PLANES DE FUTURO V
Ministerio de Magia, Madrid. 7 de diciembre de 2012.
Aunque era muy tarde y Jorge había terminado su jornada laboral un rato antes, no se había movido del ministerio. Le costaba muchísimo reconocerlo, pero necesitaba hablar con Marga Vázquez. La mujer se había pasado todo el día de un lado para otro, intentando solucionar el problemón que se traía entre manos y, por lo que sabía el auror, con escaso éxito.
El día anterior, Vázquez había recibido una llamada de Mateo Plaza. La bruja no había entrado en detalles, pero todo parecía indicar que aquel matrimonio de muggles no deseaba hacerse cargo del pequeño Iván. A Jorge no le sorprendió en absoluto la noticia. Sabía mucho de abandono y, aunque fuera doloroso al principio, con el tiempo el niño saldría beneficiado. Ningún brujillo debía crecer al lado de personas que le consideraban un monstruo. Vázquez encontraría una buena familia para Iván y sería un chico feliz.
Eran prácticamente las diez de la noche cuando Vázquez apareció por el pasillo. Y no lo hizo sola. Traía a Iván cogido de la mano. El niño parecía haberse pasado un buen rato llorando y Marga tenía toda la pinta de estar agotada. Jorge podría haberse hecho el encontradizo, pero no dudó a la hora de ir a su lado.
— Vázquez —Saludó, haciendo un movimiento seco con la cabeza. Miró de reojo al chiquillo, quien se había escondido tras las piernas de la asistente social—. He oído que han tenido problemas con la familia del niño.
Marga miró al pequeñajo. En sus ojos se entremezclaban el dolor y la decepción y no trató de disimular un suspiro de resignación y cansancio.
— Tengo que llevar a Iván a la casa de acogida. Tardaré un rato pero, si quieres, podemos tomar algo cuando termine y te lo cuento todo.
— No pierde la oportunidad de intentar una cita conmigo. ¿Verdad?
Jorge no bromeaba casi nunca, pero había sentido la necesidad de quitarle hierro al asunto. Casi siempre se lo negaba a sí mismo, pero la verdad era que le gustaba la Marga que era todo sonrisas e insinuaciones más o menos veladas. Esperaba que la mujer se sintiera un poco mejor, pero ella sólo se encogió de hombros y tomó en brazos a Iván.
— ¿Me esperas en Abadía?
El auror asintió. No se prodigaba demasiado en esos ambientes, aunque esa noche sintió que realmente le apetecía ir allí. Ya se había quitado el uniforme y el conjunto muggle que llevaba no era el mejor de su vestuario. El jersey rojo estaba repleto de pelotillas y los pantalones vaqueros lucían realmente desgastados, pero no pensaba cambiarse otra vez. Después de todo, eso no era una cita íntima. Marga sólo iba a hablarle sobre el caso de Iván Plaza. Sólo eso.
Se tomó su tiempo para llegar a Abadía. Era la clase de hombre que parecía ir con prisas a todos lados, pero esa noche recorrió las calles del Madrid mágico con calma, dejándose hipnotizar por los detalles. Cuando llegó al bar, se acercó a la barra y se pidió una cerveza negra. Le gustaban las bebidas fuertes, especialmente en los momentos difíciles.
Vázquez tardó más de media hora en reunirse con él. Jorge se entretuvo observando a la gente y reconoció a un par de tipos a los que había enchironado en el pasado. Su trabajo le gustaba, pero no siempre era fácil. Además, aunque no estuviera de servicio tendía a buscar comportamientos sospechosos y eso no agradaba mucho a los demás. Por ejemplo, estaba seguro de que la chica que se morreaba con ese hombre gordinflón un poco más allá, le estaba poniendo los cuernos a su pareja.
— Hola, Jorge.
Supo disimular el sobresalto que le produjo la inesperada llegada de Vázquez. La mujer se estaba quitando el abrigo y no tardó nada en sentarse a su lado. Todavía parecía disgustada y el brujo decidió que sería amable, aunque fuera por una noche.
— ¿Qué le apetece tomar? Invito yo.
— No hace falta…
— ¡Venga, Vázquez! No me haga el feo. He dicho que invito. Pida lo que quiera.
— Está bien. Aceptaré con una condición.
— ¿Cuál?
— Que dejes de llamarme de usted de una vez. Me llamo Marga, no Vázquez.
Jorge entornó los ojos un instante y, aunque no quería hacerlo, terminó por reírse. Esa mujer sabía jugar muy bien sus cartas, no le cabía duda.
— Muy bien, Marga. ¿Qué quieres?
— Me apetece una de esas cervezas sin alcohol que llevan un poco de canela por encima.
— ¿Sin alcohol? Estamos fuera de servicio.
— No está el horno para bollos. Lo único que me falta es terminar el día borracha como una cuba.
— Mañana no tienes que trabajar. Podrías pasar la resaca en casa.
— Puede que sea sábado, pero quiero ir a ver a Iván a primera hora de la mañana —Marga suspiró—. El pobrecito se ha quedado allí, llorando como una magdalena. Quería irse a su casa.
— Ahora que lo mencionas —Jorge se alegró de que hubiera surgido el tema que les llevó justo hasta ese lugar—. ¿Qué ha pasado con el crío?
Marga suspiró nuevamente y se cubrió los ojos con las palmas de las manos. Jorge no lo sabía, pero tenía un dolor de cabeza de aúpa.
— Ayer recibí una llamada del padre —Explicó con voz queda—. Por lo visto, Iván volvió a hacer magia involuntaria y su hermano mayor terminó con el pelo multicolor. Los padres se asustaron un montón y se pusieron en contacto conmigo enseguida. Yo pensé que podría calmarles, pero en cuanto llegué a su casa supe que tenían las cosas muy claras —Hizo una nueva pausa y se bebió media cerveza de un trago—. No quieren ocuparse de Iván. Van a renunciar a su tutela y aseguran que no desean volver a verle en el futuro. Dicen que es un peligro para la familia, que ellos no pidieron que naciera con magia.
Jorge podría haberle dicho que ya le había advertido que todo ese asunto no saldría bien, pero optó por guardar silencio. Entendía que Marga estuviera tan afectada y se imaginaba que el niño debía estar muy asustado y confundido. Su vida se había puesto patas arriba en un abrir y cerrar de ojos. Tres días antes, disfrutaba de un día en el centro comercial junto a sus padres y hermano. Ahora, estaba durmiendo en una casa de acogida.
— Siento que todo haya salido así de mal, Marga.
— No logro entenderlo, Jorge. ¡Es su hijo! ¿Cómo pueden no quererlo? Tengo una amiga que es bruja de primera generación y que nunca se ha llevado bien con su familia por ese motivo, pero no la abandonaron. Me parece increíble. Creo que esos dos no tienen entrañas.
Marga necesitaba desahogarse, era evidente. También parecía querer que Jorge entablara alguna clase de contacto físico con ella, pero aquello sería pasarse de castaño oscuro. Una cosa era empezar a tutearse y tomarse algo juntos, y otra muy distinta empezar con abracitos y otras chorradas varias.
— Ahora tengo que ocuparme de toda la documentación, pero no quiero hablar de ello. De hecho, me estoy pensando lo de emborracharme.
— Si quieres ver al crío mañana, no es una buena idea —Marga sonrió y apuró la cerveza. Jorge no podía creerse lo que estaba a punto de decir—. Si puedo echarte una mano con algo.
— No hará falta. Todo el departamento se ha puesto manos a la obra, pero gracias de todas formas.
— El ministerio siempre volcándose con los desamparados.
Había hablado con cierto sarcasmo, no pudo evitarlo. Sabía que la gente como Marga hacía un buen trabajo con los niños como Iván, pero no podía evitar recordar como le fueron las cosas cuando era pequeño y tuvo problemas. Si no hubiera sido por su abuela, quién sabe lo que habría sido de él.
— Hacemos lo que podemos —Marga, que había notado el tono mordaz, pareció un poco molesta. Jorge chasqueó la lengua.
— Ya lo sé. No pretendía insinuar lo contrario. No hace falta que te pongas así.
— No me he puesto de ninguna manera, pero me alegra que reconozcas nuestros méritos. No serías ni el primer ni el último auror en considerar nuestro trabajo una birria.
— ¿Una birria? ¿Quién ha dicho eso?
— No sé —Marga se encogió de hombros—. Es lo que se comenta por ahí. Todo el mundo sabe que los aurores sois un poco presumidos y os dais aires de grandeza y consideráis a los demás por debajo de vosotros.
Jorge fue a protestar, pero se dio cuenta de que la bruja llevaba su parte de razón. Sólo tenía que pensar en Juanjo López, que no era más que un novato idiota, para comprender que la fama de chulitos se la habían ganado a pulso. Incluso él podría parecer un prepotente estúpido, aunque su actitud no fuera precisamente una cuestión de soberbia.
— Me apetecía mucho salir a tomar algo contigo —Soltó Marga de sopetón—. ¡Anda que no llevabas tiempo haciéndote el duro!
— No frecuento esta clase de sitios.
— Pues muy mal hecho. Divertirse de vez en cuando es necesario.
— No tengo tiempo para divertirme.
— Di más bien que no quieres tenerlo —Marga sonrió y le hizo un gesto al camarero para que les pusiera otra ronda—. No me dirás que no te lo estás pasando bien.
— Nos hemos pasado casi todo el rato hablando sobre un brujillo al que sus padres han abandonado.
— Sí, claro. Pero si obviamos eso, no nos está yendo tan mal.
— Supongo que no.
— Tendrías que haber aceptado mis invitaciones hace mucho tiempo. Sólo espero no tener que esperar otros cuantos años antes de que vuelvas a salir conmigo.
Jorge no supo a qué venía esa sensación de incomodidad. Marga sólo estaba bromeando, pero él tenía la impresión de haberse comportado como un idiota. Incluso recordó aquella vez, años atrás, en que la llamó golfa.
— Ya veremos qué pasa.
— ¿Me vas a dejar con la duda? —El auror no respondió. Marga soltó una risita—. Al menos he conseguido que me llames por mi nombre. Es todo un logro.
Madrid. 8 de diciembre de 2012
La casa de acogida que el Ministerio de Magia había habilitado para los brujos desamparados estaba ubicada en la sierra madrileña, a diez kilómetros de distancia del pueblo más cercano. Era un edificio muy grande y antiguo, con la fachada de piedra y las ventanas de madera roja. Tenía un gran patio con columpios para los más pequeños y estaba muy cerca de un bosque al que los niños solían ir de excursión cuando hacía buen tiempo. Marga había ido allí en muchas ocasiones y sabía que era un buen lugar, pero le daba mucha pena que los chiquillos terminaran en un sitio como ese.
Antes de que Iván llegara, había diez niños en la casa. El mayor, que se había quedado solo a los quince años, cumpliría la mayoría de edad a mediados del año próximo y se marcharía a estudiar a Barcelona. La pequeña, sólo tenía dos meses de vida y su madre la había abandonado en el portal de una finca de Palma de Mallorca. Por suerte, no tardaría demasiado en ser adoptada por una familia murciana.
Marga sabía que la mayoría de los chicos encontraría un hogar. Había dos hermanos que estaban allí a la espera de que su madre saliera de Atalanta, y una pareja de gemelos de siete años que también sería adoptada en breve. Los más problemáticos solían ser los mayores, puesto que muy poca gente deseaba hacerse cargo de adolescentes.
Fue recibida por la directora del centro. Se llamaba Vanesa Yáñez y era una mujer joven y de rostro severo. A pesar de su aspecto altanero, los niños se le daban muy bien y todos los chicos del centro la adoraban. Sabía manejarlos con mano dura, pero dedicándoles todos los cuidados y el cariño que necesitaban.
— ¿Qué tal ha pasado Iván la noche? —Preguntó Marga en cuanto entraron a la casa. El recibidor tenía el techo altísimo y resultaba de lo más acogedor. Más de un valiente se había deslizado por la barandilla de la escalera. Y había dado con sus huesos en el suelo.
— No te voy a engañar, Margarita —Vanesa agitó la cabeza con lástima—. No ha dormido nada. No ha dejado de llorar en ningún momento. Creímos que caería rendido de puro agotamiento, pero ha aguantado despierto todo el rato. Ahora mismo está con Pepón, aunque no sé si será capaz de darle el desayuno. Estamos planteándonos la posibilidad de darle una poción para dormir, a ver si así puede descansar.
Marga apretó los dientes y asintió. Toda esa situación era horrible. Seguía sin entender la actitud de los señores Plaza y tenía claro que, en caso de que volvieran a reclamar la tutela, se encargaría personalmente de que no se la concedieran.
— Me gustaría verle.
— Claro. A lo mejor se anima al ver una cara conocida.
Las dos mujeres emprendieron la marcha hacia la cocina. Era una estancia enorme, con muebles en madera oscura y con una amplia zona de comedor. La mayoría de los niños se disponía a marchar rumbo a la escuela de magia y el trajín en la habitación era considerable. Casi todos la saludaron con efusividad y, aunque a Marga le hubiera gustado poder dedicarles un poco más de tiempo, centró su atención en Iván.
El niño estaba sentado en una punta de la mesa. Frente a él, el septuagenario Pepón intentaba meterle en la boca una cucharada de cereales. El hombre, que había tenido una docena de hijos e incontables nietos, empezó a trabajar en la casa de acogida diez años atrás, después de quedarse viudo. En su casa se aburría y le gustaban los niños, así que no le importaba nada dedicarse a ellos con entusiasmo. Marga sabía que había muy pocos con tanta paciencia como él, pero no tardó nada en darse cuenta de que Iván estaba agotándosela.
— ¡Vamos, zagal! Come un poco. No querrás quedarte pequeñito, pequeñito. ¿Verdad?
A pesar de la voz amable y seductora, Iván no probó bocado. Sacudió la cabeza, se cruzó de brazos y frunció el ceño.
— ¡Quero a mi mamá!
Pepón soltó un gruñido, tal vez planteándose la posibilidad de cambiar de estrategia. Por suerte, no tuvo que recurrir a taponar la nariz del chiquillo para que abriera la boca porque Marga acababa de plantarse junto a ellos.
— Buenos días, Pepón.
— ¡Marga!
Para sorpresa de todos los presentes, Iván se levantó de un brinco y corrió hacia Marga para agarrarse con fuerza a sus piernas. La mujer se quedó sin palabras un instante, pero finalmente le devolvió el abrazo.
— Hola, Iván.
Intentó separarse del niño, pero éste había empezado a llorar. Le dio unos minutos para desahogarse, pero finalmente le cogió por los hombros y le miró a los ojos. Pepón se acababa de marchar porque los gemelos estaban jugando con la cáscara de las naranjas.
— ¿No tienes hambre, cariño?
— Quero ir con mi mamá.
— Lo siento mucho, Iván —Marga sentó al niño sobre sus rodillas, ansiosa por encontrar palabras de consuelo para él—. Sé que quieres ir a casa, pero no puede ser. Tienes que quedarte aquí, con los demás niños.
— ¿Po qué?
— Porque eres un niño muy especial y tus papás no pueden cuidarte como te mereces.
— ¿No me queren?
— Claro que sí. Te quieren muchísimo y por eso creen que estarás mejor aquí, con otros niños tan especiales como tú.
Iván parpadeó y no dijo ni una palabra. Era evidente que no entendía nada y Marga no podía explicarle la realidad. En algún momento, alguien tendría que decirle a ese niño que sus padres lo habían despreciado de forma cruel y mezquina, pero aún faltaba mucho tiempo para que eso ocurriera. Por ahora, sólo podían ayudarle a adaptarse a su nueva vida.
— ¿Me pedo ir contigo?
— ¿Qué?
— Contigo.
Marga no se esperaba algo como eso y tardó en reaccionar. Iván le miraba con los ojos llorosos y tuvo ganas de cogerlo en brazos y llevárselo a su casa. Pero no podía hacer eso. Su bienestar estaba en manos del Ministerio de Magia. En manos de gente como ella.
— ¿Es que no te gusta la casa? Hay un montón de juguetes, unos columpios geniales y un montón de espacio para correr y divertirse. ¿No te gustaría verlo?
La perspectiva de pasárselo en grande hizo que el ánimo de Iván mejorara muchísimo y Marga estuvo encantada de poder pasar un rato con él. Después de convencerle para que se tomara el desayuno, estuvieron en el jardín hasta que Iván prácticamente se caía de sueño. Suponiendo que no le vendría nada mal una siesta antes de comer, lo llevó a su habitación y decidió que era buen momento para marcharse, aunque pensaba volver por la tarde.
La última persona que esperaba encontrarse cuando salió por la puerta, fue a él. Vestía de manera informal y tenía el pelo mucho más despeinado que de costumbre. Darío había salido a su madre, pero en ese momento el parecido con su progenitor era más que evidente.
— ¡Ricardo! ¿Qué haces por aquí?
El hombre pareció incómodo y se llevó la mano a la nuca, pero habló con total normalidad.
— El Grupo Vallejo acostumbra a hacer regalos navideños a los niños de la casa de acogida. He venido para hablar con Vanesa sobre lo que necesitan este año.
— No tenía ni idea de que hicieras estas cosas.
— Hay mucho de mí que no sabes —Ricardo carraspeó—. ¿A qué has venido tú?
— A visitar a un niño nuevo. Se llama Iván y tuve que traerlo personalmente anoche. Sólo tiene cuatro años y lo está pasando muy mal, el pobrecillo.
— ¿Y sus padres, están…?
— No, no han muerto. Son muggles y no se han sentido capacitados para cuidar de él.
Sabía que no debería hablar sobre eso con Ricardo, y menos aún con tanta rabia, pero no había conseguido contenerse. Ricardo la miró con gran seriedad y terminó por encogerse de hombros.
— En ese caso, tendremos que prepararle algo especial. ¿No te parece?
— Supongo.
— Será mejor que vaya a hablar con Vanesa. Tengo un poco de prisa.
— Claro. Hasta luego, Ricardo.
— Adiós, Marga.
Ricardo cerró la puerta de la casa tras de sí y Marga se quedó muy quieta, dándole vueltas a todo lo que había ocurrido en los últimos días. Cuando pensó en Iván abrazándose a ella y pidiéndole que se lo llevara a su casa, se dio cuenta de que había equivocado los medios para intentar ser madre y decidió que subsanaría su error lo antes posible. ¿Cómo no había pensado antes en la adopción, teniendo el trabajo que tenía?
Me apetece actualizar, así que lo dejo aquí. ¿Algún comentario al respecto?
