EN DEUDA

Este capítulo está dedicado especialmente a Sorg-esp. Tú ya sabes por qué, así que espero que lo disfrutes.


Barrio Mágico de Madrid. Agosto de 2008.

En cuanto regresó de sus vacaciones familiares en Marbella, Clara decidió que ya iba siendo hora de mantener una conversación con Amaia Vilamaior, la sanadora que, suponía, había ayudado a salvar la vida de Darío tantos años atrás. El sanador Ulloa, con el que aún mantenía contacto pese a todo el tiempo transcurrido, había insinuado en alguna ocasión que Amaia y su madre, la recientemente fallecida Sara Amatriaín, habían puesto su granito de arena para que Darío mejorara y, aunque Clara había insistido más de una vez en que fuera más claro, el hombre insistía en que sólo eran sospechas puesto que nadie le había confirmado nunca nada.

Pero a ella le bastaba con esa sospecha. Es más, consideraba que había dejado pasar demasiado tiempo y, puesto que ya era tarde para agradecer su ayuda a la señora Amatriaín, no pensaba dejar que le ocurriera lo mismo con su hija. Deseaba averiguar qué habían hecho para salvar la vida de Darío y agradecérselo. Porque tal vez no tuviera ninguna confirmación oficial, pero se sentía en deuda con aquellas mujeres y deseaba solucionar el asunto cuanto antes.

Por ese motivo se había puesto en contacto con la sanadora. Había escrito una carta y la había remitido a San Mateo. En la misiva, se presentaba y le pedía mantener una charla cuando ella lo considerara oportuno. Clara había pensado que la respuesta tardaría más en llegar porque la señora Amatriaín había muerto hacía pocas semanas y suponía que todos en la familia estarían deshechos, pero sólo dos días después Amaia Vilamaior se puso en contacto con ella y sugirió que La Floriana sería un buen lugar en el que verse.

Clara llegó muy puntual. Había dejado al pobre John al cargo de la tienda y, aunque algo le decía que su marido podría tener problemas si el local se le llenaba de clientes, pensaba dedicarle a la sanadora Vilamaior todo el tiempo que fuese necesario. Se acomodó en su mesa favorita, la que estaba junto a la ventana y en la que siempre terminaban sentados cuando llevaba a sus hijos a merendar, y no tuvo que esperar prácticamente nada. Conocía a Amaia Vilamaior desde que la atendió en el parto de Darío. Si alguna vez había tenido que ir a San Mateo, rara era la ocasión en la que no se cruzaba con ella por los pasillos. Además, era una clienta habitual de su tienda y Marga trabajaba algunas veces con ella. Clara se sintió ligeramente avergonzada por no haber quedado con la mujer mucho tiempo antes y se puso en pie para recibirla. Amaia le sonrió con amabilidad.

Después de los saludos de rigor, tomaron asiento e hicieron su pedido al camarero. Puesto que afuera hacía un calor horroroso, optaron por unos deliciosos helados que la Floriana siempre añadía a su carta veraniega.

—Muchas gracias por venir. No era mi intención molestarle, teniendo en cuenta los momentos que está atravesando su familia. Lamenté mucho la muerte de su madre.

—Gracias —A pesar de su sonrisa, había algo triste en los ojos de la mujer—. Necesitaremos tiempo para recuperarnos —Amaia hizo un movimiento y cambió de tema—. En su carta dijo que necesitaba hablar conmigo sobre un asunto urgente. ¿De qué se trata?

A Clara le hubiera gustado hablarle un poco más sobre su madre, comentarle que había asistido a su funeral junto a Ricardo Vallejo y que ella había ayudado al brujo cuando era un chaval, pero entendió perfectamente que Amaia no se sintiera con fuerzas para hablar sobre ello. Tomando una cucharada del helado recién servido, trató directamente el asunto que les había llevado a ambas hasta allí.

—Me gustaría hacerle una pregunta. Creo que debí habérsela planteado hace mucho tiempo, a usted y a su madre, pero hasta ahora no me he decidido —Clara hizo una pausa. Amaia la miraba con atención—. No sé si se acordará de mí, pero usted me ayudó a dar a luz a mi hijo Darío. Fue en el año 92.

—Claro que me acuerdo. Fue un parto prematuro y su hijo estaba bastante enfermo, pero logró recuperarse sin más problemas.

—El sanador Ulloa fue el encargado de atender a Darío. Nunca se mostró demasiado optimista y recuerdo que en cierta ocasión comentó que mi hijo se curó de milagro —Clara se mordió el labio inferior—. Aunque también ha insinuado alguna vez que su madre y usted ayudaron a Darío. ¿Es cierto?

Ya lo había dicho. Tenía la sensación de haber sido un poco brusca al plantear la pregunta, pero Amaia amplió la sonrisa y extendió una mano que colocó justo sobre la suya.

—No soy una mujer que se dé fácilmente por vencida, señora Muñoz. Como sanadora, siempre lucho hasta el final por mis pacientes, aunque a priori estén desahuciados. Cuando vi a su hijo por primera vez, Ulloa dijo que apenas había esperanzas para él. Era pequeño, frágil y débil —Clara asintió, recordando lo diminuto que había sido Darío al nacer—. Todos decían que moriría, pero no quise resignarme. A ningún sanador le gusta perder a sus pacientes, menos aún cuando son tan pequeños. A veces no podemos hacer nada por salvarles, pero, efectivamente, se me ocurrió que existía una forma de ayudar a Darío.

—¿Qué forma?

—El oro alquímico —Amaia hizo una pausa, tal vez evocando recuerdos del todo personales—. Nunca antes había funcionado con otro paciente, pero en mi familia se dio un caso que terminó felizmente y decidí intentarlo. La situación era desesperada y recurrir al oro alquímico también lo fue, pero funcionó —Clara escuchaba el relato con el corazón en un puño y los ojos muy abiertos—. Me puse en contacto con mi madre y entre las dos logramos que la magia más poderosa de todas funcionara con su hijo.

Clara sabía que se refería a la magia del amor. Era hija de muggles y había cientos de detalles relacionados con el mundo mágico que se le escapaban, pero había oído hablar de la magia del amor en multitud de ocasiones. Decían que era incluso más poderosa que la magia negra, capaz de vencer cualquier obstáculo.

No supo qué decir. Estaba tan agradecida que no encontraba las palabras para expresar dicha gratitud. Quiso levantarse y darle un abrazo a la otra bruja, pero ignoraba cómo podría ser recibido ese gesto. También tenía la sensación de que Amaia se estaba guardando ciertos detalles, pero no le dio más importancia. Ahora sabía que sus sospechas eran ciertas y no podía quedarse allí, quieta y muda y mirando a la sanadora como si fuera tonta.

—Yo… —Musitó, removiéndose y luchando por poner su cerebro a funcionar—. No sé qué decir.

—No tiene nada que decir. Ni mi madre ni yo esperábamos que dijera nada. Lo único que queríamos era que Darío se pusiera bien y lo logramos.

—Pero le salvaron la vida —Clara tragó saliva—. No sé cómo puedo agradecérselo. Estoy en deuda con ustedes y lamento muchísimo no haberme atrevido a dar este paso antes. Ahora es tarde para hablar con su madre.

—Insisto, señora Muñoz —Amaia le apretó la mano—. No está en deuda con nadie. Mi deber como sanadora es salvar vidas y me alegré muchísimo de salvar la de Darío —Clara iba a insistir, pero no se lo permitió—. Dígame, ¿cómo está su hijo ahora?

—¿Darío? Está muy bien. Es un chico sano y perfectamente normal.

Amaia amplió su sonrisa y le pidió a Clara que le hablara de su hijo. Y aunque ella realmente quería agradecerle nuevamente lo ocurrido en el pasado, se pasó media tarde hablándole a la sanadora Vilamaior sobre su hijo.

Amaia era sincera al decir que no necesitaba su gratitud. Y desde algún lugar muy lejano y a la vez muy cercano, una mujer compartía los sentimientos de su hija.


Barrio Mágico de Madrid, mayo de 1996

El niño chillaba extasiado mientras le pedía a su padre que empujara el columpio más y más alto. Sara Amatriaín había decidido pasar la tarde en el parque para relajarse y se había encontrado con aquellos dos de casualidad. De vez en cuando su vida se cruzaba con la de Ricardo Vallejo, pero ya llevaba mucho tiempo sin hablar con él. Le alegraba comprobar que al final había encontrado su lugar en el mundo y observó a su hijo.

A Darío también lo había visto en numerosas ocasiones. Siendo hijo de la dueña de la calderería del barrio mágico, no era nada extraño escuchar su chapurreo y sus pasitos infantiles procedentes de la trastienda. Sara había tenido ocasión de comprobar que era un niño muy tímido con los desconocidos, pero también muy listo y simpático una vez cogía confianza. Físicamente se parecía más a su madre, pero tenía cosas de Ricardo, como la sonrisa y la manera de entornar los ojos y arrugar las cejitas cuando se enfadaba. Sin pensárselo dos veces, Sara se acercó a ellos.

—Hola, Ricardo. Ya veo que os lo estáis pasando muy bien.

—¡Sara! —El hombre, que había dado un respingo, detuvo el columpio para consternación del niño—. ¿Cómo estás?

—Muy bien, gracias —Sara se inclinó un poco para observar al pequeñajo—. ¿A quién tenemos aquí? ¿Es usted el señorito Vallejo?

Darío la miró fijamente. Su rostro le resultaba familiar porque esa señora iba a comprar cosas a la tienda de su mamá y siempre le saludaba y le hablaba. Así pues, se dijo que lo correcto era responder.

—Me llamo Darío —dijo, procurando pronunciar bien todas las palabras porque ya iba siendo un niño mayor y tenía que aprender a hablar bien sí o sí.

—Un placer, Darío. ¿Te acuerdas de cómo me llamo yo? —El chiquillo pareció pensárselo y al final negó con la cabeza— Soy Sara. Soy amiga de tu papá.

El pequeñajo miró a su padre como buscando una confirmación y Ricardo asintió y le revolvió su pelillo rubio.

—Es verdad, hijo. Sara es mi amiga.

A pesar de sus palabras, había algo en la expresión de Ricardo que ponía en duda esa afirmación. Su relación con Sara siempre había sido un tanto extraña y, aunque ella nunca había dudado a la hora de ayudarle y él sentía hacia ella un profundo respeto y un cariño que le costaba reconocer abiertamente, no sabía si debía llamarla amiga o no.

—¿Por qué no vas a jugar al cajón de arena mientras hablo con mi amiga? —El niño asintió con entusiasmo y Ricardo lo dejó en el suelo y observó como correteaba y se tiraba sobre el citado montón de arena—. No esperaba encontrarte por aquí. Me alegro de verte, Sara.

—Yo también —La mujer sonrió sin quitarle los ojos de encima a Darío. Y a pesar de conocer la respuesta perfectamente, hizo la pregunta—. ¿Cuántos años tiene ya?

—Acaba de cumplir los cuatro.

—Parece un niño sano.

—Lo es. Los sanadores dicen que es sorprendente que no le quedara ningún tipo de secuelas a causa de su nacimiento prematuro, pero la verdad es que está perfectamente.

—Me alegro mucho. ¿Ha tenido ya su primer estallido de magia involuntaria?

—Hace tiempo, cuando tenía dos años —Ricardo sonrió con orgullo. No hubiera querido menos a su hijo de haber nacido squib, pero le alegraba enormemente que fuera un brujillo—. Y fue en el momento más oportuno. Su madre se llevó un buen susto.

Sara siguió mirando al niño un poco más y luego se volvió hacia Ricardo. Él no pudo evitar sentirse extrañamente avergonzado. Le ocurría cada vez que Sara le miraba de esa manera.

—A ti te noto muy cambiado. ¿Está todo bien?

—Mejor de lo que ha estado jamás. Darío me ha cambiado la vida.

—Ya me he dado cuenta. Estás hecho todo un padrazo.

—Hago lo que puedo.

—También me alegro por ti —Sara hizo una pausa antes de seguir hablando—. Te mereces ser feliz, Ricardo.

—¿Me lo merezco? —Él sonó totalmente escéptico y perdió la sonrisa—. Cuando Darío nació y estuvo a punto de morir pensé que… —Ricardo se interrumpió con la sensación de estar hablando demasiado, pero Sara le instó a continuar.

—¿Qué pensaste?

—Que era un castigo.

—¿Un castigo? ¡Qué tonterías dices, Ricardo!

—No sabes lo que he hecho.

Sara le observó detenidamente. Realmente no sabía qué cosas había hecho ese hombre en el pasado, pero podía imaginarse que no habían sido nada buenas porque parecía realmente atormentado por ellas. Por más que Ricardo pretendiera disimular, una culpa constante y latente estaba permanentemente presente en sus ojos.

—En caso de que tus acciones merecieran un castigo, éste hubiera recaído sobre ti, no sobre Darío.

Ricardo miró a su hijo. Se estaba ensuciando a más no poder y probablemente tuviera que pasarse un buen rato quitándole arena del pelo, pero le gustaba verlo tan contento y tranquilo. Esperaba que Sara tuviera razón y Darío nunca tuviera que cargar con sus culpas. Era un niño inocente y no se lo merecía.

—Lo importante es que se recuperó —Sara siguió hablando.

—De milagro, pero lo hizo.

—Sí, de milagro —Hubo algo en la forma de hablar de Sara que llevó al brujo a pensar que tal milagro no había existido, pero no pudo preguntar—. Me marcho ya, Ricardo. Mucha suerte.

Él asintió y alzó un poco la voz.

—¡Darío! Dile adiós a Sara.

El niño la miró un instante y luego agitó una manita mientras se despedía de ella. Sara abandonó el parque con una sonrisa en la boca y nuevamente se alegró por Ricardo. Había tenido una vida de lo más azarosa y al final había encontrado su lugar en el mundo. Esperaba que le durara mucho tiempo más. Para siempre.


En algún momento de un hipotético futuro.

Isabel bailaba con su padre. Estaba preciosa con su vestido de novia y parecía muy feliz. A Darío le llenaba de orgullo saber que era responsable directo de una parte de esa felicidad, pero al mismo tiempo le asustaba la posibilidad de que algún día se extinguiera por su culpa. Observó un instante su alianza matrimonial y recordó que su ahora esposa le había dicho que eran unos anillos muy especiales. Llevaban muchos años en su familia y estaban hechos de un material único: oro alquímico.

—Así que el novio se está tomando un respiro.

Amaia Vilamaior estaba a su lado. Su belleza no había menguado con el paso de los años y Darío volvió a sentirse muy cómodo con ella. La primera vez que había estado rodeado por la familia Vilamaior al completo, el brujo se había sentido un tanto incómodo y abrumado. Hasta que Amaia se plantó a su lado y empezó a darle conversación. Le había contado que ella fue de las primeras en sostenerlo en brazos porque había atendido a su madre durante el parto y Darío se había sentido extrañamente unido a esa mujer.

—Necesito beber algo. No es fácil seguirle el ritmo a su sobrina.

Amaia miró con afecto a Isabel. Estaba claro que aquel estaba siendo un día muy especial para ella y le alegraba verla tan contenta. Cuando la chica les presentó a Darío, Amparo mostró ciertas reservas respecto al chico habida cuenta de quién era su padre, pero no había pasado mucho tiempo antes de que todos comprendieran que Darío era el compañero ideal para Isabel. Ricardo Vallejo tenía unos cuantos borrones negros en su pasado, cierto, pero Darío era un buen chico y quería a Isabel más que a nadie.

Y luego estaba el detalle del oro alquímico. Su madre le había dicho una vez que, después de lograr salvar la vida de aquel bebé escuchimizado que fue Darío, tenían un vínculo mágico con él. Las alianzas familiares habían estado esperando a sus legítimos dueños y ahora Darío e Isabel eran sus portadores. Salvar a aquel bebé no fue cuestión de suerte; fue cosa del destino.

—Pues yo diría que no va a esperarte demasiado. Aquí viene.

Efectivamente, Isabel caminaba hacia ellos con decisión. Intercambió una mirada cómplice con su tía y después cogió a Darío de ambas manos y lo arrastró hasta la pista de baile. Por suerte para el agotado muchacho, la canción que sonó a continuación fue una lenta y pudo prolongar un poco más su momento de respiro.

Amaia les miró bailar durante un rato, admirándose nuevamente por el poder de la magia más poderosa. La del amor.


Y hasta aquí este capítulo. Espero que te haya gustado, Sorg. Muchos besetes y abrazotes^^.