CAPÍTULO ESPECIAL
CARRETERAS SECUNDARIAS I
1
La escoba voladora
Madrid. Septiembre de 1998.
Antonio estaba arrodillado frente a su mochila, intentando decidir qué cuaderno llevarse a la Schola de Magia. Era su primer día y estaba nerviosísimo, más que cuando aquellos señores habían ido a su casa y le habían dicho que era un brujo. ¡Un brujo!
En su familia no había ninguno más. Ni sus hermanos, ni sus padres, ni sus abuelos, tíos o primos. Nadie. Al principio a sus progenitores les había costado mucho creerse eso de que una persona fuera capaz de hacer magia de verdad, pero después habían pensado en todas las cosas raras que Antonio podía hacer y se habían dado cuenta de que nadie les estaba tomando el pelo.
Antonio Álvarez, siete años cumplidos el último día de agosto, vivía con su familia en el quinto piso de un viejo edificio sin ascensor. Tenía el pelo castaño, los ojos marrones y una cicatriz sobre la ceja izquierda que se había hecho al intentar volar como Superman cuando tenía cuatro años. Saltó desde la mesa del comedor, con su capa roja y sus calzoncillos por encima de los pantalones, y se golpeó con una camarera de metal que su madre procedió a poner a buen recaudo. Era alto para su edad y su abuela siempre le decía que estaba muy flacucho.
Antonio tenía una hermana más mayor y un hermano más pequeño. Tania tenía diez años y era la niña más cursi del universo. Osquítar era tan pequeño que todavía no había aprendido a andar y, aunque Antonio les había preguntado a sus padres si su hermanito también sería un brujo igual que él, no habían sabido responderle. De momento no había hecho ninguna cosa rara, pero Antonio tampoco empezó a hacerlas hasta los tres años.
—Toni. ¿Qué estás haciendo?
El niño miró a su madre, que se llamaba Marisa García y tenía el pelo muy encrespado y castaño. Los mayores decían que Antonio se parecía mucho a ella, pero el pequeño no terminaba de ver dicho parecido. Su madre era eso, su madre, y a él le gustaría parecerse a su padre, que de joven había sido boxeador y tenía unos brazos que parecían jamones.
—Deja de perder el tiempo, que vamos a llegar tarde.
— ¿Qué cuaderno me llevo, mamá?
Marisa se acercó a él y metió en la mochila la primera libreta que pilló. Antonio frunció el ceño un poco, molesto porque su madre tomara tan a la ligera decisiones tan importantes.
— ¿Todavía no te has calzado? —Marisa puso los brazos en jarra—. ¡Date prisa, Antonio! ¿Qué pensarán tus profesores de magia si no llegas a tiempo en tu primer día?
El chiquillo dio un bote y se abalanzó sobre sus zapatillas. Para no variar, su madre tenía razón. No quería que los maestros de la Schola pensaran que era un vago al que no le interesaba aprender magia. Porque en su familia no había más brujos, pero él quería convertirse en el mejor. ¡Si ni siquiera podía dejar de mirar su varita! Se pasaba las horas muertas observándola y soñando con el día en que haría su primer hechizo.
Terminó de vestirse en un abrir y cerrar de ojos. Se echó la mochila al hombro y cuando salió al pasillo descubrió que mamá ya estaba esperándola con Osquítar en brazos. Su hermano babeaba un montón porque le estaban saliendo los dientes. Tania, que era repipi y muy perezosa también, siempre dormía hasta muy tarde los sábados por la mañana, y papá estaba trabajando en el gimnasio que regentaba, enseñando a otros chicos a boxear como él había boxeado de joven.
— ¿Ya estás? Como se te olvide algo no vamos a poder volver.
—Lo tengo todo.
— ¿La varita también?
Sabía que la había cogido y se la había guardado debajo de la camiseta, pero aún así tanteó su ropa para asegurarse de que estaba allí.
—Sí que la tengo, mamá.
—Pues vámonos.
Marisa se aseguró de cerrar bien la puerta de la casa y observó a su hijo mientras bajaba las escaleras. Antonio iba dando brincos, evidentemente nervioso, y ella se sentía extraña. Había tenido algunas semanas para acostumbrarse a la idea, pero estaban hablando de magia. ¡Magia de verdad! Toño, su marido, estaba tan entusiasmado como el propio Antonio, pero ella no podía dejar de pensar en todas las cosas que podían salir mal. ¿Y si ese atajo de brujos le arrebataba a su hijo y decían que tenía que irse a vivir a un mundo aparte con otros magos? Les habían dicho que las rutinas del niño no tendrían que cambiar sustancialmente, pero no terminaba de fiarse.
Cuando llegaron al coche, Marisa acomodó a Óscar en su sillita de bebé y se cercioró de que Antonio se pusiera el cinturón de seguridad. En los últimos meses había dado un estirón y todo parecía indicar que sería un chaval bastante alto. Al poner el motor en marcha, se preguntó quién estaría más nervioso, Toni o ella. Miró al niño por el espejo retrovisor y sonrió. Un mago. ¿Cuánto tiempo tardaría en acostumbrarse a la idea?
Una vez en el colegio, tuvo que darle un fuerte abrazo. Sabía que lo vería dentro de unas pocas horas, pero no podía quitarse esa sensación de pérdida de encima. Antonio se dejó hacer al principio. Después, se removió incómodo. ¿Qué iban a pensar los otros brujillos sobre él, que era un mimado?
—Mamá, me tengo que ir.
—Claro, cariño. Más tarde vendré a recogerte. Atiende en las clases y pórtate bien, ¿de acuerdo?
—Sí, mamá.
—Y diviértete mucho.
Marisa le dio otro beso al chiquillo y finalmente lo dejó marchar mientras le decía adiós con la mano. Aquel sería un día muy importante en la vida de su hijo y esperaba que le fuera todo a las mil maravillas.
—Hay un montón de asignaturas rarísimas y los profesores son muy guays y saben hacer un montón de magia. Me he sentado con Miguel Montoya. Todos los de su familia son magos y me ha hablado del quidditch.
Antonio hablaba con entusiasmo absoluto. Al parecer, su primer día en la Schola de Magia de Madrid había sido todo un éxito. Desde que su madre lo había recogido a la puerta del colegio, no había callado ni un instante. Marisa ya había escuchado lo de Miguel Montoya y su quidditch media docena de veces y empezaba a estar un poco harta de la misma historia, pero era la primera vez para Toño, que escuchaba a su hijo con fascinación.
— ¿Quidditch? ¿Eso qué es?
—Pues dice Miguel que es como el fútbol, sólo que se juega con escobas voladoras.
— ¿Escobas voladoras?
—Dice Miguel que tengo que comprarme una ya para poder jugar en el recreo.
—Espera, Toni, una cosita. ¿Esas escobas vuelan de verdad?
—Pues claro. Dice Miguel que tienes que ir por el aire pasándote unas pelotas especiales y que mola mucho.
—Pero, Toni. ¿Cómo vas a jugar a ese quidditch si no sabes volar en escoba?
—Eso mismo le he dicho yo —Intervino Marisa mientras intentaba calmar a Osquítar, quien volvía a llorar por culpa de sus dientes.
—Dice Miguel que él me enseña y que es muy fácil.
— ¡Pero si Miguel tiene siete años! —Exclamó Toño.
—Pues dice que su padre le enseñó a volar cuando era muy pequeño y que se le da genial y que me enseñará a mi también y que podré aprender muy deprisa porque es muy fácil aprender.
Antonio Álvarez padre miró a su esposa y ambos estuvieron de acuerdo en que no les parecía nada prudente que su hijo de siete años se subiera sobre uno de esos chismes voladores. ¡Ni que estuvieran locos!
— ¿Cuándo me vais a comprar la escoba? Dice Miguel que en el barrio mágico hay una tienda dónde venden un montón. ¿Vamos hoy? ¿Sí?
Toni parecía tan entusiasmado que a ambos progenitores se les partía el corazón con sólo pensar que iban a decepcionarle, así que optaron por una solución temporal y tiraron balones fuera.
—Ya veremos si nos da tiempo —Dijo Toño tras soltar un carraspeo—. Tengo que volver al gimnasio esta tarde.
—Y yo no sé si podré salir a ningún sitio. Mira cómo está tu hermanito.
Justo en ese momento, Óscar hipó y se puso a llorar de forma casi desgarradora. Antonio comprendió perfectamente lo que sus padres querían decir y siguió contándoles cosas sobre la escuela de magia porque estaba seguro de que le comprarían su escoba en cuanto pudieran. ¡Pobre iluso!
Antonio llevaba un mes asistiendo a la Schola de Magia y Marisa ya se sentía mucho más tranquila. Nadie había intentado llevarse a su hijo a ninguna parte y al chiquillo le encantaba aprender magia. Se pasaba horas encerrado en su habitación, practicando los hechizos que le enseñaban sus más que admirados profesores, y hablaba constantemente sobre todas las cosas que Miguel Montoya le contaba. Se notaba que estaba muy feliz y a sus padres les alegraba un montón, pero aún tenían una preocupación en mente: el quidditch.
Antonio insistía en que le compraran la escoba y ellos ya no podían seguir dándole largas. La tarde anterior, Toño y ella le habían explicado que no le dejaban jugar al quidditch porque consideraban que volar sobre una escoba era demasiado peligroso para niños tan pequeños, y Antonio se había enfadado y no les había dirigido la palabra desde entonces. A Marisa se le quedó muy mal sabor de boca cuando se despidió de él en la puerta del colegio y se sentía frustrada porque no sabía cómo solucionar aquel problema. ¿Cómo consentir que su pequeñajo volara por los aires? ¿Y si se caía y se hacía daño?
Cuando llegó la hora de recogerlo, Marisa acudió con puntualidad a la calle Fuente del Berro y observó distraídamente a los otros padres mientras esperaba. Nunca había hablado con ninguno porque siempre iba y venía a la escuela de magia con prisas. Todos parecían gente bastante normal y Marisa intentó averiguar quiénes eran brujos. A pesar de que su Toni formaba parte activa de esa comunidad, la mujer apenas había tenido ocasión de relacionarse con ellos.
Sus pensamientos se vieron interrumpidos cuando los niños empezaron a salir en tromba del colegio. Marisa no tardó en reconocer a su hijo. Caminaba junto a un niño bajito y regordete con cara de ser muy simpático, de pelo anaranjado y ojos verdes. Debía ser el famoso Miguel Montoya. Marisa pensaba esperar hasta que Toni fuera a su encuentro, pero vio cómo se acercaban a un hombre también bajo y gordo y se dio cuenta de que presentarse a aquel individuo era una buena idea. Era su oportunidad de conocer a un mago de los de toda la vida y, tal vez, si tenía un poco de suerte, podrían intimar lo suficiente como para preguntarle sobre todas las cosas del mundo mágico que tanto la intrigaban.
—Hola, Toni —Lo primero que hizo al aproximarse a aquellos tres, fue darle un beso a su hijo—. ¿Éste es tu amiguito Miguel?
—Sí.
—Usted debe ser su padre. Soy Marisa García, la madre de Antonio.
—Íñigo Montoya.
A Marisa le alegró que el caballero le estrechara la mano. Se veía que era amable y educado y eso era algo bueno, teniendo en cuenta todo el miedo que había pasado en las últimas semanas.
—Antonio no deja de hablar de Miguel. Por lo visto, todos en su familia son magos.
—Así es. Tanto mi esposa como yo procedemos de antiguas familias mágicas.
—Antonio es el primero en la nuestra. Ni mi marido ni yo podíamos imaginarnos que los brujos existen de verdad. Para nosotros fue bastante extraño al principio.
—Ya me lo imagino —El hombre sonrió como si realmente entendiera su situación—. Pero no tiene que preocuparse por nada. Los magos de primera generación suelen adaptarse con bastante facilidad al mundo mágico y, por lo que Miguel comenta en casa, su hijo lo está llevando bastante bien.
—Sí, la verdad es que está muy contento. Se pasa el día practicando con la varita. A veces me pregunta si lo hace bien, pero como supondrá usted, no hay mucho que pueda decirle yo.
—Los profesores dicen que hago bien los hechizos —Antonio interrumpió la conversación. Marisa quiso reprenderle por ello, pero Miguel Montoya habló antes.
—Y no veas lo bien que vuela en escoba, papá.
Íñigo Montoya se limitó a asentir, sin darle apenas importancia a la revelación de su hijo. Para ellos aquella parecía ser la cosa más natural del mundo, pero Marisa acababa de sufrir un buen sofocón. Entornó los ojos, puso los brazos en jarra y encaró a Antonio, que había retrocedido un paso y estaba más rojo que un tomate.
— ¿Cómo que vuelas bien, Antonio?
—Como ni papá ni tú me comprabais la escoba, he cogido prestada una del colegio.
— ¿Qué? —A Marisa se le acababa de olvidar que los Montoya estaban allí—. ¿No te hemos dicho tu padre y yo que volar es muy peligroso?
—Ayer.
— ¿Qué?
—Que me lo dijisteis ayer. He volado antes.
Marisa no supo qué decir. Estaba demasiado enfadada y asustada como para pensar con claridad, pero la voz del señor Montoya llamó su atención.
—Disculpe, señora García. Entiendo que esté preocupada por su hijo, pero puedo asegurarle que el vuelo en la escoba no es tan peligroso como pudiera parecer.
— ¿Cómo dice?
—Las escobas infantiles cuentan con multitud de hechizos protectores que impiden que los niños se caigan y se hagan daño. Siempre hay algún imprudente que hace el burro —Montoya miró de reojo a su hijo y Miguel se observó las puntas de los pies—, y los accidentes ocurren a veces, pero estoy convencido de que los niños de la Schola no corren peligro alguno mientras practican vuelo en el recinto escolar. Las escobas son muy seguras y siempre hay profesores vigilando a los más pequeños durante los recreos.
—Es verdad —Aseguró Miguel con total seguridad.
Marisa cerró la boca y relajó un poco la postura. Antonio parecía realmente angustiado y ella no sabía muy bien qué pensar sobre aquello y, mucho menos, cómo actuar. Suspirando, tendió una mano para agarrar a su hijo.
— ¿Es realmente seguro?
—Por supuesto. Es más, si es cierto que Antonio vuela tan bien como asegura Miguel, yo incentivaría ese talento. Si me disculpa, debo marcharme a casa.
Marisa se despidió de los dos Montoya y miró fijamente a su hijo.
— ¿De verdad vuelas bien, Toni? —El niño asintió, temeroso de recibir un castigo—. ¿Y te gusta?
—Es genial, mamá. Ojalá tú también pudieras volar.
—No creo que me hiciera gracia.
La mujer se quedó pensativa. Antonio la contempló durante un rato, hasta que se cansó de estar callado. La verdad era que estaba muy nervioso porque no había pensado que su madre se enfadaría tanto por eso de las escobas.
— ¿Me vas a castigar, mamá?
Marisa no respondió. Tenía que hablar con Toño sobre un par de cosas. Y tenía que hacerlo ya mismo.
—Mamá y papá te van a regañar.
Tania canturreó la burla justo en su oído. Antonio había dejado que Osquítar le tomara prestada una mano y en ese momento se la estaba llenado de babas. Su hermana mayor, que estaba un poco celosa de él porque no era una bruja y nunca podría hacer magia de la de verdad, llevaba chinchándole desde que había vuelto a casa con mamá.
Sus padres llevaban un buen rato encerrados en la cocina y Antonio sabían que estaban discutiendo sobre lo de volar en una escoba. La verdad era que le preocupaba un montón que fueran a castigarle. ¿Y si no le dejaban que siguiera aprendiendo magia? Sería horrible. Llevaba muy poco tiempo siendo un brujo de los que hacen hechizos, pero sabía que ya no podría vivir sin usar su varita. No le castigarían de esa forma. ¿Verdad? Prefería mil veces que le dejaran sin postre, televisión y videoconsola al mismo tiempo.
Al cabo de un rato, sus padres regresaron al salón. Estaban muy serios y Antonio sintió que podría ponerse a llorar en cualquier momento. Tampoco había sido tan malo. Ni siquiera había sabido que ellos no querían que volara hasta el día de antes.
—Toni, ven aquí, cariño —El niño se liberó de las garras de su hermano pequeño y se acercó a su madre arrastrando los pies—. Papá y yo hemos hablado sobre lo que ha ocurrido hoy en la escuela de magia y hemos tomado una decisión muy importante.
— ¿Me vais a castigar?
Tania se rió con malicia. Los dos adultos se miraron y Marisa sonrió.
—No, cielo, no te vamos a castigar. Vamos a ir al barrio mágico y te vamos a comprar una escoba voladora.
Antonio dio un brinco, aliviado y contentísimo.
— ¿De verdad?
—Creemos que el señor Montoya es un brujo que sabe lo que se dice y vamos a seguir su consejo —Aseguró su padre.
— ¡Qué guay! ¿Y cuándo nos vamos? ¿Ahora?
— ¿Por qué no? Hace buena tarde para pasear.
Antonio dio otro salto y se dio media vuelta, mirando a su hermana con burla. Tania era un fastidio casi siempre y le gustaba mucho meterse con él, pero ahora era ella la que tenía que aguantarse. ¡Le iban a comprar una escoba voladora! Aprendería a volar mejor que nadie y se convertiría en un jugador de quidditch profesional y se iría a jugar a los mejores equipos del mundo. ¡Claro que sí!
2
La carta de Hogwarts
Toledo. Septiembre de 2011
Aunque aquel sería su primer año en la Schola de Magia de Toledo, Amelia ya sabía hacer muchos encantamientos y hechizos porque su papá era profesor y le había enseñado unas cuantas cosas en casa. Además, cuando era más pequeñita había tenido que aprender a controlar su poder en las clases especiales que se impartían en el colegio donde trabajaba su padre, así que podría decirse que era una niña de lo más experimentada en asuntos brujiles. Y no se olvidaba de lo guay que sería que papá le diera clase de Transformaciones. Sabía de buena tinta que a algunos niños les molestaría que su padre fuera también su profesor, pero ella estaba muy contenta y encaró su entrada a clase con energía y optimismo.
A Doc realmente no le preocupaba que la niña fuera a tener problemas de adaptación. Conocía a varios de sus compañeros de curso y era hábil con la varita, aunque un poco despistada para estudiar. Por si acaso, no pensaba quitarle ojo de encima. Hablaría con sus colegas para asegurarse de que evolucionaba correctamente y estaría atento a cualquier pormenor que pudiera surgir.
Le parecía increíble que su pequeñaja ya estuviera en la Schola. A veces aún tenía la sensación de que Amelia seguía siendo un bebé, pero poco a poco se iba convirtiendo en una mujercita. Durante aquel primer día de clase, estuvo corriendo de un lado para otro con sus amiguitas, dando gritos y demostrando sus conocimientos mágicos. Parecía muy contenta y Doc se alegraba por ella, por supuesto que sí, pero otra idea le rondaba la cabeza desde hacía un buen rato.
¿Qué pasaría con Amelia cuando recibiera su carta de admisión de Hogwarts? Por el momento, sólo era una hipótesis, pero Doc estaba seguro de que algún día una lechuza llegaría a su casa con la famosa misiva. Amelia sabía que él había estudiado en el colegio británico y, como toda niña de siete años, se sentía fascinada por la leyenda del castillo. La educación que se proporcionaba en Hogwarts era muy buena, pero la que recibían los niños españoles no tenía nada que envidiarle, así que Doc no tenía ni idea de cómo actuaría llegado el momento.
En cuanto regresaron a casa, Amelia corrió a hablarle a Darío de todo lo que había hecho y de lo mucho que se había divertido. Estaba mucho más nerviosa de lo normal y su hermano la escuchó con aire divertido, intercambiando una mirada con su madre antes de llevarse a la niña rumbo a la primera planta. Doc se acercó entonces a Clara y le dio un beso.
— ¿Cómo ha ido todo?
— ¿Recuerdas que estabas un poco preocupada por tu hija? Pues bien, yo diría que ya no tienes motivos para estarlo.
—Ya me he dado cuenta, ya.
Doc dejó su maletín en el ropero de la entrada y fue a acomodarse al sofá de la sala de estar.
—He hablado con mis colegas y dicen que aprende deprisa y pone interés. De momento —Clara soltó una risita y se sentó a su lado—. Y también ha hecho nuevas amigas. Han estado dando chillidos toda la mañana.
—Muy típico de Amelia.
—Creo que le va a ir bastante bien, aunque debería hablar menos durante las clases. La he pillado cuchicheando un par de veces.
— ¿Has tenido que regañarle?
—De momento sólo he necesitado mirarla, pero apostaría a que dentro de poco tendré que reprenderla. A lo mejor se me hace un poco raro tener que ser el profesor de mi propia hija.
—Seguro que no tienes problemas a la hora de tratarla como a los demás. Ni para lo bueno, ni para lo mano.
—Lo intentaré, al menos.
Clara no tenía dudas. Doc era todo un profesional y en su vida había tenido problemas para mantenerse imparcial con sus alumnos. Poco importaba que le cayeran más o menos en gracia; tenía muy claro que siempre mediría a todos sus alumnos por el mismo rasero, Amelia incluida.
—Por lo que veo, está encantada de que seas su profesor. Apuesto a que cuando sea mayor, creerá que es un problemón.
—Es posible.
Aunque Clara había intentado bromear, su marido no le había seguido la corriente. Lo notaba un poco más serio de lo habitual en él y supo que tenía alguna idea rondándole por la cabeza.
— ¿Ha pasado algo? Porque te noto un poco raro.
—Estaba pensando en Hogwarts. Creo que en algún momento recibirá su carta porque yo estudié allí y le corresponde una plaza. Amelia es medio inglesa.
—Darío no tuvo la suya.
—Pero Ricardo sí. Su madre fue a Hogwarts y él tenía su plaza reservada. Si no hubiera rechazado ser educado allí, seguramente Darío también hubiese recibido su carta, aunque a estas alturas tenga muy poco de brujo inglés.
Clara se quedó pensativa. Entendía las preocupaciones de su marido. No necesitaba que él le dijera nada más. En todos los años que llevaban juntos, jamás había conseguido convencerlo para viajar a Inglaterra. Amelia había dicho unas cuantas veces que quería ir al Callejón Diagón y a Hogsmeade y a un montón de lugares mágicos que Darío sí había tenido ocasión de visitar durante los viajes con su padre, pero Doc se negaba en rotundo. Habían pasado muchos años desde que huyera, pero Clara sabía que aún se sentía avergonzado.
—Si Amelia es invitada a asistir a Hogwarts —Clara habló con suavidad—. ¿Qué te gustaría hacer?
Doc tardó en responder. Finalmente suspiró y agitó la cabeza.
—Tengo muy buenos recuerdos de mis años de estudiante. El castillo era un lugar fascinante e hice muy buenos amigos allí dentro, pero también había cosas que no me gustaban. En Inglaterra siempre se le ha dado muchísima importancia a la pureza de sangre y ya sabes qué consecuencias trajo toda aquella locura. Yo mismo lo pasé fatal siendo un sangresucia —Doc hizo una pequeña pausa y pasó un brazo sobre los hombros de su esposa—. Creo que a Amelia le gustaría vivir en Hogwarts. Podría aprender mucho de la experiencia, pero me asusta que puedan relacionarla conmigo de alguna forma. Y no me gustaría que nadie se metiera con ella por lo que somos tú y yo, por no pertenecer a una familia de magos antigua o, incluso, por ser extranjera —El brujo suspiró nuevamente—. No lo sé, Clara. No sé qué querría hacer.
—Pues yo no te voy a negar que quiero que complete sus estudios aquí, pero en caso de que reciba la carta, ya tomaremos una decisión. Además, seguramente Amelia también tenga algo que decir al respecto. Después de todo, sería ella la que tendría que marcharse a vivir a un internado.
Doc asintió y decidió que lo mejor que podía hacer era esperar. No tenía sentido inquietarse por cosas que aún no habían ocurrido.
Toledo. 1 de agosto de 2014
Amelia acababa de regresar de los campamentos de verano y aún no había terminado de deshacer su maleta. Ese año se lo había pasado de lo lindo en los Picos de Europa y, aunque pensaba disfrutar de las vacaciones estivales, ya estaba deseando que comenzaran de nuevo las clases en la Schola de Magia. Todavía no sabía lo que quería ser de mayor, pero tenía claro que sería una profesión enteramente para magos. A lo mejor hasta se hacía inefable y todo, como esos brujos del ministerio que hacían cosas tan raras y emocionantes.
Amelia llevaba un buen rato fantaseando con aquella posibilidad. Era algo que solía hacer bastante a menudo y, aunque su madre le había pedido que se ocupara de su equipaje, la verdad era que no había hecho nada hasta el momento. Se había limitado a sentarse en su cama y allí estaba, agitando los pies en el aire e imaginándose cómo sería investigar los grandes misterios de la magia. No tenía la menor idea de cuáles eran, pero algún día iba a descubrirlos.
— ¡Amelia! ¿Has terminado ya?
Para no variar, su madre parecía tener poderes y su voz había llegado directamente desde la planta inferior. Amelia se levantó de un salto y se acercó a la puerta para responder. Sólo le faltaba que Clara subiera y se diera cuenta de que había estado perdiendo el tiempo.
— ¡Casi, mamá!
—Pues date prisa. Papá nos va a llevar a comer a Madrid.
— ¿De verdad?
No esperó respuesta. Emocionada ante la perspectiva de ir a un restaurante de esos que le gustaban a su padre, abrió la maleta y empezó a separar la ropa sucia de la limpia. Seguro que en cuestión de minutos ya lo tendría todo organizado. Sin embargo, se vio interrumpida cuando alguien golpeó en el cristal. ¿Quién podría ser? Dudaba que se tratara de alguno de sus amigos tirando piedrecitas porque su ventana daba al patio interior de la casa. Intrigada, dio media vuelta y se llevó un susto de muerte cuando vio a un pajarraco enorme revoloteando ahí fuera.
— ¡Mamá! —Chilló—. ¡Ven, mamá! ¡Hay un bicho en la ventana! ¡Y va a romper el cristal!
Amelia pensó que tal vez no le haría caso, pero su madre no tardó nada en llegar. Clara se quedó quieta frente a la ventana, tan sorprendida como su hija, y Doc apareció tras ella.
El corazón le dio un vuelco. Había creído que ese momento nunca se produciría, pero allí estaba la lechuza de Hogwarts. Pese a ser consciente de que no funcionaría, su primer impulso fue espantarla. Después, fue hasta la ventana y dejó que el ave penetrara en la habitación. Ésta se plantó frente a Amelia y extendió una pata de largas garras afiladas.
—Creo que tienes que coger la carta, hija —Doc habló con suavidad—. Es para ti.
Amelia tragó saliva y obedeció las instrucciones paternas. La lechuza agitó las alas y pareció esperar algo.
—Lo siento, amiga. Aquí no tenemos nada para ti.
Doc juraría que el ave se moría de ganas por darle un picotazo, pero lo que hizo fue largarse a toda prisa. El brujo la observó mientras surcaba el cielo y, a continuación, se dio media vuelta para encarar a su mujer y a su hija. Amelia estaba muy quieta, con la carta en la mano, y Clara la miraba fijamente.
— ¿Qué es esto, papá?
—Yo diría que es tu invitación para asistir a Hogwarts, aunque deberías comprobarlo.
— ¿Hogwarts?
Doc asistió. Amelia abrió la carta y extrajo un trozo de pergamino que leyó con avidez. Mientras tanto, sus padres no la perdían de vista, nerviosos e inseguros como en pocas ocasiones.
— ¿Y bien? —Preguntó Clara cuando la niña despegó la vista del pergamino.
—Me ha escrito un señor que se llama profesor Flitwick. Dice que he sido admitida en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería, que las clases comienzan el uno de septiembre y me dan una lista de cosas que tengo que comprar.
Caradoc Dearborn apretó los dientes. Unos años antes le había dicho a Clara que no sabría cómo actuar si Amelia alguna vez recibía esa invitación, pero en ese momento lo tenía muy claro: no quería que se fuera. Amelia ni siquiera había cumplido los doce años y no deseaba alejarse de ella durante meses, enviándola a un lugar en el que, tal vez, fueran hostiles con ella, y en el que él había pasado tantos momentos buenos como malos. Quería que Amelia se quedara en casa y siguiera siendo educada bajo los estándares del ministerio de magia de la península.
— ¿Tengo que ir? —Preguntó la chiquilla entonces, tendiéndole el pergamino a su madre. Doc supo que la pregunta estaba dirigida especialmente a él.
—No es obligatorio que vayas si no quieres, pero tienes tu plaza reservada en Hogwarts desde el mismo momento en que naciste.
— ¿Desde hace tanto tiempo? —Doc asintió—. Entonces, si prefiero quedarme aquí. ¿Puedo quedarme?
—Por supuesto que sí.
Amelia se mordió el labio inferior. Su padre pensó que ya había tomado una decisión, así que le sorprendió muchísimo que la niña le saliera con esas.
— ¿Puedo pensármelo? Creo que Hogwarts mola mucho.
Quiso decirle que no, que no había nada que pensar. Sin embargo, asintió y abandonó la habitación junto a Clara.
Darío dejó el pergamino sobre la mesa y miró a su madre y a su padrastro. Hacía mucho tiempo que no les veía tan preocupados por algo y, aunque les entendía perfectamente, creía que Hogwarts podría ser una buena oportunidad para Amelia. Era un buen colegio y a su hermana le iría muy bien allí, aunque comprendía que sus padres prefirieran tenerla cerca. Él, que durante todo el curso anterior había estado estudiando en Uppsala, la había echado muchísimo de menos.
— ¿Y decís que tiene que pensarlo? —Su madre asintió.
—Lleva un buen rato encerrada en su habitación.
—No es una decisión que se pueda tomar a la ligera. Supongo que Hogwarts la tentará un montón.
Caradoc pensó que no tendría que haberle contado tantas historias emocionantes sobre el castillo. Había omitido casi todo lo malo y seguramente las ideas de Amelia respecto a él estaban equivocadas.
—Tal vez demasiado —Masculló entre dientes—. Y creo que es por mi culpa. He pintado un panorama demasiado bueno.
Darío sonrió y se cruzó de brazos.
—No queréis que se vaya —La falta de respuesta confirmó sus sospechas—. Yo le pregunté una vez a papá qué pasaría si recibía la carta de Hogwarts y él fue bastante claro. Me prohibió ir. Si creéis que Amelia estará mejor aquí, haced lo mismo. Tiene once años y no puede tomar esa decisión por sí misma.
—Lo sabemos, Darío, pero no es tan fácil —Doc se removió con incomodidad—. Asistir a Hogwarts es un derecho que tu hermana tiene desde que nació. Si se lo prohibiéramos, sería terriblemente injusto.
Darío iba a replicar algo, pero Amelia apareció justo en ese momento. Miró a los tres adultos con el ceño fruncido y se acercó a su padre.
— ¿A ti te gustaba Hogwarts, papá? —Preguntó de sopetón. Caradoc quiso mentirle, pero no pudo hacerlo.
—Estaba bastante bien, sí.
—Creo que estar en un castillo como ese debe ser genial y tú aprendiste mucha magia allí, pero no quiero ir a un internado. Sería un rollo no poder salir a pasear por el barrio mágico, ni veros todos los días, así que quiero quedarme en casa. Además, los campamentos de verano también están muy guays y no quiero dejar de ver a mis amigos. ¿Os parece bien?
Caradoc procuró aparentar que estaba menos contento de lo que estaba en realidad. Besó a Amelia y le dio un breve abrazo.
—Nos parece muy bien, Amelia.
—Sí, cielo —Aseguró Clara.
— ¿Tenemos que escribir una carta para decirles que no voy a ir allí? —Preguntó la chiquilla agarrando el pergamino que su hermano abandonó sobre la mesa.
—Sería conveniente hacerlo.
— ¿Y cómo lo vamos a mandar? Ese pájaro se ha ido volando.
—En el ministerio hay una lechucería. Iremos allí.
— ¡Qué guay! Podremos saludar a Marga. ¿A que sí?
—Por supuesto.
Doc y Amelia salieron del salón para comenzar a escribir la misiva de respuesta. Darío miró a su madre y le dio un fuerte abrazo, consciente de lo mal que se hubiera sentido si su hermana se hubiese marchado a Hogwarts.
— ¿Qué hay para comer?
—No había preparado nada. Doc nos iba a llevar a un restaurante.
— ¿Te parece si hago algo? En los últimos meses he tenido que aprender a cocinar.
—Creo que va a ser un desastre, pero si insistes.
Darío le dio un beso en la mejilla y se metió en la cocina. Aquella no fue una comida especialmente buena, pero pudieron disfrutarla todos juntos y era lo que realmente importaba.
Todavía quedan más historias que contar en el capítulo especial, pero voy a cortar aquí porque estas dos primeras viñetas han salido bastante largas. Espero que os hayan gustado y prepararos para las siguientes. Besetes y hasta el próximo.
