PLANES DE FUTURO IV
Toledo. 5 de diciembre de 2012
Tras una breve reflexión, Darío decidió meter en la maleta el anorak marrón oscuro. Al día siguiente, Alfie, Eloy y él se marcharían a pasar el puente de la Constitución a Inglaterra. Hacía muchísimo tiempo que no veían a Antonio Álvarez, los tres disponían de unos cuantos días de asueto y Alfie tenía unas ganas tremendas de darse una vueltecita por el mítico Callejón Diagón. La verdad era que el viaje era del todo improvisado y Darío tenía la sensación de que se estaba dejando algo. Echó un vistazo a su alrededor y se dio por vencido. Ya llevaba bastante equipaje, así que cerró la cremallera y se dijo que al día siguiente tendría que conjurar un hechizo reductor para no ir por ahí con ese armatoste.
Viajarían en escoba. Pillar un traslador internacional con tampoco tiempo era imposible y no les apetecía usar el muy muggle avión. Seguramente pasarían muchísimo frío y Darío no negaba que sentía ciertas reservas a la hora de subirse a su escoba, pero era la mejor solución. Su madre se estaba encargando de añadir unos cuantos hechizos de seguridad y estaba seguro de que su padre haría lo mismo en cuanto se presentara en casa para despedirle.
Justo cuando terminaba de cerrar la cremallera, Alfie le llamó al móvil. Empezó a hablar en cuestión de nanosegundos, antes incluso de que Darío le saludara en condiciones.
—¡Ey, tío! Eloy y yo estamos en Abadía 51. Vente a tomarte unas cañitas con nosotros.
Darío miró la hora. Aún era pronto y ya lo tenía todo preparado, así que bajó a decirle a su madre que se iba y se desapareció en el recibidor de su casa. Apareció a las puertas del famoso local del mundo mágico y se apresuró a entrar porque hacía frío. Había bastante gente porque al día siguiente era festivo y el brujerío nacional parecía tener ganas de marcha. No tardó nada en localizar a Alfie junto a la barra. Su primo le hacía señales con el brazo y, junto a él, Eloy medio sonreía, ataviado con su ropa negra de siempre.
—Hola, colega —Alfie le pasó una mano por los hombros y le pidió una cerveza—. Estábamos hablando de la hora de salida. ¿Te parece bien que nos vayamos a eso de las nueve? Calculamos que tardaremos en llegar a Londres unas dos horas. Si no hay contratiempos ni te caes de la escoba, claro.
—Joder, Alf. Gracias por tener tanta fe en mí.
—No pretendo ofenderte ni nada. Sólo soy realista.
—Pues te aseguro que no pienso caerme de ninguna escoba. Si acaso llegaremos tarde porque se te peguen las sábanas.
—No te creas, primo. Al capitán Pinzón no le gustan los dormilones.
Cuando Alfred Cattermole supo que quería ser marinero, se las apañó para aprobar los estudios muggles y mágicos. Para sorpresa de todos, hizo selectividad y obtuvo suficiente nota como para entrar en la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Navales de la Pollitécnica de Madrid. Eso sí, no tenía pinta de ir a sacarse la diplomatura en Ingeniería Naval. Se había pasado casi dos años hincando codos hasta que había convencido a Pinzón para que lo admitiera en su tripulación. Llevaba unos cuantos meses navegando por el mundo y estaba lo suficientemente contento como para olvidarse definitivamente de los estudios muggles. De hecho, estaba más centrado en mejorar sus habilidades mágicas y Darío le ayudaba a practicar cada vez que tenía ocasión. Lo único malo era que ya no se veían tan a menudo como antes, pero Alfie estaba pasando un par de meses en tierra hasta mediados de enero, cuando se embarcaría durante nueve meses rumbo a las gélidas aguas de la Antártida.
—Ya te llamaré por teléfono. Por si acaso.
—¿Y a Eloy no le vigilas?
—¡Ey! —Protestó el aludido—. Que en mi vida he llegado tarde a ningún sitio.
—Vaya dos Don Perfecto que me he encontrado. Seguro que hasta tenéis la maleta preparada —Eloy y Darío se miraron y asintieron al mismo tiempo—. Pues eso.
—No me digas que no has hecho el equipaje —Comentó Darío, sabiendo de antemano la respuesta.
—Pues no. No sé por qué tanta prisa. Cuando llegue a casa, meteré lo primero que pille en la maleta y listo.
Darío iba a decirle que de esa forma seguramente se dejaría la mitad de las cosas necesarias en casa, pero como Alfie no le iba a hacer ningún caso, puso los ojos en blanco y lo dejó estar. Su primo era como era y ya nada ni nadie podría cambiarle.
Bueno, tal vez su admirado capitán Pinzón.
—Vaya, vaya. ¿A quién tenemos aquí?
Darío masculló una maldición entre dientes. No había visto llegar a Juanjo López porque estaba de espaldas a él. Cuando giró la cabeza, descubrió que el muy idiota no se había quitado el uniforme de auror y andaba con el pecho hinchado como un pavo.
—Hola, López —Saludó sin muchas ganas.
—¿Qué estáis haciendo?
—Pues ya ves.
López entornó los ojos. Darío supuso que tenía ganas de dar la lata porque, aunque no estaba rodeado por su pandilla de descerebrados habituales, parecía sentirse muy protegido por su posición de auror. Los había que no maduraban nunca.
—Espero que seáis buenos chicos y no arméis bulla. No me gustaría tener que arrestaros.
Darío no iba a tomarse la molestia de responder y Alfie había desconectado en cuanto lo vio. Eloy, en cambio, dio un paso adelante y se encaró con él. Por lo general, el chico era muy tranquilo, pero López le había amargado la vida cuando eran pequeños y se la tenía guardada. Lo disimulaba casi siempre, claro, pero se le notaba lo mucho que le fastidiaba tenerlo cerca.
—Pues a mí me parece que sí es lo que quieres.
—¿Cómo dices?
—Pues que has venido aquí a provocar porque sigues siendo un tocapelotas de mierda —Eloy le miró de arriba a abajo y López apretó los dientes, claramente a punto de entrar en ebullición—. Corrección. Eres un tocapelotas de mierda disfrazado de auror.
López se puso rojo como un tomate, sacó la varita y apuntó a la cabeza de Eloy.
—O cierras la puta boca, Jiménez, o te detengo aquí mismo.
—¿Y de qué me vas a acusar exactamente? Porque creo que todo el mundo ha visto que yo estaba tomándome una cerveza con mis amigos y tú te has acercado y me has amenazado con la varita. Auror o no, creo que llevas las de perder.
López echó un vistazo a su alrededor y comprendió que aquel gilipollas tenía razón. La verdad era que se había acercado a ellos para molestar y demostrarles quién mandaba ahora, pero el tiro le había salido por la culata. Cabreado consigo mismo, bajó la varita y señaló a los tres chicos con el dedo.
—Esto no se va a quedar así, cabrones.
—Claro que no, López —Darío le sonrió amablemente—. Hasta la próxima.
Cuando su antiguo compañero de estudios desapareció, Alfie soltó una carcajada que desconcertó a sus dos amigos.
—¿Y a ti qué te pasa ahora? —Quiso saber su primo—. ¿Ya se te ha subido la cerveza a la cabeza?
—¡Qué va! Es que estaba pensando que aunque el mono se vista de seda, o de auror en este caso, mono se queda.
Darío reflexionó un instante y al final también se echó a reír. Alfie tenía más razón que un santo.
Ministerio de Magia, Madrid. 6 de enero de 2012.
Juanjo estaba de muy mal humor esa mañana. Aún le escocía un poco la humillación a la que le había sometido ese bicho raro de Eloy Jiménez en Abadía 51, pero es que además le había tocado trabajar en festivo. ¿De qué servía que tu tío fuera el jefe de aurores si te tocaba pringar cuando casi todos estaban disfrutando de un día de vacaciones?
Le echó un vistazo a Jorge Armero. Había esperado que al menos el tipo tuviera el detalle de sacarlo a patrullar otra vez, pero llevaba toda la mañana rellenado y archivando informes. Al menos no había tenido la desfachatez de pedirle ayuda porque no pensaba brindársela. Porque, vamos, ¿qué clase de auror hacía esas labores? Eso era cosa de secretarias, no de hombres de acción. Incapaz de aguantar tanto aburrimiento, se acercó a la mesa de Armero y dio un par de golpecitos sobre el tablero. La gélida mirada que su compañero le dirigió estuvo a punto de echarlo para atrás. Sólo a punto.
-¿Qué quieres, capullo?
Juanjo odiaba que se refiriera a él de esa forma, así que retrasó un poco el tema que más le preocupaba para dejar las cosas claras.
-Para empezar, que dejes de llamarme capullo.
-¿En serio? Pues mala suerte, capullo. Ya te dije que podías chivarte a tu tío, pero hasta que él no me llame la atención, seguiré llamándote como me salga de las pelotas. ¿Te enteras o quieres que te haga un croquis?
-Pues a lo mejor eres tú el que necesite un mapa para salir del Ministerio cagando leches cuando hable con mi tío, ¿sabes?
Tal vez no había sido un movimiento adecuado, pero Juanjo se quedó muy a gusto tras decir esas palabras. Armero le miró muy serio un instante, como si quisiera arrancarle la cabeza a mordiscos, y al final se cruzó de brazos.
-Ya has demostrado que además de capullo eres un chulo presuntuoso. ¿Vas a decirme ahora por qué me estás molestando?
-Quiero que vayamos a patrullar.
-¿Perdona?
-Mi tío dijo que me saques a patrullar para que aprenda la dinámica de trabajo de los aurores.
-Pues tu tío puede decir misa, chaval -Armero señaló su mesa con un gesto-. Tengo que resolver todo este papeleo y, como comprenderás, no lo voy a hacer en mi tiempo libre. Así que tienes dos opciones. O me ayudas y terminamos antes, o te largas por ahí a sacarte los mocos. Eso sí, que sea dentro del cuartel. No soy responsable de las memeces que puedas hacer lejos del Ministerio.
Tras decirle aquello, Armero se dio media vuelta y siguió a lo suyo. Juanjo pensó que lo más conveniente sería echarle un cable para terminar antes y poder salir a la calle, pero su orgullo le impidió actuar de tal forma. Prefería estar aburrido antes que seguirle el juego a aquel idiota. No entendía por qué su tío se lo había puesto como compañero. ¿Es que no se daba cuenta de que así no se podía aprender nada?
Decidió echarle un vistazo al periódico. Cerca del mediodía sonó la alarma mágica y se puso en pie de un bote, contento porque al fin podría trabajar de verdad, pero fueron otros dos aurores los que salieron pitando. De hecho, Armero ni siquiera había hecho ademán de largarse. Quiso reprocharle su actitud pero no lo hizo porque se daba cuenta de que no le haría ningún caso. Al fin, cuando eran casi las dos del mediodía, Armero se levantó y se enfundó un grueso abrigo oscuro y una bufanda de lana.
-Me voy a comer a casa. Volveré a eso de las cuatro, aunque llevo el avisador por si acaso -El avisador era un pequeño aparato que informaba a los aurores de las emergencias mágicas cuando estaban fuera del cuartel-. Hasta entonces puedes hacer lo que te dé la gana.
Jorge no esperó una respuesta. Se apareció directamente en la casa de su abuela, una bruja que llevaba viviendo en el barrio mágico de Sevilla desde los veinte años. En su juventud había trabajado como costurera y aún cosía ropa para sus amistades y familiares.
La casa de su abuela no era demasiado grande, tenía la fachada blanquísima y las ventanas repletas de flores que mantenían su colorido durante todo el año. Jorge había crecido allí, correteando por aquellos pasillos y jugando a aurores y ladrones con sus amigos del barrio. De pequeño había tenido un gracioso acento andaluz, pero cuando entró en la Academia de Aurores aprendió a disimularlo. Cuando su abuela le preguntaba por qué lo había hecho, él simplemente no sabía qué responder. Tal vez porque siempre había querido pasar desapercibido.
Encontró a la mujer en la cocina, preparando uno de sus deliciosos guisos de verdura y carne. Felisa Gallo era una mujer de baja estatura y entrada en carnes, de pelo blanco muy rizado y ojos oscuros. Estaba a punto de cumplir los noventa años y ya empezaba a sufrir algunos achaques de salud. Sus padres habían sido muggles, pero a ella no le había costado nada adaptarse a su vida como bruja.
Jorge sonrió nada más verla y se acercó a ella para darle un beso en la mejilla. La mujer, que no se había percatado de su presencia, se llevó un buen sobresalto y le arreó con el cucharón en la cabeza.
-¡Abuela!
-¡Jorgito! Te he dicho miles de veces que no entres así en casa. ¡Por Dios! ¡Qué susto que me has dado, niño!
-No ha sido para tanto. Cada vez estás más picajosa.
Felisa entornó los ojos, pero terminó por reírse.
-¡Anda, rufián! Pon la mesa, que esto casi está.
Jorge obedeció encantado de la vida. Aunque ya era un hombre hecho y derecho al que sólo le quedaban tres años para entrar en la cuarentena, siempre se sentía como un niño cuando estaba con su abuela. Hizo levitar platos, vasos y cubiertos desde los cajones hasta la mesa y sonrió cuando la mujer le dirigió una mirada de pocos amigos.
-¿Cuántas veces tengo que decirte que la magia no se usa para todo? Ni que costara un mundo poner la mesa con las manos.
El regaño no era nada auténtico y Jorge no le respondió. Felisa trajo el puchero a la mesa y sirvió dos platos de comida que olían a gloria y sabían a un mejor.
-¿Qué tal en ese trabajo horrible que tienes, hijo?
-Pues muy bien. Todavía sigo medio castigado, así que no tienes que preocuparte por nada.
-Bien, eso está bien.
-No, abuela. No está nada bien. No tienes ni idea de lo aburridísimo que es.
-Pues si te pensaras las cosas dos veces antes de actuar, nada habría pasado. Que siempre has tenido mucho nervio y eso no es bueno, Jorgito. Te lo digo yo.
-No me arrepiento de lo que hice.
-Ya sé que no te arrepientes, pero eso no significa que obraras bien. Tienes la misma mala cabeza de tu abuelo. Y así le fue al pobrecillo.
Jorge Armero, el abuelo del que había heredado el nombre y una buena parte de su físico, había muerto durante una pelea con otro brujo. Nadie sabía por qué había empezado, pero en la familia siempre se había comentado que el abuelo Jorge se había estado acostando con la mujer del otro brujo y que la historia terminó mal. El Jorge joven jamás le había preguntado nada a su abuela sobre aquello porque la respetaba demasiado.
-Pues lo hecho, hecho está, abuela. No hay que darle vueltas.
Felisa le miró como si no estuviera muy de acuerdo y siguieron comiendo. Jorge decidió hablarle de Juanjo López y la mujer se rió abiertamente ante sus protestas. En su opinión, estaba siendo un poco exagerado con el tema y le sugirió que fuera un poco más amable con el chico si no quería que el López jefazo le diera un tirón de orejas. Otra vez.
Fue cuando estaban terminándose el postre cuando Felisa sacó aquella carta del bolsillo del mandil. Jorge supo de quién era antes de que ella hablara y negó con la cabeza casi por instinto. Ni siquiera le permitió hablar.
-No quiero saber nada, abuela.
-Al menos lee lo que tiene que decirte. Si después prefieres ignorarlo todo, lo entenderé.
-He dicho que no -Jorge se limpió con la servilleta y se puso en pie-. Ya sabes que no soy de los que perdonan.
-Jorgito.
-Que no, abuela, que paso del tema. Ya es demasiado tarde.
-Nunca es demasiado tarde.
A Jorge le dolía discutir con esa mujer, así que decidió marcharse antes de que la sangre llegara al río. Se agachó para darle un fuerte abrazo y un beso y se despidió de ella alegando que debía seguir trabajando.
Cuando estuvo de vuelta en el cuartel de aurores, descubrió que esa vieja pilla se las había arreglado para meterle la carta en los bolsillos del uniforme. ¡Qué bien disimulaba para ser tan mayor!
Toledo, esa misma tarde.
Cuando Marga descubrió que los Doe no estaban en casa, supuso que habrían llevado a Amelia a jugar al parque. Efectivamente, allí estaban, bien abrazaditos mientras Amelia brincaba en compañía de unas niñas de su edad.
—Pues sí que estamos mimosos —Comentó a modo de saludo—. ¿Queréis que me quede con la niña para que os busquéis un hotel?
Clara frunció el ceño, pero se reía con los ojos justo antes de contestar.
—¿Y para qué querríamos un hotel si tenemos una inmensa casa a la vuelta de la esquina? En serio, chica, que poco práctica eres.
—¿Has escuchado a tu mujer, John? ¡Vamos, hombre! ¿A qué estás esperando? ¡Llévatela a casa!
John no movió un músculo. Marga lo conocía bastante bien y suponía que estaba disfrutando de la conversación, pero se le daba bastante bien mantenerse imperturbable. Era todo un caballero inglés.
—Aún me sorprende la discreción de la que haces gala constantemente, Margarita —Comentó sin dejar de rodear la cintura de su esposa—. Sólo te falta ponerte a gritar y hacer aspavientos como una adolescente.
—¡Bah! Si en el fondo te gusta que os diga estas cosas. Soy la parte picante de vuestra relación.
—No, darling —Esa vez sí, John sonrió—. La parte picante de nuestra relación no tiene absolutamente nada que ver contigo. Te lo aseguro.
—Me has pillado, John.
Él apenas asintió, poniendo punto y final a ese intercambio de palabras. Marga, que sentía como el frío empezaba a ir en aumento, se lanzó un hechizo calefactor y se frotó las manos en los pantalones de pana.
—¿Qué sabéis de Darío?
—Pues que el viaje ha ido bastante bien —Clara se había pasado media mañana temiendo que fuera a sufrir un accidente con la escoba—. Han llegado a Londres a eso de las once y ya están instalados en la casa de Antonio. Iban a pasar la tarde en un pueblo mágico. ¿Cómo se llama, John?
—Hogsmeade.
—Eso es, Hogsmeade. Ha estado hablando con su hermana y le ha prometido que le va a mandar un par de cartas al más puro estilo inglés.
—Con una lechuza —Explicó John ante la mirada de extrañeza de la mujer.
—¡Oh! Pues id preparándoos para limpiar un montón de excrementos de ave.
—Ya estamos mentalizados, no te preocupes.
Marga iba a preguntar si Amelia estaba muy ilusionada por todo eso cuando sonó su teléfono móvil. Cuando vio quién la llamaba, se dio cuenta de que tenía por delante unos cuantos días de lo más moviditos.
¿Conseguirá aprender algo Juanjo López trabajando con Armero? ¿De quién será la carta que Jorge no quiere leer? ¿Quién habrá llamado a Marga? ¿Realmente Clara y John están preparados para limpiar cacas de lechuza? Estas y otras cuestiones, se resolverán en próximos capítulos. ¿Alguien tiene algo que decir al respecto?
