SOSPECHA


Interrumpo el minific "Planes de futuro" porque le prometí a Fiera Fierce que iba a hacerle un regalito y yo siempre pago mis deudas. La cuestión es que Fiera ha sido la última valiente en unirse a la sorg-expasión y hasta el momento ha publicado dos fics que merece la pena leer. El primero de ellos, "No hay mal que por bien no venga", nos presenta a una serie de personajes con los que seguramente no tardemos en familiarizarnos y es cortito y de fácil lectura. El segundo va a ser más largo y se llama "Dime con quién andas". Fiera introdujo a Caradoc Dearborn en dicha historia, dándome pie para escribir este capítulo especial. Y todo este rollo es para instaros a leer sus historias porque son grandiosas, ya veréis.

Además, aprovecho para comentar que me acabo de dar cuenta de que el capítulo 50 de esta historia ya está aquí y es buen momento para hacer algo especial. A Clyo le debo un capítulo con Darío como prota (está en producción, no te preocupes) y me gustaría que me digáis si os apetece que escriba sobre algo en concreto porque, la verdad, no sé como plantear el tema. ¿Sugerencias?

Y sin más preámbulos, os dejo con el capítulo y se lo dedico especialmente a Fiera Fierce. Espero que os guste.


Toledo. Viernes, 20 de agosto de 2003

Clara preparaba el desayuno mientras repasaba mentalmente todas las tareas que tendría que llevar a cabo a lo largo del día. El inicio del curso escolar se aproximaba y tenía bastante trajín en la calderería porque eran muchos los pequeños brujos que se estaban preparando para las clases. El negocio funcionaba bastante bien, pero era en esas fechas cuando Clara hacía su agosto. Literalmente.

Normalmente esperaba esas semanas con impaciencia, pero ese año se sentía de lo más incómoda debido al embarazo. Le quedaba algo más de un mes para dar a luz y, aunque se encontraba bien y Amelia estaba perfectamente sana, moverse con semejante tripón no era tarea fácil. Doc le había sugerido que se diera de baja y buscaran a alguien que pudiera atender el negocio, pero ella pensaba aguantar hasta que pasaran aquellos días.

Por suerte, su marido no tenía problemas a la hora de ayudarle. Ya fuera en casa o en la tienda, Doc siempre le echaba una mano. Sin embargo, desde que empezó a darle clase a Charo Lozano, hija de un famoso oidor, pasaba bastante tiempo fuera. En ese momento estaba preparándose unos huevos revueltos con bacon. Se marcharían a Madrid en un rato, acompañados por un Darío que se estaba haciendo el remolón esa mañana.

Clara se disponía a llamarlo cuando el chico apareció. Sólo necesitó echarle un vistazo para darse cuenta de que le pasaba algo.

—Tienes mala cara, Darío. ¿Te sientes bien?

—Me duele la garganta y tengo frío.

Clara frunció el ceño y se acercó a su hijo para plantarle una mano en la frente. No estaba muy caliente, pero seguramente no tardaría en tener fiebre.

—Te estás resfriando. Siéntate, que te voy a preparar un vaso de leche calentita.

—No me apetece, mamá.

—A callar, Darío. Siéntate.

El chaval intercambió una mirada con su padrastro, quien le sonrió y se encogió de hombros. Darío sabía perfectamente que cuando mamá daba una orden había que obedecer sí o sí. ¡Menuda era ella!

—Tendríamos que ir a San Mateo —Afirmó Clara después de darle la leche prometida.

— ¿No hay poción pimentónica? No quiero ir al hospital.

—Pues me da igual que quieras o no quieras. Estás enfermo y tiene que verte un sanador.

—Sólo un poco. Y ya estoy mejor.

—Ya —Clara dio un par de pasos por la cocina y alcanzó el teléfono móvil que se había dejado en la encimera—. Doc y yo no podemos llevarte esta mañana, así que llamaré a tu padre.

—Seguro que está trabajando, mamá. Déjale.

Las protestas del chico no fueron escuchadas. Clara salió de la cocina para hablar con Ricardo y Darío miró a Doc con frustración. Su madre a veces era muy exagerada. Sólo era un resfriado.

— ¡Jo! —Se quejó, cruzándose de brazos—. Pues había quedado con Antonio en el barrio mágico y ahora seguro que no me deja que me vaya con él.

—Puedes apostar a que no.

—Pues vaya rollo. Toda la mañana encerrado en San Mateo. Y con papá.

— ¿Qué le pasa a tu padre?

—Es peor que mamá cuando me pongo enfermo. No me deja tranquilo.

Caradoc soltó una risita, apartó la sartén del fuego y vació su contenido en un plato blanquísimo. Podía entender que Darío estuviera un poco fastidiado, pero estaba de acuerdo con Clara en que debían verlo los sanadores.

—Seguro que no es nada. Te van a dar un par de pociones y te vas a curar enseguida. A lo mejor puedes quedar con Antonio esta tarde.

—Papá no me dejará, ya verás. Dirá que tengo que reposar y todo ese rollo.

Clara regresó entonces, aparentemente satisfecha tras la conversación mantenida.

—Tu padre te recogerá en la calderería a las once en punto y os iréis derechitos a San Mateo.

—Que no hace falta, mamá.

—Deja de protestar y desayuna de una vez, que se nos va a hacer tarde.

Darío bufó y obedeció una vez más. ¡Padres!


Hospital Mágico de San Mateo. Esa misma mañana

Darío estaba muy fastidiado. Muy, muy fastidiado. Con todos los meses que tenía el año, tenía que resfriarse justamente en verano y, para colmo de males, el día en que había conseguido quedar con uno de sus amigos. Alfie y su familia se habían ido a Inglaterra a principios de agosto para visitar a sus familiares y los veranos sin él era de lo más aburridos.

— ¿Quieres estarte quieto, hijo? —Aunque su padre no había alzado la voz, hablaba muy en serio.

—Vámonos, papá. De verdad que estoy bien.

—No nos vamos a ninguna parte. Además, nos va a tocar enseguida.

—Si ya casi no me duele.

Ricardo Vallejo entornó los ojos y encaró al chavalín. Darío se encogió un poco en su asiento porque sabía qué significaba aquella mirada de papá. Era la mirada de no admitir mentiras.

— ¿Por qué no quieres ver al sanador?

—Porque no estoy malo.

—Por supuesto. Por eso y por algo más.

Darío se cruzó de brazos. La verdad era que le daba asco cuando los sanadores le ponían ese palo en la boca para verle la garganta y que no le gustaba nada que le hicieran hechizos de diagnóstico porque le ponían los pelos de punta. Y odiaba las pociones curativas. Estaban malísimas. Ricardo, que también había tenido once años una vez y también había odiado a los sanadores, dejó pasar el asunto. Pobre Darío.

—Venga, no te pongas nervioso. No va a pasar nada —Le dijo, sonriente, buscando chincharle.

— ¡No estoy nervioso! Sólo quiero irme.

Ricardo no pudo decir nada más porque un enfermero salió en busca de Darío. El chico tenía la esperanza de encontrarse con Ulloa porque ya lo había tratado otras veces y tenían mucha confianza, pero les atendió una mujer a la que no habían visto nunca. La sanadora sometió a Darío a un examen exhaustivo y le diagnosticó un resfriado. El chaval esperaba que le recetase la poción pimentónica, pero la mujer optó por un nuevo tratamiento que contenía antibióticos muggles y que era mucho más efectivo en pacientes de su edad.

— ¿Ves como no ha sido para tanto? —Darío no respondió. Gruñó—. Vamos a hablar con tu madre. Tendrías que venirte a casa ahora mismo y guardar cama.

— ¿Qué? Pero si la sanadora ha dicho que me voy a poner bien muy pronto. Podría ver a Antonio esta tarde.

—Ni hablar.

— ¿Por qué?

—Pues porque no vas a callejear por ahí hasta que no estés curado. Podría darte fiebre.

— ¡Papá!

—Deja de quejarte y agárrate bien. Vamos a desaparecernos.

Darío puso morritos. Sus padres eran insufribles, pero no le quedó más opción que obedecer. ¡Qué exagerados eran, por favor!


Barrio Mágico de Madrid. Por la tarde.

Al final Clara no había querido que Ricardo se llevara tan pronto a Darío y entre los dos le habían obligado a acostarse en su cama de cuando era niño. La habitación seguía prácticamente como antes, pero donde antes hubo juguetes ahora había libros y una Game Boy estropeada.

Ricardo observó el cuadro que le regaló a su hijo cuando no era más que un bebé recién nacido. Le trajo recuerdos de sus días junto a Clara y una sensación de melancolía se le agarró al pecho. Aquella época fue una de las más importantes de su vida, la que marcó un punto de inflexión en su existencia. A veces se preguntaba qué hubiera sido de él si Darío no existiera. La respuesta no le gustaba demasiado.

Miró al chico. Habían comido con Clara y con Doc y le había dado fiebre un poco antes. El pobre estaba amodorrado y su madre no dejaba de subir y de bajar para asegurarse de que estaba bien. Tanto era así, que el mismísimo Doc había intervenido comprometiéndose a avisarla en cuanto hubiera novedades.

Darío se quedó dormido cuando su temperatura corporal empezó a normalizarse. Ricardo salió de la habitación y dejó la puerta entornada y se sentó junto a Doc, que estaba leyendo el periódico.

—Ya no tiene fiebre, aunque seguramente vuelva a darle más tarde —El brujo suspiró—. Será mejor que se lo digas a tu mujer antes de que suba corriendo por las escaleras. Menuda agilidad tiene.

—Y tú querías llevártelo a tu casa. Me hubiera tocado pasarme toda la santa tarde apareciéndola y desapareciéndola porque su magia está un poco extraña por el embarazo y le da miedo hacerlo por sí misma.

—Pues esta noche sí que me lo voy a llevar, que por algo es fin de semana.

—Clara se sentirá más tranquila si está con él.

—Entonces que se venga también. Sabéis que tenéis una habitación preparada para cuando queráis.

Doc supuso que se avecinaba una pequeña discusión y optó por permanecer al margen. Colaboraba activamente en la crianza de Darío porque quería muchísimo al chaval, pero esa clase de decisiones no le correspondía tomarlas a él. Además, tenía otras preocupaciones en mente y necesitaba compartirlas con su viejo amigo.

—Sabes que tengo una alumna nueva. ¿Verdad? Se llama Charo Lozano.

—La hija del famoso oidor, lo sé —Ricardo se acomodó un poco mejor, agradeciendo el cambio de tema.

— ¿Le conoces?

—Sólo de oídas. Nunca he tenido que vérmelas con él, aunque dicen que es bueno —El brujo torció el gesto—. No sé si alegrarme de ello.

—Pues a lo mejor no deberías.

— ¿Por qué no?

—Para empezar porque Charo es legeremántica y me está costando un mundo no mentir en su presencia. ¡Si me hizo sudar tinta con sólo preguntarme el nombre!

Ricardo se hubiera reído, pero sabía que Doc no le estaría hablando de su alumna si no estuviera preocupado. Y siendo hija de un representante de la justicia mágica, lo mejor era andarse con pies de plomo.

—Sin embargo, no es ella la que me preocupa —Caradoc se removió en su silla, recordando lo que había pasado con Eugenia Pérez esa mañana, la forma en que ella le miraba y las cosas que le había preguntado—. Es la secretaria de Lozano. Creo que sospecha de mí.

— ¿Cómo que sospecha?

Doc suspiró y procedió a contarle todo lo que había pasado con Eugenia esa mañana. Si la chica le iba con el cuento a Jesús Lozano, no sería él el único en estar en peligro. Ricardo, Paco Martínez. Todo su mundo podría derrumbarse como si fuera un castillo de naipes y ninguno de los dos podía permitírselo.

—Debe ser una mujer muy lista —Comentó Ricardo una vez Doc terminó de hablar.

—Estoy preocupado. Después de tanto tiempo, no pueden descubrirnos. No ahora. Puede que mi vida sea una mentira, pero no quiero perderla.

—No digas tonterías, Doc. No vas a perder nada. Y a mí no me parece que tu vida sea una mentira.

—Te recuerdo que John Doe no existe.

—Puede que él no, pero Doc sí. Y Clara, y Amelia —Ricardo suspiró y se puso en pie con determinación—. Yo me encargo.

— ¿Qué vas a hacer? No quiero que le pase nada a Eugenia.

Caradoc no había hablado con mala intención, pero supo que a Ricardo no le habían sentado nada bien sus palabras cuando se puso rojo y apretó los dientes.

—No le voy a hacer nada a esa mujer, idiota.

—Ya lo sé. No quería decir eso. Lo siento.

Ricardo se asemejaba a un animal herido, pero enseguida se recompuso y volvió a relajar la expresión. Sacó su teléfono móvil y se dirigió a la salida del pequeño apartamento de Clara.

—Voy a hacer una llamada. Aprovecharé para decirle a tu mujer que Darío está mejor.

Doc asintió y se cubrió la cara con las manos. Había pensado que trabajar para Lozano sería un chollo y se había equivocado. Sólo esperaba que la situación se arreglara porque no quería perder su vida. Se la había ganado a pulso.


Residencia de Ricardo Vallejo. 21 de agosto de 2003

Finalmente, Darío había pasado la noche en casa de su madre. Había tenido un poco de fiebre durante la madrugada, pero por la mañana ya se encontraba bastante mejor y Ricardo se lo había llevado con él. Clara había insistido en que no le dejara hacer tonterías. Como si le hiciera falta escuchar esa clase de advertencias.

—Deja que me salga al patio, papá.

—Ni hablar.

—Pues haz un hechizo refrigerador. O déjame que ponga el aire acondicionado. Hace calor.

—He dicho que no. Hay buena temperatura.

—¡Papá!

—Deja de quejarte de una vez, Darío.

—No quiero estar encerrado todo el día. Me aburro.

—Pues te aguantas. Ayer tuviste mucha fiebre y no quiero que empeores. ¿Entendido?

—¡Jo!

Ricardo puso los brazos en jarra y frunció el ceño.

—¿Será posible, hijo? Eres un enfermo horrible.

—¡No estoy enfermo!

—Sí lo estás. Y no hay más que hablar —El brujo agarró el mando a distancia y se lo tendió al chico—. Ponte la tele un rato, anda. A ver si te entretienes.

—Quiero jugar al quidditch.

—En tu estado te caerías de la escoba —Ricardo se controló para no recordarle que ya volaba bastante mal estando sano.

—Pues al baloncesto. O al fútbol. ¡A algo!

—Ve la tele, lee, juega a los marcianitos. Lo que sea, pero te quiero ahí tumbado.

Tras decir eso, Ricardo conjuró un par de libros, unos comics, unas revistas de quidditch y una de las consolas del chico y lo dejó todo a su alcance. Darío le dirigió una mirada rencorosa y puso la televisión. Realmente le apetecía estar en el jardín o darse un baño en la piscina, pero su padre estaba imposible. Estaba enfadado con él y hubiera preferido quedarse solo, pero Ricardo se acomodó frente a la mesa y comenzó a trajinar con su ordenador portátil. Tenía que solucionar unos asuntos de trabajo y luego estaba todo el tema de Doc. El pobre se había metido en un problemón sin proponérselo y Ricardo esperaba la visita de alguien que podría solucionarlo todo en un abrir y cerrar de ojos.

Lorenzo Salcedo llegó a casa cuando faltaba poco para comer. En cuanto lo vio, Darío dio un brinco y se puso de mejor humor.

—¡Loren!

—Hola, mocoso —El hombre gruñó y le señaló con el dedo—. Ni se te ocurra levantarte. Tu padre ya me ha dicho que estás enfermo.

—¡Que no estoy malo! —Protestó Darío. Le molestó mucho que su padre soltara una risita—. Estuve malo ayer, pero ya estoy bien.

—Claro que sí —Loren se acercó al chaval y le alborotó el pelo—. ¡Qué paliducho estás, Darío!

—No estoy pálido. Déjame.

—Y que mal genio tienes. Te pareces a tu madre.

—¡Loren!

El hombre se rió y decidió dejar de molestar al chiquillo. Le caía bien Darío a pesar de ser el responsable directo de la pérdida de un gran socio en sus negocios.

—Ya. No te mosquees, mocoso. Me alegra ver que has dado otro estirón. A ver si consigues ser más alto que tu padre.

—Salcedo —Ricardo interrumpió la charla—. Si has venido a meterte con los Vallejo, ya sabes dónde está la puerta.

—Pues sí que sois susceptibles —Loren le guiñó un ojo a Darío—. ¿Qué estás viendo? —Miró la tele.

—Acabo de ponerla. Como papá no me deja salir al jardín…

—Ya hemos hablado de eso y Loren no me va a hacer cambiar de idea.

Darío puso morritos y miró a Salcedo.

—Dile que por lo menos refresque el salón. ¿A que hace calor?

—Un poco sí —Aseguró Loren.

—Pues aquí mando yo y digo que se está perfectamente. Tú —Señaló a Darío—. A ver la tele. Y tú, ven conmigo.

Salcedo volvió a revolver el pelo del enfermo y siguió a Ricardo fuera de la sala de estar. En cuanto estuvieron en el pasillo, Vallejo se limpió el sudor de la frente con un pañuelo blanco inmaculado.

—La verdad es que sí hace calor.

—¿Y por qué no le haces caso al crío? Se te va a cocer ahí dentro.

—Más vale prevenir. No quiero que vuelva a darle fiebre.

—Sé un poco de esas cosas y créeme cuando te digo que algo más de fresco no le va a matar.

—Ya veremos —Ricardo agarró al otro hombre del brazo y lo alejó un poco de la puerta. No quería que Darío escuchara su conversación—. Sé que te he dado poco tiempo pero quisiera saber si has averiguado algo de esa mujer.

—He averiguado bastante, en realidad —Pese a haber cosechado cierto éxito, Loren no varió su expresión—. No tiene una vida especialmente complicada. Sé dónde vive y dónde trabaja y podré seguirla con facilidad esta noche o cuando haga falta.

—Creo que es mejor que actúes lo antes posible. Si las sospechas de Doc son ciertas, podría irle con el cuento a Lozano en cualquier momento. Encárgate de ella en cuanto tengas ocasión.

Loren asintió. Sabía que aquello era algo puntual, pero le gustaba volver a trabajar mano a mano con Ricardo. Una vez más se encargaría de hacerle el trabajo sucio y lo haría encantado porque, aunque ayudarle a él supusiera ayudar al gilipollas de Caradoc Dearborn, estar de su lado siempre era un placer.


En el mismo lugar, un poco más tarde…

Para cuando llegó la noche, Ricardo estaba tan harto de las protestas de Darío que le había dejado salir a cenar al jardín. Por suerte, el chiquillo se fue pronto a la cama porque estaba reventado y se caía de sueño. Ricardo aprovechó para intercambiar unos cuantos correos electrónicos con Julia. La había dejado a cargo de la fábrica el día anterior y quería asegurarse de que todo iba bien. Después de solucionar ése y otro par de asuntos más que tenía pendientes, se relajó un rato en su hamaca del jardín. Perfectamente podría haberse dormido allí, pero estaba esperando una llamada muy importante. Necesitaba saber que Loren había logrado solucionar el asunto de Eugenia Pérez.

Se imaginaba que Doc se estaría muriendo de la impaciencia. Y no era para menos. La verdad era que resultaba un poco extraño que después de tantos años nadie hubiera encontrado raro su nombre falso, pero esa tal Eugenia había demostrado estar hecha de una pasta muy especial. Ricardo estaba seguro de que la bruja podría llegar a caerle bien si no fuera tan problemática.

Estaba a punto de quedarse dormido cuando sonó el teléfono. Era Loren.

Vallejo, ya me he encargado de la chica. El imbécil de Dearborn tenía razón: sospechaba de él. Debería andarse con ojo de todas formas.

—Muchas gracias, tío. Supongo que todo ha ido bien.

Sí.

—Y la chica volverá a su casa de una pieza.

Sí.

—Me alegra oírlo. ¿Te gustaría darle la noticia a Doc personalmente?

No.

—¡Vamos! Seguro que te lo agradece con un abrazo. ¿No te apetece reconciliarte con él?

Eres un capullo.

—Si en el fondo te alegras de haberle ayudado.

Que más quisieras.

—De todas formas, gracias otra vez Loren.

De nada.

—Has vuelto a salvarnos el culo, tío.

Sí, sí, corto ya. Saludos a Darío.

—Claro, se los daré. No te preocupes.

Buenas noches.

Loren interrumpió la comunicación antes de que Ricardo pudiera despedirse de él. El brujo sonrió. Salcedo siempre había sido un tipo hosco, pero era un buen amigo. El mejor.


Y hasta aquí voy a llegar con el capítulo. Me lo he pasado muy bien escribiéndolo y espero que hayáis disfrutando leyéndolo. Para cualquier comentario, ya sabéis lo que hay que hacer. Besetes y hasta pronto.

Edito el capítulo para comentar una cosa que se me olvidó mencionar en su momento. La última charla telefónica, contada desde el punto de vista de Salcedo, aparece por primera vez en el capítulo número 3 del fic "Dime con quién andas" de Fiera Fierce. Yo recogí el guante que ella lanzó y de ahí surgió este capitulo al completo. ¿Qué estáis haciendo que no vais a leer su historia ahora mismo? ¡Vamos!