CAPÍTULO ESPECIAL

CARRETERAS SECUNDARIAS IV


Voy a terminar con los capítulos especiales escribiendo una historia más romántica (y ha futuro). Hace unas semanas, cuando en el foro "La Noble y Ancestral Casa de los Black" (¡visitadlo, visitadlo!) se propuso el reto "Olores de Amortentia" se me pasó por la cabeza la idea de escribir sobre Darío e Isabel. Sin embargo, una de las condiciones del reto era que aparecieran personajes canon, así que finalmente escogí otras parejitas y me quedé más ancha que larga. Sin embargo, todo este asunto ha seguido rondándome por la cabeza y, puesto que Sorg sugirió que podía escribir algo romántico para conmemorar los 50 capítulos de este fic, voy a utilizar la idea. El siguiente capítulo estará dividido en tres viñetas y procuraré que ninguna sobrepase las 1000 palabras porque eran las condiciones del reto y porque me parece que puede quedar bien. Y no os doy más la tabarra y me voy al lío.


7

Olores de Amortentia


Agua salada

Santander. Agosto de 2017

— Lo he estado pensando y creo que podríamos salir a mar abierto.

Isabel, que en ese momento manejaba el timón de su pequeño barquito, se detuvo por completo y miró fijamente a Darío. La última vez que salieron a navegar, su novio no había querido ni oír hablar sobre aquello y ahora lo sugería por voluntad propia.

— ¿Estás seguro?

— Pues no mucho, pero confío en ti y sé que eres capaz de manejar este par de bañeras.

Isabel sonrió, recordando la conversación* que habían mantenido unas semanas antes respecto al tamaño del velero. Consciente de que Darío no podía evitar sentir cierto temor, se dispuso a dar lo mejor de sí durante la navegación. El día estaba muy soleado, no había nada de viento y el mar estaba en calma, así que los riesgos serían mínimos.

Mientras viraba el barco y ponía rumbo al cabo Mayor, Isabel sintió el olor del agua salada inundando sus sentidos. Durante un instante su mente se quedó en blanco e, inmediatamente después, recordó lo acontecido unos años atrás, durante su estancia en los campamentos mágicos de verano. En clase de Pociones habían estado estudiando los Filtros de Amor y, cuando el profesor les sugirió que se acercaran a los calderos y aspiraran el aroma de la Amortentia, el primer olor que ella sintió fue el del agua salada. Siempre pensó que estaba relacionado con su gusto por el mar pero, cuando ese día miró a Darío, se dio cuenta de que nunca lo había percibido con tanta intensidad y supo que únicamente se debía a que él estaba allí, a su lado.

— Últimamente he estado pensando en mi abuela.

Darío volvió a sorprenderla con sus palabras. Le dirigió una mirada interrogante y vio como el joven brujo se encogía de hombros y echaba un vistazo a una costa que cada vez estaba más lejos. Le faltaba mucho para estar completamente relajado, pero parecía disfrutar de la experiencia. Un poco, al menos.

— ¿Ha pasado algo?

— No he vuelto a verla desde que fuimos a visitarla, pero me llamó por teléfono hace unos días. Nunca antes lo había hecho —Darío dejó de centrar su atención en tierra firme y la miró a ella. Aunque pretendiera aparentar que no le importaba nada, Isabel sabía perfectamente que el rechazo de doña Carmina siempre había dolido y lo sentía mucho por él—. La verdad es que no sé qué hacer. Tú has tenido la suerte de tener unos abuelos que te quieren, pero a mí los míos nunca me han hecho el menor caso. Además, se portaron fatal con mi madre. Y puede que mi abuela esté intentando arreglar las cosas, pero mi abuelo no se baja del burro ni a la de tres y estoy harto de que mi madre lo pase mal por su culpa. ¿Tienes idea de las veces que ha llorado por su culpa?

Isabel dejó un momento el timón y fue a sentarse a su lado, consciente de que Darío necesitaba de su cercanía. Le cogió una mano con suavidad y dejó que él apoyara la cabeza en su hombro.

— Mi madre dice que no tengo que ser rencoroso, que le tengo que dar una oportunidad a mi abuela porque ha cambiado y es sincera, pero yo no estoy seguro de que sea así.

— El otro día se portó muy bien con nosotros, Darío. Creo que sí que quiere arreglar el pasado.

— Pues es un poco tarde. ¿No te parece?

— Nunca es tarde para reconciliarte con tu familia.

Darío se quedó callado. Isabel entendía que su situación era complicada, pero también tenía muy claro que ella sí le hubiera dado una oportunidad a su abuela. Sabía lo maravilloso que era formar parte de un clan unido y lamentaba que su novio tuviera esa espinita clavada en el corazón. Pensó que él añadiría algo más, que revelaría algo relacionado con sus intenciones futuras, pero lo que Darío hizo fue incorporarse y señalar el timón con un gesto.

— ¿No deberías dirigir la embarcación? No me gustaría convertirme en un naufrago.

— ¿Y tú no decías que te fiabas de mí?

— No, si de ti me fío, Isabel. Del que no me fío es del mar.

La chica se río y se puso al mando otra vez. Darío volvió a quedarse callado y meditabundo, contemplando con expresión ausente el horizonte.

— De todas formas —Dijo al cabo de un rato—, pase lo que pase a partir de ahora, te agradezco que me convencieras para ir a verlos. No me arrepiento de haberlo hecho.

Eso era buena señal, una prueba clara de que Darío estaba dispuesto a dar su brazo a torcer. Isabel esperaba que no tuviera que sufrir nuevos desprecios por parte de ese par de ancianos. Ya había tenido suficiente a lo largo de su vida y, si les daba otra oportunidad, que al menos lucharan por merecérsela.

Consciente de que seguir dándole vueltas al asunto podría agobiar bastante al brujo, Isabel decidió que era hora de cambiar de tema.

— Me da igual lo que digas —Afirmó con una sonrisa en la boca—. La próxima vez que salgamos a navegar, le voy a decir a Amelia que se venga con nosotros.

— ¿Por qué?

— Pues porque se lo va a pasar en grande. ¿Por qué va a ser?

—Pero Isabel —Darío se atrevió a acercarse a ella y la abrazó por la espalda—, si haces eso no podremos ir a la playa del otro día. Es un lugar muy bonito e íntimo y me gustaría que fuera sólo para nosotros.

Durante un instante, en el mundo sólo parecieron existir Darío y el olor salado del mar. Se dijo que las piernas bien podrían empezar a temblarle como si fuera una adolescente enamoradiza y se relajó en los brazos del chico.

— ¿Te apetece que vayamos allí ahora mismo? —Darío asintió y le dio un besito en el cuello—. Pues vamos allá.

Y sin acordarse de Amelia siquiera, Isabel puso rumbo a su paraíso particular.


Limón

Toledo. Octubre de 2017

Isabel fue recibida por John Doe, el padrastro de su novio. El hombre la saludó haciendo gala de unos modales exquisitos y la invitó a entrar. Le indicó que Darío estaba en la cocina, preparando un regalo de cumpleaños para su hermana. Extrañada, Isabel fue a su encuentro y no pudo evitar quedarse parada bajo el umbral de la puerta.

— Darío. ¿Qué estás haciendo?

El chico dio un respingo y, seguidamente, bufó presa de una gran impotencia.

— Le estoy haciendo una tarta a Amelia.

— ¿En serio? Pues más bien parece que te has batido en duelo con alguien.

La cocina estaba hecha un caos. Isabel ignoraba por completo qué clase de tarta estaba preparando, pero dudaba seriamente que todos los ingredientes que estaban esparcidos por el lugar fueran necesarios. Darío, que se había ruborizado un poco, se manchó con una extraña sustancia amarillenta cuando fue a frotarse los ojos.

— Es que he intentando hacerlo con magia, pero ha sido un desastre. Mejor no te lo cuento. ¿Vale? —Isabel asintió, conteniendo la risa a duras penas—. Después he querido hacerlo al estilo muggle, pero la masa había ensuciado la receta y me confundí al leer las instrucciones, así que hice una mezcla que olía fatal y tuve que desvanecerla para evitar que atufara toda la casa. Ahora voy con el tercer intento.

Isabel se compadeció de él. Pobre Darío. Haciendo uso de uno de los mandiles que Clara Muñoz tenía colgados detrás de la puerta de la cocina, decidió echarle una mano a su desdichado novio. Porque Darío sabía hacer muchas cosas y muy bien hechas, pero definitivamente la cocina no era lo suyo. Tal vez no le vinieran mal unas cuantas clases con su tío Fernando.

— Venga, que te ayudo. ¿Qué estás preparando?

La mirada de inmensa gratitud de su novio, hizo que Isabel Fernández de Lama se deshiciera un poco por dentro.

—Tarta de limón. Mi madre siempre nos regala una por nuestros cumpleaños, pero esta tarde tenía una reunión con unos proveedores y no le va a dar tiempo a hacerla. Me ha dicho que vaya a una pastelería y compre una, pero me he encabezonado en cocinar por mi cuenta y, bueno —Darío se encogió de hombros y echó un vistazo a su alrededor—, ya ves el resultado.

Isabel asintió de nuevo y le fue bastante complicado no reírse.

— ¿John no te ayuda?

— Pues me vendría bastante bien que me echara una mano porque no se le da nada mal cocinar, pero tiene que darle clase a uno de sus alumnos particulares y no tardará en marcharse.

La chica se acercó al libro de recetas y le echó un vistazo. Las instrucciones para hacer la tarta de limón estaban escritas del puño y letra de Clara y no parecía demasiado complicada de elaborar.

— Vamos a organizarnos —Dijo, en un tono de voz que no admitía réplica—. Tú te encargas de machacar las galletas para hacer la base y yo voy a batir las claras de los huevos y a hacer el zumo de limón.

Darío asintió, contento porque le había sido adjudicada la misión más sencilla y la que más le gustaba hacer de pequeño. Isabel, mientras tanto, separó las claras y las yemas de los huevos y comenzó a batir con energía. Después, agarró los limones y se dispuso a rallar un poco de cáscara antes de extraerles el jugo. Y volvió a pasarle lo que ya le había ocurrido unas semanas antes en pleno Cantábrico.

En esa ocasión no fue el olor del mar, sino el limón. Era el segundo de los aromas de su Amortentia y lo percibió con una intensidad impropia. Cuando giró la cabeza para mirar a Darío y lo vio concentrado en su tarea de triturar las galletas, le pareció que estaba más guapo que nunca y comprendió que su novio tenía tantos defectos como virtudes.

— ¿Estoy haciendo algo mal? —Preguntó de pronto, deteniéndose y mirándola con aire interrogante.

— ¿Qué?

— Que si estoy haciendo algo mal. Como me miras de esa manera.

— No te miraba así por eso.

— ¿Por qué, entonces?

No pensaba decirle que le apetecía muchísimo darle un beso apasionado en ese momento. Temía que John Doe pudiera pillarles en semejante tesitura y, aunque tal vez fuera estúpido pensar en ello, le daba mucha vergüenza.

— Me parece muy bonito lo que estás haciendo por tu hermana.

— Es lo que hacemos siempre. Aunque últimamente está muy arisca y dudo que vaya a agradecer el detalle.

Amelia estaba resultando ser una adolescente bastante temible. Se había vuelto respondona y había descuidado un pelín los estudios muggles, aunque en los mágicos le iba de maravilla. De un tiempo a esta parte, y para consternación absoluta de su un tanto conservador padre, la chica había empezado a usar ropa muy ajustada, faldas cortísimas y escotes pronunciados y, lo peor de todo, cambiaba continuamente el color de su pelo. Actualmente, era el turno para el rosa chicle.

— Pues yo creo que sí le va a gustar, especialmente si se entera de que la has hecho tú.

A pesar de todo lo citado anteriormente, Amelia Doe aún sentía una gran devoción por su hermano mayor. Y sobraba decir que adoraba a Babe y que le encantaba tenerla como cuñada.

— Le hará más ilusión que me hayas ayudado, ya verás. Pero será mejor que sigamos trabajando. Mira qué hora es y vamos a tener que hornear la tarta hasta que esté bien hecha.

Isabel asintió y prosiguió con su labor. Aún tenía un limón entre las manos. Se dio cuenta de que esa fruta siempre sería muy especial para ella y que esa tarde pasada en la cocina de la familia Doe nunca se borraría de su memoria. Le gustaba estar allí, y no sólo por Darío. Aunque llevaran poco tiempo saliendo juntos, ya se sentía parte de su pequeña familia. Esperaba que él se integrara de la misma forma en la suya y nuevamente pensó en el tío Fernando.

Sí, a Darío no le vendrían nada mal unas clases de cocina.


Gominolas

Madrid. Diciembre de 2017

Aquella tarde de domingo de mediados de diciembre hacía demasiado frío como para estar paseando por la calle. Al principio, Darío había pensando en invitar a su novia a merendar a la Floriana, pero cuando recordó que tenía una bolsa llena de chucherías en el apartamento de su madre, cambió de planes. Las había comprado para Juan, el hijo de su primo Alfonso, pero finalmente no habían podido viajar a Madrid y el joven brujo no pensaba dejar que ese montón de deliciosos dulces se estropearan.

— No sabía yo que te gustaran tanto las chuches —Comentó Isabel una vez se hubo acomodado en el sillón.

— Uno tiene que disimular para que los demás no se piensen que no es un crío, pero la verdad es que me encantan.

— ¿Y los dientes? El azúcar no es bueno para la caries.

— Lo sé. Y esa es una de las razones por las que me gusta tanto ser brujo. Los sanadores lo tienen chupado para arreglar las dentaduras de sus pacientes.

Isabel tuvo que echarse a reír. Ella procuraba no comer demasiados dulces, pero esa tarde decidió que era una buena idea dejarse llevar. Además, las chuches tenían una pinta estupenda y olían de maravilla.

Cerró los ojos cuando se dio cuenta de que ese aroma completaba los tres olores de su Amortentia. Agua salada, limón y chucherías. Su hermana Mencía había considerado que no era una combinación demasiado rara y, aunque Isabel le había preguntado por la suya, no obtuvo respuesta alguna puesto que en aquel entonces la chica aún no había tenido ocasión de acercar sus fosas nasales a ningún caldero.

— Isabel. ¿Te pasa algo? Te has quedado muy quieta de repente. ¿Te encuentras mal?

— No, no pasa nada —La preocupación de Darío era evidente y ella se apresuró para tranquilizarle—. Me acabo de acordar de los olores de mi Amortentia, eso es todo.

— ¿Amortentia?

—Supongo que tú también estudiarías los filtros amorosos en clase de pociones y me apuesto lo que sea a que el profesor os llevó alguna vez un caldero repleto de Amortentia recién preparada. Y también estoy segura de que la oliste.

— Como todos.

—La mía huele a agua salada, limón y, aunque no te lo creas, gominolas.

— ¿Gominolas? —Por un segundo creyó que él se reiría, pero no lo hizo.

— ¡Huelen tan bien! Me acuerdo de cuando era pequeña y mi abuela me las regalaba.

Darío sonrió y le hizo entrega de una fresita cubierta de azúcar.

— Pues espero que también te acuerdes de mí a partir de ahora.

— Puedes estar seguro —Isabel tenía la certeza absoluta de que eso ocurriría—. ¿A qué huele tu Amortentia, Darío?

Él tardó un instante en responder. Isabel se preguntó si acaso podría estar molesto por la pregunta.

— A libro viejo, a hospital y a almendras.

Isabel asintió y pensó que todo aquello bien podría estar relacionado con ella misma. Los libros viejos se identificaban con los Libros de Sombras ancestrales pertenecientes a su familia. El hospital, con su profesión. Y las almendras con el olor de su pelo.

Nunca tuvo dudas al respecto. Desde que salió por primera vez con Darío supo que sus destinos bien podrían ligarse para siempre y sus sentimientos hacia él se hacían más fuertes cada día que pasaba. El ser correspondida la llenaba de felicidad y satisfacción y, aunque ninguna relación estaba exenta de problemas, Isabel sabía que a ellos les iría bien.

Su noviazgo avanzaba despacito pero con buena letra. Isabel había decidido dar el paso en el mes de septiembre y habían hecho el amor por primera vez en aquel mismo apartamento, cobijados por la calidez de la casa que un día fue un auténtico hogar para Darío. Isabel no se arrepentía de haberlo hecho porque sabía que su novio era un chico especial. Los dos tenían un objetivo común y se dirigían hacia él cogidos de la mano. Juntos.

— Hospital.

— Me temo que estoy muy unido a ellos desde el mismo momento de mi nacimiento. De hecho, el primer mes de mi vida lo pasé allí. Y ahora estás tú, que vas camino de convertirte en la mejor sanadora de San Mateo.

— No exageres.

— No exagero, es la verdad —Darío la rodeó con los brazos—. Cuando no reencontramos, me di cuenta de lo espléndida que eres, Isabel.

— Todavía tengo mucho que aprender.

— Y no me cabe duda de que lo harás sin problemas.

Antes de que ella pudiera replicar, Darío se inclinó sobre su cuerpo para besarla. Fue muy agradable porque sabía a chucherías. Isabel se agarró a su cuello y se dejó llevar por los labios de su novio.

— Te aseguro que nunca me han gustado los hospitales —Dijo cuando se separó un poco para mirarla a los ojos—, pero me alegra mucho haber sufrido aquel accidente doméstico **. Si no hubiera sido por eso, nunca te habría visto de nuevo.

— El mundo mágico es un pañuelo. Seguramente no hubiésemos tardado nada en encontrarnos paseando por Madrid o tomándonos unos churros en la Floriana.

— Pero en ninguno de los dos casos me hubiera atrevido a invitarte a un café.

— En ese caso, lo más seguro es que lo hubiese hecho yo.

Darío se quedó muy serio y volvió a besarla. En cuestión de minutos, comenzó a acariciarla de forma más osada y buscó sus ojos como pidiéndole permiso. Isabel no necesitó decirle nada. Lo atrajo hacia ella y ambos se dejaron llevar por una pasión que estaba plagada de aromas y momentos repletos de buenos recuerdos.

Ninguno de los dos sabía lo que les depararía el futuro, pero tenían claro que querían afrontarlo juntos.


* Para saber más sobre esta conversación y sobre el anterior viaje en barco de Darío e Isabel, visitad el capítulo 175 del fic "Uno más uno a veces son más que dos" de Sorg-esp.

** Para saber más del accidente doméstico de Darío, visitad el capítulo 146 del fic de Sorg-esp mencionado anteriormente.

Y con esto y un bizcocho… Se acaba el especial "Carreteras Secundarias". Espero que esta serie de viñetas o hayan gustado y no estaría nada mal conocer vuestra opinión al respecto. Ahora toca retomar el minific de Marga e ir pensando en qué escribiré cuando termine su historia. Besetes y hasta pronto.