CAPÍTULO ESPECIAL
CARRETERAS SECUNDARIAS III
5
El puffskein rabioso
Madrid. Diciembre de 2012.
Guille tenía por costumbre llevar a Triki al trabajo. Al principio, a su jefe no le había hecho demasiada gracia, pero el brujo se las había arreglado para convencerle de que era una buena idea. Triki era un puffskein muy sociable que entretenía a los niños que acudían a la tienda en compañía de sus padres y, además, cantaba villancicos. El señor Balbuena le miró con cara de malas pulgas la primera vez que escuchó aquella excusa tan poco consistente, pero había cedido porque Guillermo Suárez era un gran cuidador de criaturas mágicas y se merecía que le concedieran algún capricho de vez en cuando.
Guille le echó un vistazo a su puffskein. Se estaba echando una siestecilla al lado de las últimas crías de kneazle que habían nacido, junto al escaparate. Consciente de que no le daría ningún problema, algo que sí solía hacer cuando se quedaba en casa y se bañaba en todos los retretes de la misma, echó un vistacillo a los papeles que tenía sobre la mesa. Esa mañana tendría que cortarle el rabo al nuevo crup de la señora Engracia Colmenares.
Guille conocía perfectamente a la bruja en cuestión. Vivía en un pueblecito de la cornisa cantábrica y le gustaban los animales mágicos. En los últimos cinco años, había adquirido dos kneales y tres crups, todos ellos con su correspondiente licencia ministerial. El cuidador echó un vistazo al cestito repleto de diminutos kneales y se dijo que tal vez tuviera suerte y la señora Colmenares decidiera llevarse a casa a uno de ellos. La verdad es que eran monísimos y a Guille le hubiera gustado mucho tener una mascota de esa clase, pero se daba cuenta de que Triki ya les daba suficiente guerra. Además, dudaba mucho que fuera a ser capaz de cuidar de un cachorrillo teniendo a Nadia.
Sonrió al pensar en su hija. Tenía apenas unos meses de vida y ya era la reina de la casa. Los tenía a todos obnubilados, especialmente al abuelo. Omar ya sentía devoción por sus nietos mayores, pero a ellos los veía sólo de vez en cuando y a Nadia podía disfrutarla diariamente. La niña era muy pequeña, cierto, pero acostumbraba a calmarse y a hacer gorgoritos cuando estaba en brazos de su abuelo, logrando que al señor se le cayera la baba, por supuesto.
La puerta de la calle abriéndose, le sacó de sus cavilaciones. Allí estaba doña Engracia, que llegaba cargada con una cesta de mimbre en la que traía a su crup perfectamente resguardado del frío invernal. Era una bruja de unos sesenta años, entrada en carnes y de expresión amable. De pequeña había tenido que ser operada de las cuerdas vocales, así que tenía una voz más propia de un camionero muggle que de una señora de su edad.
—Buenos días, doña Engracia.
—Hola, Guillermo —La mujer dejó la cesta sobre la mesa—. Aquí te traigo a Tiburón.
— ¿Tiburón?
— ¿Te acuerdas de que no sabía qué nombre ponerle? Pues bien, Tiburón le va al pelo.
— ¿Es igual de fiero que el bicho de la película?
— ¡Oh, no lo sabes tú bien!
Guille se rió y retiró la mantita que cubría al animal. Tan sólo tenía seis semanas, la edad apropiada para cortarle esa llamativa cola bífida que tenía. El pequeño Tiburón parecía un Jack Terrier y resultaba adorable con su pelaje blanco repleto de manchas marrones. Si algún muggle hubiera intentado acariciarlo, engañado por su aspecto exterior, se habría encontrado con una criatura de lo más feroz. Por suerte, él no era un muggle, así que pudo coger al crup sin más problemas.
—Tiburón está enorme.
—Come como un condenado. No para en todo el día. ¿Crees que puede pasarle algo?
—Lo comprobaremos enseguida —Guille guió a su clienta hasta la sala esterilizada en la que solían hacer las intervenciones. Depositó al pequeño Tiburón sobre una camilla y echó mano de la varita—. Le haré unos hechizos de diagnóstico para asegurarnos de que es seguro realizar la intervención. Si tiene cualquier problema de salud, lo sabremos de inmediato.
—Entiendo —Mientras Guille procedía a hacer su trabajo, doña Engracia se agitaba con nerviosismo—. Sé que lo hemos hecho otras veces, pero temo que pueda dolerle. La amputación, ya sabe.
—No tiene por qué preocuparse. La intervención es completamente segura en indolora. Tiburón no sufrirá daño alguno y podrá llevárselo a casa de inmediato —En ese momento, hizo la última comprobación y sonrió—. Todo está perfecto. Si come tanto como dice es porque es un glotón de mucho cuidado. Si sigue así, le recomiendo que le inste a hacer mucho ejercicio o engordará.
—Claro, claro. Me dejas mucho más tranquila, Guillermo.
—Me alegro. Y ahora, procedamos con la operación.
Lo había hecho en bastantes ocasiones. Tal vez los crups no fueran las mascotas más habituales entre los magos peninsulares, pero prácticamente todos eran vendidos y tratados por Guille y el señor Balbuena. Confiando en sus habilidades, alzó la varita y se dispuso a pronunciar el hechizo. Desgraciadamente, se le olvidó que los crup eran criaturas temperamentales y no lo vio venir.
Tiburón, haciendo honor a su nombre, soltó un gruñido y de un salto se abalanzó sobre él y le mordió en el brazo de la varita. Guille retrocedió un paso y gritó. La varita se le escapó de los dedos e intentó quitarse al bicho de encima por las malas. La señora Engracia también estaba chillando y dando saltitos, pero sin hacer nada por ayudarle. Guille pensó que tendría que esperar a que el dichoso crup se cansara de morder, pero entonces un rayo azul pasó sobre su hombro y cayó justo sobre los ojos de Tiburón.
Al principio pensó que se trataba de un hechizo, hasta que se dio cuenta de que era Triki. Un Triki que emitía un sonido agudo y muy molesto y que clavaba con saña sus garritas en el hocico y los ojos de crup. Y debía estar haciéndole daño, pues Tiburón finalmente liberó a su presa y, llorando lastimeramente, corrió a refugiarse en brazos de su ama. Triki saltó sobre el hombro de Guille y se quedó muy quieto y alerta, como si esperara un nuevo ataque de esa horrible bestia.
— ¡Ay, por Dios! —Exclamó la señora Engracia—. ¿Estás bien, Guillermo?
Triki volvió a hacer ese ruidito cuando la mujer intentó acercarse a él. Guille le indicó con un gesto que se quedara quieta y miró su brazo. Estaba ensangrentado, con los colmillitos de Tiburón bien marcados en su carne. Hasta ese momento realmente no le había dolido nada, pero una vez pasado el susto comprendió que la herida podría ser grave. No pudo evitar lanzarle al crup una mirada rencorosa, aunque sintió un poco de pena por él al ver que tenía el hocico lleno de sangre y un ojo con muy mala pinta. Triki era un puffskein con muy malas pulgas, no cabía duda.
—Voy a avisar al señor Balbuena para que venga cuanto antes. Creo que es mejor que me vean esto en San Mateo.
— ¿No quiere que le acompañe? Siento mucho lo que le ha hecho Tiburón.
—No hace falta. Me apareceré desde aquí. Además, creo que alguien tiene que echarle un vistazo a su crup. Hay que curarle las heridas.
La señora Colmenares se fijó en su mascota y frunció el ceño. Tal vez otra en su lugar hubiera reclamado a Guille por las acciones de su puffskein, pero ella no lo hizo. Siempre había sido una persona sensata.
— ¡Mira que hocico tienes! ¡Pues te lo mereces, Tiburón! ¡Eres un crup malo! ¡No se muerde al cuidador!
El pobre bicho siguió gimoteando mientras se pasaba las patas por las heridas.
—No sabía que los puffskein tuvieran tanto genio —Comentó la señora con aire divertido.
—Yo tampoco. Me llevaré a Triki por si le da por atacar otra vez.
Lucía Larumbe no veía con buenos ojos la presencia del puffskein, pero el bicho se había puesto agresivo con ella cuando había intentado alejarlo de su amo. Un más que avergonzado Guillermo Suárez le había explicado que Triki, que así se llamaba el animal, era muy protector y que no consideraba muy sensato separarlo de él habida cuenta de lo que había pasado con el crup en la tienda de criaturas mágicas. Al final había transigido, aunque amenazó con tomar medidas en caso de que al puffskein le diera por escaparse y causar problemas.
Aunque estaba un poco molesta, se concentró por completo en curar las heridas del señor Suárez. Tiburón le había hecho un buen estropicio y seguramente tendría que estar de baja unos días porque el brazo herido era el de la varita. Necesitaría tomarse unas cuantas pociones regenerativas y habría que vigilar de cerca su evolución. Los colmillitos del crup habían ocasionado daño en los tendones y Guille soltaba maldiciones por lo bajo. Tenía la sensación de que no dejaría de sufrir lesiones en ese brazo, aunque ya no estuvieran relacionadas con el quidditch.
—Esto ya está. Puede irse a casa, pero sería conveniente que se pase por aquí esta noche para cambiar los vendajes.
—Claro, claro.
—Si siente mucho dolor o si le da fiebre, venga de inmediato al hospital. Las heridas causadas por animales mágicos son imprevisibles.
—Ya, ya lo sé.
—Y procure no traerse al puffskein cuando vuelva. ¿De acuerdo?
—Haré todo lo que pueda —Guille soltó una risita—. Aunque no le prometo nada.
Lucía puso los ojos en blanco y le despidió con cortesía. No había sido tan malo trabajar con un bicho de esa clase delante, aunque prefería no acostumbrarse a ello. Mientras veía salir a Guillermo de la consulta, recordó que en sus tiempos había sido un afamado jugador de quidditch y que después se había casado con Alina Bennasar. "Dios los cría" pensó, y sonrió antes de recibir a su siguiente paciente, un niño de seis años que había sufrido una explosión de magia accidental y había convertido sus orejas en orejas de elefante.
Guille, por su parte, fue recibido por su mujer nada más abandonar la consulta. La había avisado al llegar a San Mateo y, aunque le había dicho que no tenía nada grave y que no hacía falta que fuera a acompañarle, ya se esperaba que Alina anduviera por allí.
— ¿Qué te ha pasado? —Le preguntó, mirando con consternación su brazo vendado.
—Un crup me ha atacado en la consulta. Iba a extirparle la cola bífida y la idea no debió resultarle agradable porque me mordió antes de que pudiera hacer nada. Por suerte, Triki estaba por allí y vino al rescate.
— ¿Triki? —Alina miró al bichillo, que parecía dormitar en el hombro de su amo. Ahora que la tensión había pasado y que Guille estaba a salvo, podría descansar un poco.
—No sabes cómo ha dejado al pobre crup.
—El pobre crup, mis narices. ¿Qué te han dicho los sanadores?
—Míralo tú misma.
Alina agarró el informe y lo leyó con avidez. Sólo después se dio cuenta de que su marido había sido atendido por una vieja conocida suya.
—Así que Lucía Larumbe. Fuimos juntas a los campamentos de verano.
-¡Vaya! El mundo es un pañuelo.
— ¿Te he dicho alguna vez que formamos un equipo para jugar un campeonato de quidditch? Nos llamábamos las Águilas de Toledo y, por supuesto, ganamos.
—Y supongo que tú eras la capitana.
—Pues claro.
—No me extraña nada. Con lo mandona que has sido siempre.
— ¡Eh! —Alina le dio un golpecito y vio como Triki abría los ojos, con pinta de estar seriamente mosqueado con ella—. Creo que, ahora sí, tu puffskein quiere matarme.
— ¿Y qué esperabas? Estoy gravemente herido y tú vas y me pegas.
—Sí, pobre Guille. ¿Quieres que volvamos a la consulta por si te he roto algo?
—Seguro que Triki se quedaría más tranquilo.
Alina se rió y comprobó que el puffskein se había relajado otra vez y volvía a dormitar. Antes de desaparecerse para ir a casa, hizo un comentario que le arrancó a Guille una sonora carcajada.
—Alguna vez en pensado que podríamos tener un perro guardián, pero me he dado cuenta de que no nos hace falta. Tenemos a Triki.
Finalmente, Guille tendría que pasar una semana entera de baja. El señor Balbuena se había encargado de Tiburón y doña Engracia le había llamado un par de veces para interesarse por brazo. El brujo agradeció el gesto, pero le hizo aún más ilusión que la mujer decidiera comprarse una de las crías de kneale. Era mejor venderlos de pequeñito, así que estaba muy satisfecho.
Después de pasar dos días enteros encerrado en casa porque, desgraciadamente, le habían dado unas décimas de fiebre, Guille y Alina viajaron a Madrid aquella mañana para hacer unas compras navideñas. La herida estaba bastante bien, aunque le costaba un poco mover el brazo y tenía ciertas dificultades para hacer magia. Lo que sí podía hacer sin problemas era empujar el carrito de Nadia. La niña estaba bien abrigada y dormía plácidamente, con Triki haciéndole compañía.
—Tendríamos que ir primero a la tienda de escobas. Mis sobrinos se van a volver locos cuando vean su regalo de Reyes.
—Y tu padre también.
—Mi padre no tiene visión de futuro, menos aún cuando se trata de quidditch. Los niños, cuanto antes aprendan a volar, mejor.
—Claro, claro. ¿Qué dice tu hermano al respecto?
—Seguro que está de acuerdo conmigo. Nos criamos juntos.
— ¿Y Marta?
Alina se dispuso a responder que seguramente su cuñada también vería las ventajas de que sus hijos tuvieran escobas de competición infantiles, pero no las tenía todas consigo. A Marta el quidditch le era más bien indiferente y casi nunca volaba cuando tenía que viajar, así que Alina se quedó un poco cortada.
—Vale. Esperaremos a que vengan a pasar la Nochevieja y hablaré con ellos.
—Eres una chica lista. Se nota que eres inefable. Ahora tenemos que pensar en un regalo para tu padre.
—Querrás decir que yo tengo que pensar en un regalo para mi padre.
— ¡Joder, Bennasar! ¡Qué puntillosa eres con las cosas del lenguaje!
Alina puso los ojos en blanco y decidió que a su progenitor le vendría bien tener una nueva túnica de invierno. Solía vestir a la usanza muggle, pero también le gustaba la ropa más tradicional y andaba falto de prendas de abrigo. Guille, que no podía entender cómo alguien podía pasarse casi una hora mirando telas y escuchando las parrafadas de una modista mágica, se entretuvo mirando a Nadia. Era una niña preciosa, de pelo negro y rizado, ojos oscuros y piel morena. Estaba convencido de que de mayor se parecería muchísimo a su madre.
—Pues ya está —Apenas escuchó la voz de su mujer—. Guillermo. He dicho que ya está. Nos podemos ir.
— ¡Menos mal! Las mujeres sois insoportables con las compras.
—Y tú un quejica —Alina echó a andar de nuevo a través de las calles del barrio mágico—. He pensado que a Marta y a Nasir les vendría bien una cafetera como la que tenemos en casa. ¿Te acuerdas de lo que les gustó el capuchino la última vez que estuvieron de visita?
—Una cafetera. Pero lo entiendo, Alina. No siempre puedes tener ideas geniales. Sigues siendo humana.
—Mira que estás toca pelotas hoy, Guillermito.
—Estoy de buen humor.
—Pues te recuerdo que ahora mismo los hechizos te salen bastante desastrosos, así que llevas todas las de perder conmigo.
— ¿Me estás amenazando?
—Ya eres un chico mayor, puedes tomártelo como quieras.
Guillermo no se resistió. Aún empujando el carrito, agarró a Alina de la cintura y le dio un besito en la comisura de la boca. Ella se dejó hacer y también le abrazó. Le gustaba estar así, paseando tranquilamente junto a su familia.
El abrazo se vio interrumpido por un puffskein. Por una vez no era Triki, pero Guille tuvo que soltar a su esposa y centrar su atención en aquella bolita de extraño pelaje amarillo con manchas rosas. Le hizo gracia reconocer a esa criatura porque, aunque por sus manos habían pasado muchísimos puffskeins, aquel era inconfundible.
— ¡Pongo!
Guille, que había cogido al puffskein antes de que diera un nuevo saltito, miró a la niña que se acercaba corriendo. Tendría unos tres años y no recordaba haberla visto por el barrio mágico antes.
—Pongo.
La niña se detuvo al llegar a la altura de Guille y extendió las manos para recuperar a su mascota. Él sonrió y procedió a devolver al bichejo, sin darse cuenta de que otra persona había llegado junto a ellos.
—Menos mal que lo habéis cogido —Dijo la mujer—. Llevamos un buen rato persiguiéndolo. ¡Alina!
—Hola Almudena. Hola Anna. ¿Cómo estáis?
—Ahora mismo, un poco acaloradas —Bromeó Almudena Pizarro. Había venido a pasar las Navidades a España junto a la familia y, aunque había pensado que tendría una mañana tranquila paseando por el barrio mágico, el puffskein de su hija se estaba empeñando en ponerle las cosas difíciles—. Pongo se ha asustado y ha salido corriendo.
—Así que te has asustado —Guille, que aún seguía agachado junto a Anna, hablaba en voz baja—. ¿Sabes que yo conocí a Pongo cuando era muy, muy pequeñito?
— ¿De verdad?
—Es el puffskein más extraño que he visto nunca.
— ¡Es bonito!
—Por supuesto que lo es.
—Guille —Alina interrumpió su charla con la pequeñaja—. Creo que no conoces a Almudena Pizarro.
—No nos han presentado antes —Saludó a la mujer—. Encantado.
Tras intercambiar unas palabras de cortesía, Alina abrió la caperuza del carrito para que su vieja conocida pudiera ver a Nadia. Triki aprovechó para salir, harto de esas mujeres que sólo sabían elogiar a los bebés preciosos, y se plantó en el hombro de su amo. La pequeña Anna dio un saltito y se rió.
— ¡Tenes un puffskein!
—Se llama Triki y siempre cuida de mí. Y Pongo también cuidará de ti. Es lo que hacen los puffskeins.
Anna miró a su mascota con renovado interés y, cuando continuó paseando de mano de su madre, se dijo que Pongo era genial. Raro y llamativo, pero genial.
6
De mamones y celos
Barrio Mágico de Madrid. Diciembre de 2012
Puesto que llevaban bastante tiempo sin quedar, Darío y Guillermo Aguirre habían aprovechado que los dos estaban de vacaciones para tomarse un café y charlar. Darío, que en el puente de la Constitución se fue a Inglaterra con Eloy y Alfie, quería hablarle a Guille de una tal Hermione Granger. La mujer llevaba algún tiempo luchando para que las condiciones de vida de los licántropos británicos mejoraran y seguramente a su amigo le interesaría el tema.
A Guille le había mordido un licántropo cuando tenía dieciséis años. Se había ido a la Rioja con unos amigos para trabajar en los viñedos de su tío y había regresado sin amigos y con una enfermedad crónica. Darío se llevó un buen disgusto cuando supo la noticia. En aquel entonces, Guillermo Aguirre y él no eran más que dos chavales que se conocían y se llevaban bien, pero su amistad se había afianzado desde entonces. Guille había encontrado en él a alguien que le apoyaba y que no le compadecía, y poco a poco se fueron haciendo más cercanos.
Quedaron en la puerta de La Floriana y los dos llegaron puntuales. Había bastante gente en el local, así que se acomodaron en un par de banquetas junto a la barra y comenzaron a charlar. Guille estaba un poco raro porque la luna llena sería al día siguiente y siempre se ponía nervioso cuando se acercaba el momento de transformarse. Darío sólo le había preguntado una vez cómo era. Guille no necesitó responder para que comprendiera que resultaba ser horrible.
—No veas como liga Antoñito, colega —Decía Darío entre risas—. Chasquea los dedos y tiene a un par de tías detrás de él.
—Ya será para menos.
—Que sepas que la revista Corazón de Bruja lo ha nombrado el jugador de quidditch joven más macizo de Inglaterra.
— ¡No jodas! ¿Corazón de Bruja?
— Es una revista de prensa rosa. Él dice que le fastidia, pero para mí que le hace ilusión que le nombren el más macizo.
—Conociéndolo, no me extrañaría.
—Pero no te creas que es el único que se las lleva de calle. Eloy, ahí donde lo ves, las mata callando.
— ¡Bah! Yo ya sabía que a Eloy se le dan bien las tías.
—Sí, pero creo que a las inglesas les pone mogollón que se vista de negro y tenga ese aire misterioso que tiene.
— ¿Se ha enrollado con alguna?
—Se supone que no, pero una noche desapareció durante un par de horas. Y yo no digo nada —Se echaron a reír, hasta que Darío pareció acordarse de algo muy importante—. Pero lo mejor es lo de Alfie. Pasamos a una tienda que se llama Sortilegios Weasley. En Inglaterra es muy famosa y venden artículos de broma y todo eso. Tú ya sabes cómo se escaparon sus padres de Inglaterra —Guille asintió. Alfie le había hablado de esa pequeña aventura algún tiempo atrás—. Pues resulta que uno de los dueños de la tienda se enrolló con su madre.
— ¡Venga ya!
—Te lo digo en serio —A Darío le costaba contener la risa—. Se llama Ron y se coló en el ministerio haciéndose pasar por mi tío Reg. La tía Mary se confundió y le dio un morreo de los buenos. ¡Cómo se puso, Alfie, colega! Nunca lo he visto tan cabreado. Creo que quería pegarle a Antonio y todo.
Darío se puso a describir caras y Guille terminó riéndose a carcajadas. Se lo estaban pasando tan bien que a Darío prácticamente se le había olvidado todo el asunto de Hermione Granger.
— ¡Qué cabrones sois! Ojalá me pudiera haber ido con vosotros.
—La próxima vez —Darío le dio un par de palmadas en el hombro—. Además, si lo de Suecia me sale bien, te quiero haciéndome una visita en Uppsala.
—Prometido.
Darío iba a decir algo, pero sus ojos se desviaron hacia la puerta y vio entrar a Isabel Fernández de Lama. Venía acompañada por unos amigos y estaba preciosa. Le hubiera gustado ir a saludarla, pero sabía que lo más adecuado era quedarse allí y hacer de tripas corazón. Si Isabel fuera un poco más mayor. Sólo un poco.
—Se te nota un montón.
Guille le había susurrado las palabras al oído y, aunque Darío quiso disimular, sabía que era imposible. Desde que Guille era licántropo, captaba cosas que no todo el mundo percibía. Y, demonios, le conocía muy bien y él no era bueno ocultando sus sentimientos.
—No sé de qué me hablas —Masculló, revolviéndose y procurando centrar su atención en otra cosa. En Guille, por ejemplo.
—Que no soy tonto, Vallejo.
Darío gruñó y sus ojos volvieron a buscar a Isabel. Por suerte, alguien más entró a la churrería y distrajo al joven brujo. López les dirigió una breve mirada. Traía puesto su uniforme de auror y Darío hubiera jurado que tenía ganas de molestar, pero en cuanto vio a Guillermo se fue para otro lado. Desde que pasó lo que pasó en La Rioja, López no se acercaba a Guille y Darío no sabía si lo hacía porque tenía prejuicios contra los licántropos o si se debía a otra cosa. En cualquier caso, agradeció que Juanjo les dejara tranquilos.
— ¿Qué tal llevas el inglés? —Preguntó de sopetón, retomando la charla con su amigo. Guille se encogió de hombros.
—Ahí, ahí. ¿Por qué lo dices?
—Te he traído un ejemplar de El Profeta, pero como soy idiota me lo he dejado en casa. Otro día te lo acerco. ¿Vale? Viene un artículo muy interesante sobre Hermione Granger. En su momento ayudó a derrotar a ese Voldemort y ahora mismo está trabajando para que se promulgue una ley que vele por los derechos de los licántropos de su país. Ya sabes cómo se les trata allí.
—Pues sí —Guillermo se puso muy serio. Le cabreaba mucho pensar en ese tema y, al mismo tiempo, se sentía afortunado de vivir en el país que vivía—. Ya iba siendo hora de que alguien se preocupe por ellos.
—Esa mujer tiene fama de conseguir siempre sus objetivos, aunque le queda un largo camino por recorrer.
—Y, mientras tanto, los licántropos viven como parias —Guille suspiró—. No entiendo como aguantan allí, la verdad. Yo ya me hubiera largado, te lo juro.
—Antonio me ha dicho que estará al tanto y que me enviará los periódicos que hagan falta, aunque creo que si quieres puedes suscribirte a El Profeta aunque no vivas en… —Darío se interrumpió y, de repente, su cara reflejó cierta indignación—. ¿Qué está haciendo ese mamón?
El mamón en cuestión no era otro que Juanjo López, que se había pasado los últimos minutos oteando el local y había localizado a la bruja más guapa sentada en una mesa junto a sus amigos. Y Juanjo, que se creía irresistible con su túnica de auror y su sonrisa de pillastre, se había acercado a ella para intentar ligársela.
Guille giró la cabeza y vio a López. Era un tipo que actuaba por la vía rápida y se había sentado junto a Isabel Fernández de Lama. Obviamente, desde allí no podían oír lo que estaba diciendo, pero no parecía hacerle mucha gracia a la chica.
—Será cabrón —Masculló Darío entre dientes—. La está molestando.
—Seguro que lo manda a la mierda, Darío. Pasa de él.
— ¿Es que no se da cuenta de que es una cría? ¡Tiene catorce años!
Él había respetado eso. No había intentado nada con ella porque, aunque le gustaba muchísimo, prefería dejarla crecer y madurar sin meterse de por medio. Le costaba muchísimo no hablar con Isabel más a menudo y ni siquiera aspiraba a ser amigo suyo. ¿Y Juanjo López, ese maldito gilipollas, le venía con esas? Pues no iba a consentirlo. No porque pensara que Isabel fuera a caer en sus redes, aunque la posibilidad le dejaba muy mal cuerpo, sino porque López era un cerdo que intentaba aprovecharse de las chicas.
Darío se puso en pie con decisión y no escuchó a Guille cuando le pidió que se calmara. Su primer impulso fue partirle la cara a López, pero se controló para no meterse en líos. Aunque tuviera sus motivos, zurrarle a un auror podría ser contraproducente.
—López —Dijo con voz firme cuando llegó junto al grupo de chicos. Isabel estaba más roja que un tomate y parecía a punto de marcharse—. ¿Podemos hablar?
— ¿Es que no ves que estoy ocupado?
—Es importante.
Juanjo entornó los ojos. Aquella belleza ya le había dicho que no quería tomarse un café con él y, puesto que estaba bastante seguro de que no iba a camelársela esa tarde, decidió concederle el caprichito al niño mimado de Vallejo. No tenía ni idea de lo que ese gilipollas quería, pero sentía curiosidad por averiguarlo. Antes de salir a la calle, miró a Guille y comprendió que iba a estar presente durante la charla. La vulnerabilidad se hizo presente de inmediato.
— ¿Qué quieres, Vallejo? —Preguntó cruzándose de brazos.
—Debería darte vergüenza, tío. No es más que una cría.
— ¿Perdona? —Juanjo no entendía a qué venía aquello.
—Esa chica, la que te querías ligar, tiene catorce años.
López comprendió que le estaban echando la bronca. Realmente había pensado que la chavala era mayor, pero no le gustaba que Vallejo le viniera con esas. Ese imbécil no era nadie para darle órdenes.
—Cuidadito con lo que dices, Vallejo. Estás hablando con un auror.
—Auror o no, esa chica no es más que una cría. Déjala en paz.
— ¿Quién te crees que eres para decirme lo que tengo que hacer?
Darío se dio cuenta de que había dejado todas sus cartas sobre la mesa y que López las estaba viendo claramente. Iba a ganarle la partida. Juanjo sonrió y se acercó un poco a él, sabedor de que la victoria estaba cerca. ¡Y le tenía tantas ganas a ese capullo de mierda!
—No me digas que te gusta, Vallejo. ¿Voy a tener que detenerte por perversión de menores?
Darío apretó los puños. Se sentía igual que aquel día en el colegio, cuando no era más que un niño y Juanjo López le dijo que su padre era un ladrón. Quería pegarle, arrancarle los dientes a puñetazos, pero alguien le cogió del brazo y tiró de él con decisión. Aunque hubiera querido, no habría podido resistirse.
—Déjame, Guille.
—Claro que no. Olvídate de él. No merece la pena.
—Pero Isabel…
—No creo que supiera la edad que tiene. Vamos.
Guille lo alejó del peligro. Si hubieran sido Alfie o Eloy, López no hubiera dudado en perseguirlos para seguir provocando a Darío, pero era Guille y, simplemente, no pudo. Se limitó a estirarse la ropa para volver al cuartel de aurores. Con un poco de suerte, habría algo de trabajo interesante que hacer.
Mientras tanto, Guillermo y Darío ya estaban muy lejos de La Floriana. Por primera vez en sus vidas, se habían ido sin pagar, pero ya solucionarían eso otro día. Ahora Darío necesitaba calmarse y aclarar las ideas.
—Es un hijo de puta, Guille. Y ahora que es auror es peor porque se cree que puede hacer lo que quiera. ¿Te das cuenta?
— ¡Bah! Puede creerse lo que quiera, pero en el fondo López no es nadie. Yo no creo que vuelva a molestar a Isabel. No hasta que sea más mayor, al menos.
—Así no ayudas mucho.
Guille se rió y le pasó un brazo por los hombros.
—Vamos a dar una vuelta, me apetece andar.
Darío asintió y agradeció su presencia. Sabía que Guille le acababa de salvar el pellejo y se lo agradeció muchísimo. López era capaz de sacar de quicio a cualquiera. Y si Isabel estaba de por medio, todo era incluso peor.
Guillermo Aguirre es un personaje de Fiera Fierce. Si queréis conocer su historia, tenéis que leer el fic "Dime con quién andas…". Es una auténtica noticia. Y creo que a estas alturas ya lo sabréis, pero Lucía Larumbe, Almudena Pizarro e Isabel Fernández de Lama son personajes de Sorg-esp, así que ya estáis tardando en visitar sus historias.
