PLANES DE FUTURO I
Barrio Mágico de Madrid, 3 de diciembre de 2012
Aunque hacía un frío del copón, Jorge Armero se sentía satisfecho por primera vez en mucho tiempo. Patrullar por el barrio mágico fue casi como volver a los inicios, cuando era un auror joven e inexperto con ganas de comerse el mundo. Sabía que estaba pensando esas tonterías melodramáticas porque llevaba mucho tiempo encerrado en el puñetero archivo, pero realmente estaba contento. Hasta tenía ganas de sonreír. Y todos sus compañeros sabían que era un hombre que sonreía en contadas ocasiones.
Lo único que le molestaba era la compañía de Juanjo López. El chaval no se cansaba de presumir de uniforme y caminaba con la espalda erguida y la cabeza alta y lanzaba miradas de soberbia a los transeúntes. Seguramente se creía muy importante, pero Jorge dudaba que fuera a durarle más de un minuto en un duelo mágico. El entrenamiento en la Academia de Aurores era muy duro y no muchos conseguían superarlo, pero no bastaba para ser un buen profesional. Al jovencito López aún le faltaba curtirse un montón antes de dejar de ser considerado un mocoso imberbe.
Hasta el momento no habían tenido que hacer ninguna intervención. Tan solo habían presenciado una breve disputa doméstica entre dos hermanas ancianas y poco más. A Jorge le gustaba la acción como el que más, pero también sabía disfrutar de la calma del barrio mágico. Desde que había puesto un pie por primera vez allí siendo un niño, no había dejado de sentirse fascinado por el lugar. Le gustaba sentirse rodeado por la magia y se sabía incapaz de soportar su ausencia.
Puesto que ya eran casi las seis de la tarde y no había comido nada desde la hora del desayuno, decidió que le haría una visita a La Floriana. Tenía hambre como para comerse un cargamento de churros con chocolate.
—Chico, voy a comprarme algo para merendar. No te muevas de aquí.
—¿Se supone que podemos comer mientras estamos de servicio?
—Por tu culpa me he quedado sin almuerzo, así que no me toques lo huevos —Vio como el chaval hacía un mohín de disgusto y supuso que no tardaría nada en irle con el cuento a su tío—. ¿Quieres algo?
—No.
—Pues tú te lo pierdes, chico.
Y dicho eso, procedió a entrar en la churrería. El ambiente allí dentro era muy agradable y perfectamente podría haberse sentado en una de las mesas para merendar, pero no debía dejar mucho tiempo solo al chaval de López. Si le pasaba algo, el muy cabrón le echaría a él la culpa y le obligaría a pasarse el resto de su vida en la oficina. Esquivó a un par niños pequeños que correteaban dando voces y se plantó frente a la barra. Uno de los yernos de la Floriana fue a atenderle y, aunque nunca habían intimado demasiado, Jorge lo conocía lo suficiente como para intercambiar unas cuantas palabras con él. Apenas tardó unos minutos, pero cuando regresó al exterior Juanjo López ya se estaba metiendo en problemas.
Tenía a un chaval de unos diecisiete o dieciocho años agarrado por el brazo. Y ciertamente el chico no tenía muy buena pinta, con tantos piercings y esa ropa de macarra, pero Jorge había visto muchos delincuentes en su vida y dudaba que el pobre brujo fuera uno de ellos. Sin dudarlo, se dispuso a tomar cartas en el asunto.
—¿Qué estás haciendo, López?
—Mira lo que me he encontrado —Y zarandeó al chico haciéndole trastabillar.
—¿Qué supones que has encontrado? —Su tono brusco hizo que la sonrisa petulante de Juanjo desapareciera. Antes de que el novato pudiera protestar, siguió hablando—. Suelta al chico.
—¡Pero si es un quinqui!
—¡Que lo sueltes, joder!
López obedeció gruñendo entre dientes. El otro chaval se alejó un par de pasos de él y le miró con desconfianza. Parecía tener ganas de salir corriendo.
—¿Cómo te llamas, chico? —Le preguntó Jorge con brusquedad.
—Manu…
—¿Y qué haces por aquí?
—¡No he hecho nada!
—No te he preguntado qué has hecho. Te he dicho que qué haces por aquí.
El tal Manu apretó los dientes e hizo un gesto en dirección a la churrería.
—Trabajo por las tardes en La Floriana.
—¿En serio? ¡Pues vaya horas que traes!
—He tenido que ir al médico.
Jorge no quería convertir aquello en un interrogatorio porque en pobre Manu únicamente había tenido la mala suerte de cruzarse en el camino de un novato arrogante, pero se había visto impelido a hacer esas preguntas. Lamentaba que su tono sonara tan burdo siempre, incluso cuando pretendía ser amable.
—¿Y a qué estás esperando? Ahí dentro tenéis un buen follón.
El tal Manu miró otra vez a López y se metió a toda velocidad en el local. Una vez a solas, fue Jorge el que agarró del brazo a Juanjo.
—¿Qué cojones te crees que estás haciendo?
Si esperaba que el mocoso se sintiera mínimamente avergonzado, se equivocó rotundamente.
—Pues detener a un sospechoso, es evidente —Dicho eso, se liberó del agarre.
—¿Un sospechoso? ¿Y de qué era sospechoso exactamente?
—¿Es que no has visto como va vestido? Se le nota a la legua que es gentuza de lo peor.
Jorge alzó las cejas. Genial. El jefe López le había encasquetado al mejor novato. No le extrañaba que nadie quisiera cargar con él.
—Mira, capullo. No puedes arrestar a alguien porque no te guste su forma de vestir. El pobre chaval no había hecho nada y mientras patrulles conmigo no voy a consentir que hagas más gilipolleces como esa, ¿entendido?
—No ha sido para tanto. Y no me llames capullo.
—¿Y qué harás si te llamo capullo? ¿Te chivarás a tu tío, capullo? —Jorge se rió internamente cuando el mocoso apretó los puños—. Y sí ha sido para tanto. Lo que acabas de hacer se llama abuso de poder. Es una de las primeras cosas que te enseñan en la Academia de Aurores.
—¿En serio? Pues según tengo entendido tú eres un experto en eso. ¿Verdad?
Jorge no podía creerse lo que acababa de escuchar. Ninguno de sus compañeros se había atrevido a hablarle de esa forma nunca y tenía que venir un puto crío presumido a echarle en cara ciertos aspectos del pasado. Su primer impulso fue sacar la varita y coserle la boca con un hechizo, pero se las arregló para templar sus nervios y sonreír. Era una sonrisa peligrosa y que prometía cosas no muy agradables y López tuvo el acierto de retroceder un paso.
—Te voy a dar un consejo, chaval. Procura llevarte bien con el resto de aurores porque algún día podrías necesitar que alguno te cubriera las espaldas.
Y dicho eso, se puso a andar mientras mojaba los churros en el chocolate. Si en ese momento se hubiera dado de bruces con algún delincuente peligroso, éste las habría pasado canutas. Mucho.
Un centro comercial muggle cualquiera. Esa misma tarde, al mismo tiempo.
A pesar de estar sufriendo las consecuencias de la crisis económica, Pepa y Mateo habían decidido llevar a sus hijos al centro comercial para celebrar el cumpleaños de Iván, el benjamín. El niño tenía cuatro años y era serio, silencioso y un tanto huraño. A Pepa a veces le extrañaba ese carácter tan introvertido y había llegado a pensar que le ocurría algo, pero supuestamente Iván estaba perfectamente. El hecho de que su hermano fuese mucho más dicharachero y activo no significaba que al pequeño le ocurriera algo malo.
Pepa observó al cumpleañero. Estaba parado justo frente al escaparate de una juguetería, claramente interesado en un llamativo camión de bomberos teledirigido. Las Navidades estaban próximas y la mujer tomó buena nota. Por lo general, Iván no era nada caprichoso. Mateo, el mayor, era mucho más pedigüeño, pero a sus seis años parecía comprender que papá y mamá no podían comprarle demasiados juguetes. Por fortuna, los Reyes Magos eran los Reyes Magos y ellos no entendían de cosas de dinero.
Le sorprendió cuando Iván fue hasta ella y la agarró de la mano.
—¡Mamá! —Exclamó con determinación—. Lo quere.
—¿Te gusta el camión? —El niño asintió—. ¿Sabes qué vamos a hacer? En cuanto lleguemos a casa, le vamos a escribir a los Reyes Magos de Oriente y les vamos a pedir uno. ¿Quieres?
—¡No! ¡Quere hora!
—Pero ahora no puede ser, cariño.
Iván hizo un puchero. Pepa no recordaba la última vez que el chiquitajo hizo un berrinche, pero iba a ponerse a llorar en un periquete. La pobre mujer se estremeció al recordar lo insoportable que era Mateo cuando se ponía en ese plan y esperaba que a Iván la rabieta le durara algo menos.
Para su desgracia, Iván no sólo se pasó varios minutos llorando y gritando. También ocurrió algo que con Mateo no había pasado y que llenó su cabeza de incógnitas que nunca llegaría a resolver.
Ministerio de Magia.
Marga había decidido quedarse un par de horas más de la cuenta en su oficina porque al día siguiente tenía cita en la clínica muggle y no iría a trabajar en toda la tarde. Aunque estaba muy segura de lo que quería hacer, también se sentía bastante nerviosa. La maternidad no era un juego de niños y ella lo sabía mejor que nadie.
Tras revisar un par de expedientes y recoger bien su escritorio, se dispuso a marcharse a casa. Tal vez llamara a Clara para que la invitara a cenar porque necesitaba mantenerse entretenida pero no quería salir por ahí. No le apetecía. Se puso el abrigo, la bufanda y los guantes y se colgó el bolso en el hombro. Casi nunca se aparecía para regresar a su piso porque estaba ubicado en un barrio muggle y había quedado escarmentada en cierta ocasión, cuando los vecinos casi la pillaron en plena aparición. Y es que no tenía unos vecinos normales. Eran unos cotillas de mucho cuidado y era mejor no correr riesgos.
Justo cuando cerraba la puerta del despacho, se encontró frente a frente con un auror muy jovencito. Marga conocía a un buen puñado de ellos y supo de inmediato que era un novato.
—¡Ey, tú! —Espetó el chaval. Marga se contuvo para no hacer un gesto de extrañeza. ¡Qué criatura más maleducada!—. Eres asistenta social, ¿no? —Marga pensó en decirle que era más que evidente porque acababa de verla saliendo de su oficina, pero se limitó a asentir—. Tienes que venirte conmigo. Ha habido una serie de problemas en un centro comercial muggle. Un mocoso ha tenido un estallido de magia involuntaria o algo así.
Marga se envaró, claramente interesada por el asunto, pero a la vez dudando de que fuera asunto suyo.
—¿No sois los aurores y los inefables los que os encargáis de esas cosas?
—Normalmente sí, pero es que los padres del mocoso han desaparecido.
—¿Cómo que han desaparecido?
—Pues eso, que cuando los inefables han detectado la magia del crío y mi compañero y yo nos hemos presentado allí, sus padres no estaban.
—¿Creéis que les ha ocurrido algo?
El auror novato se encogió de hombros. Marga, que hasta ese instante le había encontrado parecido con alguien, se dio cuenta de que tenía los mismos ojos y la misma nariz que el jefe de aurores y recordó que uno de sus sobrinos había entrado recientemente a trabajar al Ministerio.
—Está bien. ¿Dónde tenemos que aparecernos?
Jorge observó el montón de juguetes apilados al más puro estilo Poltergeist. Comenzaba en la planta baja del centro comercial y llegaba hasta lo más alto de la cúpula del techo. De cuando en cuando se balanceaba peligrosamente, pero el auror sabía que no se caería. En alguna ocasión había podido observar de primera mano los efectos que la magia involuntaria de los niños podía causar y casi siempre resultaba fascinante.
Miró al crío de reojo. Tenía el pelo oscuro y los ojos verdes y sollozaba de cuando en cuando, preguntando por sus padres. Cuando Jorge y Juanjo López volvieron al Ministerio, se encontraron con aquel aviso de los inefables. Por lo general, cuando éstos localizaban un estallido de magia de aquella clase, siempre se personaban en el lugar de los hechos para asegurarse de que todo iba bien. Los muggles solían ponerse muy nerviosos ante cosas como aquella y, si para colmo se producían en lugares públicos, la presencia de los aurores y de los encargados de desmemoriar a los muggles resultaba imprescindible.
Sus compañeros ya se habían puesto manos a la obra. Tenían unas cuantas horas de trabajo por delante porque había muchos testigos de tan extraño acontecimiento. Habían protegido a cal y canto el centro comercial y se dedicaban con ahínco a buscar a aquellos que presenciaron el estallido de magia. Por fortuna, localizarlos no era demasiado complicado porque todos tenían cara de alucine total.
En ese momento, lo que más preocupaba a Jorge era el niño. No era normal que sus padres no aparecieran por ningún lado e intentar hablar con él era imposible porque era demasiado pequeño y estaba muy asustado. Y él tampoco tenía mucha mano izquierda con los mocosos.
—¡Jorge!
Aunque normalmente no apreciaba demasiado la presencia de Margarita Vázquez, en esa ocasión se alegró de verla por allí. Porque esa bruja podía ser muchas cosas, pero era buenísima en su trabajo y los niños se le daban bastante bien.
—Creí que no llegaría nunca, Vázquez.
Marga entornó los ojos. Odiaba que aquel cretino la llamara por su apellido, pero había comprendido que no había forma de hacerle cambiar de actitud de la misma forma que ella no pensaba dejar de decirle Jorge.
—He venido en cuanto me habéis avisado.
—Ya —Jorge miró de soslayo al joven López, que parecía preparado para la acción—. Bueno, da igual que haya tardado una eternidad.
—No he tardado una eternidad.
—Claro, claro. La cuestión es que ese niño —Señaló al pequeñajo con un gesto— ha organizado este desaguisado y necesitamos que alguien se haga cargo de él hasta que demos con sus padres.
—Tu compañero ya me ha dicho que han desaparecido.
—No es mi compañero. Es un novato en prácticas —Jorge se rió internamente ante la cara indignada del chaval. Que sí, que luego le iría con el cuento al tío, pero le daba lo mismo—. Y sí, los padres se han esfumado.
—¿Podría ser como consecuencia de la magia accidental?
—Los inefables están dando vueltas alrededor del crío y han lanzado un montón de hechizos, pero creo que no han averiguado nada. Y si lo han hecho, están callados como putos. Ya sabes que su trabajo es secreto.
Marga no puedo evitar reírse ante semejante expresión. Jorge Armero era un bruto y un mal hablado y ella seguía teniéndolo en su punto de mira. Se había dado cuenta de que cada vez era menos probable que pudieran tener algo, pero sentía cierta atracción por él. Una atracción que la hacía sentirse muy extraña e insegura, cosa que nunca le había pasado antes.
—Voy a intentar hablar con el niño.
—No sé a qué estás esperando.
Marga obvió el último comentario y se acercó hasta el pequeño brujillo. Una mujer que tenía toda la pinta de ser inefable estaba a su lado, intentando calmar su llanto infructuosamente. Mientras tanto, uno de sus compañeros se encargaba de deshacer la magia involuntaria.
—Soy Marga Vázquez —Estrechó la mano de la otra bruja—. Trabajo en Asuntos Sociales y voy a encargarme del niño.
—¡Oh, genial! Pensé que no llegaríais nunca —Marga apretó los puños. ¿Por qué todo el mundo insistía con eso si realmente no había tardado nada?—. Voy a seguir trabajando.
—¿Has encontrado algo raro?
—La magia del niño está perfectamente, serena después de la explosión. Y no noto nada extraño a su alrededor. Sea lo que sea lo que les ha pasado a sus padres, no tiene nada que ver con él o con la magia.
Marga asintió. El pequeñajo se había removido ante la mención de sus padres y había vuelto a preguntar por ellos.
—Vale, muchas gracias.
La inefable hizo un gesto y se alejó de ellos unos cuantos metros. Marga observó al niño un instante y luego se sentó en el suelo, a su lado.
—Hola, guapo —Con esas dos palabras logró llamar la atención del pequeño—. ¿Cómo te llamas?
El niño la miró con los ojos abiertos como platos y se quedó en silencio unos segundos. Un silencio que se vio interrumpido por un nuevo sollozo.
—Mis papás no tan.
—¡Oh! Pero no pasa nada. Todos estos señores los están buscando y los van a encontrar.
—¿Sí?
—Pues claro que sí —Marga sacó un pañuelo de papel y limpió las lágrimas y los mocos del niño—. ¿Me dices cómo te llamas? Yo soy Marga.
—Iván.
—¡Pero qué nombre más bonito! Y dime una cosa, Iván. ¿Has venido aquí con tus papás?
—No tan.
—Los vamos a encontrar, cielo —Marga le acarició el pelo—. ¿Has venido con alguien más? Tus hermanitos, los abuelos…
—Con Mateo.
—¿Mateo es tu hermanito? —El niño no movió un músculo y luego rompió a llorar otra vez. Marga sabía que no podría obtener más información de su parte, pero al menos sabía que el chiquitajo se llamaba Iván y que posiblemente tenía un hermano que se llamaba Mateo. Sólo cabía esperar que los aurores pudieran averiguar algo más interrogando a los testigos porque no se le ocurría que había podido pasarles a los padres del pobre niño. ¡Menuda forma de iniciarse en la magia!
¿Qué habrá pasado con los padres de Iván? Lo descubriremos en próximos capítulos. Espero que este os haya gustado y ojalá os animéis a dejar un comentario. Besetes y hasta el próximo.
