PLANES DE FUTURO I


Para poneos en antecedentes, visitad el minific "El dandy de magia antigua" del fic "Uno más uno a veces son más que dos" de Sorg-esp. Tal vez no sea imprescindible su lectura previa, pero sí muy recomendable y, qué narices, no hay que dejar pasar la oportunidad de hacerle publicidad a una historia tan genialosa.


Toledo, 2 de diciembre de 2012

Cuando Marga llegó a casa de Clara, no se imaginaba que iban a terminar hablando sobre Jaime Vilamaior. Tenía muy buenos recuerdos del tiempo que habían pasado juntos y no pudo evitar que la invadiera cierta sensación de melancolía. Siempre le había gustado vivir a su manera, libre de ataduras y disfrutando de cada momento, pero ya era una bruja de edad respetable y en los últimos tiempos sentía una clase de inquietudes que nunca le habían quitado el sueño hasta ese momento.

Miró a Darío. Su ahijado ya estaba hecho todo un hombretón y en ese momento le estaba contando que pensaba irse a estudiar a Suecia al año siguiente. Le parecía mentira que ya hubieran pasado más de veinte años desde que lo vio por primera vez, cuando era un bebé esmirriado y enfermo. Se sentía muy orgullosa de él y lo quería tanto como quería a sus numerosos sobrinos. De hecho, lo consideraba como a un sobrino más porque Clara siempre fue una hermana para ella. Y a Amelia también, por supuesto. Era una niña inquieta y encantadora y no le importaba nada escuchar su eterna verborrea o dejar que jugara a las peluqueras con su cabellera.

A Marga le gustaba visitar a su amiga. Allí se sentía en familia y le gustaba el ambiente que se respiraba en la residencia toledana. Durante mucho tiempo se había limitado a disfrutar y luego había vuelto a su casa sin darle más vueltas al asunto, pero llevaba ya muchos meses sintiendo envidia. Demasiados meses.

Era una envidia sana y anhelante. Marga llevaba muchos años trabajando como asistente social y había tenido que enfrentarse a situaciones muy duras. Siempre había sentido que su vida era plena, justo lo que había buscado desde niña, pero ahora quería algo más. Quería tener una pequeña Amelia en su casa, alguien por quien sentir lo que Clara sentía por sus hijos. Quería ser madre.

—¡Darío! —Amelia se plantó de repente frente a su hermano, interrumpiendo la conversación sin más miramientos—. ¡Carla se ha ido!

Efectivamente, la puffskein ya no dormitaba sobre el radiador.

—Seguro que ya se ha hartado de la siesta.

—¡Ayúdame a encontrarla! ¡Quiero jugar con ella!

Darío puso los ojos en blanco con resignación y siguió a su hermanita a través de la puerta que daba al pasillo. Sin saberlo, la niña le había proporcionado a Marga el momento de intimidad que necesitaba. Hasta ahora no le había hablado a Clara de sus planes, pero quería hacerlo cuanto antes.

—¡Suecia! —Suspiró Clara en cuanto se quedaron a solas—. Aún me resulta difícil de creer que quiera irse allí.

—Le irá bien. Seguro que los suecos consiguen lo que John no ha logrado en todos estos años: que perfeccione el inglés.

Clara agitó la cabeza y sonrió. Todavía tenía que hacerse a la idea, pero sabía que su amiga tenía toda la razón.

—Tu hijo ya es todo un hombre. Antes de que te des cuenta, habrá volado del nido para siempre.

—Lo sé. Ricardo dijo algo parecido hace no mucho.

—No te pongas triste, Clarita. Aún te queda Amelia.

—No seas boba, Margarita.

La mujer se rió. No sabía muy bien como encauzar la conversación para llevarla justo hasta donde quería, pero no podía andarse por las ramas durante mucho tiempo. Se moría de ganas por conocer la opinión de Clara.

—La verdad es que te entiendo perfectamente. Los años pasan volando, los niños crecen y, antes de que te des cuenta, ya no están. He pensado mucho en ello últimamente, ¿sabes? A mí también me da un poco de vértigo que Darío se vaya tan lejos. No puedo evitar preocuparme por él. Y Amelia ya tiene nueve años. ¡Madre mía!

Clara entornó los ojos y la miró con cierta suspicacia.

—Se supone que todas esas cosas tendría que decirlas yo y tú tendrías que animarme.

—Clara, hay algo que quiero decirte —No podía seguir dando rodeos. Siempre se le había dado bien eso de ir al grano—. Llevo algún tiempo pensando en ello y he decidido que quiero ser madre.

Tal y como se temía, su amiga se quedó con la boca abierta. Sabía que a Marga le gustaban los niños y constantemente la veía interactuar con ellos, pero era evidente que esa noticia le pilló totalmente por sorpresa.

—Ya tengo una edad y no creo que pueda esperar mucho más tiempo. Nunca había pensado en ello muy seriamente, pero te veo a ti con los chicos, a mis hermanos con sus hijos y siento que yo también quiero eso para mí.

—¿Estás hablando en serio? —Marga asintió, sin molestarse por la incredulidad manifiesta de Clara—. Pero si siempre has dicho que te gusta estar sola para hacer lo que te dé la gana.

—Ya, pero es que creo que ya he ido por libre durante mucho tiempo. Me ha llegado el momento de madurar.

—¡Madurar! —Clara negó con la cabeza y sólo necesitó mirar a su amiga a los ojos para saber que estaba hablando muy en serio. Y tal vez Marga no estuviera capacitada para mantener una relación estable con un hombre, pero algo le decía que podría ser una madre maravillosa—. Está bien. ¿Has pensado ya cómo lo vas a hacer? Porque si ahora me dices que al final has encontrado a tu media naranja, me dará un patatús.

—He visitado un par de clínicas muggles de inseminación artificial. Ya sabes que podría seducir a algún brujo guapísimo y utilizarlo como semental, pero prefiero hacer las cosas bien —Marga echó mano de su bolso y rebuscó hasta sacar un par de folletos que le tendió a la otra mujer—. Me han dado un montón de información y el procedimiento no es demasiado complicado. También he estado en San Mateo y me han dicho que no tendría ningún problema para quedarme embarazada.

—¡Vaya! Sí que llevas tiempo pensando en todo esto.

—Pues sí.

—Debiste habérmelo dicho antes. Te hubiera acompañado adonde hubiera hecho falta.

—Sólo estaba tanteando el terreno. Te lo he dicho cuando me he decidido.

Clara asintió y ojeó distraídamente los folletos. Marga sabía que se empaparía de toda la información en cuanto desapareciese por la puerta y que si le surgía cualquier duda no tardaría nada en hablar con ella.

—¿Estás completamente segura de que esto es lo que quieres?

—Completamente.

—Sabes que pasar por esto no será fácil.

—Lo sé, pero también sé que podré con ello. Tengo un buen trabajo y sé que en mi familia me apoyarán y me echarán una mano cuando haga falta. Y estás tú.

—Cierto —Clara sonrió. Jamás podría negarle su apoyo a esa mujer, no después de todo lo que había hecho por ella—. Estoy yo.

—Tú pudiste con todo cuando nació Darío, y eso que tu situación era más difícil que la mía —Marga hizo una pausa y observó las fotografías móviles de los que consideraba sus sobrinos—. Quiero hacerlo.

Clara guardó silencio un instante y al final se levantó para darle un abrazo.

—Parece ser que ahora me tocará a mí ser la madrina de tu hijo. Ya iba siendo hora, mujer.

Marga se rió. No podía negar que estaba un poco asustada, pero tenía ganas de que el tiempo pasara para poder ver cumplidos sus planes. Lo necesitaba.


Ministerio de Magia, Madrid. 3 de diciembre de 2012

Cuando Jorge Armero decidió que quería ser auror, no se imaginaba que iba a terminar condenado a realizar labores administrativas. Suponía que en el fondo se lo había buscado él solito, pero no se arrepentía de sus acciones pasadas. Era un hombre que acostumbraba a pensar antes de actuar, pero se había equivocado al medir las consecuencias de sus actos. Pensó que López se conformaría con apartarlo del cuerpo de aurores durante algunos meses y que le abrirían un expediente y lo mantendrían vigilado durante algún tiempo, pero no se imaginó que se iba a pasar más de dos años sin pisar la calle. Y estaba hasta las pelotas, no podía negarlo. Él era un hombre de acción, uno de los mejores duelistas de todo el cuerpo, y se sentía incapaz de seguir archivando papeleo durante quién sabía cuánto tiempo.

Terminó de rellenar el último expediente y se permitió el lujo de guardar la carpeta en su sitio con ayuda mágica. Es que ni eso le permitían a esas alturas del cuento. Al parecer, su superior consideraba que para archivar cosas no hacía falta hacer uso de la varita y Armero aprovechaba los escasos momentos a solas para saltarse el reglamento. En el fondo siempre había sido un espíritu rebelde.

Hastiado con la situación y más convencido que nunca de que López le había cogido manía, consultó la hora. Sólo le faltaban diez minutos para irse a almorzar. Pensaba tomarse algo en la cafetería del Ministerio, lo más alejado que le fuera posible de sus compañeros aurores. Estaba harto de que cuchichearan a sus espaldas. Nunca se había llevado especialmente bien con ninguno de ellos porque no se preocupaba demasiado por ser amable, pero antes le respetaban. Ahora no era más que un chupatintas y seguramente que ese atajo de cretinos lo consideraban incapaz de manejarse como los aurores de verdad. Y todo por culpa de López.

—¡Armero!

Y hablando de López, allí estaba, dando voces como siempre. Le acompañaba un criajo de pelo y ojos marrones que tenía cierto parecido con él. Jorge sabía que era su sobrino, un chaval recién salido de la Academia de Aurores que había empezado a hacer prácticas ese mes de septiembre. Por el momento, había pasado por las manos de varios agentes y no había hecho buenas migas con ninguno de ellos. Tal vez López hubiera optado por instruirle personalmente.

—Señor.

—Tengo una misión para ti —Jorge estuvo a punto de dar un salto emocionado. ¡Una misión!—. Llévate a Juanjo López a patrullar.

¿Qué? ¿Pretendía que le hiciera de niñera? Lo dicho. El jefe López le tenía manía y le encasquetaba al sobrino diabólico.

—¿Señor?

—Ahora mismo todos los agentes están muy ocupados y alguien tiene que mostrarle al chico cómo hacemos los aurores las cosas. Llévatelo a dar una buena por el barrio mágico y a ver si podéis arreglar alguna disputa callejera o algo. Yo tengo mucho lío.

El jefe de aurores no le dejó decir nada. Se fue pitando, limpiándose el sudor de la frente con un pañuelo blanco y aparentemente muy contento por haberse podido librar de un señor problemón. Jorge, que aún estaba boquiabierto, miró al chaval.

—¿Nos vamos? —Le preguntó. Y a Armero le resultó tan petulante que le cogió tirria de inmediato.

—¿Cómo dices?

—Que si nos vamos. Me muero por tener un poco de acción.

Jorge también. Llevaba mucho tiempo encerrado en una oficina, cierto, pero hubiera dado cualquier cosa por seguir justo donde estaba. Porque si había algo que odiaba más que archivar papeleo era cuidar de los aurores novatos. Lo detestaba con todas sus fuerzas.


Si me he puesto manos a la obra con este minific ha sido por culpa de Sorg, que me ha metido el gusanillo en el cuerpo. De momento, dejo por aquí un pequeño prólogo, pero ya se irá complicando un poco más la cosa y conoceremos a un personaje nuevo. Me acaba de venir a la mente hace no mucho, pero espero que os guste. Y en cuanto al pasado de Jorge Armero, pues lo conoceremos en otro minific, pero aún queda un poco. Sólo adelanto que lo veremos relacionándose con Lorenzo Salcedo, que lleva un buen tiempo abandonado. Y hasta aquí voy a leer ahora mismo, aunque creo que me apetece escribir un poco más esta noche. Besetes y hasta pronto.