PLANES DE FUTURO III
Hospital Mágico de San Mateo, Madrid. 4 de diciembre de 2012
Marga había decidido llevar al pequeño Iván al hospital para que los sanadores le echaran un ojo. A parte de estar muy nervioso y asustado y de preguntar constantemente por sus padres, el estallido de magia no tuvo secuelas físicas. Aún así, Marga insistió en que lo mantuvieran ingresado. Quería darle tiempo a los aurores para que investigaran la desaparición de sus progenitores y retrasar el máximo el momento de llevarlo al centro de acogida del mundo mágico. Aunque los padres del niño fueran muggles, Iván era un brujillo y la responsabilidad de cuidarlo recaía, precisamente, en los brujos.
Aunque no formaba parte de sus obligaciones, decidió quedarse con él. El personal del hospital, que la conocía bastante bien, había preparado una cama para ella y Marga se había pasado toda la noche recostada pero sin pegar ojo. No podía dejar de mirar a Iván, que se había dormido de puro agotamiento. Estaba ansiosa por saber quiénes eran sus padres y qué había pasado con ellos. No quería ni plantearse la posibilidad de que hubiera tenido lugar un desenlace fatal, pero no podía evitar hacerlo. En ese caso, tendría que buscar a los familiares del niño, explicarles su condición mágica y esperar que quisieran ocuparse de él. Si nadie aceptaba su tutela, el Ministerio le buscaría una familia. Por fortuna, los niños magos huérfanos no abundaban y siempre había mucha gente dispuesta a ocuparse de ellos.
Ella misma podría hacerlo, demonios. El pensamiento la había asaltado de madrugada. Cuando había decidido que sería madre, se había obcecado en la idea de quedarse embarazada y ni siquiera se había planteado la adopción, pero realmente no le importaría ocuparse de un niño sin hogar. Ellos eran, tal vez, lo más necesitados.
Era demasiado pronto para plantearse cosas como aquella. Seguramente los aurores darían con los padres. Lo más lógico era pensar que habían perdido al niño durante todo el follón que se organizó en el centro comercial y a esas alturas debían estar buscándolo como locos. Marga se puso en su lugar y se imaginó que debían sentirse terriblemente mal. Perder a un hijo era lo peor. El simple pensamiento de que algo pudiera ocurrirles a Darío o a Amelia la llenó de angustia.
Pasó toda la noche pensando en eso. Iván apenas se removió en la cama. Parecía diminuto con su pijama del hospital y Marga esperó que todo acabara bien para él. Eran tan pequeño.
Se levantó muy temprano y usó el baño para adecentarse un poco. Seguramente el niño tardaría un rato en despertarse y decidió salir a estirar las piernas al pasillo. Ni siquiera le sorprendió que Armero se acercara dando grandes zancadas porque ese hombre realmente tenía el don de la oportunidad. Traía su ropa de auror un poco arrugada y no parecía haber dormido mucho más que ella.
—Buenos días, Jorge. ¿Dónde has dejado a tu ayudante? —El brujo ignoró la pulla y se limitó a saludarla—. ¿Habéis averiguado algo?
—Hemos averiguado mucho, en realidad —Armero miró hacia la habitación del niño y apretó los dientes un instante—. ¿Podemos hablar en otro sitio? No me gustaría que el mocoso escuche lo que tengo que decirte.
Marga se sintió alarmada y siguió a Jorge al fondo del pasillo. El hombre era un bruto, pero también era extremadamente delicado cuando se trataba de menores.
—¿Qué pasa? No me digas que…
—¿Se han muerto? No, no es eso.
—¿Entonces?
—Los chicos de informática se han pasado horas revisando los videos de seguridad del centro comercial y han dado con los padres del crío. Tal y como te dijo, llegaron acompañados de Iván y de otro niño un poco mayor.
—Mateo.
—¿Quién?
—El hermano de Iván se llama Mateo.
—¡Oh, vale! —Armero se agitó un instante. Parecía muy disgustado—. La cuestión es que estuvieron dando vueltas durante un rato, hasta que el mocoso se quedó parado frente al escaparate de la juguetería y tuvo el estallido involuntario. Las imágenes en esta parte son un poco borrosas por culpa de la magia, pero por suerte las cámaras no se estropearon del todo —Jorge volvió a removerse—. Durante un minuto, se ven volar los juguetes para formar aquella pila y a la gente corriendo. Después, todos se quedaron inmóviles y al cabo de unos segundos, Iván intentó acercarse a su madre. Supongo que estaría asustado.
—Claro que lo estaba, el pobrecito.
—Pero no era el único que lo estaba, ¿sabe, Vázquez? Porque la madre, en lugar de ofrecerle consuelo, se dio media vuelta, agarró al mayor y se fue del centro comercial con su marido.
—¿Qué? —Marga no podría estar más alucinada ni queriendo. Apenas fue capaz de creerse la historia de Armero y no supo qué decir.
—Que se largaron, Vázquez. Se fueron y lo dejaron tirado como un perro.
Si las circunstancias hubieran sido diferentes, Marga se hubiera preguntando a qué venía aquella especie de dolor que se reflejó en los ojos del hombre, pero estaba demasiado ocupada pensando en el pobre Iván. No le extrañaba que estuviera tan nervioso.
—¿Sabéis como se llaman?
—Estamos en ello. Seguramente a media mañana tendremos los nombres de los padres e iremos a hablar con ellos.
—Voy a ir con vosotros.
—No es cosa suya.
—¡Claro que lo es! Seguramente estén muy asustados y no comprendan lo que le ha pasado a Iván —Una vez recuperada de la impresión inicial, Marga tomó una férrea determinación—. Les voy a explicar con pelos y señales todo lo que necesitan saber e Iván pasará esta noche en casa, con sus padres y su hermano.
—¿Y si no se sale con la suya? Hay muggles que son muy cerrados de mollera.
—Todo va a salir bien, Armero. Pero si los padres de Iván no atienden a razones, me ocuparé de que ese niño esté bien.
Jorge Armero la miró fijamente y al final sonrió. Fue muy poquito, pero lo hizo.
—Es lo que siempre hace. ¿Cierto, Vázquez?
Marga asintió. Tenía muchas cosas en la cabeza, pero se preguntó tontamente porqué Jorge insistía en llamarla de usted. Le resultaba del todo antinatural.
Residencia de los padres de Iván. Por la tarde.
A Pepa le temblaban las manos mientras se tomaba la quinta tila del día. No había podido pegar ojo en toda la noche y se había dedicado a velar el sueño de su querido Mateo.
No podía quitarse de la cabeza lo que había ocurrido en el centro comercial. Siempre había sabido que Iván era un niño extraño, pero nunca se imaginó que lo sería tanto. Porque lo que había pasado con todos esos juguetes no era medianamente normal. Pepa no necesitaba ser una experta en fenómenos paranormales para darse cuenta de que el responsable de aquello fue Iván. No lograba entender lo que había pasado, pero tenía muy claro que no quería formar parte de ello.
Era muy duro admitir que la naturaleza de su propio hijo la aterraba y que no deseaba tenerlo cerca. Tal vez se estuviera precipitando, quién podría decirlo, pero estaba segura de que esa anomalía de Iván podría pegársele al pobrecito Mateo. Porque su benjamín fue raro desde el momento de su nacimiento y Pepa siempre había visto algo turbio en sus ojos. Y lo quería porque era hijo suyo y lo había llevado nueve meses en su vientre, pero ver confirmadas sus sospechas era horrible. La palabra monstruo se había colado varias veces en su pensamiento. Iván era un monstruo y ella debía mantener a salvo a Mateo.
Sí, eso debía hacer.
Mateo entró a la cocina. Ese día se había sentido incapaz de salir en busca de un empleo. Antes era el director de una sucursal bancaria, pero le habían despedido tres años antes por culpa de la crisis, justo después de que naciera Iván. Sí, incluso su nacimiento había sido un mal augurio. Pepa no podía quitárselo de la cabeza porque ahora todo encajaba. Desde que nació Iván todo estaban siendo problemas.
Pensó que le hablaría del niño, pero lo único que hizo fue sentarse y apretar los dientes. El único que se había preocupado por Iván fue su hermano, quien en su inocencia no comprendía lo peligroso que podría llegar a ser. Había preguntado una y otra vez por él, insistiendo en que debían ir a recogerle al centro comercial. A Pepa también le inquietaba la forma que habían tenido de dejarlo. Actuó por instinto, guiada por sus ganas de proteger a Mateo, pero era posible que se hubieran metido en problemas.
—Mateo —Dijo en un susurro, logrando que su marido la mirara. Tenía los ojos rojos y no se había afeitado—. Lo que pasó ayer…
—No sé qué fue lo que pasó ayer, Pepa, pero no quiero hablar de ello.
—Pero no debimos dejar a Iván así.
—Ya viste lo que hizo.
—No me refiero a eso —Pepa se sentó frente al hombre y le cogió las manos—. Lo abandonamos en mitad del centro comercial. La policía se va a dar cuenta y van a venir a por nosotros.
Mateo suspiró y se tiró del pelo casi compulsivamente. Era incapaz de pensar con claridad. Se sentía terriblemente mal por haber abandonado a Iván y al mismo tiempo le daba miedo traerlo a casa. Al igual que Pepa, él también había notado lo raro que era el niño y se había horrorizado por lo ocurrido el día anterior, pero estaba demasiado confundido como para plantearse seriamente el tema. No entendía nada y sabía que había obrado mal pero, ¿qué otra cosa podía hacer?
—¡Joder, Pepa! ¿Qué hemos hecho?
—Lo que creímos mejor.
—No. No sé…
Justo en ese instante llamaron a la puerta. Los dos se pusieron en pie de un brinco y se miraron fijamente. La policía, sin duda. Habían descubierto lo ocurrido y venían a ajustar cuentas. Y Pepa no podía culparles por ello, pero estaba convencida de que había actuado bien. Quería estarlo.
—Voy yo.
Mateo siempre había procedido con más determinación en los momentos de crisis. Se tiró del jersey hacia abajo y enfiló el pasillo a buen paso. A Pepa no le quedó más remedio que ir tras él y se sintió un poco tonta. ¿Qué explicaciones podrían darle a los policías? Seguramente pensarían de ella que era un monstruo por dejar así a Iván.
Cuando Mateo abrió la puerta le sorprendió muchísimo no ver a dos agentes uniformados. Había dos personas en el pasillo, una mujer vestida con sobriedad y un hombre que sí que parecía llevar alguna clase de ropa oficial que Pepa no había visto en su vida.
—Buenas tardes —La mujer les acababa de sonreír amistosamente, pero el hombre parecía sacado de una película de mafiosos—. ¿Son ustedes Mateo Plaza y Josefa Martínez? —Pepa miró a su marido y los dos asintieron al mismo tiempo—. Permítanme que me presente. Soy Marga Vázquez y mi compañero se llama Jorge Armero. Venimos a hablarles de su hijo Iván.
Pepa sintió como se le paraba el corazón. Sí, la mujer estaba siendo bastante amable, pero estaba convencida de que no tardaría en empezar a lanzarle acusaciones. Y no se sentía con fuerzas para afrontarlas. Realmente no.
—¿Podemos pasar? Es mejor que la conversación sea en privado.
Mateo asintió y se hizo a un lado para permitirles entrar. Después, guió a ambos a la sala de estar mientras les invitaba a tomar algo. Ninguno quiso nada, pero Pepa fue a la cocina igual a preparar unas galletas y un café. Necesitaba tomar aire porque todo iba de mal en peor y no quería explotar. Llevaban demasiado tiempo soportando una desgracia tras otra. Parecía mentira que cuando Mateo nació estuvieran planeando comprarse una casa en Las Rozas. Su vida se había puesto patas arriba y era por Iván. Sí, porque era raro. Pero también era su hijo y algo en su interior le decía que esos pensamientos no eran más que tonterías.
Cuando regresó al saloncito y comenzó a escuchar la rocambolesca historia que esos dos individuos le contaron a él y a su marido, se sintió al borde del desmayo. Era increíble y no podría soportarlo.
—Entiendo que se sientan desconcertados —Decía Marga después de pasar más de una hora hablando sobre el mundo mágico—. Suele ocurrirles a los padres de brujos de primera generación, pero les aseguro que no tienen nada de qué preocuparse. Iván es un niño perfectamente normal con un talento especial —La mujer sonrió, preparada para hacer aquella analogía que ya había utilizado en más de una ocasión—. Algunos niños resultan ser unos futbolistas excelentes y otros nacen siendo magos.
Mateo y Pepa se miraron. Marga se daba cuenta de que Jorge se estaba mostrando de lo más hostil y, aunque a ella también le parecía fatal lo que esos dos habían hecho, procuraba ponerse en su lugar para poder entenderles un poco mejor. Se notaba a la legua lo asustados que estaban, pero creía haber hecho un buen trabajo convenciéndoles de que todo estaba bien. No sería fácil, al menos no al principio, pero casi siempre salía bien. Por fortuna, muy pocos padres eran como los de Clara y la mayoría terminaba por ver todo el asunto de la magia con normalidad. Marga pensó en su propia familia, en todas las preguntas que le hacían sus hermanos cada vez que volvía de los campamentos mágicos y en todas las conversaciones a media voz que había mantenido con sus progenitores y tenía esperanzas en que todo fuera bien para Iván de la misma forma que había ido bien para ella.
—Entonces —Mateo Plaza, que no dejaba de tironearse del pelo por causa de los nervios, habló con voz temerosa—. ¿Qué es lo que tenemos que hacer ahora?
—No tienen que hacer nada. Iván no necesita ninguna clase de cuidados especiales. Es posible que vuelva a tener estallidos involuntarios de magia, pero le aseguro que lo que ha ocurrido hoy es algo extraordinario.
—Pero si como dice hay que mantener todo esto en secreto, ¿qué va a pasarle a Iván? Ha hecho magia delante de un montón de personas y…
—El señor Armero es auror. El equivalente a un policía en el mundo mágico. Él y sus compañeros han arreglado todo lo ocurrido en el centro comercial y a Iván no va a pasarle absolutamente nada. Es un menor y no puede controlar su poder.
Mateo miró a su mujer. Ella no había abierto la boca en todo el rato, pero estaba muy pálida y obviamente menos receptiva que el marido.
—¿Y nosotros? Dejamos a Iván allí solo.
—Su comportamiento fue ciertamente negligente —Jorge carraspeó como si considerara que se había quedado muy corta. Marga lo ignoró—, pero entendemos que se dejaran llevar por el pánico. Iván ha pasado la noche bajo la tutela del Ministerio de Magia, pero podrá volver a casa enseguida.
—¿Y no nos sancionarán o algo así?
—No, señor Plaza, aunque deben comprometerse a garantizar el bienestar del niño.
—¿Y si no lo hacemos?
Marga giró la cabeza para mirar a Pepa, sorprendida por la pregunta.
—Como ya les he comentado, Iván no necesita ningún cuidado especial. Sólo tienen que seguir tratándolo como hasta ahora y estará perfectamente.
—No me refiero a eso —Pepa hizo una pequeña pausa y se llevó la mano al cuello, angustiada—. ¿Y si no queremos que vuelva a casa?
—¡Pepa! —Protestó el marido antes de que Marga pudiera abrir la boca.
—Es lo que hemos hablado, Mateo.
—No hemos hablado nada. Yo estaba preocupado porque no entendía nada, pero ahora que sé lo que le pasa a Iván, creo que su lugar está aquí.
—Ya has oído lo que ha dicho esta mujer. Por lo visto, Iván es un brujo. Yo creo que su sitio está con los otros brujos.
—¡Oh, no! —Marga no podía creerse lo que estaba oyendo—. Su sitio está con su familia. Mis padres también son muggles y nunca hubo ningún problema en casa. Y brujo o no, Iván sigue siendo su hijo. ¿De verdad se siente incapaz de cuidar de él?
Pepa no contestó. Mateo se puso en pie y pareció muy seguro de sí mismo al hablar.
—Tenemos que intentarlo, Pepa. Lo que hicimos ayer fue horrible y no soporto la idea de perder a Iván. Tenemos que intentarlo.
Media hora después, Jorge y Marga salían del domicilio del matrimonio. Querían a Iván de vuelta y Marga se encargaría de llevarlo a casa al día siguiente. Sabía que aquellos dos muggles necesitaban tiempo para charlar entre ellos porque la mujer no parecía en absoluto convencida. A la bruja le gustaba mantener su ánimo arriba y ser positiva, pero tenía malas vibraciones respecto a esa gente. Les había dado su número de teléfono y les había dicho que podrían llamarla en cualquier momento que lo necesitaran.
—Menudo par de gilipollas —Escupió Jorge una vez se quedaron a solas. No había abierto la boca durante toda la entrevista y a Marga casi no le sorprendió verlo tan ofuscado—. Sobre todo ella. ¿Cómo puede rechazar de esa forma a su hijo?
—Cree que el mayor podría estar en peligro y desea protegerlo —Marga sonaba bastante convincente aunque le costara creerse sus propias palabras—. En cuanto vea que Iván sigue siendo el mismo niño de siempre, se le quitarán todos los miedos y las aguas volverán a su cauce.
—¿De verdad cree eso, Vázquez?
—¿Por qué no iba a creerlo?
Armero la miró con los ojos entornados y finalmente negó con la cabeza como si estuviera sintiendo mucha pena por ella.
—Me parece mentira que lleve tantos años trabajando en Asuntos Sociales y aún confíe en la buena fe de las personas.
—Y a mí me parece mentira que no quieras darle ni un mínimo de confianza a un par de muggles que acaban de descubrir la magia. La verdad, no creo que sea tan raro lo que les ha pasado.
—Vázquez —Jorge se puso frente a ella y la miró a los ojos. Era altísimo—. Abandonaron a su hijo de cuatro años en un centro comercial. La mujer se ha pasado todo el rato poniendo en duda tus palabras y rechazando al crío. ¿Realmente cree que va a tener su final feliz?
Marga quiso decirle que sí, pero no pudo. Apretó los dientes y negó con la cabeza. Esperaba que él le restregara por la cara que tenía la razón, pero lo que hizo fue reanudar la marcha. Marga decidió que sería bueno cambiar de tema, aunque no estaba segura de que Jorge fuera a mostrarse muy charlatán. Nunca lo era.
—Jorge. ¿Por qué sigues tratándome de usted? Hace un montón de años que nos conocemos.
Armero la miró de reojo y se metió las manos en los bolsillos de sus pantalones.
—¿Por qué iba a tratarle de otra forma? Trabajamos juntos de vez en cuando, pero no somos amigos.
—Porque tú no quieres que lo seamos.
Pensó que Jorge se pondría tenso porque no era la primera vez que mantenían una charla de esa clase, así que le sorprendió que sonriera. La segunda vez en un periodo de tiempo muy pequeño.
—¿Por qué querría ser su amigo?
—¿Y por qué no? Si me dieras una oportunidad podrías darte cuenta de lo buena tía que soy.
—Sí, claro —Armero chasqueó la lengua y negó con la cabeza—. No dudo de sus dotes para socializar con la gente, pero eso no me va.
—Tener amistades no es algo malo, ¿sabes? Te vendría bien para despejarte después del trabajo.
—¿No cree que se está extralimitando en sus opiniones, señorita Vázquez?
—Pues no, francamente.
Armero volvió a mirarla de soslayo y a Marga le pareció que sonreía por tercera vez, aunque no podría afirmarlo con total seguridad.
—Supongo que no vas a aceptar una cerveza más tarde, ¿verdad?
—No me gusta la cerveza.
—Pues tómate un agua con gas, pero dime que sí.
Jorge se lo pensó un instante y luego habló con su sequedad de siempre.
—Me temo que estoy demasiado cansado para aceptar una invitación de su parte. Tal vez otro día.
Marga no insistió. Al menos Armero no la había llamado golfa en esa ocasión. Aún le escocía un poco aquel insulto pronunciado tanto tiempo atrás y, aunque realmente le hubiera gustado salir con Jorge, aunque fuera en plan amigos, se dijo que aquel par de sonrisas habían merecido la pena. Estaba cansada y no había podido ir a la clínica de inseminación artificial, pero se sentía muy a gusto.
No había tenido un mal día.
Un capítulo más. Espero que os guste. Besetes y hasta pronto.
