CAPÍTULO ESPECIAL
CARRETERAS SECUNDARIAS II
3
¡Cómo mamá!
Picos de Europa. Julio de 2012.
Darío y mamá ya le habían hablado muchas veces sobre los campamentos de verano. Decían que eran geniales y Amelia tenía muchísimas ganas de comprobarlo por sí misma.
Esa mañana había tomado el tren en Madrid muriéndose de los nervios. Mamá y papá le habían dado un montón de consejos y le habían dicho que se lo pasara bien y estudiara mucho, pero Amelia apenas les había prestado atención. Estaba demasiado ocupada mirando el tren y fijándose en los chicos mayores. Todos saludaban a sus amigos y parecían muy contentos y mucho menos nerviosos que ella.
— ¡Amelia!
Al girar la cabeza comprobó que su amiguita María acababa de llegar. Iban juntas a la Schola de Magia de Toledo y a Amelia le caía muy bien. María tenía el pelo oscuro y muy rizado y los ojos negros y era tan habladora como ella. Tanto era así, que después de las vacaciones de Navidad, los profesores habían decidido que no se sentarían juntas nunca más. Amelia había esperado que su papá no la obligara a buscarse otro compañero de pupitre, pero él se había mostrado conforme con los demás. Por suerte, en los campamentos nadie sabía lo mucho que les gustaba liarse de cháchara y podrían sentarse juntas sin más problemas.
Aunque María estudiaba magia en Toledo, era de un pueblecito de la provincia de Cuenca que tenía un bonito castillo medieval. Los muggles lo usaban como atracción turística, pero Amelia sabía de muy buena tinta que era un lugar mágico porque Alina Bennasar, la amiga de sus papás, trabajaba allí y les había contado a sus padres algo sobre unos fantasmas que estaban atrapados en la torre del homenaje. Además, María se lo había confirmado todo cuando le preguntó. Su papá llevaba años cuidando de la parte más mágica del castillo, la que ningún muggle podría visitar jamás, y había tenido ocasión de ver a los fantasmas muchísimas veces. Nunca habló con ellos porque eran escurridizos y tímidos, pero allí estaban.
— ¡Hola, Amelia! ¿Subimos al tren?
—Casi llegas tarde.
—Mi papá se ha perdido. No viene casi nunca a Madrid.
—Pues vaya.
— ¡Venga, vamos!
Las dos niñas se cogieron de la mano y subieron al primer vagón que encontraron, olvidándose por completo de que sus respectivos progenitores estaban allí para despedirlas. Los padres de María se acercaron a Clara y a Doc e intercambiaron una sonrisa. Sus hijas eran todo un caso y no tenían solución.
Aunque ninguna de las dos se había subido nunca a ese tren, no tardaron en encontrar unos asientos ideales para ellas. Se pusieron de rodillas encima y empezaron a hablar sobre las cosas que habían hecho durante los días que habían pasado sin verse. En su conversación, caótica y velocísima, se intercalaban las risitas y los chillidos. Estaban tan contentas que estuvieron a punto de olvidarse de decirles adiós a sus papás. Saludaron efusivamente con la mano a través del cristal y luego siguieron a lo suyo, cotorreando como si la vida se les fuera en ello.
Amelia sólo se interrumpió cuando vio aparecer a su amigo Alberto. A él sí que llevaba muchísimo tiempo sin verlo, por lo menos dos semanas o más, así que dio un brinco y fue a su encuentro. Venía acompañado de Gabi y de una niña a la que Amelia no conocía.
— ¡Hola, Beto! ¡Hola, Gabi! Mira, es mi amiga María.
— ¡Hola, Amelia! ¡Hola, María! Esta es Clara.
—Viene con nosotros a la escuela de magia —Aseguró Gabi. Se le veía más contento que unas castañuelas.
— ¡Hala! —Amelia le sonrió a la otra niña—. Te llamas como mi mamá.
— ¿Sí?
Amelia asintió y esperó a que alguien dijera algo más, pero Beto y sus amigos querían volver a sus asientos. Sólo se habían movido para enseñarle a Clara donde estaba el baño.
—Nos vamos a nuestro sitio. ¡Adiós, Amelia! ¡Adiós María!
Las niñas se despidieron y, aunque al menos a la primera le hubiera gustado contar con la compañía del niño un ratito más, no le importó quedarse a solas con María. Sabía que con ella el viaje se le iba a hacer muy corto y lo disfrutó como sólo se disfrutan las primeras veces de las cosas.
Unos días después, María sufrió un pequeño accidente en clase de herbología. Una enredadera venenosa se le había liado en el brazo y le habían salido un montón de pústulas y hasta le había dado fiebre y todo. Amelia le había pedido a la señora medimaga que le dejara quedarse allí con su amiga porque eran inseparables y no quería que María estuviera sola en la enfermería, pero no se lo habían permitido.
Sólo había pasado un día desde el incidente, pero Amelia extrañaba a su amiga. Compartían habitación y pupitre en clase y se iban a jugar juntas cuando las lecciones terminaban. Amelia tenía más amiguitos, claro que sí, pero ninguno era como María. Esa tarde estaba un poco triste, pero cuando vio a Beto y a sus amigos pensó que tal vez podrían divertirse juntos.
—Hola, Beto —Dijo al acercarse a ellos—. ¿Dónde vais? —Era fácil suponerlo porque llevaban las escobas y todo, pero preguntó de todas formas.
—Gabi y yo vamos a enseñar a Clara a volar —Amelia miró a la niña. Iban juntas a clase, aunque no se hacían demasiado caso la una a la otra por cada una tenía sus propios amigos.
— ¿En serio? —La chiquilla dio un saltito de entusiasmo—. ¿Puedo ir con vosotros?
—Vale.
Beto se encogió de hombros. Amelia corrió hasta su dormitorio para coger su escoba voladora y luego corrió hacia el campo de miniquidditch. Tanto Beto como Gabi ya estaban dándole instrucciones a Clara de cómo hacer para poder controlar la escoba. Amelia se dijo que sus consejos no le habían servido de mucho a ella y que la que realmente le enseñó fue Babe, pero se limitó a observar a su compañera de curso.
— ¿Has aprendido ya? —Preguntó con algo de impaciencia. Le apetecía ponerse a volar junto a Beto y los demás, no esperar a que esa niña se decidiera a subirse a la escoba. Porque Clara no parecía tenerlas todas consigo y se notaba que estaba nerviosísima y, quizá, algo asustada.
—No me fío de la escoba —Le dijo a Amelia, el temor presente en su vocecilla infantil.
— ¿Por qué no? ¡Si es muy fácil! ¡Mira!
Amelia comenzó a volar. Si hubiera tenido que hacer aquello un mes antes, hubiese sido incapaz, pero gracias a la hermana de Beto era casi una experta. Surcó el cielo todo lo deprisa que pudo y luego regresó junto a Clara y los demás. Sonrió con suficiencia al darse cuenta de que los niños parecían asombrados por lo que acababa de hacer.
—Es muy fácil. ¿A que sí, Beto?
El chavalín asintió y animó a su amiguita. Por alguna razón, a Amelia empezó a caerle un poco mal esa tal Clara. Estaba muy guay que se llamara igual que su mamá y todo eso, pero no entendía por qué Beto tenía que hacerle tanto caso. ¿Es que no podía subirse a la escoba y volar de una vez? ¡Si Beto y Gabi ya se lo habían explicado cien veces! ¡Y ella misma le había hecho una demostración práctica! ¿Por qué esa niña tenía que ser tan cobardica y pesada?
— ¡Venga, Clara! ¡Qué no pasa nada! —La animó nuevamente. La otra brujilla miraba a su alrededor como si fuera un animal enjaulado y no supiera muy bien cómo librarse de la trampa. Al final, frunció los labios y se puso tiesa.
—No quiero volar. ¡Me voy!
Y, sin más, salió corriendo. Sus acompañantes la miraron con pasmo un instante y Amelia fue la primera en encogerse de hombros. Si quería irse, ella se perdía la diversión.
— ¿Jugamos? —Preguntó, y tanto Beto como Gabi y los otros niños asintieron.
Amelia no sabía cuánto tiempo llevaban jugando al miniquidditch, pero se bajó de la escoba cuando Babe, la hermana de Beto, llamó su atención. A Amelia le caía genial porque era su monitora de los campamentos y era muy simpática, muy divertida y muy guapa. Además, sabía que era amiga de su hermano y todos los amigos de su Darío eran muy, muy guays.
—Beto —Babe parecía estar preocupada por algo y Amelia se acercó a ella con sumo interés—. ¿Sabes que le ha pasado a Clara? La he encontrado llorando en los baños.
Beto miró a Gabi y a Amelia y se encogió de hombros antes de hablar.
—Queríamos enseñarle a volar, pero dijo que no quería aprender y se fue corriendo.
En cuanto lo escuchó, una bombillita se encendió dentro de la cabeza de Amelia. Clara no le resultaba nada simpática y se había alegrado un montón cuando les dejó en paz, pero tampoco quería que llorara por su culpa. Mamá siempre le decía que hacer llorar a los demás estaba mal, así que cuando Babe se alejó de los pequeños para ver si podía solucionar ese problema, Amelia corrió tras ella.
— ¡Babe! ¡Babe!
— ¿Qué pasa, Amelia?
— ¿Clara estaba llorando de verdad? —La chica más mayor asintió—. ¿Mucho?
—Creo que estaba muy triste.
—Pues a lo mejor, si tú le dices lo que tiene que hacer para volar sin caerse de la escoba, se sentirá mejor.
— ¿Por qué crees eso?
—Tú me enseñaste a mí y ahora sé volar muy bien. Si le enseñas a ella también, aprenderá enseguida.
Babe la miró con los ojos entornados un instante y luego sonrió. Le dio una palmadita en la espalda y, al hablar, parecía mucho más relajada que antes.
— ¿Por qué no vuelves con los demás? Yo me encargaré de Clara.
Amelia asintió. No quería ser amiga de Clara, pero se sentía bien porque gracias a ella dejaría de llorar. Era genial.
María ya se había puesto buena. Lo primero que hicieron después de las clases fue irse a jugar a los columpios. Tenían que hacer deberes de pociones y practicar encantamientos, pero ya se encargarían de ello más adelante. Amelia comenzó a contarle lo que había pasado el día anterior con Beto y Clara, y su amiga la escuchó atentamente. Por supuesto, a ella tampoco le caía bien la otra niña. ¡Faltaría más!
— ¿Al final sabe volar?
—No lo sé, pero creo que Babe fue a buscarla. Y ella sí que es buena maestra.
La charla se vio interrumpida por Beto y sus amigos, quienes las saludaron efusivamente y les preguntaron si querían jugar al miniquidditch. Amelia buscó a Clara con la mirada y se dio cuenta de que no iba con los chicos. Cuando preguntó, Gabi se encogió de hombros.
—Dice que las escobas no le gustan mucho.
—Pero si Babe iba a enseñarle —Amelia miró a Beto, esperando que fuera él quien respondiera, pero Gabi se le adelantó otra vez.
—No sé. Dice que prefiere quedarse con las otras niñas y jugar a las muñecas.
— ¿Vosotras os venís? —Inquirió Beto, ansioso por entrar en materia cuanto antes.
—A mí no me apetece —Dijo María. Tal vez si ella hubiera dicho que sí, Amelia también se habría animado, pero realmente prefería quedarse allí.
—A mí tampoco.
—Pues nada. ¡Hasta luego!
Los chiquillos se alejaron. María se recostó en la red del columpio araña e instó a Amelia a que se moviera para impulsarse con los pies. A la niña le extrañaba un poco que Clara optara estar con otras niñas antes que estar con Beto, pero prefirió no darle más vueltas al asunto. Lo que le quería era divertirse con su amiga María y así estuvieron hasta que llegó la hora de irse a estudiar un poco.
4
De ovejas negras y niños magos
Extremadura. 6 de enero de 2009
Lourdes llevaba tanto tiempo mordiéndose la lengua que se sabía incapaz de seguir tragando inquina. Alfonso y Rocío habían ido a su casa para recoger los regalos de Juan y se les había escapado que un par de días antes habían estado en Toledo. En seguida se habían dado cuenta del error y no habían añadido nada más, pero ella ya se olía lo que habían hecho. Y no pensaba tolerarlo. Bastante tenía con vivir sabiendo la clase de persona que era su hermana como para que ahora sus hijos le vinieran con esas tonterías. Y le daba igual lo que dijera su madre. Su nieto era un niño normal y corriente y no pensaba aceptar esa clase de insinuaciones. Nunca.
Observó como su nuera ayudaba al niño a abrir el regalo que le habían hecho entre Pedro y Bruno, los tíos paternos. Le habían comprado una bicicleta diminuta, con ruedecitas y dibujos de Bob Esponja por todos lados. Juan era muy pequeño y ni siquiera llegaba a los pedales, pero seguramente no tardaría en sacarle provecho. Lourdes y su marido habían optado por la mucho más práctica ropita y Juanito, como todo niño de su edad, ni siquiera le había hecho caso.
Mientras el chiquitajo era entretenido por sus entusiastas tíos, Lourdes se llevó a Alfonso a un aparte. No esperaba que Rocío se uniera a la reunión, pero su nuera parecía olerse por donde iban los tiros y no pensaba quedarse fuera de aquello. Para ser sincera consigo misma, Lourdes debía reconocer que Rocío nunca le había caído en gracia. Encontraba que era demasiado ligera de cascos y a las pruebas se remetía porque la muy fresca se había quedado embarazada antes de casarse. Aunque le hubiera gustado decirle que quería hablar a solas con Alfonso, se mordió la lengua. Su hijo tenía por costumbre dar la cara por su mujer y era mejor no provocarle. No cuando debían hablar de cosas tan serias.
—Antes me ha parecido oír que habéis estado en Toledo —Soltó de sopetón. Procuraba que su tono de voz sonara lo más normal posible porque no quería perder los nervios y que su marido y sus hijos se enteraran de lo que se traía entre manos—. ¿Es verdad?
Alfonso y Rocío se miraron antes de que él respondiera a la pregunta. Cuando lo hizo, a Lourdes le pareció que el muchachito se le envaraba un poco.
—Pues sí, mamá. Estuvimos allí antes de ayer.
— ¿Y para qué fuisteis? Si se puede saber.
—Para ver a mi tía Clara.
Lourdes dio un respingo. Sabía que pasaba algo grave, pero no imaginaba que lo fuese tanto.
— ¿Cómo dices?
—Rocío, Juan y yo estuvimos en casa de mi tía Clara. Tu hermana.
— ¡Ésa no es mi hermana! —Espetó, elevando el tono de voz muy a su pesar.
—Sí que lo es, aunque te niegues a reconocerlo. Y si bien te has pasado la vida despotricando de ella, con nosotros se portó fenomenal y nos ha ayudado un montón. Me parece que es una gran persona y pienso volver a visitarla en cuanto pueda. Quiero conocer a mis primos.
— ¿Tus primos? ¿Esos… anormales?
Rocío dio un paso adelante, roja de rabia, pero Alfonso se interpuso en su camino. No deseaba que se produjera un enfrentamiento entre su madre y su mujer. No cuando él era perfectamente capaz de defender lo más importante que tenía.
—Por si te interesa saberlo, se llaman Darío y Amelia.
— ¡Pues claro que no me interesa!
—Y no son unos anormales. Son brujos. Como tu hermana y como Juan.
Lourdes abrió la boca, espantada ante semejante revelación. Ella había visto las señales, su madre había intentando hacerla entrar en razón, pero siempre había preferido cerrar los ojos porque no podía ser verdad. No su nieto, su querido Juanito. No era más que un bebé que nunca había hecho a nadie. ¿Por qué tenía que pasarle algo tan horrible?
—Ni se te ocurra hablar así de mi nieto, Alfonso.
— ¿Hablar cómo? Juan es un mago y me siento muy orgulloso de él. Y tú también lo estarías si no fueras tan cerrada de mollera.
— ¡No me hables así! ¡Soy tu madre!
—Sí, eres mi madre, pero estás completamente ciega. Has perdido la oportunidad de conocer a tu hermana porque te has negado a ver lo bonita que puede llegar a ser la magia. Nos has alejado a mis hermanos y a mí de una parte muy importante de nuestra familia y, al menos en mi caso, voy a arreglar eso. A partir de ahora, mantendré contacto con mi tía y mis primos. Ella y su marido se han ofrecido a ayudarnos con Juan y no pienso seguir perdiendo el tiempo.
Lourdes boqueaba como un pez. Estaba tan enfadada que se sentía incapaz de pensar con claridad. Finalmente, también pudo encarar a su hijo, señalándole con un dedo amenazante.
— ¿Cómo te atreves? ¿Es que no te das cuenta de que lo único que he hecho ha sido protegeros a ti y a tus hermanos? ¿Qué hubiera sido de vosotros si no os hubiera alejado de la magia? ¡Podríais haberos contagiado!
Alfonso la miró con pasmo antes de soltar una carcajada. La indignación de Lourdes fue en aumento porque su hijo nunca jamás la había mirado así, como si la considerara un personajillo ridículo e insignificante.
—La magia no se contagia. Se nace o no se nace con ella. Clara, sus hijos y Juan tienen la suerte de poseer el don. Eso es todo.
— ¿Y a ti te parece normal que Juan sea uno de ellos?
—Es mi hijo.
Lourdes apretó los dientes. Su cerebro había dejado de funcionar y lo único que tenía ahí dentro era furia. Muchísima furia.
—Si fueras sensato, te desharías de él.
— ¿Qué?
—Envíalo a vivir con tu querida tía Clara si así lo deseas, pero aléjalo de nuestras vidas.
— ¡Estás hablando de tu nieto!
— ¡ES UN ANORMAL! —Lourdes se dio cuenta de que ese grito había bastado para llamar la atención de todo el mundo—. ¡No quiero que esté ni conmigo ni con mis hijos!
Alfonso se quedó muy quieto un instante. Después, agarró la mano de su mujer y masculló unas palabras sin molestarse en mirar a su madre.
—Pues eso tiene fácil solución.
Minutos después, ni su hijo mayor ni Rocío ni el anormal estaban allí. Lourdes supuso que debería sentirse dolida, pero en ese momento estaba más aliviada que otra cosa. Esperaba que el sentimiento le durara mucho tiempo.
Toledo. Ese mismo día.
Amelia había intentando convencer a su hermano para que se dejase peinar y maquillar con el regalo que le habían traído los Reyes Magos, pero Darío había negado con la cabeza antes de alejarse disimuladamente de su lado. Una cosa era jugar a las casitas y tomar el té con las muñecas de su hermana y otra muy distinta eso. Además, tenía ganas de trastear con el nuevo cacharrito de última tecnología que le había regalado su padre.
Ante la negativa de su hermano, Amelia intentó convencer a sus padres, pero tampoco aceptaron ser sus modelos. Hubiera estado muy guay que Marga viniera a visitarlos porque ella era su clienta predilecta en la peluquería de su infantil imaginación, pero la mujer no estaba por allí.
— ¡JOO! —Se quejó muy lastimeramente, esperando que alguien se compadeciera de ella—. ¡Quiero jugar!
Vio como papá sonreía y supo que iba a hacer algo genial. El brujo sacó la varita con movimientos ceremoniosos y la agitó para conjurar una de las muñecas que tenía guardadas en su habitación. Después, procedió a agrandarla hasta que alcanzó un tamaño que era casi humano.
— ¡Qué guay! —Exclamó Amelia, dando saltitos de alegría.
—Ahora puedes jugar. ¿No te parece?
Amelia asintió y no tardó ni un segundo en echar mano del estuche de maquillaje. Dejaría a su muñeca tan guapísima que sería la envidia de todas las muñecas del mundo. Cuando llamaron a la puerta, ni siquiera se dio cuenta.
Clara fue a abrir. La sonrisa aún le bailaba en los labios, pero se quedó muy seria cuando vio a Alfonso y a Rocío al otro lado. Traían a Juan con ellos y no tenían buena cara. Dudaba que estuvieran allí para recoger los regalos de los Reyes, aunque había tomado la precaución de comprar un detalle para el niño.
—Hola, tía.
— ¡Alfonso! No os esperaba tan pronto. Pasad, por favor.
Los dos obedecieron. Clara apenas los conocía, pero sabía que tenían un problemón encima. Y siendo las fechas que eran, sospechó que, tal vez, pudiera tratarse de Lourdes.
Iba a preguntar algo al respecto cuando Darío salió al recibidor para ver quién era. Tal vez había pensado que podría tratarse de su padre, pero se quedó helado cuando vio a aquellas tres personas. Ni siquiera se habían quitado el abrigo, pero reconoció de inmediato a Alfonso porque, aunque no se conocieran en persona, sí que había visto algunas fotografías suyas.
—Darío, mira quién ha venido —Dijo su madre, sonriente pero advirtiéndole con la mirada que fuera amable porque su primo no tenía la culpa de las cosas que habían hecho su abuela y su tía—. Es Alfonso. El otro día también estuvo por aquí.
Lo que menos le apetecía en ese momento era acercarse a saludar, pero sabía que su progenitora no admitiría otra cosa. Luchando por no arrastrar los pies, se plantó frente a Alfonso y le estrechó la mano. Se vio obligado a bajar las defensas cuando el otro chico sonó tan sincero.
—Me alegro un montón de conocerte, Darío. Me hubiera gustado que nos viéramos la otra vez, pero tu madre me dijo que estabas en Sevilla.
—Eh… Sí, había quedado con unos amigos.
—Mira, esta es Rocío, mi mujer —Darío se encontró dándole dos besos a la chica—. Y este enano es Juan.
A Darío le gustaban los niños. La mayoría de los adolescentes huían de ellos como alma que lleva el diablo, pero a él le encantaban y no podía evitar sonreír cada vez que tenía uno delante. Su padre le había dicho alguna vez que a él le pasaba exactamente lo mismo, así que debía ser una seña de identidad de los Vallejo.
— ¡Hola, Juanito! —Dijo con voz cantarina, riéndose cuando el bebé le dedicó una sonrisa—. ¡Qué simpático eres!
— ¿Quieres cogerlo? —Ofreció su primo mientras le quitaba el abrigo al chiquitín. Darío no pudo decirle que no—. Creo que le has caído bien.
—Y él a mi también —Darío miró de reojo a su madre y, aunque se obligó un poco para pronunciar esas palabras, en el fondo era lo que de verdad sentía—. Me alegra que estéis aquí. De verdad.
Alfonso sonrió y agarró la mano de su mujer mientras pasaban a la sala. Doc también pareció sorprendido al verles llegar, pero les recibió con cordialidad. Amelia, por su parte, apenas les dirigió una mirada y les dio dos besos, aunque era comprensible debido a su estado nervioso. De hecho, aceptó de buen grado que Rocío la ayudara en sus labores de maquilladora. Era bueno contar con alguien en experto en esas lides.
Una vez todos estuvieron acomodados, Clara se quedó mirando a su sobrino. Había aceptado tomarse un café y no les quitaba los ojos de encima a Amelia y a su mujer. Darío se estaba entendiendo a la perfección con el pequeño Juan y ella sintió que debía hacer la pregunta lo antes posible. Se notaba que Alfonso necesitaba desahogarse, pero que no lo haría si alguien no le daba un empujón.
— ¿Ha pasado algo, Alfonso?
El joven miró a su hijo y suspiró. Minutos antes había aceptado de buen grado el muñeco de peluche que Clara le había regalado al bebé. Era un pequeño elefante que, al tirarle de la trompa, se movía como por arte de magia.
—Esta mañana le he contado a mi madre que nos hemos visto —Dijo tras un instante de duda—. Y no se lo ha tomado nada bien.
—Entiendo.
—Ha dicho cosas horribles de Juan y… —Tragó saliva, interrumpiéndose bruscamente—. No he podido quedarme allí, escuchando todo eso. Nuestra intención no era molestaros, pero pensé que estaría bien venir aquí, dejar que Juan se mueva en ambientes más mágicos y, no sé, comprobar por mí mismo lo equivocada que está mi madre.
Necesitaba ver que los brujos llevaban vidas normales, que no sacrificaban vírgenes ni comían bebés. Después de abandonar la casa de sus progenitores, había estado a punto de sufrir un ataque de ansiedad. Rocío le había calmado a base de besos y de repetirle lo orgullosa que estaba de él, y finalmente había seguido su instinto y se había presentado en casa de su tía. Tal vez Clara fuera la única capaz de entenderle en ese momento.
—Tu madre es una mujer difícil, pero Juan es su nieto y entrará en razón.
Alfonso encontró bastante cómica la mueca que, pese a todo, su primo Darío fue incapaz de disimular.
—Tú eres su hermana y mira cómo se comporta contigo.
—Los hermanos y los hijos no son lo mismo. Lourdes necesitará tiempo, estoy segura, pero se dará cuenta de que tiene mucho que perder y no le quedará más remedio que acostumbrarse a tener un nieto brujo.
Alfonso asintió, aunque no se le veía demasiado convencido. De hecho, ni la misma Clara lo estaba.
— ¿Sabéis una cosa? —John intervino, buscando sin duda que sus acompañantes se olvidaran de las cosas malas y disfrutaran de un día tan señalado—. He pensado que es la ocasión perfecta para que Alfonso y Rocío conozcan el barrio mágico.
En cuanto escuchó esas palabras, Amelia dio un salto y se plantó frente a su padre, olvidándose de los regalos y emocionada ante la perspectiva de salir fuera de casa.
— ¿Nos vamos, papá? ¿Nos vamos?
—Sólo si el primo Alfonso quiere.
Amelia miró al hombre al que acababa de conocer y se puso frente a él, haciendo uso de su mejor cara de cachorrito abandonado.
— ¿Nos vamos al barrio mágico, primo Alfonso? ¿Nos vamos?
—Creo que podría ser interesante.
— ¡GUAY!
Amelia no necesitó que nadie le dijera que fuera en busca de su ropa de abrigo. Antes de salir de casa, hizo que Darío se agachara y le susurró unas palabras al oído.
— ¿De verdad es nuestro primo?
—Sí.
— ¡Pero si es viejísimo!
Darío sólo se rió. Mientras observaba a Alfonso y a Rocío, supo que su familia había crecido un poco más. Y se alegró por ello. Además, ahora tenía otro primo Alf.
Extremadura. Por la noche.
Clara se había aparecido a las afueras del pueblo. No había un alma por la calle, pero era preferible no correr riesgos. Sin dudarlo ni un instante, caminó a buen paso en dirección a la casa de su hermana y, una vez allí, aporreó la puerta con decisión. Podría haberle abierto su cuñado, pero tuvo la suerte de encontrarse cara a cara con Lourdes. Antes de que la otra pudiera reaccionar, Clara dijo lo que tenía que decir.
—Eres una estúpida. Estás dispuesta a perder a tu hijo y a tu nieto por la manía que me tienes. Siempre he sabido que tienes la mente cuadriculada, pero jamás pensé que pudieras ser tan mezquina. ¿Y sabes que te digo? Que me alegra. A Alfonso, pero sobre todo a Juan, les hará bien estar lejos de ti.
No esperó respuesta. Se desapareció allí mismo, dejando a Lourdes más rabiosa que nunca. ¿Cómo se atrevía? Sabía la clase de treta que esa anormal se traía entre manos, pero no iba a dejar que se saliera con la suya. Sin embargo, no era tan tonta. Si quería quedarse con Alfonso y Juan, le parecía muy bien. Ella debía seguir cuidando de su familia.
No os penséis que el capítulo especial termina aquí. Dentro de poco, tendréis más. ¡Mucho más! Besetes y hasta pronto.
