toledo —Omar siguió hablando—. Desde pequeño le notaba que le faltaba algo para ser feliz. Creo que por eso era tan rebelde. En Canarias puede presumir de su talento para la astronomía y su familia está creciendo allí. A veces le echo de menos y me gustaría pasar más tiempo con mis nietos, pero estoy convencido de que su lugar está en las islas —Hizo una pausa y miró a su hija a los ojos—. Y el tuyo está aquí.
—¿No te parece que yo me sienta atrapada aquí?
—No desde que te saliste con la tuya y empezaste con esa tontería del quidditch.
—¡Oh, papá! ¿Todavía insistes con eso?
Alina sabía que el brujo estaba bromeando. Si bien se había mostrado muy reacio al principio, ahora se sentía muy orgulloso de las cualidades deportivas de su hija. Alina se parecía muchísimo a su madre y a Omar le gustaba verla tan feliz, pero deseaba de todo corazón que su destino no fuera similar al de Fátima. Se veía incapaz de soportarlo.
—Ya sabes que pienso al respecto —Gruñó él, pero sin muchas ganas—. ¿Cuándo llega ese amigo tuyo?
—Hemos quedado a las seis. No debe tardar.
—¿Y cómo dices que se llama?
—No te hagas el tonto, papá. Sabes perfectamente quién es Guille.
—Pero aún no me lo has presentado.
—No ha surgido la ocasión.
—¿Se trata de alguien especial?
—¿Especial? —La mirada un tanto pícara del brujo la hizo ruborizarse como si tuviera quince años—. ¡Papá!
—¿Qué ocurre, Alina?
—¿Cómo me puedes preguntar algo así?
—Quiero saber un poco más sobre mi invitado, sólo eso.
Alina no daba crédito. Omar Bennasar era el hombre más serio y discreto de todo el mundo y no podía creerse que estuviera intentado sonsacarle esa clase de información. Si por algo siempre había echado muchísimo de menos a su madre, era porque le hubiera gustado tener a alguien a quién confiarle ciertas cosas y hacerle ciertas preguntas. Su padre nunca fue ese alguien y le costaba un mundo tratar intimidades con él. Si es que Guillermo Suárez podía entrar en esa categoría.
—Pues no es especial. Es sólo un buen amigo que está interesado en conocer la casa. Sólo eso.
Alina tuvo la sensación de que su padre se estaba mordiendo la lengua. Le horrorizaba la idea de que él pudiera decirle que ya iba siendo hora de que encontrara a alguien especial, pero por suerte el brujo no insistió.
—De acuerdo entonces. Conozcamos a tu amigo.
Alina se sintió aliviada cuando el timbre sonó y se dio prisa por abrir la puerta. Podía sentir los pasos de su padre tras ella y se dijo que no era buena idea presentarle a Guillermo todavía. Recordó todas las veces en las que había llevado amigos a casa y su padre les había intimidado a base de preguntas y miradas que estaban totalmente fuera de lugar. Eso había sido en su adolescencia y Guille ya no era ningún niño, pero de todas formas no terminaba de fiarse.
Cuando abrió la puerta, descubrió a su compañero envuelto en un abrigo oscuro y con la cara medio tapada con una gruesa bufanda de lana. Ahí fuera hacía un frío que pelaba y a Alina incluso le pareció que tiritaba un poco.
—Hola, Guille. Pasa, que te estás quedando helado.
Él obedeció de inmediato y plantó sus pies en el ancestral suelo de piedra de la casa de los Bennasar. Alina quiso pedirle el abrigo, pero entonces ambos notaron como la magia se arremolinaba alrededor de Guille, como si estuviera dándole la bienvenida a un viejo amigo. El pobre brujo se quedó patidifuso, Alina abrió la boca sin saber qué decir y la voz de su padre resonó entre las paredes. Parecía genuinamente sorprendido.
—¡Vaya por Dios! —Exclamó, y no tardó nada en plantarse frente a Guillermo—. Soy Omar Bennasar. Es un placer recibirle en mi casa, señor Suárez.
Hizo una reverencia y le estrechó la mano. Guillermo, que aún estaba un poco confundido por lo acontecido un instante antes, apenas fue capaz de reaccionar.
—Gracias, señor. Soy Guillermo, compañero de su hija en el Herensuge.
—No soy un gran aficionado al quidditch, pero tengo entendido que eres un buen golpeador.
—Hago lo que puedo, señor.
—Por supuesto —Omar se las arregló para ayudarle con el abrigo—. Pase y póngase cómodo. ¿Le apetecería merendar antes de que Alina proceda a mostrarle los secretos de la casa?
Guillermo aceptó la invitación y Omar no dudó a la hora de llevarlo al saloncito cuyas ventanas daban a la calle. Si hiciera buen tiempo, hubiesen ido al patio a disfrutar de su ambiente agradable. Alina se dio cuenta de que su padre había escogido ese saloncito con mucho cuidado porque era cálido y acogedor. Recordaba que había sido el favorito de su madre y que muchas noches de invierno se habían reunido todos alrededor del fuego para escuchar los cuentos que Fátima narraba a media voz. Era un saloncito especial, del todo familiar, y Omar pocas veces llevaba a sus invitados allí.
Una vez sentados en los sillones que rodeaban la chimenea, Omar conjuró una bandeja con café y galletitas caseras. Alina estaba un poco sorprendida por su actitud. Por lo general, su padre era un anfitrión cortés y educado, pero en esa ocasión estaba siendo excepcionalmente amable con Guille y, aunque aún tardaría en ver sus sospechas confirmadas, estaba convencida de que el anterior comportamiento de la magia tenía mucho que ver con su actitud.
Durante más de media hora, Omar y Guillermo no dejaron de hablar. Tanto fue así que Alina incluso se sintió un poco desplazada. Guille le habló a su padre sobre sus intenciones futuras y Omar, que de niño había sentido bastante atracción por las criaturas mágicas, le escuchó con atención. Cuando finalmente acabaron con las galletas, el señor Bennasar decidió que era momento de dejarles solos.
—Tengo algunos asuntos que atender —Se excusó. Alina supuso que se encerraría en su despacho para leer un rato—. Siéntase en su casa, señor Suárez.
—Muchas gracias, señor.
Omar se retiró y Alina mantuvo los ojos entornados un instante. El comentario de su compañero la trajo de vuelta a la realidad.
—Tu padre es muy simpático. Me lo imaginaba de otra manera.
—¿De otra manera?
—Mucho menos accesible.
Alina no hizo ningún comentario respecto a la accesibilidad o falta de ella de su progenitor. Aún estaba un tanto desconcertada, aunque le alegraba que Guillermo siguiera allí. Se le veía muy relajado y dispuesto a hacer un tour turístico por la casa antigua de su amiga.
Recordaba que de niña su padre le había dicho que no podía llevar a sus amigos a ciertas partes de la casa porque estaban protegidas por una magia muy especial. Los sótanos, la buhardilla o la antigua sala de oración de sus ancestros musulmanes. Tanto Alina como Nasir habían aprendido la lección tras sendos sustos infantiles y, rebeldes y todo, aquella norma siempre la habían respetado. Por eso Omar había estado trabajando con los hechizos protectores, para facilitarle el acceso a Guille.
—¿Te apetece ver la parte más escalofriante de la casa? —Preguntó, ansiosa por dejar el tema de su padre atrás. Los ojos de Guillermo brillaron de emoción.
—Por supuesto.
—Pues vamos al sótano. Ya verás cuánto miedo da.
Alina sonrió porque a esas alturas el sótano era bastante habitable. A pesar de tener los techos muy bajos y de ser un sitio bastante húmedo cuando llegaba el invierno, a Alina le gustaba ir por allí de vez en cuando. Hizo un movimiento excesivamente teatral cuando abrió la puerta que llevaba al piso inferior y permitió que Guillermo comenzara a descender la escalera en primer lugar. Las paredes y el suelo seguían siendo de piedra, pero el abuelo de Alina lo había reformado todo cuando su padre era un crío. El hombre se había empeñado en instalar antorchas en las paredes que se encendían en cuanto los brujos pasaban junto a ellas. Al llegar abajo, Guille soltó una exclamación entre divertida y decepcionada.
—¿Una bodega?
—A mi padre le gustan mucho los vinos. Tiene algunos Reserva que son realmente valiosos. Le gusta traerse a sus amigos aquí para hacer catas y charlar.
—Ya. ¿Y dices que este sitio da miedo? ¿Tenéis algún coco escondido entre los sillones de la esquina?
Alina se rió ante el sarcasmo de su amigo y le dio una palmadita en el hombro.
—Hombre de poca fe. Ya verás lo que hay detrás de esa puerta.
Guillermo no la había visto pero, efectivamente, al fondo de la habitación, entre estanterías repletas de botellas de vino, había una puerta de hierro que tenía toda la pinta de ser muy vieja y pesada. Supuso que las cosas se pondrían muy interesantes entonces porque Alina sonreía abiertamente. Le sorprendió muchísimo encontrarse otra escalera.
—¿Otro nivel?
—Y a partir de aquí sí que no hay ninguna antorcha, así que prepara la varita.
Guillermo obedeció. Aquella nueva escalera era mucho más estrecha y empinada y estaba tan oscuro que se sintió un poco incómodo.
—¿Qué tenéis ahí abajo?
—No demasiadas cosas. Apenas lo utilizamos para nada. A Nasir y a mí nos gustaba ir a jugar, pero mi padre no quería que viniéramos y hechizó la puerta para que no pudiéramos bajar. Decía que era peligroso.
—¿Por qué?
Guillermo descubrió que ya no había más escalones y aumentó la intensidad de su lumus para ver dónde se encontraba. Se estremeció cuando descubrió un pasillo estrecho y, a ambos lados, puertas enrejadas.
—¿Te he dicho ya que mi familia tiene un pasado oscuro? —Alina hablaba con suma tranquilidad mientras recorría el pasillo con calma. Su objetivo era la puerta del fondo—. Algunos de ellos fueron personalidades importantes de la política y gozaron de cierto poder durante algún tiempo. Y como buenos hombres de guerra, tenían sus propias mazmorras.
—¡Oh!
—Muchas casas antiguas tenían sótanos parecidos al nuestro, pero ninguna familia ha sabido conservarlos como nosotros. A mi padre le gusta que tengamos muy presente nuestro pasado para no tener que repetirlo en el futuro —Ya habían llegado al final del pasillo y Alina se detuvo junto a la puerta. Guillermo observaba con cierto temor las celdas, que no eran más que agujeros pequeños en los que nadie podría vivir durante demasiado tiempo—. ¿Estás preparado para el plato fuerte?
—Supongo que sí.
Alina soltó una risita y abrió la puerta. Lo que Guille vio le hizo retroceder un paso.
—Y como en toda mazmorra que se precie, los Bennasar teníamos una sala de torturas perfectamente acondicionada. Por si era preciso interrogar a los prisioneros, ya sabes.
Guillermo se estremeció. Era un hombre valiente, por supuesto que sí, pero aquel sitio ponía los pelos de punta. Casi podía sentirse el sufrimiento de todos aquellos que habían padecido tormento entre esas cuatro paredes y se sintió consternado.
—¡Joder! Es horrible.
—Si te sirve de consuelo, hace siglos que nadie usa estos instrumentos.
—¿Para qué los conserváis entonces?
—Ya te lo dije, Guille. Necesitamos recordar quiénes fuimos para no cometer los mismos errores.
Guillermo asintió y se acercó un poco más al potro de torturas, estratégicamente colocado en el centro de la habitación. La pregunta que hizo a continuación le salió sola.
—¿Tenéis fantasmas?
Alina tardó tanto en responder que Guille pensó que se había molestado.
—Los tuvimos una vez, pero no todos los Bennasar hemos sido bastardos crueles. También tengo antepasados piadosos —La chica hizo una pausa, orgullosa de poder contar esa parte de su historia familiar—. Samira, una de mis antepasadas que vivió en el siglo XVII, dedicó gran parte de su vida a estudiar la Nigromancia. Según los libros familiares, por la casa rondaban tres fantasmas que fueron torturados en esta sala y fallecieron, ya te imaginarás bajo qué circunstancias —Guille apenas pudo asentir, fascinado como estaba—. Samira siempre sintió muchísima lástima por ellos. Eran almas perdidas que anhelaban poder seguir adelante, pero que no podían encontrar la forma de hacerlo. No ha trascendido cómo lo logró, pero sabemos con certeza que ayudó a los tres fantasmas a pasar al otro lado. Eso le costó la vida.
—¡Joder! —Guillermo repitió el improperio anterior, incapaz de decir nada más.
—Las mazmorras están protegidas con encantamientos especiales. Los magos que fueron torturados y no pudieron cruzar el velo se mantuvieron como fantasmas, pero las almas de los muggles no tuvieron tanta suerte y creemos que este sitio está contaminado por su presencia. En algunas ocasiones, la magia se comporta de forma rara y no solemos traer invitados porque se vuelve aún más inestable —Guillermo tuvo el impulso de salir corriendo, pero la tranquilidad de Alina le mantuvo atado al lugar—. Me gustaría investigar eso en el futuro y lograr devolver la paz a este lugar.
—¿Afecta al resto de la casa?
—Casi nunca. Los hechizos protectores son realmente poderosos. Mi padre se encarga personalmente de mantenerlos. Algún día, Nasir y yo seremos los encargados de asegurarse de que todo vaya bien.
—No parece una misión muy apetecible.
—No lo es, pero es nuestro deber. A veces me parece injusto que los pecados de nuestros ancestros aún nos persigan a nosotros, pero mi padre tiene razón en que enfrentarnos a ellos es nuestra responsabilidad como descendientes —Alina hizo una pausa y acarició unas cadenas que pendían del techo—. Mi tío Naím pasó mucho tiempo aquí, intentando arreglar las cosas. Y como él, muchos otros lo hicieron antes. Yo les sustituiré algún día.
—Te ofrecería mi ayuda si no tuviera tantas ganas de largarme.
—¡Oh, así que al final sí que te ha dado miedo!
Guillermo no necesitó responder. Un ruido chirriante inundó sus oídos y dio un salto de alarma, aproximándose a Alina tanto que prácticamente se quedó abrazado a ella. Fue uno de esos momentos raros que uno vive de vez en cuando. Se miraron a los ojos un instante y Alina se dijo que no le importaría nada poder besarle justo allí. Guille estaba más guapo que nunca con sus pupilas dilatadas por el miedo y parecía necesitar que alguien le estrechara entre sus brazos, pero sin duda sería un gran error. No podía hacerlo. No, señor.
Y justamente estaba pensando en todo aquello cuando Guille soltó un gruñido, la agarró por ambos lados de la cara y le plantó un beso en los labios. La mente se le quedó en blanco y las rodillas le fallaron un instante, hasta que el hombre la soltó y maldijo entre dientes.
—Mierda, Alina. Lo siento. No debí…
Pero ella no le dejó seguir protestando. Animada por lo ocurrido, se le agarró al cuello y se empinó un poco para poder seguir con el beso. A partir de ese momento, aquella mazmorra no sólo contaría historias de torturas y sufrimiento. Eso por descontado.
—Así que tu amigo ya se ha ido.
Alina se había quedado helada. Aún no tenía demasiado claro lo que había pasado en el sótano. Sólo sabía que Guillermo y ella se habían pasado allí más de una hora, besándose y acariciándose, y que habían tenido que contenerse para no darle al potro de torturas un uso de lo más placentero. Su padre parecía saber lo que había ocurrido y sonreía con cierta malicia.
—Se le estaba haciendo un poco tarde.
—Entiendo —Omar hizo una pausa muy breve—. Pero dime, Alina. ¿Le ha gustado el sótano?
—Lo ha encontrado muy interesante. Como todo el mundo.
Omar asintió y se cruzó de brazos.
—Me ha caído bien. Y a la casa también.
Y tras decir aquello, volvió a dejarla sola. Alina pensó un instante en sus palabras y tuvo que darle la razón. La magia del sótano a veces se comportaba de forma extraña y en ocasiones resultaba útil. Mucho.
Me ha gustado mucho escribir éste. Espero que os guste porque al fin habemus beso, que ya iba siendo hora. En el próximo, tendremos más de Alina y Guillermo y sabremos qué pasa con María. Hasta pronto y besetes.
