PLANES DE FUTURO VI


Ministerio de Magia, Madrid. 14 de diciembre de 2012.

Jorge empezaba a pensar que pasar el día en el archivo era mucho mejor que salir a patrullar en compañía del maldito Juanjo López. Sabía que sus compañeros aurores llamaban al chaval MiniLópez y, aunque el apodo tenía su gracia, últimamente su sentido del humor estaba por los suelos. Había intentando meterle un poco de sentido común en la sesera a ese mocoso gilipollas, pero no había manera. MiniLópez seguía creyéndose el centro del universo y no se cansaba de intimidar a la gente cada vez que se daba media vuelta.

Por suerte, ya era viernes por la tarde y tendría todo el fin de semana libre para descansar. El lunes, pensaba acudir al despacho del López, el jefazo, y presentarle una queja formal. No pensaba seguir con semejante compañero y no podía obligarle a aceptarlo. Antes, pediría un puesto fijo en las oficinas del Ministerio.

— ¡Armero!

Lo que no se esperaba esa tarde, era que el citado jefazo se apareciera ante él. A Jorge le pareció vislumbrar una sonrisilla en el rostro del engreído MiniLópez y supo que se había chivado. El muy cretino no entendía una mierda de lo que significaba ser auror. Como empezara a tocarles la moral a los compañeros, se iba a ver más solo que la una cuando surgieran problemas. Después de todo, los chivatos lloricas no eran bienvenidos allí.

A Jorge le hubiera encantado mandar a freír monas a su superior, pero contuvo su mal genio y se puso en pie para seguir a López hasta su despacho. Había estado allí unas cuantas veces, así que no le sorprendió que todo estuviera tan extraordinariamente pulcro y ordenado. Se rumoreaba que el jefazo estaba obsesionado con la limpieza y Jorge estaba convencido de que así era.

Una vez dentro de la estancia, López cerró la puerta con energía y se dejó caer sobre su butacón de cuero negro. Se limpió el sudor con un pañuelo y Jorge tuvo la sensación de que el sobrino le estaba sacando canas verdes. Que se jodiera. Eso le pasaba por enchufar en el departamento a quien no se merecía ser enchufado.

— Siéntate, Armero. No te quedes ahí como un pasmarote.

Jorge obedeció. Se esperaba una buena bronca y alguna que otra amenaza, pero el jefazo parecía más cansado que enfadado.

— El auror que tutelas se ha quejado de que no tienes un comportamiento correcto hacia él —Dijo, sin mirarle a la cara y conjurando un vaso de agua. Iba a añadir algo más, pero Jorge le interrumpió. Quizá no fuera el momento idóneo para hacerlo, pero en su vida se había mordido la lengua y no pensaba empezar a hacerlo ahora.

— Auror en prácticas, señor. A ese mequetrefe aún le falta mucho para ser un auror de verdad.

— Cuidado, Armero. Estás hablando de mi sobrino.

— Hablaría en los mismos términos en caso de que no lo fuera. ¿Acaso me está insinuando que debemos darle un trato de favor?

López le dirigió una mirada hostil y se bebió el agua de un trago. Sí, definitivamente MiniLópez le estaba dando más de un dolor de cabeza. Jorge supuso que debía ser complicado estar en su lugar, intentando meter en vereda a un chaval que era, a todas luces, un cretino insolente, pero no sintió lástima por él. Había muy pocas cosas en el mundo que pudieran darle pena.

— El señor Juanjo López asegura verse sometido a constantes insultos y humillaciones. ¿Es eso cierto?

— El señor Juanjo López tiene la lengua muy larga y muy poco cerebro dentro de esa cabezota. Aunque no es auror aún, abusa constantemente de su poder y me temo que no tardará en ser una deshonra para el cuerpo. Si quiere mi opinión, y siendo muy generoso con él, debería volver a la Academia de una patada en el culo. Y aprender modales, que no anda sobrado.

— Y usted sí. ¿Verdad? —López se sirvió más agua todavía. Jorge estaba seguro de que empezaría a salírsele por las orejas—. En cualquier caso, no le he pedido su opinión respecto a los avances del señor López. Yo, personalmente, juzgaré su evolución y decidiré si está preparado para ser auror o no.

— En tal caso, debería ser usted el que saliera a patrullar con él, y no encasquetarle el marrón a otro.

— No sea insolente, Armero. No le voy a permitir que me hable en ese tono. Usted está aquí para obedecer órdenes, le gusten o no le gusten.

— También soy libre de expresar mi opinión, señor. Soy yo el que se pasa todo el santo día viendo como ese chico hace el idiota. Usted sabe que hay muchos magos y brujas que no tienen una buena imagen del cuerpo de aurores. Pues bien, López consigue él solito que empeore aún más. He intentando corregir sus errores, pero se niega a escuchar y se cree con el derecho de hacer lo que le dé la gana. Parece creer que usted le cubrirá las espaldas porque es su tío. ¿Lo hará?

Jorge supo que se había pasado de la raya cuando el jefazo colocó ambas manos sobre la mesa de escritorio y se elevó sobre él. Aunque no era un hombre excesivamente robusto, sabía resultar amenazante si se lo proponía. Era cierto que había recibido cierta ayuda familiar a la hora de conseguir el puesto, pero también era verdad que era un gran auror, uno de los mejores de los últimos tiempos. Había muy pocos duelistas como él y era de mente despierta, aunque en ocasiones insistiera en comportarse de forma un tanto cerril.

— No le voy a consentir que haga esa clase de insinuaciones. En toda mi carrera profesional he beneficiado a uno de mis hombres por encima de los demás. Si el señor López está aquí, se debe a que hizo grandes méritos en la Academia de Aurores y la directora decidió enviarlo aquí para hacer prácticas. Infórmese antes de lanzar acusaciones insidiosas o tendré que tomar medidas severas —Jorge se mordió los carrillos, planteándose la posibilidad de que ese hombre estuviera diciendo la verdad—. Le confié la tutela del señor López y me ha decepcionado. Dice que comete abuso de poder y, ¿qué hace usted? Le insulta y le humilla en público, en lugar de tratar de razonar en privado.

— Es en público cuando el chico hace las estupideces…

— ¡No me interrumpa! —López se había puesto rojo de ira y Jorge comprendió que era mejor no seguir apretándole las tuercas—. Hace dos años fui más que generoso con usted, Armero. Le di un voto de confianza y le permití seguir en su puesto cuando otros le hubieran expulsado definitivamente del cuerpo.

— Basándose en pruebas circunstanciales y en las mentiras de un…

— He dicho que no me interrumpa. Usted habla de abuso de poder y de trato de favor y resulta ser la persona menos adecuada para hacerlo —López volvió a sentarse, aparentemente más tranquilo después de darle un par de voces a su subordinado—. Sé que no le gusta estar en el archivo y que desea volver a la acción lo antes posible. También sé que es usted un buen auror y que no podemos prescindir de sus servicios, por más duro que me resulte en ocasiones. Y, por supuesto, sé que la compañía de mi sobrino le desagrada enormemente. ¿Sabe qué le digo, Armero? Que tendrá que aguantarse. Juanjo seguirá siendo su responsabilidad y espero, por el bien de los dos, que consiga convertirlo en un auror decente. Ahora, váyase de aquí.

— Pero, señor…

— ¡Largo, he dicho!

Jorge se aseguró de dedicarle una mirada asesina antes de ponerse en pie y abandonar el despacho. Podía sentir la furia revolviéndose en su interior y sentía grandes deseos de matar a alguien. El hecho de que MiniLópez se acercara a él, con su espalda erguida y su sonrisa petulante, no le hizo sentirse mejor. Más bien todo lo contrario.

— ¿Qué pasa, Armero? ¿Cómo te ha ido con mi tío?

Por suerte para el chaval, era hora de volver a casa. Jorge pasó por su lado sin decir ni pío y fue hasta su mesa para recoger sus cosas. Hacía mucho tiempo que no estaba tan cabreado y esperaba que al gilipollas aquel no se le ocurriera insistir en molestarle. Se colocó su abrigo, se aseguró de que la varita estaba bien guardada en uno de los bolsillos del uniforme de trabajo, y se largó del cuartel dando grandes zancadas. Deseaba darle una paliza a alguien, pero tendría que conformarse con un trago.

Caminaba deprisa y bufando como un toro. No dejaba de darle vueltas a lo que había ocurrido con López y ni siquiera vio que otra persona se le acercaba, tan concentrada en sus cosas que tampoco se percató de su presencia. El choque fue inevitable y la mujer cayó al suelo de culo.

— ¿Qué demonios…? ¡Vázquez! ¿Está usted bien?

Marga, que se había quedado medio paralizada después del trompazo, asintió a duras penas y miró con consternación los papeles esparcidos a su alrededor. Jorge, que realmente no había querido tirarla de esa manera, se agachó para ayudarla con aquel desastre.

— Estoy bien. Y me llamo Marga. Creí que ya habíamos superado eso.

Jorge la miró a los ojos y se dijo que estaba jodidamente guapa esa tarde. Y aunque estaba de muy mal humor, sonrió.

— Sí que estás bien, Margarita.

La escuchó reírse. Se las había apañado para ponerse de rodillas y, disimulando estoicamente, Jorge se fijó en que ese pantalón vaquero le hacía un culo de lo más mono. Por supuesto, no tardó en ponerse colorado porque realmente no entendía lo que le estaba pasando. ¿A qué venían semejantes pensamientos? Debería estar preocupado por MiniLópez, no por el trasero de Margarita Vázquez. Apartando la vista de inmediato, se fijó en los papeles y vio que se trataba del expediente de Iván Plaza.

— Veo que sigues trabajando en el caso de este crío —Comentó mientras la ayudaba a levantarse, todas las hojas debidamente colocadas dentro de una carpeta marrón—. ¿Cómo está?

— Le está costando un poquito adaptarse a la casa de acogida, pero está mejor. Ahora mismo iba a verle. ¿Quieres venir?

— ¿Qué?

— Que si te quieres venir. No te pienses que Iván se ha olvidado de ti. Algunas veces me ha preguntado por ese señor tan gruñón.

— ¡Joder! ¡Qué niño más majo!

— ¡Bah! Sabes que tiene razón. ¿Cuántas veces has sonreído en toda tu vida, Jorge? ¿Una?

El auror soltó un bufido. En cualquier otro momento de su vida, se hubiera negado a acompañar a Marga a ningún sitio, pero en esa ocasión su subconsciente decidió obrar por su cuenta.

— Veamos si el mocoso me dice gruñón a la cara.

—Veámoslo.


Ya había anochecido y, aunque los niños habían pasado buena parte de la tarde jugando el jardín, en ese momento se encontraban en el interior de la casa, dedicados a diversos quehaceres. Unos cuantos estaban haciendo los deberes y los más pequeños se reunían alrededor de la televisión para merendar y ver los dibujos.

Iván era uno de ellos. Ya no se pasaba la noche llorando, pero estaba muy lejos de estar bien. Únicamente parecía contento cuando Marga iba a visitarle y Vanesa ya le había prometido un par de veces que la mujer no faltaría a su cita vespertina. El niño se había dejado arrullar por el viejo Pepón, pero de vez en cuando miraba a la puerta en busca de la asistente social.

— ¿Te gusta Bob Esponja, zagal? —Pepón le acababa de quitar la tapa a un yogur de frutas y se aseguraba de que el chiquillo se lo comiera sin ayuda—. A los otros niños les encanta.

Iván asintió y miró a sus compañeros. Poco a poco empezaba a relacionarse con ellos. A pesar de todo, el pequeñajo progresaba adecuadamente y Vanesa sabía que más tarde o más temprano se haría con él, pero las visitas de Marga suponían un alivio para todos, especialmente si se tenían en cuenta los planes que estaba llevando a cabo en el ministerio.

La mujer apenas había puesto un pie en la sala de estar cuando Iván la vio. Gritando su nombre con entusiasmo, se libró de los brazos de Pepón y corrió hacia ella.

— ¡Marga, Marga!

— ¡Hola, cariño! ¿Cómo estás? ¿Te has portado bien? —Iván asintió, recordando que nadie había tenido que decirle que se lavara los dientes después de comer y que Vanesa le había felicitado por ello—. Mira quién ha venido a verte.

Iván observó a aquel hombre tan alto y serio y sonrió. Se acordaba perfectamente de él porque una vez había estado en casa de sus papás y porque le había dado un caramelo aquel día horrible, en el centro comercial.

— ¡Hola! —Exclamó, loco de alegría. Le gustaba mucho recibir las visitas de Marga, aunque siempre se ponía triste cuando tenía que irse a su casa.

— Hola, Iván —Jorge, que estaba muy poco acostumbrado a tratar con niños, se cruzó de brazos. Realmente quería hacer una gracia, aunque no estaba seguro de ser capaz de conseguirlo—. Margarita me ha dicho que te crees que soy un gruñón. ¿Es verdad?

El pequeñajo le miró con los ojos abiertos como platos y luego buscó ayuda en Marga, su más fiel aliada. Le daba un poco de miedo que ese señor tan enorme estuviera enfadado con él, pero cuando la mujer le sonrió y asintió con complicidad, se sintió mucho más confiado y esbozó una sonrisa pícara.

— ¡Sí!

Aliviado porque el mocoso no se hubiera echado a llorar, Jorge puso los brazos en jarra y habló con falsa afectación.

— ¿Será posible? Ni los críos respetan a los aurores.

Iván se rió. Marga ya le había dejado en el suelo y miraba a Jorge como si hubiera descubierto una faceta suya absolutamente fascinante.

— ¿Qué es un auror?

— ¿Recuerdas que hemos hablado de que eres un niño muy especial? —Marga se había agachado a su lado y le hablaba con infinito cariño.

— Un bujo.

— Eso es, Iván. Un auror es un policía de los brujos.

— ¡Ah! —Miró a Jorge fijamente, con la cabeza inclinada hacia atrás para acaparar toda la altura del brujo adulto—. ¿Tenes pistola?

— Tengo algo mucho mejor —Jorge decidió que no perdía nada si también se agachaba un poco. Al menos podría mirar al mocoso a los ojos. Con movimientos exageradamente teatrales, sacó la varita y se la mostró al niño—. Tengo esto.

— Y Marga también. Y Pepón. Y Vanesa. Y todos.

— Ya, pero ninguno de ellos es un auror. No saben hacer la misma magia que sé hacer yo.

— ¿No? ¿Qué magia haces?

— Yo detengo a los malos, Iván. Les hechizo con mi varita y los envío directos a la cárcel.

Iván estaba resultando ser un hueso duro de roer. Se acababa de cruzar de brazos, nada impresionado por sus revelaciones. Marga tenía toda la pinta de estar pasándoselo muy bien y no dejaba de mirar al auror con ojos brillantes.

Quero velo.

— Pues me temo que eso no podrá ser.

— ¿Poqué?

— Aquí no hay ningún malo, chavalín. No querrás que hechice a ninguno de tus compañeros.

Iván no tardó nada en mirar a los gemelos. Pepón se quejaba todo el rato de que eran dos bichos de lo peor, pero a Iván le parecía que sus travesuras eran muy divertidas y por eso no les delató. Supuso que tendría que aguantarse sin ver cómo hacía magia un auror y centró su atención en Marga, que sí podía hacer magia de la normal.

Durante casi dos horas, los dos brujos adultos disfrutaron de la compañía del pequeñajo. Jorge mantuvo una nueva conversación con él y Marga se dedicó a jugar y al hacer el idiota. Cuando llegó el momento de marcharse, Iván protestó y Jorge sintió que le resultaba muy difícil dejarlo allí solo. Entendía perfectamente que Marga pareciera tan consternada y, aunque prefería verla sonriente y feliz, no se arrepentía de haber pasado esa tarde con ella. Prácticamente se le había olvidado el mal rato que le había hecho pasar López y estaba convencido de que podría conciliar el sueño esa noche.

— Es un crío muy majo —Comentó nada más aparecerse en el barrio mágico de Madrid. Jorge pensaba marcharse a Sevilla, pero antes sentía la imperiosa necesidad de charlar con la bruja.

— Ya has visto que no tiene problemas a la hora de llamarte gruñón. Es valiente.

— Temerario, diría yo.

— ¡Anda ya! No creo que hayas roto un plato en tu vida, Jorge. Aunque te empeñes en aparentar lo contrario.

— Soy auror. Tengo un pasado oscuro.

— Lo que tú digas —Marga se plantó frente a él y le miró a los ojos—. Pero te recuerdo que acabo de verte interactuar con Iván. Ya no puedes engañarme.

Jorge pensó que se ruborizaría. Por fortuna, logró contenerse porque hacerlo hubiera resultado ridículo e inadecuado. Marga se rió y, sin más, se le agarró al brazo. Él se dispuso a reprocharle ese exceso de confianza, pero las palabras de la bruja le dejaron mudo.

— Voy a adoptar a Iván. Tomé la decisión el día que lo llevé al centro de acogida, cuando me llamó y se abrazó a mis piernas. Hace muy poco tiempo que l conozco, pero le he cogido muchísimo cariño y sé que puedo ser una buena madre. Y él también me quiere.

Jorge no supo qué decir. Jamás se hubiera imaginado que Marga tenía instinto maternal. Después de todo, era una casquivana, una mujer que coleccionaba amantes como el que coleccionaba sellos. Una mujer como su madre. Y aún dolía pensar en lo que su madre había supuesto para él.

— ¿Estás hablando en serio?

— Jamás bromearía con algo así, Jorge. El proceso ya está en marcha y creo que podré llevarme a Iván a casa a principios de año. Ventajas de ser asistente social. Podría decirse que tengo enchufe.

Jorge sabía que debía felicitar a Marga por haber encontrado un hijo. Sabía que Iván sería muy afortunado al tenerla como madre y que los dos estarían muy felices juntos, pero fue incapaz de hacerlo. Aún no había asumido la realidad y se liberó del agarre de Marga antes de desaparecerse rumbo a Sevilla. Fue una estupidez dejar a la bruja tirada y, seguramente, no le perdonaría nunca, pero necesitaba tiempo para pensar. ¿Y dónde mejor que en la casa de su infancia, el único lugar en el que realmente se había sentido a gusto?

Se apareció en el pasillo. No quería asustar a su abuela, así que procuró no hacer ruido mientras caminaba hacia la que fuera su habitación. Seguramente doña Felisa se despertara de todas formas porque siempre había tenido un sexto sentido para pillarle con las manos en la masa, pero no dio señales de vida. Mosqueado, Jorge fue a asegurarse de que estaba bien. Cuando era adolescente, se había peleado montones de veces con su abuela por saltarse el toque de queda o por intentar irse de juerga en mitad de la noche, así que estaba un poco preocupado. Seguramente era una estupidez y todo se debiera a la creciente sordera de la anciana, pero Jorge fue a echarle un vistazo de todas formas.

Se acercó a la cama con cautela, iluminando levemente la habitación con la varita, y la vio dormir. Sin embargo, algo no estaba bien. Esa respiración no estaba bien. Sonaba débil, casi agonizante, y Jorge se alarmó. De una zancada, se colocó junto a doña Felisa y le agitó el hombro.

— Abuela. ¿Estás bien? ¡Abuela!

Al no obtener respuesta, Jorge Armero supo que nada estaba bien y no dudó a la hora de llevar a la anciana a San Mateo.


Y hasta aquí voy a escribir porque prácticamente me he comprometido a actualizar hoy, porque creo que han pasado muchas cosas y porque quiero dejaros con la incógnita. En el próximo capítulo sabremos prácticamente todo sobre Jorge Armero, así que manteneos ojo avizor. ¡Venga! Besetes.