HISTORIAS DE QUIDDITCH XI


Toledo. Mayo de 2009

—Guillermo. ¿Quieres estarte quieto de una vez?

Alina escuchó el bufido del hombre y evitó poner los ojos en blanco. Guille no había dejado de dar vueltas en toda la noche porque no podía dormir y, de paso, la estaba fastidiando a ella.

—¿Te estoy molestando?

—Sólo me has clavado el codo un par de veces, pero estoy bien.

—¡Joder, Alina! Lo siento.

Aunque lo que más le apetecía en ese momento era darle un beso y aplacar sus nervios como sólo ella sabía hacer, Alina fingió un enfado que estaba lejos de sentir y que ni siquiera Guille se creyó.

—Pues lo sentirás mucho, pero como sigas así te vas a dormir al sofá. ¿Vale?

—¿A cuál de ellos?

Alina se rió. Guillermo y ella se habían casado a mediados del mes de diciembre y aún intentaban adaptarse a la vida conyugal. La bruja tuvo muy claro desde el principio que Guille era el hombre de su vida y tan sólo él había dudado un poco al recordar su anterior matrimonio fallido. Por suerte, Alina no había necesitado esforzarse demasiado para convencerle de que lo que debían hacer era casarse. Estaban enamorados, la prensa no dejaba de especular sobre su relación y, demonios, querían hacerlo. Y ciertamente todo les iba de maravilla.

Por el momento, porque como Guille siguiera dándole la tabarra por las noches todo podría cambiar sustancialmente.

Alina encendió la lámpara de noche y se sentó en la cama. Sabía perfectamente que su marido estaba nervioso porque pronto tendría los exámenes finales y se convertiría oficialmente en un cuidador de criaturas mágicas. Aunque durante años todo el mundo había considerado que Guille no era más que un golpeador de quidditch algo bestial y con muy poco cerebro, había demostrado ser un estudiante espléndido. Alina nunca lo había dudado porque le conocía perfectamente, porque le veía interactuar con Triki a diario y porque creía en él. Ante todo por eso último.

—Sabes que vas a sacar la mejor nota de todas. ¿Verdad? —Le dijo con suavidad—. Tienes todo perfectamente preparado y no hay motivos para estar nervioso.

—¡Qué fácil y bonito lo ves todo!

—Tengo razón, Guille.

—¿Y si suspendo? No sé qué voy a hacer entonces. ¿En qué narices voy a trabajar si sólo sé de quidditch y de criaturas mágicas?

Alina podría haberle hecho mil reproches, pero como Guille estaba irresistiblemente atractivo ahí tumbado, lamentándose por cosas sin fundamento, se inclinó sobre él y le plantó un beso en los morros. Obviamente, el hombre no pudo seguir hablando y terminó rodeándole la cintura con los brazos.

—Vas a aprobar —Insistió ella al separarse un instante para tomar aire—. Estoy segura.

Guille la atrajo para seguir besándola y finalmente terminaron como acostumbraban a terminar todas las noches desde que se casaron. Al principio, el brujo se había sentido un poco intimidado. La casa de los Bennasar en Toledo era muy grande y sólo veían a su suegro durante las comidas, pero a Guille le daba miedo que Omar pudiera sorprenderles en una situación comprometida. A Alina le había costado un gran esfuerzo convencerle de que estaba siendo un idiota, pero finalmente lo había conseguido y Guille ya nunca objetaba nada cuando la pasión les vencía. Disfrutaba como el que más de las mieles del matrimonio y esperaba poder seguir así durante mucho tiempo.

Se durmieron abrazados. Guillermo fue el primero en caer rendido y Alina le observó meticulosamente durante unos minutos. Nunca se había enamorado tan profundamente de nadie y durante algún tiempo llegó a pensar que no lo lograría. Pero allí estaba el hombre con el que pensaba compartir su vida, con el que había iniciado un proyecto común y que la hacía feliz día tras día. Alina sabía que su corazón no le había traicionado y se sintió feliz. Incluso aunque Guille no la dejara dormir.

Se despertó al notar un cosquilleo en la mejilla. Al abrir los ojos descubrió que Guille no estaba con ella. Su lugar lo había ocupado un Triki tan azul como siempre y que intentaba meterle la lengua en la nariz en busca de un poco de alimento. Alina quería muchísimo al puffskein, pero odiaba que hiciera eso, así que lo cogió con ambas manos y le miró fijamente a los ojos.

—Sabes que eso no se hace, Triki.

El bicho tenía bastante claro que a Alina no le gustaba que le hurgaran la nariz, pero por lo general le importaba bien poco. Era una buena ama, cierto, pero todo puffskein tenía derecho a darse un homenaje de vez en cuando. Aunque tampoco quería enfadar a la bruja, así que se acurrucó junto a ella y decidió ser un poco mimoso. Los humanos eran bastante fáciles de manipular, especialmente sus amos.

—¿Otra vez en la habitación? —Guille acababa de regresar del baño, perfectamente vestido y afeitado—. Triki, sabes que no puedes estar aquí. Tienes que quedarte en tu caja. Esta habitación es de Alina y mía, no tuya.

—¡Venga, hombre, déjalo! ¡Mira qué mono es!

—Alina, no me malcríes al puffskein. Si dejamos que se quede con nosotros, luego no habrá forma de sacarlo de la cama.

—Si es sólo un ratito —Triki se acurrucó aún más, como si estuviera siendo plenamente consciente de la conversación—. No molesta ni nada.

Guillermo puso los ojos en blanco. Después, le echó un vistazo al reloj y esbozó una media sonrisa.

—¿No deberías estar en la ducha? El entrenamiento empieza dentro de media hora.

Alina también miró el reloj y comprobó que, efectivamente, se le hacía tarde.

—¡Oh, mierda!

Guille soltó una carcajada mientras ella se levantaba de un salto y se metía en el cuarto de baño.

—Eres un mal bicho, Triki. Alina es para mí.

El puffskein pensó algo parecido a "Eso habrá que verlo" y dejó que el amo lo llevara de vuelta a su caja. Tal vez podría echar una nueva cabezada antes de la hora del desayuno.


Campo de quidditch del Herensuge. Esa misma mañana.

Sólo les restaba un partido para completar una buena temporada. Habían quedado segundos en la liga y dentro de tres días jugarían la final del campeonato europeo contra un equipo ruso que había dado la campanada aquel año. Partían como favoritos y Alina estaba bastante segura de la victoria, pero no debían confiarse. En quidditch no había rival pequeño y la liga se les había escapado en el último minuto de su partido contra los Flamencos de Sevilla, gracias al buscador y a una parada espectacular de Cormac McLaggen. Alina se había sentido rabiosa porque el muy cretino seguía sin caerle bien, aunque debía reconocer que tampoco era un mal tipo.

A todo el mundo le sorprendió muchísimo que su relación con María Belmonte estuviera funcionando también. Aún no se habían casado, pero vivían juntos en la capital hispalense y estaban demostrando ser unos buenos padres para su hijo, un niño espigado de tres años llamado Jonathan. María seguía siendo la buscadora del Herensuge y mejoraba sus estadísticas año tras año. Únicamente necesitaba resolver heroicamente algún partido para convertirse en leyenda y hacer que su caché subiera por las nubes. Incluso se mostraba profesional cuando le tocaba jugar contra McLaggen. Alina no quería ni pensar en sus conversaciones nocturnas después de los partidos.

—Te noto muy seria esta mañana, Bennasar.

Quien le había hablado no era otro que Javier Lizarra, el guardián del equipo desde que McLaggen se marchara del Herensuge. Era un tipo muy simpático y compañero de selección. Se llevaba especialmente con María puesto que su esposa también era británica, la hermana pequeña del famoso Oliver Wood. Eso sí, Javier siempre se quejaba de que su mujer y McLaggen podían pasarse horas hablando sobre el mítico Hogwarts, escuela de magia y hechicería.

—Estaba pensando.

—¿Puedo preguntar en qué?

Alina le miró de medio lado e hizo un gesto con la cabeza.

—Ya lo has hecho —Javier sonrió y ella decidió que podía responder a su pregunta anterior—. Creo que éste es uno de mis últimos entrenamientos con el equipo. El contrato se me acaba este mes.

—¿No vas a renovar?

Alina se encogió de hombros. Los miembros de la junta directiva le habían ofrecido dos años más de contrato, pero aún no había aceptado. Ciertamente sentía que le quedaba mucho quidditch por jugar, pero no estaba segura de querer proseguir con su carrera en el Herensuge. Había sido muy feliz allí porque gracias a ese equipo había logrado alcanzar el éxito profesional y personal, pero se sentía tentada a seguir los pasos de su madre. Cada día que pasaba le apetecía más retirarse siendo cazadora en las Águilas de Toledo. Ganaría menos dinero y no podría aspirar a ningún título más, pero le parecía que irse allí sería un justo homenaje a la memoria de Fátima Vidal.

—Lo estoy considerando.

—¿Por qué? Eres una de las mejores cazadoras de Europa.

—Es una decisión muy importante, Javi. No sé qué hacer.

—¿Acaso no te han ofrecido la renovación?

—Sí que lo han hecho.

—Entonces, ¿alguien te ofrece más pasta? ¿Te largas a otro equipo?

—Si me fuera del Herensuge no lo haría por dinero —Alina sonrió de nuevo y le dio una palmadita en el hombro a su compañero—. Aunque no lo creas, soy toda una romántica.

Y se alejó de Javier Lizarra dejándolo un tanto sorprendido. Pensar en su futuro le causaba cierta desazón, pero en cuanto se subió a la escoba y echó a volar, se sintió mucho mejor. Plena.


De vuelta a Toledo. Esa misma noche.

En cuanto Alina traspasó el umbral de la puerta, una gran sensación de nostalgia la invadió. Hacía mucho tiempo desde la última vez que visitara la sede de las Águilas de Toledo, pero nada parecía haber cambiado demasiado. Incluso el rostro del brujo recepcionista le resultó familiar. Era un chico algo mayor que ella y con la cara llena de marcas porque, sin duda alguna, había sufrido problemas de acné en el pasado.

—Buenos días.

—Bue…

El brujo había alzado la cabeza y ya estaba empezando a esbozar una sonrisa, pero en cuanto la vio su expresión cambió por completo. Parecía pasmado y se levantó con tanta prisa que tiró la silla al suelo.

—¡Madre mía! —Exclamó prácticamente gritando—. ¡Alina Bennasar!

El chico rodeó la mesa de recepción y fue a su encuentro. Tenía toda la pinta de haber visto cumplido uno de sus sueños y Alina se limitó a aceptar sus cumplidos con naturalidad. Después de tantos años dedicados al quidditch, había terminado por acostumbrarse.

—Te he visto algunas veces por la calle, pero nunca he querido acercarme para no molestar. Es que te admiro muchísimo, pero me parece fatal abordar a la gente cuando está paseando tranquilamente —El chico hablaba a toda velocidad—. ¡Y ahora estás aquí! ¿Podrías firmarme un autógrafo? Creo que eres la mejor cazadora del mundo y no sé por qué rayos no te dieron la Snitch de Oro el año pasado. Eres fantástica y vuelas que da gusto.

—Muchas gracias. Te firmaré el autógrafo ahora mismo.

El brujo corrió en busca de papel y boli y Alina le preguntó su nombre y se curró la dedicatoria. El chico se llamaba Daniel y no se conformó con un autógrafo para él; por lo visto, a su hija pequeña le haría mucha ilusión tener uno.

—Se llama Ana. Sólo tiene cinco años, pero ya le hemos comprado su primera escoba y no vuela nada mal. En cuanto cumpla los siete años, voy a traerla para que haga las pruebas. Con suerte, entrará en el equipo infantil. Sería genial que pudiera dedicarse al quidditch. Yo nunca fui demasiado bueno, pero ya ves dónde trabajo.

Alina asintió y vio como el tal Daniel daba un bote y se ponía más rojo que un tomate.

—¡Soy idiota! Estoy aquí, diciendo tonterías sin parar y ni siquiera te he preguntado si quieres algo. No es que las estrellas del quidditch mundial nos visiten muy a menudo.

—En realidad he venido porque me gustaría concertar una cita con el señor Contreras.

—¡Oh! Pues espera aquí. Voy a buscarle ahora mismo.

—No quiero molestarle, con que quedemos para otro día me vale.

Daniel hizo un gesto desdeñoso y desapareció de su vista. Alina llevaba varios meses dándole vueltas al asunto y tenía muy claro dónde quería terminar su carrera profesional. No era muy habitual que los jugadores visitaran a los presidentes de los equipos para ofrecerles sus servicios, pero eso era lo que pensaba hacer. Sabía que Víctor Contreras, el hombre que fuera entrenador de su madre, seguía dirigiendo las Águilas de Toledo. Y con bastante éxito porque en las últimas temporadas habían conseguido mantenerse en la división de honor del quidditch nacional. También sabía que uno de los cazadores suplentes se retiraba ese año y quería intentar hacerse con un hueco en el equipo. Por su madre, sólo por ella. Porque si se había convertido en jugadora profesional fue porque siempre quiso seguir sus pasos y deseaba poder hacerlo hasta el final.


En cuanto llegaba el buen tiempo, la familia Bennasar comenzaba el ritual de cenar en el patio. A Guille le encantaba estar allí y era su rincón favorito para estudiar. Y a Triki también le gustaba mucho ir de planta en planta, buscando escondrijos y sitios en los que echarse una siestecilla. A veces incluso terminaba acurrucado en el regazo de Omar, que podía ser un brujo muy serio y estirado, pero también sabía ser cuidadoso con los pequeños puffskeins de pelo azul.

Esa noche Alina había querido preparar la cena. Se había pasado toda la tarde charlando con el señor Contreras y, aunque había llegado a un acuerdo con él, aún tenía muchas cosas que solucionar. Para empezar, debía hablar con los directivos del Herensuge y explicarles su decisión, y también tendría que prepararse un discurso para despedirse de la afición. Su relación con los hinchas del equipo siempre había sido muy buena y Alina no deseaba que quedarse sin su cariño y respeto en el último momento. Después de todo, no se iba del Herensuge por dinero y definitivamente no se marchaba a un equipo rival como los Flamencos o los Murciélagos, así que esperaba que todos fueran capaces de entender su decisión.

Y también tenía que hablar con Guille y con su padre, por supuesto. Y como cocinar solía ayudarla a relajarse, Alina aprovechó para preparar pescado en salsa y experimentó un poco con los ingredientes de la ensalada. Experimento que pareció gustar a su padre, aunque su marido calificó el sabor de "interesante", algo que no era demasiado bueno.

—He pasado todo el día repasando —Decía Guille en ese momento. El primer examen lo tendría dentro de dos días y sus uñas daban fe de lo nervioso que estaba. Y eso que el brujo no solía mordérselas—. Tengo la sensación de que se me está olvidando absolutamente todo.

—¿Quieres un consejo, Guillermo? —Preguntó Omar mientras cortaba minuciosamente un trozo de pescado—. Olvídate de los libros hasta después de los exámenes.

—Necesito estudiar más.

—Lo que no hayas aprendido ya no lo aprenderás. Tu cerebro debe descansar para estar en plenitud de facultades cuando llegue el momento —Omar se llevó la comida a la boca y la masticó lentamente antes de hablar—. No obstante, la decisión final es tuya.

Guille miró a su suegro con expresión extraña. Omar era un buen tipo y uno podía contar con él para cualquier cosa, pero su forma de hablar a veces le hacía sentirse como un niño pequeño. Alina afirmaba que lo único que necesitaba era tiempo para acostumbrarse a su forma de ser y Guille creía que tenía razón, pero le estaba costando un poco adaptarse a la nueva situación. En esa ocasión no tenía ni idea de lo que decir tras escuchar al otro brujo, pero no fue necesario hablar porque Alina intervino.

—Tengo que deciros una cosa.

Los dos la miraron al mismo tiempo, claramente interesados. Alina tomó aire y soltó lo que, suponía, sería un bombazo.

—No voy a renovar por el Herensuge cuando termine la temporada. Mi etapa allí ha terminado.

Omar entornó los ojos y Guille se sorprendió un poco. Alina ya le había comentado antes sus dudas respecto al futuro profesional, pero siempre había creído que finalmente se quedaría en el equipo navarro.

—He disfrutado mucho, pero ya sabéis que quiero retirarme dentro de un par de años y me gustaría terminar mi carrera jugando en las Águilas de Toledo —Miró directamente a Omar—. El equipo de mamá.

El hombre no movió un músculo, pero había comprensión en su mirada.

—Creí que querrías permanecer en la élite un poco más —Murmuró Guille.

—Ya sabes que he dudado mucho y al final he tomado mi decisión. Tal vez podría hacer lo que hacen muchos y seguir hasta agotarme por completo, pero prefiero elegir el momento de irme por mí misma —Alina miró a Guille en esa ocasión—. No quiero tardar mucho en tener hijos, pero sólo quiero tenerlos cuando me haya retirado. Esta tarde he estado hablando con Víctor Contreras y voy a firmar con las Águilas por dos temporadas. Puede que me toque chupar banquillo o puede que no, pero cuando pasen estos dos años dejaré el quidditch y tendremos todo el tiempo del mundo para nosotros.

Guille asintió. Él había tenido que renunciar al quidditch obligado por las circunstancias y a veces resultaba doloroso pensar en ello. Por ese motivo no terminaba de entender la actitud de Alina, aunque la encontraba admirable. A su esposa siempre le había gustado hacer las cosas a su manera y lo estaba dejando muy claro. Se retiraría cuando ella quisiera, no cuando dejara de interesar a los demás o se quedara sin fuerzas.

—¿Y después? —Preguntó Omar—. Cuando tengáis vuestra propia familia. ¿Qué harás?

—Seguir con la antigua tradición de los Bennasar —Alina sonrió, consciente de su padre siempre había querido escuchar esas palabras.

Omar Bennasar asintió y el resto de la conversación giró en torno al cambio de equipo de Alina. Cuando un par de horas después Guille decidió que necesitaba echarle un vistazo a sus apuntes sobre los hombres del saco, su esposa fue en busca de su progenitor. Omar estaba en el viejo saloncito familiar, leyendo una novela muggle.

—¿Interrumpo? —Su padre pareció sorprendido, pero le sonrió y la invitó a entrar—. Veo que estás muy entretenido.

—Me he enganchado a la historia por completo. Creo que en un par de días me lo habré terminado.

—Recuerdo que mamá solía decir que leías muy deprisa. Siempre se quejaba de todos los libros que comprabas.

—Sí, a tu madre le gustaba mucho quejarse —Omar dejó el libro sobre una mesita auxiliar y suspiró—. Así que las Águilas de Toledo.

—Es lo menos que puedo hacer para honrar la memoria de mamá.

—No tienes que honrar nada, Alina.

—Ya lo sé, pero quiero hacerlo.

Omar guardó silencio un instante. Su hija sabía que estaba pensando en Fátima porque su mirada se llenaba de tristeza cada vez que lo hacía. Muchos hombres viudos terminaban encontrando una nueva compañera, pero Alina sabía que su padre nunca lo haría. Su corazón había pertenecido a Fátima Vidal. Un día se había roto y ninguna mujer podría recomponerlo jamás. La compañía de sus hijos y sus nietos hacía que las cicatrices se fueran haciendo cada vez más pequeñas, pero siempre estarían ahí, grabadas a fuego y sangre en su memoria.

—Se hubiera sentido muy orgullosa. No sólo por lo que estás a punto de hacer, sino por toda tu carrera como jugadora profesional. Le hubiera encantado saber lo buena que eres.

—¿Eso crees?

—Le hacía muchísima ilusión que siguieras sus pasos. Lo comentamos muchas veces. Yo prefería que optaras por seguir el ejemplo de tu tío y ella se reía y decía que seguramente terminarías haciendo lo que te diera la gana.

—Al final os contentaré a los dos.

—Sí, ya veo que sí —Omar la miró fijamente—. ¿Realmente quieres dedicarte al estudio de la magia?

—Aún no sé cómo enfocaré mi carrera, pero es lo que quiero hacer. Me gustaría mucho encontrar la forma de liberar a las almas malditas de nuestro sótano. Quisiera empezar por ellas.

—No será fácil.

—Me gustan los retos —Alina sonrió—. Hasta conseguí dedicarme al quidditch pese a tu férrea oposición.

—Eras una chica muy terca.

Alina dedicó unos segundos a recordar lo que había pasado esa tarde en la sede de las Águilas de Toledo. El señor Contreras había hablado sobre la primera vez que la vio subida en una escoba, cuando se presentó a escondidas a las pruebas para entrar en el equipo, y la bruja necesitaba que su padre le confirmara algo.

—Conoces a Víctor Contreras, ¿verdad?

—Tu madre sentía un gran afecto por él. La ayudó muchísimo al principio de su andadura deportiva.

—¿Te acuerdas de cuando me escapé para hacer las pruebas? Te enfadaste un montón.

—Me desobedeciste deliberadamente, claro que me enfadé.

—Nunca hemos hablado sobre ello, pero tengo una teoría sobre lo que ocurrió entonces —Omar se cruzó de brazos y carraspeó—. Fuiste a verle, ¿verdad?

—Sí, Alina. Decidí ir a hablar con él en cuanto me enteré de lo que habías hecho.

—¿Y le pediste que no me aceptara en el equipo?

Omar tardó tanto en responder que su hija pensó que no lo haría. Finalmente, asintió.

—En aquel entonces pensaba que el quidditch sólo podía hacerte daño. Y sí, Alina, le pedí que no te cogieran.

La chica contuvo la respiración. Siempre había sabido que su padre había hecho aquello y, aunque ya no había motivos para estar enfadada con él, la Alina adolescente le arañó dolorosamente el pecho.

—Y él me dijo que yo no era nadie para interferir en el funcionamiento de su equipo —Omar habló con suma tranquilidad, sonriendo internamente cuando la chica dio un respingo—. Aseguró que eras muy buena y que haría lo que considerara conveniente. Yo le dije que no iba a consentir que jugaras y él sólo se encogió de hombros y me pidió que me fuera.

—¿Te echó?

—Es posible que subiera un poco el tono de voz. A Contreras no le hizo mucha gracia.

Alina parpadeó. Su padre gritaba en raras ocasiones, así que aquella conversación del pasado debió ser todo un espectáculo.

—¡Pero no me aceptaron!

—Supongo que en aquel entonces no eras tan buena como pensabas.

—Pero…

Alina estaba sorprendida. Muy sorprendida. Tan sorprendida que se había quedado sin palabras. Siempre había pensado que su padre le había chafado su primera oportunidad de convertirse en profesional del quidditch, pero la realidad era bien distinta. Lo había intentado, cierto, pero Contreras le había plantado cara.

—Pensé que fue por ti, papá. Y me enfadé tanto que decidí hacerte la vida imposible.

—Sí —Omar soltó una risita—. Me quedó claro en el pasado.

—Ahora no sé qué decir.

—No digas nada. Los dos hicimos las cosas mal, pero eso ya no importa. Lo único que debemos tener presente es lo que ocurre ahora. Y no podría estar más contento, la verdad.

Intercambiaron una mirada y no necesitaron mencionar palabra para saber que se habían reconciliado definitivamente. Hacía mucho tiempo que las rencillas entre ambos habían quedado atrás, pero cierta amargura siempre había estado flotando entre ellos. Hasta ese día. Con las cosas aclaradas, Alina se puso en pie y besó la mejilla de su padre.

—Voy a alejar a Guille de los libros.

—Harás bien.

—Hasta mañana, papá.

—Hasta mañana.

Cuando Alina abandonó el saloncito y se encaminó a la planta superior, sonrió porque era feliz. Sólo por eso.

FIN DEL MINIFIC

Y hasta aquí llega la historia de Alina. Por el momento. Iba a incluir un epílogo, pero al final no lo haré. Habrá muchas oportunidades para mostrar la vida de los Bennasar y tampoco es cuestión de saturaros, que el minific ha tenido once capítulos y no han sido pocos. Espero que os haya gustado y que nos veamos en el siguiente capi. Besetes y hasta pronto.