PLANES DE FUTURO VII
Barcelona. 25 de diciembre de 1980.
Jorge se levantó antes que nadie esa mañana. Durante la cena de la noche anterior, mamá le prometió que viajarían hasta Sevilla para visitar a la abuela Felisa y estaba ansioso por reunirse con ella. Aunque a sus siete años ya se consideraba un niño mayor, le gustaba estar con la abuela porque siempre le preparaba galletitas con chocolate y le contaba cuentos protagonizados por brujos de los de verdad, como él.
Jorge tiró hacia arriba del pantalón del pijama y corrió hacia la habitación de mamá. Ella le tenía dicho que no entrara sin llamar, pero estaba demasiado emocionado como para escuchar esas instrucciones. Giró el pomo con decisión y empujó la puerta, descubriendo a mamá en la cama. Con su novio. Y aunque él realmente no entendiera mucho del tema, supo que estaban haciendo cosas de mayores y quiso salir corriendo. Por desgracia, Ginés le vio antes de que pudiera escaparse.
El novio de mamá no le caía nada bien. Era un tipo grandote, de largas patillas y lustroso bigote rubio, que no hacía más que abrazar a mamá y exigir un plato de comida tras otro. Llevaba viviendo en casa varios meses y Jorge no recordaba que hubiera hecho lo que hacían los papás de otros niños de su edad, cuando se iban al trabajo y volvían con un montón de dinero para gastar. A pesar de que Ginés siempre estaba ocupado viendo la tele o hablando por teléfono, Jorge había intentando jugar con él una o dos veces, pero el hombre siempre le gruñía y lo apartaba de un empujón.
Jorge quería que Ginés se fuera y le dejara solo con mamá. Ella ya había tenido otros novios antes y no solían durarle mucho tiempo, así que confiaba en que ese tonto también se marchara, pero a mamá parecía gustarle más que los otros y le hacía muchísimo caso. Tanto, que un par de veces se había olvidado de ir a buscarle al cole muggle, ocupada como estaba en atender las necesidades de Ginés.
— ¿Qué haces ahí, maldito crío?
La voz resonó por toda la casa. Jorge vio como el hombre se quitaba a mamá de encima y supo que debía salir corriendo, pero tenía los pies pegados al suelo. En menos que canta un gallo, Ginés se plantó a su lado y le agarró con fuerza un brazo. Le hizo mucho daño y Jorge buscó con la mirada a mamá, pero ella estaba muy quieta, sobre la cama. Tenía el pelo negro y muy largo y liso, y los ojos verdes y redondeados.
— ¿Cuántas veces tendré que decirte que no hay que molestar a los mayores? ¿Es que nunca aprenderás?
Jorge no pudo hacer nada para evitar que aquel hombretón lo arrastrase hasta el salón. Cuando le aventó, no se cayó al suelo porque el sofá se interpuso en su camino.
— ¡No te muevas de ahí!
Sabía que lo mejor era obedecer. Desnudo y todo, Ginés le parecía un enorme ogro que estaba a punto de comérselo. Ya se había enfrentado a su ira en alguna ocasión y guardar silencio era la única solución para evitar que los gritos se transformaran en algo más, pero esa mañana no pudo quedarse callado. No cuando era Navidad y mamá le había prometido que irían volando en escoba hasta Sevilla.
— Pero tenemos que ir a ver a la abuela. Mamá lo dijo.
— Tu madre está ocupada con otras cosas —Ginés le sonrió con burla—. Y ahora, quédate aquí y no hagas ruido mientras terminamos.
Ginés se dio media vuelta. Jorge procuraba ser bueno casi siempre porque mamá ya tenía muchos problemas como para tener que preocuparse por sus travesuras o desbarajustes mágicos, pero en ese momento estaba muy enfadado. Tanto, que corrió en dirección a Ginés y se arrojó contra sus piernas. Para el hombretón apenas fue un roce molesto, pero para el niño significó un mundo.
— ¡No! ¡Nos iremos a ver a la abuela ahora! ¡Y tú te quedarás aquí, tonto, más que tonto!
Ginés miró al mocoso con sorpresa. Jorge sabía que la antipatía entre ellos era mutua, pero nunca le había mirado con tanto odio, ni siquiera cuando le daba bofetones porque se portaba mal. El niño supo que le había hecho enfadar muchísimo y se arrepintió por llamarle tonto. Ginés no dijo nada. Lo tumbó en el suelo al primer bofetón y Jorge no supo mucho más antes de quedarse inconsciente.
Al despertar, ya no estaba en el saloncito del pequeño piso que mamá tenía en Barcelona. Y, definitivamente, aquella no era la casa repleta de tesoros de la abuela Felisa. Estaba tumbado sobre una cama de sábanas repletas de animalillos mágicos que se movían y el techo sobre su cabeza era blanquísimo. Enseguida se dio cuenta de que le dolía todo el cuerpo y, al girar la cabeza, vio a mamá sentada a su lado. No necesitó llamar su atención para que ella se acercara un poco más.
— Ya te has despertado, cariño. ¿Estás bien?
— Me duele el brazo, mami.
— Eso es porque se te ha roto, pero los sanadores te lo han curado y te pondrás bien muy pronto.
Jorge se miró el brazo derecho y descubrió que lo tenía vendado. Y sintió una rabia enorme subiéndole por el pecho porque se lo había hecho Ginés. Mamá sabía que su novio le daba algún cachete de vez en cuando y nunca le había dado importancia. A Jorge no le gustaba que Ginés le pegara, pero mamá decía que era una forma de educarle. Pero ahora le había roto un brazo. Le dolía muchísimo y estaba convencido de que mamá tomaría cartas en el asunto y echaría a Ginés de casa para siempre.
— Ha sido él —Dijo con decisión, esperando que mamá le abrazara y le prometiera que todo saldría bien, que estaría a salvo a partir de ahora. Sin embargo, mamá le miró de forma rara antes de hablar.
— No, cielo. Te caíste por las escaleras. ¿Es que no te acuerdas?
— No —Jorge no entendía lo que mamá le estaba diciendo. Él no se había caído de ningún sitio—. Ginés…
— Te caíste por las escaleras, Jorge —Mamá insistió, con esa cara de no admitir réplica—. Cuando los sanadores te pregunten, les dirás que saliste de casa corriendo y te caíste por las escaleras.
— Pero…
— Nada de peros, Jorge. Si no les dices eso, dejaré de quererte.
Los ojos se le llenaron de lágrimas. No sabía por qué mamá le estaba obligando a decir aquella mentira, pero no quería que dejara de quererle. Tal vez no fuera una mamá como las demás porque siempre estaba ocupada con sus cosas y continuamente viajaban de un sitio a otro y casi nunca le contaba cuentos como sí hacía la abuela, pero no quería que dejara de quererle. Así pues, se encogió de hombros.
Cuando los sanadores llegaron un rato después y le preguntaron, Jorge dijo lo que mamá le había pedido que dijera y, agotado y adolorido se quedó dormido otra vez. Al despertarse de nuevo, ya era de noche. Hubiera querido moverse para captar la atención de alguien, pero cuando escuchó aquella conversación en susurros supo que debía quedarse quieto y prestar atención.
— A mí no me engañas, Macarena. Jorge ya me ha contado que ese novio tuyo tiene la mano larga. Sé que ha sido él.
— Ya te he dicho que se ha caído. Puedes preguntarle a él cuando quieras.
— He hablado con los sanadores y no están para nada de acuerdo con tu versión. Tu hijo tiene las manazas de ese hijo de puta marcadas en el brazo. ¿Cómo puedes defenderle, después de la paliza que le ha dado?
— Ginés es un buen hombre, madre.
— ¡Y un rábano! Es un maltratador y, ya que tú no estás dispuesta a hacer nada para defender a tu hijo, espero que los sanadores le denuncien y se encarguen de que vaya a Atalanta, que es donde se merece estar.
— No digas eso, madre. Sólo ha perdido los nervios. Él jamás le haría daño a Jorge.
— Así que reconoces que ha perdido los nervios —Se hizo un breve silencio. El niño apretó los ojos muy fuerte porque temía haber sido descubierto en sus labores de espionaje—. ¿Por qué no hablas con los aurores antes de que todo esto te salpique a ti también?
— No puedo traicionar a Ginés. Estoy enamorada de él.
— Pues será la primera vez en toda tu vida que te enamoras de alguien.
— No empieces otra vez con eso, madre. No viene a cuento.
— ¡Pues claro que viene a cuento! —La abuela alzó la voz un instante, pero no tardó en recuperar la compostura—. Puedes hacer lo que quieras con tu vida, Macarena. Puedes acostarte con todos los hombres que quieras, pero no deberías permitir que tu hijo salga dañado. Debería ser lo más importante.
— Y lo es, madre.
— Pues no lo parece. Ahora mismo, parece que lo más importante es ese tal Ginés.
— Ya te he dicho que ha sido un error. No volverá a ocurrir.
— Desde luego que no. Me aseguraré personalmente de ello.
— ¿Qué quieres decir?
— Pues que hasta que no seas capaz de sentar cabeza y de garantizar el bienestar de mi nieto, se va a venir conmigo a Sevilla. Y no hay más que hablar.
Jorge sintió como se le paraba el corazón. Irse con la abuela estaría muy bien, pero quería estar con mamá. Esperaba que ella dijera que no iba a consentirlo, que echaría a Ginés de casa y serían felices como en los cuentos, pero mamá no dijo nada. Ni en ese momento ni en los años venideros.
Hospital Mágico de San Mateo, Madrid. 15 de diciembre de 2012.
Jorge llevaba más de dos horas esperando en aquella maldita habitación. Después de pasar un buen rato dando vueltas como un animal salvaje, había tomado asiento en una de esas incómodas sillas de plástico y luchaba frenéticamente por mantener la calma. En cuanto había puesto un pie en San Mateo, una sanadora y un par de enfermeros se habían puesto manos a la obra y, aunque preguntó si lo que tenía su abuela era grave, no obtuvo respuesta alguna.
Todos los aurores tenían nociones básicas de medimagia por si era preciso atender a algún herido durante una misión peligrosa, pero ciertamente no tenía ni idea de lo que podría ocurrirle a su abuela. Únicamente podía pensar en lo mucho que deseaba que se pusiera bien. ¿Qué iba a hacer él si la perdía? Sabía que algún día tendría que despedirse de ella, pero no deseaba hacerlo tan pronto. Y, aunque tenía casi cuarenta años, tenía ganas de echarse a llorar como un niño pequeño.
— ¿Señor Armero?
Jorge se puso en pie de un salto y encaró a la sanadora. Era una mujer rubia y guapa, de expresión amable y tranquilizadora. Ya la había visto alguna que otra vez por San Mateo e, incluso, en el barrio mágico de Madrid, pero nunca mostró interés por conocerla.
— ¿Cómo está mi abuela?
— Su estado es delicado, pero estable. Sufre una infección sanguínea muy grave, pero confiamos en que pueda superarla. Ahora mismo está en observación. Vigilaremos su evolución de cerca.
— ¿Puedo verla?
— Sólo durante unos minutos. Después, tendrá que marcharse.
Jorge quiso protestar, pero consideró que no sería buena idea ponerse borde con una sanadora que, por otro lado, estaba siendo bastante amable con él. Le hubiera encantado quedarse con su abuela hasta asegurarse de que estaba restablecida, pero se limitó a seguir a aquella mujer. Sabía que le había dicho su nombre cuando llegó al hospital, pero era incapaz de recordarlo.
— Disculpe, sanadora. ¿Cómo dijo que se llamaba?
— Soy Amaia Vilamaior.
— Sanadora Vilamaior. ¿Cree que mi abuela se repondrá? Es muy mayor y últimamente ha tenido unos cuantos achaques de salud. Tal vez no sea lo suficientemente fuerte.
— Tendremos que esperar para averiguarlo, señor Armero. Pero no se preocupe, haremos todo cuanto esté en nuestra mano para ayudarla.
Jorge asintió. Tenía una mala sensación, pero su mente se quedó en blanco justo entonces. Acababan de llegar a la habitación en la que reposaba doña Felisa. Estaba más pálida que nunca y al nieto se le encogió el corazón. Siempre fue una mujer fuerte y con bastantes malas pulgas, así que le resultaba difícil de creer que estuviera allí, al borde de la muerte.
— Recuerde que tiene sólo unos minutos. Le dejo solo.
El auror no prestó atención a la sanadora Vilamaior mientras se alejaba de su lado. Se acercó a la cama de la abuela y se quedó muy quieto durante un rato, mirándola y sin hacer nada. Finalmente, le agarró una mano y se inclinó para darle un beso en la frente.
— No te puedes morir, abuela. Te lo prohíbo.
Toledo. 15 de diciembre de 2012.
— Y el muy imbécil se desapareció y me dejó allí colgada. ¿Puedes creerlo?
Clara le dedicó una medio sonrisa a su amiga. Estaban en la cocina, preparando la comida, y Marga no podía dejar de hablar mientras troceaba mágicamente lechugas y tomates.
— Una cosita que no me ha quedado clara, Marga. ¿A ti te gusta ese tal Armero?
Si le hubiera hecho la pregunta un mes antes, seguramente lo hubiera negado, pero después de lo que había pasado en las últimas semanas, sería de estúpidas no reconocer que se sentía muy atraída por el huraño auror. Ya antes había encontrado interesante al hombre, pero sólo ahora empezaba a darse cuenta de que bajo su fachada de tipo duro, se escondía un buen hombre.
— Creo que sí.
— Bien. Me alegra que confirmes mis sospechas. Empezaba a notarte algo raro.
Marga detuvo sus movimientos y se dio cuenta de que sí había algo raro en sus sentimientos, algo que no se asemejaba a nada que le hubiera pasado antes de sentirse atraída por Jorge Armero. Y supo lo que era sin tener que meditar demasiado.
— Clara.
— ¿Qué?
— Creo que Jorge me gusta mucho.
— Yo también lo creo. Últimamente sólo hablas de él.
— No. Me refiero a que creo que yo… —Marga se interrumpió, logrando que Clara también se olvidara de la tediosa labor de pelar patatas—. Creo que me estoy enamorando de él.
— ¿En serio? Pues no te ofendas, pero no creo que sea ninguna novedad.
— Hablo en serio.
— Ya lo sé, Marga. Sé que realmente te has enamorado de todos esos chicos del pasado. Y también sé que tus sentimientos suelen evaporarse en cuestión de horas.
Marga se mordió el labio inferior. Era cierto. Siempre había sido una enamoradiza de mucho cuidado y, aunque tenía numerosas conquistas a sus espaldas, nunca había obrado de mala fe. Algunos de los novios a los que había dejado, lo pasaron bastante mal, pero ella no quiso dañarles. Sólo era una mujer voluble, tal vez insegura en el campo del amor. Pero con Jorge tenía la sensación de que era diferente. Ni siquiera tenía la necesidad de llevárselo a la cama. Quería hablar con él, conocerle mejor y descubrir qué había detrás de esa fachada de auror antipático y mal hablado.
— Clara.
— ¿Qué?
— Sé que te va a sonar raro y, probablemente, ni me creas, pero es que creo que es él. Creo que Jorge es el definitivo, el hombre con el que me gustaría sentar cabeza.
Clara bajó la varita y patata y cuchillo cayeron sobre la encimera. Miró a Marga con los ojos entornados y le bastó un vistazo para darse cuenta de que estaba hablando tan en serio como cuando le dijo que quería ser madre.
— Marga…
— Si vas a preguntarme si estoy segura, te diré que no lo sé. No he tenido ocasión de conocer a Jorge demasiado bien. Es un tipo bastante inaccesible.
— Borde, querrás decir.
— Eso también. La cuestión es que le cuesta mucho abrirse a la gente y creo que estoy empezando a ganar terreno. Además, tendrías que haberle visto ayer con Iván. Él podrá decir lo que quiera, pero tiene mano con los niños. Puede que no sea cariñoso y que no juegue con ellos, pero se ha ganado a Iván por completo.
— Y eso es muy importante para ti —Clara le guiñó un ojo y volvió a las patatas. John se había llevado a Amelia al parque y Darío estaba pasando el día con su padre, así que podía charlar tranquilamente con su amiga—. Ahora que la adopción es prácticamente un hecho, te vendrá muy bien que a Iván le guste Armero.
— Me temo que estás adelantando acontecimientos, Clarita. Puede que Jorge me guste a mí, pero después de lo de anoche, empiezo a pensar que yo no le gusto ni un poco.
— ¿Y ya está? ¿Vas a rendirte así, sin más? —Marga se encogió de hombros. En realidad, sus recientemente descubiertos sentimientos la tenían bastante confundida. Después de todo, era la primera vez que se enamoraba de verdad—. ¡Venga, mujer! Lo que tienes que hacer es buscar a ese idiota y dejarle claro que es un maleducado. ¿A quién se le ocurre dejarte tirada de esa manera?
— Creo que le descolocó un poco que le dijera que pensaba adoptar a Iván. Nunca ha tenido un buen concepto de mí y supongo que le pillé desprevenido —Marga se mordió el labio, recordando la cara de desconcierto absoluto que el hombre había puesto después de hacerle aquella confidencia—. ¿Sabes qué te digo? Que tienes toda la razón del mundo. El lunes hablaré con él. Se va a enterar de quién soy yo.
— ¡Esa es mi Marga!
Las dos mujeres se rieron. En ese preciso instante, se escuchó la puerta de la calle y Amelia no tardó en entrar corriendo en la cocina. Marga apenas tuvo tiempo para prepararse antes de que la niña se arrojara a sus brazos con entusiasmo.
— ¡Marga! ¿Dónde está?
— ¿Quién, cariño?
— Pues tu hijo nuevo. ¿Quién va a ser? Mamá me ha dicho que vas a tener un niño, que se llama Iván y que tiene cuatro años. ¿Dónde está?
— No voy a poder traerlo todavía, Amelia —Marga no pudo evitar sonreír al pensar en que pronto, muy pronto, podría tener a Iván con ella—. Cuando adoptas a un niño, tienes que rellenar un montón de papeleo antes de poder llevártelo a casa.
— ¡Jope! Yo quiero verlo.
— Pues estás de suerte. Tengo un video suyo en el móvil. Mira.
Marga procedió a mostrarle las grabaciones que había hecho en la casa de acogida. Iván se mostraba un poco tímido, pero se reía de vez en cuando y a Amelia le cayó en gracia.
— ¿Sabe volar en escoba?
— Es hijo de muggles, aún no ha aprendido. Pero seguro que puedes enseñarle.
— Seguro —Amelia asintió como si acabara de darle su aprobación al chiquillo—. Aunque hubiera sido más guay que fuera una niña. Así podríamos jugar a las peluqueras.
Marga se rió y Clara puso los ojos en blanco. Amelia y su obsesión por los peinados. Era todo un caso.
Jorge no pudo entrar de nuevo a la habitación de su abuela hasta última hora de la tarde. La sanadora Vilamaior insistió en que se fuera a casa y descansara un rato, prometiendo avisarle de inmediato si surgían complicaciones. Jorge aprovechó el mediodía para ir a la casa de Sevilla y adecentar el hogar de su abuela. Era bastante probable que en los próximos días fueran a tener un montón de visitas y no quería dejar a su prima Marifé sola con todo ese follón. Se dio un baño, se puso ropa cómoda y regresó a San Mateo después de comer. La sanadora Vilamaior había terminado su turno y un tipo gordinflón y risueño se encargaba de los cuidados de doña Felisa. No le puso ningún problema a la hora de entrar a verla y, una vez más, Jorge se aferró a la mano de su abuela y le pidió que no le dejara solo.
Le sorprendió enormemente que ella se despertara. Le habían dicho que seguía muy grave y que necesitaba descansar para que su cuerpo recuperara energías, así que se llevó un buen sobresalto cuando la mujer le miró con los ojos abiertos como platos.
— Jorge —Musitó con debilidad.
— No hables, abuela. Necesitas descansar.
— ¿Dónde estoy, Jorge? No me encuentro bien.
— Estás en San Mateo. Estás enferma y tienes que dormir. Vas a ponerte bien.
Doña Felisa miró a su alrededor, muerta de debilidad, y se aferró a la mano de su nieto. Agradecía que él estuviera allí, pero necesitaba a alguien más.
— ¿Y mi Macarena, hijo? ¿Dónde está? —Jorge apretó los dientes. Ni siquiera se le había pasado por la cabeza la posibilidad de llamar a su madre. Hacerlo carecía de sentido—. Quiero verla. Dile que venga.
Jorge no entendía a su abuela. Después de todos los disgustos que le había dado, uno tras otro, le parecía increíble que aún le quedaran ganas de darle una oportunidad. Aún así, y consciente de que no estaba bien negarle cosas a aquellos que yacían medio moribundos, le besó los nudillos y habló con firmeza.
— Iré a buscarla personalmente y la traeré, pero tienes que descansar, abuela. Duérmete otro rato, por favor.
— Trae a tu madre, hijo.
— Te lo prometo, abuela.
Doña Felisa se durmió, la sonrisa bailando en los labios porque sabía que Jorge nunca le fallaría.
Hospital Mágico de San Mateo, Madrid. 16 de diciembre de 2012.
Aunque no le hiciera ninguna gracia, Jorge se había propuesto ir a por su madre esa misma mañana. Por desgracia, el estado de salud de su abuela había empeorado bastante en las últimas horas y los sanadores no estaban seguros de poder salvarla. Jorge, que desde pequeño prefería pasar los malos momentos en soledad, había rechazado rotundamente la compañía de sus dos tías y sus numerosos primos y se había encerrado en uno de los cuartos de baño del hospital para luchar contra las lágrimas. No quería que nadie le viera llorar. No lo había hecho desde niño y no iba a hacerlo ahora. Si lo hacía, sería como admitir que su abuela estaba casi muerta y él no podía concebir esa posibilidad. No estaba preparado. Nunca lo estaría.
Estaba sentado sobre uno de los retretes, apretando con fuerza la varita y observando cómo saltaban chispas, cuando alguien entró. Supuso que sería un tipo anónimo, alguien a quien no había visto en su vida, y apoyó la cabeza en la pared. Estaba cansado. Llevaba casi dos días sin pegar ojo y sentía un nudo en el estómago que le provocaba nauseas. Era horrible lo que estaba pasando, con sus tías y sus primos lloriqueando y ofreciéndole un consuelo que él no quería aceptar.
— ¿Jorge? ¿Dónde te has metido? Tu primo me ha dicho que estás aquí.
Margarita Vázquez. De entre todas las personas del mundo, ella era la que menos esperaba encontrarse dando vueltas por el hospital. Jorge dio un respingo y se quedó callado. Esperaba que ella se marchara y le dejara en paz, pero entonces golpeó la puerta tras la cual se escondía.
— Sé que estás ahí. Te estoy viendo los pies. ¿Quieres dejar de portarte como un niño pequeño y salir de una vez?
Jorge bufó. Marga tenía razón. Seguía sin entender qué pintaba ella en esa historia y quiso gritarle que se fuera de una vez, pero no pudo hacerlo porque se alegraba de que estuviera allí y no le importaba reconocerlo. Suponía que se debía a que la enfermedad de su abuela le estaba volviendo un poco sentimental, pero necesitaba que Marga se quedara a su lado hasta que todo terminara. No sabía por qué ni le interesaba averiguarlo. Simplemente la quería allí, así que salió de su escondite y la miró fijamente, sin abrir la boca y tan serio como siempre.
— Esta mañana he tenido que pasarme por la oficina para recoger unos papeles relacionados con la adopción de Iván y me he enterado de lo que ha pasado. ¿Cómo está tu abuela? —Jorge se encogió de hombros. No era por antipatía ni nada parecido. Sólo se le había hecho un nudo en la garganta que le impedía hablar—. ¿Cómo estás tú? ¿Necesitas algo?
Jorge siempre andaba con pies de plomo cuando se trataba de mujeres. Sabía que unas podían ser tan maravillosas como su abuela y que otras podían resultar tan horribles como su madre y no deseaba dar con una de las segundas. Siempre había pensado que Marga no era de fiar, pero después de lo de Iván y la adopción, ya no pensaba igual. Y le gustaba, joder. ¿Para qué seguir negándolo? Su subconsciente le recordó que, para ser un auror, resultaba bastante cobarde a la hora de tratar a las mujeres. O, mejor dicho, a la hora de tratar a Marga. Pero ya había tenido suficiente de eso. Y tal vez fue porque su abuela se estaba muriendo, él se sentía terriblemente solo y Margarita Vázquez se asemejaba bastante a un bote salvavidas. La cuestión fue que no se lo pensó demasiado antes de abrazarse a ella con todas sus fuerzas.
El cuerpo de la mujer era menudo, pero firme y cálido. Jorge sintió algo extraño subiéndole por el pecho y supo que era un sollozo. Ni siquiera él podía soportar tanta tensión sin llorar y se dejó ir en brazos de Marga, agradeciendo que ella le acariciara la espalda y le ofreciera unas palabras de consuelo. Palabras que no eran suficientes teniendo en cuenta lo abrumado que se sentía por todo. Y otra vez, sin pensar en consecuencias de ningún tipo, le colocó la mano bajo la barbilla, se inclinó un poco y la besó.
No hubo palabras para describir lo feliz que le hizo que ella respondiera al beso. Permanecieron unidos durante unos cuantos segundos y, al separarse, se miraron a los ojos y comprendieron que algo había cambiado entre ellos. Y que lo había hecho para bien.
Al final no he llegado. Subiré el capítulo sin repasar la última parte, así que si veis cualquier fallo, decídmelo, por favor. En cualquier caso, ya me encargaré de adecentarlo todo mañana. ¡Besetes!
